El Remanente De Israel

¡Cómo amo Tu Toráh, O YAHWEH!Medito en ella todo el día.Tú me has hecho más sabio que mis enemigos,porque Tus mitzvot son míos para

siempre.Tengo más entendimiento que todos mis maestros porque Tu instrucción es mi meditación,Entiendo más que los ancianos,porque

guardoTus mandamientos.Aparto mis pies de todo camino maligno,para guardar Tus Palabras.No me aparto de Tus juicios,porque Tú me has

instruido.¡Qué dulce a mi gargantason Tus oráculos,verdaderamente más dulce que miel en mi boca!De Tus mandamientos adquiero

entendimiento;por esto odio todo camino de injusticia

YAHSHUA

TEXTOS DE LA CARTA A DIOGNETO

I. Refutación del politeísmo.

Una vez que te hayas purificado de todos los prejuicios que dominan tu mente y

te hayas liberado de tus hábitos mentales que te engañan, haciéndote como un

hombre radicalmente nuevo puedes comenzar a ser oyente de ésta que tú mismo

confiesas ser una doctrina nueva. Mira, no sólo con tus ojos, sino también con tu

inteligencia cuál es la realidad y aun la apariencia de ésos que vosotros creéis y

decís ser dioses. Uno es una piedra como las que pisamos; otro es un pedazo de

bronce, no mejor que el que se emplea en los cacharros de nuestro uso ordinario;

otro es de madera, que a lo mejor está ya podrida; otro es de plata, y necesita de

un guardia para que no lo roben; otro es de hierro y el orín lo corrompe; otro es

de arcilla, en nada mejor que la que se emplea para los utensilios más viles. ¿No

están todos ellos hechos de materia corruptible?... ¿No fue el escultor el que los

hizo, o el herrero, o el platero o el alfarero?... No son todos ellos cosas sordas,

ciegas, inanimadas, insensibles, inmóviles? ¿No se pudren todas? ¿No se

destruyen todas? Esto es lo que vosotros llamáis dioses, y a ellos os esclavizáis, a

ellos adoráis, para acabar siendo como ellos. ¿Por eso aborrecéis a los cristianos,

porque no creen que eso sean dioses?... 1

II. Refutación del judaísmo.

¿Por qué los los seuidores de Yahshua Ha Mashiaj no practican la misma religión que los judíos? Los judíos,en cuanto se abstienen de la idolatría y adoran a un solo Elohim de todas las cosas al que tienen por Dueño soberano, piensan rectamente. Pero se equivocan alquerer tributarle un culto semejante al culto idolátrico del qué hemos hablado.

Porque los griegos muestran ser insensatos al presentar sus ofrendas a objetos

insensibles y sordos; pero éstos hacen lo mismo, como si Elohim tuviera necesidad

de ellas, lo cual más parece propio de locura que de verdadero culto religioso.

Porque el que hizo «el cielo y la tierra y todo lo que en ellos se contiene» (Sal

145, 6) y que nos dispensa todo lo que nosotros necesitamos, no tiene necesidad

absolutamente de nada, y es él quien proporciona las cosas a los que se imaginan

dárselas... No es necesario que yo te haya de informar acerca de sus escrúpulos

con respecto a los alimentos, su superstición en lo referente al sábado, su

gloriarse en la circuncisión y su simulación en materia de ayunos y novilunios:

todo eso son cosas ridículas e indignas de consideración. ¿Cómo no hemos de

tener por impío el que de las cosas que YAHWEH ha creado para los hombres se tomen algunas como bien creadas, mientras que se rechazan otras como inútiles y

superfluas? ¿Cómo no es cosa irreligiosa calumniar a YAHWEH, atribuyéndole que él nos prohibe que hagamos cosa buena alguna en sábado-Shabat? ¿No es digno de irrisión el gloriarse en la mutilación de la carne como signo de elección, como si con esto ya hubieran de ser particularmente amados de Dios?... Con esto pienso que habrás visto suficientemente cuánta razón tienen los cristianos para apartarse dela general inanidad y error y de las muchas observaciones y el orgullo de los judíos 2.

III. Los Seguidores del Mesias Yahshua el mundo.

2

En cuanto al misterio de la religión propia de los seguidores de Yahshua, no esperes que lo podrás comprender de hombre alguno. Los seguidores de Yahshua ha Mashiaj no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra, ni por su lengua, ni por sus costumbres.

En efecto, en lugar alguno establecen ciudades exclusivas suyas, ni usan lengua

alguna extraña, ni viven un género de vida singular. La doctrina que les es propia

no ha sido hallada gracias a la inteligencia y especulación de hombres curiosos,

ni hacen profesión, como algunos hacen, de seguir una determinada opinión

humana, sino que habitando en las ciudades griegas o bárbaras, según a cada uno

le cupo en suerte, y siguiendo los usos de cada región en lo que se refiere al

vestido y a la comida y a las demás cosas de la vida, se muestran viviendo un

tenor de vida admirable y, por confesión de todos, extraordinario. Habitan en sus

propias patrias, pero como extranjeros; participan en todo como los ciudadanos,

pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña les es patria, y toda

patria les es extraña.

Se casan como todos y engendran hijos, pero no abandonan a los nacidos. Ponen

mesa común, pero no lecho. Viven en la carne, pero no viven según la carne.

Están sobre la tierra, pero su ciudadania es la del cielo. Se someten a las leyes

establecidas, pero con su propia vida superan las leyes. Aman a todos, y todos los

persiguen. Se los desconoce, y con todo se los condena. Son llevados a la muerte,

y con ello reciben la vida. Son pobres, y enriquecen a muchos (/2Co/06/10). Les

falta todo, pero les sobra todo. Son deshonrados, pero se glorían en la misma

deshonra. Son calumniados, y en ello son justificados. «Se los insulta, y ellos

bendicen» (1 Cor 4, 22). Se los injuria, y ellos dan honor. Hacen el bien, y son

castigados como malvados. Ante la pena de muerte, se alegran como si se les

diera la vida. Los judíos les declaran guerra como a extranjeros y los griegos les

persiguen, pero los mismos que les odian no pueden decir los motivos de su odio.

Para decirlo con brevedad, lo que es el alma en el cuerpo, eso son los seguidores del Yehshua en el mundo.

El alma está esparcida por todos los miembros del cuerpo, y los seguidores del Yehshua lo están por todas las ciudades del mundo. El alma habita ciertamente

en el cuerpo, pero no es es del cuerpo, y los cristianos habitan también en el

mundo, pero no son del mundo. El alma invisible está en la prisión del cuerpo

visible, y los seguidores de Yahshua son conocidos como hombres que viven en el mundo, pero su religión permanece invisible. La carne aborrece y hace la guerra al alma,aun cuando ningún mal ha recibido de ella, sólo porque le impide entregarse a los placeres; y el mundo aborrece a los cristianos sin haber recibido mal alguno de

ellos, sólo porque renuncian a los placeres. El alma ama a la carne y a los

miembros que la odian, y los seguidores de Yahshua aman también a los que les odian. El alma está aprisionada en el cuerpo, pero es la que mantiene la cohesión del cuerpo; y los seguidores del Yehshuaestán detenidos en el mundo como en un prisión, pero son los que mantienen la cohesión del mundo. El alma inmortal habita en una tienda mortal, y los seguidores de Yahshua tienen su alojamiento en lo corruptible mientras esperan la inmortalidad en los cielos.

El alma se mejora con los malos tratos en comidas y bebidas, y los seguidores de Yahshua, castigados de muerte todos los días, no hacen sino

aumentar: tal es la responsabilidad que Elohim les ha señalado, de la que no sería

licito para ellos desertar.

Porque, lo que ellos tienen por tradición no es invención humana: si se tratara de

una teoría de mortales, no valdría la pena una observancia tan exacta. No es la

administración de misterios humanos lo que se les ha confiado. Por el contrario,

el que es verdaderamente omnipotente, creador de todas las cosas y Elohim

invisible, él mismo hizo venir de los cielos su Verdad y su Palabra santa e

incomprensible, haciéndola morar entre los hombres y estableciéndola

sólidamente en sus corazones. No envió a los hombres, como tal vez alguno

pudiera imaginar, a un servidor suyo, algún ángel o potestad de las que

administran las cosas terrenas o alguno de los que tienen encomendada la

administración de los cielos, sino al mismo artífice y creador del universo, el que

hizo los cielos, aquel por quien encerró el mar en sus propios limites, aquel cuyo

misterio guardan fielmente todos los elementos, de quien el sol recibió la medida

que ha de guardar en su diaria carrera, a quien obedece la luna cuando le manda

brillar en la noche, a quien obedecen las estrellas que son el séquito de la luna en

su carrera; aquel por quien todo fue ordenado, delimitado y sometido: los cielos y

lo que en ellos se contiene, la tierra y cuanto en la tierra existe, el mar y lo que en

el mar se encierra, el fuego. el aire, el abismo, lo que está en lo alto, lo que está

en lo profundo y lo que está en medio. A éste envió Dios a los hombres. Ahora

bien, ¿lo envió, como alguno de los hombres podría pensar, para ejercer una

tirania y para infundir terror y espanto? Ciertamente no, sino que lo envió con

bondad y mansedumbre, como un rey que envia a su hijo rey, como hombre lo

envió a los hombres, como salvador, para persuadir, no para violentar, ya que no

se da en Yahweh la violencia. Lo envió para invitar, no para perseguir; para amar, no para juzgar. Ya llegará el día en que lo envíe para juzgar, y entonces ¿quién será

capaz de soportar su presencia?... 3

IV. El designio salvador de YAHWEH

65 Yahweh, Señor y Creador del universo, que hizo todas las cosas y las distinguió

según su orden, no sólo se mostró amador de los hombres, sino también

magnánimo con ellos. En realidad siempre fue tal, y lo sigue siendo, y lo será:

benévolo, bueno, sin ira y veraz: sólo él es bueno. Y habiendo concebido un

designio grande e inefable, lo comunicó sólo con su Hijo. Pues bien, mientras su

voluntad llena de sabiduría se mantenía en secreto y se guardaba, parecía que no

se cuidaba ni se preocupaba de nosotros. Pero después que lo reveló por medio

de su Hijo amado y manifestó lo que tenía preparado desde el principio, nos lo

dio todo de una vez, a saber, no sólo tener parte en sus beneficios, sino ver y

comprender lo que ninguno de nosotros hubiera jamás esperado.

Así pues, teniéndolo todo preparado en sí mismo y con su Hijo, hasta el tiempo

próximo pasado nos permitió que nos dejáramos llevar a nuestro antojo por

nuestros desordenados impulsos, arrastrados por los placeres y concupiscencias.

No es que tuviera en manera alguna complacencia en nuestros pecados, pero los

toleraba. Ni tampoco aprobaba entonces aquel tiempo de iniquidad, sino que iba

preparando el tiempo actual de justicia, para que, habiendo quedado en aquel

tiempo convictos par nuestras propias obras de que éramos indignos de la vida,

ahora fuéramos hechos dignos de ella por la bondad de Elohim; y habiendo quedado bien patente que nosotros por nosotros mismos no podíamos entrar en el reino de Yahweh, se nos conceda ahora la capacidad de entrar por el poder del mismo Yahweh.

Cuando nuestra iniquidad llegó a su colmo y se puso plenamente de manifiesto

que la paga que podíamos esperar era el castigo y la muerte, llegó aquel

momento que Yahweh había dispuesto de antemano a partir del cual tenía que

mostrarse su bondad y su poder. ¡Oh maravillosa benignidad y amor de YAHWEH para con los hombres! No nos aborreció, no nos arrojó de sí, no nos guardó rencor,

sino que se mostró magnánimo, nos soportó, y compadecido de nosotros cargó

sobre sí nuestros pecados. ÉI mismo «entregó a su propio Hijo» (Rm 8, 32) como

rescate por nosotros: al santo por los pecadores, al inocente por los malvados, «al

justo por los injustos» (1 Pe 3, 18), al incorruptible por los corruptibles, al

inmortal por los mortales. Porque, ¿qué otra cosa podía cubrir nuestros pecados,

fuera de su justicia? ¿En quién podíamos nosotros, malvados e impíos, ser

justificados, sino sólo en el Hijo de YAHWEH? ¡Oh dulce trueque! ¡Oh obra

insondable! ¡Oh beneficios inesperados! La iniquidad de muchos quedó

sepultada en un solo justo, y la justicia de uno bastó para justificar a muchos

malvados.

De esta suerte, habiéndonos convencido YAHWEH en el tiempo pasado de que por

nuestra propia naturaleza no éramos capaces de alcanzar la vida, y habiendo

mostrado ahora al salvador que es capaz de salvar lo imposible, quiso que a partir

de estas dos cosas creyéramos en su bondad y le tuviéramos como sustentador

nuestro, padre, maestro, consejero, médico, inteligencia, luz, honor, gloria,

fuerza, vida, sin que anduviéramos preocupados de nuestro vestido o comida.

Si deseas llegar a alcanzar también tú esta fe, procura primero alcanzar el

conocimiento del Padre. Porque Yahweh amó a los hombres, por los cuales hizo el

mundo, a quienes sometió todas las cosas de la tierra, a quienes dio la razón y la

inteligencia, los únicos a quienes concedió mirar hacia arriba para que pudieran

verle, a quienes modeló a su propia imagen, a quienes envió a su Hijo unigénito

(1 Jn 4, 9), a quienes prometió el reino de los cielos, que dará a los que le

hubieren amado. No tienes idea de la alegría que te llenará cuando llegues a

alcanzar este conocimiento, o del amor que puedes llegar a sentir para con aquel

que primero te amó hasta tal extremo. Y cuando llegues a amarle, te convertirás

en imitador de su bondad. No te maravilles de que el hombre pueda llegar a ser

imitador de Elohim: lo puede, si lo quiere Elohim. Porque la felicidad no está en

dominar tiránicamente al prójimo, ni en querer estar siempre por encima de los

más débiles, ni en la riqueza, ni en la violencia para con los más necesitados: en

esto no puede nadie imitar a Elohim, porque todo esto es ajeno de su grandeza. Más bien el que toma sobre sí la carga de su prójimo, el que en aquello en que es

superior está dispuesto a hacer el bien a su inferior, el que suministra a los

necesitados lo que él mismo recibió de YAHWEH, éste se convierte en Elohim de los que reciben de su mano, éste es imitador de Elohim.

Entonces, aunque morando en la tierra, podrás contemplar cómo YAHWEH es el Señor de los cielos; entonces empezarás a hablar los misterios de YAHWEH; entonces amarás y admirarás a los que reciben castigo de muerte por no querer negar a Elohim;

entonces condenarás el engaño y el extravio del mundo, cuando conocerás la

verdadera vida del cielo, cuando llegarás a despreciar la que aquí se tiene por

muerte, cuando temerás la muerte verdadera, que está reservada para los

condenados al fuego eterno que ha de castigar hasta el fin a los que a él sean

arrojados. Entonces, cuando hayas llegado a tener conocimiento de aquel fuego,

admirarás a los que por causa de la justicia soportan este fuego temporal, y los

tendrás por bienaventurados

........................

1. Carta a Diogneto, cap. 2,

2, Ibid., cap. 3-4.

3. Ibid., cap. 5-7.

4. Ibid., cap. 8-10.

La vida corriente de los seguidores de Yahshua y sus ideales:

Los seguidores de Yahshua, en efecto, no se distinguen de los demás hombres ni por su tierra ni por su habla ni por sus costumbres. Porque ni habitan ciudades

exclusivas suyas, ni hablan una lengua extraña, ni llevan un género de vida

aparte de los demás. A la verdad, esta doctrina no ha sido por ellos inventada

gracias al ta-lento y especulación de hombres curiosos, ni profesan, como

otros hacen, una enseñanza humana; sino que, habitando ciudades griegas o

bárbaras, según la suerte que a cada uno le cupo, y adaptándose en vestido,

comida y demás género de vida a los usos y costumbres de cada país, dan

muestras de un tenor de peculiar conducta, admirable, y, por confesión de

todos, sorprendente. Habitan sus propias patrias, pero como forasteros; toman

parte en todo como ciudadanos y todo lo soportan como extranjeros; toda

tierra extraña es para ellos patria, y toda patria, tierra extraña. Se casan como

todos: como todos engendran hijos, pero no exponen los que les nacen. Ponen

mesa común, pero no le-cho. Están en la carne, pero no viven según la carne.

Pasan el tiempo en la tierra, pero tienen su ciudadanía en el cielo. Obedecen a

las leyes establecidas; pero con su vida sobrepasan las le-yes. A todos aman y

por todos son perseguidos. Se los desconoce y se los condena. Se los mata y

en ello se les da la vida. Son pobres y enriquecen a muchos. Carecen de todo

y abundan en todo. Son deshonrados y en las mismas deshonras son

glorificados. Se los maldice y se los declara justos. Los vituperan y ellos

bendicen. Se los injuria y ellos dan honra. Hacen bien y se los castiga como

malhechores; castigados de muerte, se alegran como si se les diera la vida.

Por los judíos se los combate como a extranjeros; por los griegos son

perseguidos y, sin embargo, los mismos que los aborrecen no saben decir el

motivo de su odio.

(5; BAC 65, 850-851)

La caridad

Si deseas alcanzar tú también esa fe, trata, ante todo, de adquirir conocimiento

del Padre. Porque YAHWEH amó a los hombres, por los cuales hizo el mundo, a los

que sometió cuanto hay en la tierra, a los que concedió inteligencia y razón, a

los solos que permitió mirar hacia arriba para contemplarle a Él, los que

plasmó de su propia imagen, a los que envió su Hijo Unigénito, a los que

prometió su reino en el cielo, que dará a los que le hubieren amado. Ahora,

conocido que hayas a YAHWEH-Padre, ¿de qué alegría piensas que serás colmado?,

6

¿o cómo amarás a quien hasta tal extremo te amó antes a ti? Y en amándole

que le ames, te convertirás en imitador de su bondad. Y no te maravilles de

que el hombre pueda venir a ser imitador de Elohim. Queriéndolo YAHWEH, el

hombre puede. Porque no está la felicidad en dominar tiránicamente sobre

nuestro prójimo, ni en querer estar por encima de los más débiles, ni en

enriquecerse y violentar a los necesitados. No es ahí donde puede nadie imitar

a Elohim, sino que todo eso es ajeno a su magnificencia. El que toma sobre sí la

carga de su prójimo; el que está pronto a hacer bien a su inferior en aquello

justamente en que él es superior; el que, suministrando a los necesitados lo

mismo que él recibió de YAHWEH, se convierte en Elohim de los que reciben de su

mano, ése es el verdadero imitador de Elohim.

Entonces, aun morando en la tierra, contemplarás a YAHWEH cómo tiene su

imperio en el cielo; entonces empezarás a hablar de los misterios de YAHWEH;

entonces amarás y admirarás a los que son castigados de muerte por no querer

negar a Elohim; entonces condenarás el engaño y extravío del mundo, cuando

conozcas la verdadera vida del cielo, cuando desprecies ésta que aquí parece

muerte, cuando temas la que es de verdad muerte, que está reservada para los

condenados al fuego eterno, fuego que ha de atormentar hasta el fin a los que

fueren arrojados a él. Cuando este fuego conozcas, admirarás y tendrás por

bienhadados a los que, por amor de la justicia, soportan estotro fuego de un

momento.

(10; BAC 65, 850-858)

crece con la misma vida y se hace una cosa con ella. Podría decir incluso el lugar donde el bienaventurado Policarpo se solía sentar para conversar, sus idas y venidas, el carácter de su vida, sus rasgos físicos y sus discursos al pueblo. Él contaba cómo había convivido con Juan y con los que habían visto al Señor. Decía que se acordaba muy bien de sus palabras, y explicaba lo que había oído de ellos acerca del Señor, sus milagros y sus enseñanzas. Habiendo recibido todas estas cosas de los que habían sido testigos oculares del Verbo de la Vida, Policarpo lo explicaba todo en consonancia con las Escrituras. Por mi parte, por la misericordia que el Señor me hizo, escuchaba ya entonces con diligencia todas estas cosas, procurando tomar nota de ello, no sobre el papel, sino en mi corazón. Y siempre, por la gracia de Dios, he procurado conservarlo vivo con toda fidelidad... Lo que él pensaba está bien claro en las cartas que él escribió a las Iglesias de su vecindad para robustecerlas o, también a algunos de los hermanos, exhortándolos o consolándolos... 1

CARTA DE SAN POLICARPO DE ESMIRNA A LOS FILIPENSES

Saludo

Policarpo y los presbíteros que están con él, a la Asamblea de Elohim que habita como extranjera en Filipos: que la misericordia y la paz les sean dadas en plenitud por YAHWEH todopoderoso y Yahshua Ha mashiaj nuestro Salvador.

1

La fe en Yahshua el Cristo

Me alegré mucho con ustedes, en nuestro Señor Yahshua El Cristo, cuando recibieron a las imágenes de la verdadera caridad, y acompañaron, como debían hacerlo, a aquellos que estaban encadenados por ataduras dignas de los santos, que son las diademas de quienes han sido verdaderamente elegidos por YAHWEH nuestro Señor.

2 Y me alegré de que la raíz vigorosa de su fe, de la que se habla desde tiempos antiguos, permanece hasta ahora y da frutos en nuestro Señor Yahshua El Mesias, que aceptó por nuestros pecados llegar hasta la muerte; y YAHWEH lo resucitó librándolo de los sufrimientos del infierno.

3 Sin verlo, ustedes creen en él, con un gozo inefable y glorioso (1 P 1,8) al cual muchos desean llegar, y ustedes saben que han sido salvados por gracia, no por sus obras, sino por la voluntad de YAHWEH por Yahshua El Mesias (Ef 2,5.8-9).

Por tanto, cíñanse sus cinturas y sirvan a YAHWEH en el temor y la verdad (1 P 1,13; ver Sal 2,11) dejando a un lado las palabras falsas y el error de la multitud, creyendo en Aquel que ha resucitado a nuestro Señor Yahshua El Mesias de entre los muertos, y le ha dado la gloria (1 P 1,21), y un trono a su derecha.

4 A él le está todo sometido, en el cielo y sobre la tierra (ver Flp 2,10; 3,21); a él le obedece todo lo que respira, él vendrá a juzgar a vivos y muertos (Hch 10,42), y YAHWEH pedirá cuenta de su sangre a quienes no aceptan creer en él. Aquel que lo ha resucitado de entre los muertos, también nos resucitará a nosotros (2 Co 4,14), si hacemos su voluntad y caminamos en sus mandamientos, y si amamos lo que él amó, absteniéndonos de toda injusticia, arrogancia, amor al dinero, murmuración, falso testimonio, no devolviendo mal por mal, injuria por injuria (1 P 3,9), golpe por golpe, maldición por maldición, acordándonos de lo que nos ha enseñado el Señor, que dice: "No juzguen, para no ser juzgados; perdonen y se les perdonará; hagan misericordia para recibir misericordia; la medida con que midan se usará también con ustedes, y bienaventurados los pobres y los que son perseguidos por la justicia, porque de ellos es el reino de YAHWEH.

5

Fe, esperanza y caridad

No es por mí mismo, hermanos, que les escribo esto sobre la justicia, sino porque ustedes primero me invitaron. Porque ni yo, ni otro como yo, podemos acercarnos a la sabiduría del bienaventurado y glorioso Pablo, que estando entre ustedes, hablándoles cara a cara a los hombres de entonces (sobre el asunto de la predicación de Pablo en Filipos, ver Hch 16,12-40), enseñó con exactitud y con fuerza la palabra de verdad, y luego de su partida les escribió una carta; si la estudian atentamente podrán crecer en la fe que les ha sido dada; ella es la madre de todos nosotros, seguida de la esperanza y precedida del amor por YAHWEH, por El Mesias y por el prójimo. El que permanece en estas virtudes ha cumplido los mandamientos de la justicia; pues el que tiene la caridad está lejos de todo pecado.

6

Que todos lleven una vida digna de la fe que profesan

El principio de todos los males es el amor al dinero.7 Sabiendo, por tanto, que nada hemos traído al mundo y que no nos podremos llevar nada (1 Tm 6,7), revistámonos con las armas de la justicia (ver 2 Co 6,7), y aprendamos primero nosotros mismos a caminar en los mandamientos del Señor.

Después, enseñen a sus mujeres a caminar en la fe que les ha sido dada, en la caridad, en la pureza, a amar a sus maridos con toda fidelidad, a amar a todos los otros igualmente con toda castidad y a educar a sus hijos en el conocimiento del temor de YAHWEH.

8

Que las viudas sean sabias en la fe del Señor, que intercedan sin cesar por todos, que estén lejos de toda calumnia, murmuración, falso testimonio, amor al dinero y de todo mal; sabiendo que son el altar de YAHWEH, que Él examinará todo y que nada se le oculta de nuestros pensamientos, de nuestros sentimientos, de los secretos de nuestro corazón (ver 1 Co 14,25).9

Sabiendo que de YAHWEH nadie se burla (Ga 6,7), debemos caminar de una forma digna de sus mandamientos y de su gloria.

Igualmente que los diáconos sean irreprochables delante de su justicia, como servidores de YAHWEH y del Mesias Yahshua, y no de los hombres: ni calumnia, ni doblez, ni amor al dinero; sino castos en todas las cosas, misericordiosos, solícitos, caminando según la verdad del Señor que se ha hecho el servidor de todos.10 Si le somos agradables en el tiempo presente, Él nos dará a cambio el tiempo venidero, puesto que nos ha prometido resucitarnos de entre los muertos y que, si nuestra conducta es digna de Él, también reinaremos con Él (2 Tm 2,12), si al menos tenemos fe.

Del mismo modo, que los jóvenes sean irreprochables en todo, velando ante todo por la pureza, refrenando todo mal que esté en ellos. Porque es bueno cortar los deseos de este mundo, pues todos los deseos combaten contra el espíritu (ver 1 P 2,11), y ni los fornicadores, ni los afeminados, ni los sodomitas tendrán parte en el reino de Dios (ver 1 Co 6,9-10), ni aquellos que hacen el mal. Por eso deben abstenerse de todo esto y estar sometidos a los presbíteros y a los diáconos como a YAHWEH y a Yahshua el Mesias.11

Las vírgenes deben caminar con una conciencia irreprensible y pura.

Los presbíteros

También los presbíteros deben ser misericordiosos, compasivos con todos; que devuelvan al recto camino a los descarriados, que visiten a todos los enfermos, sin olvidar a la viuda, al huérfano, al pobre, sino pensando siempre en hacer el bien delante de YAHWEH y de los hombres.12 Que se abstengan de toda cólera, acepción de personas, juicio injusto; que estén alejados del amor al dinero, que no piensen mal rápidamente de alguien, que no sean duros en sus juicios, sabiendo que todos somos deudores del pecado.

Si pedimos al YAHWEH que nos perdone, también nosotros debemos perdonar, pues estamos ante los ojos de nuestro Señor y Elohim, y todos deberemos comparecer ante el tribunal de Yahshua, y cada uno deberá dar cuenta de sí mismo (ver Rm 14,10-12).

Por tanto, sirvámosle con temor y mucha circunspección, conforme él nos lo ha mandado, al igual que los apóstoles que nos han predicado el Evangelio y los profetas que nos anunciaron la venida de nuestro Señor. Seamos celosos para lo bueno, evitemos los escándalos, los falsos hermanos y los que llevan con hipocresía el nombre del Señor, haciendo errar a los cabezas huecas [kenoys anthrópoys, literalmente: hombres vacíos].

Advertencia contra el docetismo

Todo, en efecto, el que no confiesa que Yahshua El Mesias vino en la carne es un antimesias, y el que no acepta el testimonio del Madero es del diablo, y el que tergiversa las palabras del Señor según sus propios deseos y niega la resurrección y el juicio, ése es el primogénito de Satanás.13

Por eso, abandonemos los vanos discursos de las multitudes y las falsas doctrinas, y volvamos a la enseñanza que nos ha sido transmitida desde el principio. Permaneciendo sobrios para la oración (ver 1 P 4,7), constantes en los ayunos, suplicando en nuestras oraciones a YAHWEH, que lo ve todo, que no nos introduzca en la tentación (Mt 6,13), pues el Señor ha dicho: El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Mt 26,41).

Esperanza y paciencia

Perseveremos constantemente en nuestra esperanza14 y en las primicias de nuestra justicia, que es Yahshua El Mesias, que llevó al Madero nuestros pecados en su propio cuerpo (ver 1 P 2,24), él, que no había cometido pecado, en quien no se había encontrado falsedad en su boca (1 P 2,22). Pero por nosotros, para que nosotros viviéramos en él, lo soportó todo.

Seamos, pues, los imitadores de su paciencia, y si sufrimos por su nombre, glorifiquémoslo. Porque éste es el ejemplo que él nos ha dado en sí mismo, y esto es lo que nosotros hemos creído (ver 1 P 4,16; 2,21).

Los exhorto a todos a obedecer a la palabra de justicia, y a perseverar con toda paciencia, la que han visto con sus ojos no sólo en los bienaventurados Ignacio, Zósimo y Rufo, sino también en otros de entre ustedes, en Pablo mismo y en los demás apóstoles. Convencidos de que todos éstos no han corrido en vano (Ga 2,2; Flp 2,16), sino en la fe y la justicia, y que están en el lugar que les corresponde junto al Señor con los que han sufrido. Ellos no amaron este siglo presente (ver 2 Tm 4,10), sino a aquel que murió por nosotros y que YAHWEH resucitó por nosotros.

Caridad fraterna (A partir de este capítulo no tenemos el texto griego de la carta, sino una antigua versión latina)

Permanezcan, por tanto, en estos (sentimientos) e imiten el ejemplo del Señor, firmes e inconmovibles en la fe, amando a los hermanos, amándose unos a otros, unidos en la verdad, teniéndose paciencia unos a otros con la mansedumbre del Señor, no despreciando a nadie.15

Cuando puedan hacer el bien, no lo posterguen, pues la limosna libera de la muerte (Tb. 12,9). Todos ustedes estén sometidos los unos a los otros, teniendo una conducta irreprensible entre los paganos, para que por sus buenas obras (también) reciban la alabanza y el Señor no sea blasfemado por causa de ustedes (ver 1 P 2,12). Pero pobre de aquel por quien sea blasfemado el nombre del Señor (ver Is 52,5). Enseñen, pues, a todos la sobriedad en la que viven ustedes mismos.16

El caso de Valente

17

Estoy muy apenado por Valente, que fue presbítero por algún tiempo entre ustedes, (al ver) que ignora hasta tal punto el cargo que se le había dado. Por tanto, les advierto que se abstengan de la avaricia y que sean castos y veraces. Absténganse de todo mal. Quien no se puede gobernar a sí mismo en esto, ¿cómo puede enseñarlo a los otros? Si alguno no se abstiene de la avaricia, se dejará manchar por la idolatría y será contado entre los paganos que ignoran el juicio del Señor (ver Jr 5,4). ¿O acaso ignoramos que los santos juzgarán al mundo, como lo enseña Pablo? (ver 1 Co 6,2).

Yo no oí ni vi nada semejante en ustedes, entre quienes trabajó el bienaventurado Pablo, ustedes que están al comienzo de su epístola.18 De ustedes, en efecto, él se gloría delante de todas las iglesias (ver 2 Ts 1,4), las únicas que entonces conocían a Elohim-Yahshua, puesto que nosotros todavía no lo conocíamos.19

Así, pues, hermanos, estoy muy triste por él y por su esposa, a ellos les conceda el Señor la penitencia verdadera (ver 2 Tm 2,25). Ustedes sean sobrios, también en esto, y no los consideren como a enemigos (ver 2 Ts 3,15), sino que vuelvan a llamarlos como a miembros sufrientes y extraviados. Haciendo esto se construyen a sí mismos.

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Recomendaciones finales

Confío en que están bien ejercitados en las santas Escrituras-Torah, y que nada ignoran. Yo, por mi parte, no tengo este don. Ahora (les digo), como está dicho en las Escrituras-Torah: Enójense y no pequen, y que el sol no se ponga sobre su ira (Sal 4,5; Ef 4,26). Feliz quien se acuerda. Creo que sucede así con ustedes.

Que YAHWEH, el Padre de nuestro Señor Yahshua El Mesias, y él mismo, el pontífice eterno, el Hijo de YAHWEH, Yehshua El Mesias(ver Hb 6,20; 7,13), los edifiquen en la fe y en la verdad, en toda mansedumbre, sin cólera, en paciencia y en magnanimidad, en tolerancia y en castidad. Y les den parte en la herencia de sus santos21, y a nosotros con ustedes, y a todos los que están bajo el cielo, que creen en nuestro Señor Yahshua El Mesias y en su Padre-YAHWEH, que lo resucitó de entre los muertos.

Oren por todos los santos. Oren también por los reyes, por las autoridades y los príncipes, por los que los persiguen y los odian, y por los enemigos del Madero (ver Mt 5,44; 1 Tm 2,2; Jn 15,16; 1 Tm 4,15; St 1,4; Col 2,10; Flp 3,18.); de modo que su fruto sea manifiesto para todos, y ustedes sean perfectos en él.

Un trozo de la primera carta a los Filipenses (Del capítulo 13 se conserva el texto griego merced a Eusebio de Cesárea, HE III,36,14-15. P. N. Harrison, Polycarp's two Epistles to the Philippians, Cambridge, 1936, separó todo este capítulo 13, considerándolo una esquela de Policarpo respondiendo a una carta de los Filipenses. El resto de la actual epístola [caps. 1-12.14] sería una carta de consejo y exhortación escrita más tarde [según Harrison mucho más tarde]. Tendríamos, por tanto, dos epístolas de Policarpo, las cuales habrían sido reunidas en una sola ya antes de Eusebio de Cesárea. En la actualidad los especialistas aceptan la hipótesis de Harrison, pero señalan que la segunda carta [la "larga"] debe colocarse en una fecha muy próxima a la primera [la "breve"]).

Ustedes e Ignacio me han escrito, para que si alguien va a Siria también lleve la carta de ustedes. Lo haré, si encuentro una ocasión favorable, sea yo mismo, sea aquel que enviaré para que nos represente. (Ignacio de Antioquía le había pedido a Policarpo que enviase un mensajero a Antioquía, a fin de llevarles a los seguidores de Yahshua sus felicitaciones y animándolos [ver Ep. a Policarpo 7,2; 8,1]. La comunidad de Filipos, según parece, les había escrito a los Antioquenos con idéntica finalidad. Policarpo responde con esta primera carta.)

Conforme me lo pidieron, les mandamos las cartas de Ignacio, las que él nos envió y todas las demás que tenemos entre nosotros. Ellas van unidas a la presente carta, y ustedes podrán obtener gran provecho; porque ellas contienen fe, paciencia y toda edificación relacionada con nuestro Señor. Hágannos saber lo que sepan con certeza del mismo Ignacio y de sus compañeros. ("Les mandamos las cartas de Ignacio." Esta frase parece indicar que, con mucha probabilidad, muy pronto se formó un corpus de las cartas de Ignacio. Policarpo no tenía dificultad en reunir todas las epístolas de Ignacio a las iglesias de Asia. Esto permite conjeturar que no formaba parte del corpus la carta a los Romanos, que ha sido transmitida de forma independiente. - Desde "Hágannos saber..." el texto sólo se conserva en latín. "Ignacio y sus compañeros" es la traducción de "qui cum eo sunt").

Despedida (A partir de este capítulo se retoma el texto, en su versión latina, de la segunda carta. Crescente no es el secretario de Policarpo, sino el portador de la carta [ver Ignacio de Antioquía, Rom. 10,1; Filad. 11,2; Esmir. 12,1])

Les escribo esto por Crescente, a quien recientemente les recomendé y ahora (de nuevo) les recomiendo. Se ha conducido entre nosotros de forma irreprochable; y creo que lo hará entre ustedes de la misma manera. También les recomiendo su hermana, cuando ella llegue entre ustedes. Sean perfectos en el Señor Jesucristo, y en su gracia con todos los suyos. Amén.

(También se podría traducir, esta última frase, por "Compórtense bien en el Señor Jesucristo" [Incolumes estote in domino Iesu Christo]).

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Policarpo se encontró una vez con Marción, y éste le dijo: «¿No me conoces?» Pero aquél le contestó: «Te conozco como a primogénito de Satanás...».

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MARTIRIO DE POLICARPO

45 Os escribimos, hermanos, sobre los que han sufrido martirio, y particularmente sobre Policarpo, que puso como el sello final e hizo cesar con su martirio la persecución. Se puede decir que todo aconteció a fin de que el Señor nos mostrara de nuevo su martirio, como lo refiere el Evangelio. Porque Policarpo esperó a ser entregado, como lo hizo el Señor, a fin de que también nosotros fuéramos imitadores suyos, mirando no sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos; porque la caridad verdadera y sólida está en buscar no sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos

Los mártires se mantuvieron firmes, después de haber sido desgarrados por los azotes, de suerte que se podía ver la disposición de la carne hasta lo interior de las venas y las arterias, hasta el punto de que todos los circunstantes se sentían movidos a compasión. Ellos, en cambio, se habían levantado a tal nobleza que ninguno de ellos profirió un lamento o un gemido, mostrándonos a todos nosotros que en aquella hora de tormento los nobilísimos mártires de Cristo estaban fuera de su propia carne, o mejor, que el mismo Señor estaba con ellos, conversando con ellos. Sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, pues con los padecimientos de una sola hora compraban la vida eterna. El fuego de sus inhumanos torturadores les era un refrigerio, pues ante sus ojos estaba el huir del fuego eterno que jamás se extingue, y veían con los ojos del corazón los bienes que les aguardaban... Los que fueron condenados a las fieras sufrieron igualmente tormentos espantosos, siendo extendidos sobre conchas y sometidos a otras formas diversas de tortura...

En cuanto a Policarpo, hombre digno de nuestra máxima admiración, en primer lugar, en cuanto oyó que se le buscaba, no se turbó, y quería permanecer en la ciudad, pero muchos le persuadieron de que se retirara fuera. Salió, pues, a una pequeña finca que no estaba muy lejos de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con unos pocos compañeros, sin hacer otra cosa que orar de día y de noche por todos y por las Iglesias esparcidas por toda la tierra, como lo tenía por costumbre...

Como persistieran los que le buscaban, tuvo que cambiarse a otra finca, y pronto se presentaron los que iban tras él (en la primera finca). Al no hallarle, prendieron a dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tortura confesó su paradero... Acompañados, pues, del esclavo, los perseguidores salieron un viernes a la hora de la cena con caballería y la gente armada que suelen... Y llegando en hora ya tardía, lo encontraron acostado en una pequeña habitación en el piso superior. Todavía hubiera podido huir a otro escondrijo, pero no quiso, diciendo: <<Hágase la voluntad de Dios.» Oyendo el ruido de los que habían llegado, él mismo bajó y se puso a hablar con ellos, los cuales se admiraron de su avanzada edad y de su buen estado, preguntándose si valía la pena tanto aparato para aprehender a tal anciano. Inmediatamente mandó Policarpo que se les diera de comer y de beber cuanto quisieran, siendo la hora que era, rogándoles empero que le dejasen una hora para orar tranquilamente. Ellos se lo concedieron, y él, puesto en pie se puso a orar lleno de tal gracia de Dios que por espacio de unas dos horas no le fue posible callar y todos los que le oían estaban embelesados: algunos incluso empezaron a sentir remordimientos de haber venido a prender a un anciano tan lleno de Dios. Finalmente terminó su oración, no sin haber hecho mención de todos los que durante toda su vida habían tenido trato con él, de los humildes igual que de los grandes, de los ilustres lo mismo que de los sencillos, así como de toda la Iglesia católica esparcida por todo el mundo habitado. Llegada la hora de partir, le pusieron sobre un asno y lo llevaron a la ciudad, en día que era de sábado solemne. En el camino se encontraron con el jefe de policía, Herodes, y con su padre Nicetas, los cuales le hicieron pasar a su carruaje e intentaban persuadirle con las siguientes amonestaciones: ¿Qué mal hay en decir que el Emperador es el Señor y en sacrificar y cumplir las demás ceremonias, para salvar la vida?

Pero él al principio no les daba respuesta alguna; mas como insistieran, les dijo: «No voy a hacer nada de lo que me aconsejáis.» Ellos entonces, fracasados en su intento de persuadirle empezaron a decirle palabras insultantes y le hicieron descender precipitadamente del carruaje, de suerte que al descender se desgarró la espinilla. Sin volverse, como si no se hubiera hecho daño alguno, caminaba animosamente. Fue conducido al estadio, y fue tanto el tumulto que en él se armó que nadie podia entenderse...

Llevado a la presencia del procónsul, preguntóle éste si era él Policarpo; y como contestara afirmativamente, intentaba el procónsul hacerle renegar, diciendo: Ten consideración a tu avanzada edad, y las demás cosas que suelen decir: Jura por la fortuna del César, cambia tu modo de pensar y grita: Mueran los ateos.» Pero Policarpo, mirando con un rostro serio a toda la mesa de paganos sin ley que llenaban el estadio, les hizo una seña con la mano, dio un suspiro y levantó los ojos al cielo diciendo: «Mueran los ateos.» Intervino el procónsul diciendo: «Jura, y te pongo en libertad, reniega de Cristo.» Repuso Policarpo: «Hace ochenta y seis años que le sirvo, y ningún mal me ha hecho: ¿Cómo puedo blasfemar de mi rey a quien debo la salvación?»

El procóncul insistió de nuevo diciendo: «Jura por la fortuna del César.» Policarpo respondió: «Si tienes por punto de honor el hacerme jurar por la fortuna del César, como tú dices, fingiendo ignorar quién soy yo, oye lo que proclamo con toda libertad: Soy cristiano; y si quieres aprender cuál es la doctrina cristiana, dame un día de tregua y escúchame...» Dijo el procónsul: «Convence al pueblo. Replicó Policarpo: A ti te considero digno de una explicación, pues nuestra doctrina nos enseña que hay que dar a los magistrados y autoridades que están establecidas por Dios el honor que les es debido y que no daña a nuestra conciencia. Pero al pueblo no creo que valga la pena presentarles una defensa.» Dijo entonces el procónsul: «Tengo fieras, y te entregaré a ellas si no cambias de parecer.» Respondió Policarpo: «Llámalas, pues para nosotros no puede darse un cambio de lo mejor a lo peor, sino que lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo. Insistióle el procónsul: Te haré consumir en el fuego si no cambias de parecer, ya que desprecias a las fieras. Policarpo dijo: Me amenazas con el fuego que dura un momento y al poco rato se apaga, porque desconoces el juicio que ha de venir y el fuego del castigo eterno que aguarda a los impíos. Pero, ¿por qué pierdes el tiempo? Tráeme lo que quieras.»

Mientras decía estas y otras muchas cosas, Policarpo se mostraba lleno de ánimo y de alegría, y su rostro resplandecía con una gracia tal que no sólo no mostraba desfallecimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que por el contrario, era más bien el procónsul el que estaba fuera de sí, mandando a su propio heraldo que en medio del estadio hiciera por tres veces este pregón: Policarpo ha confesado ser cristiano: En cuanto el heraldo hubo dicho esto, toda la turba de judíos y de gentiles que habitaban en Esmirna se puso a gritar con rabia incontenible y a grandes voces: Ese es el maestro del Asia -y el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que ha enseñado a muchos a negarles sus sacrificios y culto. Esto decían a gritos, y pedían al gobernador Felipe que soltara un león contra Policarpo. Pero el gobernador contestó que no le estaba permitido hacerlo una vez que ya se habían terminado los combates de fieras. Entonces se pusieron de acuerdo en gritar todos a la vez que Policarpo fuera quemado vivo... Al punto el populacho se lanzó a recoger leña y maderas de los talleres y barrios, colaborando los judíos, como suelen, con particular diligencia. Cuando la pira estuvo preparada, Policarpo se quitó los vestidos... Como pretendieran clavarle en un poste, les dijo: Dejadme como estoy, pues el que me da fuerzas para soportar el fuego me concederá poder permanecer inmóvil en la hoguera sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos. Así pues, no le clavaron, sino que le ataron. Y él, con las manos atrás, atado como un carnero escogido de un gran rebaño para el sacrificio, preparado para ser holocausto acepto a Dios, levantó sus ojos al cielo y dijo: Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendito hijo tuyo Jesucristo, por el cual hemos recibido conocimiento de ti, Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la creación, de todo el linaje de los justos que viven en tu presencia: Te bendigo porque me has tenido por digno de esta hora en que puedo tomar parte, contado entre el número de los mártires, en el cáliz de Cristo en espera de la resurrección de la vida eterna en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo. Sea yo recibido hoy en tu presencia entre ellos, como un sacrificio rico y aceptable. Tú me preparaste de antemano para ello, tú me lo revelaste, y tú me lo has cumplido, Dios de verdad en el que no hay engaño. Por esto, y por todas las cosas, te alabo y te glorifico, por medio del eterno y celestial sumo sacerdote, Jesucristo, tu hijo amado, por el cual y juntamente con el Espíritu Santo sea a ti la gloria ahora y por los siglos venideros. Amén.

Así que hubo enviado al cielo su Amén, terminando su plegaria, los que cuidaban de la pira prendieron el fuego: y levantándose una gran llamarada nos fue dado a algunos ver un prodigio, y fuimos preservados para dar a conocer a los demás lo que acaeció. Porque el fuego, haciendo una especie de bóveda, como si fuera una vela de barco henchida por el viento, rodeó como con un muro circular el cuerpo del mártir que se hallaba en el centro, no como carne que se quema, sino como pan que se cuece o como oro que se purifica en el horno. Y sentimos un olor tan intenso como si fuera una ráfaga de incienso o de algún otro aroma precioso. Finalmente, viendo aquellos hombres inicuos que el cuerpo del mártir no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo de que se acercara y le hundiera un puñal. Así lo hizo, y brotó una tal cantidad de sangre que se apagó el fuego, quedando toda la multitud pasmada de la diferencia que había entre la muerte de los infieles y la de los elegidos. Al número de éstos pertenece también Policarpo, hombre sobremanera admirable, maestro con espíritu de apóstol y de profeta en nuestros propios tiempos y obispo de la Iglesia católica en Esmirna: toda palabra que salió de su boca, o bien ha tenido ya cumplimiento, o ciertamente lo tendrá.

Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo, aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto, Nicetas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojalá que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos!

Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y preparación de los que aún han de combatir... 3

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3. EUSEBIO, Hist Ecles., I, 15, 3ss.

LA SEGUNDA VENIDA DE YAHSHUA HA-MASHIAJ

Cirilo en Jerusalem

Pronunciada en Jerusalén, sobre lo de "Y ha de venir en gloria a juzgar a vivos y muertos: su reino no tendrá fin». Y sobre el Anticristo. La lectura es de Dan 7,9 ss: «Mientras yo contemplaba: Se aderezaron unos tronos y un Anciano se sentó...» Y más abajo: «Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre...» (7,13) además de lo que sigue1.

Las dos venidas de Mesias

1. Anunciamos la venida del Mesias, pero no una sola, sino también una segunda, mucho más magnífica que la anterior. La primera llevaba consigo un significado de sufrimiento, esta otra, en cambio, llevará la diadema del reino divino. Pues casi todas las cosas son dobles en nuestro Señor Jesucristo. Doble es su nacimiento: uno, de Dios, desde toda la eternidad; otro, de la Virgen, en la plenitud de los tiempos. Es doble también su descenso: el primero, silencioso, como la lluvia sobre el vellón (Sal 72,6); el otro, manifiesto, todavía futuro.

En la primera venida fue envuelto con fajas en el pesebre (Lc 2,7); en la segunda se revestirá de luz como vestidura (cf. Sal 104,2a). En la primera «soportó la cruz, sin miedo a la ignominia» (Hebr 12,2), en la otra vendrá glorificado y escoltado por un ejército de ángeles (cf. Mt 25,31).

No pensamos, pues, tan sólo en la venida pasada; esperamos también la segunda. Y, habiendo proclamado en la primera: «bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21,9), diremos eso mismo en la segunda (cf. Mt 23,39); y, saliendo al encuentro del Señor con los ángeles, aclamaremos adorándolo: «Bendito el que viene en nombre del Señor». El Salvador vendrá, no para ser de nuevo juzgado, sino para llamar a su tribunal a aquellos por quienes fue llevado a juicio. Aquel que antes, mientras era juzgado, guardó silencio (Mt 27,12) refrescará la memoria de los malhechores que osaron insultarle cuando estaba en la cruz y les dirá: «Esto hiciste y yo callé» (Sal 50,21 ) 3.

Entonces, por razones de su clemente providencia, vino a enseñar a los hombres con suave persuasión; en esa otra ocasión, futura, lo quieran o no, los hombres tendrán que someterse necesariamente a su reinado.

2. De ambas venidas habla el profeta Malaquías «De pronto entrará en el santuario el Señor a quien vosotros buscáis» (Mal 3,1). He ahí la primera venida. Respecto a la otra, dice así: El mensajero de la alianza que vosotros deseáis: miradlo entrar —dice el Señor de los ejércitos—. ¿Quién podrá resistir el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será un fuego de fundidor, una lejía de lavandero: se sentará para fundir y purgar» (3,1-3).

Y en las líneas que siguen dice el Salvador mismo: «Yo me acercaré a vosotros para el juicio, y seré un testigo expeditivo contra los hechiceros y contra los adúlteros, contra los que juran con mentira», etc. (3,5). Por eso, queriendo hacernos más cautos, dice Pablo: «Si uno construye sobre este cimiento con oro, plata, piedras preciosas, madera, heno, paja, la obra de cada uno quedará al descubierto; la manifestará el Día, que ha de revelarse por el fuego» (I Cor 3,12-13)4.

Escribiendo a Tito, también Pablo habla de esas dos venidas en estos términos: «Ha aparecido la gracia de Dios que trae la salvación para todos los hombres; enseñándonos a renunciar a la impiedad y a los deseos mundanos, y a llevar ya desde ahora una vida sobria, honrada y religiosa, aguardando la dicha que esperamos: la aparición gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo» (Tit 2,11-13). Ahí expresa su primera venida, dando gracias por ella; pero también la segunda, la que esperamos.

Por esta razón, en nuestra profesión de fe, tal como la hemos recibido por tradición, decimos que creemos en aquel «que subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin».

La actual condición del mundo pasará

3. Vendrá, pues, desde los cielos, nuestro Señor Jesucristo. Vendrá ciertamente hacia el fin de este mundo, en el último día, con gloria. Se realizará entonces la consumación de este mundo, y este mundo, que fue creado al principio, sera otra vez renovado. Pues ya que la corrupción, el hurto, el adulterio y toda clase de pecados se han derramado sobre la tierra y una y otra vez se derrama sangre (vid. Os 4,1-2). desaparecerá este mundo presentes con el fin de que esta morada no se llene de iniquidad y para suscitar otro más hermoso. ¿Quiéres ver una demostración de esto desde la Sagrada Escritura? Oye al profeta Isaías: «Se enrollan como un libro los cielos, y todo su ejército palidece como palidece el sarmiento de la cepa, como una hoja mustia de higuera» (Is 33,4). Y el Evangelio dice; «El sol se oscurecerá, la luna no dará su resplandor, las estrellas caerán del cielo» (Mt 24,29). No estemos, por tanto, apesadumbrados como si sólo nosotros tuviésemos que morir, pues también mueren las estrellas, aunque quizá resurjan de nuevo. El Señor hará que los cielos se plieguen y no para hacerlos perecer sino para hacer otros más hermosos. Escucha al profeta David cuando dice: «Desde antiguo, fundaste tú la tierra, y los cielos son obra de tus manos; ellos perecen, mas tú quedas» (Sal 102,26-27). Pero dirá alguno: abiertamente declara que perecerán. Escucha cómo dice «perecerán», pues desde lo que dice a continuación queda claro: «Todos ellos como la ropa se desgastan, como un vestido los mudas tú, y se mudan» (102,27). De modo semejante a como se dice que el hombre perece, según aquello: «El justo perece, y no hay quien haga caso» (Is 57,1), aunque se esté esperando la resurrección. Así, esperamos también como una resurrección de los cielos. «El sol se cambiará en tinieblas y la luna en sangre» (J13,4; Hech 2,20; cf. Mt 24,29). Sépanlo los que se han convertido de los maniqueos y no hagan dioses a los astros ni tampoco piensen impíamente que Cristo habrá de perder su luz algún día. Escucha de nuevo al Señor, que dice: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán» (Mt 24,35), pues las criaturas no son del mismo valor ni tienen el mismo destino que las palabras del Señor.

Hablaremos de lo que ha de venir y de sus signos

4. Pasarán, por tanto, las cosas visibles y llegarán las que se esperan mejores que éstas, pero que nadie busque con curiosidad cuál será el momento. Pues dice: «No os toca a vosotros conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad» (Hech 1,7). Ni te atrevas a determinar cuándo sucederán estas cosas ni te quedes perezosamente adormecido. Pues también dice: «Estad preparados, porque en el momento que no penséis, vendrá el Hijo del hombre» (Mt 24,44; cf. 42). Pero ya que era conveniente que conociésemos las señales de la consumación y puesto que es a Cristo a quien esperamos y para que no muriésemos decepcionados y fuésemos llevados a engaño por el Anticristo de la mentira, los apóstoles, impulsados por una moción divina y de acuerdo con los sabios designios de Dios, se acercan al verdadero Maestro y le dicen: «Dinos cuándo sucederá eso, y cuál será la señal de tu venida y del fin del mundo» (Mt 24,3). Esperamos que vengas una segunda vez, pero «Satanás se disfraza de ángel de luz» (2 Cor 11,14). Ponnos, por tanto, a nosotros a buen recaudo, para que no adoremos a otro en tu lugar. Y él, abriendo su boca divina y bienaventurada dice: «Mirad que no os engañe nadie» (Mt 24,4). También vosotros, los que ahora oís, miradlo ahora a él como si lo estuvieseis viendo con los ojos de la mente y escuchadlo como quien os está diciendo las mismas cosas: «mirad que nadie os engañe». Estas palabras os advierten a todos a que dirijáis vuestra mente a lo que se va a decir. Pues no se trata de una historia de cosas pasadas, sino de las que han de suceder, y es una profecía de lo que con certeza sucederá. Y no es que nosotros profeticemos, pues somos indignos de ello, sino que proclamamos en esta asamblea lo que está escrito y explicamos sus señales. Tú verás qué cosas de ésas ya han tenido lugar y cuáles quedan todavía por llegar. De ese modo puedes prevenirte.

Primera señal: los falsos mesías

5. «Mirad que no os engañe nadie. Porque vendrán muchos usurpando mi nombre y diciendo: "yo soy el Cristo" y engañarán a muchos» (Mt 24,4-5). Estas cosas se han dado ya en parte. Pues esto ya lo dijo Simón Mago, y Menandro y otros cabezas de herejes6 enemigos de Dios. Pero también otros lo dirán en nuestra época y después de nosotros.

Guerras y desastres naturales

6. Segunda señal: «Oiréis también hablar de guerras y de rumores de guerras» (Mt 24,56). ¿Se trata, o no, de la guerra en la época actual de los persas contra los romanos por Mesopotamia? ¿Se levanta o no, «nación contra nación y reino contra reino» (Mt 24,7)?7. «Habrá grandes terremotos, peste y hambre en diversos lugares» (Lc 21,11). Esto ya ha sucedido. Y, a su vez: «Habrá cosas espantosas y grandes señales del cielo» (iba). «Velad, pues» dice, «porque no sabéis que día vendrá vuestro Señor» (Mt 24,42).

La traición y el odio como señales del fin

7. Pero de la venida del Señor buscamos un signo propio nuestro, de la Iglesia: es decir, propio de la Iglesia, puesto que lo buscamos los que somos de la Iglesia. Pero dice el Salvador: «Muchos se escandalizarán entonces y se traicionarán y odiarán mutuamente» (Mt 24,10). Si llegas a oír que los obispos están contra los obispos, los clérigos contra los clérigos8, y que los pueblos llegan a enfrentarse unos contra otros, no te perturbes: ya lo predijo anteriormente la Escritura. No pongas tu atención en lo que ahora sucede, sino en lo que está escrito. Y aunque yo, que te estoy instruyendo, perezca, eso no quiere decir que tú hayas de ir a la muerte conmigo, sino que es preciso que el oyente llegue a ser mejor que el maestro y que el que llega el último pase a ser el primero (cf. Mt 20,16), siendo así que el Señor recibe también a aquellos que llegan a la hora undécima (Mt 20,6-7). Y si entre los apóstoles se dio la traición, ¿te asombras de que también entre los obispos se dé un odio entre hermanos? Y esta señal no sólo es entre los jefes, sino entre las masas. Pues dice: «Y al crecer cada vez más la iniquidad, la caridad de la mayoría se enfriará» (Mt 24,12). ¿Es que acaso alguno de los presentes se gloriará de que su amistad con el prójimo es sincera y sin simulación? ¿No es muy frecuente que los labios se besen, sonría el rostro y se vea la hilaridad en los ojos, mientras en el interior se maquina el engaño y planea el mal el que habla en son de paz? (cf. Sal 28,3).

Antes del fin, el Evangelio habrá sido predicado a todas las naciones

8. Tienes también esta señal: «Se proclamará esta Buena Nueva del Reino en el mundo entero, para dar testimonio a todas las naciones. Y entonces vendrá el fin» (Mt 24,14). Y casi todo el orbe está ya lleno de la doctrina de Cristo9.

La apostasía y el Anticristo

9. Y, ¿qué sucederá después? Dice en lo que sigue: «Cuando veáis, pues, la abominación de la desolación anunciada por el profeta Daniel10, erigida en el Lugar Santo (el que lea que entienda)» (Mt 24,15). Y, a su vez: «Entonces, si alguno os dice: "Mirad, el Cristo está aquí o allí", no le creáis» (Mt 24,23). El odio fraterno abre paso después al Anticristo. El diablo prepara las divisiones entre los pueblos para, cuando llegue, ser acogido más favorablemente. Que no suceda que nadie de los presentes o cualesquiera siervos11 que estén en cualquier parte se sume al enemigo. Escribiendo el apóstol Pablo acerca de esto, dio un signo claro al decir:

Primero tiene que venir la apostasía y manifestarse el Hombre impío, el Hijo de perdición, el Adversario que se eleva sobre todo, lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios y proclamar que él mismo es Dios, ¿No os acordáis que ya os dije esto cuando estuve con vosotros? Vosotros sabéis qué es lo que ahora le retiene, para que se manifieste en su momento oportuno. Porque el misterio de la impiedad ya está actuando. Tan sólo con que sea quitado de en medio el que ahora le retiene, entonces se manifestará el Impío, a quien el Señor destruirá con el soplo de su boca, y aniquilará con la Manifestación de su Venida.

La venida del Impío estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos, y todo tipo de maldades, que seducirán a los que se han de condenar (2 Tes 2,3b- 1 Da)12.

Hasta aquí Pablo. Ciertamente, ahora se da la defección, pues los hombres se han apartado de la recta fe: unos afirman que el Hijo es Padre y otros que ha sido llevado a la existencia desde la nada. Y en otras épocas los herejes eran claramente perceptibles, pero ahora está la Iglesia llena de herejes ocultos. Los hombres se han apartado de la verdad y sienten el afán de novedades (cf. 2 Tim 4,3-4):

¿Se trata de palabras artificiosamente compuestas para persuadir? Todos escuchan dulcemente: ¿son acaso palabras para la conversión del espíritu? Todos de hecho se apartan. Muchos se han apartado de las rectas doctrinas y son más propensos a elegir el mal que a aplicarse al bien. Se trata, por consiguiente, de la apostasía, y ya hay que esperar al enemigo. En parte ya comenzó a enviar sus precursores para venir él luego dispuesto a recoger el botín. Cuida, pues, de ti mismo, oh hombre, y pon a seguro tu alma. Te conjura a ti ahora la Iglesia (2 Tim 4,1 ) en presencia del Dios vivo (cf. 1 Tim 6,13) y te anuncia con antelación, antes de que suceda, lo que se refiere al Anticristo. No sabemos si estas cosas han de suceder en tu tiempo o han de ser posteriores a ti, pero lo mejor es que, sabiéndolas, te prevengas.

No dejarse engañar

10. Pero Cristo, el Hijo unigénito de Dios, no vendrá ya de la tierra. Si viniere alguien diciendo que ha aparecido en el desierto, no salgas (cf. Mt 24,26). Y si dicen: «Mirad, el Cristo está aquí o allí», no lo creas (cf. Mt 24,23). No mires después a la tierra y a las profundidades, pues el Señor descenderá desde los cielos (cf. Hech 1,11) y no él solo, como antes, sino con una gran compañía, rodeado de una muchedumbre de innumerables ángeles (cf. Jud. 14). Tampoco de modo imperceptible como el rocío sobre el retoño (Sal 72,ó), sino resplandeciente como un relámpago. Pues él mismo dijo: «Como el relámpago sale por oriente y brilla hasta occidente, así será la venida del Hijo del Hombre» (Mt 24,27). Y además: «Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloría 13. El enviará a sus ángeles con sonora trompeta» (Mt 24,30-31), etc.

El Anticristo, producto del diablo

11. Pero ya anteriormente, cuando estaba previsto que se encarnase y cuando se esperaba que Dios naciese de la Virgen, el diablo había retorcido previamente la realidad falseándola y sembrando astutamente, entre los adoradores de ídolos como falsos dioses, fábulas sobre paternidades y engendramientos. De este modo, si la falsedad ganaba terreno, la razón, según él (el diablo) pensaba, no encontraría la fe. Pues bien, cuando el verdadero Cristo venga por segunda vez, el enemigo14, aprovechándose de la expectación de los sencillos, sobre todo de los circuncisos, hará surgir un gran hombre, muy experto en las artes perversas de las hechicerías y los encantamientos15 y que usurpará la autoridad del Imperio romano dándose a sí mismo falsamente el nombre de Cristo. De ese modo engañará, mediante este nombre de Cristo, a los judíos que esperan al Ungido (es decir, Mesías y Cristo)16. También arrastrará a los gentiles con sus prodigios de magia y con sus engaños.

La llegada del Anticristo

12. El Anticristo mencionado llegará cuando se hayan completado los días del imperio Romano17 y esté ya muy próximo el fin del mundo. Diez reyes de los Romanos se levantarán a la vez en lugares quizá diversos, pero reinando todos a la vez. Después de estos, el undécimo será el Anticristo18, que usurpará el poderío romano apoyándose en las artes de la magia. Humillará a los tres que reinaron antes de él (cf. Dan. 7,24), pero a los siete restantes los tendrá sujetos a su dominio. En un principio simulará, como si fuese instruido y prudente, clemencia, moderación y humanidad, pero engañará a los judíos a través de señales y prodigios falsos provenientes de engaños mediante la magia como si él hubiese sido esperado como el Cristo. Después se caracterizará por la crueldad y el crimen, de manera que superará en maldad a todos los injustos e impíos que le precedieron. Dirigirá su ánimo sanguinario, de inflexible dureza, inmisericorde y cambiante, contra todos, pero especialmente contra nosotros los cristianos. Pero después de tres años y tres meses en que habrá realizado sus planes, será quitado de en medio por la segunda venida gloriosa, desde los cielos, del Hijo unigénito de Dios, nuestro Señor y Salvador Jesús, el Cristo verdadero, el cual, haciendo perecer con el aliento de su boca al Anticristo, lo entregará al fuego eterno.

Más detalles sobre la llegada del Anticristo

13. Pero esto lo enseñamos, no imaginándonoslo, sino desde las Escrituras que la Iglesia lee, y sobre todo basándonos en la profecía de Daniel que hemos leído antes, tal como el arcángel Gabriel la interpretó con estas palabras: «La cuarta bestia será un cuarto reino que habrá en la tierra, diferente de todos los reinos». Los autores eclesiásticos nos han transmitido que se trata del Imperio romano. Pues el primero de los reinos ilustres fue el imperio de los asirios; el siguiente, el de los medos y los persas; el tercero, después de éstos, el imperio de los macedonios; el cuarto es el actual de los romanos. En lo que sigue, Gabriel hace esta interpretación: «Y los diez cuernos: de este reino saldrán diez reyes, y saldrá después de ellos otro que superará a todos los anteriores a él en males (Dan 7,24 LXX). No sólo se refiere a aquellos diez, sino a todos los que le precedieron. «Y derribará a tres reyes» (ibid.): de aquellos diez de antes, como es evidente. Pero si humilla, de aquellos diez, a tres, él reinará como el octavo. Y dice: «proferirá palabras contra el Altísimo» (Dan 7,25): será un hombre blasfemo, que no hará caso de las leyes, y que no habrá recibido de sus padres el reino, sino que se habrá adueñado del poder con las artes de la magia.

Utilizará a Satanás como instrumento de mentira

14. Pero, ¿quién es éste o quién es el que realiza sus obras? Haznos de intérprete, Pablo. Su llegada, afirma, «estará señalada por el influjo de Satanás, con toda clase de milagros, señales, prodigios engañosos» (2 Tes 2,9). Con esto se refiere a que utilizará a Satanás como instrumento que actuará personalmente y por sí mismo. Pues, sabedor de que no habrá demora en su juicio, ya no presentará batalla por medio de sus ministros, como de costumbre, sino más abiertamente por sí mismo: «con todas las señales y prodigios engañosos». Pues el que es «padre de la mentira» (Jn 8,44) hará ostentación de las obras de mentira mediante apariencias fingidas, de manera que las muchedumbres crean que ven que un muerto ha resucitado sin que sea verdad, o a los cojos andar y a los ciegos recibir la vista, cuando en realidad no se da ninguna de estas curaciones.

Dominará sobre el Templo

15. Y dice a su vez: «El Adversario que se eleva sobre todo lo que lleva el nombre de Dios o es objeto de culto (2 Tes 2,4; cf. Dan 11,36 y, de nuevo, Apoc 13,1-8)19, hasta el extremo de sentarse él mismo en el Santuario de Dios» (2 Tes, ibid.). Pero ¿de qué templo se trata, puesto que aquél de los judíos ya fue destruido? ¡Desde luego no se refiere a este templo en el que estamos! ¿Por qué decimos todo esto? No se trata en realidad de que experimentemos complacencia en nosotros mismos. Pero si él20 ha de venir a los judíos como si fuera el Mesías y quiere ser adorado por los judíos para engañarlos más, hará gala de un grandísimo interés por el templo. Irá extendiendo la impresión de que es del linaje de David, el cual preparó el templo que Salomón había de construir. Pero entonces vendrá el Anticristo, y en el templo de los judíos no quedará piedra sobre piedra según el anuncio del Salvador (Mt 24,2)21, cuando hayan caído por hacerse viejos o al echarlos a tierra con el pretexto de nuevas construcciones, o al ser removidas todas las piedras por cualquier otra causa—y no me refiero a las piedras de fuera, sino a las de la estancia interior, donde estaban los querubines—, entonces vendrá aquel «con todas las señales y los portentos de la mentira». Se pondrá en contra de todos los ídolos y, en los comienzos simulará humanidad, pero después dará muestras de fiereza sobre todo contra los santos de Dios. Pues dice: «Yo contemplaba cómo este cuerno hacía la guerra a los santos» (Dan 7,21). Y también en otro lugar: «Será aquel un tiempo de angustia como no habrá habido hasta entonces otro desde que existen las naciones» (Dan 12,1). Es una fiera terrible, un gran dragón para los hombres invencible, dispuesto a devorarlos. De él podemos decir muchas cosas basándonos en las Escrituras, aunque, ajustándonos a lo dicho, tendremos bastante de momento.

La persecución tendrá una duración y un límite

16. NU/000036-MESES: Por ello, conociendo el Señor la fuerza de este adversario, concedió la venia a los piadosos diciendo: «Entonces, los que estén en Judea, huyan a los montes» (Mt 24,16). Pero si alguien se cree de una enorme fortaleza, como para luchar contra Satanás, manténgase firme (pues yo no desespero del vigor de la Iglesia) y diga: «¿Quién nos separará del amor de Cristo?...» (Rm 8,35 ss.). Pero los que somos miedosos, pongámonos a seguro y, llenos de confianza, dispongámonos a la lucha. «Porque habrá entonces una gran tribulación, cual no la hubo desde el principio del mundo hasta el presente ni volverá a haberla» (Mt 24,21; Cf. Dan 12,1). Pero gracias sean dadas a Dios, que ha limitado a pocos días la magnitud de esa aflicción. Dice, en efecto: «En atención a los elegidos se abreviarán aquellos días» (Mt 24,22). Entretanto reinará el Anticristo tres años y medio. Y esto no lo decimos tomándolo de los apócrifos, sino de Daniel. Pues dice: «Y los santos serán entregados en sus manos por un tiempo y tiempos y medio tiempo» (Dan 7,25; Apoc 12,1422). Y un «tiempo» es un año, en el cual su venida se acercará sensiblemente. Pero «tiempos» son los dos años restantes de la impiedad. Todos ellos, reunidos, son tres años y el «medio tiempo» son seis meses23. A su vez dice Daniel esto mismo en otro lugar: «Oí... jurar... por aquel que vive eternamente: «Un tiempo, tiempos y medio tiempo» (Dan 12,7)24. Quizá también algunos25 han interpretado en este sentido lo que sigue: «Mil doscientos noventa días». Y también esto: «Dichoso aquel que sepa esperar y alcance mil trescientos treinta y cinco días» (Dan 12,11-12). Por eso conviene ocultarse y huir, pues tal vez no terminaremos las ciudades de Israel hasta que venga el Hijo del hombre (cf. Mt 10,23).

Dios permitirá la persecución final

17. ¿Quién será el bienaventurado que entonces sufrirá piadosamente el martirio por Cristo? Pues yo diría que los mártires de esa época estarán por encima de todos los mártires. Porque los mártires de tiempos anteriores sólo han luchado con hombres. Pero quienes vivan en la época del Anticristo saldrán a la lucha con el mismo Satanás en persona. Los reyes que entonces fueron perseguidores, entregaban a la muerte, pero no simulaban que ellos resucitasen a los muertos ni hacían ostentación de señales y prodigios aparentes. Pero éste (el Anticristo) provocará a la vez el terror y el engaño «capaces de engañar, si fuera posible, a los mismos elegidos» (Mt 24,24). Que a nadie de los que entonces vivan le venga a la mente este pensamiento: ¿Es que Cristo hizo algo más que éste? ¿Con qué poder hace (el Anticristo) estas cosas? Ciertamente, si Dios no hubiera querido, no lo habría permitido. El Apóstol te previene y avisa: «Por eso Dios les envía un poder seductor que les hace creer en la mentira» (2 Tes 2,1 1 ) (nótese que pone «envía» en lugar de «permite»), no para que encuentren excusa, sino «para que sean condenados» (2,12). ¿Cómo es que es así? «Todos cuantos no creyeron en la verdad», esto es, en el Cristo verdadero, sino que «prefirieron la iniquidad», es decir, el Anticristo. Estas cosas, sin embargo, las permite Dios, tanto en las persecuciones que aparecen en las diversas épocas como en aquel tiempo venidero. Y no porque no las pueda impedir, sino queriendo coronar—según su costumbre, a través del sufrimiento—a sus propios combatientes, del mismo modo que a sus profetas y apóstoles. De este modo, tras el esfuerzo de un breve tiempo, poseerán como herencia eterna el reino de los cielos. Como dice Daniel: «En aquel tiempo se salvará tu pueblo, todos los que se encuentren inscritos en el Libro» (Dan 12,1)25. Está claro que se refiere al Libro de la vida. «Muchos de los que duermen en el polvo de la tierra, se despertarán, unos para la vida eterna, otros para el oprobio, para el horror eterno. Los doctos brillarán como el fulgor del firmamento, y los que enseñaron a la multitud la justicia, como las estrellas, por toda la eternidad» (12,2-3).

Ultimas advertencias sobre el Anticristo

18. Protégete, pues, hombre, a ti mismo. Sabes ya los signos del Anticristo. No los recuerdes sólo para ti, sino comunícalos también, sin envidia, a todos (cf.Sab 7,13). Si tienes un hijo según la carne, instrúyelo ya y adviértele. Y si engendraste a alguien por la catequesis27, haz que sea cauto y que no tome a un falso Mesías por verdadero. «Porque el misterio de la impiedad ya está actuando» (2 Tes 2,7). Me aterrorizan las guerras entre las naciones, me aterrorizan las escisiones de las Iglesias, me aterroriza el odio mutuo entre hermanos. Y estas cosas se mencionan, pero que no se hagan realidad en nuestros tiempos, aunque, entre tanto, seamos cautos. Y con todo esto es suficiente acerca del Anticristo.

La espera de la venida definitiva del Señor

19. Pero levantemos la vista y esperemos al Señor, que ha de venir en las nubes desde los cielos. Entonces sonarán las trompetas de los ángeles. Los que hayan muerto en Cristo resucitarán primero, los piadosos que estén con vida serán tomados en las nubes y recibirán el premio a sus trabajos. Así serán también honrados en lo humano, ya que lucharon por encima de las fuerzas humanas. Como dice el apóstol Pablo, al escribir: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo, y los que murieron en Cristo resucitarán en primer lugar. Después nosotros, los que vivamos, los que quedemos, seremos arrebatados en nubes, junto con ellos, al encuentro del Señor en los aires. Y así estaremos siempre con el Señor» ( I Tes 4,16-17).

Señales de la venidas

20. El Eclesiastés contempla esta venida del Señor y la consumación del mundo diciendo: «Alégrate, mozo, en tu juventud» (Ecl 1 1,9). Y en lo que sigue: «Aparta el mal humor de tu pecho y aleja el sufrimiento de tu carne» (11,10). «Acuérdate de tu Creador en tus días mozos, mientras no vengan los días malos... mientras no se nublen el sol y la luz, la luna y las estrellas, y retornen las nubes tras la lluvia» ( 12,1.2): mientras no se eche a perder el cordón de plata (se refiere al conjunto de los astros, cuyo aspecto es semejante a la plata) y se deshaga la flor de oro (con ello se hace referencia al sol por su aspecto áureo; las plantas son conocidas por sus flores, de las que salen radialmente sus pétalos). A la voz de las aves se levantarán y echarán la vista desde lo alto; se verá el pánico por los caminos. ¿Qué es lo que verán? Y entonces «verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo» (Mt 24,30). «Y se lamentará el país, cada familia aparte» (Zac 12,12). ¿Y qué es lo que sucederá con la venida del Señor?: «Florecerá el almendro, estará grávida la langosta y perderá su sabor la alcaparra» (Ecl 12,15). Pero, como dicen los intérpretes, un almendro que florece señala que el invierno ya ha pasado. Lo que sucederá es que en aquel tiempo, tras el invierno, florecerán nuestros cuerpos como flor celestial. «Estará grávida la langosta» (revistiéndose de plumas) «y perderá su sabor la alcaparra» (es decir, los inicuos, semejantes a las espinas, serán dispersados).

Todo está predicho en la Escritura

21. Ves cómo todo anuncia la venida del Señor y te das cuenta de cómo han conocido el sonido del pájaro. Veremos qué voz: «El Señor mismo, a la orden dada por la voz de un arcángel y por la trompeta de Dios, bajará del cielo» (1 Tes 4,16). El ángel lo proclamará y dirá a todos: «¡Salid al encuentro del Señor!»29. Y el descenso del Señor causará terror, David dice: «Viene nuestro Dios y no se callará. Delante de él, un fuego que devora, en torno a él, violenta tempestad», etc. (Sal 50,3). Viene hasta el Padre, según lo que se ha leído de la Escritura, el Hijo del hombre entre las nubes del cielo (cf. Mt 24,30; Dan 7,13), mientras un río de fuego, por el que los hombres son probados, fluye ante él (cf. Dan 7,10). Si alguien tiene obras de oro, cobrará mayor brillo, pero si son como la paja y desprovistas de fuerza, serán abrasadas por el fuego (cf. 1 Cor 3,12-15)30. Y el Padre se sentará, «su vestidura, blanca como la nieve; los cabellos de su cabeza, puros como la lana» (Dan 7,9). Estas cosas están dichas al modo humano. ¿Por qué razón? Porque es rey de aquellos que no se han manchado con el pecado. Pues dice: «Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán» (Is 1,18), lo cual es como un signo de los pecados perdonados como si no hubiesen sido cometidos. Vendrá el Señor desde los cielos en las nubes, él, que ascendió entre las nubes (cf. Hech 1,9-10) y el mismo que dijo: «Verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria» (Mt 24,30).

La última venida y la aparición de la senal del Mesias

22. Pero ¿cuál es la señal de su venida, no sea que alguna potestad contraria se atreva a imitarlo? «Entonces -dice- aparecerá en el cielo la señal del Hijo del hombre» (Mt 24,30). Pero el signo verdadero y propio de Cristo es la X(CHR). El signo de una X(CHR) luminosa precede al rey, mostrando al que anteriormente fue crucificado, para que, viéndolo quienes lo atormentaron y los judíos que con sus insidias lo acosaron, se lamenten unos contra otros (cf. Zac 12,10,12) diciendo: éste es el que fue abofeteado, aquel en cuyo rostro escupieron y a quien encadenaron, el que fue despreciado al ser crucificado. Dirán: «¿A dónde huiremos del rostro de tu cólera?». Pero, rodeados por los ejércitos angélicos, nunca podrán escapar. El signo de la X(CHR.)será el terror de los enemigos. Pero será la alegría para los amigos que en él creyeron, o bien lo anunciaron o padecieron por él. ¿Quién tendrá la dicha de ser contado entonces entre los amigos de Cristo? No despreciará a sus propios siervos un rey tan glorioso, que está acompañado por una corte de ángeles y estará sentado en el trono junto al Padre. Y para que los elegidos no sean confundidos con los enemigos, «enviará a sus ángeles con sonora trompeta y reunirán de los cuatro vientos a sus elegidos» (Mt 24,31). Si no abandonó a Lot.31, que era uno solo, ¿cómo abandonará a numerosos justos? «Venid, benditos de mi Padre» (Mt 25,312), dirá a aquellos que entonces serán transportados en carros de nubes y serán reunidos por los ángeles.

Será una liberación que no abandonará a nadie

23. Pero dirá alguno de los que están aquí: «No estoy preparado o quizá en aquel tiempo me encuentre enfermo en el lecho» o, tal vez, «yo, mujer seré cogida en la cama». «¿Seremos, pues, desechados?32. Ten confianza, pues el juez no tiene acepción de personas. No juzgará según la gloria humana y «no juzgará por las apariencias» (Is 11,3). No prefiere los eruditos a los incultos ni los ricos a los pobres. Aunque estés en el campo (cf. Mt 24,40), te tomarán los ángeles. No pienses que acogerá a los terratenientes y te dejará a ti, que eres labrador. Incluso aunque seas siervo o pobre, no sientas preocupación. El que tomó «condición de siervo» (Flp 2,7) no despreciará a los siervos. Aunque estés enfermo en el lecho, está escrito: «Estarán dos en un mismo lecho: uno será tomado y el otro dejado» (Lc 17,34). Aunque, forzado por la necesidad, te encuentres postrado en cama, seas hombre o mujer, y aunque tengas hijos o estés sentado junto a la muela (cf. 17,35) no pasará de largo junto a ti el que «abre a los cautivos la puerta de la dicha» (Sal 68,7). El que llevó a José desde la servidumbre y la cárcel al reino33, te conducirá también a ti, rescatado de tus aflicciones, al reino de los cielos. Sólo tienes que confiar, actuar y luchar con ardor34. Nada habrá sido para ti en vano. Se ha tenido en cuenta toda tu oración y tu recitación de los salmos, todas tus limosnas y todo tu ayuno, la pureza y la castidad de tu amor conyugal o la continencia que has asumido por Dios. En estos balances ocupan el primer lugar la virginidad y la integridades y resplandecerá, en ese caso, como ángel. Pero del mismo modo que las cosas alegres las oíste con gozo, oye también pacientemente lo contrario. Pues también se han tenido en cuenta tus robos y tu vida libertina. Se te han contado el juramento en falso, la blasfemia, el uso de los filtros mágicos, el hurto, el homicidio. Todas estas cosas te serán tenidas en cuenta si las vuelves a cometer tras el bautismo. Pues se borran las que se cometieron antes de él.

La muchedumbre de los testigos en el momento final

24. Dice: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles» (Mt 25,31). Date cuenta, oh hombre, de cómo entras en un juicio con muchísimos testigos. Se encontrará entonces presente todo el género humano. Piensa, por ejemplo, cuán numerosa es la nación romana. Piensa también en la muchedumbre de los pueblos bárbaros y en la que había hace cien años. Calcula cuántos habrán muerto desde hace mil años. Estoy pensando en mi interior en los que han existido desde Adán hasta el presente. Es una multitud ingente: sin embargo, es todavía pequeña en comparación con los ángeles. Estos son aquellas noventa y nueve ovejas (Lc 15,4), unidas al resto del género humano. Pues el número de habitantes se ha de calcular según las dimensiones de los distintos lugares. Toda la tierra no es más que como un punto en medio del cielo, y el cielo que la rodea contiene una muchedumbre de habitantes de acuerdo con sus dimensiones. Y los cielos de los cielos abarcan un número superior a todo cálculo. Está escrito: «Miles de millares le servían, miríadas de miríadas estaban en pie delante de él» (Dan 7,10; cf. Apoc 5,11)36. Y no porque la muchedumbre esté limitada a ese número, sino porque el profeta no ha sido capaz de expresar una multitud más amplia. Estará presente, pues, entonces Dios, padre de todos, con quien estará sentado Jesucristo, y a la vez estará presente el Espíritu Santo. A todos, con lo que hicimos, nos convocará la trompeta angélica. Por todo esto, ¿no conviene que actuemos ya con solicitud y con temor? Y no creas, oh hombre, que—incluso sin contar con el suplicio—es pequeño castigo el ser condenado ante tantos testigos. ¿Acaso no preferimos morir mil veces antes que ser condenados por los amigos?

El juicio final

25. Sintamos, pues, pavor, hermanos, de modo que no nos condene Dios, el cual, para condenar, no tiene necesidad de pesquisas ni listas de agravios. No digas: era de noche cuando me di al libertinaje o cuando practiqué la magia o cuando hice cualquier otra cosa, y no había allí hombre alguno. Por tu conciencia serás juzgado entre «juicios contrapuestos de condenación o alabanza... en el día en que Dios juzgará las acciones secretas de los hombres» (Ro». 2,15- 16). El terrible rostro del juez te forzará a decir la verdad o, más bien, te declarará convicto aunque no la confieses: pues serás resucitado teniendo a tu alrededor tus pecados o tus obras justas. Y esto lo declarará el juez mismos37 (Cristo es el que juzga: «Porque el Padre no juzga a nadie; sino que todo juicio lo ha entregado al Hijo» (Jn 5,22), no privándose de una potestad, sino juzgando a través del Hijo. Pues el Hijo juzga por voluntad del Padre, ya que no es uno el deseo del Padre y otro el del Hijo, sino que son uno e idéntico en ambos) ¿Qué dice, pues, el juez de si también tendrán, o no, que comparecer tus obras? «Serán congregadas delante de él todas las naciones» (Mt 25,32). Pues conviene que ante Cristo «toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos» (Flp 2,10; cf. Rom 14,11)38, «Separará a los unos de los otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos» (Mt 25,32). ¿Cómo hace el pastor la separación? ¿Acaso buscando en el libro quién es oveja y quién cabrito? ¿O no juzga, más bien, por lo que ve? ¿No señala la lana quién es la oveja y, en cambio, una piel áspera delata al cabrito? Así también tú, si has sido purificado de tus pecados, tus acciones serán después como pura lana (cf. Is 1,18); tu vestido permanecerá impoluto y siempre dirás: «Me he quitado mi túnica ¿cómo ponérmela de nuevo?» (Cant 5,3). Por tu vestido serás reconocido como oveja. Pero si se te encuentra velludo, a ejemplo de Esaú, que, con pelo áspero y de pensamiento retorcido, perdió por un alimento los derechos de primogénito y vendió su prerrogativa (Gén 25,29-34; cf. Hebr 12,16), serás colocado a la izquierda (cf. Mt 25,33). Pero lejos de ninguno de los presentes apartarse de la gracia o que por sus malas acciones sea puesto a la parte izquierda, con los pecadores.

26. Es un juicio tremendo y hay verdaderamente lugar para el temor por las cosas que se anuncian como que han de seguir. Lo que se presenta es el reino de los cielos, pero está preparado un fuego eterno (Mt 25,41). Alguno dirá: «¿Cómo escaparemos del fuego? ¿Cómo entraremos en el Reino?». Responde: «Tuve hambre, y me disteis de comer» (Mt 25,35). Aprended el camino, pues no se trata ahora de una alegría, sino de que llevemos a la práctica lo que se dice. «Porque tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero, y me acogisteis; estaba desnudo y me vestisteis; enfermo y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a verme» (35-36). Si esto haces, reinarás, pero, si lo pasas por alto, serás condenado. Comienza, pues, ahora ya a realizar estas cosas y persevera en la fe, no sea que, a ejemplo de las vírgenes necias, seas excluido por falta de aceite (25,10-12). No te confíes simplemente porque tienes la lámpara, sino tenla también encendida (Mt 5,16). Brille la luz tuya de las buenas obras ante los hombres, de modo que no sea blasfemado Cristo a causa tuya (cf. Rm 2,24). Vístete el vestido de la incorrupción39, brillando por tus buenas obras (cf. 1 Tim 2,10) y administra debidamente cualquier cosa que hubieres recibido del Señor para administrar (cf. Mt 25,14-30). ¿Se te ha confiado dinero? Adminístralo bien. ¿Se te ha otorgado una palabra de ciencia? Repártela cuidadosamente. ¿Eres capaz de llevar las almas de los oyentes a la fe? (cf. Hech 2,42). Hazlo diligentemente. Muchas son las posibilidades de administrar bien. Tanto como para que ninguno de nosotros sea arrojado a la condenación, sino que corramos con confianza al encuentro de Cristo, rey eterno, que reina por los siglos. Pues reina por los siglos el que juzga a los vivos y a los muertos después de que murió por los vivos y por los muertos. Y, como dice Pablo: «Porque Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos» (Rm 14,9).

Su reino no tendrá fin

27. Y si oyes a alguien que el reino de Cristo habrá de tener un final, lanza una maldición contra esta herejía. Pues se trata de la segunda cabeza del dragón (cf. Apoc 12,3), que recientemente se desarrolló en Galacia. Hubo quien se abrevió a decirte que, tras el fin del mundo, el que habría de reinar no sería Cristo, pero tampoco se atrevía a declarar que el Verbo habría salido del Padre41 y que a él habría de volver de nuevo, vomitando así (el mencionado) tales blasfemias para su propia perdición. Pues no oyó al Señor que dice: «El Hijo se queda para siempre» (Jn 8,35).42. No oyó a Gabriel, que dice: «Reinará sobre la casa de Jacob por los siglos y su reino no tendrá fin» (Lc 1,33). Observa lo que se dice: Ahora los herejes enseñan en contra de Cristo, mientras que el arcángel Gabriel enseñó la permanencia perpetua del Salvador. ¿A quién, pues, debes mostrar más fe? ¿No es a Gabriel? Escucha este testimonio de Daniel.

«Yo seguía contemplando en las visiones de la noche: Y he aquí que en las nubes del cielo venía como un Hijo de hombre. Se dirigió hacia el Anciano y fue llevado a su presencia. A él se le dió imperio, honor y reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás» (Dn 7,13-14).

Esto es lo que debes aceptar y creer. Arroja lejos de ti lo herético. Pues has oído cosas muy claras acerca de que nunca tendrá fin el reino de Cristo.

Todo, en el Antiguo Testamento, apuntaba al Reino del Hijo

28. Tienes también algo semejante en la interpretación de la piedra que se ha separado del monte sin la intervención de mano alguna (Dan 2,34), que es Cristo según la carne: «Y este reino no pasará a otro pueblo» (8,44). Y David, en una ocasión, dice: «Tu trono, oh Dios, permanece para siempre» (Sal 45,7 LXX)43. Y, en otro lugar: «Desde antiguo fundaste tú la tierra... ellos perecen, más tú quedas... Pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años» (Sal 102,26.27.28). Todo lo cual lo interpretó Pablo aplicándolo al Hijo (cf. Hebr 1,8-10)44.

Todos sus enemigos serán puestos a sus pies

29. ¿Quieres saber cómo llegaron a semejante demencia quienes enseñan lo contrario a esto? Torcidamente leyeron lo que el Apóstol rectamente dejó escrito: «Porque debe él reinar hasta que ponga a todos sus enemigos bajo sus pies» ( I Cor 15,25; cf. Sal 110,1), a lo que dicen: cuando sus enemigos hayan sido puestos bajo sus pies, ya no reinará más. Esto lo afirman de modo perverso y necio. Pues el que ya es rey antes de haber derrotado a sus enemigos ¿no lo será mucho más después de haberlos vencido?45.

Para integrarse todo con Cristo en el plan del Padre

30. Está escrito aquello de: «Cuando hayan sido sometidas a él todas las cosas, entonces también el Hijo se someterá a Aquel que todo se lo sometió» (I Cor 15,28). Se han atrevido a decir también que esto significa que el Hijo ha decidido marcharse al Padre, pero (decís que) vosotros, los más impíos de todos, ¿permaneceréis como obras de Cristo eternamente, pero él, por quien vosotros fuisteis hechos junto con todo lo demás, desaparecerá totalmente? Esto es sin duda blasfemo. ¿Cómo le serán sometidas todas las cosas, destruidas o todavía íntegras? ¿O se dará el caso de que se conserven las cosas sometidas al Hijo, pero perecerá el Hijo, que se debe al Padre? Realmente aquel se someterá a éste46, no como si entonces empezase a ceder ante el Padre—pues desde la eternidad hace «siempre lo que le agrada a él» (Jn 8,29)—sino porque también entonces obedecerá. No será esto prestando una obediencia forzada, sino con la espontánea voluntad de someterse. Pues no es un criado, que se somete por la fuerza, sino que es Hijo que realiza las cosas porque así lo siente y por amor.

Vencidos los enemigos, no acabará el Reino de Cristo

31. Pero preguntémosles el alcance que tiene el «hasta cuando» y el «hasta que». Utilizando estas expresiones47, intentará como desde muy cerca, destruir el error. Al decir aquello de «hasta que ponga a sus enemigos bajo sus pies» se atrevieron a decir que ello significa su fin, que el reino eterno de Cristo tiene en realidad límites y no temieron poner con sus palabras limitaciones a su infinita potestad. Algo del mismo estilo se puede leer en el Apóstol: «Pero reinó la muerte desde Adán hasta Moisés» (Rm 5,14). ¿Acaso los hombres morían hasta entonces y nadie murió ya después de Moisés? ¿No hubo ya muerte después de la Ley? Ves que la palabra «hasta» no significa que el tiempo se acabe. Lo que Pablo quiere indicar es que, aunque Moisés fue un hombre justo y admirable, no obstante, la sentencia de muerte pronunciada contra Adán le alcanzó a él y a quienes le siguieron. Ello sucedió aunque no pecasen de un modo semejante a Adán al incumplir la prohibición de comer del árbol.

«Hasta» (1 Con 15,25) no significa que el Reino de Cristo tenga un final

32. Oye, además, otra frase semejante: «Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones» (2 Cor 3,15). ¿Es que acaso el «hasta el día de hoy» se extenderá sólo hasta Pablo, y no más bien hasta el momento actual y hasta la consumación última? Pero Pablo dice a los Corintios: «Hasta vosotros hemos llegado con el Evangelio de Cristo»... y «esperamos, mediante el progreso de vuestra fe... extendiendo el Evangelio más allá de vosotros» (2 Cor 10,14.15.16). Claramente ves que el hasta no designa un tope, sino que se refiere a algo que después continúa. ¿Cómo debes entender, pues, aquello de «hasta que ponga a los enemigos»? En el mismo sentido como se expresa el mismo Pablo en otro lugar: «Exhortaos mutuamente cada día mientras dure este hoy» (Hebr 3,13), es decir, siempre y continuamente. Pues, así como no se debe hablar de un comienzo de los días de Cristo (cf. Hebr 7,3) no soportes tampoco que se hable del fin de su reino. Pues «reino eterno es su reino» (Dan 3,100 LXX)49, como está escrito.

Conclusión

33. Y otras muchas cosas podrían decirse, basándose en la Sagrada Escritura, sobre el reino de Cristo que nunca por los siglos tendrá fin. Sobre ello tengo suficientes testimonios, pero, por lo avanzado del día, me doy por contento con lo dicho. Pero tú, que estás escuchando, adora sólo a aquel rey y evita todo error herético. Si la gracia de Dios lo permite, todo lo demás que atañe a la fe se os explicará en su momento. Y el Dios de todas las cosas os guarde, acordándoos de las señales de la consumación del mundo y sin dejaros vencer por el Anticristo. Oíste los signos del que ha de venir en su plenitud. Oíste las pruebas del verdadero Mesías, que ha de venir manifiestamente de los cielos. Huye del Mentiroso, espera al que es el Verdadero. Has sido instruido en el camino en el que, al ser juzgado, serás encontrado a su derecha (cf. Mt 25,34). «Guarda el depósito» (I Tim 6,20)50 acerca de Cristo, realizando con decoro buenas obras, para que obtengas el Reino de los cielos, manteniéndote en pie con confianza ante el juez. Por quien y con quien sea gloria a Dios con el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén,

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LIBRO IV: LAS ESCRITURAS ANUNCIAN A UN SOLO DIOS Y PADRE

Prólogo

[973] Pr. 1. Mi querido hermano, te envío el cuarto libro de la obra que te prometí, acerca de la Exposición y refutación de la falsa gnosis. Por medio de las palabras del Señor hemos confirmado lo que anteriormente hemos dicho, a fin de que también tú, como pediste, recibas de nuestra cosecha todos los argumentos para confundir a los herejes; y para que, una vez refutados, ya no les permitas volver a caer en el abismo (296) del error ni ahogarse en el mar de la ignorancia; sino que, volviéndose al puerto de la verdad, puedan lograr su salvación.

Pr. 2. Si alguien desea convertirlos, conviene que con toda diligencia se informe de sus argumentos: pues ningún médico es capaz de curar a un enfermo si antes no conoce el mal que padece. Quienes nos precedieron, aun cuando eran mejores que nosotros, no pudieron refutar de modo suficiente a los valentinianos, porque ignoraban sus enseñanzas, que nosotros hemos expuesto con esmero en el primer libro, en el cual también mostramos cómo su doctrina recapitula todas las herejías. Por igual motivo en el segundo libro los tomamos como el blanco de toda nuestra refutación: [974] quien los rebata de modo correcto, también derrocará a todos los que proponen un falso conocimiento. Echándolos por tierra a ellos, al mismo tiempo derrumbará toda herejía.

Pr. 3. Su doctrina es más blasfema que cualquier otra, como hemos demostrado, porque afirman que el único Dios, Creador y Demiurgo, proviene del desecho. También blasfeman contra nuestro Señor, al dividir y separar a Jesús de Cristo, a Cristo del Salvador, al Salvador del Verbo y al Verbo del Unigénito. Y así como dicen que el Demiurgo es fruto del desecho, así también enseñan que Cristo y el Espíritu Santo fueron emitidos a causa de la penuria, y que el Salvador es producto de los Eones emitidos por la penuria. Como se ve, nada hay en ellos sino blasfemia. En el libro anterior demostré, contra todos ellos, la doctrina de los Apóstoles; pues «los que desde el principio fueron testigos y llegaron a ser servidores de la Palabra» (Lc 1,2) de la Verdad, no sólo jamás pensaron de esta manera, sino que nos enseñaron a huir de tales argucias, pues con ayuda del Espíritu supieron de antemano que habría quienes sedujeran a los más simples.

[975] Pr. 4. Como la serpiente sedujo a Eva, prometiéndole lo que ni siquiera ella tenía (Gén 3,4-5), así éstos (los gnósticos) pretendiendo tener un mayor conocimiento de los misterios inefables, y prometiendo la comprensión que dicen hallarse en el Pléroma, arrastran a los fieles a la muerte; los hacen apóstatas de aquel que los creó. En aquel primer momento el ángel apóstata, provocando por la serpiente la desobediencia de los hombres, pensó que el asunto quedaría oculto al Señor: por eso Dios le dio la forma y nombre que tiene. Mas ahora, en estos últimos tiempos, el mal se extiende entre los hombres, no sólo haciéndolos apóstatas; sino que, mediante muchas invenciones, los ha hecho blasfemar contra el Creador; quiero decir, por medio de todos los herejes de los que he hablado. Pues todos ellos, aunque provienen de diversas partes y enseñan doctrinas diversas, sin embargo concuerdan en el mismo fin blasfemo, hiriendo letalmente, enseñando a blasfemar contra el Dios que nos ha creado y nos sustenta, y destruyendo nuestra salvación. El hombre está compuesto de alma y carne, la cual fue formada a semejanza de Dios (297) y plasmada por sus manos (298), eso es, por el Hijo y el Espíritu, a los cuales dijo: «Hagamos al hombre» (Gén 1,26). La intención de aquel que atenta contra nuestra vida es hacer de los hombres unos incrédulos y blasfemos contra su Creador. Todas las proclamas de los herejes en último término se reducen a blasfemar contra el Demiurgo y a destruir la salvación de la carne, creatura de Dios, por la cual, como hemos demostrado, el Hijo de Dios de muchas maneras llevó a cabo la Economía. También hemos probado por las Escrituras que a ningún otro se le llama Dios, excepto al Padre universal, al Hijo y a aquellos que han recibido la filiación adoptiva.

1. Unidad de los dos Testamentos 1.1. Un solo Dios, Creador y Padre 1.1.1. Según las palabras de Jesús

1,1. Queda, pues, firme sin discusión, que el Espíritu, hablando en propia persona, no ha llamado Dios y Señor a nadie más sino al Dios Soberano de todas las cosas, con su Verbo; así también aquellos que reciben el Espíritu de adopción, es decir, quienes creen en el único Dios verdadero y en Jesucristo Hijo de Dios. De modo semejante, el Apóstol no llama Dios y Señor a otros fuera de éstos; y lo mismo nuestro Señor, el cual nos mandó no proclamar Padre a ningún otro sino al que está en los cielos, al único Dios y Padre. [976] No es como los engañadores sofistas enseñan, que por naturaleza es Dios y Padre aquel que ellos han inventado; mientras que el Demiurgo no sería ni Dios ni Padre por naturaleza, sino que así se le denominaría con lenguaje figurado porque domina la creación. De este modo hablan los logistas depravados que fabrican ilusiones sobre Dios, descuidando la doctrina de Cristo, poniéndose a hacer sus propias cábalas acerca de la Economía de Dios. Pues ellos pretenden tener a sus Eones por Dioses, Padres y Señores, así como a los Cielos, junto con la Madre que han inventado, a la cual también llaman Tierra y Jerusalén, y pretenden aplicarle mil nombres.

1,2. ¿Quién puede dudar de que, si el Señor hubiese conocido muchos padres y dioses, no habría enseñado a sus discípulos a reconocer a un solo Dios, y sólo a él llamar Padre? Más bien él distinguió entre los que son llamados dioses en lenguaje figurado, del único Dios verdadero, a fin de que no yerren en su doctrina ni confundan una cosa con otra. En cambio, si además de anunciarnos a un solo Dios al que debemos llamar Padre, también hubiese confesado como Dios y Padre en el mismo sentido a algún otro, parecería que delante de los discípulos enseñaba una doctrina, y aparte él obraba de manera diversa. Entonces no habría sido un maestro bueno, sino falsario y perverso. Los Apóstoles, por su parte, habrían violado el mandamiento fundamental cuando confesaron Dios, Señor y Padre al Demiurgo, como hemos probado, si éste no fuese el único Dios y Padre. Y el Maestro habría sido culpable de su pecado, pues les mandó llamar Padre sólo a uno, y les impuso la obligación de confesar al Creador su Padre, como arriba explicamos.

1.1.2. Según las palabras de Moisés

2,1. Moisés, resumiendo toda la Ley que había recibido del Demiurgo en el Deuteronomio, dice: «Prestad oídos, cielos, que hablaré, y escucha, tierra, la palabra de mi boca» (Dt 32,1). David, a su vez, confesando que del Señor le viene el auxilio, canta: «El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (Sal 121[120],2). Isaías confiesa que la palabra le viene del que hizo el cielo y la tierra, y domina sobre ellos: «Escucha, cielo, y presta oídos, [977] tierra, porque el Señor ha hablado» (Is 1,2), y añade: «Así dice el Señor Dios, el que hizo el cielo y le dio firmeza, el que fundó la tierra y todo cuanto hay en ella, y que da respiración al pueblo que en ella habita y el Espíritu a quienes sobre ella caminan» (Is 42,5).

1.1.3. Los Evangelios confirman las palabras de Moisés

2,2. También nuestro Señor Jesucristo confesó quién es su propio Padre, cuando dijo: «Te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra» (Mt 11,25). ¿A quién quieren oírnos llamar Padre aquellos erráticos sofistas de Pandora? ¿Acaso al Abismo que ellos han imaginado? ¿O a la Madre? ¿O al Unigénito? ¿O al Dios que diseñaron Marción y los suyos, el cual con muchos argumentos hemos probado que no es Dios? ¿O más bien, como la verdad enseña, a aquél a quien los profetas anunciaron, al Hacedor del cielo y de la tierra, a quien Cristo confesó su Padre, al que la ley proclamó diciendo: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno solo» (Dt 6,4)?

2,3. Que las enseñanzas de Moisés sean palabras de Cristo, éste mismo lo dijo a los judíos, como Juan lo recuerda: «Si creyerais a Moisés, también me creeríais a mí, pues él escribió sobre mí. Mas si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis en mis palabras?» (Jn 5,46-47), indicando que sin duda alguna, las palabras de Moisés son también suyas. En tal caso, las palabras de Moisés y de los demás profetas son de Cristo, como ya probamos. Además, el Señor mismo señaló cómo Abraham respondió al rico acerca de los hombres que entonces vivían: «Si no escuchan a Moisés y a los profetas, tampoco le creerán si uno de los muertos resucita para hablarles» (Lc 16,31).

2,4. La parábola del pobre y el rico no es un simple mito; sino que, ante todo, es una enseñanza acerca de que nadie debe dedicarse a los placeres, ni servir a las comodidades del mundo, ni entregarse a las orgías, olvidando a Dios. Pues dice: «Había un rico que vestía de púrpura y lino, y cada día gozaba de espléndidos banquetes» (Lc 16,19). Acerca de este tipo de personas, el Espíritu Santo dijo por Isaías: «Beben vino a la música de las cítaras, los panderos, las liras y las flautas, pero ni miran las obras de Dios, ni contemplan las obras de sus manos» (Is 5,12). A fin de que no caigamos en la misma amenaza, el Señor nos ha mostrado en qué acaban. Pero asimismo da a entender que quienes escuchan a Moisés y a los profetas, creen en aquél [978] a quien ellos anunciaron, el Hijo de Dios que resucitó de entre los muertos y nos da la vida, y enseña que todas las cosas provienen del mismo ser: Abraham, Moisés, los profetas, el mismo Cristo que resucitó de entre los muertos, en el cual creen también muchos que, viniendo de la circuncisión, han escuchado a Moisés y a los profetas cuando predicaban la venida del Hijo de Dios. En cambio quienes los desprecian y dicen que ellos provienen de otra substancia, no reconocen al «primogénito de entre los muertos» (Col 1,18), imaginando por separado al Cristo que permanecería impasible, y al Jesús que ha sufrido.

2,5. Estos no acogen del Padre el conocimiento del Hijo, ni aprenden del Hijo acerca del Padre, aunque éste abiertamente y sin parábolas enseña acerca del Dios verdadero: «No juréis ni por el cielo, porque es el trono de Dios; ni por la tierra, porque es el escabel de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey» (Mt 5,34-35). Claramente lo afirma del Demiurgo, como consta por las palabras de Isaías: «El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies» (Is 66,1). Fuera de éste no hay otro Dios; de otro modo el Señor no lo llamaría ni Dios ni el gran Rey, pues tal denominación no admite ni comparación ni grados; ya que a quien tiene sobre sí a otro superior o se halla bajo el poder de otro, no se le puede llamar ni Dios ni gran Rey.

2,6. No pueden afirmar que lo anterior se dijo irónicamente, pues las palabras mismas les probarían que se han dicho en sentido verdadero. Porque quien las dijo era la Verdad, y en verdad reclamó su casa cuando echó de ella a los cambistas y compradores, diciéndoles: «Está escrito: Mi casa se llamará casa de oración, y vosotros la habéis convertido en cueva de ladrones» (Mt 21,13; Mc 11,17). ¿Qué razón podía tener para hacer y decir lo anterior, y para reclamar su casa, si predicaba a otro Dios? Mas lo hizo a fin de demostrar que ellos habían violado la ley de su Padre. El no condenó la casa ni desautorizó la Ley que había venido a cumplir (Mt 5,17), sino que reprendió a aquellos que abusaban de la casa y transgredían la Ley.

Por eso los escribas y fariseos, que habían empezado a despreciar a Dios desde el tiempo de la Ley, no recibieron a su Palabra, es decir, [979] no creyeron en Cristo. De ellos dice Isaías: «Tus jefes son rebeldes y cómplices de ladrones, ansían regalos, buscan la ganancia, no hacen justicia al huérfano ni hacen caso al pleito de la viuda» (Is 1,23). Jeremías escribe otro tanto: «Los guías de mi pueblo no me conocen. Son hijos insensatos e imprudentes; sabios para lo malo, no conocieron el bien» (Jer 4,22).

2,7. En cambio, cuantos temían a Dios y se preocupaban por su Ley se acercaron a Cristo y se salvaron, como él mismo dijo a sus discípulos: «Id a las ovejas perdidas de Israel» (Mt 10,6). Cuando el Señor permanció por dos días con los samaritanos «muchos de ellos creyeron por sus palabras y decían a la mujer: Ya no creemos por lo que nos has dicho: nosotros mismos hemos oído y sabemos que éste es en verdad el Salvador del mundo» (Jn 4,41-42). Y Pablo dice: «Así se salvará todo Israel» (Rom 11,26). También llamó a la Ley nuestro pedagogo hasta la venida de Jesucristo (Gál 3,24). ¡Que no se culpe a la Ley por la incredulidad de algunos! Pues la Ley a nadie prohibió creer en el Hijo de Dios. Por el contrario, los exhortó diciendo que los seres humanos no pueden salvarse de la antigua mordida de la serpiente (Núm 21,8) si no creen en aquel que, en la semejanza de la carne del pecado (Rom 8,3), levantado de la tierra sobre el madero del martirio, atrajo todo a sí (Jn 12,32) y da la vida a los muertos.

1.1.4. Mala interpretación de los sectarios

3,1. Sin embargo, esos malvados dicen: «Si el cielo [980] es el trono de Dios y la tierra su escabel, y si él ha dicho que los cielos y la tierra pasarán (Lc 21,33), entonces, cuando éstos perezcan, por fuerza perecerá el Dios que sobre ellos se sienta. Por tanto no es el Dios sobre todas las cosas». En primer lugar, no saben lo que trono y escabel significan; ni saben lo que Dios es, sino que lo imaginan como un hombre sentado y limitado por ellos, no como el que todo lo contiene. También ignoran el significado de cielo y tierra. Pablo, en cambio, lo sabía: «Pasa la apariencia de este mundo» (1 Cor 7,31). David resuelve su problema: «Al principio fundaste la tierra, Señor. El cielo y la tierra son obra de tus manos. Ellos pasarán, pero tú permaneces. Todos envejecen como su ropa, los cambiarás como un vestido, porque cambiarán. En cambio tú eres el mismo y tus años no transcurrirán. Los hijos de tus siervos tendrán donde habitar, y su linaje será por siempre firme» (Sal 102[101],26-29). De este modo mostró claramente qué es lo que perecerá y quién dura para siempre: Dios con sus siervos. Lo mismo Isaías: «Levantad los ojos al cielo y mirad abajo la tierra; porque el cielo se disipará como el humo y la tierra se usará como un vestido. Sus habitantes morirán como ellos, pero mi salvación durará eternamente y mi justicia no se extinguirá» (Is 51,6).

[981] 4,1. Más aún, acerca de Jerusalén y de la casa (299), se atreven a decir que, si fuera la ciudad del gran Rey (Mt 5,35), no habría quedado desierta. Es como si alguno argumentase que, si la paja fuese creatura de Dios, jamás se le arrancarían los granos; y si los sarmientos de la vid hubiesen sido hechos por Dios, no se quedarían privados de los racimos. Mas, como estas plantas no fueron creadas por sí mismas, sino para que en ellas crecieran los frutos, por eso, una vez maduro y arrancado su producto, se les deja y arranca, pues ya no sirven para dar fruto. Algo semejante pasó a Jerusalén: llevaba en sí el yugo de la servidumbre a la cual el hombre había estado sometido; y pues bajo el reino de la muerte no estaba sujeto a Dios (Rom 5,14), fue sometido para hacerlo capaz de quedar libre. Vino entonces el fruto de la libertad que creció, fue cortado y almacenado en el depósito: fueron desenraizados (de Jerusalén) aquellos que pueden dar fruto, para distribuirlos en el mundo. Así dice Isaías: «Los hijos de Jacob germinarán e Israel florecerá, y toda la tierra se llenará de sus frutos» (Is 27,6). Una vez diseminado su fruto por la tierra, justamente fue segada y abandonada la ciudad que en otro tiempo había producido un buen fruto -pues de ella brotaron Cristo según la carne (Rom 9,5) y los Apóstoles-, pero ahora ya no es útil [982] para producir fruto. Cualquier cosa que tenga un inicio temporal, también debe tener un final en el tiempo.

4,2. La Ley comenzó con Moisés y concluyó con Juan. Cristo vino a llevarla a cumplimiento, por eso «la Ley y los profetas hasta Juan» (Lc 16,16). Así también Jerusalén: comenzó en la época de David, y habiendo cumplido el tiempo de su Ley, debía acabarse una vez manifestado el Nuevo Testamento; pues Dios hizo todas las cosas con orden y medida, y ante él nada hay sin proporción ni orden (Sab 11,20). Bien lo expresó quien dijo que el Padre, incontenible en sí mismo, ha sido contenido en su Hijo: pues la medida del Padre es su Hijo que lo contiene. Y como ese plan de salvación era temporal, Isaías dijo: «La Hija de Sion ha quedado abandonada como el cobertizo en una viña y como la cabaña en un pepinar» (Is 1,8). ¿Cuándo quedarían desiertas? ¿No sería cuando le cortaron los frutos y quedaron sólo las hojas, que ya no pueden fructificar?

4,3. ¿Y para qué hablar más de Jerusalén, cuando deberá pasar toda la apariencia de este mundo, una vez que se almacene el fruto en el granero y se eche al fuego la paja? «El día del Señor es como un horno ardiente, y los pecadores serán como paja que arderá el día que está por venir» (Mal 3,19). ¿Y quién es el Señor que ha de venir en ese día? Lo dice Juan el Bautista hablando de Jesucristo: «El os bautizará en el Espíritu Santo y fuego. Tiene el bieldo en su mano para limpiar su era, juntará el fruto en el granero y quemará la paja en fuego inextinguible» (Mt 3,11-12). [983] No es, pues, uno el que crea el trigo y otro la paja, sino uno solo y el mismo. Es él quien los separa, o sea los juzga. Mas el trigo, la paja, los minerales y los animales fueron hechos como son por naturaleza. El hombre fue creado racional, y por ello semejante a Dios, libre en sus decisiones y con un fin en sí mismo; y si alguna vez se convierte en paja y otra en trigo, es por su propia responsabilidad. Por eso se le condena justamente, porque, habiendo sido creado racional, pierde por su culpa la razón, al vivir de modo irracional, opuesto a la justicia de Dios, entregándose a cualquier impulso terreno y sirviendo a todos los placeres, como dice el profeta: «El hombre, cuando recibe honra, pierde el entendimiento, se asemeja a las bestias irracionales» (Sal 49[48],21).

1.1.5. El mismo Dios de los profetas

5,1. Dios es, pues, único y el mismo que enrolla el cielo como un libro (Is 34,4) y renueva la faz de la tierra (Sal 104[103],30): que hizo las cosas temporales para el hombre, a fin de que madurando en ellas diese frutos de inmortalidad; él, por su bondad, produjo las cosas eternas, «para mostrar a los siglos futuros las inenarrables riquezas de su benignidad» (Ef 2,7); que fue anunciado por la Ley y los profetas, y al que Cristo confesó su Padre. Es el mismo Creador, el mismo Dios que está sobre todas las cosas, como dice Isaías: «Yo soy testigo, dice el Señor, y mi siervo al que elegí, para que sepáis, creáis y entendáis que soy yo. Antes de mí no hubo otro Dios, y después de mí no lo habrá. Yo soy Dios y no hay otro salvador fuera de mí. [984] Lo anuncié, y realicé la salvación» (Is 43,10-12). Y también: «Yo, Dios, soy el primero, y soy el mismo entre los últimos» (Is 41,4). Y no lo dice ni en metáfora ni en otro sentido ni por vanagloria: sino porque era imposible conocer a Dios sin Dios; pues Dios nos enseña a conocerlo por su Verbo. Así pues, a quienes no saben esto, y por ello creen haber descubierto a otro Padre, justamente se les podría decir: «Erráis, pues no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios» (Mt 22,29).

1.1.6. El mismo Dios de Abraham y de Moisés

5,2. Nuestro Señor y Maestro respondiendo a los saduceos que niegan la resurrección y por eso deshonran a Dios y falsifican la Ley, al mismo tiempo les reveló la resurrección y les manifestó a Dios, diciéndoles: «Erráis porque no conocéis las Escrituras ni el poder de Dios. A propósito de la resurrección de los muertos, ¿no habéis leído lo que dijo Dios: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?» Y añadió: «No es Dios de muertos sino de vivos» (Mt 22,29-32): en efecto, todos viven por él. Mediante esto les hizo manifiesto que aquel que había hablado a Moisés desde la zarza, y se había revelado el Dios de los padres, él mismo es el Dios de los vivientes. ¿Y quién puede ser Dios de los que viven, sino aquel que es Dios sobre el cual no hay ningún otro Dios? A éste anunció Daniel a Ciro, rey de los persas, cuando diciéndole el rey: «¿Por qué no adoras a Bel?» (Dan 14,3), Daniel le dijo: «Porque no adoro ídolos hechos por mano de hombre, sino al Dios vivo que hizo el cielo y la tierra y tiene el poder sobre toda carne» (Dan 14,4). Y añadió: «Adoraré a mi Señor y Dios, porque es un Dios viviente» (Dan 14,24).

Luego el mismo Dios viviente que adoraron los profetas, es el Dios de los vivientes, y es su mismo Verbo el que habló a Moisés, que reprendió a los saduceos y que dio la resurrección: éste es aquel que a aquellos enceguecidos reveló al mismo tiempo [985] la resurrección y Dios. Porque si no es Dios de muertos sino de vivos, entonces se dice que es también el Dios de los padres que durmieron, y no perecieron sino que sin duda viven en Dios, siendo hijos de la resurrección. Pues el mismo Señor nuestro es la resurrección, según nos dijo: «Yo soy la resurrección y la vida» (Jn 11,25). Y los patriarcas son sus hijos, pues el profeta ha dicho: «En lugar de tus padres, son tus hijos» (Sal 45[44],17) (300). Luego el mismo Cristo es, con el Padre, Dios de los vivientes, el que habló a Moisés, el que se manifestó a los padres.

5,3. Lo mismo enseñaba a los judíos: «Vuestro padre deseó ver mi día, lo vio y se alegró» (Jn 8,56). ¿Qué significa esto? «Abraham creyó a Dios y se le reputó como justicia» (Rom 4,3; Gál 3,6). En primer lugar, porque éste es el único Dios, Creador del cielo y de la tierra (Gén 14,22); en seguida, porque multiplicaría su descendencia como las estrellas del cielo (Gén 15,5). Pablo lo expresa diciendo: «Como antorchas en el mundo» (Fil 2,15). Por eso, dejando toda parentela terrena, siguió al Verbo de Dios, peregrinando al lado del Verbo para habitar con él (Gén 22,1-5).

5,4. Justamente, pues, los Apóstoles, descendencia de Abraham, dejando la barca y a su padre, siguieron al Verbo de Dios. Y justamente también nosotros, acogiendo la misma fe que tuvo Abraham, y portando la cruz [986] como Isaac la leña, lo hemos seguido. Pues en Abraham el hombre había aprendido y se había acostumbrado a seguir al Verbo de Dios (301). Abraham había seguido según su fe el precepto del Verbo de Dios, con ánimo dispuesto a entregar a su hijo el amado en sacrificio a Dios; para que así Dios se complaciese en entregar en favor de toda su descendencia, para ser sacrificio de redención, a su Hijo Unigénito y amado.

5,5. Y, como Abraham era profeta y con el Espíritu veía el día de la venida del Señor y la Economía de la pasión, por el cual él mismo como creyente y todos los demás que como él creyeron serían salvos, se alegró con grande gozo. El Dios de Abraham no era el «Dios desconocido» cuyo día él deseaba ver; así como tampoco lo era el Padre del Señor, pues él había conocido a Dios mediante la Palabra, creyó en él, y por eso el Señor se lo reputó como justicia (Gén 15,6). Porque la fe en Dios justifica al hombre. Por eso decía: levanto mi mano al Dios Altísimo que hizo el cielo y la tierra» (Gén 14,22). Quienes sostienen falsas doctrinas tratan de echar por tierra estas verdades, argumentando con alguna frase suelta malinterpretada.

1.2. El Hijo revela al único Padre

6,1. El Señor, enseñando a los discípulos acerca de quién es él mismo como Verbo que nos transmite el conocimiento del Padre (302), condena a los judíos que pensaban tener a Dios, mientras despreciaban a su Verbo: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien su Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27; Lc 10,22). Mateo, Marcos y Lucas enseñaron lo mismo. Juan, en cambio, dejó de lado esta sentencia. [987] Por el contrario, esos que se sienten más expertos que los Apóstoles, así retuercen la frase: «Nadie conoció al Padre sino el Hijo, ni al Hijo sino el Padre y aquel a quien el Hijo se lo haya querido revelar», y la interpretan diciendo que nadie conoció al Dios verdadero antes de la venida de nuestro Señor, y por tanto el Dios anunciado por los profetas no sería el Padre de Cristo.

6,2. Mas si Cristo hubiese comenzado a existir cuando se hizo hombre y realizó su venida, y el Padre se hubiese acordado de proveer al bien de los hombres a partir del tiempo de Tiberio César, entonces habría mostrado que su Verbo no estuvo siempre junto con la creación; pero en tal caso no había motivo por qué era necesario que desde aquel momento anunciase un nuevo Dios, sino habría que buscar más bien las causas de un tal descuido y negligencia. Mas ni aun así el problema sería tal y tan grave que nos obligara a cambiar de Dios y que vaciara nuestra fe en el Creador que nos alimenta mediante su creación. Sino que, así como dirigimos al Hijo nuestra fe, así hemos de mantener firme e inamovible nuestro amor al Padre. Esto es lo que bien dijo Justino en su libro contra Marción: «Yo no le habría creído al Señor si me hubiese anunciado a otro Dios distinto de nuestro Creador, hacedor y sustentador. Mas, puesto que del único Dios que hizo este mundo y nos creó, y que contiene y administra todas las cosas, vino a nosotros el Hijo Unigénito para recapitular en sí toda la creación, permanece firme mi fe en él, e inamovible mi amor por el Padre, pues ambas cosas son don de Dios». (303)

6,3. Pero nadie puede conocer al Padre si no se lo revela el Verbo de Dios, esto es el Hijo; ni al Hijo, sin el beneplácito del Padre. Porque el Hijo realiza el beneplácito del Padre: ya que el Padre envía, [988] el Hijo es enviado y viene. Y al Padre, que para nosotros es invisible e indeterminable, lo conoce su mismo Verbo; y siendo aquél inenarrable, éste nos lo da a conocer. De modo semejante, sólo el Padre conoce a su Verbo: así nos reveló el Señor que son estas cosas. Y por eso el Hijo, al manifestarse a sí mismo, revela el conocimiento del Padre. Y el conocimiento del Padre es la misma manifestación del Hijo: pues todas las cosas se nos manifiestan mediante el Verbo. Y para que conociésemos que el Hijo que ha venido es el mismo que da el conocimiento del Padre a quienes creen en él, decía a sus discípulos: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien su Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27; Lc 10,22); enseñándonos a sí mismo y al Padre, así como es, de modo que no recibamos como Padre sino a aquel que el Hijo revela.

6,4. Este es el Creador del cielo y de la tierra (Mt 11,25; Lc 10,21), como lo prueban sus palabras. No es aquel a quien Marción, Valentín, Basílides, Carpócrates, Simón u otros mal llamados Gnósticos inventan como un falso Padre. Porque ninguno de ellos era el Hijo de Dios, como lo era sólo nuestro Señor Jesucristo, contra el cual enseñan su opuesta doctrina cuando se atreven a proclamar un «Dios desconocido». Ellos deberían preguntarse a sí mismos: ¿Cómo puede ser desconocido un Dios a quien ellos conocen? Pues si al menos unos cuantos conocen una cosa, ya no es desconocida. El Señor nunca dijo que el Padre y el Hijo sean del todo desconocidos; pues si así fuese, su venida no tendría sentido. ¿Para qué habría venido? ¿Acaso para decirnos: «No busquéis a Dios, pues como es desconocido no lo encontraréis»? Eso es lo que falsamente andan los valentinianos pregonando, que el Cristo habría dicho a los Eones. Eso es sin duda un engaño. Pues el Señor enseñó que nadie puede conocer a Dios si éste no se lo enseña, es decir, que sin Dios [989] no es posible conocer a Dios; pero la voluntad del Padre es que lo conozcamos. Y lo conocen aquellos a quienes el Hijo se lo revele.

6,5. A este Hijo el Padre ha revelado para manifestarse a sí mismo por él, y para recibir en el eterno refrigerio a los justos que creen en él (pues creer en él significa hacer su voluntad); mas a aquellos que no creen y por eso huyen de la luz, justamente los recluirá en las tinieblas que ellos mismos han elegido para sí. Así pues, el Padre se ha revelado para todos, y para todos ha hecho visible a su Verbo: y al mismo tiempo el Verbo ha mostrado a todos al Padre y al Hijo, cuando se dejó ver de todos, y así es justo el juicio de Dios sobre todos los que igualmente lo han visto pero no han creído igualmente.

6,6. En efecto, el Verbo revela a Dios Creador por medio de la misma creación, al Hacedor del mundo por medio del mundo, al artista Plasmador por medio de los seres plasmados, y por medio del Hijo al Padre que engendró al Hijo. Todos ellos hablan de modo parecido, pero no tienen la misma fe. Así también por medio de los profetas el Verbo se predicó a sí mismo y al Padre. También en este caso todos oyeron lo mismo, pero no todos creyeron igualmente. Y, finalmente, el Padre se manifestó en su Verbo hecho visible y palpable: todos vieron al Padre en el Hijo, aunque no todos creyeron en él. Pues lo invisible del Hijo es el Padre, y lo visible del Padre es el Hijo. Por eso, mientras él estuvo presente, todos lo reconocían como Cristo y lo llamaban Dios. El diablo tentador proclamó al verlo: «Sabemos quién eres, el Santo de Dios» (Mc 1,24; Lc 4,34). Y el diablo tentador le dijo: «Si tú eres el Hijo de Dios» (Mt 4,3; Lc 4,3). Aunque todos veían y nombraban al Hijo y al Padre, sin embargo no todos creían en él. (304)

6,7. Era preciso que todos dieran testimonio de la verdad, para la salvación de los creyentes y condenación [990] de los incrédulos, pues el juicio ha de ser justo para todos, todos han de tener acceso a la fe en el Padre y el Hijo; o sea, todos pueden corroborar el testimonio al recibirlo de todos: los amigos lo recibirán de quienes les son cercanos, y los extraños, de sus enemigos. Pues la prueba verdadera e irrefutable es la que proviene de los signos ofrecidos por los mismos adversarios; ya que éstos, al ver con sus propios ojos lo que ante ellos sucede, dan testimonio de los signos, aunque en seguida tomen una actitud hostil, se vuelvan acusadores y pretendan que no es válido su propio testimonio.

En efecto, no eran distintos el que por una parte se daba a conocer y por otra decía: «Nadie conoce al Padre», sino uno y el mismo. Todas las cosas le han sido sometidas por el Padre (1 Cor 15,27), y todos dieron testimonio de que es Dios verdadero y hombre verdadero: el Padre, el Espíritu, los ángeles, la creación, los seres humanos, y finalmente la muerte misma (1 Cor 15,25-26). Pues el Hijo, en servicio del Padre, lleva todas las cosas a su perfección, a partir de la creación hasta el final, y sin él nadie es capaz de conocer a Dios. Pues el Hijo es el conocimiento del Padre y el Padre es quien revela el conocimiento del Hijo, y lo hace por medio del Hijo mismo (305). Por eso el Señor decía: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien su Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27; Lc 10,22). «Se lo quiera revelar» (306). No sólo se refiere al tiempo futuro, como si el Verbo hubiese comenzado a revelar al Padre únicamente cuando nació de María, sino que, en general, se refiere a todo el tiempo. Desde el principio el Hijo da asistencia a su propia creatura, revelando a todos al Padre, según el Padre quiere, cuando quiere y como quiere. Por ello en todo y por todo uno solo es el Padre, uno el Verbo y uno el Espíritu, así como la salvación es una sola para todos los que creen en él.

1.2.1. Es el mismo Dios de Abraham

7,1. Abraham, por consiguiente, por medio del Hijo también conoció al Padre, [991] al Demiurgo del cielo y de la tierra: éste fue a quien confesó Dios. Y aprendió sobre la venida del Hijo de Dios entre los seres humanos, por la cual su posteridad sería como las estrellas del cielo. El deseó ver este día a fin de poder él también abrazar a Cristo; y se alegró, al verlo en forma profética por el Espíritu (Jn 8,56). Por eso Simeón, uno de sus descendientes, completaba la alegría del patriarca cuando dijo: «Ahora dejas a tu siervo ir en paz, Señor, porque mis ojos han visto tu Salvación que preparaste ante todos los pueblos, Luz para la revelación a las naciones y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2,29-32). Y los ángeles anunciaron un grande gozo a los pastores que velaban en la noche (Lc 7,10). E Isabel exclamó: «Proclama mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi Salvador» (Lc 2,47). (307) De este modo el gozo de Abraham descendió a los de su linaje que velaban, vieron a Cristo y creyeron en él. Pero también a la inversa, el gozo de sus hijos se remontó hasta Abraham, que había deseado ver el día de la venida de Cristo. El Señor dio testimonio de ello: «Abraham, vuestro padre, deseó ver mi día, lo vio y se alegró» (Jn 8,56).

7,2. No lo dijo tanto por Abraham, cuanto para mostrar que todos los que desde el principio conocieron a Dios y profetizaron sobre la venida de Cristo, del mismo Hijo recibieron la revelación, el cual en los últimos tiempos se hizo visible y palpable, y vivió en medio de la raza humana (308). De este modo suscitó de las piedras hijos de Abraham y cumplió la promesa que Dios le había hecho, de multiplicar su linaje como las estrellas del cielo, según predicó Juan Bautista: «Poderoso es Dios para hacer de esas piedras hijos de Abraham» (Mt 3,9; Lc 3,8). Esto es lo que Jesús hizo cuando nos arrancó del culto que rendíamos a las piedras, [992] sacándonos de una dura e inútil parentela, al crear en nosotros una fe semejante a la de Abraham. De esto da testimonio Pablo cuando dice que nosotros somos hijos de Abraham por la semejanza de la fe y la promesa de la herencia (Rom 4,12-13).

7,3. Uno y el mismo es el Dios que llamó a Abraham y le dio la promesa. Es el Creador que por medio de Cristo prepara la ley para el mundo, que son aquellos de entre los gentiles que creen en él. Dice: «Vosotros sois la sal del mundo» (Mt 5,14), esto es, como las estrellas del cielo. Así pues, éste es de quien hemos afirmado que no es por nadie conocido, sino por el Hijo y por aquéllos a quienes el Hijo se lo revelare. Y el Hijo revela al Padre a todos aquellos de quienes quiere ser conocido; y ninguno conoce a Dios sin que el Padre así lo quiera y sin el ministerio del Hijo. Por eso el Señor decía a los discípulos: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Ninguno viene al Padre sino por mí. Si me conociéseis, también conoceríais a mi Padre; pero ya lo habéis visto y conocido» (Jn 14,6-7). De donde es claro que se le conoce por el Hijo, o sea por el Verbo.

7,4. Por eso los judíos se alejaron de Dios, al no recibir al Verbo, creyendo poder conocer al Padre sin el Verbo, esto es, sin el Hijo. No sabían que Dios era quien en figura humana había hablado a Abraham, y luego a Moisés, diciendo: «He visto el sufrimiento de mi pueblo en Egipto, y he bajado a liberarlos» (Ex 3,7-8). Esto es lo que el Hijo, que es el Verbo de Dios, había preparado desde el principio; pues el Padre no había necesitado de los ángeles para la creación ni para formar al hombre, por el cual había hecho el mundo; ni necesitó de su ministerio para hacer lo que realizó para llevar a cabo el designio (de salvación) en favor de los hombres; sino tenía ya determinado un [993] misterio rico e inefable. Pues se ha servido, para realizar todas las cosas, de los que son su progenie y su imagen (309), o sea el Hijo y el Espíritu Santo, el Verbo y la Sabiduría, a quienes sirven y están sujetos todos los ángeles. Por tanto yerran quienes, por motivo de lo que se ha dicho: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mt 11,27; Lc 10,22), introducen otro Padre desconocido.

1.2.2. Contra Marción: Abraham se salvó

8,1. Están locos Marción y sus seguidores, los cuales echan fuera de la herencia a Abraham, del cual el Espíritu dio testimonio por medio de muchos, y en especial de Pablo: «Creyó en Dios y se le reputó como justicia» (Rom 4,3). También el Señor, en primer lugar al suscitarle de las piedras hijos y al multiplicar su descendencia como las estrellas del cielo, pues dice: «Vendrán de Oriente y Occidente, del Norte y del Sur, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos» (Lc 13,29; Mt 8,11). Y también cuando dijo a los judíos: «Veréis a Abraham, Isaac y Jacob con todos los profetas en el reino de Dios, mientras vosotros seréis echados fuera» (Lc 13,28). Es claro, pues, que quienes se oponen a su salvación, inventando otro Dios diverso del que hizo a Abraham la promesa, quedan fuera del Reino de Dios y pierden la herencia de la incorrupción; porque desprecian y blasfeman del Dios que introduce en el cielo a Abraham y a su descendencia que es la Iglesia, por medio de Jesucristo, por medio del cual ella ha recibido la adopción y la herencia prometidas a Abraham.

1.2.3. Jesús perfeccionó la Ley

8,2. El Señor actuó en defensa de su descendencia, la liberó del cautiverio y la llamó a la salvación, [994] como dejó claro en la mujer curada (Lc 13,10-13), diciendo a quienes no tenían una fe semejante a la de Abraham: «¡Hipócritas! ¿Acaso alguno de vosotros no desata su buey o su asno en día de sábado y lo lleva a beber? Y a esta hija de Abraham, a quien Satanás tuvo atada durante 18 años, ¿no era conveniente librarla de sus ataduras en sábado?» (Lc 13,15-16). Queda, pues, claro que él libró y devolvió la vida a quienes creían con una fe semejante a la de Abraham, y nada hizo contra la Ley al curarla en sábado. La Ley, en efecto, no prohibía curar a los seres humanos, si incluso se les podía circuncidar en ese día (Jn 7,22-23); más aún, ordenaba a los sacerdotes realizar en ese día su ministerio, y ni siquiera vetaba que se curara a los animales.

La piscina de Siloé con frecuencia curó en sábado, y por eso muchos enfermos se sentaban en sus orillas. En cambio la ley sabática mandaba abstenerse de toda labor servil; es decir, de todo trabajo que se emprende por negocio y con deseo de lucro, o por otro fin terreno. En cambio exhortaba a llevar a cabo las obras del alma, que se realizan por el pensamiento o las buenas palabras para ayudar al prójimo. Por eso el Señor reprendió a quienes injustamente lo acusaban de curar en sábado. De este modo no rompía sino cumplía la Ley, actuando como Sumo Sacerdote que en favor de los seres humanos vuelve propicio a Dios, limpiando a los leprosos, curando a los enfermos y dando su vida, a fin de que el hombre exiliado escape de la condena y sin temor regrese a su heredad.

8,3. La Ley tampoco prohibía alimentarse con la comida que se tenía a la mano, pero sí segar y recoger en el granero. Por eso el Señor, a aquellos que acusaban a sus discípulos de cortar espigas para comer, les dijo: «¿No habéis leído lo que hizo David cuando tenía hambre, [995] cómo entró en la casa de Dios, comió de los panes de la proposición, y les dio a sus acompañantes, aunque sólo a los sacerdotes les es permitido comerlos?» (Mt 12,3-4) Con estas palabras de la Ley excusó a sus discípulos y dio a entender que a los sacerdotes les es lícito actuar libremente. Pues David era sacerdote a los ojos de Dios, aunque Saúl lo persiguiese, pues todos los justos participan del sacerdocio. Sacerdotes son todos los discípulos del Señor que no heredarán aquí campos o casas, sino que siempre sirven al altar. Moisés se refiere a ellos en la bendición a Leví: «El que dijo a su padre y a su madre: No los he visto, el que no reconoce a sus hermanos e ignora a sus hijos, guarda tu palabra y observa tu alianza» (Dt 33,9). ¿Y quiénes son aquellos que han dejado al padre y a la madre y han renunciado a sus parientes por el Verbo de Dios y su alianza, sino los discípulos del Señor? De ellos Moisés dijo: «No tendrán heredad, porque el Señor es su herencia» (Dt 10,9). Y también: «Los levitas sacerdotes y demás miembros de la tribu de Leví no tendrán parte ni heredad en Israel: los sacrificios ofrecidos al Señor serán su posesión y de ellos comerán» (Dt 18,1).

Por eso Pablo decía: «No busco los regalos, sino vuestro fruto» (Fil 4,17). Y como los discípulos del Señor tienen en posesión la herencia levítica, les era permitido, al sentir hambre, comer de los granos: «Pues el obrero merece su comida» (Mt 10,10). Los sacerdotes profanaban el sábado y no cometían delito (Mt 12,5). ¿Por qué no? Porque, cuando estaban en el templo, no atendían a ministerios mundanos, [996] sino del Señor. Cumplían la Ley, no la despreciaban como aquel que fue a traer leña al campamento de Dios y fue justamente lapidado (Núm 15,32-36), pues «todo árbol que no dé buen fruto será cortado y arrojado al fuego» (Mt 3,10; Lc 3,9); y: «A quien violare el templo de Dios, Dios lo destruirá» (1 Cor 3,17).

1.3. El Antiguo Testamento preparó el Nuevo

9,1. Todas las cosas provienen, pues, de un único e idéntico ser (310), es decir, de un único y mismo Dios, como el Señor dijo a sus discípulos: «Por eso todo escriba docto en el reino de los cielos es semejante a un hombre padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» (Mt 13,52). No enseñó que uno saca cosas viejas y otro nuevas, sino uno y el mismo. El padre de familia es el Señor soberano de toda la casa paterna, el cual promulga su ley para los siervos indisciplinados, da preceptos adecuados a los libres y justificados por la fe, y entrega su herencia a los hijos.

Llamó a sus discípulos maestros y doctores en lo que toca al Reino de los cielos, como dijo acerca de ellos a los judíos: «He aquí que os envío maestros y doctores, de los cuales a unos mataréis y a otros expulsaréis de las ciudades» (Mt 23,34). Lo viejo y nuevo que se saca del tesoro, puede sin dificultad representar los dos Testamentos: lo viejo, la Antigua Ley, y lo nuevo, la vida según el Evangelio, de la cual David dice: «Cantad al Señor un cántico nuevo» (Sal 96 [95],1; 98[97],1); e Isaías: «Cantad al Señor un himno nuevo, que parta de esto: Las cumbres de la tierra dan gloria a su nombre, [997] y las islas pregonan su poder» (Is 42,10-12). Jeremías dice, por su parte: «Estableceré un pacto nuevo, no como el que sellé con vuestros padres» (Jer 31,31-32) en el monte Horeb. El mismo y único Padre de familia entregó ambos testamentos, que son la Palabra de Dios, nuestro Señor Jesucristo, habló con Abraham y Moisés, nos restituyó la libertad en una situación nueva y multiplicó la gracia que de él procede.

9,2. «Aquí está uno, dice, mayor que el templo» (Mt 12,6). Mas no se habla de más y menos entre las cosas que no tienen comunión entre sí, y que son de naturaleza contraria y opuesta entre sí; sino entre las que son de la misma substancia, y se comunican entre sí, y difieren sólo en número y grandeza, como el agua respecto al agua, la luz a la luz y la gracia a la gracia. Así es mayor la ley que se dio en la libertad, que la que se dio en la esclavitud: y por ello se difundió no en una nación, sino en todo el mundo. Pues uno y el mismo es el Señor que es más que el templo, y da a los hombres más que Salomón y que Jonás: esto es, su presencia y resurrección a los muertos. Pero lo hace sin cambiar a Dios, y sin predicar a otro Padre, sino al mismo que siempre ha distribuido tantos bienes a sus servidores, y que les da mayores dones según el progreso de su amor a Dios, como el Señor decía a sus discípulos: «Veréis cosas mayores que éstas» (Jn 1,50). Y Pablo dice: «No que ya hubiese recibido o hubiese sido justificado, o ya fuese perfecto» (Fil 3,12). «En parte conocemos y en parte profetizamos; mas cuando venga lo que es perfecto, desaparecerá lo parcial» (1 Cor 13,9-10).

Pues así como, al llegar lo perfecto, no veremos a otro Padre, sino al que ahora deseamos ver: «Dichosos los puros de corazón, [998] porque ellos verán a Dios» (Mt 5,8); así tampoco esperamos a otro Cristo e Hijo de Dios, sino al Hijo de María la Virgen, que sufrió, y en el cual creemos y amamos, como dice Isaías: «Y dirán aquel día: He aquí el Señor nuestro Dios, en quien hemos esperado, y nos alegramos en nuestra salvación» (Is 25,9); y Pedro dice en su Epístola: «A quien amáis sin ver, en quien ahora creísteis sin verlo, os alegraréis con gozo inefable» (1 Pe 1,8). Ni recibimos algún otro Espíritu Santo, sino al que clama: «Abbá, Padre» (Rom 8,15). Y estos mismos dones se nos aumentarán, y progresaremos, de manera que no disfrutaremos ya de los dones de Dios en espejo o en enigma, sino cara a cara. Así ahora, viendo algo que es más que el templo y que Salomón, que es la venida del Hijo de Dios, no conocemos a otro Dios, sino al que es el hacedor y creador de todas las cosas, el mismo que se nos manifestó desde el principio; ni a otro Cristo Hijo de Dios, sino al que los profetas anunciaron.

9,3. Los profetas conocieron y predicaron de antemano el Nuevo Testamento y a aquel que en él se pregonaba. Este, siguiendo el beneplácito del Padre debía establecerlo, se manifestó a los seres humanos como Dios quiso, a fin de que, quienes crean en él a través de ambos Testamentos, puedan siempre ir madurando hasta llegar al término de la salvación. Pues uno es Dios y una la salvación. En cambio, son muchos los preceptos que educan al ser humano y no son pocos los escalones que lo hacen subir hasta Dios. A un rey terreno, aun siendo hombre, le es posible muchas veces conceder a sus súbditos bienes cada vez mejores. ¿Y no podrá Dios, el cual es siempre el mismo, dar al género humano cada vez mayores gracias, y honrar constantemente con mejores premios a quienes le agraden?

[999] Si progresar consistiese en descubrir a otro Padre distinto de aquel que se predicó desde el principio, entonces lo mejor sería encontrar a un tercer Padre después de aquel segundo que se imaginan, y luego a un cuarto tras el tercero, y en seguida otro y otro más. Pensando de esta manera, una mente de tal calaña nunca encontrará firmeza en un solo Dios. Rechazado por aquel que es, y volviéndose atrás, siempre andará buscando y jamás hallará; sino que siempre seguirá nadando en lo incomprensible. Sólo le queda hacer penitencia y convertirse, volver al punto original del que se ha desviado, confesando y creyendo en un solo Dios Padre Demiurgo, a quien anunciaron los profetas y reveló Cristo.

Como él mismo dijo a quienes acusaban a sus discípulos de no observar la tradición de los antiguos: «¿Por qué anuláis el precepto de Dios por vuestra tradición? Dios dijo: Honra a tu padre y a tu madre; y: A quien maldijere a su padre o a su madre, se le haga morir» (Mt 15,3-4; Mc 7,9-10). Y en seguida repite: «Anuláis la Palabra de Dios por vuestra tradición» (Mt 15,6). De este modo Cristo confiesa que es el Dios y Padre quien mandó en la Ley: «Honra a tu padre y a tu madre, para que te vaya bien» (Ex 20,12). El Señor, que es veraz, declaró que el precepto de la Ley es Palabra de Dios, y a ningún otro llamó su Padre.

1.3.1. El Antiguo Testamento prepara la venida de Cristo

10,1. Justamente Juan lo recuerda diciendo [1000] a los judíos: «Investigad las Escrituras, en las cuales creéis tener vida eterna: ellas dan testimonio de mí. Y no queréis venir a mí para tener vida» (Jn 5,39-40). ¿Cómo podían dar testimonio de él las Escrituras, si no proviniesen de uno y el mismo Padre, que mediante ellas preparaba a los seres humanos, instruyéndolos acerca de la venida de su Hijo, y preanunciando la salvación que él traería? El les dijo: «Si creyérais en Moisés, también me creeríais a mí, pues él escribió sobre mí» (Jn 5,46). Es decir, el Hijo de Dios está sembrado a través de todas las Escrituras, una vez hablando con Moisés, otra con Noé dándole las dimensiones (del Arca), otra preguntándole a Adán (311), otra pronunciando juicio sobre los sodomitas. Así también dejándose ver cuando guía a Jacob por el camino y cuando habla con Moisés desde la zarza.

No tienen número las ocasiones en que se muestra al Hijo de Dios hablando con Moisés. Ni siquiera ignoró éste el día de su pasión (del Hijo), sino que la preanunció en figura al establecer la Pascua: pues el Señor sufriendo en la Pascua cumplió lo que tanto tiempo antes Moisés había predicado mediante ella. Y no sólo señaló el día, sino también indicó el lugar, el tiempo y el signo del atardecer, cuando dijo: «No podréis inmolar la Pascua en ninguna otra de las ciudades que el Señor tu Dios te dará, sino en aquel lugar que el Señor tu Dios elegirá para que invoques su nombre: ahí inmolarás la Pascua al atardecer, antes de que el sol se oculte» (Dt 16,5-6).

10,2. También anunció su venida, diciendo: «No faltará un príncipe salido de Judá, ni un jefe que nazca de sus riñones, hasta que venga aquel para quien está reservado (el cetro): éste es la esperanza de las naciones. Atará el pollino a la parra y el borrico a la vid. Lavará sus ropas en vino y su manto en la sangre de la uva. [1001] Sus ojos se alegrarán con el vino, y sus dientes se pondrán blancos como leche» (Gén 49,10-12). Aquellos a quienes tanto les gusta andar escrutando las Escrituras, busquen el tiempo en el que haya faltado un jefe nacido de Judá, quién es la esperanza de las naciones, quién es la vid, cuál es su pollino y su vestido, qué significan sus ojos, sus dientes y el vino. Busquen en cada uno de los textos y no encontrarán anunciado a ningún otro sino a nuestro Señor Jesucristo. Por ese motivo Moisés, reprendiendo al pueblo ingrato, dice: «¡Así pues, pueblo torpe y sin sabiduría, mira lo que devuelves al Señor! (Dt 32,6). Y de nuevo señala al Verbo, el que desde el principio los creó e hizo, y en los últimos tiempos nos ha redimido y devuelto la vida, «colgado del madero» (Dt 21,23; Gál 3,13); y sin embargo no creen en él. Pues dice: «Tu Vida estará colgada ante tus ojos y no creerás a tu Vida» (Dt 28,66). Y más adelante: «¿No es éste tu Padre, el que te modeló, te hizo y te creó?» (Dt 32,6).

1.3.2. Los profetas desearon ver a Cristo

11,1. Mas no únicamente los profetas; también muchos justos, conociendo por el Espíritu su venida, pedían que llegase el tiempo en que pudieran ver cara a cara a su Señor y oyeran sus palabras, como el Señor declaró a sus discípulos: «Muchos profetas y justos desearon ver el día que veis, y no lo vieron, oír lo que oís y no lo oyeron» (Mt 13,17). ¿Mas cómo podrían desear verlo y oírlo, si no hubiesen sabido de antemano acerca de su venida? ¿Y cómo habrían podido saberlo, si no hubieran recibido de él el previo conocimiento? ¿Y cómo las Escrituras habrían dado testimonio de él, si no hubiese sido uno mismo el Dios que por su Verbo reveló y mostró todas las cosas a los creyentes? Lo hizo unas veces hablando con aquel a quien había modelado, otras dando la Ley, otras reprendiendo, otras exhortando, pero sobre todo [1002] liberando al esclavo para adoptarlo como hijo, a fin de perfeccionar al ser humano dándole la herencia de la incorrupción en el tiempo oportuno. Así pues, lo plasmó para que creciera y se incrementase, como dice la Escritura: «Creced y multiplicaos» (Gén 1,28).

2. El Nuevo Testamento cumple el Antiguo 2.1. El hombre cambia, Dios no

11,2. En esto difiere Dios del ser humano: Dios hace, el hombre es hecho. Y, por cierto, el que hace siempre es el mismo; en cambio aquel que es hecho debe recibir comienzo, adelanto y aumento hasta llegar a la madurez. Dios concede los beneficios, el ser humano los recibe. Dios es perfecto en todas las cosas, siempre es igual y semejante a sí mismo, porque todo él es luz, mente, substancia y fuente de todos los bienes; mientras que el ser humano recibe el ir aprovechando y creciendo hasta Dios. De la misma manera como Dios es siempre el mismo, así también el hombre que se encuentra en Dios, siempre irá creciendo hacia él. Pues ni Dios deja nunca de beneficiar y enriquecer al ser humano, ni éste deja de recibir de Dios sus beneficios y riquezas. Cuando el ser humano es agradecido con aquel que lo creó, se convierte en recipiente de su bondad e instrumento de su gloria. De igual modo, el ingrato que desprecia a aquel que lo plasmó y no se sujeta a su Palabra, se convierte en recipiente de su juicio. Pues el mismo Señor prometió dar más a quien siempre da mucho fruto y multiplica el dinero de su Señor: «¡Ea, siervo bueno y fiel! Puesto que fuiste fiel en lo poco, te constituiré sobre lo mucho: entra en el gozo de tu Señor» (Mt 25,21; Lc 19,17).

11,3. Pues así como prometió que a quienes ahora produzcan fruto, daría más según los dones de su gracia, y no por un cambio del conocimiento -ya que el Señor sigue siendo el mismo y el Padre así también se revela-, de igual manera el único y mismo Señor, con su venida, concede a los últimos mayores dones de gracia que en el Antiguo Testamento. Los antiguos escuchaban, por medio de los siervos, que habría de venir el Rey; por eso se alegraban con un gozo moderado, según lo que esperaban de esta venida. En cambio quienes lo vieron presente, recibieron la libertad y gozaron de sus dones, gozan de mayor gracia y de más abundante alegría, felices por la llegada del Rey, como dice David: «Mi alma se alegrará en el Señor, exultará en su salvación» (Sal 35[34],9).

[1003] Por eso, cuando entró en Jerusalén, todos los que se hallaban en el camino, con el ansia de David en el alma (Sal 42[41],2; 84[83],3), reconocieron a su Rey y se quitaron los vestidos para con ellos y con ramas verdes adornar la calle, gritando con grande gozo y alegría: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!» (Mt 21,9; Sal 118[117],25-26). En cambio los malos administradores, aquellos que se imponían a los pequeños y dominaban sobre los más simples, se pusieron celosos, y por ello rechazaban que hubiese llegado el Rey. Le decían: «¿Oyes lo que dicen?» Y el Señor les respondió: «¿Nunca habéis leído: De la boca de los pequeños y lactantes has sacado tu alabanza?» (Mt 21,16; Sal 8,3). Así les mostró que en él se cumplía lo que David había dicho acerca del Hijo de Dios, para darles a entender que no conocían el poder de la Escritura y la Economía de Dios, pues él era aquel Cristo a quien los profetas habían anunciado, «cuyo nombre toda la tierra alaba», porque su Padre «de los pequeños y lactantes ha sacado su alabanza», y por eso «su gloria se eleva más allá de los cielos» (Sal 8,2-3).

11,4. Así pues, si es el mismo aquel a quien los profetas anunciaron, el Hijo de Dios nuestro Señor Jesucristo, cuya venida trae consigo una mayor gracia y premio a quienes le recibieron, es claro que es también el mismo Padre aquel a quien los profetas predicaron, y que el Hijo, al venir, no nos dio a conocer a otro Padre sino al mismo que desde el principio había sido anunciado. De éste sacó la libertad para aquellos que de modo legítimo, con ánimo dispuesto y de todo corazón lo sirven. En cambio ha separado de la vida y arrojado a la perdición eterna a quienes desprecian a Dios y no le obedecen, sino que por una gloria humana, han puesto su riqueza en los actos de pureza exterior -los cuales la Ley les había dado como una sombra o trazo que delineaba lo eterno con rasgos temporales, y las cosas celestes con figuras terrenas-. Estos fingen observar más de lo que está prescrito, prefiriendo sus propias observancias al mismo Dios: están por dentro llenos de hipocresía, arden en deseos y en todo tipo de malicia (Mt 23,28). A éstos los arrojará a la perdición eterna, separándolos de la vida.

2.2. El mandamiento fundamental es el mismo

[1004] 12,1. Porque la tradición de sus padres, que ellos fingían observar cumpliendo la Ley, era contraria a la Ley que Moisés había dado. Por eso dijo Isaías: «Tus taberneros mezclan vino con agua» (Is 1,22). Con ello dio a entender que los antiguos mezclaban el agua de su tradición con el austero precepto de Dios; es decir, agregaban una ley adulterada contraria a la Ley, como claramente lo manifestó el Señor: «¿Por qué transgredís el precepto de Dios por vuestra tradición?» (Mt 15,3) No sólo, pues, vaciaron la Ley de Dios al transgredirla, mezclando vino con agua, sino que además establecieron una ley contraria, que hasta ahora se llama farisaica. A ésta algunos le añaden, otros le quitan, otros la interpretan como les viene en gana: de modo tan singular la aplican sus maestros. Tratando de reivindicar sus tradiciones, se negaron a sujetarse a la Ley de Dios que los instruía sobre la venida de Cristo (Gál 3,24). Por el contrario, acusaban al Señor de haber curado en sábado, lo cual, como antes hemos expuesto, la Ley no prohibía -puesto que ella misma de algún modo curaba al hacer circuncidar a un hombre en sábado (Jn 7,22-23)-. Ellos, en cambio, no se reprochaban a sí mismos por transgredir el mandamiento de Dios, siguiendo su tradición y su ley farisaica- al no cumplir lo principal de la Ley, o sea el amor a Dios.

12,2. Y como éste es el primero y más alto mandamiento, y el segundo es el amor al prójimo, el Señor enseñó que toda la Ley y los profetas dependen de estos dos preceptos (Mt 22,37-40). El mismo no nos dio otro precepto mayor que éste, sino que le dio nueva fuerza, al mandar a sus discípulos que amasen de todo corazón a Dios, y a los prójimos como a sí mismos. En cambio, si él hubiese provenido de otro Padre, jamás habría tomado de la Ley el primero y sumo mandamiento, sino que habría pretendido presentar otro mayor que tuviese su origen en el Padre perfecto, [1005] que sustituyese a aquel que el Dios de la Ley había dado. Pablo añade: «El amor es el cumplimiento de la Ley» (Rom 13,10). Y dice que, una vez que se hubiese terminado todo lo demás, quedará la fe, la esperanza y la caridad, pero la mayor de éstas es la caridad (1 Cor 13,13). Y ni el conocimiento ni el amor a Dios valen nada, ni la comprensión de los misterios, ni la fe ni la profecía, sino que todo está vacío y es inútil sin la caridad (1 Cor 13,2). Es que la caridad construye al hombre perfecto. Y aquel que ama a Dios es el hombre perfecto, tanto en este mundo como en el futuro: pues jamás dejaremos de amar a Dios, sino que, cuanto más lo contemplemos, más lo amaremos.

12,3. Ya que tanto en la Ley como en el Evangelio el primero y mayor de los mandamientos es amar al Señor Dios con todo el corazón, y de ahí se sigue el segundo igual al primero, amar al próximo como a sí mismo, se muestra que es uno y el mismo el legislador tanto de la Ley como del Evangelio. La identidad del perfecto mandamiento de vida en ambos Testamentos demuestra que se trata del mismo Señor, que ordenó en uno y otro los preceptos particulares más convenientes a cada tiempo, él mismo estableció en ambos los más sublimes e importantes, sin los cuales nadie puede salvarse.

2.3. Hipocresía de los fariseos

12,4. Que nadie se confunda con las palabras del Señor, cuando puso en claro que la Ley no viene de otro Dios, cuando afirmó para instruir a la multitud y a los discípulos: «En la cátedra de Moisés se sentaron los escribas y fariseos: haced y observad todo cuanto os dijeren, mas no actuéis según sus obras; pues ellos dicen y no hacen. Atan fardos pesados y los cargan sobre los hombros de los hombres, pero ellos ni con un dedo quieren moverlos» (Mt 23,2-4). No criticaba la Ley que por medio de Moisés se había promulgado, puesto que los movía a observarla mientras Jerusalén estuviese en pie; pero sí reprendía a aquellos que proclamaban las palabras de la Ley, y sin embargo no se movían por el amor, y por eso cometían injusticia contra Dios y el prójimo.

Como Isaías escribe: «Este pueblo me honra con sus labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me honran, cuando enseñan doctrinas y preceptos humanos» (Is 29,13). Llama preceptos humanos y no Ley dada por Moisés a las tradiciones que los padres de aquéllos (fariseos) habían fabricado, por defender las cuales violaban la Ley de Dios, y por eso tampoco obedecían a su Verbo. Esto es lo que Pablo afirmó acerca de ellos: «Ignorando la justicia de Dios, [1006] y tratando de imponer su propia justicia, no se sometieron a la justicia de Dios. Pues el fin de la Ley es Cristo, para justificar a todos los creyentes» (Rom 10,3-4). Mas, ¿cómo podría Cristo ser fin de la Ley, si no fuese también su principio? Pues, quien decidió el fin, también llevó a cabo el principio; y es el mismo que dijo a Moisés: «He visto la aflicción de mi pueblo en Egipto, y he bajado para liberarlo» (Ex 3,7-8): desde el principio el Verbo de Dios se habituó a subir y bajar para salvar a quienes el mal tiene sometidos.

2.4. Cristo confirma la Ley

12,5. Y como la Ley desde antaño había enseñado a los seres humanos que debían seguir a Cristo, éste lo aclaró a aquel que le preguntaba qué debía hacer para heredar la vida, respondiendo: «Si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos». Y como él le preguntase: «¿Cuáles?», el Señor continuó: «No cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no darás falso testimonio, honra a tu padre y a tu madre, y amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 19,17-19). De este modo exponía por grados los mandamientos de la Ley, como un ingreso a la vida para quienes quisieran seguirlo: diciéndoselo a uno, se dirigía a todos. Y, habiéndole él respondido: «Todo esto he cumplido» -aunque tal vez no lo había hecho, pues le había dicho: «Guarda los mandamientos»-, Jesús lo probó en sus apetitos, diciéndole: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres, y luego ven y sígueme» (Mt 19,20-21).

A quienes esto hicieren, les prometió la parte que corresponde a los Apóstoles, y no predicó a otro Dios Padre a aquellos que lo seguían, fuera de aquel al que la Ley había anunciado desde el principio; ni a otro Hijo; ni a otra Madre, Entimesis del Eón que provino de la pasión y el desecho; ni la Plenitud de treinta Eones, que, como ya hemos probado, es inconsistente y vacía; ni toda esa fábula que los demás herejes han fabricado. Más bien les enseñaba a observar los mandamientos que Dios estableció desde el principio, a fin de vencer la concupiscencia con obras buenas y seguir a Cristo. Y como distribuir entre los pobres lo que se posee, deshace las viejas avaricias, Zaqueo puso en claro: «Desde hoy doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si en alguna cosa he defraudado a alguno, le devuelvo cuatro veces más» (Lc 19,8

2.5. No vino a abolir la Ley

13,1. El Señor no abolió los preceptos naturales de la Ley, [1007] por los cuales se justifica el ser humano, los cuales incluso guardaban antes de la Ley aquellos que fueron justificados por la fe y agradaban a Dios; por el contrario, los amplió y llevó a la perfección (Mt 5,17), como lo muestran sus palabras: «Se dijo a los antiguos: No cometerás adulterio. Pero yo os digo: todo aquel que viere a una mujer para desearla, ya ha cometido adulterio con ella en su corazón» (Mt 5,27-28). Y añadió: «Se ha dicho: No matarás. Pero yo os digo: todo el que sin motivo se enoje contra su hermano, es reo de juicio» (Mt 5,21-22). Y: «Se ha dicho: No perjurarás. Pero yo os digo que no debéis jurar en absoluto. Que vuestras palabras sean: Sí, sí, y no, no» (Mt 5,33-34.7). Y otras cosas parecidas.

Todos esos mandatos no contradicen ni anulan los antiguos, como andan vociferando los marcionitas; sino que los amplían y perfeccionan, como él dijo: «Si vuestra justicia no fuese mejor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos» (Mt 5,20). ¿Qué significaba mejor? En primer lugar, no creer sólo en el Padre, sino también en el Hijo que ya se había manifestado: pues éste es el que conduce al ser humano a la comunión y unidad con Dios. En segundo lugar, no sólo decir, sino actuar -pues ellos decían y no hacían (Mt 23,3)-, y no sólo abstenerse de obrar mal, sino también de desearlo. No enseñaba estas cosas para contradecir la Ley, sino para cumplirla y hacer que la justificación de la Ley fuese eficaz en nosotros. Hubiese sido contrario a la Ley que él hubiese ordenado a sus discípulos hacer algo que ella prohíbe. En cambio, disponer que no sólo se abstengan de lo que prohíbe la Ley, sino también de desearlo, no es contrario a ella ni la anula, como antes dijimos, sino que la cumple, amplía y desarrolla.

[1008] 13,2. Y es que la Ley, como había sido promulgada para siervos, educaba mediante acciones externas y corporales, ajenas al alma, tratando de atraerla como quien la ata a la obediencia a los preceptos, a fin de que los seres humanos aprendiesen a someterse a Dios. En cambio el Verbo, al liberar el alma, les enseñó a ponerla al servicio del cuerpo para purificarlo libremente. Una vez que logró esto, fue necesario desatar también los lazos de la servidumbre a los cuales el hombre se había habituado, para que sin atadura alguna siguiese a Dios. Por eso amplió los decretos de libertad y ahondó en la sumisión al Rey, no fuera a suceder que alguno, volviéndose atrás, pareciese indigno de aquel que lo había liberado. En cambio conservó la piedad y obediencia hacia el Padre de familia, que es la misma para siervos e hijos; pero a éstos les aumentó la confianza, ya que es más elevada y gloriosa la acción libre que la realizada en sujeción y servidumbre.

13,3. Por eso el Señor, en lugar de «No cometerás adulterio» mandó no desear con concupiscencia (Mt 5,27-28); en lugar de «No matarás» prohibió ceder a la ira (Mt 5,21-22); en vez de simplemente pagar el diezmo, ordenó repartir los bienes entre los pobres (Mt 19,21); no amar sólo al prójimo, sino también al enemigo (Mt 5,43-44); y no únicamente estar dispuestos a dar y compartir (1 Tim 6,18), sino también a dar generosamente a aquellos que nos arrebatan nuestros bienes: «Si alguien te quita la túnica, dale también el manto; no le reclames al otro lo que te arrebata; y trata a los demás como quieres que ellos te traten» (Lc 6,29-30). De modo que no debemos entristecernos de mala gana cuando algo nos quitan, sino que lo demos voluntariamente, incluso que nos alegremos más dando al prójimo por gracia que cediendo a la necesidad: «Si alguien te obliga a caminar con él una milla, acompáñalo otras dos» (Mt 5,41), de manera que no lo sigas como un esclavo, sino que tomes la delantera como un hombre libre. De este modo te harás siempre útil en todo a tu prójimo, [1009] no mirando su malicia sino sólo tratando de ejercitar la bondad, para hacerse semejante al Padre, «el cual hace salir su sol sobre los malos y los buenos, y llueve sobre justos e injustos» (Mt 5,45).

Como antes dijimos, todas estas cosas no destruyen la Ley, sino que la cumplen, la extienden y la amplían en nosotros, en cuanto decimos que es más digno obrar por libertad, lo que muestra un afecto y sumisión a nuestro liberador más arraigados en nosotros. Porque El no nos ha liberado para que nos separemos de El -pues nadie que se aparte de los bienes del Señor puede adquirir por sí mismo el alimento de la salvación-; sino para que, habiendo recibido más dones suyos, más lo amemos; pues mientras más lo amemos, recibiremos de él mayor gloria cuando estemos para siempre en presencia del Padre.

13,4. Los preceptos naturales son los mismos para ellos (los esclavos) y para nosotros; sólo que en ellos comenzaron y en nosotros recibieron aumento y perfección. Mas obedecer a Dios y seguir su Palabra, amarlo sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos, hacerse prójimo del otro, abstenerse de todas las obras malas y todos los mandamientos semejantes, son comunes a unos y otros: por eso manifiestan a un solo y mismo Señor. Este Señor nuestro es el Verbo que en primer lugar atrajo a los siervos a Dios, y después liberó a los que se le someten, como El mismo dijo a sus discípulos: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor. A vosotros os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de mi Padre» (Jn 15,15). Cuando dice: «Ya no os llamo siervos», claramente da a entender que fue El mismo quien anteriormente sometió a los hombres, por la Ley, como siervos de Dios, para luego darles la libertad. En aquello que dice: «Porque el siervo no sabe lo que hace su Señor», mediante su venida muestra cuán grande era la ignorancia del pueblo servil. Y al llamar amigos a sus discípulos, nítidamente muestra que él es la Palabra de Dios, la misma que Abraham siguió voluntariamente y sin ataduras, por la generosidad de su fe, por lo cual se hizo «amigo de Dios» (Sant 2,23).

Mas el Verbo de Dios no elevó a Abraham a su amistad porque le hiciese falta, pues es perfecto desde siempre -en efecto, dijo: «Antes de que Abraham fuese, yo existo» (Jn 8,58)-; sino para otorgar a Abraham la vida eterna, por pura bondad, pues la amistad [1010] con Dios es fuente de inmortalidad para cuantos la cultivan.

2.6. Dios no creó por su propio provecho

14,1. Así pues, cuando al principio Dios plasmó a Adán, no lo hizo por necesidad, sino para tener a alguien que fuese objeto de sus beneficios. En cambio no sólo antes de Adán, sino antes de toda otra creación, el Verbo glorificaba a su Padre, permanecía en El, y el Padre lo glorificaba a El, como él mismo dijo: «Padre, glorifícame con la gloria que tuve delante ti antes de que el mundo existiese» (Jn 17,5). Ni nos mandó seguirlo porque necesitase de nuestro servicio, sino para procurarnos a nosotros mismos la salvación. Porque seguir al Salvador es lo mismo que participar de la salvación, así como seguir la luz es recibirla. Pues los que están en la luz no la iluminan, sino que ella los ilumina y los hace resplandecer; no le dan nada a ella, sino que reciben de la luz el beneficio de estar iluminados. De modo semejante, quien sirve al Señor nada le añade, ni a Dios le hace falta el servicio humano. Sino que El concede la vida, la incorrupción y la vida eterna a quienes le siguen y le sirven, de modo que convierte el servicio que ellos le prestan en servicio para ellos mismos; así como a quienes le siguen les da sus beneficios más que recibirlos de ellos: en efecto, él es rico, perfecto y no pasa necesidades.

Por ello también el Señor pide a los seres humanos que le sirvan; pues, como él es bueno y lleno de misericordia, quiere derramar sus beneficios sobre quienes perseveran en su servicio. Dios por su parte nada necesita; en cambio al hombre le hace falta la comunión con Dios. Y es una gloria del ser humano perseverar y mantenerse en el servicio de Dios. Por eso el Señor decía a sus discípulos: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os he elegido» (Jn 15,16). Con estas palabras les daba a entender que no eran ellos quienes le daban gloria a El al seguirlo, sino El quien a los seguidores del Hijo de Dios concedía su gloria. Y añadió: «Quiero que donde yo estoy, también estén ellos, para que vean tu gloria» (Jn 17,24): no se vanagloriaba con ello, sino quería hacer a sus discípulos participar de su gloria, como dice Isaías: «Del oriente traeré a tu descendencia y del ocaso te recogeré. Diré al sur: ¡Entrégalos! [1011] Y al norte: ¡No los retengas! Trae a mis hijos desde lejos y a mis hijas desde los confines de la tierra, a todos los que llevan mi nombre. Lo he preparado, modelado y hecho para mi gloria» (Is 43,5-7). Y eso porque «donde está el cadáver, ahí se reunirán las águilas» (Mt 24,28), para participar en la gloria de Dios: pues él nos ha creado y preparado para que participemos de su gloria.

14,2. Desde el principio Dios plasmó al ser humano para ser vaso de sus dones; eligió a los patriarcas para su salvación; formó el pueblo antiguo para enseñar a esa gente indócil a seguir a Dios; instruyó a los profetas para acostumbrar a los seres humanos sobre la tierra a ser depositarios de su Espíritu y a participar de la comunión con Dios. No necesitando él nada, concedió a los necesitados la comunión con El. Como un arquitecto proyectaba la construcción de la obra salvadora en favor de aquellos que hacían su beneplácito, guiándolos en Egipto sin que ellos lo advirtieran. Cuando andaban errando en el desierto, les dio la más adecuada de las leyes; a los que entraron en la tierra buena les concedió una digna heredad; para quienes se convertían al Padre mataba el novillo cebado y los hacía vestir con la mejor de las túnicas (Lc 15,22-23). De muchas maneras preparó al género humano a fin de que la salvación le viniese como una sinfonía (312). Por eso Juan dice en el Apocalipsis: «Su voz como el sonido de muchas aguas» (Ap 1,15). Pues en realidad son muchas las aguas del Espíritu de Dios, porque el Padre es rico y grande. El Verbo pasó por todas ellas, prestando generosamente su auxilio a quienes se le sometían, escribiendo una ley conveniente para cada creatura.

2.7. Dios estableció la Ley para el bien del ser humano

14,3. De esta manera dio al pueblo las leyes para fabricar la tienda y el templo, para elegir a los levitas, y para establecer el servicio de los sacrificios, oblaciones y ritos de purificación. No porque necesitase algo de esto -pues siempre está colmado de todos los bienes y tiene en sí mismo todo olor de suavidad y todo buen óleo perfumado, incluso antes de que Moisés naciese-; educaba a un pueblo inclinado a retornar a los ídolos, [1012] poniéndoles en la mano muchas herramientas para perseverar en el servicio divino: por medio de lo que era instrumento secundario para llegar a lo primario, es decir por medio de los tipos los guiaba hacia la verdad, por lo temporal a lo eterno, por lo carnal a lo espiritual y por lo terreno a lo celestial, como dijo a Moisés: «Harás todo conforme al modelo que viste en el monte» (Ex 25,40). Durante cuarenta días (Moisés) aprendió a retener las palabras de Dios, los caracteres celestes, las imágenes espirituales y las figuras de lo que había de venir, como dice Pablo: «Bebían de la roca que los acompañaba, y la roca era Cristo» (1 Cor 10,4). Y en seguida, habiendo recorrido los sucesos narrados en la Ley, añade: «Todo esto les sucedía en figura; y se ha escrito para instrucción de quienes venimos al final de los tiempos» (1 Cor 10,11). Por los tipos aprendían a temer a Dios y a perseverar en su servicio.

15,1. De esta manera la Ley era para ellos una educación y una profecía de los bienes futuros. Pues en un principio Dios amonestó a los seres humanos por medio de los preceptos naturales que desde el inicio inscribió en su naturaleza, es decir por el Decálogo -ya que, si alguien no los cumple, no obtendrá la salvación-, y nada más les pidió entonces, como dice Moisés en el Deuteronomio: «Estos son todos los mandamientos que el Señor dirigió desde el monte a toda la comunidad de los hijos de Israel, nada más añadió, las escribió en dos tablas de piedra que me entregó» (Dt 5,22), y ordenó que observaran estos preceptos quienes quisieran seguirlo (Dt 19,17). Mas, cuando se volvieron atrás fabricando el becerro, y en sus deseos se regresaron a Egipto deseando más ser esclavos que libres, cayó sobre ellos una servidumbre digna de su concupiscencia, que no los separaba de Dios sino que los mantenía bajo el yugo de su dominio. Ezequiel dice, para indicar los motivos de tal ley: «Sus ojos iban tras los deseos de su corazón; [1013] por eso les di preceptos ineficaces y órdenes que no les dan la vida» (Ez 20,24).

En los Hechos de los Apóstoles Lucas escribe que Esteban, el primer diácono elegido por los Apóstoles y el primer mártir de Cristo, así dijo sobre la Ley de Moisés: «El os dio los preceptos del Dios vivo. Mas vuestros padres se negaron a obedecerlo, sino que lo rechazaron y en su corazón se regresaron a Egipto, cuando dijeron a Aarón: Fabrícanos dioses que nos guíen, pues no sabemos lo que ha ocurrido a Moisés, el que nos sacó de Egipto. Entonces fabricaron un becerro, le ofrecieron sacrificios al ídolo y festejaron la obra de sus manos. Mas Dios se volvió y los entregó al servicio de los astros del cielo, como está escrito en el libro de los profetas: ¿Acaso me ofrecisteis oblaciones y sacrificios durante cuarenta años en el desierto, casa de Israel? Cargasteis la tienda de Moloc y la estrella del dios Refam, ídolos que fabricasteis para adorarlos» (Hech 7,38-43). Claramente dijo que no fue otro Dios quien les dio la Ley, sino el único y mismo, una Ley apta para someterlos. Por eso dice a Moisés en el Exodo: «Mandaré ante ti a mi ángel: no subiré yo contigo, porque este pueblo es de dura cerviz» (Ex 33,2-3).

15,2. Y no sólo eso, sino que el Señor les hizo caer en la cuenta de que algunos preceptos mandados por Moisés, se les habían dado porque, en su dureza de corazón, no querían sujetarse: «¿Por qué Moisés mandó dar el acta de repudio y echar a la mujer? Esto fue permitido por vuestra dureza de corazón; mas no fue así desde el principio» (Mt 19,7-8). Excusó a Moisés, porque era un siervo fiel; pero también confesó que fue Dios quien había hecho al inicio al varón y a la mujer, y a ellos los reprendió por ser duros e insubordinados: por eso [1014] Moisés les dio el precepto del repudio, acomodado a su dureza. ¿Mas para qué detenernos en el Antiguo Testamento? Los Apóstoles hicieron lo mismo en el Nuevo, y por la misma razón que hemos expuesto. Por ejemplo, Pablo escribe: «Esto os digo yo, no el Señor» (1 Cor 7,12). Y también: «Esto lo digo a manera de concesión, no como un mandato» (1 Cor 7,6). Y en otro lugar: «Sobre las vírgenes no tengo un precepto del Señor; mas os doy un consejo, como quien ha conseguido la misericordia del Señor, a fin de ser fiel» (1 Cor 7,25). En cambio dice en otro verso: «Que Satanás no os tiente por vuestra incontinencia» (1 Cor 7,5).

Así pues, si en el Nuevo Testamento notamos a los Apóstoles hacer ciertas concesiones por motivo de la incontinencia de algunos, a fin de que no apostaten de Dios, porque estando endurecidos podrían desesperar de la salvación, no os admire si en el Antiguo el mismo Dios quiso hacer algo semejante por la costumbre del pueblo. Los fue llevando por el sendero de tales observancias, a fin de que mediante ellas mordieran el anzuelo del decálogo para salvarse; de modo que, una vez cogidos por él, no volviesen a la idolatría ni apostatasen de Dios, sino que aprendieran a amarlo de todo corazón. Mas si alguno, mirando la desobediencia de los israelitas desviados, juzgare débil la Ley, hallará en nuestra vocación que «muchos son los llamados, y pocos los elegidos» (Mt 22,14). Muchos son lobos por dentro, aunque por fuera se visten con piel de oveja (Mt 7,15). Dios siempre ha protegido, por una parte la libertad y decisión del ser humano, y por otra su exhortación a él: por ello quienes no obedecen son justamente juzgados por su desobediencia, y quienes obedecen y creen reciben la corona incorruptible.

2.8. Fines de la circuncisión y del sábado

[1015] 16,1. La Escritura enseña, además, que Dios dio la circuncisión no como la cumbre de la justicia, sino como un signo por el cual se reconociese la raza de Abraham: «Dios dijo a Abrabam: Se deberá circuncidar todo macho entre vosotros, y deberéis circuncidar el prepucio de vuestra carne, lo cual servirá como signo de la alianza entre mí y vosotros» (Gén 17,9-11). Algo semejante dice Ezequiel sobre el sábado: «Les di mis sábados a fin de que les sirva de signo entre mí y ellos, para que sepan que yo soy el Señor que los santifico» (Ez 20,12). Y en Exodo Dios dijo a Moisés: «Guardaréis mis sábados, pues ésta será mi señal en vosotros para vuestros descendientes» (Ex 31,13).

Así pues, Dios les dio estas cosas como signos. Y tales signos no dejaban de ser símbolos, es decir, no carecían de significado, ni eran inútiles, pues se los dio la sabiduría de un artista, ya que la circuncisión carnal simbolizaba la espiritual. Dice el Apóstol: «Nosotros hemos sido circuncidados con una circuncisión no hecha por mano de hombre» (Col 2,11). Y el profeta: «Circuncidad la dureza de vuestro corazón» (Dt 10,16). Los sábados enseñaban [1016] a perseverar día a día en el servicio de Dios, como escribe Pablo: «Se nos considera todo el día como ovejas para el matadero» (Rom 8,36); es decir, consagrados todo el tiempo como ministros de nuestra fe, en la que perseveramos absteniéndonos de toda avaricia, no buscando ni poseyendo tesoros terrenos. También indicaban de algún modo el reposo del Señor que siguió a la creación, o sea el reino en el cual reposará el ser humano que persevere en el servicio de Dios, donde participará de la mesa de Dios.

16,2. Prueba de que estas prácticas no justificaban al ser humano, sino que servían de signo al pueblo, es que Abraham «creyó y le fue reputado a justicia, hasta el punto de llamarse el amigo de Dios» (Sant 2,23; Gén 15,6), sin la circuncisión y sin la observancia del sábado. Lot fue sacado de Sodoma sin estar circuncidado, para recibir de Dios la salvación. Noé era incircunciso, y sin embargo a tal punto agradó al Señor que éste le comunicó las medidas con las cuales el mundo sería regenerado. También Enoch agradó a Dios sin la circuncisión, pues, siendo hombre, Dios lo envió como su legado ante los ángeles y «fue arrebatado» (Heb 11,5; Gén 5,24), y vive hasta hoy como testigo del juicio de Dios, porque los ángeles caídos fueron castigados, en cambio el hombre [1017] que agradó a Dios fue elevado para salvarse. Toda la enorme multitud de justos que existieron antes de Abraham, así como todos los patriarcas que vivieron antes de Moisés, fueron justificados sin lo que hemos dicho y sin la Ley de Moisés, como éste mismo dijo al pueblo en el Deuteronomio: «El Señor tu Dios estableció una alianza en el Horeb. El Señor no había destinado esta alianza a vuestros padres, sino a vosotros» (Dt 5,2-3).

16,3. ¿Y por qué no hizo la alianza con los patriarcas? Porque «la Ley no ha sido establecida para los justos» (1 Tim 1,9). Los patriarcas eran justos y tenían el decálogo escrito en su corazón y en su espíritu, pues amaban a Dios que los hizo y se abstenían de hacer todo mal a su prójimo; por ello no fue necesario amonestarlos mediante la letra, porque llevaban dentro de sí la justicia de la Ley. Mas esta justicia y amor a Dios cayó en el olvido y se extinguió en Egipto, por ello fue necesario que Dios, por su inmensa bondad hacia el ser humano, se la mostrase con su Palabra. Primero con su poder sacó de Egipto al pueblo, a fin de que en seguida los seres humanos se hiciesen discípulos y seguidores de Dios; luego castigó a los rebeldes, para que no despreciasen a su Creador; los alimentó con el maná, para que recibieran un alimento espiritual, como dice Moisés en el Deuteronomio: «Te alimentó con el maná que tus padres no conocieron, para que sepas que no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios» (Dt 8,3). Luego les ordenó el amor a Dios y la justicia que implica el amor al prójimo; de modo que, a fin de que el hombre no sea ni injusto ni indigno de Dios, lo instruyó mediante el decálogo en la amistad consigo y en la concordia para con su prójimo. Todas estas cosas eran para provecho del ser humano, aunque de él Dios no necesitaba nada.

16,4. Por eso dice la Escritura: «El Señor pronunció [1018] en el monte todas estas palabras para la comunidad de los hijos de Israel, y nada más añadió» (Dt 5,22); pues, como hemos dicho, nada más necesitaba de ellos. Y Moisés añade: «Así pues, Israel, ¿qué otra cosa te ha pedido el Señor tu Dios, sino que temas al Señor tu Dios, que camines por todos sus caminos, que ames y sirvas al Señor tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma?» (Dt 10,12). Esto es lo que llenaba al hombre de gloria, supliendo en él lo que le faltaba, o sea la amistad con Dios; en cambio a Dios nada le añadía: porque a Dios no le hace falta el amor del hombre. El ser humano, en cambio, estaba privado de la gloria de Dios (Rom 3,23), que de ningún otro modo podía recibir sino obedeciéndolo. Por eso Moisés les dijo: «Elige la vida, para que viváis tú y tus descendientes: ama al Señor tu Dios, escucha su Palabra y acógelo, porque de esto depende la vida y la duración de tus días» (Dt 4,14). A fin de preparar al ser humano para este tipo de vida, el Señor mismo habló, dándoles a ellos y a todos los demás las palabras del decálogo: por ese motivo duran hasta nosotros, y por su venida a nuestra carne les ha hecho crecer y perfeccionarse, no las ha abolido.

16,5. En cuanto a los preceptos adecuados a un estado de servidumbre, se los dio aparte por medio de Moisés, a fin de instruirlos y castigarlos, pues Moisés mismo lo dijo: «El Señor me mandó en aquel momento enseñaros estos preceptos y mandatos» (Dt 4,14). Por este motivo en el Nuevo Testamento de la libertad abolió los mandamientos que les había dado como en figura para el estado de servidumbre. En cambio amplió e hizo crecer aquellos que son naturales, impulsan la libertad y son comunes a todos; concediendo a los seres humanos benigna y generosamente, por la filiación adoptiva, conocer y amar a Dios Padre de todo corazón, y seguir sin desviación a su Verbo, no sólo absteniéndose de realizar las malas obras sino incluso de desearlas. También desarrolló el temor de Dios: pues es más propio de los hijos temer [1019] que de los siervos, pues lo hacen por amor a su padre. Por eso el Señor dice: «Los hombres darán cuenta en el juicio aun de toda palabra ociosa que dijeren» (Mt 12,36); y: «Quien viere a una mujer para desearla con pasión, ya ha adulterado con ella en su corazón» (Mt 5,28); y: «Quien sin motivo se enoje con su hermano, es reo de juicio» (Mt 5,22). Así aprendemos que daremos cuenta a Dios no sólo de los hechos, como los esclavos, sino también de las palabras y pensamientos, sobre los cuales él nos hizo libres y los puso bajo nuestro poder; y en estas cosas el ser humano da mejor prueba de respetar, temer y amar al Señor. Por eso Pedro dice que no se nos dio la libertad como un velo para encubrir la maldad (1 Pe 2,16), sino para probar y manifestar la fe (1 Pe 1,7).

2.9. La figura de los sacrificios

17,1. Los profetas muy claramente explican que Dios no tenía necesidad de su servicio, sino que dispuso algunas observancias de la Ley en favor de ellos. Como hemos expuesto, también el Señor enseñó que a Dios no le hacen falta las oblaciones de los seres humanos; sino que las quiere por el hombre mismo (313).

Cuando Samuel vio que descuidaban la justicia y se alejaban del amor de Dios, y en cambio pensaban hacérselo propicio por medio de los sacrificios y el cumplimiento de otras de sus normas, les dijo: «¿Acaso Dios no se complace más en que escuchéis su palabra, que en holocaustos y sacrificios? La obediencia vale más que el sacrificio y la docilidad que la grasa de carneros» (1 Sam 15,22). Y David dice: «No quisiste oblación ni sacrificio, pero me diste oídos; no pediste holocaustos por el pecado» (Sal 40[39],7). Con estas palabras les enseñó que Dios prefiere la obediencia a los sacrificios [1020] y holocaustos, los cuales de nada valen para la justicia, y al mismo tiempo anuncia el Nuevo Testamento.

Más claro aún lo dice el Salmo 50: «Porque si quisieras sacrificios, te los ofrecería; pero los holocaustos no te agradan. El sacrificio para Dios es el espíritu contrito; Dios no desprecia el corazón contrito y humillado» (Sal 51[50],18-19). Que Dios de nada necesita, lo dice el Salmo anterior: «No aceptaré becerros de tu casa ni cabritos de tus rebaños. Porque míos son todos los animales de la tierra, las fieras de los montes y las reses; conozco todas las aves del cielo y todos los productos de los campos. Si tuviese hambre, no te lo diría: pues mío es el orbe de la tierra y cuanto contiene. ¿Acaso comeré carne de toros o beberé sangre de cabritos?» (Sal 50[49],9-13). Y además, para que ninguno pensara que Dios rehúsa los sacrificios por estar enojado, continúa dándoles este consejo: «Inmola a Dios el sacrificio de alabanza y ofrece al Altísimo tus votos, invócame en la tribulación, yo te libraré y tú me darás gloria» (Sal 50[49],14-15). Después de repudiar lo que aquéllos creían que, aun pecando, podía volverlo propicio, y haciéndoles ver que a él nada de eso le hace falta, los exhorta y amonesta para que ofrezcan aquello que justifica al ser humano y lo acerca a Dios.

Esto mismo dice Isaías: «¿Para qué quiero ese montón de sacrificios vuestros? dice el Señor. Estoy harto» (Is 1,10). Y, una vez que ha rechazado los holocaustos, oblaciones y sacrificios, así como las fiestas, los sábados, las solemnidades y todas las costumbres que las acompañaban, les indica qué cosas son aceptables para la salvación: «Lavaos, purificaos, quitad de mi vista la maldad de vuestros corazones; dejad de hacer el mal, aprended a hacer el bien; buscad el derecho, salvad al oprimido, haced justicia al huérfano, defended a la viuda. Entonces venid y disputemos, dice el Señor» (Is 1,16-18).

17,2. No abolió, pues, los sacrificios, como un hombre enojado, según algunos piensan; [1021] sino que lo hizo por compasión al ver su ceguera, y en cambio impulsó el sacrificio verdadero, ofreciendo el cual podían tener a Dios propicio a fin de que El les diese la vida. Como dice en otro lugar: «El sacrificio agradable a Dios es un corazón contrito. Olor de suavidad que a Dios agrada es el corazón que da gloria a su Creador» (314). Pues si indignado hubiese rechazado sus sacrificios por ser indigno de conseguir su misericordia, ciertamente no hubiera indicado otros por medio de los cuales podrían salvarse. Mas, como Dios está lleno de misericordia, no los privó de un buen consejo. Pues, aunque dijo por Jeremías: «¿Para qué me ofrecéis incienso de Saba y canela de tierras lejanas? No me agradan vuestros holocaustos y sacrificios» (Jer 6,20); en seguida añadió: «Escuchad la Palabra del Señor, todos los hombres de Judá. Esto dice el Señor Dios de Israel: Enderezad vuestros caminos y vuestra conducta, y os haré habitar en este lugar. No os fiéis de palabras mentirosas, porque no os serán de ningún provecho, cuando decís: ¡Templo del Señor! ¡Templo del Señor!» (Jer 7,2-4).

17,3. Y además, para dar a entender que no los sacó de Egipto a fin de que le ofreciesen sacrificios, sino para que, olvidando la idolatría de los egipcios, pudieran escuchar la voz de Dios que les traería salvación y gloria, dice por medio del mismo Jeremías: «Esto dice el Señor: ¡Añadid holocaustos a los sacrificios y comed la carne! Pues yo no hablé con vuestros padres para ordenarles holocaustos y sacrificios cuando los saqué de Egipto; sino que les dirigí mi Palabra para mandarles: Escuchad mi voz y yo seré vuestro Dios y vosotros seréis mi pueblo. Caminad en todos mis caminos como yo os mandare, para que os vaya bien. Y no obedecieron ni hicieron caso, sino que caminaron según les dictó la malicia de sus corazones, [1022] y se volvieron atrás en vez de seguir adelante» (Jer 7,21-25). Y en otro pasaje del mismo profeta: «El que se gloríe, gloríese sabiendo y entendiendo que yo soy el Señor que ejerce en la tierra misericordia, justicia, y juicio»; y concluye: «Esta es mi voluntad, dice el Señor» (Jer 9,23). No se complace en oblaciones, holocaustos y sacrificios.

Estas cosas no eran principales sino secundarias, y por este motivo las recibió el pueblo, como Isaías indica: «No me honraste con las ovejas de tus holocaustos ni con tus sacrificios; no te pedí que me sirvieras con ofrendas ni te cansé exigiéndote incienso; no me has comprado perfumes con tu plata; ni me saciaste con la grasa de tus sacrificios. Por el contrario, te acercaste a mí lleno de pecados y de iniquidades» (Is 43,23-24). Y dice: «¿Sobre quién pondré mis ojos, sino sobre el manso y humilde que se estremece ante mi Palabra?» (Is 66,2). «No serán las grasas y las carnes gordas las que te quitarán tus injusticias» (Jer 11,15). «Este es el ayuno que yo quiero, dice el Señor: Desata toda atadura injusta, rompe toda cadena de relación violenta, deja ir en paz a los oprimidos, rompe todo contrato injusto; de corazón comparte tu pan con el hambriento; acoge en tu casa al extranjero sin techo; si ves a un desnudo, vístelo, y no desprecies a tus hermanos de sangre. Entonces tu luz despuntará como la aurora y tus heridas sanarán muy rápido; te precederá la justicia y la gloria del Señor te rodeará; apenas me estarás llamando yo te responderé: ¡Aquí estoy!» (Is 58,6-9).

Zacarías, uno de los doce profetas, comunicando la voluntad de Dios, escribe: «Esto dice el Señor omnipotente: Juzgad con justo juicio, [1023] cada uno tenga piedad y misericordia de su hermano; dejad de oprimir al huérfano, a la viuda y al extranjero, y ninguno recuerde en su corazón el mal que le haya hecho su hermano» (Zac 7,9-10). Y añade: «Estas son las palabras que dirás: Cada uno diga la verdad a su prójimo, juzgad con justicia en vuestras puertas, que ninguno le dé vueltas en su corazón al mal que su hermano le haya hecho, no os deleitéis en el falso juramento, porque yo odio todo esto, dice el Señor omnipotente» (Zac 8,16-17). También David dice algo semejante: «¿Cuál es el hombre que ama la vida y desea vivir días felices? Reprime tu lengua del mal, y tus labios para que no digan palabras dolosas. Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y ve tras ella» (Sal 34[33],13-15).

17,4. Por todo lo anterior queda claro que Dios no les exigía sacrificios y holocaustos, sino la fe, la obediencia y la justicia para su salvación. Así les enseñó Dios su voluntad por el profeta Oseas: «Quiero misericordia y no sacrificio, conocimiento de Dios más que holocaustos» (Os 6,6). Y también el Señor los exhortó diciendo: «¡Si supiéseis lo que significa: Misericordia quiero y no sacrificios, nunca habríais condenado al inocente» (Mt 12,7). De este modo dio testimonio de que los profetas predicaban la verdad, y al mismo tiempo reprendió a los otros por su ignorancia culpable.

2.10. El Sacrificio del Nuevo Testamento

17,5. Dando consejo a sus discípulos de ofrecer las primicias de sus creaturas a Dios, no porque éste las necesitase, sino para que no fuesen infructuosos e ingratos, tomó el pan creatural y, dando gracias, dijo: «Esto es mi cuerpo» (Mt 26,26). Y del mismo modo, el cáliz, también tomado de entre las creaturas como nosotros, confesó ser su sangre, y enseñó que era la oblación del Nuevo Testamento. La Iglesia, recibiéndolo de los Apóstoles, en todo el mundo ofrece a Dios, que nos da el alimento, las primicias de sus dones en el Nuevo Testamento.

Con estas palabras lo preanunció Malaquías, uno de los doce profetas: «No me complazco en vosotros, dice el Señor omnipotente, y no recibiré el sacrificio de vuestras manos. Porque desde el oriente hasta el occidente mi nombre es glorificado en las naciones, y en todas partes se ofrece a mi nombre [1024] incienso y un sacrificio puro: porque grande es mi nombre en las naciones, dice el Señor omnipotente» (Mal 1,10-11). Con estas palabras indicó claramente que el pueblo antiguo dejaría de ofrecer a Dios; y que en todo lugar se le habría de ofrecer el sacrificio puro; y su nombre es glorificado en los pueblos.

17,6. ¿Y qué otro nombre es glorificado en todas las naciones, sino el de nuestro Señor, por el cual reciben gloria tanto el Padre como el ser humano? Y lo llama «su nombre» porque es el de su propio Hijo, al cual él mismo ha hecho hombre (Mt 1,21). Es como si un rey pintase la imagen de su hijo, justamente la llamaría su propia imagen a doble título: porque es la de su hijo, y porque él mismo la hizo. Algo semejante sucede con el nombre de Jesucristo al que la Iglesia rinde gloria en todo el mundo: el Padre confiesa que es suyo, primero porque es de su Hijo, y segundo porque El mismo lo ha escrito y dado para su salvación al ser humano (Hech 4,12). Así pues, porque el nombre del Hijo es también del Padre, y porque la Iglesia ofrece su oblación en todas partes a Dios omnipotente por Jesucristo, bien dice (el profeta) por ambos motivos: «Y en todo lugar se ofrece incienso a mi nombre y un sacrificio puro» (Mal 1,11). Juan dice en el Apocalipsis que el incienso es la oración de los santos (Ap 5,8).

18,1. Por consiguiente, la oblación de la Iglesia que dice el Señor se le ofrece por todo el mundo, es un sacrificio puro y acepto a Dios; no porque El tenga necesidad de nuestro sacrificio, sino porque quien lo ofrece recibe gloria al momento mismo de ofrecerlo, si su oblación es aceptada. Al ofrecer al Rey nuestra oblación le rendimos honor y le mostramos afecto. Esto es lo que el Señor, queriendo que lo hiciésemos con toda simplicidad e inocencia, enseñó a ofrecer diciendo: «Si al presentar tu oblación ante el altar te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu oblación ante el altar, primero ve a reconciliarte con tu hermano, y vuelve luego a presentar tu ofrenda» (Mt 5,23-24). Lo propio es, pues, ofrecer a Dios las primicias de su creatura, como dice Moisés: «No te presentarás con las manos vacías en la presencia del Señor tu Dios» (Dt 16,16). De este modo, en las mismas cosas en las cuales el ser humano muestra su gratitud, [1025] Dios reconoce su agradecimiento y recibe el honor divino.

18,2. No se condena, pues, el sacrificio en sí mismo: antes hubo oblación, y ahora la hay; el pueblo ofrecía sacrificios y la Iglesia los ofrece; pero ha cambiado la especie, porque ya no los ofrecen siervos, sino libres. En efecto, el Señor es uno y el mismo, pero es diverso el carácter de la ofrenda: primero servil, ahora libre; de modo que en las mismas ofrendas reluce el signo de la libertad; pues ante él nada sucede sin sentido, sin signo o sin motivo. Por esta razón ellos consagraban el diezmo de sus bienes. En cambio quienes han recibido la libertad, han consagrado todo lo que tienen al servicio del Señor. Le entregan con gozo y libremente lo que es menos, a cambio de la esperanza de lo que es más, como aquella viuda pobre que echó en el tesoro de Dios todo lo que tenía para vivir (Lc 21,4).

18,3. En un principio Dios puso los ojos sobre las oblaciones de Abel, porque las ofrecía con sencillez y justicia; en cambio no miró el sacrificio de Caín, porque su corazón estaba dividido por celos y malas intenciones contra su hermano, según Dios mismo le dijo al reprenderlo por lo que ocultaba: «¿Acaso no pecas aunque ofrezcas tu sacrificio rectamente, si no compartes con justicia? Tranquilízate» (Gén 4,7). Es que no se aplaca a Dios con el sacrificio. Por eso, si alguien tratara de ofrecer su sacrificio de modo que pareciese puro, recto y legítimo, en cambio en su alma no compartiera con rectitud en el trato con su hermano ni tuviera temor de Dios, no por haber ofrecido un sacrificio externamente correcto seduciría a Dios: por dentro estaría lleno de pecado y su oblación de nada le serviría si no cesa de hacer el mal que ha concebido interiormente; pues al simular una obra, el pecado mismo hace homicida a esa persona.

Por eso el Señor decía: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos hipócritas! Os parecéis a sepulcros blanqueados. Por fuera la tumba parece hermosa, pero por dentro está llena de huesos de muerto y podredumbre. Así vosotros: por fuera parecéis justos ante los hombres, pero por dentro estáis llenos [1026] de maldad e hipocresía» (Mt 23,27-28). Por fuera daban la impresión de ofrecer el sacrificio de modo legítimo; pero dentro de ellos ocultaban los celos como Caín. Por eso asesinaron al justo (Sant 5,6), dejando de lado, como Caín, el consejo del Verbo (315), pues El le dijo: «Tranquilízate!», pero no hizo caso. ¿Y qué otra cosa puede significar tranquilizarse, sino dominar sus impulsos? También dijo otra cosa parecida: «¡Fariseo ciego!, limpia la copa por dentro para que también esté limpia por fuera» (Mt 23,26). Pero no escucharon. Jeremías dice: «Tus ojos y tu corazón no están sanos, sino que en tu avidez sólo piensas en derramar la sangre del justo, en la opresión y en cometer homicidio» (Jer 22,17). Y también Isaías: «Habéis hecho planes pero no para mí, pactos pero no por mi Espíritu» (Is 30,1).

Y para que su voluntad y sus pensamientos interiores, una vez puestos de manifiesto, manifestaran que el Dios que los desenmascara no es culpable de ellos ni obra el mal, sino que la culpa recae sobre el que hace el mal, le dice a Caín que rehúsa tranquilizarse: «El se revuelve sobre ti, y tú lo debes dominar» (Gén 4,7). Algo semejante dijo a Pilato: «No tendrías ningún poder si no se te hubiese dado de lo alto» (Jn 19,11). Porque Dios siempre concede al justo sufrir a fin de que ese sufrimiento que soporta le sirva de prueba; y en cambio el perverso sea juzgado y por sus mismas acciones sea echado fuera. Por ello no son los sacrificios los que purifican al ser humano, pues Dios no los necesita; sino la conciencia pura de quien lo ofrece es lo que santifica el sacrificio, y hace que Dios los reciba como de un amigo. En cambio peca «quien mata en mi honor un becerro como si matara un perro» (Is 66,3).

18,4. Mas, como la Iglesia lo ofrece con simplicidad, ante Dios este sacrificio se le tiene por puro. Así dijo Pablo a los Filipenses: «Me siento lleno con los dones que me enviasteis por medio de Epafrodito, como un perfume de suavidad y un sacrificio aceptable que agrada a Dios» (Fil 4,18). Conviene, pues, que ofrezcamos a Dios el sacrificio y que en todo seamos gratos al Dios Demiurgo, con pensamientos puros, con fe sin hipocresía, con esperanza firme, fervientes en el amor, ofreciendo las primicias de sus creaturas. [1027] Y sólo la Iglesia ofrece esta oblación pura al Demiurgo, cuando la presenta en acción de gracias por los dones que provienen de la creación. Los judíos ya no la ofrecen, porque sus manos están llenas de sangre (Is 1,15); pues rechazaron al Verbo, por medio del cual se ofrece a Dios el sacrificio. Pero tampoco lo ofrece ninguna de las comunidades de los herejes: porque unos llaman Padre a alguien diverso del Demiurgo, si le ofrecieran una creatura, lo mostrarían ansioso de lo que pertenece a otro y codicioso de lo ajeno. Y por su parte, quienes pregonan que todas las creaturas que nos rodean fueron hechas de la penuria, ignorancia y pasión, ofreciendo el fruto de la ignorancia, de la pasión y de la penuria pecan contra su Padre, más ofendiéndolo que dándole gracias.

¿Cómo les constará que el pan sobre el que se han dado gracias, es el cuerpo de su Señor, y el cáliz de su sangre, si no creen en el Hijo del Demiurgo del mundo, es decir, en su Verbo, por el cual el árbol da fruto, las fuentes manan y la tierra da primero el tallo, después de un poco la espiga, y por fin el trigo lleno en la espiga? (Mc 4,27-28)

[1028] 18,5. ¿Cómo dicen que se corrompe y no puede participar de la vida, la carne alimentada con el cuerpo y la sangre del Señor? Cambien, pues, de parecer, o dejen de ofrecer estas cosas. Por el contrario, para nosotros concuerdan lo que creemos y la Eucaristía y, a su vez, la Eucaristía da solidez a lo que creemos. Le ofrecemos lo que le pertenece, y proclamamos de manera concorde la unión y comunidad entre la carne y el espíritu. Porque, así como el pan que brota de la tierra, una vez que se pronuncia sobre él la invocación (epíklesin) de Dios, ya no es pan común, [1029] sino que es la Eucaristía compuesta de dos elementos, terreno y celestial, de modo semejante también nuestros cuerpos, al participar de la Eucaristía, ya no son corruptibles, sino que tienen la esperanza de resucitar para siempre.

18,6. Pues no lo ofrecemos como si él lo necesitase, sino para dar gracias por su don y santificar las creaturas (316). Así como a Dios no le hace falta lo nuestro, así a nosotros sí nos hace falta ofrecer algo a Dios, como dice Salomón: «Quien se compadece del pobre presta a Dios» (Prov 19,17). Mas aunque Dios no tenga necesidad de nada, recibe nuestras buenas obras a fin de darnos en retorno sus propios bienes, como dice nuestro Señor: «Venid, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para vosotros; porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, vagué peregrino y me recibisteis, desnudo y me vestisteis, enfermo y me visitasteis, en la cárcel y vinisteis a verme» (Mt 25,34-36). Así como él no necesita de estas cosas, y sin embargo quiere que las hagamos en favor de nosotros mismos, así también el Verbo mismo mandó al pueblo que ofreciera oblaciones aunque él no las necesitaba, sino para que aprendiera a servir a Dios, como también quiere que nosotros ofrezcamos en el altar el don, con frecuencia y sin cesar nunca (317). Porque hay un altar en los cielos, al que todas nuestras oblaciones se dirigen; y un templo, como Juan dice en el Apocalipsis: «Se abrió el templo de Dios» (Ap 11,19); y sobre el santuario: «Apareció el santuario de Dios, en el que habitará junto con los hombres» (Ap 21,3).

3. Toda la Escritura se refiere a Cristo 3.1. Dios es incomprensible

19,1. El pueblo antiguo recibió todos los dones, oblaciones y sacrificios [1030] como una figura, como se lo mostró a Moisés en el monte el único y mismo Dios a cuyo nombre la Iglesia da gloria hoy entre todas las naciones. Convenía que las cosas terrenas, hechas para nosotros, nos sirviesen como figuras de los bienes celestiales hechos por el mismo Dios: de otra manera no se entendería que otra cosa diversa de los bienes espirituales pudiera ser su imagen. Pues las cosas espirituales que están sobre los cielos, son para nosotros invisibles e inefables; pero decir que ellas son tipos de otros bienes aún superiores a los cielos y que pertenecen a otro Pléroma y que son imagen de otro Dios y Padre, sería en absoluto propio de tontos e idiotas. Porque, como antes dijimos muchas veces, dichas personas se ven forzadas a inventar imágenes de imágenes ya que nunca se asienta su mente encontrando un solo Dios. Sus ideas van más allá de Dios, y ellos, en sus corazones, sobrepasan al Maestro; se imaginan haberse elevado y sobreexaltado, cuando en realidad se les escapa el Dios verdadero.

19,2. Con justicia se les podría decir, como la Palabra misma sugiere: «Puesto que os habéis alzado por sobre Dios, orgullosos tontos -pues habéis oído que El contiene los cielos en la palma de su mano (Is 40,12)-, decidme cuánto miden y reveladme su inumerable cantidad de codos (318), enseñadme su longitud, anchura y altitud (Ef 3,18), el principio y el fin de sus límites, puesto que el corazón del ser humano es incapaz de captarlo y entenderlo». Pues en verdad son grandes los tesoros del cielo: el corazón no puede medir a Dios y el alma no es capaz de entender a aquel que sostiene la tierra con la palma de su mano. ¿Quién adivinará sus dimensiones, y quién conocerá el dedo de su mano derecha? ¿O quién abarcará su mano con la cual mide lo inmensurable, que con su propia medida determina las medidas de los cielos y con su puño demarca la tierra con abismos, que en sí misma contiene la anchura, longitud, profundidad y altura de toda la creación, que se ve, se oye, se entiende y sin embargo es invisible? Por eso Dios está «por sobre [1031] todo Principado, Potestad, Dominación, y por sobre todo lo que puede nombrarse» (Ef 1,21) entre las cosas hechas y creadas. El llena los cielos (Jer 23,24) y «contempla los abismos» (Dan 3,55); y, sin embargo, está con cada uno de nosotros: «Yo soy un Dios cercano y no lejano. Si el hombre se escondiese en lo más recóndito, ¿acaso yo no lo vería?» (Jer 23,23) Su mano abarca todas las cosas, ilumina los cielos y todo cuanto está bajo los cielos, «escruta los riñones y el corazón» (Ap 2,23), está presente en nuestros escondrijos y secretos, y abiertamente nos conserva y alimenta.

19,3. Si el hombre, pues, no puede contener la plenitud y grandeza de su mano, ¿cómo puede alguien pretender que conoce y entiende en su corazón a un Dios tan grande? Mas ellos, como si ya lo hubiesen visto, medido y recorrido todo lo que El es, inventan que por sobre El existen otro Pléroma de Eones y otro Padre. No volviendo los ojos a las cosas celestiales se hunden en el profundo Abismo de su locura, diciendo que su Padre termina donde comienzan los seres que están fuera del Pléroma, que el Demiurgo no alcanza el Pléroma, y de esta manera ninguno de ellos puede ser perfecto ni comprender todas las cosas: en efecto, al primero le faltaría toda la creación del mundo fuera del Pléroma, y a éste la creación de las cosas que están dentro del Pléroma, y así ni uno ni otro sería el Señor. Mas es evidente para cualquiera, que nadie puede expresar la grandeza de Dios a partir de las cosas creadas; y cualquiera que juzgue las cosas dignamente, confesará que su grandeza no puede venir a menos, sino que contiene todas las cosas, llega hasta nosotros y permanece con nosotros.

3.2. Dios creó por su Verbo y su Sabiduría

[1032] 20,1. No es posible conocer a Dios en su grandeza; pues es imposible medir al Padre: mas según su amor (pues éste es el que nos conduce a Dios por el Verbo), obedeciéndolo, aprendemos constantemente cuán grande es Dios, y que él por sí mismo crea, elige, adorna y contiene todas las cosas, y entre todas éstas también está incluido nuestro mundo. Nosotros mismos fuimos hechos junto con estas cosas que él contiene. A esto se refiere la Escritura cuando dice: «Y Dios plasmó al hombre, tomando el barro de la tierra, e infundió en su cara el soplo de vida» (Gén 2,7). Por tanto, no fueron los ángeles quienes nos hicieron o plasmaron, pues los ángeles no podían reproducir la imagen de Dios; ni otro alguno, fuera del Verbo del Señor, ni algún Poder que no fuese el mismo Padre universal. Porque Dios no tenía necesidad de ningún otro, para hacer todo lo que El había decidido que fuese hecho, como si El mismo no tuviese sus manos. Pues siempre le están presentes el Verbo y la Sabiduría, el Hijo y el Espíritu, por medio de los cuales y en los cuales libre y espontáneamente hace todas las cosas, a los cuales habla diciendo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1,26): toma de sí mismo la substancia de las creaturas, el modelo de las cosas hechas y la forma del ornamento del mundo.

3.3. Dios se comunica por su Verbo

20,2. Bien dice la Escritura: «Ante todo cree que hay un solo Dios que ha creado, hizo y llevó a término todas las cosas a partir de la nada para que existiesen, El contiene todo y nada puede contenerlo». (319) [1033] Y también dijo bien Malaquías: «¿Acaso no hay un solo Dios que nos ha creado? ¿Acaso no es uno solo el Padre de todos nosotros?» (Mal 2,10). En consecuencia el Apóstol dice: «Uno solo es Dios, el Padre, que está sobre todos y en todos nosotros» (Ef 4,6). Lo mismo el Señor: «Todo me lo ha dado mi Padre» (Mt 11,27), y claramente se refiere al que hizo todas las cosas; pues no le dio cosas ajenas, sino las suyas. Y cuando dice «todas las cosas» ninguna queda excluida. Por eso El mismo es «juez de vivos y muertos» (Hech 10,42), el cual «tiene la llave de David; abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá» (Ap 3,7). Pues, en efecto, nadie en los cielos ni en la tierra ni bajo la tierra puede abrir el libro del Padre, ni siquiera verlo (Ap 5,3), excepto el Cordero que ha sido muerto (Ap 5,12), que nos ha redimido con su sangre (Ap 5,9) después de haber recibido el poder de Dios que hizo todas las cosas por medio de su Verbo y las ordenó por su Sabiduría.

Este mismo Verbo recibió todo el poder cuando se hizo carne (Jn 1,14) a fin de que, así como tiene el principado en los cielos como Verbo de Dios, así también lo tenga en la tierra como hombre justo «que no cometió pecado ni se encontró dolo en su boca» (1 Pe 2,22). Y como «primogénito de los muertos» (Col 1,18) tiene el principado sobre todo lo que está bajo la tierra. De esta manera, como arriba dijimos, todas las cosas pueden ver a su Rey. De esta manera la luz del Padre irrumpe en la carne de nuestro Señor, y de esa carne sus rayos se reflejan en nosotros, para que el ser humano, rodeado por la luz del Padre, se haga incorruptible.

20,3. Que el Verbo, o sea el Hijo, ha estado siempre con el Padre, de múltiples maneras lo hemos demostrado. Y que también su Sabiduría, o sea el Espíritu estaba con El antes de la creación, lo afirma por Salomón: «Dios creó la tierra con sabiduría, y con inteligencia consolidó los cielos; por su ciencia se abrieron los abismos y las nubes destilaron rocío» (Prov 3,19-20). Y también: «El Señor me hizo al inicio de sus caminos, antes de sus obras. Desde la eternidad me fundó, desde el principio, antes que la tierra. Antes de que existiesen los abismos y manasen las fuentes de las aguas, antes de que se asentasen los montes, antes de todas las colinas me engendró» (Prov 8,22-23). Y también: [1034] «Cuando asentó los cielos, yo estaba con El, y cuando afirmó las fuentes del abismo; cuando fortalecía los cimientos de la tierra, yo estaba con El como arquitecto. Yo era en quien El se complacía, y cada día me alegraba en todo tiempo ante su rostro, cuando El se gozaba en la perfección del orbe y se regocijaba con los hijos de los hombres» (Prov 8,27-31).

3.4. El Verbo de Dios habló por los

20,4. Uno solo es Dios, que hizo y ordenó todo mediante el Verbo y la Sabiduría: es el mismo Demiurgo que asignó este mundo al género humano. El, por su grandeza, no ha sido conocido por aquellos mismos que El creó (pues nadie ha investigado su profundidad, ni de entre los antiguos que ya han fallecido, ni de entre los que aún viven); en cambio, por el amor, lo conocemos mediante aquel por cuyo ministerio él hizo todas las cosas. Este es su Verbo, nuestro Señor Jesucristo, el cual en los tiempos recientes se hizo hombre entre los hombres, para unir el fin con el principio, es decir, al hombre con Dios. Y por tal motivo los profetas, habiendo recibido del mismo Verbo el don profético (320), predicaron su venida en la carne, por medio de la cual se realizó la mezcla y comunión de Dios con el hombre según el beneplácito de Dios. El Verbo había preanunciado desde el principio que habríamos de ver a Dios entre los hombres, que entraría en contacto con éstos sobre la tierra y hablaría con ellos, que se haría presente a su ser creado para salvarlo, y que se mostraría sensiblemente para liberarnos de manos de todos los que nos odian, esto es, de todos los espíritus rebeldes. Y que nos haría servirlo en santidad y justicia todos nuestros días, a fin de que, habiendo el hombre abrazado al Espíritu de Dios, entre en la gloria del Padre.

3.5. El Padre habló a los profetas por su Hijo y el Espíritu

20,5. Esto decían los profetas en sus anuncios, pero no como dicen algunos, que los profetas veían a alguien distinto de Dios Padre, el cual permanece invisible. Esto enseñan aquellos que ignoran enteramente lo que sea la profecía. Porque la profecía es la predicción de cosas futuras, es decir, el preanuncio de cosas que sólo después serán reales. Los profetas predecían que los hombres habrían de ver a Dios, como dice el Señor: «Dichosos los limpios de corazón, porque [1035] ellos verán a Dios» (Mt 5,8). Aunque, a decir verdad, «ninguno verá a Dios y vivirá» (Ex 33,20), si lo ve en toda su grandeza e inefable gloria; porque el Padre es inaccesible. Pero, por su amor, bondad y omnipotencia, va a conceder a todos aquellos a quienes ama, el privilegio de ver a Dios, como los profetas anunciaban; porque «lo que para los hombres es imposible, es posible para Dios» (Lc 18,27).

El hombre no verá a Dios por sí mismo; pero El, si lo quiere, se dejará ver de los hombres: de aquellos que el quiera, y cuando y como quiera, porque Dios es omnipotente. Por medio del Espíritu se dejó ver proféticamente; por medio del Hijo se dejó ver según la adopción; se hará ver según su paternidad en el reino de los cielos (321): el Espíritu prepara al hombre para el Hijo de Dios, el Hijo lo conduce al Padre, el Padre concede la incorrupción para la vida eterna, que a cada uno le viene con la visión de Dios. Pues así como los que ven la luz están en la luz y perciben su claridad, así también quienes ven a Dios están en Dios y ven su claridad. Y la claridad de Dios da la vida: es decir, quienes ven a Dios tienen parte en la vida. Por eso el que no puede ser abarcado, comprendido ni visto, concede a los seres humanos que lo vean, lo comprendan y abarquen, a fin de darles la vida una vez que lo han visto y comprendido. Así como su grandeza es insondable, así también es inefable su bondad, [1036] por la cual da la vida a quienes lo ven: porque vivir sin tener la vida es imposible, la vida viene por participar de Dios, y participar de Dios es verlo y gozar de su bondad.

20,6. Pues los hombres verán a Dios para vivir, haciéndose inmortales por la visión, por la que se aproximarán a Dios. Y, como antes dije, los profetas explicaban por medio de figuras que verían a Dios todos los hombres portadores de su Espíritu, que sin desmayar esperan su venida. Así como enseña Moisés en el Deuteronomio: «En aquel día veremos que Dios hablará al hombre, y éste vivirá» (Dt 5,24). Pues algunos de ellos veían al Espíritu profético y sus obras, que impregnaban todos los tipos de sus dones. Otros veían la venida del Señor, y toda su Economía desde sus inicios, por medio de la cual cumplió la voluntad celestial y terrena del Padre. Otros veían las glorias del Padre, de manera adaptada a los que entonces las contemplaban y escuchaban, y a los hombres que en el futuro habrían de oír hablar de ellas.

Así se revelaba Dios: pues por todas estas cosas el Padre se manifiesta, por medio de la obra del Espíritu, el ministerio del Hijo y la aprobación del Padre, perfeccionando así al hombre en vista de su salvación. Como dice el profeta Oseas: «Yo multipliqué las visiones, y las manos de los profetas me han representado» (Os 12,11). Y el Apóstol afirma lo mismo cuando dice: «Hay diversidad de carismas, pero un solo Espíritu; hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; hay diversidad de operaciones, pero el mismo Dios, que obra todo en todos. Pues a cada uno se le da la manifestación del Espíritu para el servicio» (1 Cor 12,4-7). Pero, puesto que [1037] es Dios quien obra todo en todos, el saber cómo o cuán grande sea, es invisible e inefable para todas sus criaturas; mas no es en modo alguno desconocido: pues todas ellas aprenden por el Verbo, que hay un Dios Padre, que contiene todas las cosas y a todas les da el ser, como está escrito en el Evangelio: «Nadie vio jamás a Dios; el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre, es quien lo ha revelado» (Jn 1,18).

20,7. El Hijo habla del Padre desde el principio, porque desde el principio está con el Padre, y comunica al género humano, para su utilidad, las visiones proféticas, la repartición de los carismas y sus ministerios, y en forma continuada y al mismo tiempo la glorificación del Padre, en el tiempo oportuno. Pues donde hay continuidad hay constancia, y donde hay constancia hay desarrollo en el tiempo, y donde hay desarrollo en el tiempo hay utilidad: por eso el Verbo fue hecho dispensador de la gracia del Padre para utilidad de los hombres, por los cuales ordenó toda esta Economía, para mostrar a Dios a los hombres y presentar el hombre a Dios. De esta manera custodió la invisibilidad del Padre, por una parte para que el hombre nunca despreciase a Dios y para que siempre tuviese en qué progresar; y por otra parte para revelar a Dios a los hombres mediante una rica Economía, a fin de que el hombre no cesase de existir faltándole Dios enteramente. Porque la gloria de Dios es el hombre viviente: y la vida del hombre es la visión de Dios. Si la manifestación de Dios por la creación da vida en la tierra a todos los vivientes, mucho más la manifestación por el Verbo del Padre da vida a aquellos que contemplan a Dios.

20,8. El Espíritu de Dios anunció el futuro mediante los profetas, preparándonos y moldeándonos para que fuésemos súbditos de Dios; pues había de suceder que el hombre, por beneplácito del Espíritu Santo, contemplase (a Dios). Pues era necesario que quienes habían de predicar las cosas futuras, contemplasen a Dios, al cual proponían a la mirada de los hombres. Y lo habrían de hacer de modo que no sólo se hablase proféticamente de Dios y del Hijo de Dios, del Hijo y del Padre; sino que se diesen a conocer todas las cosas de Dios a todos los miembros enseñados y santificados; para que el hombre fuese educado y meditase cómo disponerse para la gloria que habría de revelarse a quienes aman a Dios (Rom 8,18.28).

Los profetas profetizaban no sólo por la palabra, sino también por sus visiones, por su conducta y por las acciones que realizaban [1038] según el Espíritu les sugería. De esta manera veían al Dios invisible, como dice Isaías: «Vi con mis ojos al Señor de los Ejércitos» (Is 6,5). Con esto dio a entender que el ser humano verá a Dios con sus ojos y escuchará su voz. De esta manera veían al Hijo de Dios hecho hombre conversar con los seres humanos (Bar 3,38), y así anunciaron lo que había de venir, hablando como presente de aquel que aún no lo estaba, presentando como pasible al impasible, y prediciendo que aquel que en ese tiempo estaba en los cielos, bajaría «al polvo de la muerte» (Sal 22[21],16). También anunciaron las Economías de su recapitulación, de las cuales unas las veían en visiones, otras las anunciaban por medio de la palabra, y otras las insinuaban mediante acciones que servían de figuras. Ellos veían visiblemente lo que un día habría de ser visto, proclamaban con la palabra lo que un día habría de ser oído, y realizaban con acciones aquello que un día habría de llevarse a cabo: de este modo anunciaban todas las cosas de modo profético. Por eso Moisés decía al pueblo infiel a la Ley, que Dios era un fuego (Dt 4,24), para amenazarlos con el fuego que Dios un día mandaría sobre ellos; y a quienes mantenían el temor de Dios, les decía: «El Señor Dios es clemente y compasivo, generoso y fiel, es veraz y ejercita la justicia y la misericordia mil veces, borrando las injusticias, iniquidades y pecados» (Ex 34,6-7).

20,9. El Verbo «hablaba con Moisés cara a cara, como un amigo habla con su amigo» (Ex 33,11). Moisés, sin embargo, deseó ver abiertamente a aquel con quien hablaba, y se le dijo: «Quédate sobre la roca y te cubriré con mi mano. Cuando pase mi gloria verás mis espaldas; pero no verás mi rostro; pues ningún ser humano puede ver mi rostro y vivir» (Ex 33,20-22). Reveló ambas cosas: por una parte el hombre no puede ver a Dios, y, por otra, mediante la sabiduría de Dios en los últimos tiempos el ser humano lo verá sobre la roca, es decir, en aquel que será hombre en su venida (322). Por eso Moisés habló con El cara a cara en la altura del Monte, en presencia de Elías, como lo recuerda el Evangelio (Mt 17,3). De este modo se cumplió al fin la antigua promesa.

3.6. Los profetas no veían directamente a ELOHIM

20,10. Los profetas no veían, pues, directamente la cara misma de Dios, [1039] sino las Economías y los misterios por los cuales el ser humano comenzaría a ver a Dios. Así lo dijo a Elías: «Mañana saldrás y estarás en la presencia del Señor, y El Señor pasará. Un fuerte viento resquebrajará las montañas y quebrantará las piedras en presencia del Señor. Pero éste no será el viento (Espíritu) del Señor; después del viento temblará la tierra, pero el Señor no estará en el terremoto; después del sismo, vendrá el fuego, mas no estará el Señor en el fuego; y después del fuego vendrá una brisa suave» (1 Re 19,11-12). El profeta se sentía indignado por los delitos del pueblo que mataba a los profetas; mas se le enseñó a proceder con mayor mansedumbre. Con esto se preparaba la venida del Señor en cuanto hombre (después de la Ley que Moisés había dado) manso y humilde, que no quebró la caña cascada ni apagó la mecha humeante (Mt 12,20; Is 42,3). También quería significar el descanso manso y pacífico de su Reino; porque tras el viento que destruye las montañas, del terremoto y del fuego, ha venido el tiempo de su Reino, en el cual el Espíritu de Dios con toda tranquilidad da vida y crecimiento al ser humano.

Con más evidencia aún el caso de Ezequiel muestra cómo los profetas no venían propiamente a Dios mismo, sino «de manera imperfecta» (1 Cor 13,9.12) las Economías de Dios. Habiendo tenido una visión de Dios (Ez 1,1), recordó los querubines, las ruedas y todo el desarrollo de ese misterio, contempló sobre ellos «como un trono» y sobre el trono «una figura de aspecto humano», sobre sus hombros «una figura como de metal brillante», y hacia abajo «una figura como fuego» (Ez 1,26-27). Y después de narrar el resto de toda la visión del trono, para que nadie imaginase que había visto a Dios mismo, añadió: «Esta visión era semejante a la gloria del Señor» (Ez 1,28).

20,11. Luego si ni Moisés, ni Elías, ni Ezequiel vieron a Dios, los cuales habían contemplado muchas cosas celestiales, lo que ellos veían era sólo una «imagen de la gloria de Dios» y una profecía de los bienes futuros. Es, pues, evidente que es invisible el Padre [1040] del cual el Señor dijo: «Nadie ha visto jamás a Dios» (Jn 1,18); mas el Verbo mostraba la gloria del Padre y exponía sus Economías, según El quería para el bien de quienes lo veían, como el Señor dijo: «El Dios Unigénito, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer» (Jn 1,18). El Verbo, como revelador del Padre, siendo rico e inmenso, no se mostró bajo una sola figura o aspecto a quienes lo veían, sino como convenía según los tiempos y momentos de sus Economías, como Daniel escribió: alguna vez se hizo ver a aquellos que estaban junto a Ananías, Azarías y Misael, acompañándolos en el horno de fuego para librarlos del fuego: «Y veo a una cuarta persona semejante a un Hijo de Dios» (Dan 3,92). En otra oportunidad se mostró como una «piedra cortada del monte sin manos humanas» (Dan 2,34-35) que destrozó y echó por tierra los reinos temporales, y en cambio ella misma llenó toda la tierra. En otra ocasión se dejó ver como un Hijo de Hombre que venía en las nubes del cielo, se acercó al Anciano en días, y de su mano recibió todo el poder, la gloria y el reino: «Su poder es un poder eterno, y no tendrá fin su reino» (Dan 7,13-14).

Juan, discípulo del Señor, vio en el Apocalipsis la gloriosa y sacerdotal venida de su reino: «Me di vuelta para mirar de quién era la voz que me hablaba, y al volverme vi siete candelabros de oro y entre los candelabros a uno semejante al Hijo del Hombre vestido de poder y ceñido a la altura del pecho con un cinturón de oro; su cabeza y cabellos eran blancos, como lana blanca y como nieve; sus ojos eran como una llama de fuego; sus pies parecían bronce que se fundiera en el horno; su voz era como un torrente; en su mano derecha tenía siete estrellas; de su boca brotaba una espada de dos filos, y su cara era como un sol brillante en todo su poder» (Ap 1,12-16). Entre todas estas cosas, la cabeza significa que ha recibido la gloria del Padre; lo sacerdotal señala los poderes -por eso Moisés vistió al pontífice según este modelo (Ex 28,4; Lev 8,7)-; [1041] otra cosa es el fin, representado por el bronce en el horno de fundición, que indica la fe y la perseverancia de las oraciones por el fuego que se encenderá al fin de los tiempos.

Juan mismo no soportó la visión. En efecto, dice: «Caí a sus pies como muerto» (Ap 1,17), para que se cumpliera lo escrito: «Nadie puede ver a Dios y seguir viviendo» (Ex 33,20). Mas el Verbo le dio vida y le recordó que él, estando reclinado sobre su pecho durante la cena, le había preguntado quién era el que lo había de traicionar (Jn 13,15), y le dijo: «Yo soy el primero y el último, vivo por los siglos de los siglos y tengo las llaves de la muerte y de los lugares inferiores» (Ap 1,17-18). Después de esto, sobre una segunda visión en la que contempló al mismo Señor, escribió: «Vi en medio del trono, de los cuatro animales y de los ancianos, a un Cordero como muerto pero en pie, que tenía siete cuernos y siete ojos, que son los siete espíritus enviados por Dios a la tierra» (Ap 5,6-7).

Y añade, acerca del mismo Cordero: «Vi un caballo blanco, y el que lo montaba llevaba el nombre de Fiel y Verdadero. Combate y juzga con justicia. Sus ojos son como una llama de fuego. En su cabeza lleva muchas coronas. Tiene escrito un nombre que sólo El mismo conoce. Está vestido con una túnica teñida en sangre, y se le llama Verbo de Dios. En caballos blancos lo siguen los ejércitos del cielo vestidos de un lino blanco purísimo; de su boca sale una espada afilada para herir las naciones, para gobernarlas con cetro de hierro. Pisa las uvas en el lagar con el furor ardiente del Dios todopoderoso. Y tiene sobre el manto y sobre su muslo un nombre escrito: Rey de Reyes y Señor de Señores» (Ap 19,11-16). Esta es la manera como el Verbo de Dios enseñaba a los seres humanos las cosas de Dios, como en figura de los bienes futuros y como imágenes de la Economía del Padre.

3.7. Figura de las acciones proféticas

[1042] 20,12. No sólo usó el servicio de los profetas para anunciar de antemano y prefigurar la salvación futura, por medio de las visiones que veían y los discursos que predicaban, sino también a través de sus acciones. Así, por ejemplo, Oseas se casó con una «mujer prostituta», como una acción profética, para profetizar que «la tierra prostituyéndose se apartará del Señor» (Os 1,2) -diciendo la tierra se refiere a los seres humanos que la habitan-. De esta manera dio a entender que Dios se complacerá en tomar a estos seres humanos para con ellos construir su Iglesia, a fin de santificarla mediante la unión con su Hijo, así como el pueblo había sido santificado por la unión con el profeta. Por eso Pablo añadió: «La mujer infiel se santifica en el esposo creyente» (1 Cor 7,14). Además el profeta llamó a sus hijos: «La que no ha obtenido misericordia» y «No es mi pueblo» (Os 1,6-9) para que, como dice el Apóstol, «el pueblo que no es pueblo se haga pueblo, y la que no ha obtenido misericordia sea objeto de misericordia; de modo que en lugar de No pueblo, se les llame hijos del Dios viviente» (Rom 9,25-26). El Apóstol muestra ya realizado por Cristo en la Iglesia, lo que el profeta había simbolizado con sus actos.

De modo semejante Moisés tomó como mujer a una etíope (Ex 2,21) a la que hizo israelita, para que fuese figura del olivo salvaje que se injerta en el olivo bueno para participar de su fecundidad (Rom 11,17). El Cristo nacido según la carne un día habría de ser perseguido a muerte y librarse en Egipto, o sea entre los gentiles; y santificar a los que aún eran niños para de ellos formar su Iglesia -pues Egipto desde el principio era un pueblo pagano, así como Etiopía-. Por eso el matrimonio de Moisés era figura de los esponsales del Verbo, y mediante la esposa etíope se simbolizaba la Iglesia de los gentiles. [1043] Y aquellos que la calumnien, critiquen y ridiculicen, no estarán limpios: serán leprosos que han de ser arrojados del campo de los justos (Núm 12,10-14).

Así también Rahab, que se reconocía meretriz, porque era una mujer pagana culpable de todos los pecados, recibió a los tres espías que espiaban todo el terreno (Jos 2,1), y los escondió, es decir al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Y, cuando toda la ciudad en la que vivía se vino a tierra al sonar siete veces las trompetas, Rahab la prostituta se salvó junto con toda su familia, por la fe significada en el listón rojo (Jos 2,18); así dijo el Señor a aquellos que no aceptaban su venida, me refiero a los fariseos que anulaban el signo del listón rojo, esto es la Pascua, redención y liberación de Egipto en favor de su pueblo: «Los publicanos y las meretrices os precederán en el reino de los cielos» (Mt 21,31).

3.8. Figura de los patriarcas

21,1. También en Abraham nuestra fe estaba prefigurada. El era el patriarca de nuestra fe, como muy por completo el Apóstol expuso en la Carta a los Gálatas: «Así pues, aquel que os da el Espíritu y obra milagros entre vosotros, ¿lo hace por las obras de la Ley, [1044] o por la obediencia a la fe? Como Abraham creyó a Dios y le fue reputado como justicia. Reconoced, pues, que quienes proceden por la fe, ésos son hijos de Abraham. Previendo la Escritura que Dios justifica por la fe a los gentiles, de antemano anunció a Abraham que en su nombre serían benditas todas las naciones. Así pues, quienes creen serán benditos con Abraham el creyente» (Gál 3,5-9). Por estos motivos no únicamente lo llamó profeta de la fe, sino también padre de los fieles que, proviniendo de los gentiles, crean en Jesucristo; porque una sola es la fe, la suya y la nuestra: él por la promesa de Dios creyó en los bienes futuros como si ya fuesen reales, y de modo semejante nosotros, por la fe en la promesa de Dios, contemplamos la herencia del reino.

21,2. Tampoco carece de significado lo que sucedió a Isaac. En efecto, el Apóstol dice en la Carta a los Romanos: «También Rebeca, que había concebido de un solo varón, es decir de nuestro Padre Isaac», recibió la palabra del Verbo «para que fuese claro que las decisiones divinas no dependen de nuestras obras, sino del Dios que nos llama, se le dijo: Hay dos pueblos en tu seno, dos naciones en tu vientre, uno de ellos se impondrá al otro, y el mayor servirá al menor» (Rom 9,10-13). Resulta, pues, claro, que no sólo las acciones proféticas, sino también el parto de Rebeca, es profecía de los dos pueblos, uno mayor y otro menor, uno bajo el servicio, otro libre, sin embargo hijos del único y mismo Padre. Pues uno solo es Dios, el nuestro y el de ellos, el que conoce los secretos, [1045] que sabe todas las cosas antes de que sucedan, y por eso dice: «Amé a Jacob más que a Esaú» (Rom 9,13).

21,3. Y si atendemos a las obras de Jacob, no las hallaremos vacías, sino llenas de Economías. En primer lugar su nacimiento, pues salió cogiendo del talón a su hermano, y por eso se le llamó Jacob (Gén 25,26), o sea «El que suplanta»: atrapa sin ser atrapado, ata los pies sin ser atado, combate y vence, detiene con la mano el talón del adversario, lo que significa victoria: para esto nació el Señor, de cuyo nacimiento Jacob era tipo, del que afirma Juan en el Apocalipsis: «Salió como vencedor para vencer» (Ap 6,2). Luego recibió la primogenitura, cuando su hermano la despreció (Gén 25,29-34): de esta manera también el pueblo nuevo (323) acogió a Cristo su primogénito (Col 1,15) cuando el pueblo más antiguo en edad (324) lo repudió diciendo: «No tenemos más rey que el César» (Jn 19,15). Y en Cristo se da toda bendición: por ello el pueblo más nuevo arrebató las bendiciones que el Padre había dado al pueblo antiguo, como Jacob la bendición de Esaú. Por eso sufría los ataques y persecuciones de su hermano, como la Iglesia de hoy los sufre de los de su raza (325).

La raza de Israel (las doce tribus) nació en suelo extranjero, porque también Cristo comenzaría a construir fuera de su patria las doce columnas de la Iglesia. Cabras manchadas fueron el salario que Jacob recibió (Gén 30,32), así como el salario de Cristo son los seres humanos que provienen de diversos pueblos para formar un solo rebaño en la fe, como el Padre le prometió: «Pídeme y te daré las naciones en herencia, y en propiedad los confines de la tierra» (Sal 2,8). Y como Jacob fue también profeta de una multitud de hijos del Señor, se vio obligado a hacerlos nacer de dos hermanas, así como Cristo lo hizo de dos leyes que provienen de uno y el mismo Padre, [1046] como de dos servidoras, para indicar que Cristo constituyó hijos de Dios a los que por la carne unos eran esclavos y otros libres; así como también a todos les dio el don del Espíritu que nos vivifica. Jacob hacía todo por la más joven de las hijas, que tenía unos ojos hermosos, Raquel, figura de la Iglesia por la cual Cristo sufrió. El mismo preparó en el tiempo antiguo, por medio de los patriarcas y profetas, usando figuras y preanuncios, los bienes que habían de venir. De esta manera puso en obra su parte en las Economías de Dios, y fue acostumbrando a su heredad a obedecer a Dios, a peregrinar por el mundo y a seguir su Palabra, para significar de antemano los bienes futuros. Así, pues, nada de lo acontecido es vano o sin significado.

3.10. Vocación de los paganos

24,1. Pablo, que era el Apóstol de los gentiles, dice: «He trabajado más que ellos» (1 Cor 15,10). Porque para ellos fue fácil la catequesis, pues podían tener a la mano las pruebas de las Escrituras: quienes escuchaban a Moisés y a los profetas (Lc 16,31), fácilmente acogían al «Primogénito de los muertos» (Col 1,18) y al «príncipe de la vida» (329) (Hech 3,15) de Dios, aquel que, extendiendo las manos, destruyó a Amalec (Ex 17,10-13), y, mediante la fe en El, da la vida al ser humano y lo cura de la herida de la serpiente (Núm 21,6-9).

En cambio a los gentiles el Apóstol debía enseñarles primero (como hemos expuesto en el libro anterior) (330) a renunciar a la superstición de los ídolos y a adorar a un solo Dios, Hacedor del cielo y de la tierra y Demiurgo de toda la creación; y que fue su Hijo, su Palabra, aquel por el cual produjo todas las cosas; que se hizo hombre en los últimos tiempos para luchar en favor del género humano, para vencer y destruir al enemigo del hombre y para dar a su plasma la victoria contra el adversario. Pues, aunque los que provenían de la circuncisión no cumpliesen las palabras de Dios, pues incluso las despreciaban, sin embargo se les había educado en no matar, fornicar, robar o cometer fraude (Mc 10,19). Sabían que todo cuanto perjudica al prójimo es malo y Dios lo desprecia. Les era, pues, fácil abstenerse de estas cosas, pues así los habían educado.

[1050] 24,2. En cambio era preciso que Pablo enseñase a los paganos que todas estas obras son malas, perjudiciales e inútiles, y dañosas incluso para quienes las realizan. Por eso trabajaba más aquel que fue llamado al apostolado entre los gentiles, que quienes predicaban al Hijo de Dios entre los de la circuncisión. A éstos los ayudaban las Escrituras que el Señor confirmó y llevó a cumplimiento, pues se presentó tal como había sido anunciado. En cambio para los paganos era extraña la nueva enseñanza y doctrina: que los dioses de los gentiles no sólo no son dioses, sino ídolos de los demonios; que hay un solo Dios que está «sobre todo principado, potestad y dominación, y sobre todo nombre» (Ef 1,21); que su Verbo, por naturaleza invisible, se hizo palpable y visible al hacerse uno de los seres humanos, que se abajó «hasta la muerte, y muerte de cruz» (Fil 2,8); que quienes creen en El se harán impasibles e incorruptibles cuando reciban el Reino de los cielos. Y a estas gentes debía predicarles con su sola palabra, sin ayuda de la Escritura. Por eso más debían laborar quienes predicaban a los paganos. Pero, al mismo tiempo, la fe de los gentiles se mostraba más generosa, pues asentían a la Palabra de Dios careciendo de instrucción en las Escrituras.

3.11. También son hijos de Abraham

25,1. De esta manera Dios hizo de las piedras hijos de Abraham (Mt 3,9), y les acercó al que es el inicio y anunciador preliminar de nuestra fe: él recibió el Testamento de la circuncisión después de haber sido justificado por la fe antes de ser circuncidado, a fin de que fuese figura de ambos Testamentos. Así ha devenido en padre de cuantos siguen al Verbo de Dios y emprenden la peregrinación por este mundo; quiero decir los fieles que provienen o de la circuncisión o del prepucio. (331) Cristo es, entonces, «la piedra angular» (Ef 2,20) que sostiene y reúne en la única fe de Abraham a los que, de uno y otro Testamento, son aptos para construir la casa de Dios. Pero la fe de los que vienen del prepucio vuelve a ligar el fin con el principio, [1051] lo último con lo primero. Antes de la circuncisión la fe se hallaba en Abraham y en los otros justos que agradaron a Dios, como ya hemos expuesto (332); mas en los últimos tiempos ha nacido en el género humano por la venida del Señor. La circuncisión y las obras de la Ley, en cambio, ocuparon el tiempo intermedio.

25,2. Estas cosas fueron representadas en figura muchas veces, por ejemplo en Tamar, la nuera de Judá (Gén 38,27-30): habiendo ella concebido gemelos, uno de ellos asomó primero la mano; y, como la comadrona pensó que era el primogénito, le ató en la mano como señal un listón rojo. Pero, una vez que hizo esto, él retiró la mano, y nació primero su hermano Fares, y sólo en segundo lugar Záraj, el que tenía la mano atada con el listón rojo. De esta manera la Escritura hizo caer en la cuenta de que el pueblo marcado con el listón rojo, es decir el que viniendo del prepucio acoge la fe, se mostró primero en los patriarcas; luego, habiendo retirado la mano, nació su hermano; sólo después nació el que había sido marcado con el listón rojo, que significa la pasión del Justo, prefigurada en un principio por Abel y descrita por los profetas, que se consumó en el Hijo de Dios, en los últimos tiempos.

3.12. Toda la Escritura habla de Cristo

25,3. Era necesario que algunas cosas de antemano fueran anunciadas por los patriarcas, a la manera propia de los antiguos padres; otras, mediante las figuras propias de la Ley, por los profetas; finalmente a otras les darían forma los que reciben la filiación adoptiva, mediante la forma de Cristo. Todas ellas, sin embargo, se manifiestan en el único Dios. Porque, siendo Abraham uno solo, prefiguraba los dos Testamentos, en los cuales unos sembraron y otros cosecharon: «En esto se muestra verdadera la palabra, porque uno es el que siembra», es decir un pueblo, «y otro el que cosecha» (Jn 4,37); pues uno solo es el Dios que da la semilla a los sembradores y el pan al segador para que coma (2 Cor 9,10; Is 55,10), así como es uno el que planta y otro el que riega, pero el único Dios el que da el crecimiento (1 Cor 3,7). Los patriarcas y profetas sembraron la palabra acerca de Cristo, pero la Iglesia ha cosechado, es decir, recogido el fruto. [1052] Por eso ellos pedían tener una tienda en ella, como dice Jeremías: «¿Quién me dará una definitiva habitación en el desierto?» (Jer 9,1), «a fin de que el sembrador y el segador se alegren juntos» (Jn 4,36) en el Reino de Cristo, el cual está presente en todos aquellos a quienes Dios quiso concederles que su Verbo estuviera con ellos.

26,1. Por consiguiente, si alguien lee atentamente las Escrituras, hallará en ellas la palabra acerca de Cristo y la figura anticipada de la vocación nueva. Este es «el tesoro escondido en el campo» (Mt 13,44), es decir en este mundo -puesto que «el campo es el mundo» (Mt 13,38), escondido en las Escrituras, puesto que estaba insinuado en los tipos y figuras, que los seres humanos no podían naturalmente comprender antes de que se cumpliera lo que estaba profetizado, o sea la venida de Cristo. Por eso el profeta Daniel decía: «Oculta las palabras y sella el libro hasta el tiempo final, hasta que muchos aprendan y se cumpla lo que saben. Pues, cuando la persecución haya llegado a su fin, se sabrán todas estas cosas» (Dan 12,4.7). Y Jeremías dice: «Estas cosas se comprenderán al final de los tiempos» (Jer 23,20). En efecto, cualquier profecía es para los seres humanos enigmática y ambigua hasta que se cumple; mas cuando llega el tiempo y sucede lo profetizado, [1053] entonces se pueden explicar las profecías claramente.

Por eso aun en nuestros tiempos lo que se lee en la Ley les parece una fábula a los judíos. Es que no tienen aquello que lo explica todo, como es lo que toca a la venida del Hijo de Dios hecho hombre. En cambio para los cristianos, cuando lo leen, se convierte en el tesoro escondido en el campo, revelado y explicado por la cruz de Cristo, que les da inteligencia a los seres humanos y muestra la sabiduría de Dios; también manifiesta las Economías en favor de los hombres, prefigura el Reino de Cristo y anuncia de antemano la heredad de la Ciudad Santa. Desde antes proclama que la persona amante de Dios de tal manera avanzará, que verá a Dios y escuchará su Palabra; y de tal escucha recibirá tal esplendor, que los demás no podrán mirar la gloria de su rostro (2 Cor 3,7; Ex 34,29-35), como dijo Daniel: «Los sabios brillarán como luminarias en el firmamento, y la multitud de los justos como estrellas, por siglos sin fin» (Dan 12,3). Por consiguiente, si alguien lee las Escrituras como acabamos de explicar -así como Cristo enseñó a los discípulos, después de resucitar de entre los muertos, mostrándoles a partir de las Escrituras que «era necesario que el Cristo padeciera todas estas cosas y así entrara en su gloria», «y en su nombre se predicara el perdón de los pecados en todo el mundo» (Lc 24,26.46-47)-, llegará a ser un perfecto discípulo, como aquel «padre de familia que saca de su tesoro cosas nuevas y viejas» (Mt 13,52).

3.13. Los legítimos sucesores de Cristo en la Congregacion/Asamblea

26,2. Por este motivo es preciso obedecer a los presbíteros de la Iglesia. Ellos tienen la sucesión de los Apóstoles, como ya hemos demostrado, y han recibido, según el beneplácito del Padre, el carisma de la verdad junto con la sucesión episcopal. [1054] En cambio a los otros, que se apartan de la sucesión original y se reúnen en cualquier parte, habrá que tenerlos por sospechosos, como herejes que tienen ideas perversas, o como cismáticos llenos de orgullo y autocomplacencia, o como hipócritas que no buscan en su actuar sino el interés y la vanagloria.

Todos éstos se apartan de la verdad. Los herejes ofrecen ante el altar de Dios un fuego profano, o sea doctrinas ajenas: los consumirá el fuego del cielo, como a Nadab y Abihú (Lev 10,1-2). A aquellos que se yerguen contra la verdad y acicatean a otros contra la Iglesia de Dios, los tragará la hendidura de la tierra y se quedarán en el infierno, como todos aquellos que rodeaban a Coré, Datán y Abirón (Núm 16,33). Aquellos que rasgan y separan la unidad de la Iglesia, recibirán de Dios el mismo castigo que Jeroboán (1 Re 14,10-16).

26,3. En cuanto a aquellos que se hacen pasar por presbíteros ante los ojos de muchos, son esclavos de sus antojos y no anteponen en sus corazones el temor de Dios; sino que atacan a los otros e, hinchados con el tumor de verse en los primeros puestos, obran el mal ocultamente, y piensan: «Nadie nos ve» (Dan 13,20). A éstos el Verbo los reprenderá, pues El no juzga según la apariencia (Is 11,3), ni se deja guiar por la cara sino por el corazón (1 Sam 16,7). Ellos escucharán la voz del profeta Daniel: «Raza de Canaán y no de Judá, la apariencia te sedujo y la concupiscencia arrastró tu corazón. Hombre envejecido en el mal, ahora se te echan encima los pecados que antes habías cometido cuando juzgabas con injusticia; condenabas a los inocentes y dejabas libres a los culpables, contra lo que dice el Señor: No matarás al inocente y al justo» (Dan 13,56.52-53). Acerca de éstos dice el Señor: «Si el mal siervo piensa en su corazón: Mi Señor tarda, y comienza a golpear a los siervos y a las sirvientas, y a comer, beber y emborracharse, vendrá el Señor de este siervo en el día que él no sabe y en la hora que él no espera, lo separará y le asignará su parte entre los infieles» (Mt 24,48-51).

26,4. De todos estos es necesario alejarse, [1055] y en cambio adherirse a aquellos que, como hemos dicho, conservan la doctrina de los Apóstoles en el orden de los presbíteros, que ofrecen una palabra sana y observan una conducta irreprochable (Tt 2,8) para edificar y corregir a los demás. Así como hizo Moisés, a quien le fue confiado tan alto encargo; estaba seguro de su recta conciencia, y se defendió ante Dios diciendo: «No he tomado nada de ellos por interés, ni he hecho mal a ninguno» (Núm 16,15). Así como Samuel, el cual durante tantos años juzgó al pueblo y sin orgullo alguno ejercitó el gobierno sobre Israel, al final de su vida se justificaba diciendo: «He pasado mi vida en vuestra presencia desde mi niñez hasta hoy. Respondedme en la presencia del Señor y de su Ungido: ¿He recibido de alguno de vosotros un becerro o un asno? ¿Sobre quién me he impuesto? ¿A quién he oprimido? Si acaso tomé con mis manos la ofrenda propiciatoria o el calzado de alguno, acusadme y yo os lo devolveré» (1 Sam 12,2-3). Y, habiendo contestado el pueblo: «No te has impuesto ni has oprimido a ninguno, ni has aceptado de nuestra mano ninguna cosa» (1 Sam 12,4), él acudió al testimonio del Señor, con estas palabras: «El Señor y su ungido me son testigos hoy, de que nada habéis encontrado en mis manos. Ellos respondieron: El es testigo» (1 Sam 12,5). También el Apóstol Pablo, seguro de su buena conciencia, dijo a los Corintios: «No somos como muchos otros, que adulteran la palabra de Dios; sino que hablamos con sinceridad ante Dios y en Cristo, con palabras que vienen de Dios» (2 Cor 7,17). «A nadie hemos hecho daño, a nadie hemos corrompido, a nadie hemos engañado» (2 Cor 7,2).

26,5. Así son los presbíteros que la Iglesia nutre. De éstos dice el profeta: «Te daré príncipes en la paz y guardianes (333) de la justicia» (Is 60,17). De ellos decía el Señor: «¿Quién es el administrador fiel, a quien su Señor pone al frente de su familia [1056] para que distribuya los alimentos a su tiempo? Dichoso el siervo a quien el Señor, al llegar, lo encontrare haciéndolo» (Mt 24,45-46; Lc 12,42-43). Pablo indica dónde se le encontrará: «Dios puso en la Iglesia en primer lugar Apóstoles, luego profetas, y en seguida maestros» (1 Cor 12,28). Pues donde Dios ha depositado sus carismas, ahí es donde conviene aprender la verdad, de aquellos que conservan la sucesión de la Iglesia y la doctrina de los Apóstoles. Ahí se halla la conducta sana e irreprochable, y la palabra no adulterada ni corrompida. Ellos custodian nuestra fe en el único Dios que hizo todas las cosas; nos hacen crecer en el amor al Hijo de Dios, que tantas Economías llevó a cabo por nosotros; y nos exponen la Escrituras sin ningún riesgo ni de blasfemar contra Dios, ni de deshonrar a los patriarcas, ni de menospreciar a los profetas.

3.14. El Antiguo Testamento corrige las fallas de los antiguos

27,1. Escuché de un presbítero que había oído de aquellos que habían visto a los Apóstoles, y de ellos había aprendido, que a los antiguos, ya que actuaban sin el consejo del Espíritu, les bastaba la corrección que les hacía la Escritura; porque Dios, que no tiene acepción de personas (Hech 10,34), corregía con un proporcionado castigo lo que se hacía contra su beneplácito.

Así le sucedió a David: agradaba a Dios cuando sufría la injusta persecución de Saúl y huía del rey, no tomando venganza de su enemigo; además cantaba salmos a la venida de Cristo, con su sabiduría instruía a las naciones y todo lo hacía conforme al consejo del Espíritu. Pero, cuando llevado por la concupiscencia tomó para sí a Betsabé, la mujer de Urías, la Escritura dice de él: «La acción de David pareció inicua a los ojos del Señor» (2 Sam 11,27). Este le envió al profeta Natán, para descubrir su pecado, a fin de que, habiéndose juzgado el mismo David y dado sentencia sobre sí mismo, recibiese la misericordia y el perdón de Cristo. [1057] «El Señor envió a David el profeta Natán, el cual le dijo: Había dos hombres en una ciudad. Uno era rico, el otro pobre. El rico poseía grandes rebaños de ovejas y bueyes, en cambio el pobre tenía sólo una ovejita, a la que amaba y alimentaba como si fuera una hija. Llegó un huésped a casa del rico, y a éste le pesó matar una oveja o un becerro de sus rebaños para agasajar al huésped; sino que cogió la ovejita del pobre y se la preparó a su huésped. David, entonces, mucho se enojó contra aquel hombre, y dijo a Natán: ¡Vive Dios, el hombre que ha hecho eso es digno de muerte! Entregará cuatro ovejas, porque no ha tenido compasión del pobre. Y Natán le dijo: Tú eres el hombre que ha hecho eso» (2 Sam 12,1-7). Y continuó reprochándole todo cuanto había hecho, enumerando los beneficios de Dios que había recibido, y cómo había irritado a Dios por haber actuado así; porque Dios no aprueba tales acciones, y por ello una grande cólera recaería sobre su casa. David se arrepintió al oírlo, y dijo: «He pecado contra el Señor» (2 Sam 12,13), y cantó el salmo penitencial, con la esperanza puesta en la venida del Señor que lava y purifica al ser humano caído bajo la sumisión del pecado.

Algo semejante sucedió a Salomón: solía juzgar rectamente, hablar con sabiduría, edificó un templo que fue figura del verdadero, pregonaba las glorias de Dios, anunciaba a las naciones la paz futura, para prefigurar el Reino de Cristo enseñó tres mil parábolas sobre la venida del Señor, cantó a Dios cinco mil cánticos (1 Re 5,12), y proclamaba la sabiduría de Dios que se encuentra en la naturaleza creada de todo árbol, de todo vegetal, de todas las aves, cuadrúpedos y peces (1 Re 5,13). Decía: «El Dios verdadero al que los cielos no pueden abarcar, ¿habitará sobre la tierra con los hombres?» (1 Re 8,27). Y agradó a Dios, los humanos lo admiraban, todos los reyes de la tierra lo buscaban para escuchar la sabiduría que Dios le había concedido (1 Re 5,14), y la reina del Sur vino a él desde los confines de la tierra para aprender de su sabiduría (1 Re 10,1-10). [1058] De ésta dijo el Señor que, cuando resucitemos para ser juzgados, ella se levantará con la generación de los que no escucharon sus palabras ni creyeron en él, para juzgarlos (Mt 12,42); porque ella aceptó la sabiduría que Dios le enseñaba por su siervo, en cambio ellos despreciaron la sabiduría que les predicaba el Hijo de Dios. Y eso que Salomón era un siervo, en cambio Cristo es el Hijo de Dios y el Señor de Salomón.

Por eso, cuando Salomón servía a Dios de modo impecable y se ponía a disposición de sus Economías, entonces era glorificado. En cambio cuando tomaba mujeres de entre todos los gentiles y les permitía levantar ídolos en Israel, la Escritura dice acerca de él: «Salomón era amante de mujeres, y tomó mujeres extranjeras. Por ello en su vejez el corazón de Salomón no era perfecto ante el Señor su Dios. Las mujeres extranjeras desviaron su corazón hacia los dioses extranjeros. Salomón hizo el mal en la presencia del Señor; no siguió al Señor como David su padre. Y el Señor se enojó contra Salomón: pues su corazón no era perfecto ante el Señor, como lo fue el corazón de David su padre» (1 Re 11,1-9). La Escritura lo condenó duramente, como dice el presbítero: «Que ninguna carne se gloríe en la presencia de Dios» (1 Cor 1,29).

3.15. También los antiguos se salvaron por Cristo: descenso a los infiernos

27,2. Por este motivo el Señor «descendió a los lugares inferiores de la tierra» (Ef 4,9) para anunciarles la Buena Nueva de su venida, para el perdón de los pecados de quienes creyeron en él. Y en él creyeron todos los que esperaban en él (Ef 1,12), es decir, los justos, profetas y patriarcas que preanunciaron su venida y se pusieron al servicio de sus Economías. A ellos, al igual que a nosotros, se les perdonaron sus pecados, que ya no podemos imputarles porque despreciaríamos la gracia de Dios (Gál 2,21). Así como ellos no nos condenan por nuestras incontinencias cometidas antes de que Cristo se manifestara en nosotros, así tampoco es justo que nosotros condenemos a quienes pecaron antes de que Cristo viniese. Pues «todos están privados de la gloria de Dios» (Rom 3,23), pero quienes vuelven sus ojos hacia la luz están justificados, no por sí mismos sino por la venida de Cristo.

Sus acciones se han puesto por escrito para instrucción nuestra (1 Cor 10,11), a fin de que, ante todo, supiésemos que uno solo es el Dios [1059] suyo y nuestro, al cual no le agrada el pecado, aunque lo cometiesen personas notables; y por ello debemos apartarnos del mal. Pues, si los antiguos que nos han precedido en los dones de Dios, por los cuales el Hijo de Dios aún no había padecido, sufrieron tales ignominias cuando faltaron en algo sirviendo a las pasiones de la carne, ¿cuánto más han de sufrirlas quienes ahora han despreciado la venida de Cristo y se han puesto al servicio de sus pasiones? También a aquéllos la muerte del Señor les perdonó los pecados; en cambio, por aquellos que ahora pecan «Cristo ya no muere, pues la muerte no tiene dominio sobre él» (Rom 6,9); sino que el Hijo vendrá en la gloria del Padre (Mt 16,27) para exigir de los administradores el dinero que les entregó para que lo hiciesen producir (Mt 25,14-30), y a quienes dio más, más les exigirá (Lc 12,48).

Por eso decía aquel presbítero, no debemos sentirnos orgullosos ni reprochar a los antiguos; sino hemos de temer, no sea que después de conocer a Cristo hagamos lo que no agrada a Dios, y en consecuencia no se nos perdonen ya nuestros pecados, sino que se nos excluya de su Reino. Pablo dijo a este propósito: «Si no perdonó las ramas naturales, él quizá tampoco te perdone, pues eres olivo silvestre injertado en las ramas del olivo y recibes de su savia» (Rom 11,21.17).

3.16. La corrección de los antiguos, pedagogía para nosotros

27,3. También están descritas las transgresiones de los antiguos, no por ellos mismos, sino para nuestra corrección, y para que sepamos que es uno y el mismo el Dios contra el cual ellos pecaban, y al cual ofenden ahora algunos de los que presumen de creyentes. El Apóstol lo dijo muy claramente en su Carta a los Corintios: «No quiero que ignoréis, hermanos, que todos nuestros padres estuvieron bajo la nube, y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y el mar, y todos comieron del mismo alimento espiritual y bebieron de la misma bebida espiritual: pues bebían de la piedra espiritual que los seguía, y la piedra era Cristo. Mas Dios no se agradó en muchos de ellos, pues quedaron muertos en el desierto.

Esto sucedió en figura de nosotros, para que no vayamos tras los malos apetitos como aquéllos lo hicieron; ni seáis idólatras como muchos de ellos, según está escrito: El pueblo se sentó a comer y a beber, y se levantó para divertirse. No nos entreguemos a la lujuria como algunos de ellos lo hicieron y, en un solo día, perecieron veintitrés mil. Ni tentemos a Cristo, como algunos lo tentaron y murieron mordidos por las serpientes. Ni murmuréis, como lo hicieron algunos de ellos, y perecieron [1060] a manos del exterminador. Todas estas cosas sucedieron en figura, pues fueron escritas para que nos sirvan de lección a quienes hemos llegado al final de los tiempos. Por eso, el que piense estar en pie, tenga cuidado de no caer» (1 Cor 10,1-12).

27,4. Sin dudar en absoluto ni mostrar contradicción alguna, el Apóstol muestra que es uno solo y el mismo Dios que entonces juzgó esas acciones y que hoy condena las actuales, e indicó el motivo por el cual aquéllas fueron descritas: aún se encuentra mucha gente atrevida y desvergonzada que, al mirar las faltas de los antepasados y la desobediencia de una gran cantidad del pueblo, dicen que el Dios de aquéllos fue el hacedor del mundo, que nació de a penuria, distinto del Padre que Cristo nos trajo, y éste es el que cada uno de ellos imagina haber concebido en su mente. Esos no entienden que, así como «Dios no se agradó en muchos de ellos» (1 Cor 10,5) porque pecaron, así también ahora «son muchos los llamados y pocos los escogidos» (Mt 22,14).

Y como entonces los injustos, idólatras y fornicadores perdieron la vida, así también ahora el Señor predicó que enviará a los tales al fuego eterno (Mt 25,41), como dice el Apóstol: «¿Acaso ignoráis que los injustos no heredarán el reino de Dios? No os engañéis: ni los fornicadores, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni quienes se acuestan con otros hombres, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los rapaces poseerán el reino de Dios» (1 Cor 6,9-10). Y como esto no lo dice a los de fuera, sino a nosotros, para que no seamos excluidos del Reino de Dios por hacer tales cosas, añadió: «Esto fuisteis, pero habéis sido lavados y santificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6,11).

Pues así como entonces quienes obraban mal y corrompían a los otros, fueron condenados y echados fuera, de igual manera en nuestro tiempo se arrancarán el ojo, el pie y la mano que escandalizan, para que no perezca todo el cuerpo (Mt 18,8-9). Este precepto hemos recibido: «Si algún hermano es fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón, con un hombre así ni os sentéis a la mesa» (1 Cor 5,11). Y también dice: «Que nadie os seduzca con palabras vacías: por eso la ira de Dios recae sobre los hijos de la desobediencia. No queráis, pues, tener parte con ellos» (Ef 5,6-7). En aquel tiempo junto con los pecadores a los demás les tocaba la condenación, porque se complacían con ellos y compartían sus acciones, porque «un poco de fermento corrompe toda la masa» (1 Cor 5,6).

También descendía entonces sobre los injustos la ira de Dios, como dice el Apóstol: [1061] «La ira de Dios se revelará desde el cielo sobre toda impiedad e injusticia de aquellos hombres que encierran la verdad en la injusticia» (Rom 1,18). Y como entonces Dios se vengó de los egipcios que injustamente maltrataban a Israel, así también ahora, como dice el Señor: «¿Y Dios no tomará la venganza de sus elegidos que claman a él día y noche? En verdad os digo, los vengará pronto» (Lc 18,7-8). Igualmente el Apóstol predica en su Carta a los Tesalonicenses: «Ya que Dios es justo, hace pagar con sufrimiento a aquellos que os afligen, y junto con nosotros os hará descansar de la aflicción, cuando nuestro Señor Jesucristo se manifieste del cielo con sus poderosos ángeles para, con la llama de fuego, tomar venganza de aquellos que no quieren conocer a Dios ni obedecer al Evangelio de Jesús nuestro Señor. Ellos sufrirán el castigo de la eterna perdición, separados de la presencia del Señor y del poder de su gloria, cuando venga a manifestar su gloria en sus santos y para mostrarse admirable en quienes creyeron en él» (2 Tes 1,6-10).

3.17. Mejor justicia y moral en el Nuevo Testamento

28,1. En uno y otro Testamento se trata de la misma justicia en el juicio de Dios; sólo se diferencian en que, en el primero, se expresa en figura, de modo temporal y más limitado, y en el segundo de manera real, verdadero, para siempre y con precisión; pues el fuego es eterno, y del cielo se ha de revelar la cólera de Dios (Rom 1,18) «lejos de la presencia del Señor» (2 Tes 1,9), como dice David: «El rostro del Señor se vuelve a los que hacen el mal para borrar de la tierra su recuerdo» (Sal 34[33],17). El castigo será mayor para los que caen en su justicia. Los presbíteros llamaban insensatos a aquellos que, al considerar lo que sucedió a aquellos que en otro tiempo no obedecían a Dios, pretenden introducir a otro Padre: para probar su idea ellos oponen todo lo que el Señor hizo para salvar a cuantos lo recibieron al venir para mostrarles su misericordia (Mc 5,19), pero callan acerca de su juicio y de cuanto les sobrevendrá a aquellos que, habiendo escuchado su palabra, no la han puesto por obra (Lc 6,49). Olvidan que sería mejor para ellos no haber nacido (Mt 26,24), y que «en el día del juicio mejor le irá a Sodoma y Gomorra que a aquella ciudad» que rehusó acoger la palabra de sus discípulos (Mt 10,15; Lc 10,12).

28,2. En el Nuevo Testamento [1062] creció la fe de los seres humanos en Dios, al recibir al Hijo de Dios como un bien añadido a fin de que el hombre participara de Dios. De modo semejante se incrementó la perfección de la conducta humana, pues se nos manda abstenernos no sólo de las malas obras, sino también de los malos pensamientos (Mt 15,19), de las palabras ociosas, de las expresiones vanas (Mt 12,36) y de los discursos licenciosos (Ef 5,4): de esta manera se amplió también el castigo de aquellos que no creen en la Palabra de Dios, que desprecian su venida y se vuelven atrás, pues ya no será temporal sino eterno. A tales personas el Señor dirá: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno» (Mt 25,41), y serán para siempre condenados. Pero también dirá a otros: «Venid, benditos de mi Padre, recibid en herencia el reino preparado para vosotros desde siempre» (Mt 25,34), y éstos recibirán el Reino en el que tendrán un perpetuo progreso. Esto muestra que uno y el mismo es Dios Padre, y que su Verbo siempre está al lado del género humano, con diversas Economías, realizando diversas obras, salvando a quienes se han salvado desde el principio -es decir, a aquellos que aman a Dios y según su capacidad siguen a su Palabra-, y juzgando a quienes se condenan, o sea a quienes se olvidan de Dios, blasfeman y transgreden su Palabra.

3.18. Un caso: los egipcios endurecen su corazón

28,3. Los herejes de los que estamos hablando se contradicen al acusar al Señor en quien dicen creer. Pues lo inculpan por haber dado un castigo temporal a los incrédulos y herido a los egipcios, en cambio salvó a los obedientes; pues lo mismo hace el Señor cuando condena para siempre a los que condena y eternamente salva a los que salva. Si nos atuviésemos a las ideas de ellos, El sería culpable de un gran pecado contra aquellos que le echaron encima las manos y lo clavaron; porque si él no hubiera venido ellos no habrían matado a su Señor; e igualmente si no les hubiese enviado profetas y Apóstoles, ellos no los habrían matado. Pero algunos de ellos nos atacan diciendo: si no se hubiesen anegado los egipcios y los perseguidores de Israel no se hubieran ahogado en el mar, Dios no habría podido salvar a su pueblo. Les respondemos: si los judíos no hubiesen asesinado al Señor, el cual luego los privó de la vida eterna, y no hubiesen matado a los Apóstoles ni perseguido la Iglesia de modo que por ello cayeran en el abismo de la ira divina, nosotros tampoco estaríamos salvados.

Así como aquéllos fueron salvados por la ceguera de los egipcios, [1063] así nosotros lo fuimos por la de los judíos; pues la muerte del Señor ha sido motivo de condenación para aquellos que no creyeron en su venida y lo crucificaron, así como lo es de salvación para quienes creen en El. Como dice el Apóstol en su segunda Carta a los Corintios: «Somos el buen olor de Cristo para Dios entre los salvados y los condenados: olor de muerte para los que mueren, y olor de vida para los que viven» (2 Cor 2,15-16). ¿A quiénes este olor conduce a la muerte, sino a los que no creen ni obedecen al Verbo de Dios? ¿Quiénes son los que entonces se entregaron a la muerte? Aquellos que no creían ni se sometían a Dios. ¿Quiénes se salvaron y recibieron la herencia? Aquellos que creían en Dios y se mantuvieron en el amor a él, como Caleb hijo de Jefoné y Josué hijo de Nun, así como los niños inocentes que ni siquiera tenían el sentido de la malicia (Núm 14,30-31). ¿Y quiénes se salvan ahora y reciben la vida? ¿Acaso no son aquellos que aman a Dios, creen en sus promesas, y se han hecho «niños en la malicia» (1 Cor 14,20)?

29,1. Pero, alegan, fue Dios quien endureció el corazón del faraón y de sus ministros (Ex 9,34). ¿Acaso quienes así lo acusan no han leído lo que en el Evangelio respondió Jesús a sus discípulos cuando le preguntaron: «¿Por qué les hablas en parábolas?» El contestó: «A vosotros se os concede conocer el misterio del reino de los cielos; a ellos les hablo en parábolas para que, viendo, no vean, y oyendo no oigan; de este modo se cumplirá en ellos la profecía de Isaías: Endurece el corazón de este pueblo, tapa sus oídos y ciega sus ojos. Dichosos en cambio vuestros ojos que ven lo que veis y vuestros oídos que oyen lo que oís» (Mt 13,10-16). Es uno y el mismo el Señor que hiere con la ceguera a todos los incrédulos que lo rechazan. Sucede como con el sol, que es creatura suya, para aquellos que por alguna enfermedad de los ojos no pueden contemplar su luz; en cambio a quienes creen en él y lo siguen, les concede una más plena y brillante iluminación de su mente.

[1064] Este es el mismo razonamiento que hace el Apóstol en la segunda Carta a los Corintios: «Dios ha cegado las mentes de los incrédulos de este mundo, a fin de que no brille (en ellos) la luz del Evangelio para la gloria de Cristo» (2 Cor 4,4). Y también en la Carta a los Romanos: «Y como no se preocuparon por conocer a Dios, Dios los entregó a su mente pervertida para que hagan lo que no deben» (Rom 1,18). Y también dice en la segunda Carta a los Tesalonicenses, acerca del Anticristo: «Por eso Dios les envió un Poder del engaño, para que crean en la mentira y se condenen todos aquellos que no creyeron en la verdad, sino que consintieron en la iniquidad» (2 Tes 2,11-12).

29,2. Lo mismo sucede ahora. Dios sabe quiénes son los que no habrán de creer, pues conoce de antemano todas las cosas, los entrega a su incredulidad, retira de ellos su rostro y los abandona en las tinieblas que ellos mismos eligieron. ¿Por qué admirarse, entonces, de que en aquel tiempo abandonó en su incredulidad al faraón y a sus ministros, los cuales jamás habrían creído en él? Como el Verbo de Dios habló a Moisés desde la zarza: «Sé que el faraón, rey de Egipto, no os permitirá partir, sino con mano fuerte» (Ex 3,19). El Señor hablaba en parábolas y cegaba a Israel para que viendo no vieran, porque conocía su incredulidad, de modo semejante y por la misma razón por la cual endureció el corazón del faraón, a fin de que, viendo cómo el dedo de Dios sacaba su pueblo, no creyese. Lo dejó anegarse en el mar de la infidelidad, imaginando que la salida del pueblo y su paso por el mar rojo se debía a algún truco de magia, y no al poder de Dios que había decidido este tránsito para su pueblo, sino que era efecto de causas naturales.

3.19. Un caso: el robo que cometieron los hebreos

30,1. Ellos también reprueban y condenan el hecho de que, por mandato de Dios, el pueblo hubiese tomado de los egipcios todo tipo de ropa y de utensilios antes de partir, con los cuales fabricaron después el tabernáculo del desierto. Claramente se ve que ignoran la justicia y las Economías de Dios, como decía el presbítero. Pues si Dios no hubiese consentido en ello, cuando sucedía en figura, ahora, cuando hemos llegado al cumplimiento [1065] (es decir a la fe por la que hemos salido de entre los gentiles), nadie podría salvarse. Pues todos tenemos, unos más y otros menos, alguna propiedad que hemos adquirido «con la mammona de iniquidad» (Lc 16,9). ¿De dónde más hemos sacado la casa donde vivimos, el vestido con que nos cubrimos, los utensilios que usamos y todas las demás cosas necesarias para la vida ordinaria, sino de aquello que, siendo aún gentiles, adquirimos o por deseo de lucro o de parientes y amigos, muchas veces injustamente; además de todo aquello que hemos adquirido ahora, cuando vivimos en la fe? ¿Hay vendedor que no quiera sacar alguna ganancia del comprador? ¿O hay comprador que no pretenda obtener alguna utilidad del vendedor? ¿Qué negociante no tiene la intención de ganar de su negocio el alimento? ¿Acaso los fieles que viven en el palacio real no sacan de los bienes del César lo que necesitan para su uso, y no da algo a cada uno de los necesitados según sus posibilidades? Los egipcios debían mucho al pueblo de Israel: no sólo en cuanto a bienes, sino también en cuanto a su vida, pues la salvaron por la antigua generosidad del patriarca José. ¿Mas ahora son de algún modo nuestros deudores los paganos de los que obtenemos alguna utilidad o ganancia? Lo que ellos adquieren con fatiga, nosotros, los creyentes, lo usamos sin trabajo.

30,2. Nótese que el pueblo hebreo servía a los egipcios con una dura esclavitud, como la Escritura describe: «Los egipcios oprimían a los hijos de Israel con mano fuerte, y les hacían la vida odiosa imponiéndoles duros trabajos. Los obligaban a trabajar el lodo y los ladrillos y a realizar toda clase de faenas del campo, obligándolos por la fuerza a todo tipo de labores» (Ex 1,13-14). De esta manera levantaron ciudades amuralladas (Ex 1,11). Con el exceso de su trabajo servil durante muchos años engordaron los bienes de los egipcios; y en cambio éstos no sólo se mostraron ingratos, sino que los tuvieron por enemigos y quisieron eliminarlos. ¿Dónde, pues, está la injusticia si tomaron un poco de lo mucho que habían producido, aquellos que habrían podido aumentar sus bienes y salir ricos, si no hubiesen estado bajo la esclavitud? En realidad tomaron un poco de paga por tan larga esclavitud, y aun así se escaparon pobres.

[1066] Es como si un hombre libre, raptado por la fuerza para servir por largos años a su secuestrador y aumentarle sus riquezas, si alguna vez consiguiese alguna ayuda para escapar, tomase una pequeña parte de los bienes conseguidos con sus muchos trabajos. Si alguien lo condenara por haber hecho una injusticia, más bien estaría demostrando ser un juez más injusto que quien había sido por la fuerza sometido a servidumbre. De esta calaña son aquellos que acusan al pueblo por haber tomado un poco de lo producido con sus trabajos excesivos; y en cambio no condenan a aquellos que no agradecieron en absoluto lo que habían recibido por el esfuerzo de sus padres (334), sino que los habían sometido a la más dura esclavitud para sacar de ellos provecho. Los herejes tildan de injustos a quienes tomaron unos pocos objetos de oro y monedas de plata, como arriba dijimos, y en cambio se tienen a sí mismos por justos -y diremos la verdad, aunque a algunos les parezca ridículo-, cuando ellos portan en sus cinturones oro y plata debidos al trabajo de otros, que llevan impresas la inscripción y la imagen del César (Mt 22,20-21).

30,3. Si nos comparamos con ellos, ¿a quién parece habérsele tratado con más justicia: al pueblo liberado de los egipcios que les debían todo, o a nosotros rescatados de los romanos y de otras naciones que nada nos debían? Gracias a ellos el mundo vive en paz, de modo que, sin temor, podemos viajar y navegar a donde queremos. Vale contra estos (herejes) el dicho del Señor: «Hipócrita, quita primero la viga de tu ojo, y luego atenderás a sacarle a tu hermano la paja de su ojo» (Mt 7,5). Si alguien te echa en cara lo anterior y se gloría de su gnosis, pero habiéndose separado de los paganos no conserva para sí nada que venga de otros, sino que vive desnudo, descalzo y sin casa por los montes como los animales que sólo se alimentan de hierba, entonces merecerá tu perdón, porque ignora las necesidades de nuestra convivencia. [1067] Pero si posee cosas que provienen de otros, y sin embargo critica su figura (335), no hace sino desenmascarar su propia injusticia volviendo contra sí mismo su acusación contra ellos; porque anda con cosas de otros y desea tener lo que no es suyo. Por eso dijo el Señor: «No juzguéis y no seréis juzgados; pues con el mismo juicio con que juzguéis seréis juzgados» (Mt 7,1-2). No enseña que debamos abstenernos de corregir al que peca ni que estemos de acuerdo con quienes obran mal; sino que evitemos juzgar injustamente las Economías de Dios, puesto que él prefiguró todo de manera justa.

Y sabiendo que nosotros también obraríamos bien al poseer algo recibido de otros, dijo: «El que tenga dos túnicas dé una al que no tenga, y haga lo mismo quien tenga comida» (Lc 3,11); y: «Tuve hambre y me disteis de comer, desnudo y me vestisteis» (Mt 25,35-36); y: «Cuando des limosna, que tu mano izquierda no sepa lo que hace tu derecha» (Mt 6,3). Lo mismo se diga de todas las obras de beneficencia por las cuales somos justificados, como si redimiéramos lo nuestro al dar de lo ajeno. Y digo de lo ajeno, no porque el mundo sea ajeno a Dios, sino porque hemos recibido de otros esos bienes, así como los hebreos los recibieron de los egipcios que no conocían a Dios. Y usándolos construimos en nosotros mismos el santuario de Dios, en cuanto Dios habita en quienes hacen el bien. Como dice el Señor: «Haced amigos con el dinero inicuo, para que ellos, cuando se os eche, os reciban en los eternos tabernáculos» (Lc 16,9). Nosotros, pues, somos justificados como creyentes cuando convertimos en utilidad para el Señor aquello que como paganos habíamos adquirido de la injusticia.

30,4. Por necesidad las cosas de entonces debían suceder en figura, cuando con ellas se construía el tabernáculo de Dios. Ellos, como hemos dicho, tomaron de otros de manera justa, para prefigurarnos a nosotros, los que habríamos de usar de cosas adquiridas de otros para servir a Dios. Pues todo lo que sucedió cuando Dios formó al pueblo sacado de Egipto fue tipo y figura de la formación de la Iglesia que un día sería sacada de entre los gentiles. Por este motivo El la sacará de aquí para guiarla hasta su heredad, que al final le dará ya no Moisés el siervo de Dios, sino Jesús su Hijo. [1068] Mas si alguien atiende con más cuidado a lo que han dicho los profetas acerca de ese final y a lo que Juan, el discípulo del Señor, contempló en el Apocalipsis, notará que las naciones paganas en general sufrirán las mismas plagas que en particular afligieron a Egipto.

3.20. Lot, figura de Cristo

31,1. El presbítero nos entretenía discurriendo sobre estos temas acerca de nuestros antepasados, y decía: «Aunque la Escritura reprocha a los patriarcas y profetas, no conviene que nosotros los condenemos por sus actos, para no hacernos como Cam, sobre el que recayó la maldición por burlarse de la desnudez de su padre; sino que debemos dar gracias a Dios por ellos, porque se les perdonaron sus pecados en vista de la venida de nuestro Señor». Nos decía que también ellos se alegraban y daban gracias por nuestra salvación. En otros casos la Escritura no condena las acciones, sino que se reduce a describirlas. Nosotros tampoco debemos convertirnos en acusadores de ellas, pues no amamos a Dios más que ellos, ni podemos ponernos «por encima del maestro» (Mt 10,24), sino que debemos buscar en ellos su aspecto de figura; porque nada de lo que la Escritura narra sin condenarlo sucedió sin sentido.

Por ejemplo, el caso de Lot, que sacó a sus hijas de Sodoma, las cuales quedaron preñadas de su padre, y que dejó en el campo a su mujer convertida en estatua de sal (Gén 19,26) hasta el día de hoy. Lot fue una figura para hoy, y no concibió de sus hijas por su voluntad, ni por concupiscencia, ni por haber entendido el significado o haber pensado en ello, según la Escritura: «La mayor se acercó a su padre esa noche y durmió con él; y Lot no se dio cuenta cuándo ella se acostó o se levantó» (Gén 19,33). Y con la menor sucedió de esta manera: «Y no se dio cuenta cuando se durmió con él ni cuando se levantó» (Gén 19,35). Mientras este hombre no podía advertirlo ni buscaba el placer, tuvo lugar la Economía de Dios, que con este suceso de las dos hijas [1069] representó las dos sinagogas (336) que quedaron preñadas de un mismo Padre, fecundas sin placer de la carne. Porque no había nadie más de quien ellas pudieran obtener el semen de la vida para producir el fruto de los hijos, como está escrito: «La mayor dijo a la menor: Nuestro padre es viejo, y no hay en el país ningún hombre que se una a nosotras, como se acostumbra en toda la tierra. Vamos a embriagar a nuestro padre, para de él tener una descendencia» (Gén 19,31-32).

31,2. Las hijas decían esto porque pensaban con ingenuidad e inocencia que todos los hombres habían muerto como los sodomitas, y la ira de Dios había asolado toda la tierra. Por eso aun ellas son excusables, pues imaginaban haber quedado solas con su padre para conservar la raza humana, y por eso se acostaron con él. Sus palabras fueron un signo de que no hay nadie que pueda hacer engendrar a las dos sinagogas, la menor y la mayor, fuera de nuestro Padre. El Padre del género humano es el Verbo de Dios, como se le reveló a Moisés: «¿No es éste tu Padre, el que te adquirió, te hizo y te creó?» (Dt 32,6).

¿Y cuándo infundió a la raza humana el semen de la vida que es el Espíritu, el cual nos da la vida y nos perdona los pecados? ¿Acaso no fue cuando se deleitaba viviendo con los seres humanos y bebiendo con ellos el vino de la tierra -«Vino el Hijo del Hombre que come y bebe» (Mt 11,19)-, y que se acostaba y dormía, como él mismo dice por David: «Me acosté y me dormí» (Sal 3,6)? Y como lo hizo mientras vivía y estaba en contacto con nosotros, también dice: «Mi sueño se me hizo dulce» (Jer 31,26). [1070] Lot fue figura de todo esto: el semen del Padre de todas las cosas, o sea el Espíritu de Dios por el cual fueron hechas todas ellas, se mezcló y unió con la carne, quiero decir con su plasma, y con esa mezcla y unidad dos sinagogas, o sea las dos asambleas, han engendrado de su Padre hijos vivientes para el Dios vivo.

31,3. Y mientras esto sucedía, la mujer de Lot se había quedado en Sodoma, no en su estado de carne corruptible, sino convertida en estatua de sal (Gén 19,26). Permaneciendo así para siempre significó lo que es propio de la naturaleza y costumbres de los seres humanos; porque la Iglesia, que es «sal de la tierra» (Mt 5,13), ha quedado abandonada en el campo de la tierra, sufriendo las limitaciones humanas; y, aunque una y otra vez se le arrancan miembros completos, sigue siendo la estatua de sal, es decir el fundamento de la fe, que da firmeza a los hijos y los dirige hacia su Padre.

3.21. Conclusión: un solo ELOHIM de los dos Testamentos

32,1. Sobre estos dos Testamentos solía discurrir el presbítero discípulo de los Apóstoles, mostrando que uno y otro provenían del único mismo Dios. Pues no hay otro Dios fuera del que nos hizo y nos plasmó, ni tienen base alguna las doctrinas de quienes afirman que este mundo nuestro fue hecho o por los ángeles, o por cualquier otro Poder, o por otro Dios. Pues si alguna vez alguien se apartase del Hacedor de todas las cosas, y enseñase que cualquier otro creó cuanto nos rodea, esa persona por fuerza caería en muchas incongruencias y contradicciones, y no hallaría para probarlas ningún motivo basado en la verdad o en algo que se le parezca. Por esta razón quienes inventan otras doctrinas nos ocultan la idea que tienen acerca de Dios, conociendo la debilidad y vaciedad de ellas, pues temen que, si las exponen, corren peligro de no poder salvarlas.

Mas si una persona cree en un solo Dios [1071] y en su Verbo que hizo todas las cosas, como dice Moisés: «Y Dios dijo: ¡Hágase la luz! Y la luz se hizo» (Gén 1,3); y leemos en el Evangelio: «Todo fue hecho por El, y sin El nada ha sido hecho» (Jn 1,3); y algo semejante en el Apóstol Pablo: «Un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todas las cosas que está sobre todas, a través de todas y en todos nosotros» (Ef 4,5-6), esa persona ante todo se mantendrá ligada «a la cabeza, de la cual todo el cuerpo se mantiene unido y ordenado, a través de todas las junturas y la distribución de sus partes, según la medida de cada una de ellas, para dar crecimiento a su cuerpo y edificarlo en la caridad» (Ef 4,16; Col 2,19); y en consecuencia toda palabra que enseñe será sólida, si lee la Escritura con cuidado como la mantienen los presbíteros de la Iglesia, pues conservan la doctrina apostólica, según antes hemos demostrado.

32,2. Todos los Apóstoles, en efecto, enseñaron que los dos Testamentos corresponden a dos pueblos, mas uno solo y el mismo es Dios que dispuso uno y otro para el bien de la humanidad, ya que dio el primer Testamento a quienes empezaban a creer en Dios, como hemos demostrado en el libro tercero a partir de la doctrina de los Apóstoles. Y no se dio este primer Testamento en vano, ni sin una finalidad, ni al acaso; sino que sometió al servicio de Dios a aquellos a quienes se les dio para su propio provecho, pues Dios no necesita del servicio de los seres humanos. Además, se les dio como una figura de los bienes celestiales, porque los seres humanos aún no eran capaces de soportar a ojo desnudo la visión de las cosas divinas; también prefiguró las realidades de la Iglesia, a fin de que se afirmase nuestra fe; pues llevaba en sí la profecía de los bienes futuros, con el objeto de enseñar al género humano que Dios conoce de antemano todas las cosas.

4. Verdadera y falsa gnosis 4.1. El discípulo espiritual juzga a todos

[1072] 33,1. El discípulo verdaderamente espiritual, que acoge al Espíritu de Dios -el cual desde el principio se hizo presente a los seres humanos en todas las Economías de Dios, anunció las cosas futuras, reveló las presentes y narró las pasadas-, «juzga a todos, pero a él nadie lo juzga» (1 Cor 2,15). El juzga a los gentiles, «que sirven a la creatura más que al Creador» (Rom 1,25), y, guiándose en todo con su mente perversa (Rom 1,28), consumen en vano todas sus obras. También juzga a los judíos, que no aceptan la Palabra de la libertad, ni quieren liberarse aun teniendo presente al liberador; sino que, simulando servir al Dios que de nada necesita, de modo extemporáneo y contra la Ley, no reconocen la venida de Cristo para la salvación de todos los seres humanos, ni quieren entender que todos los profetas anunciaron su doble advenimiento: el primero, cuando vino como un hombre lleno de heridas, cargando nuestra debilidad (Is 53,3), sentado en un pollino (Zac 9,9), como piedra desechada por los constructores (Sal 118[117],22), como oveja llevada al matadero (Is 53,7), que destruyó a Amalec extendiendo sus manos (Ex 17,11), que congregó desde los confines de la tierra a los hijos dispersos en el ovil del Padre (Is 11,12; Jn 11,52), que, acordándose de los muertos que habían dormido antes de El descendió a ellos para arrancarlos (de la muerte) y salvarlos. [1073] Y el segundo, cuando vendrá sobre las nubes (Dan 7,13), para iniciar el día que será como un fuego ardiente (Mal 4,1), herirá la tierra con la Palabra de su boca y con el soplo de sus labios matará a los impíos (Is 11,4), tendrá en su mano el bieldo para limpiar su era, recogerá el trigo en el granero y quemará la paja en fuego inextinguible (Mt 3,12; Lc 3,17).

33,2. También juzgará (337) la doctrina de Marción. ¿Cómo es posible que acepte dos dioses infinitamente separados entre sí? ¿O cómo puede ser bueno el Dios que arranca a los seres humanos que no le pertenecen, de su Creador que los llama a su Reino? ¿Cómo puede ser su bondad tan menguada que no salva a todos? ¿Cómo le es posible aparentar ser bueno ante los seres humanos, si se muestra muy injusto para su Creador y le arrebata lo que le pertenece? ¿Cómo puede obrar de manera justa el Señor, si proviene de otro Padre, cuando toma de nuestra creación el pan para convertirlo en su cuerpo, y la mezcla del cáliz (338) para afirmar que es su cuerpo? ¿Cómo se presentaba a sí mismo como Hijo del Hombre, si no hubiese asumido la generación propia de los seres humanos? ¿Cómo podría perdonarnos los pecados que nosotros cometemos contra nuestro Dios y Creador? Y si no era la suya verdadera carne, sino que sólo aparecía como un hombre, ¿cómo fue crucificado y de su costado salió sangre y agua (Jn 19,34)? ¿Qué cuerpo sepultaron los sepultureros, y qué resucitó de entre los muertos?

33,3. También juzgará a todos los valentinianos, porque con la boca confiesan a un solo Dios y Padre del que todo procede (1 Cor 8,6), pero tienen al que hizo todas las cosas como un producto de la penuria y de la caída. De igual manera confiesan con la boca a un solo Señor Jesucristo Hijo de Dios, [1074] pero luego en su doctrina distinguen diversas emisiones: la propia del Unigénito, una distinta para el Verbo y otra para el Salvador; de modo que, según ellos, todo es uno, pero cada uno de estos (Eones) debe entenderse por separado y tiene emisión particular a partir de su propia unión conyugal (339). Así, pues, ellos solamente simulan aceptar la unidad, pero su enseñanza y el sentido de sus ideas, que pretenden escudriñar lo más profundo (1 Cor 2,10), se apartan de la unidad, y así caerán en la múltiple condena de Dios cuando Cristo los interrogue sobre sus invenciones acerca de él. Pues andan diciendo que El nació después del Pléroma de los treinta Eones, y que sólo fue emitido después de la defección y la caída, por la pasión que sintió Sofía: ¡como si ellos la hubiesen asistido en el parto! (340) Aun Homero, su profeta de quien han aprendido tales cosas, los acusará, pues dice: «Para mí es tan odioso como las puertas del infierno aquel que una cosa dice y otra esconde en su corazón» (341).

Igualmente juzgará la palabrería de los malvados gnósticos, desenmascarándolos como discípulos de Simón Mago.

33,4. También juzgará a los ebionitas. ¿Cómo podrán salvarse si no es Dios aquel que llevó a cabo su salvación sobre la tierra? ¿Y cómo el ser humano se acercará a Dios, si Dios no se ha acercado al hombre? ¿Cómo se librarán de la muerte que los ha engendrado, si no son regenerados por la fe para un nuevo nacimiento que Dios realice de modo admirable e impensado, cuyo signo para nuestra salvación [1075] nos dio en la concepción a partir de la Virgen? (342) ¿Cómo serán adoptados como hijos de Dios, si se quedan en el origen propio de los seres humanos en este mundo? ¿Cómo (el Señor) habría sido más que Salomón y que Jonás (Mt 12,41-42), o Señor de David (Mt 22,43), si hubiese sido sólo de su misma substancia? ¿Como habría podido derrotar a aquel que era más fuerte que el hombre y lo tenía sujeto, de vencer al vencedor para liberar al ser humano vencido, si no hubiese sido superior al hombre vencido? ¿Y quién más puede ser mejor y más excelente que el hombre hecho a imagen y semejanza de Dios, sino el Hijo de Dios a cuya imagen fue hecho el ser humano? Por este motivo el Hijo, al final, manifestó la semejanza de Dios, haciéndose hombre y asumiendo para sí el antiguo plasma, como hemos expuesto en el libro tercero (343).

33,5. También juzgará a los que lo reducen a una apariencia. ¿Cómo se imaginan poder argumentar con verdad si su Maestro fue aparente? ¿Cómo les es posible sostener una sólida doctrina recibida de aquel que, según ellos, era apariencia y no verdad? ¿Cómo serán capaces de participar en la salvación, si aquel en quien ellos dicen creer se manifestó como aparente? En consecuencia, todo cuanto ellos enseñan es apariencia y no verdad. Aun se les podría preguntar si ellos mismos no serán sino animales irracionales que en apariencia se muestran a los demás como seres humanos.

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33,7. También juzgará a los que provocan divisiones, vacíos del amor de Dios, los cuales más buscan su provecho que la unidad de la Iglesia. Estos, alegando cualquier motivo sin peso, dividen y fragmentan el grande y glorioso Cuerpo de Cristo, y en cuanto está de su parte de nuevo lo matan. Hablan de paz mientras hacen la guerra, «cuelan el mosquito mientras se tragan el camello» (Mt 23,24). Esos tales no pueden ofrecer una corrección tan grande cuanto lo es el daño que provocan con las divisiones. Juzgará a todos los que están alejados de la verdad, es decir, que se han puesto fuera de la Iglesia.

En cambio a él nadie lo juzga (1 Cor 2,15). [1077] En efecto, en él todo es coherente: la fe es completa en el único Dios omnipotente, del que todo proviene; y en el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas, y en su Economía salvífica por la cual el Hijo de Dios se hizo hombre; doctrina firme en virtud del Espíritu de Dios que concede el conocimiento de la verdad, que reveló las Economías del Padre y del Hijo, a través de las cuales se manifestó al género humano, según la voluntad del Padre (344).

33,8. La verdadera gnosis es la doctrina de los Apóstoles, la antigua estructura de la Iglesia en todo el mundo, y lo típico del Cuerpo de Cristo, formado por la sucesión de los obispos, a los cuales (los Apóstoles) encomendaron las Iglesias de cada lugar. Así nos llega sin ficción la custodia de las Escrituras, en su totalidad, sin que se le quite o se le añada alguna cosa, su lectura sin fraude, la exposición legítima y llena de afecto (por la Palabra) según las mismas Escrituras, sin peligro y sin blasfemia. [1078] Y sobre todo el don del amor, más valioso que la gnosis, más glorioso que la profecía y superior a todos los demás carismas.

4.2. Los mártires, testigos de la verdad

33,9. Por eso la Iglesia de todas partes, por el amor a Dios, todo el tiempo está enviando al Padre una multitud de mártires. En cambio los herejes no sólo no tienen esta gloria que mostrar, sino que ni siquiera tienen por necesario el martirio; porque el verdadero martirio (345) sería su doctrina. Desde que el Señor apareció sobre la tierra, apenas alguno de ellos ha obtenido misericordia junto con nuestros mártires, soportando el oprobio de llevar el Nombre (1 Pe 4,14), y con ellos ha sido llevado (al suplicio), como un pequeño don que se les otorga.

Solamente la Iglesia, siempre purificada, al mismo tiempo aumenta sus miembros y se va completando: como su figura como lo fue la esposa de Lot convertida en estatua de sal (Gén 19,26) lleva siempre sobre sí el oprobio de quienes sufren persecución por la justicia, soporta todos los tormentos y sufre la muerte por el amor a Dios y la confesión de su Hijo. De esta manera los antiguos profetas sufrieron la persecución, como el Señor dice: «Así fueron perseguidos los profetas antes de vosotros» (Mt 5,12), porque de nuevo sufre la persecución de quienes no acogen al Verbo de Dios, en el mismo Espíritu que descansa sobre ella.

4.3. Los profetas testifican la verdad de Cristo

33,10. Los profetas, en efecto, junto con muchas otras profecías también anunciaron este hecho: que aquellos sobre los cuales reposara el Espíritu de Dios, [1079] obedecieran a la Palabra del Padre y lo sirvieran según sus fuerzas, habrían de sufrir la persecución, serían lapidados y asesinados. Y los profetas mismos se convirtieron en una figura de todo esto, por el amor a Dios y por su Palabra.

Siendo también miembros de Cristo, cada uno de ellos ejercía en cuanto miembro particular su oficio de profeta, y sin embargo todos ellos, siendo muchos, han prefigurado y anunciado las obras de uno solo. Pues, así como en nuestros miembros se manifiesta la actividad de todo el cuerpo, pero la figura de todo el cuerpo humano no se expresa mediante un solo miembro sino mediante el conjunto, así también todos los profetas prefiguraron a uno solo. Mas cada uno de ellos en cuanto era un miembro cumplía en parte la Economía y profetizaba en cuanto lo propio de ese miembro la obra de Cristo.

33,11. Algunos de ellos lo contemplaron en su gloria (Is 6,1) y vieron su estado glorioso a la derecha del Padre (Sal 110[109],1). Otros lo vieron en la figura de un Hijo de Hombre que venía sobre las nubes (Dan 7,13), y dijeron de él: «Verán al que traspasaron» (Zac 12,10). Dieron a conocer su venida, como él mismo dice: «¿Acaso cuando venga el Hijo del Hombre encontrará fe sobre la tierra?» (Lc 18,8), y Pablo escribe: «Si es justo ante Dios retribuir con aflicción a quienes os afligen, vosotros los afligidos, descansaréis con nosotros cuando del cielo se revele el Señor Jesús junto con los poderosos ángeles en la llama de fuego» (2 Tes 1,6-8).

Otros lo llamaron juez (Sal 50[49],6), compararon con un horno ardiente el día del Señor (2 Tes 1,8) el cual «recogerá el trigo en el granero y quemará la paja con fuego inextinguible» (Mt 3,12), amenazaron a los incrédulos, de los cuales dice el Señor: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno que mi Padre preparó para el diablo y sus ángeles» (Mt 25,41), y Pablo habla de modo semejante: «Estos sufrirán el castigo eterno, lejos de la presencia del Señor y de su glorioso poder, cuando venga en la gloria de sus santos y en el esplendor de cuantos creyeron en él» (2 Tes 1,9-10).

[1080] Otros dicen: «Eres el más hermoso entre los hijos de los hombres» (Sal 45[44],3), y «Dios, tu Dios, te ungió con aceite de alegría sobre tus compañeros» (Sal 45[44],8), y también: «Cíñete la espada en tu cintura, lleno de poder, en todo tu esplendor y tu belleza; tiende tu arco, haz avanzar tu reino por la verdad, la mansedumbre y la justicia» (Sal 45[44],4-5). Muchas otras cosas semejantes se escribieron sobre él para dar a conocer la belleza y gloria de su Reino, que en esplendor y excelencia supera a todos aquellos sobre quienes reina. De esta manera hacían que los oyentes desearan llegar ahí donde se encuentran aquellos que hacen la voluntad divina.

Otros dicen: «El es un hombre, ¿quién lo conoce?» (Jer 17,9), y: «Vine a la profetisa, y ésta dio a luz un hijo» (Is 8,3), «y se le dio por nombre admirable Consejero, Dios fuerte» (Is 9,6): han predicado al Emmanuel nacido de la Virgen (Is 7,14), queriendo significar la unión del Verbo de Dios con su criatura; porque el Verbo de Dios se haría carne, y el Hijo de Dios Hijo del Hombre. Siendo él puro, abriría puramente la matriz pura que regenera los hombres para Dios, la cual él mismo hizo pura; y así el «Dios fuerte» (Is 9,6) que se hizo lo que nosotros somos, tiene un origen inefable.

Otros dicen: «Dios habló desde Sion, y desde Jerusalén hizo oír su voz» (Am 1,2), y: «Dios es conocido en Judea» (Sal 76[75],2), con lo cual se indicaba su venida a Judea.

Hay también quien dice que vendrá del Sur y de la montaña de Farán (Hab 3,3), para indicar su aparición salida de Belén, como expusimos en el libro tercero (346), pues de ahí ha venido el que guía y apacienta el pueblo de su Padre (Mt 2,6).

Quienes predican que por su venida «el cojo saltará como un ciervo, la lengua de los mudos será desatada, se abrirán los ojos de los ciegos y oirán los oídos de los sordos» (Is 35,5-6), o: «Las manos caídas y las rodillas débiles se fortalecerán» (Is 35,3); y: «Resucitarán los muertos de los sepulcros» (Is 26,19); y: [1081] «El llevó nuestras debilidades y cargó nuestros males» (Is 53,4), anunciaron las curaciones que llevaría a cabo.

33,12. Algunos dijeron que sería un hombre sin honor, sin gloria, y que conscientemente cargaría nuestra debilidad (Is 53,3), que entraría en Jerusalén montando un pollino (Zac 9,9), que ofrecería su espalda a los azotes y sus mejillas a las bofetadas (Is 50,6), que como una oveja sería llevado al matadero (Is 53,7), que le darían en su sed hiel y vinagre (Sal 69[68],22), que sus amigos y parientes lo abandonarían (Sal 38[37],12), que extendería las manos todo el día (Is 65,2), que quienes lo vieran se burlarían de él y lo maldecirían, que se repartirían sus ropas y sobre su túnica echarían suertes, y descendería al polvo de la muerte (Sal 22[21],8.16.19). Profetizaban estas y muchas otras cosas como su venida en cuanto hombre, su entrada en Jerusalén donde sufrió todo lo que se había anunciado, y finalmente fue crucificado.

Cuando otros dijeron: «El Señor, el Santo de Israel, se acordó de sus muertos que desde antes dormían en el polvo de la tierra, y descendió a sacarlos para salvarlos» (347), señalaron el motivo por el cual sufrió todas estas cosas.

Quienes dijeron: «En aquel día, dice el Señor, el sol se ocultará al mediodía, y habrá tinieblas sobre la tierra durante la luz del día. Entonces convertiré vuestras fiestas en luto y vuestros cantares en lamentos» (Am 8,9-10), anunciaron claramente el ocultamiento del sol que sucedió desde el momento en que él estaba crucificado; y en seguida aquel día que debería ser de su gran fiesta (de la Pascua) se convirtió en lamento y sus cantos en luto, pues ahí comenzó su caída en manos de los gentiles. Esto lo mostró Jeremías de modo aún más claro, anunciando sobre Jerusalén: «La que da a luz ha quedado estéril, su alma está triste, el sol se le oculta en pleno día, se siente avergonzada y confundida. A los que queden de sus hijos los entregaré a la espada cuando la asalten sus enemigos» (Jer 15,9).

33,13. Quienes dijeron que se durmió, se sumió en el sueño y se despertó porque el Señor lo acogió (Sal 3,6), y que ordenó a los príncipes [1082] del cielo abrir las puertas eternas para que entre el Rey de la gloria (Sal 24[23],7), proclamaron su resurrección de entre los muertos por obra del Padre y su asunción a los cielos.

También anunciaron lo mismo cuando dijeron: «Sale de lo más alto de los cielos y hasta la cumbre del cielo vuelve, y nada se libra de su calor» (Sal 19[18],7), pues fue asumido allá de donde descendió, y no hay quien escape de su justo juicio.

Otros dijeron: «El Señor reina, tiemblen las naciones. El está sentado sobre los querubines, se estremezca la tierra» (Sal 99[98],1). Con ello profetizaron, por una parte, la rabia de todos los pueblos que después de su asunción se echó sobre aquellos que creyeron en él y la agitación de toda la tierra contra la Iglesia; y por otra parte, que toda la tierra habrá de sacudirse cuando venga del cielo con sus poderosos ángeles (2 Tes 1,7), como él mismo dice: «Habrá en la tierra un gran terremoto, como no lo hubo desde el principio» (Mt 24,21).

Y cuando dice: «¿Quién es condenado? ¡que se presente! ¿Y quién está justificado? ¡acérquese ante el siervo del Señor!» (Is 50,8.10), y: «Ay de vosotros, envejeceréis como un vestido y os devorará la polilla» (Is 50,9), y: «Toda carne será abajada, y sólo el Señor será exaltado a las alturas» (Is 2,17), da a entender que después de su pasión y asunción, Dios sujetará bajo sus pies a todos sus adversarios (Sal 8,7), será exaltado sobre todos, y nadie podrá ser justificado ni igualado con él.

33,14. Quienes afirmaban que Dios habría de establecer en favor de los seres humanos un Testamento Nuevo, no como lo estableció con sus padres en el monte Horeb (Jer 31,31-32) y habría de darles un corazón nuevo y un Espíritu nuevo (Ez 36,26), y también: «Ya no os acordéis de las cosas antiguas; he aquí que hago nuevas todas las cosas, nacerán ahora y las conoceréis. Abriré un camino en el desierto y ríos en la tierra árida para dar de beber a mi raza elegida, al pueblo a quien adquirí para que anuncie mi poder» (Is 43,18-21), claramente anunciaban la libertad del Nuevo Testamento, el vino nuevo en odres nuevos (Mt 9,17), la fe en Cristo, el camino de la justicia trazado en el desierto, los ríos del Espíritu en la tierra árida (Jn 7,37-39) que habría de apagar la sed del pueblo elegido de Dios, adquirido [1083] para que narre las hazañas de su poder, mas no para que blasfeme contra el Dios que ha hecho todas estas cosas.

33,15. El hombre espiritual sabrá interpretar con verdad todas las demás cosas predicadas por los profetas que hemos enumerado al exponer ampliamente las Escrituras. Sabrá explicar cada una de estas cosas, descubriendo los trazos de la Economía del Señor, y todo el conjunto de la obra que el Hijo de Dios llevó a cabo. Y en todos los casos reconocerá a un solo Dios, siempre admitirá al mismo Verbo de Dios, aunque sólo ahora se nos haya manifestado, y en todos los tiempos hallará al mismo Espíritu de Dios, aunque sólo en los últimos tiempos se haya derramado de manera nueva sobre nosotros. Asimismo encontrará un solo y mismo género humano desde la creación del mundo hasta el final, miembros del cual son aquellos que creyendo en Dios y siguiendo a su Verbo recibirán la salvación que de él proviene; y también lo son quienes, por haberse apartado de Dios, menospreciado sus mandamientos, haber deshonrado a aquel que los hizo y blasfemado con sus doctrinas contra el que los alimenta, echarán sobre sí una justísima condena. El hombre espiritual «juzga a todos, pero ninguno lo juzga» (1 Cor 2,15), no blasfema contra su Padre, no echa a perder sus Economías, no acusa a los antiguos padres, no deshonra a los profetas diciendo que venían de parte de un Dios ajeno, o que las profecías emanaban de otra substancia.

4.4. Cristo mismo es la novedad del Nuevo Testamento: contra los marcionitas

34,1. Añadiremos algunas cosas contra todos los herejes, en primer lugar contra los marcionitas y sus semejantes, los cuales afirman que los profetas provienen de otro Dios: leed con más cuidado el Evangelio que nos han legado los Apóstoles, leed con más atención las profecías, y encontraréis cómo toda la obra, las palabras y la pasión de nuestro Señor se encuentran anunciadas en ellos. Pero tal vez se os viene a la cabeza pensar: ¿Entonces qué trajo de nuevo el Señor con su venida? Sabed que aportó consigo toda la novedad que había sido anunciada. [1084] Esto es precisamente lo que tiempo atrás estaba anunciado: que la Novedad habría de venir para renovar y dar vida al ser humano. Cuando viene el rey, sus enviados avisan de antemano su venida a los súbditos, a fin de que, preparándose, se dispongan a recibir a su señor. Y cuando el rey llega y ellos se llenan de la felicidad que se les había anunciado, los súbditos que de él han recibido tal motivo de gozo y la libertad que les ha traído, que se han alegrado al verlo, al escuchar sus palabras y gozado de sus regalos, ya no preguntan (al menos los que tengan sentido común) qué novedades aportó el rey más allá de lo que hicieron quienes anunciaron su venida: pues les ha traído su propia persona y ha entregado a los seres humanos todos los bienes prometidos «que los ángeles desean contemplar» (1 Pe 1,12).

34,2. Sus servidores habrían sido mentirosos y no habrían sido enviados por el Señor, si Cristo no hubiese venido tal como ellos habían predicado, y si no se hubiesen cumplido sus palabras. Por eso decía: «No penséis que he venido a abolir la Ley o los profetas. No he venido a abolirlos, sino a darles cumplimiento. En verdad, en verdad os digo, el cielo y la tierra pasarán antes de que deje de cumplirse una iota o un acento de la Ley y los profetas, hasta que todo se cumpla» (Mt 5,17-18). En efecto, cumplió todas las promesas en su venida, y en su Iglesia sigue cumpliendo el Nuevo Testamento predicho por la Ley, hasta el fin de los siglos. Así lo predicó su Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: «Ahora, sin la Ley, se ha manifestado la justicia del Señor, de la cual dan testimonio la Ley y los profetas» (Rom 3,21). «El justo vivirá de la fe» (Rom 1,17). Y que el justo viviría por la fe, ya había sido anunciado por los profetas (Hab 2,4).

34,3. ¿Mas de qué manera los profetas habrían podido predecir la venida del Rey y anunciar de antemano la libertad que nos traería, anticipar todo cuanto Cristo hizo, predicó, y llevó a cabo en su pasión, y predicar el Nuevo Testamento, si hubieran recibido la inspiración profética de otro Dios que no conociese al Padre inenarrable (como vosotros alegáis), así como su Reino y sus Economías que el Hijo de Dios cumplió cuando vino a la tierra en tiempos recientes? Tampoco podéis decir que todas estas cosas sucedieron al acaso, como si los profetas [1085] hubieran hablado de otra persona, pero le hubiesen acaecido al Señor. Pues todos los profetas anunciaron estas cosas. Si le hubiesen sucedido a alguno de los antiguos, los demás no hubieran seguido predicando que habrían de tener lugar en los tiempos futuros. Además, no se encuentra ni entre los antiguos padres, profetas o reyes, alguno en el cual se hubiesen cumplido de modo preciso estas profecías.

Todos, en efecto, profetizaron los sufrimientos de Cristo, en cambio ellos estuvieron muy lejos de padecer de modo semejante a como habían anunciado. Y los signos avisados de antemano acerca de la pasión del Señor, no se verificaron en ningún otro: ni el sol se ocultó a mitad del día cuando murió alguno de los antiguos, ni se rasgó el velo del templo, ni tembló la tierra, ni las piedras se rompieron, ni se despertaron los muertos (Mt 27,45.51-52), ni resucitó alguno de ellos al tercer día, ni fue llevado a los cielos, ni se abrieron los cielos para él cuando fue asumido, ni los gentiles creyeron en el nombre de algún otro, ni alguno de entre los antepasados, al resucitar, abrió el Nuevo Testamento de la libertad. En consecuencia, sólo en el Señor, y no en algún otro, concurrieron todos los signos que los profetas habían anunciado desde antiguo.

34,4. Quizás alguno esté de acuerdo con los judíos en decir que el Nuevo Testamento se cumplió cuando Zorobabel reconstruyó el templo, después del exilio en Babilonia, una vez que el pueblo regresó después de setenta años. Sepa que entonces se restauró el templo de piedra dedicado a conservar la Ley grabada en tablas de piedra; pero no se les dio entonces ningún Testamento nuevo, pues se siguió usando la Ley de Moisés hasta la venida del Señor. En cambio, con la venida del Señor, un Nuevo Testamento se extendió por toda la tierra, según habían dicho los profetas, como una ley de vida que habría de reconciliar los pueblos en la paz: «Porque de Sion saldrá la ley y de Jerusalén la Palabra del Señor. El juzgará a muchas naciones, convertirá las espadas en arados y las lanzas en hoces, y ya no se prepararán para la guerra» (Is 2,3-4).

[1086] Si otra ley u otra palabra salidas de Jerusalén hubiesen traído tanta paz a las naciones que lo recibieron, por las cuales se hubiese juzgado a un pueblo numeroso, entonces parecería aceptable que los profetas habían hablado de algún otro. Mas si la ley de la libertad, es decir la Palabra de Dios que los Apóstoles, saliendo de Jerusalén, anunciaron por toda la tierra, ha provocado tal transformación que las espadas y las lanzas se convierten en arados y en hoces que él nos ha dado para segar el trigo (es decir que los ha cambiado en instrumentos pacíficos), y en lugar de aprender a guerrear aquel que recibe un golpe pone la otra mejilla (Mt 5,39), entonces los profetas no han hablado de ningún otro, sino del que ha realizado estas cosas.

Y éste es nuestro Señor, «en esto se verifica lo dicho» (Jn 4,37), pues él hizo el arado y trajo la hoz, es decir la primera siembra que consistió en la plasmación de Adán, y en los últimos tiempos el Verbo levantó la cosecha. De esta manera el fin se volvió a unir con el principio, y siendo el mismo Señor del inicio y del término, al final mostró el arado, es decir el hierro incrustado en el madero, para limpiar la tierra: pues el Verbo unido a la carne e incrustado en la figura humana, ha limpiado la tierra cubierta de cardos. En los primeros tiempos Abel representaba la hoz, para indicar la cosecha de los justos: «Ve cómo el justo perece y nadie hace caso, cómo se elimina a los hombres justos y a nadie se le mueve el corazón» (Is 57,1). Abel lo inició, los profetas lo anunciaron y el Señor lo llevó a término. Y lo mismo se diga de nosotros, porque el cuerpo sigue a su Cabeza.

34,5. Estos argumentos valen para convencer a quienes afirman que los profetas han sido enviados por otro Dios diverso del Padre del que proviene nuestro Señor, si es que de algún modo renuncian a tan grande falta de razón. Por eso hemos hecho todo lo posible por mostrar las pruebas de la Escritura, a fin de que, refutándolos en cuanto somos capaces con sus mismas palabras, los apartemos de tan inmensa blasfemia y de fabricar tantos dioses.

4.5. Errores y actitudes de los valentinianos

[1087] 35,1. Los valentinianos y los demás que falsamente llevan el nombre de gnósticos, pretenden que algunas cosas que se hallan en la Escritura provienen del semen que salió de una Potencia Suprema; otros dicen que del Intermediario por medio de la Madre Prúnica; pero la mayor parte del Hacedor del cosmos, el mismo que también envió a los profetas. Contra ellos afirmamos que es muy irracional reducir a tan grande pobreza al Padre de todas las cosas, como si no tuviese sus instrumentos por medio de los cuales pueda anunciar las realidades del Pléroma en toda su pureza. ¿A quién le tendría miedo al punto de no ser capaz de dar a conocer claramente su propia voluntad, con toda libertad y sin mezclarse con el espíritu que cayó en penuria e ignorancia? ¿Acaso temía que muchos se salvaran, si abundaban quienes podían escuchar la verdad en toda su pureza? ¿O acaso no tenía el poder de preparar por sí mismo a aquellos que debían anunciar de antemano la venida del Salvador?

35,2. Cuando el Salvador vino a la tierra, envió a sus discípulos a todo el mundo a anunciar en toda su pureza tanto su venida como la voluntad del Padre, sin que ellos tuviesen en su enseñanza nada de común con la doctrina de los gentiles y de los judíos. ¡Con cuánta mayor razón estando en el Pléroma habrá enviado a sus propios predicadores para que anuncien al mundo su venida, sin tener nada en común con los profetas enviados por el Demiurgo! Mas en cambio, si cuando estaba en el Pléroma usó el servicio de los profetas de la Ley, y por medio de ellos reveló sus palabras, ¡cuánto más, habiendo venido a la tierra, usó el servicio de sus discípulos para anunciar por medio de ellos el Evangelio! ¡Que no nos vengan ahora con que no fueron Pedro, Pablo y los demás Apóstoles quienes anunciaron la verdad, sino los escribas, fariseos y quienes enseñaban la Ley! Pues, si al venir él envió a sus propios Apóstoles en el espíritu de la verdad y no en el espíritu del error, hizo lo mismo con los profetas: porque siempre es el mismo el Verbo de Dios.

Según sus hipótesis, discutiendo sobre la primacía del Espíritu, dicen que el espíritu de luz, de verdad, [1088] de perfección y de conocimiento tiene el primado; en cambio el Espíritu del Demiurgo habría sido un Espíritu de ignorancia, de penuria, de error y de tinieblas. ¿Mas cómo pudieron coexistir en el mismo la perfección y la decadencia, el conocimiento y la ignorancia, la verdad y el error, la luz y la tiniebla? Ciertamente sería imposible encontrar esto en los profetas, los cuales de parte del único Dios predicaban al Dios verdadero y anunciaban la venida de su Hijo; y mucho menos en el Señor, que no habló unas veces de parte de la Potencia suprema y otras de parte del Fruto de la penuria (348), ni enseñó al mismo tiempo la gnosis y la ignorancia, ni dio gloria unas veces al Demiurgo y otras a un Padre que estuviese sobre él, pues el mismo Señor dice: «Nadie cose un parche de tela nueva en un vestido viejo, ni se echa vino nuevo en odres viejos» (Mt 9,16-17; Lc 5,36-37). Por consiguiente, que ellos o se abstengan de achacar a los antiguos profetas haber anunciado la novedad del Primado enviados de antemano por el Demiurgo, o escuchen la palabra del Señor que les arguye: «Nadie echa vino nuevo en odres viejos».

35,3. ¿De qué modo la semilla de la Madre que ellos enseñan habría podido conocer los misterios íntimos del Pléroma y hablar de ellos? Pues dicen que esa Madre, viviendo fuera del Pléroma, dio a luz a su semilla; y al mismo tiempo afirman que cuanto existe fuera del Pléroma está privado del conocimiento y habita en la ignorancia. ¿Entonces cómo la semilla concebida en la ignorancia podría anunciar el conocimiento? ¿O cómo la Madre misma habría sido capaz de conocer los misterios del Pléroma, puesto que habría carecido de naturaleza y forma determinadas, que habría sido arrojada fuera como un aborto, donde habría sido plasmada y recibido forma, y el Límite (349) le habría impedido entrar de nuevo, a tal punto que se mantiene excluida del Pléroma hasta la consumación, o sea fuera del conocimiento? Además se contradicen cuando afirman que la pasión del Señor es figura de la expansión del Cristo superior, por la cual éste se extiende hasta donde el Límite formó a la Madre, y ellos mismos se refutan al no poder continuar la semejanza de la figura. ¿Dónde al Cristo de arriba se le dio vinagre por bebida? ¿Dónde se le atravesó de modo que saliera sangre y agua? ¿O dónde sudó gotas de sangre? Y podríamos continuar con todo aquello que los profetas anunciaron sobre él. [1089] ¿Cómo la Madre o su semilla habrían adivinado aquellas cosas que no habían sucedido sino que estaban por venir?

35,4. Ellos añaden todavía que el Principio (350) declaró algunas cosas que están incluso sobre éstas, pero aquellas que la Escritura ha referido sobre la venida de Cristo los refutan. De qué cosas superiores hablan, se contradicen ellos entre sí, pues unos señalan unas, otros otras. Y si alguien quiere hacer la prueba, preguntándoles por separado aun a los mejores de entre ellos, acerca de alguna de estas cosas, se dará cuenta de que uno responderá que se han dicho acerca del Padre Primordial, o sea el Abismo; otro dirá que del Principio de todas las cosas, o sea el Unigénito; otro contestará que del Padre Universal, es decir el Verbo; otro hablará de alguno de los Eones que habitan en el Pléroma; uno más del Cristo, otro del Salvador. Si alguno de ellos tiene más experiencia, después de guardar silencio por largo rato dirá que lo revelado se refiere al Límite; alguien más afirmará que se ha querido significar la Sabiduría que mora en el Pléroma; otro, que se ha anunciado a la Madre que existe fuera del Pléroma; y finalmente alguno habrá que pretenda referirlo todo al Dios Demiurgo.

¡Tantas son las diversas interpretaciones que dan acerca de un mismo texto de la Escritura, de donde brotan sus diversas doctrinas! Todos ellos, cuando leen un mismo párrafo, enarcan las cejas, sacuden la cabeza, y dicen tener una palabra muy profunda que anunciar, pero que no todos son capaces de captar la grandeza de la idea que ella encierra, y por eso lo más propio del sabio es callar. Pues alegan que el Silencio Superior toma cuerpo en su propio silencio que ellos guardan. De esta manera todos se escapan, ya que conciben tantas sentencias diversas sobre cada punto, llevándose escondidas en el silencio sus propias armas.

Por eso, cuando se pongan de acuerdo acerca de lo que han anunciado las Escrituras, entonces nos será posible rebatirlos. Entretanto, ya que no tienen justas opiniones ni están de acuerdo en sus discursos, ellos mismos se refutan. Por nuestra parte seguimos como Maestro al único Dios verdadero, mantenemos la regla de la verdad para entender sus palabras, y todos afirmamos las mismas doctrinas. Pues sabemos que hay un solo Dios, Creador de todas las cosas, que envió a los profetas, sacó a su pueblo de Egipto, manifestó a su Hijo en los últimos tiempos, para confundir a los incrédulos y exigir el fruto de la justicia.

4.6. Las parábolas muestran a un solo Dios y Padre 4.6.1. Los viñadores homicidas

[1090] 36,1. El Señor no contradice esto, ni afirma que los profetas hayan venido de otro Dios, sino de su Padre, ni de otra substancia, sino del único y mismo Padre; ni que existe alguien aparte de su Padre que haya hecho cuanto hay en este mundo. El enseñó lo siguiente: «Había un padre de familia que plantó una viña , le puso un cerco, fabricó un lagar y construyó una torre. Luego la alquiló a agricultores y se ausentó. Cuando llegó el tiempo de la cosecha envió a sus criados a los viñadores para que cobrasen su parte del fruto. Los viñadores atraparon a los criados, a uno lo golpearon, a otro lo mataron y al tercero lo apedrearon. De nuevo envió a otros criados, más que los anteriores, pero les hicieron lo mismo. Por último envió a su único hijo, diciéndose: Quizás respetarán a mi hijo. Pero cuando los viñadores vieron al hijo, se pusieron de acuerdo: Este es el heredero. Venid, matémoslo y nos quedaremos con su herencia. Y habiéndole echado mano, lo arrojaron de la viña y lo mataron. ¿Qué hará el Señor de la viña a estos viñadores cuando regrese? Y le dijeron: Hará desaparecer a esos malvados y rentará su viña a otros viñadores que le entreguen el producto a su tiempo. Y el Señor añadió: ¿Acaso no habéis leído: La piedra que desecharon los constructores se ha convertido en la piedra angular: esto es lo que ha hecho el Señor, y es admirable ante nuestros ojos? Por eso os digo que se os quitará el reino de Dios para dárselo a un pueblo que produzca sus frutos» (Mt 21,33-43).

Con estas palabras el Señor claramente dio a entender a sus discípulos que uno solo y el mismo es el padre de familia, es decir, el único Dios Padre, que hizo todas las cosas por sí mismo; pero son muchos los agricultores, de los cuales unos son insolentes y soberbios (Rom 1,30), no dan fruto y matan al Señor; otros, en cambio, obedientes en todo, dan fruto a su tiempo. Y este mismo padre de familia es el que primero envió a sus siervos, luego a su Hijo. El mismo Padre que envió a su Hijo a los viñadores que lo mataron, es el que envió a los siervos; pero cuando vino el Hijo mismo, dotado con la autoridad de su Padre, dijo: «Mas yo os digo». [1091] En cambio los siervos decían: «Esto dice el Señor».

36,2. Así pues, el mismo Señor al que ellos predicaban a los incrédulos, Cristo lo dio como Padre a aquellos que lo obedecen: a los primeros Dios los llamó para ser siervos de la Ley, a los últimos los elevó a la dignidad de hijos.

Dios, en efecto, plantó la viña de la raza humana, primero al plasmar a Adán y al elegir a los padres; a los viñadores les dio la Ley por medio de Moisés; la rodeó de una valla, es decir cercó la tierra que habían de cultivar; edificó una torre cuando eligió a Jerusalén; fabricó un lagar al preparar a los profetas como vasos del Espíritu. De esta manera envió profetas antes del exilio en Babilonia, y después del exilio les envió de nuevo más que los anteriores, para reclamar su parte del fruto, diciéndoles: «Esto dice el Señor Dios: Corregid vuestros caminos y vuestra conducta» (Jer 7,3); «Juzgad con rectitud y justicia, cada uno tenga compasión y misericordia de su hermano; no oprimáis al huérfano, al extranjero o al pobre; que nadie recuerde en su corazón el mal que le ha hecho su hermano» (Zac 7,9-10); «Que no os guste jurar en falso» (Zac 8,17); «Lavaos, purificaos, echad la maldad de vuestros corazones, aprended a hacer el bien, buscad la justicia, defended al oprimido, haced justicia al pequeño y a la viuda. Entonces venid y disputemos, dice el Señor» (Is 1,16-18); y también: «Cierra tu boca a la maldad y tus labios a la mentira. Apártate del mal y haz el bien, busca la paz y corre tras ella» (Sal 34[33],14-15).

Esto proclamaban los profetas, reclamaban el fruto de la justicia. Pero, como no les creyeron, al final el Señor envió a su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, al cual los malos colonos echaron de la viña y lo mataron. Por eso el Señor Dios ya no la mantuvo en el cercado, sino que la extendió a todo el mundo: la traspasó a otros colonos que le entregaran el fruto a su tiempo, le construyó una torre elevada y hermosa, pues en todo el mundo la Iglesia resplandece; le fabricó un lagar [1092] en todas partes, pues cada nación recibe el Espíritu. Dios justamente rechazó a aquellos que tramaron contra su Hijo, que lo echaron de la viña y lo mataron; por eso les cedió su tierra para que la cultivaran a las naciones fuera de la viña. Así lo anunció el profeta Jeremías: «El Señor reprobó y rechazó al pueblo que esto hizo, pues los hijos de Judá hicieron el mal en mi presencia, dice el Señor» (Jer 7,29-30). Y añade: «Os he puesto centinelas: ¡Escuchad la trompeta! Y dijeron: No escucharemos. Por eso han oído las naciones y cuantos apacientan sus rebaños entre ellos» (Jer 6,17-18).

En consecuencia, uno solo y el mismo es el Dios Padre que plantó la viña, que guio al pueblo, que le envió profetas, que le dio a su Hijo y que entregó su viña a otros viñadores que le entreguen los frutos a su tiempo.

36,3. Por eso el Señor decía a sus discípulos, a fin de prepararnos para ser buenos trabajadores: «Estad alerta siempre y vigilantes en todo momento, para que vuestros corazones no entorpezcan por comilonas, borracheras y preocupaciones profanas, porque de golpe os puede caer aquel día: pues llegará como un ladrón sobre cuantos habitan en la faz de la tierra» (Lc 21,34-36). «Tened ceñidas las cinturas y encendidas las lámparas, como siervos que esperan a su señor» (Lc 12,35-36). «Así como sucedió en los días de Noé -comían, bebían, compraban, vendían y se casaban, y nada advirtieron hasta que Noé entró en el arca, el diluvio se les vino encima y anegó a todos-, y como sucedió en tiempos de Lot -comían, bebían, compraban, vendían, plantaban y construían; hasta el día en que Lot huyó de Sodoma, llovió fuego del cielo y acabó con todos-, así sucederá el día en que venga el Hijo del Hombre» (Lc 17,26-30; Mt 24,37-39). «Velad, pues, porque no sabéis qué día vuestro Señor llegará» (Mt 24,42).

Anunció a un solo y único Señor, que en el tiempo de Noé envió el diluvio para castigar la desobediencia de los seres humanos, y en tiempo de Lot hizo llover fuego del cielo para castigar los muchos pecados de los sodomitas. De modo semejante en el día del juicio castigará la desobediencia [1093] y los pecados. Y dijo que ese día sería más tolerable para Sodoma y Gomorra que para la ciudad o casa que rechazare la palabra de sus Apóstoles: «Y tú, Cafarnaúm, ¿acaso piensas alzarte hasta el cielo? Caerás hasta el infierno. Porque si en Sodoma se hubiesen hecho los milagros que en ti tuvieron lugar, aún duraría hasta el día de hoy. En verdad os digo: el día del juicio será más tolerable para los habitantes de Sodoma que para vosotros» (Mt 11,23-24).

36,4. El Verbo de Dios es siempre uno y el mismo, la fuente de agua que salta para dar la vida eterna a quienes creen en El (Jn 4,14), pero seca al instante la higuera estéril (Mt 21,19). Envió justamente el diluvio en tiempo de Noé, para acabar con la raza malvada de aquellos seres humanos de esa época, los cuales ya no podían dar frutos para Dios, sino que se habían unido con los ángeles pecadores (Gén 6,2-4); y lo hizo para acabar con sus pecados, y al mismo tiempo salvar al modelo primitivo, es decir el plasma de Adán. El mismo en tiempo de Lot hizo llover del cielo fuego y azufre sobre Sodoma y Gomorra, «en testimonio del justo juicio de Dios» (2 Tes 1,5), a fin de que todos supiesen que «todo árbol que no produzca fruto será cortado y echado al fuego» (Mt 3,10; Lc 3,9).

El día del juicio universal será más tolerable para los habitantes de Sodoma que para quienes, habiendo visto los milagros que realizaba, no creyeron en él ni recibieron su doctrina. Porque, así como por su venida derramó mayor gracia sobre quienes creyeron en él y cumplieron su voluntad, de igual manera infligirá mayor castigo a quienes no creyeron; pues, siendo igualmente justo para todos, a quienes más dio, más exigirá (Lc 12,48). Cuando digo más, no me refiero a que haya dado a conocer a otro Padre, [1094] como de tantas maneras hemos probado; sino porque su venida derramó sobre el género humano una más abundante gracia del Padre.

4.6.2. El banquete de bodas

36,5. Tal vez haya alguien a quien no baste cuanto dijimos antes, para creer que uno y el mismo Padre envió a los profetas y a nuestro Señor. Esa persona abra los oídos de su corazón e invoque al Maestro, el Señor Jesucristo, a fin de que pueda escucharlo decir: «El reino de los cielos es semejante a un rey que celebró la boda de su hijo, y envió a sus criados a traer a los invitados a la boda». Algunos se negaron a obedecer: «De nuevo envió a otros criados, mandándoles: Decid a los convocados: Venid, he preparado el banquete, he matado los toros y otros animales cebados. Todo está preparado, venid a la boda. Pero unos los despreciaron y se fueron, otros partieron a sus campos, otros a sus negocios, y el resto cogió a los criados para golpear a unos y matar a otros. Entonces el rey, al saberlo, montó en cólera, mandó a sus ejércitos para acabar con esos asesinos, quemó su ciudad y ordenó a sus criados: La boda está preparada, pero los invitados no fueron dignos. Id, pues, a las puertas de los caminos, y traed a la boda a cuantos encontréis. Habiendo partido los criados, juntaron a cuantos hallaron, malos y buenos, y así llenaron de comensales la boda. Cuando el rey entró para saludar a los comensales, vio a un hombre que no llevaba el traje de bodas. Y le dijo: Amigo, ¿cómo has venido sin traje de bodas? Mas él calló. Entonces ordenó a sus siervos: Tomadlo de pies y manos y echadlo [1095] a las tinieblas exteriores: ahí será el llanto y el rechinar de dientes. Pues muchos son los llamados y pocos los escogidos» (Mt 22,1-14).

Con estas palabras claramente muestra al Señor de todas las cosas, y que el Padre es el único Rey y Señor universal, del que antes había dicho: «Ni jures por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey» (Mt 5,35). Y como desde el principio preparó la boda de su Hijo, en su inmensa bondad por medio de sus criados invitó a los antiguos al banquete de bodas; pero como no quisieron escuchar, de nuevo envió a otros criados a llamarlos; mas como otra vez se negaron a obedecer, y en vez de ello lapidaron y mataron a quienes les hacían conocer su llamado, acabó con ellos enviando su ejército y quemando su ciudad. Y en cambio invitó a personas de todos los caminos, es decir de todas las naciones, al banquete de bodas de su Hijo. Así lo dijo por boca de Jeremías: «Cada uno se aparte de su camino inicuo y cambie en mejor su obrar» (Jer 35,15). Y también: «Les he enviado a mis siervos los profetas, a la aurora y durante el día, pero sus oídos no me han escuchado ni obedecido. Les dirás estas palabras: Esta raza no escucha la voz del Señor ni acepta su enseñanza. La fe se ha apartado de su boca» (Jer 7,25-28).

El mismo Dios que a nosotros nos ha llamado por ministerio de los Apóstoles, es el que por medio de los profetas convocaba a los antiguos, como lo prueban las palabras del Señor. No fue uno el que envió a los profetas y otro a los Apóstoles, aunque unos y otros predicaron a pueblos diversos; sino que fueron enviados por el mismo y único Señor, al que todos anunciaron: unos llevaron la Buena Nueva del Padre, otros prepararon la venida del Hijo de Dios, y los últimos predicaron al que ya estaba presente entre «los que estaban lejos» (Is 57,19; Ef 2,17).

36,6. También nos enseñó que, fieles a nuestra vocación, debemos adornarnos con las obras de justicia, para que descanse en nosotros el Espíritu Santo; éste es el vestido de bodas, del que el Apóstol afirma: «No queremos despojarnos, sino revestirnos, a fin de que lo mortal sea absorbido en la inmortalidad» (2 Cor 5,4). Pues a quienes fueron invitados al banquete divino, [1096] pero por su conducta no acogieron al Espíritu Santo, se les echó a las tinieblas exteriores (Mt 22,13). Es muy claro que es el mismo Rey que invitó a todo tipo de fieles a la boda de su Hijo, a quienes ofreció un banquete incorruptible, es quien condena a las tinieblas exteriores a quienes no tienen el traje de bodas, es decir a quienes lo desprecian. Como en el Antiguo Testamento «la mayor parte de ellos no lo agradó» (1 Cor 10,5), así también en el Nuevo, «muchos son los llamados y pocos los escogidos» (Mt 22,14). No es uno el Padre que juzga, otro el que otorga la luz eterna y un tercero el que manda echar a las tinieblas exteriores a quienes no llevan el traje de bodas; sino que es uno y el mismo Padre de nuestro Señor, el cual llamó también a los profetas. En su inmensa misericordia también invita a los indignos, pero observa a los invitados para ver si llevan el traje debido que corresponda a la boda de su Hijo, porque no se complace en nada que sea malo o indebido. Como el Señor dijo al que había sido curado: «Mira que has recibido la salud. Ya no peques más, no sea que te pase algo peor» (Jn 5,14). El es bueno y justo, puro e inmaculado, y por ello no soportará nada injusto o abominable en su tálamo de esposo.

Este es el Padre de nuestro Señor, por cuya providencia todo sucede, y que administra todas las cosas con su mandato. Da gratuitamente a quien conviene, distribuye los dones según los méritos, y castiga con justicia a los ingratos insensibles a su benignidad. Por eso dice: «Mandó sus ejércitos para acabar con esos asesinos y quemar su ciudad» (Mt 22,7). Habló de sus ejércitos, porque todos los seres humanos pertenecen a Dios, pues «del Señor es la tierra y cuanto la llena, el orbe de la tierra y cuantos en ella habitan» (Sal 24[23],1). El Apóstol Pablo, a su vez, escribe en su Carta a los Romanos: «Ninguna autoridad hay si no viene de Dios, y todas las que existen, él las ha ordenado. Así, pues, quien se resiste a la autoridad, se resiste al orden querido por Dios. Así, quienes se resisten, ganan su propia condenación. Las autoridades no son de temer para quienes obran el bien, sino para quienes cometen en mal. [1097] ¿Quieres no temer la autoridad? Haz el bien y ella te alabará; pues ella es una sierva de Dios para tu bien. Mas si haces el mal, teme, pues no en balde lleva la espada. Porque es un ministro de Dios para vengar con cólera a quien obra mal. Por tanto, someteos, no sólo por la amenaza, sino también por motivo de conciencia. Por esta razón pagáis tributos: son, en efecto, ministros de Dios que de esta manera lo sirven» (Rom 13,1-6).

En todo caso, tanto el Señor como el Apóstol anunciaron a un mismo y único Padre, que dio la Ley, envió a los profetas e hizo todas las cosas. Por eso dice: «Envió a sus ejércitos» (Mt 22,7), pues todo ser humano, en cuanto humano, es su plasma, aunque no sepa que él es su Señor. Pues a todos concede la existencia aquel mismo que «hace salir su sol sobre los malos y los buenos, y manda llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45).

4.6.3. Parábolas diversas

36,7. No sólo con lo ya dicho, sino también mediante la parábola de los dos hijos, de los cuales el menor se acabó su herencia viviendo en la lujuria con prostitutas (Lc 15,11-32), enseñó que uno y el mismo es el Padre que al hijo mayor no le regaló un cabrito, y en cambio mandó matar el becerro cebado para su hijo menor que había perecido y le mandó poner el mejor vestido.

Igualmente mediante la parábola de los trabajadores que a diversas horas fueron enviados a su viña (Mt 20,1-16) se prueba que el Señor es uno y el mismo, que llama a unos desde el principio de la creación del mundo, a otros algún tiempo después, a otros hacia la mitad de los tiempos, a otros hacia el ocaso de los tiempos, y a otros al final. El único Padre de familia que los llama quiere tener trabajadores en todos los tiempos. Porque una sola es su viña, y también es única su justicia. [1098] Uno es el administrador y uno el Espíritu de Dios que todo lo dispone. Así también uno solo es el salario, pues «cada uno recibió un denario» (Mt 20,9), que llevaba impresas la inscripción y la imagen del Rey, es decir la gnosis del Hijo de Dios que da la incorrupción. Por eso «pagó el salario empezando por los últimos» (Mt 20,8), pues al final de los tiempos el Señor se manifestará para hacerse presente a todos.

36,8. También el publicano que en la oración superó al fariseo (Lc 18,10-14): el Señor no lo alabó por haber adorado a otro Padre, ni por ello salió justificado; sino porque, con gran humildad, sin soberbia ni jactancia, confesó a este Dios sus pecados.

La parábola de los dos hijos a quienes mandó a la viña (Mt 21,28-32) también muestra a un mismo y solo Padre: el primero de los hijos primero contestó mal a su padre, pero luego se arrepintió, cuando ya no le servía arrepentirse; en cambio el otro de inmediato prometió a su padre que iría, pero al fin no fue, porque «todo ser humano es mentiroso» (Sal 116[115],2) y, «si tiene a la mano el querer, no tiene la fuerza de actuar» (Rom 7,18).

La parábola de la higuera de la que el Señor dice: «Hace ya tres años que vengo a buscar el fruto de esta higuera y no lo encuentro» (Lc 13,7), claramente indica su venida anunciada por los profetas: vino a buscar el fruto de los antiguos, pero no lo halló; y por este motivo la higuera fue arrancada.

Y, aun sin parábolas, dijo el Señor acerca de Jerusalén: «Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas y apedreas a los que te son enviados, ¡cuántas veces quise recoger a tus hijos como la gallina bajo sus alas, pero no quisiste! He aquí que tu casa quedará desierta» (Mt 23,37-38). En la parábola había dicho: «Hace tres años que busco fruto», y ahora: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos!». [1099] Todo esto sería una mentira, si no lo entendemos como referido a su venida que los profetas anunciaron, pues por primera y única vez vino a ellos. Mas, como es el mismo Verbo de Dios el que vino a los patriarcas a quienes eligió y visitó muchas veces por medio de su Espíritu profético, y el que ahora nos llama de todas las naciones mediante su venida, con razón afirmaba refiriéndose a todo lo que arriba hemos dicho: «Muchos vendrán de Oriente y de Occidente y se recostarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, en cambio los hijos del reino irán a las tinieblas exteriores, donde habrá llanto y rechinar de dientes» (Mt 8,11-12). Mas si quienes de Oriente y Occidente crean en él se recostarán con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos para participar junto con ellos de su banquete, entonces uno y el mismo Dios es quien eligió a los patriarcas, visitó a su pueblo y llamó a los gentiles.

4.7. El ser humano fue creado libre

37,1. Esta frase: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos, pero tú no quisiste!» (Mt 23,37), bien descubrió la antigua ley de la libertad humana; pues Dios hizo libre al hombre, el cual, así como desde el principio tuvo alma, también gozó de libertad, a fin de que libremente pudiese acoger la Palabra de Dios, sin que éste lo forzase. Dios, en efecto, jamás se impone a la fuerza, pues en él siempre está presente el buen consejo. Por eso concede el buen consejo a todos. Tanto a los seres humanos como a los ángeles otorgó el poder de elegir -pues también los ángeles usan su razón-, a fin de que quienes le obedecen conserven para siempre este bien como un don de Dios que ellos custodian. En cambio no se hallará ese bien en quienes le desobedecen, y por ello recibirán el justo castigo; porque Dios ciertamente les ofreció benignamente este bien, mas ellos ni se preocuparon por conservarlo ni lo tuvieron por valioso, sino que despreciaron la bondad suprema. Así pues, al abandonar este bien y hasta cierto punto rechazarlo, con razón [1100] serán reos del justo juicio de Dios, de lo que el Apóstol Pablo da testimonio en su Carta a los Romanos: «¿Acaso desprecias las riquezas de su bondad, paciencia y generosidad, ignorando que la bondad de Dios te impulsa a arrepentirte? Por la dureza e impenitencia de tu corazón amontonas tú mismo la ira para el día de la cólera, cuando se revelará el justo juicio de Dios» (Rom 2,4-5). En cambio, dice: «Gloria y honor para quien obra el bien» (Rom 2,10).

Dios, pues, nos ha dado el bien, de lo cual da testimonio el Apóstol en la mencionada epístola, y quienes obran según este don recibirán honor y gloria, porque hicieron el bien cuando estaba en su arbitrio no hacerlo; en cambio quienes no obren bien serán reos del justo juicio de Dios, porque no obraron bien estando en su poder hacerlo.

37,2. Si, en efecto, unos seres humanos fueran malos por naturaleza y otros por naturaleza buenos, ni éstos serían dignos de alabanza por ser buenos, ni aquéllos condenables, porque así habrían sido hechos. Pero, como todos son de la misma naturaleza, capaces de conservar y hacer el bien, y también capaces para perderlo y no obrarlo, con justicia los seres sensatos (¡cuánto más Dios!) alaban a los segundos y dan testimonio de que han decidido de manera justa y han perseverado en el bien; en cambio reprueban a los primeros y los condenan rectamente por haber rechazado el bien y la justicia.

[1101] Por este motivo los profetas exhortaban a todos a obrar con justicia y a hacer el bien, como muchas veces hemos explicado; porque este modo de comportarnos está en nuestra mano pero, habiendo tantas veces caído en el olvido por nuestra mucha negligencia, nos hacía falta un buen consejo. Por eso el buen Dios nos aconsejaba el bien por medio de los profetas.

37,3. Por este motivo el Señor predicó: «Que vuestra luz brille ante los hombres, para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Y: «Tened cuidado de que vuestros corazones no se carguen con comilonas, embriaguez y preocupaciones profanas» (Lc 21,34). Y: «Estén ceñidas vuestras cinturas y encendidas vuestras lámparas, como criados que esperan a su Señor cuando está por volver de la boda, para abrirle cuando llegue y llame a la puerta. Dichoso el criado a quien el amo, al llegar, encuentre haciendo esto» (Lc 12,35-36). Y añadió: «El criado que conoce la voluntad de su amo y no la cumple, recibirá muchos azotes» (Lc 12,47). Y: «¿Para qué me llamáis: ¡Señor!, ¡Señor!, si no cumplís mi palabra? (Lc 6,46). Y también: «Si el criado dice en su corazón: Mi amo tarda en venir, y empieza a golpear a sus compañeros, a comer, beber y emborracharse, cuando su amo llegue, en el día que menos lo espere, lo echará y le dará su parte entre los hipócritas» (Lc 12,45-46). Todos los textos semejantes a éstos, que nos muestran al ser humano como libre y capaz de tomar decisiones, nos enseñan cómo Dios nos aconseja exhortándonos a obedecerle y apartarnos de la infidelidad, pero sin imponerse por la fuerza.

37,4. Incluso el Evangelio: si alguien no quiere seguirlo, le es posible, aunque no le conviene; porque desobedecer a Dios y perder el bien [1102] está en nuestras manos, pero hacerlo lesiona al ser humano y le causa serio daño. Por eso dice Pablo: «Todo es posible hacer, pero no todo conviene» (1 Cor 6,12). Por una parte muestra la libertad del ser humano, por la cual éste puede hacer lo que quiera, pues ni Dios lo fuerza a lo contrario; pero añade «no todo conviene», a fin de que no abusemos de la libertad para enmascarar la malicia (1 Pe 2,16): eso no es conveniente.

Y añade: «Cada uno diga la verdad a su prójimo» (Ef 4,25). Y: «No salga de vuestra boca palabra maliciosa o deshonesta o vana o inconveniente, que no sea de provecho; sino más bien una acción de gracias» (Ef 4,29). Y: «Un tiempo fuisteis tinieblas, pero ahora sois luz en el Señor. Caminad honestamente como hijos de la luz» (Ef 5,8), «no en comilonas, embriagueces, prostitución o lujuria, sin ira ni envidia» (Rom 13,13), «en otro tiempo habéis hecho todo esto, pero habéis sido santificados en el nombre de nuestro Señor» (1 Cor 6,11). Mas si no estuviese bajo nuestro arbitrio hacer estas cosas o evitarlas, ¿qué motivo habría tenido el Apóstol, y antes el mismo Señor, de aconsejar hacer unas cosas y abstenerse de otras? Pero, como desde el principio el ser humano fue dotado del libre arbitrio, Dios, a cuya imagen fue hecho, siempre le ha dado el consejo de perseverar en el bien, que se perfecciona por la obediencia a Dios.

37,5. Y no sólo en cuanto a las obras, sino también en cuanto a la fe, el Señor ha respetado la libertad y el libre arbitrio del hombre, cuando dijo: «Que se haga conforme a tu fe» (Mt 9,29). Esto muestra que el ser humano tiene su propia fe, porque también tiene su libre arbitrio. Y también: «Todo es posible al que cree» (Mc 9,23). Y: «Vete, que te suceda según tu fe» (Mt 8,13). Todos los textos semejantes prueban que el ser humano tiene libertad para creer. Por eso «el que cree tiene la vida eterna, mas el que no cree en el Hijo no tiene la vida eterna, sino que la cólera de Dios permanece en él» (Jn 3,36). Por este motivo el Señor mostró que el ser humano tiene su bien propio, que es su arbitrio y su libertad, como dijo a Jerusalén: «¡Cuántas veces quise recoger a tus hijos [1103] como la gallina bajo sus alas, pero no quisiste! He aquí que tu casa quedará desierta» (Mt 23,37-38).

4.8. ¿Por qué fue creado libre?

37,6. Algunos enseñan lo contrario. Suponen a un Señor que no puede llevar a cabo lo que quiere, o bien que ignora la naturaleza de los seres hechos de tierra, incapaces de recibir la incorrupción.

Pero, dicen, hubiera sido necesario que no hiciese libres ni siquiera a los ángeles, para que no pudieran desobedecer; ni a los seres humanos que al momento fueron ingratos contra El, por el mismo hecho de haber sido dotados de razón, capaces de examinar y juzgar; y no son como los animales irracionales, que nada pueden hacer por propia voluntad, sino que se ven arrastrados a lo bueno por la fuerza de la necesidad: en ellos se da sólo un instinto, un modo de proceder, no pueden desviarse ni juzgar, ni pueden hacer otra cosa fuera de aquélla para la que fueron hechos.

Mas si así fuera, (los seres humanos) ni se gozarían con el bien, ni valorarían su comunión con Dios, ni desearían hacer el bien con todas sus fuerzas, pues todo les sucedería sin su impulso, empeño y deseo propios, sino por puro mecanismo impuesto desde afuera. De este modo el bien no tendría ninguna importancia, pues todo se haría por naturaleza más que por voluntad, de modo que harían el bien de modo automático, no por propia decisión; y por la misma razón, ni podrían entender cuán hermoso es el bien, ni podrían gozarlo. Porque, en efecto, ¿cómo se puede gozar de un bien que no se conoce? ¿Y qué gloria se seguiría de algo que no se ha buscado? ¿Qué corona se les daría a quienes no la hubieran conseguido, como quienes la conquistan luchando?

37,7. Por eso el Señor dice que el reino de los cielos es de los violentos: «Los violentos lo arrebatan» (Mt 11,12), quiere decir aquellos que se esfuerzan, luchan y continuamente están alerta: éstos lo arrebatan. Por eso el Apóstol Pablo escribió a los corintios: «¿No sabéis que en el estadio son muchos los que corren, pero sólo uno recibe el premio? Corred de modo que lo alcancéis. Todo aquel que compite se priva de todo, y eso para recibir una corona corruptible, en cambio [1104] nosotros por una incorruptible. Yo corro de esta manera, y no al acaso; yo no lucho como quien apunta al aire; sino que mortifico mi cuerpo y lo someto al servicio, no vaya a suceder que, predicando a otros, yo mismo me condene» (1 Cor 9,24-27). Siendo un buen atleta, nos exhorta a competir por la corona de la incorrupción; y a que valoremos esa corona que adquirimos con la lucha, sin que nos caiga desde afuera. Cuanto más luchamos por algo, nos parece tanto más valioso; y cuanto más valioso, más lo amamos. Pues no amamos de igual manera lo que nos viene de modo automático, que aquello que hemos construido con mucho esfuerzo. Y como lo más valioso que podía sucedernos es amar a Dios, por eso el Señor enseñó y el Apóstol transmitió que debemos conseguirlo luchando por ello. De otro modo nuestro bien sería irracional, pues no lo habríamos ganado con ejercicio. La vista no sería para nosotros un bien tan deseable, si no conociésemos el mal de la ceguera; la salud se nos hace más valiosa cuando experimentamos la enfermedad; así también la luz comparándola con las tinieblas, y la vida con la muerte. De igual modo el Reino de los cielos es más valioso para quienes conocen el de la tierra; y cuanto más valioso, tanto más lo amamos; y cuanto más lo amamos, tanto más gloria tendremos ante Dios.

Por este motivo Dios ha permitido todas estas cosas a fin de que nos eduquen y nos hagan sabios, para que en el futuro seamos cautelosos y perseveremos en su amor (Jn 15,9-10) amando a Dios como seres racionales, admirando la generosidad que Dios ha mostrado ante la apostasía de los seres humanos a fin de educarlos por esa experiencia, como dice el profeta: «Tu alejamiento te enseñará» (Jer 2,19). Dios dispuso de antemano todas las cosas para el provecho del ser humano y para mostrar de modo eficaz su Economía, a fin de que se manifieste la bondad, se cumpla la justicia, la Iglesia «reproduzca la imagen de su Hijo» (Rom 8,29), y quizás algún día el ser humano madure a través de todas estas experiencias, para que madurando se haga capaz de ver y comprender a Dios.

4.9. No fue creado perfecto: necesita ser educado

[1105] 38,1. Tal vez alguien diga: «¡Pero qué, ¿acaso Dios no podría haber creado al ser humano perfecto desde el principio?» Sépase que Dios siempre es el mismo e idéntico a lo que él mismo es, y que todo le es posible. Pero las cosas creadas por él, puesto que comenzaron a existir cuando fueron hechas, por fuerza son inferiores a aquel que las hizo. Las cosas que llegaron a ser, no podían ser increadas; y por el hecho de no ser increadas les falta ser perfectas. Como fueron producidas más tarde, en ese sentido son niñas, y como niñas no están ni habituadas ni ejercitadas en un modo de actuar perfecto. Sucede como con una madre capaz de dar al bebé un alimento de adulto, pero él aún no puede comer ese alimento demasiado pesado para sus fuerzas. De modo semejante, Dios pudo dar la perfección al ser humano desde el principio, pero éste era incapaz de recibirla, pues también fue niño.

Por eso nuestro Dios en los últimos tiempos, para recapitular todas las cosas en sí mismo, vino a nosotros, no tal como podía mostrarse, sino como nosotros éramos capaces de mirarlo. [1106] Porque podía venir a nosotros en su gloria inexpresable, pero nosotros no hubiéramos resistido soportar la grandeza de su gloria. Por eso, como a niños, aquel que era el pan perfecto del Padre se nos dio a sí mismo como leche, cuando vino a nosotros como un hombre; a fin de que, nutriendo nuestra carne como de su pecho, mediante esa lactancia nos acostumbráramos a comer y beber al Verbo de Dios, hasta que fuésemos capaces de recibir dentro de nosotros el Pan de la inmortalidad, que es el Espíritu del Padre.

38,2. Por eso Pablo dice a los corintios: «Os he alimentado con leche, no con pan, pues aún no podíais digerirlo» (1 Cor 3,2). Quiere decir: habéis conocido la venida del Señor en cuanto hombre, pero aún no ha descansado en vosotros el Espíritu del Padre, dada nuestra debilidad. «Pues cuando hay envidia, discordia y disensiones entre vosotros, ¿no os mostráis carnales y camináis según el hombre? (1 Cor 3,3). Es decir, el Espíritu del Padre aún no habitaba en ellos, debido a su imperfección y la debilidad de su conducta. Mas así como el Apóstol podía darles el alimento -pues todos aquellos a quienes los Apóstoles imponían las manos recibían el Espíritu Santo (Hech 8,17-19), que [1107] es el alimento de la vida-, pero ellos no eran capaces de recibirlo por su relación con Dios aún débil y sin ejercicio (Heb 5,14); así también Dios habría podido desde el principio dar la perfección al ser humano; pero éste, recién creado, no era capaz de recibirlo, si lo recibía era incapaz de acogerlo, y si lo acogía no tenía fuerzas para conservarlo. Por eso el Verbo de Dios se hizo niño con el hombre, aunque él era perfecto: no por sí mismo sino por la pequeñez del ser humano, a fin de de algún modo se hiciese capaz de recibirlo. Así pues, no es que Dios fuera incapaz o indigente; sino que lo era el hombre recién hecho, pues no era increado.

38,3. En cambio en Dios al mismo tiempo se manifiestan el poder, la bondad y la sabiduría: el poder y la bondad en el hecho de que voluntariamente creó e hizo las cosas que no existían; su sabiduría en el hecho de que hizo todas las cosas de modo ordenado y en mutua concordancia. Estas creaturas, recibiendo de su inmensa generosidad el desarrollo y duración a través del tiempo, serán portadoras de la gloria del increado, ya que Dios les dará generosamente todo lo bueno. Habiendo sido hechas, no son increadas; pero como durarán por tiempo sin fin, recibirán el don del increado, [1108] pues él les concederá durar para siempre. De este modo Dios tendrá el primado en todo, porque es el único increado y anterior a todos los seres, a punto de ser su causa; en cambio todos los demás seres permanecerán siempre sometidos a Dios. Pero la sumisión a Dios trae consigo la incorrupción, y la perseverancia en la incorrupción es la gloria del increado.

Mediante este orden, con dicha conveniencia y con tal modo de proceder, el hombre hecho y plasmado se convierte en la imagen y semejanza del Dios increado: con el beneplácito y mandato del Padre, mediante el ministerio y la obra formadora del Hijo, siendo el Espíritu el que nutre y da el crecimiento. El hombre, a su vez, poco a poco se desarrolla y llega a la perfección, es decir, se hace más cercano al increado. Porque perfecto es lo increado, y éste es Dios. Pues convenía que primero el hombre fuese creado, que una vez creado creciera, una vez crecido llegara a la adultez, hecho adulto se multiplicase, multiplicado se consolidase, consolidado se elevase a la gloria, y en la gloria contemplase a su Señor. Pues es a Dios a quien ha de ver, y la visión de Dios produce la incorrupción; pero «la incorrupción nos acerca a Dios» (Sab 6,19-20).

38,4. Son irrazonables, pues, los que no esperan el tiempo de su crecimiento e imputan a Dios la debilidad de su naturaleza. No se conocen ni a sí mismos ni a Dios, [1109] ingratos e insaciables, rehúsan ser aquello que fueron hechos: seres humanos sujetos a pasiones; sino que, sobrepasando la ley de la raza humana, antes de hacerse hombres pretenden ser semejantes al Dios que los hizo negando la diferencia entre el Dios increado y el ser humano creado en el tiempo. Así se hacen más irracionales que los brutos animales. Estos al menos no reprochan a Dios por no haberlos hecho humanos; sino que cada uno, a su manera, le da gracias por lo que es, porque todo lo ha recibido. En cambio nosotros le reprochamos el no haber sido hechos dioses desde el principio, sino que primero nos hizo seres humanos, y sólo después dioses; aunque Dios lo hizo en la simplicidad de su bondad, de modo que nadie lo puede juzgar de celoso y egoísta: «Yo dije: Todos sois dioses e hijos del Altísimo» (Sal 82[81],6). Mas, como nosotros somos incapaces de soportar el poder de la divinidad, dice: «Pero vosotros moriréis siendo humanos» (Sal 82[81],7). Declara ambas cosas: la bondad de su don y la debilidad de nuestra libertad.

Por su bondad hizo el bien a los seres humanos al crearlos libres a su semejanza; sin embargo, por su preciencia conoció la debilidad de los hombres y sus consecuencias; por su amor y poder triunfará sobre la naturaleza creada. Pues era necesario que primero apareciese la naturaleza, luego que fuera vencida, en seguida que lo mortal fuera absorbido en la inmortalidad y lo corruptible en la incorrupción (2 Cor 5,4; 1 Cor 15,53), para que el ser humano se convierta en imagen y semejanza de Dios, habiendo recibido el conocimiento del bien y del mal (Gén 3,5).

4.10. Conocimiento del bien y del mal

39,1. El hombre aprendió el bien y el mal. El bien consiste en escuchar a Dios, poner en él la fe y guardar sus mandamientos. Esto es lo que da la vida al ser humano. En cambio el mal consiste en desobedecer a Dios, lo que lo lleva a la muerte. Por su generosidad Dios dio a conocer al ser humano el bien de la obediencia y el mal de la desobediencia, a fin de que el ojo de su alma por propia experiencia pueda elegir juzgando lo que es mejor, y nunca descuide por pereza el mandato divino. Y para que por experiencia aprenda lo que es malo y le arrebata la vida, y de esta manera no se vea jamás tentado a desobedecer a Dios. [1110] En cambio puede guardar con empeño y por propia decisión la obediencia a Dios, sabiendo que en ello consiste su bien.

Por eso su conocimiento de ambas cosas va en los dos sentidos, a fin de que pueda elegir lo mejor con discernimiento. ¿Mas cómo podría discernir sobre el bien si ignorase lo que se le opone? La percepción de las cosas que tocamos es más firme y segura que la que proviene de suposición o conjetura. Así como la lengua mediante el gusto experimenta lo dulce y lo amargo, el ojo por experiencia distingue lo negro de lo blanco y la oreja por medio del oído descubre la diferencia de los sonidos, así también la mente, habiendo experimentado una y otra cosa, puede discernir sobre el bien y hacerse más firme en mantener la obediencia a Dios: ante todo por la penitencia aleja de sí la desobediencia, como cosa mala y amarga, y luego, aprendiendo por comparación lo que es contrario a lo dulce y bueno, evita ser tentado a gustar la desobediencia a Dios. Mas si alguno rehuyese conocer ambos extremos y el doble sentido al que se dirigen los pensamientos, de modo inconsciente estaría matando en sí su ser humano.

39,2. ¿Cómo podrías hacerte dios, si primero no te haces un ser humano? ¿Cómo pretendes ser perfecto, si fuiste creado en el tiempo? ¿Cómo sueñas en ser inmortal, si en tu naturaleza mortal no has obedecido a tu Hacedor? Es, pues, necesario que primero observes tu orden humano, para que en seguida participes de la gloria de Dios. Porque tú no hiciste a Dios, sino que él te hizo. Y si eres obra de Dios, contempla la mano de tu artífice, que hace todas las cosas en el tiempo oportuno, y de igual manera obrará oportunamente en cuanto a ti respecta. Pon en sus manos un corazón blando y moldeable, y conserva la imagen según la cual el Artista te plasmó; guarda en ti la humedad (351), no vaya a ser que, si te endureces, pierdas las huella de sus dedos (352). Conservando tu forma subirás a lo perfecto; pues el arte de Dios esconde el lodo que hay en ti. Su mano plasmó tu ser, te reviste por dentro y por fuera con plata y oro puro (Ex 25,11), y tanto te adornará, que el Rey deseará tu belleza (Sal 45[44],12). Mas si, endureciéndote, rechazas su arte y te muestras ingrato a aquel que te hizo un ser humano, al hacerte ingrato a Dios pierdes al mismo tiempo el arte con que te hizo y la vida que te dio: hacer es propio de la bondad de Dios, ser hecho es propio de la naturaleza humana. Y por este motivo, si le entregas lo que es tuyo, es decir tu fe y obediencia a él, entonces recibirás de él su arte, que te convertirá en obra perfecta de Dios.

39,3. Mas si rehúsas creer y huyes de sus manos, [1111] la culpa de tu imperfección recaerá en tu desobediencia y no en aquel que te llamó: él mandó a quien convocara a su boda: quienes no obedecieron, por su culpa se privaron de su cena regia (Mt 22,3). A Dios no le falta el arte, siendo capaz de sacar de las piedras hijos de Abraham (Mt 3,9; Lc 3,8); pero aquel que no se somete a tal arte, es causa de su propia imperfección. Es como la luz: no falta porque algunos se hayan cegado, sino que la luz sigue brillando, y los que se han cegado viven en la oscuridad por su culpa. Ni la luz obliga por la fuerza a nadie, así como Dios a nadie somete por imposición a su arte. Aquellos, pues, que se han apartado de la luz del Padre transgrediendo la ley de la libertad, se han alejado por su culpa, pues se les concedió la libertad y el libre albedrío.

39,4. Dios, que de antemano conoce todas las cosas, preparó para unos y para otros sendas moradas: con toda bondad otorga la luz de la incorrupción a aquellos que la buscan; en cambio aparta de sí a quienes la desprecian y rechazan, huyendo por su cuenta y cegándose. Para quienes repudian la luz y escapan de él, ha preparado las tinieblas correspondientes, a las que los entregará como justo castigo. Sujetarse a Dios es el descanso eterno. Por eso quienes huyen de la luz tendrán un puesto digno de su fuga, y quienes huyen del descanso eterno también tendrán la morada que merecen los desertores. En Dios todo es bien, y por eso quienes por propia decisión huyen de Dios, a sí mismos se defraudan y privan de sus bienes. Y por ello quienes a sí mismo se han defraudado en cuanto a los bienes de Dios, en consecuencia caerán en su justo juicio. Quienes se escapan del descanso, justamente vivirán en su castigo, y quienes huyeron de la luz vivirán en tinieblas. Así como sucede con la luz de este mundo: quienes se fugan de ella, por sí mismos se esclavizan a la obscuridad, [1112] de manera que es su propia culpa si quedan privados de la luz y deben habitar en las sombras de la noche. La luz no es la causa de ese modo de vivir, como antes dijimos. De igual modo, quienes evaden la luz eterna que contiene en sí todos los bienes, por su propia culpa vivirán en las tinieblas eternas, privados de todo bien, pues ellos mismos han construido su propio tipo de morada.

4.11. Por eso el premio y el castigo

40,1. Por consiguiente es uno y el mismo el Dios y Padre, que en su casa prepara bienes para quienes lo buscan, viven en su comunión y perseveran en su obediencia; mas también ha preparado el fuego eterno para el diablo, príncipe de la apostasía, y para los ángeles que con él se le apartaron. El Señor dice que serán arrojados al fuego aquellos que están a su izquierda (Mt 25,41). Y lo mismo dice el profeta: «Yo soy un Dios celoso, construyo la paz y condeno el mal» (Is 45,7). Construye la paz para quienes se arrepienten y se convierten a El: los llama a la amistad y a la unidad. En cambio prepara el fuego eterno y las tinieblas exteriores, grandes males para quienes caen en ellos, para los impenitentes que huyen de su luz.

4.12. Parábolas del juicio

40,2. Mas si fuese uno el Padre que da el descanso, y otro el Dios que preparó el fuego, también habrían de ser diversos los hijos: uno que conduciría al Reino del Padre, y otro al fuego eterno. Pero el Señor que juzgará a todo el género humano se mostró uno y el mismo: [1113] «Como el pastor separa las ovejas de los cabritos» (Mt 25,32), a unos les dirá: «Venid, benditos de mi Padre, a recibir el reino preparado para vosotros» (Mt 25,34), y a otros: «Apartaos de mí, malditos, id al fuego eterno que mi Padre preparó para el diablo y sus ángeles» (Mt 25,41). Con estas palabras muestra de modo evidente que también su Padre es uno solo y el mismo, «el que construye la paz y condena el mal», el que prepara para unos y otros lo que merecen, así como el único juez enviará a unos y otros al puesto justo.

Lo mismo manifestó el Señor en la parábola del trigo y la cizaña: «Como se recoge la cizaña y se quema en el fuego, así sucederá al fin de los tiempos. El Hijo del Hombre enviará a sus ángeles a recoger de su reino todos los escándalos y a los que han obrado con iniquidad para arrojarlos al horno de fuego: allí habrá sólo llanto y rechinar de dientes. Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su Padre» (Mt 13,40-43). El mismo Padre que preparó para los justos el reino al que su Hijo hace entrar a quienes son dignos, así también preparó el horno de fuego para quienes por mandato del Señor serán arrojados en él por los ángeles que enviará el Hijo del Hombre.

40,3. El había sembrado semilla buena en su campo (Mt 13,24), y dice: «El campo es el mundo; pero mientras los hombres dormían, el enemigo vino y sembró encima cizaña entre el trigo, y se marchó» (Mt 13,25.38). Desde entonces el enemigo es el ángel apóstata, desde el día en que tuvo celos de la creatura de Dios, y se empeñó en hacerla enemiga de Dios. Por eso [1114] Dios también separó de su comunión al que en oculto y por su cuenta había sembrado la cizaña, esto es la transgresión que él mismo provocó; en cambio se compadeció del hombre que por negligencia aceptó la desobediencia, e hizo rebotar la enemistad por la cual aquél lo había querido hacer enemigo de Dios, contra el mismo autor de la enemistad; quitó su enemistad contra el hombre para echarla contra la serpiente. Como dice la Escritura que dijo él a la serpiente: «Pondré enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y el linaje de la mujer: él te quebrantará la cabeza, mientras tú acecharás su talón» (Gén 3,15). El Señor recapituló en sí mismo esta enemistad, como un hombre «nacido de mujer» (Gál 4,4), y le aplastó la cabeza, como lo hemos explicado en nuestro libro precedente (353).

4.13. Los hijos del maligno

[1115] 41,1. El afirmó que algunos de los ángeles pertenecen al diablo, y para ellos se preparó el fuego eterno (Mt 25,41). También dice en la parábola de la cizaña: «La cizaña son los hijos del maligno» (Mt 13,38). Por eso debemos decir que adscribió a todos los apóstatas a aquel que es el iniciador de la transgresión. No es que (el demonio) haya creado en cuanto a su naturaleza a los ángeles y a los seres humanos. En efecto, nada se halla (en la Escritura) que el diablo haya hecho, pues él mismo es una creatura de Dios, como lo son los demás ángeles. Dios fue quien hizo todas las cosas, como dice David: «Dijo, y todas las cosas fueron hechas; lo mandó, y fueron creadas» (Sal 33[32],9).

41,2. Y como Dios creó todas las cosas, pero el diablo se convirtió en causa de la apostasía propia y de los otros, con justicia la Escritura a quienes perseveran en la apostasía siempre los llama hijos del diablo y ángeles del maligno. Según hemos explicado anteriormente, de dos maneras se puede llamar hijo a una persona: o por naturaleza, en cuanto que es hijo de nacimiento; o porque se hace hijo y se le tiene por tal. Y hay diferencia entre nacer y hacerse: porque el primero nace de otro; en cambio el segundo es hecho por otro, es decir, o en cuanto a su ser o en cuanto a la enseñanza doctrinal (354); pues suele llamarse hijo de un maestro también a quien éste educa con su palabra, y al maestro se le llama padre. En cambio, por naturaleza todos somos hijos de Dios por la creación, pues él nos ha hecho. Mas en cuanto a la obediencia y la doctrina, no todos son hijos de Dios, sino los que creen en él (Jn 1,12) y hacen su voluntad (Mt 12,50). Quienes no creen ni hacen su volutad son hijos y ángeles del diablo, porque hacen la voluntad del diablo (Jn 8,41.44). Por eso dice Isaías: «Hijos crié y elevé, pero ellos me despreciaron» (Is 1,2). Y también [1116] los llama hijos de extraños: «Esos hijos extranjeros me engañaron» (Sal 18[17],46). Por naturaleza son sus hijos, porque él los hizo; pero por sus obras no son sus hijos.

41,3. Entre los seres humanos, los hijos rebeldes a sus padres que reniegan de ellos, son hijos por naturaleza; pero por ley se pueden enajenar, pues sus padres naturales los desheredan. De modo semejante quienes no obedecen a Dios y reniegan de él, dejan de ser sus hijos. Por eso no pueden recibir su herencia, como dice David: «Desde antes de nacer se corrompen los malvados, su veneno es semejante al de la víbora» (Sal 58[57],4-5). Por eso el Señor, sabiendo que eran hijos de seres humanos, sin embargo les llamó «raza de víboras» (Mt 23,33), pues se parecen a esos animales por su modo tortuoso de moverse para dañar a los demás: «Cuidaos, dijo, de la levadura de los fariseos y saduceos» (Mt 16,6). Y afirmó de Herodes: «Id y decid a esa zorra» (Lc 13,32), para dar a entender su dolo y su astucia llena de malicia. Por eso el profeta Jeremías dijo: «El hombre a quien se eleva a los honores se convierte en bestia» (Sal 49[48],21) (355). Y también: «Se hicieron como caballos en celo ante la hembra, cada uno de ellos relincha por la mujer del prójimo» (Jer 5,8).

Isaías, predicando en Judea en disputa con Israel los llamaba «príncipes de Sodoma y pueblo de Gomorra» (Is 1,10). Así daba a entender que ellos se habían hecho semejantes a los sodomitas, por la transgresión y por cometer los mismos pecados: por la semejanza de sus actos los llamó con la misma palabra. No es que Dios los hubiera hecho así por naturaleza, ya que ellos podían obrar justamente, pues les dijo dándoles un buen consejo: «Lavaos, purificaos, arrojad de vuestros corazones la maldad ante mis ojos, apartaos de vuestras iniquidades» (Is 1,16); porque ellos cometían pecado como los sodomitas, también como ellos recibirían el castigo; mas si se convertían, hacían penitencia y se apartaban de sus maldades, podían volver a ser hijos de Dios y alcanzar la herencia [1117] de la incorrupción que él otorga. En este sentido llamó a quienes creen en el diablo y actúan según sus obras, ángeles del diablo e hijos del maligno. Uno y el mismo Dios los creó a todos en un principio; cuando creen en Dios, lo obedecen, perseveran en guardar su doctrina, son hijos de Dios; mas cuando se apartan de él y pecan, se les adscribe al diablo, el cual desde el principio se convirtió en causa de la apostasía, propia y de los otros.

Conclusión

41,4. Puesto que son muchas las palabras del Señor que anuncian a un solo y el mismo Padre Creador de este mundo, era necesario que nos explayásemos ampliamente en refutar a quienes están atrapados en muchos errores, con la esperanza de que, habiendo sido rebatidos de tantas maneras, se conviertan a la verdad y puedan salvarse. Mas es preciso que a todo este escrito, en seguida de las palabras del Señor, añadamos también la doctrina de Pablo y examinemos su enseñanza. Al exponer al Apóstol, aclaramos todos aquellos dichos de Pablo que los herejes, [1118] o no han entendido en absoluto, o han explicado optando por otras interpretaciones. De este modo ponemos en evidencia su insensata demencia y, a partir del mismo Pablo, del cual toman ocasión para cuestionarnos, desenmascaramos sus mentiras al exponer cómo el Apóstol predicó la verdad, y que todo cuanto enseñó concuerda con ella: que uno solo es el Dios Padre que habló a Abraham, envió de antemano a los profetas, en los últimos tiempos envió a su Hijo, y otorga la salvación a su plasma, que es la substancia de la carne.

Por consiguiente, en el próximo libro expondremos las restantes palabras del Señor mediante las cuales, en forma directa y sin parábolas, enseñó la doctrina sobre el Padre. En seguida agregaremos una exposición acerca de las cartas del Santo Apóstol. Con esta útima tarea te ofreceremos un trabajo completo de «denuncia y refutación de la falsa gnosis». A ti y a nosotros estos cinco libros nos servirán de ejercicio para rebatir a todos los herejes.

296. Nótese la ironía de San Ireneo: para los valentinianos, el Abismo es el Protopadre y el origen de todo el Pléroma. El es, precisamente, el Protopadre y origen del abismo de su error. [Regresar]

297. La versión latina dice que el hombre (alma y carne) fue formado a imagen de Dios. La retroversión griega (inspirada en el texto armenio: ver Introd. en SC 100*, p. 190, nota a p. 391,1), dice que «el hombre está compuesto de alma y carne» y que ésta (la carne) «fue formada a imagen de Dios», siguiendo la misma pauta antignóstica de V, 6,1. [Regresar]

298. Tomó esta imagen del Antiguo Testamento (Job 10,8; Sal 8,7; 119,73; Sab 3,1), pero dándole un nuevo sentido, para convertirla en una de las primeras imágenes del mundo físico que sirvieron para, de algún modo, ilustrar el misterio de la Trinidad, no sólo en la obra de la creación, sino en toda la Economía. [Regresar]

299. La casa, es decir el templo. Se refiere al texto que acaba de comentar poco antes: «Mi casa se llamará casa de oración». [Regresar]

300. Nótese cómo San Ireneo interpreta este pasaje, en el contexto de que el Verbo (encarnado) que de los antiguos padres ha tomado su ascendencia, por su resurrección se ha manifestado padre para ellos: Cristo es, en su humanidad, hijo de los patriarcas; por su divinidad (como Verbo) se muestra su padre, es decir el autor de la vida. [Regresar]

301. En varios lugares (ver IV, 21,1 y 25,1) San Ireneo habla de Abraham como del predecesor que inicia e impulsa nuestra fe, y de nuestro original modelo. En este pasaje expresa una idea semejante, aunque con una expresión más bella. [Regresar]

302. Nótese la idea de San Ireneo (que implica la perichóresis): al revelarse el Verbo a sí mismo en su carne, en esa misma revelación como Hijo, el Señor revela al Padre (compárese con IV, 6,3.5.7 y V, 16,3). Y ver IV, 6,6: «Pues lo invisible del Hijo es el Padre, y lo visible del Padre es el Hijo». [Regresar]

303. Se tiene noticia de que Justino escribió este libro, que no se conserva. [Regresar]

304. Está latente aquí la enseñanza de Santiago: «¿Tú crees que existe un solo Dios? Haces bien; pero también los demonios lo creen y se estremecen» (Sant 2,19). [Regresar]

305. San Ireneo ve en Cristo la total revelación del Padre, no sólo en el Nuevo Testamento, sino también en el Antiguo: el Hijo es quien revela al Padre, pero también el Padre revela al Hijo por medio del Hijo mismo. Este es el único plan de salvación de toda la historia, aunque más especialmente manifestado en la Encarnación (ver III, 11,6). [Regresar]

306. Apocalypse, revelaverit: «lo revelare». [Regresar]

307. Algunos manuscritos antiguos del Nuevo Testamento en versión latina atribuyen el Magníficat a Isabel, como los de la Vetus Latina a, b1, C, V y la versión armena del Adversus Haereses, así como Nicetas de Remesiana, en De Psalmodiae Bono IX,11. En el siglo pasado se lo atribuyeron a Isabel D. Völter, A. Loisy, y a principios de este siglo A. von Harnack. La edición de PG 7, 991 lee: «Sed Maria ait». [Regresar]

308. Hijos de Abraham no sólo son los israelitas (lo son en el orden físico), sino todos los que aceptan la fe en Cristo, que es la fe de Abraham.: ver IV, 7,2; 5,3; 34,2; V, 32,2; D 35. [Regresar]

309. En la reconstrucción del texto griego se lee: «Se ha servido ... de su progenie y sus propias manos, o sea el Hijo y el Espíritu Santo». San Ireneo advierte que del Padre provienen el Hijo y el Espíritu Santo, y que el Padre se sirve de éstos como de sus manos para llevar a cabo la creación. Que tanto el Hijo como el Espíritu Santo sean «gennema» (progenie) del Padre, es claro, por ejemplo en IV, 6,6 y 20,3. (Nótese que en siglos posteriores, a partir de la disquisición de Orígenes acerca de la «procedencia» al interior de la Trinidad, ser «progenie» del Padre se reserva al Hijo, como su carácter personal, a diferencia del Espíritu Santo). [Regresar]

310. O bien, «de una misma substancia» (ousías). [Regresar]

311. Es típica de San Ireneo la idea de que Dios siempre se ha comunicado con el hombre por medio de su Hijo (o del Verbo), desde los inicios, conversando con Adán (ver D 12), y revelándose a Abraham (ver D 44), a Jacob (A 45), a Moisés (D 46). Ver III, 6,1; IV, 22,2; 34,5. [Regresar]

312. San Ireneo concibe toda la Economía como una gran sinfonía. Hay diversas etapas históricas en la manera como el único plan de salvación se desarrolla (como son diversas las notas que componen una única melodía), pero todas ellas cantan la misma gloria del Padre. Nótese que San Ireneo se inspira en el texto de la Biblia que está citando: en Lc 15,25 leemos que el hijo mayor, al regresar del campo, advirtió que su hermano menor había regresado a la casa paterna, cuando «oyó la sinfonía». En II, 25,2 ha usado una imagen semejante para refutar a los gnósticos, los cuales, por las distintas obras, deducen a diversos creadores: la pluralidad de las obras es como la de las notas que construyen una sola melodía. [Regresar]

313. Signo de la absoluta generosidad de Dios. Resuena el eco del Sal 50: en 9-13 Yahvé aclara no tener necesidad de que le ofrezcamos sacrificios de animales, pues toda la tierra y cuanto contiene es suyo. Y, sin embargo, en 14-15 acepta el sacrificio de alabanza para liberar al hombre: así éste, al quedar liberado, le dará gloria. [Regresar]

314. Este no es un texto bíblico. Parece una sentencia tomada de alguna colección de espíritu bíblico, más o menos semejante a Ecclo 39,14. También lo cita CLEMENTE DE ALEJANDRIA, Pedagogo III, 12: PG 8,669. [Regresar]

315. Recuérdese que para San Ireneo Dios hace todo por su Verbo, incluso en el Antiguo Testamento: el Verbo llamó a Abraham y a Moisés, habló a Adán (ver IV, 10,1), a Caín y a los profetas. Poco más adelante nos dice que «Dios siempre concede al justo...» (ver IV 20,1 y 4): estos son signos de la única Economía del Padre, realizada a través del tiempo. Esta unidad perfecta elimina la posibilidad de la doctrina gnóstica sobre el Dios del Antiguo Testamento, distinto del Padre de nuestro Señor Jesucristo. [Regresar]

316. Conéctese con IV, 14,1 y 17,1: San Ireneo subraya la absoluta generosidad de Dios, que nada necesita de nuestros dones porque todo es suyo. Por eso respecto al culto y el sacrificio (cuyo prototipo es la Eucaristía: ver I, 13,2), si Dios los ha mandado y acepta, lo hace sólo por nuestro bien. Esta actitud cristiana contrasta con la de los gnósticos: si ellos consideran malos los dones creados por Dios, entonces al ofrecérselos (por ejemplo en la caricatura de Eucaristía celebrada por Marco) más bien ofenden a Dios al ofrecerle sus dones que, por hipótesis suya, son frutos de corrupción y de desecho. [Regresar]

317. San Ireneo muestra en este pasaje el valor de la Eucaristía. [Regresar]

318. Es decir, cuántos codos miden los cielos. [Regresar]

319. Atribuido erróneamente a la Escritura. En realidad es de HERMAS, El Pastor II, 1. San Ireneo tiene en mente este pasaje que, o cita parcialmente o al menos de modo implícito, en varias ocasiones (ver I, 15,5; 22,1; II, 10,2; 30,9). [Regresar]

320. San Ireneo algunas veces atribuye la inspiración profética al Verbo, otras al Verbo por el Espíritu: ver D 5, 3, 49, 100. [Regresar]

321. Párrafo riquísimo que condensa varios aspectos de la teología de San Ireneo, y a su vez resulta una fuerte arma contra la gnosis: es verdad que Dios es invisible y trascendente; pero esto no lo hace del todo desconocido: en su omnipotencia puede acercarse a nosotros y darse a conocer si él lo quiere. Y contra la división entre el Dios del Antiguo Testamento y el Padre de nuestro Señor Jesucristo, propone el único plan de salvación: Dios se dejó ver en forma profética en el Antiguo Testamento por el Espíritu; en el Nuevo Testamento por la adopción en el Hijo; y se nos manifestará en plena visión como Padre en su Reino futuro. [Regresar]

322. Recuérdese que el Nuevo Testamento llama a la Palabra de Dios hecha hombre la Roca: Mt 7,25; Lc 6,48; 1 Cor 10,4; 1 Pe 2,4-8. [Regresar]

323. La Iglesia del Nuevo Testamento, que proviene en mayoría de los gentiles. [Regresar]

324. Es decir, el pueblo judío. [Regresar]

325. PG 7, 1045: «a Judaeis patitur». [Regresar]

326. Aquí se halla implícita una extensión de la imagen paulina del primer y segundo Adán, a todos los seres humanos: los «primeros hombres» son los encabezados por el primer Adán en el pecado; «los últimos» son los discípulos de Cristo, los redimidos cuya cabeza es el segundo Adán. [Regresar]

327. San Ireneo también cita este texto en III, 20,4 (ver ahí la nota), donde lo refiere a Isaías, y en IV, 33,1.12; V, 31,1, sin atribución especial. No se conoce en la Biblia como la conservamos. [Regresar]

328. San Ireneo afirma la estrecha unidad de los dos Testamentos (preludia la afirmacion del Concilio Vaticano II, DV 16): el Antiguo Testamento prepara y da comprensión al Nuevo, y éste, a su vez, da sentido y cumplimiento al Antiguo. Argumento antiherético, destruye la idea marcionita de los dos dioses. [Regresar]

329. Idea muy cara a San Ireneo: por su resurrección, Cristo no sólo es el Primogénito de los muertos, sino también el inicio de la vida para los que duermen, es decir, el principio de su resurrección (ver II, 22,4; III, 22,4). [Regresar]

330. Ver III, 12,10. [Regresar]

331. Es decir, judíos y gentiles. Estos, después de Hech 15, no están obligados a circuncidarse para ser recibidos en la fe. [Regresar]

332. Ver IV, 16,1-5. [Regresar]

333. Episkópous, lit. guardianes; en el latín traducido, con la mentalidad de Ireneo, como obispos. [Regresar]

334. Es decir, no condenan la ingratitud de los egipcios que habían recibido todo de los antepasados del pueblo hebreo. [Regresar]

335. Es decir, a los hebreos que tomaron objetos de los egipcios. [Regresar]

336. Haì dyo synagogaí, literalmente las dos asambleas, es decir las dos Iglesias, la del Antiguo y la del Nuevo Testamento. [Regresar]

337. Es decir, el hombre espiritual, sujeto del pasaje anterior. Es también el sujeto de los párrafos siguientes. [Regresar]

338. Signo de que, desde el siglo II, se consagraba una mezcla de vino y agua, como después lo confirman muchos de los Padres. [Regresar]

339. Los Eones provienen, según ellos, de la unión del principio masculino con el femenino. [Regresar]

340. Fuerte ironía contra las fantasiosas teorías acerca del nacimiento de los Eones en el Pléroma. Los herejes fabrican estas fábulas y las enseñan con todo aplomo como si fuesen el fundamento de toda la verdad. Y las proclaman con tal seguridad, que pareciera que (a falta de toda prueba) ellos mismos han sido testigos de los orígenes del Pléroma (ver II, 28,6). [Regresar]

341. HOMERO, La Ilíada, 9, 312-313. [Regresar]

342. Los ebionitas afirman que Jesús nació naturalmente de Jesús y de María, como un simple hombre sobre el cual descendió el Cristo durante el bautismo. San Ireneo sabe que la concepción virginal de Jesús es el signo de su divinidad. Si los ebionitas la niegan, es porque no reconocen en Jesús al Hijo de Dios. Pero, si es así, ellos mismos, al renegar de la fe en Jesús, el Hijo de Dios, renuncian a ser salvos. Al mismo tiempo, esa concepción virginal es el signo del renacimiento (es decir del bautismo) cristiano: si se rechaza el signo, el bautismo pierde significado como nuevo nacimiento. [Regresar]

343. Ver III, 16,6 y 18,1-2. Antes de la venida del Hijo en la carne, se sabía que el ser humano es imagen de Dios, pero no se conocía que el Hijo era su imagen, y según él habíamos sido creados. La encarnación revela esta imagen en nosotros, de modo que descubramos en nuestro ser que estamos destinados a ser hijos de Dios, y por ende se nos desvele Dios como Padre. Ver D 22. [Regresar]

344. A fines del s. II aún no existía el símbolo de la fe como tal. Aquí, como en otras «formulaciones trinitarias» de San Ireneo (ver «Trinidad» en el índice analítico), se hallan en semilla los elementos básicos de la confesión de la fe que dio origen al credo (ver poco adelante, IV, 33,15). [Regresar]

345. Está en esta palabra insinuada la original etimología: el testimonio de la fe. [Regresar]

346. Ver III, 20,4. [Regresar]

347. Véase la nota de III, 22,4. Aquí se apunta la finalidad del descenso al Hades (como en D 78): si tras su muerte el Hijo hecho carne no hubiese descendido para buscar a la oveja perdida, la Economía de Dios hubiera quedado sin efecto en el Antiguo Testamento, Adán y los justos no habrían sido recapitulados, habría vencido en ellos la serpiente. [Regresar]

348. Es decir, de parte del Demiurgo psíquico (ver III, 5,1; 10,1, etc.). [Regresar]

349. Esto es, Horus. [Regresar]

350. Authentía: el Principio, el Principado o la suprema Potencia. [Regresar]

351. En varias ocasiones San Ireneo compara el Espíritu de Dios con el rocío, la humedad o el agua viva. [Regresar]

352. Imagen muy semejante a la de las dos manos de Dios: indica al Verbo y al Espíritu. Tanto más que, al principio del próximo párrafo (39,3) se refiere a las manos. [Regresar]

353. Ver III, 23,3. [Regresar]

354. En la antigüedad era común llamar «padres» a los maestros. [Regresar]

355. Nótese que atribuye a Jeremías la cita de un Salmo. [Regresar]

LIBRO V: LA RESURRECCION DE LA CARNE 

Prólogo

[1119] Mis hermano querido, en los primeros cuatro libros que te hemos enviado, han quedado refutados todos los herejes, y desenmascaradas las doctrinas que ellos enseñan, así como también sus mal interpretadas teorías. Conocimos algunas de ellas a través de las explicaciones que nos llegaron mediante sus escritos, otras por medio de la conclusión que se sigue de todos sus argumentos. También hemos expuesto la verdad y mostrado la predicación de la Iglesia, que, como hemos demostrado, corresponde a la proclamación de los

profetas, Cristo la ha llevado a la perfección, los Apóstoles la han transmitido, y la Iglesia la ha recibido en todo el universo (356). Esta es la única que, como fiel custodio, la trasmite a sus hijos. Igualmente hemos resuelto todas las cuestiones que los herejes nos proponen; y hemos explicado la doctrina apostólica, y expuesto muchas verdades que el Señor realizó y enseñó por medio de parábolas.

En este quinto libro de toda la obra, sobre la Exposición y refutación de la falsa gnosis, trataremos de mostrar cuanto se refiere al resto de la doctrina de nuestro Señor y de las cartas de los Apóstoles, tal como nos has pedido. Obedecemos a tu mandato, porque nuestra misión es el servicio de la Palabra (Hech 6,4). Por eso elaboramos esta doctrina hasta donde da nuestra capacidad, usando todos los medios posibles, a fin de proporcionarte una ayuda [1120] contra los ataques de los herejes, para volver a conducir y convertir a la Iglesia de Dios a quienes han errado, y para confirmar a los neófitos, de manera que sean capaces de mantenerse firmes en la fe que recibieron custodiada por la Iglesia. De este modo no podrán engañarlos aquellos que les enseñan mal, tratando de apartarlos de la verdad.

Conviene que tú y cuantos lean este escrito se informen cuidadosamente de cuanto hemos dicho anteriormente, para que conozcan los argumentos mismos que hemos refutado. Siguiendo este camino podréis oponeros a ellos y estar preparados para acoger las pruebas contra sus errores; y seréis capaces de tirar como estiércol sus doctrinas, con la fe que viene del cielo, siguiendo al único Maestro verdadero, el Verbo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, quien por su inmenso amor (Ef 3,19) se hizo lo que nosotros somos, a fin de elevarnos a lo que él es.

1. La resurrección de la carne 1.1. Fin de la encarnación

1,1. Porque nosotros no habríamos podido aprender de otra manera las cosas divinas, si nuestro Maestro, el Verbo, no se hubiese hecho hombre; ni algún otro podía narrarnos las cosas del Padre (Jn 1,18), [1121] sino su propio Verbo: «¿Pues quién (fuera de él) conoce la mente del Señor? ¿o quién es su consejero?» (Rom 11,34). Ni nosotros habríamos podido aprender de otro modo, sino viendo a nuestro Maestro y participando de su voz con nuestros oídos, como imitadores de sus obras, que se hacen cumplidores de sus palabras (Sant 1,22), que tienen comunión con él (1 Jn 1, 6). Nosotros, los que hemos nacido recientemente, recibimos el crecimiento del que es perfecto y anterior a toda la creación, y el único bueno y excelente; y a semejanza de aquél, para obtener de él el don de la incorrupción, puesto que hemos sido predestinados a existir (Ef 1,11-12) cuando aún no existíamos, según el preconocimiento del Padre (1 Pe 1,2); y comenzamos a existir por el ministerio del Verbo en los tiempos prefijados (357).

El es completo en todo, como Verbo poderoso y hombre verdadero, y nos compró con su sangre a la manera propia del Verbo (358) (Col 1,14), dándose a sí mismo en rescate (1 Tim 2,6) por los que habíamos sido hechos cautivos. Y como de modo injusto dominaba sobre nosotros la apostasía, y siendo nosotros, por naturaleza, propiedad de Dios todopoderoso, nos enajenó contra naturaleza y nos hizo sus discípulos; como el Dios Verbo es poderoso y no falla en la justicia, justamente se volvió contra esa apostasía, para redimir de ella lo que era suyo; no por la fuerza, como aquélla había dominado nuestros inicios arrebatando insaciablemente lo que no era suyo; sino por persuasión, como convenía a un Dios que persuade y que no nos fuerza a recibir lo que él quiere; de modo que ni se destruyese lo que es justo ni se perdiese la antigua criatura de Dios.

Así pues, el Señor nos redimió con su propia sangre (Col 1,14), dando su vida por la nuestra y su carne por nuestra carne, y derramando el Espíritu del Padre para la unidad y comunión entre Dios y los hombres. Así trajo a Dios a los hombres mediante el Espíritu; y levantando los hombres a Dios por medio de su propia carne, por su venida nos otorgó su inmortalidad de manera firme y verdadera, mediante la comunión con él. Con esto se destruyen todas las doctrinas de los herejes.

1.2. Contra los docetas

1,2. Están locos, pues, quienes dicen que él se manifestó en apariencia; [1122] porque estas cosas no sucedían en apariencia, sino en la substancia de la verdad. Porque si no siendo hombre aparecía como hombre, entonces no habría seguido siendo en verdad lo que era, Espíritu de Dios (359), ya que el Espíritu es invisible; ni habría alguna verdad en él, ya que no era lo que parecía. Ya hemos dicho que Abraham y los demás profetas lo habían visto proféticamente, y habían profetizado por la visión lo que habría de ser en el futuro. Pero si luego apareció sin ser aquello que parecía, entonces habría sido para los hombres sólo una visión profética, y entonces habría que esperar la venida de aquél, tal como debía ser según se vería entonces en aparición profética. Ya hemos demostrado que es lo mismo afirmar que se manifestó en apariencia, y que nada tomó de María; porque no habría tenido verdadera carne y sangre para por ellas redimirnos, si no hubiese recapitulado en sí la antigua criatura de Adán. Están pues locos los valentinianos que esto enseñan, porque anulan la vida de la carne al rechazar la obra modelada por Dios.

1,3. También están locos los ebionitas cuando rechazan la unión de Dios y del hombre, porque no lo reciben por la fe en su alma. Perseveran en el viejo fermento de su viejo origen (360), y no quieren comprender que el Espíritu Santo descendió sobre María, y el poder del Altísimo la cubrió. Por eso el que fue engendrado es santo e Hijo de Dios Altísimo, Padre de todas las cosas, el cual, llevando a cabo la encarnación, reveló un nuevo nacimiento. [1123] Pues así como por el viejo nacimiento heredamos la muerte, así por este nacimiento heredamos la vida.

De esta manera ellos condenan la mezcla del vino celeste, y quieren ser sólo agua mundana, y por eso no aceptan que Dios entre en comunión con ellos; sino que perseveran en aquel Adán vencido y echado del paraíso. No miran que, así como al principio el aliento de vida que Dios sopló en Adán, al unirse con la criatura plasmó al hombre, mostrándolo animal racional, así también al final el Verbo del Padre y el Espíritu de Dios, unido a la substancia de Adán como a su antigua criatura, lo transforma en hombre viviente y perfecto, y capaz de recibir al Padre perfecto. De este modo, así como todos hemos muerto en la condición animal, así también todos tendremos la vida en la espiritual. Porque Adán jamás escapó de las manos de Dios, a las cuales el Padre dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1,26). Por eso, al final, no por deseo de la carne ni por deseo de varón (Jn 1,13), sino por el beneplácito del Padre, sus manos llevaron a plenitud al hombre viviente, para que se haga conforme a la imagen y semejanza de Dios (361).

1.3. Contra los Marcionistas

2,1. Igualmente están locos quienes afirman [1124] que el Señor vino a lo que no era suyo, como si hubiese anhelado lo ajeno, a fin de presentar a un hombre hecho por otro, a un Dios que ni lo habría hecho ni creado; sino que habría quedado desde el principio privado de su propia hechura humana. Su venida habría sido injusta, pues según ellos habría venido a lo que no le pertenecía; ni nos habría redimido con su sangre si no se hubiese hecho hombre verdadero, para restaurar a su creatura; pues, según dice la Escritura, el hombre fue hecho a imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26). De este modo, no arrebató dolosamente lo ajeno, sino que asumió con justicia y benignidad lo que era suyo: con justicia en cuanto a la apostasía, pues con su sangre nos liberó de ella (Col 1,14); y con benignidad respecto a nosotros, los que hemos sido redimidos. Pues ni nosotros le hemos dado nada (Rom 11,35) para merecerlo, ni él necesita de nosotros como si fuese un indigente; pues somos nosotros a quienes hace falta cuanto nos lleva a la comunión con él. Por eso se entregó generosamente a sí mismo, a fin de reunirnos en el seno del Padre.

1.4. Contra quienes niegan la resurrección: EL PESAJ

2.2. Están enteramente locos quienes rechazan toda la Economía de Dios, al negar la salvación de la carne y despreciar su nuevo nacimiento, pues dicen que ella no es capaz de ser incorruptible. Pues si ésta no se salva, entonces ni el Señor nos redimió con su sangre, ni el cáliz de la Eucaristía es comunión con su sangre, ni el pan que partimos es comunión con su cuerpo (1 Cor 10,16). Porque la sangre no puede provenir sino de las venas y de la carne, [1125] y de todo lo que forma la substancia del hombre, por la cual, habiéndola asumido verdaderamente el Verbo de Dios, nos redimió con su sangre. Como dice el Apóstol: «En él tenemos la redención por su sangre y la remisión de los pecados» (Col 1,14). Y, como somos sus miembros (1 Cor 6,15) y nos alimentamos por medio de creaturas, él mismo nos facilita su creación, haciendo salir el sol y llover como él quiere (Mt 5,45). Pues él mismo confesó que el cáliz, que es una creatura, es su sangre (Lc 22,20; 1 Cor 11,25), con el cual hace crecer nuestra sangre; y el pan, que es también una creatura, declaró que es su propio cuerpo (Lc 22,19; 1 Cor 11,24), con el cual hace crecer nuestros cuerpos.

2.3. En consecuencia, si el cáliz mezclado (362) y el pan fabricado reciben la palabra de Dios (363) para convertirse en Eucaristía de la sangre y el cuerpo de Cristo, y por medio de éstos crece y se desarrolla [1126] la carne de nuestro ser, ¿cómo pueden ellos negar que la carne sea capaz de recibir el don de Dios que es la vida eterna, ya que se ha nutrido con la sangre y el cuerpo de Cristo, y se ha convertido en miembro suyo? Cuando escribe el Apóstol en su Carta a los Efesios: «Somos miembros de su cuerpo» (Ef 5,30), de su carne y de sus huesos, no lo dice de algún hombre espiritual e invisible -pues «un espíritu no tiene carne ni huesos» (Lc 24,39)- sino de aquel ser que es verdadero hombre, que está formado por carne, huesos y nervios, el cual se nutre de la sangre del Señor y se desarrolla con el pan de su cuerpo.

[1127] Cuando una rama desgajada de la vid se planta en la tierra, se pudre, crece y se multiplica por obra del Espíritu de Dios que todo lo contiene. Luego, por la sabiduría divina, se hace útil a los hombres, y recibiendo la Palabra de Dios, se convierte en Eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo. De modo semejante también nuestros cuerpos, alimentados con ella y sepultados en la tierra, se pudren en ésta para resucitar en el tiempo oportuno: es el Verbo de Dios quien les concede la resurrección, para la gloria de Dios Padre (Fil 2,11). Este es quien transforma lo mortal en inmortal, y a lo corruptible concede gratuitamente hacerse incorruptible (1 Cor 15,53), pues el poder de Dios se manifiesta en la debilidad (2 Cor 12,9).

Por eso no debemos presumir de tener la vida por nosotros mismos, pues esto sería levantarse contra Dios, con una mente ingrata. Al contrario, por la experiencia hemos de aprender que de su grandeza, y no de nuestra naturaleza, recibimos como don el vivir para siempre. Así pues, ni vayamos alguna vez a privarnos de la gloria que de Dios procede, ni ignoremos lo que es nuestra naturaleza; [1128] sino que hemos de saber cuál es el alcance del poder divino, y qué recibe el hombre en razón de beneficio. De este modo no erraremos acerca de la verdadera comprensión de lo que es propio de Dios y de lo que al hombre corresponde. ¿O acaso, como antes hemos dicho, no ha permitido Dios que nosotros nos desintegremos (en la tierra), a fin de que por todos los medios hagamos el esfuerzo por aprender, venciendo la ignorancia sobre Dios y sobre nosotros mismos?

1.5. Obra del poder del Padre en la carne

3,1. En su segunda Carta a los Corintios el Apóstol muestra con toda claridad que el hombre fue dejado a su propia debilidad, no fuese a suceder que, por orgullo, se apartase de la verdad: «Y para que por la sublimidad de las revelaciones no me engría, se me dio el aguijón de la carne, un ángel de Satanás que me abofetea. Por eso le pedí al Señor que me lo quitara, pero él me dijo: Te basta mi gracia, porque el poder se perfecciona en la debilidad. Por este motivo me glorío en mis debilidades, a fin de que habite en mí el poder de Cristo» (2 Cor 12,7-9). ¡Cómo! -te dirá alguno-, ¿el Señor quiso que su Apóstol fuese abofeteado y que sufriera tal debilidad? Sí, te dice la Palabra, «porque el poder se perfecciona en la debilidad», haciendo mejor a aquel que por su debilidad descubre [1129] la potencia de Dios. Pues, ¿de qué otra manera el hombre podía reconocerse débil y mortal por naturaleza, y a Dios inmortal y poderoso, si no hubiese aprendido por propia experiencia lo que son uno y otro?

Ningún mal hay en descubrir la propia debilidad al sufrirla, pues éste es mayor bien que errar acerca de la propia naturaleza. En cambio, alzarse contra Dios y presumir de la gloria como si fuese propia, torna ingrato al hombre, lo cual le causa mucho daño; pues le arrebata al mismo tiempo la verdad y el amor que debe a aquel que lo hizo. Pero la experiencia de lo uno y de lo otro le proporciona el verdadero saber acerca de Dios y del hombre, y aumenta en éste el amor a Dios; pues ahí donde abunda el amor, ahí también se acrecienta la gloria, por el poder de Dios, de aquellos que lo aman (364).

3.2. Desprecian el poder de Dios y no contemplan la verdad, quienes miran la debilidad de la carne sin contemplar también el poder de aquel que la resucita de entre los muertos (Heb 11,19). Si no da la vida a lo mortal ni la incorrupción a lo corruptible, entonces Dios deja de ser poderoso. Pero, que en todas estas cosas Dios manifiesta su poder, lo podemos descubrir en nuestro origen, pues Dios modeló al hombre del barro de la tierra (Gén 2,7). Y, sin embargo, es más difícil y duro de creer que han sido hechos de la nada los huesos, los nervios [1130] y las venas y toda la estructura del hombre para que éste exista como un animal racional, que el volver a reintegrar a aquel que había sido creado y luego se había deshecho en la tierra, regresando a aquellos elementos de los que al principio había sido plasmado cuando aún no existía. Porque aquel que a los comienzos hizo que existiera lo que no existía, cuando él lo quiso, mucho más, según su voluntad, volverá de nuevo a restituir a la vida a aquéllos a quienes él se la ha dado.

Se descubrirá que la carne es capaz de recibir el poder de Dios, así como al principio acogió su arte. Una parte de ésta llegó a ser ojo que ve, otra oído que oye, otra mano que obra y palpa, otra nervios extendidos por todo el cuerpo para dar forma a los miembros, otra arterias y venas por las que circulan la sangre y la respiración, otra vísceras diversas, otra sangre, dando lugar a la unión del alma con el cuerpo. [1131] ¿Qué más decir? No es posible enumerar todos los elementos de los miembros humanos, que no provienen de otra fuente sino de la grande sabiduría de Dios (Sal 104[103],24). Pues todo aquello que participa de la sabiduría de Dios, también tiene parte en su poder.

3.3. La carne, pues, no está privada de la sabiduría y del poder de Dios: porque el poder de aquel que le da la vida, se muestra en la debilidad (2 Cor 12,9), esto es, en la carne. Si esto es así, que quienes hipotizan que la carne no es capaz de la vida como don de Dios nos digan si ellos mismos en este momento viven y participan de esta vida, o si se consideran ahora mismo ya muertos. Mas si están muertos, ¿cómo se mueven, hablan y realizan todas aquellas obras propias de vivos y no de muertos? Pero si ahora viven y todo su cuerpo está lleno de vida, ¿confiesan que tienen vida en el presente? Porque si no, serían como aquel que, teniendo en la mano una esponja llena de agua o una antorcha encendida, dijese que una esponja no es capaz de contener agua o una antorcha fuego. [1132] De manera semejante ellos, diciendo vivir y alegrándose de tener vida en sus miembros, teorizan que sus miembros no son capaces de la vida. Y eso que esta vida temporal, siendo mucho más débil que la eterna, sin embargo es tan poderosa que puede vivificar nuestros cuerpos mortales (Rom 8,11). ¿Por qué la vida eterna no será capaz de vivificar la carne ya ejercitada y acostumbrada a llevar la vida?

Que la carne participe de la vida verdadera, se muestra por la misma vida presente: pues vive en cuanto Dios quiere que viva. Y que Dios es poderoso para dar la vida, es evidente: pues nosotros vivimos porque él nos ha concedido la vida. Y siendo Dios poderoso para dar la vida a su creatura, siendo capaz de vivificar la carne, ¿qué puede impedir que la carne pueda recibir la incorrupción, la cual no es sino una larga vida sin fin que Dios concede?

1.6. El Padre que ellos predican es falso

[1133] 4,1. Aquellos que fabrican otro Padre al que llaman bueno, fuera del Demiurgo se engañan a sí mismos; pues, al afirmar que no es él quien vivifica a nuestros cuerpos, lo suponen débil, inútil y negligente, por no decir egoísta y celoso. Pues ellos mismos dicen que muchas cosas, de todos conocidas, son inmortales, como el espíritu, el alma y otras semejantes, porque el Padre les da la vida; pero éste deja otras cosas, las cuales no podrían dar la vida si Dios no se la da; eso prueba que tal Padre de ellos es débil e impotente, e incluso celoso y envidioso. Ya hemos expuesto cómo el Demiurgo da vida a nuestros cuerpos mortales en este mundo y, como lo ha prometido por los profetas, les dará la resurrección: ¿quién puede mostrarse más poderoso, más fuerte y realmente bueno? ¿el Demiurgo, que da vida a todo el ser humano, o el que ellos falsamente llaman Padre, el cual finge dar la vida a aquellos seres que son por naturaleza inmortales, pero que abandona a aquellos que necesitan de su ayuda para vivir, no dándoles benignamente la vida, sino dejándolos negligentemente en la muerte? Este, al que ellos llaman Padre, ¿o no les da la vida aunque podría dársela, o no se la da porque pudiendo no quiere hacerlo? Si no lo hace porque no está en su poder, entonces dicho Padre no es poderoso ni perfecto como el Demiurgo: pues el Demiurgo da la vida, como se ve claramente, mientras aquél no podría darla. Si en cambio no lo hace porque pudiendo dar la vida no la quiere dar, entonces dicho Padre no es bueno, sino egoísta y negligente.

4,2. Mas si ellos aducen otra causa por la cual el que ellos llaman Padre no da la vida a los cuerpos, por fuerza dan a entender que tal causa es más poderosa que el Padre; porque dicha causa limitaría su bondad, y por tanto su benignidad quedaría debilitada por la pretendida causa. Pues que los cuerpos son capaces de recibir la vida, es para todos evidente: porque viven según Dios quiere que vivan; por este motivo ellos no pueden alegar que los cuerpos sean incapaces de vivir. [1134] Pero si, pudiendo participar de la vida, no la reciben por otra causa o necesidad, en tal caso el Padre que ellos hipotizan está sujeto a

a tal necesidad o causa, y por tanto no es libre y dueño de sus decisiones.

1.7. El poder del Dios que da la vida

5,1. Si Dios lo quiere, los cuerpos humanos pueden vivir mucho tiempo. Si leen las Escrituras, encontrarán que hombres de la antigüedad superaron los 700, 800 o 900 años: sus cuerpos alcanzaban a vivir largo tiempo, y gozaban de la vida cuanto Dios quería que ellos viviesen. ¿Qué decir sobre ellos? Enoc fue agradable a Dios, y fue trasladado en su cuerpo (Gén 5,24) a la otra vida, para indicar la sobrevivencia de los justos. Y Elías fue asumido en su substancia criatural (2 Re 2,11), como un anuncio profético de la asunción de los hombres espirituales. El cuerpo no les impidió ser trasladados y asumidos; porque los trasladaron y asumieron las mismas manos que al principio los habían creado.

Las manos de Dios se habían acostumbrado en Adán a ordenar, [1135] sostener y apoyar a su criatura, y a ponerla y cambiarla a donde querían. ¿Dónde fue colocado el primer hombre? En el paraíso, como dice la Escritura: «Y Dios plantó un jardín en el Edén, hacia el oriente, y ahí puso al hombre que había formado» (Gén 2,8). De ahí fue arrojado a este mundo, una vez que pecó. Por eso dicen los presbíteros, discípulos de los Apóstoles, que allá se llevó a quienes fueron trasladados (porque el paraíso se preparó para los justos, portadores del Espíritu: ahí fue elevado también Pablo, que escuchó palabras inefables para quienes vivimos en este mundo: 2 Cor 12,4). Allí permanecen hasta la consumación (de los siglos) preludiando la incorrupción.

5,2. Hay quienes juzgan imposible que algunos hombres hayan vivido tanto tiempo, y que Elías haya sido arrebatado en la carne, habiendo sido consumida su carne en el carro de fuego (2 Re 2,11). Ese tal caiga en la cuenta de que también Jonás, arrojado al mar y absorbido en el vientre de la ballena, por mandato de Dios de nuevo fue echado salvo a tierra (Jon 1-2). Igualmente Ananías, Azarías y Misael, arrojados al horno de fuego encendido siete veces, ni sufrieron daño ni olieron [1136] a carne quemada (Dan 3). En todos ellos la mano de Dios realizó estas cosas impensadas e imposibles a la naturaleza humana. ¿Por qué admirarse, pues, si también en aquellos que mueren obra algo para nosotros impensado, sujeto a la voluntad del Padre? Dicha mano es el Hijo de Dios, según dice la Escritura que el rey Nabucodonosor exclamó: «¿Acaso no he echado al horno a tres varones? Pues yo veo a cuatro caminar en medio del fuego, y el cuarto parece el Hijo de Dios» (Dan 3,91-92).

Por consiguiente, ni la naturaleza de todas las cosas creadas, ni la debilidad de la carne, son más fuertes que la voluntad divina. Dios no está sujeto a las cosas que ha hecho, sino éstas a él, y en todo sirven a su voluntad. Por eso dice el Señor: «Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios» (Lc 18,27). Pues así como a quienes ignoran las economías de Dios (365) les es imposible entender que algún ser humano pueda vivir tantos años, así también algunos que vivieron antes que nosotros siguen viviendo después de haber sido trasladados (al cielo), según la longevidad que los primeros prefiguraron (Sal 23[22],6), al salir salvos del vientre de la ballena y del horno ardiente: porque eran llevados por la mano de Dios, para mostrar su poder. Lo mismo sucede ahora, aunque haya quienes, ignorando el poder y la promesa de Dios, se oponen a su propia salvación; pues juzgan imposible que Dios resucite a los muertos a fin de concederles durar para siempre. Mas la incredulidad de éstos no puede anular la fidelidad de Dios (Rom 3,3).

1.8. Quiénes son los hombres espirituales

6.1. Dios será glorificado en su criatura [1137] que por su bondad ha hecho semejante a él, y conforme a la imagen de su Hijo. Pues el hombre, y no sólo una parte del hombre, se hace semejante a Dios, por medio de las manos de Dios, esto es, por el Hijo y el Espíritu. Pues el alma y el Espíritu pueden ser partes del hombre, pero no todo el hombre; sino que el hombre perfecto es la mezcla y unión del alma que recibe al Espíritu del Padre, y mezclada con ella la carne (366), que ha sido creada según la imagen de Dios. Por eso dice el Apóstol: «Hablamos de la sabiduría de los perfectos» (1 Cor 2,6); llamando perfectos a quienes recibieron el Espíritu de Dios, y que hablan en todas las lenguas por el Espíritu de Dios, como él mismo hablaba.

También nosotros hemos oído a muchos hermanos en la Iglesia, que tienen el don de la profecía (367), y que hablan en todas las lenguas por el Espíritu, haciendo público lo que está escondido en los hombres y manifestando los misterios de Dios, a quienes el Apóstol llama espirituales (1 Cor 2,15): éstos son espirituales, porque participan del Espíritu; pero no desnudos y privados de la carne, como si lo recibiesen sólo de manera desnuda. Pues si alguien prescindiera de la substancia de la carne, esto es de la criatura, y quisiera entender lo anterior como dicho sólo del puro espíritu (368), entonces no se podría hablar de que el hombre en cuanto tal es espiritual, sino sólo del espíritu del hombre y del Espíritu de Dios (1 Cor 2,11). Mas este Espíritu se une a la criatura al mezclarse con el alma; y así por la efusión del Espíritu, el hombre se hace perfecto y espiritual: y éste es el que ha sido hecho según la imagen y [1138] semejanza de Dios (Gén 1,26). Si le faltase el Espíritu al alma, entonces seguiría como tal, siendo animado; pero quedaría carnal, en cuanto se le dejaría siendo imperfecto (369): tendría la imagen en cuanto criatura, pero no recibiría la semejanza por el Espíritu.

Pues así como éste sería imperfecto, así también, si alguno suprimiera la imagen y despreciara la creatura, ya no podría hablar de todo el hombre, sino sólo o de una parte del hombre (como arriba dijimos) o de algo distinto del hombre. No es que la sola carne creada sea de por sí el hombre perfecto, sino que es sólo el cuerpo del hombre y una parte suya. Pero tampoco sola el alma es ella misma el hombre; sino que es sólo el alma del hombre y una parte del hombre. Ni el Espíritu es el hombre: pues se le llama Espíritu y no hombre. Sino que la unión y mezcla de todos éstos es lo que hace al hombre perfecto. Por eso el Apóstol, manifestándose a sí mismo, explicó que el hombre espiritual y perfecto es el que se salva, según afirma en la primera Epístola a los Tesalonicenses: «El Dios de la paz os santifique y haga perfectos, y que todo vuestro ser, Espíritu, alma y cuerpo, permanezcan sin mancha hasta la venida del Señor Jesucristo» (1 Tes 5,23). ¿Y qué otro motivo tenía para suplicar que hasta la venida del Señor perseverasen íntegros y perfectos estos tres, o sea el alma, el cuerpo y el Espíritu, si no supiese que era única y la misma, la salvación de todos los tres íntegros y unidos? Por eso llama perfectos a quienes muestran al Señor estos tres elementos sin mancha. Son, pues, perfectos quienes tuviesen en sí de modo permanente al Espíritu de Dios, conservando sin mancha el cuerpo y el alma. Al decir «de Dios», se refiere a los que conservan la fe en Dios, y mantienen la justicia respecto a su prójimo.

1.9. Por qué resucita la carne

[1139] 6,2. Por eso dice que la carne plasmada es templo de Dios: «¿No sabéis que sois templos de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros? Si alguno violase el templo de Dios, Dios lo destruirá; porque el templo de Dios es sagrado, y éste sois vosotros» (1 Cor 3,16). Abiertamente llama templo al cuerpo en el cual habita el Espíritu. Así como dice el Señor: «Destruid este templo, y en tres días lo resucitaré. Y esto lo dijo refiriéndose a su cuerpo» (Jn 2,19.21). Pero no sólo sabe que nuestros cuerpos son templos, sino que son templos de Cristo, como cuando dice a los Corintios: «¿No sabéis que vuestros cuerpos son miembros de Cristo? ¿Y tomaré los miembros de Cristo para hacerlos miembros de una prostituta?» (1 Cor 6,15). No afirma esto de ningún otro hombre espiritual; pues tampoco se abrazó él a una meretriz: sino que se refiere a nuestro cuerpo (esto es, al que vive en la santidad y pureza), cuando lo llama miembro de Cristo; porque éste es el que, al unirse a una meretriz, se hace miembro de la meretriz. Por eso dice: «Si alguno violase el templo de Dios, Dios lo destruirá» (1 Cor 3,17). Pues si alguno afirma que el templo de Dios, en el cual habita el Espíritu del Padre, y los miembros de Cristo no participan de la salvación, sino que están condenados a la perdición, ¿no dirá la más grande blasfemia? Y porque nuestros cuerpos no resucitan en virtud de su propia naturaleza, sino por la virtud de Dios, escribe a los Corintios: «El cuerpo no es para la fornicación, sino para el Señor, y el Señor para el cuerpo. Dios resucitó al Señor, y nos resucitará por su poder» (1 Cor 6,13-14).

1.10. La garantía de nuestra resurrección

7,1. Así como Cristo resucitó en su carne y mostró a los discípulos los agujeros de los clavos y la abertura del costado (Jn 20,20-27), lo cual es signo de la carne que resucitó de entre los muertos; de manera semejante, dice, nos resucitará por su poder (1 Cor 6,14). Y también dice a los Romanos: «Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos dará vida también a vuestros cuerpos mortales» (Rom 8,11). [1140] ¿Cuáles son estos cuerpos mortales? ¿Acaso las almas? Pero las almas son incorpóreas, en comparación con nuestros cuerpos mortales: en el hombre Dios «sopló sobre su cara el soplo de vida, y el hombre se convirtió en alma viviente» (Gén 2,7). Este es el soplo de la vida no corpórea. Ni siquiera ellos pueden tachar de mortal al alma, que es el soplo de vida. Por eso David dice: «Y mi alma vivirá para Dios» (Sal 22[21],31), refiriéndose a la substancia inmortal que en él habitaba. Tampoco pueden ellos llamar al Espíritu un cuerpo mortal.

¿Qué queda, pues, por llamar cuerpo mortal, sino el plasma, o sea la carne, de la cual se afirma que Dios le dará la vida? Esta es la que muere y se deshace, no el alma ni el espíritu. Porque morir consiste en perder la respiración y la fuerza vital, y convertirse en un ser inmóvil e inanimado, para retornar a aquellos elementos de los cuales al inicio sacó su substancia. Esto no puede sucederle al alma, que es el soplo de vida; ni al Espíritu, que no es compuesto sino simple, y así no puede disolverse, sino que, por el contrario, es él la vida de aquellos que de él participan. Lo único que queda, pues, es que la muerte se refiera a la carne. Esta, una vez que el alma se aparta, queda inanimada y sin respiración, y poco a poco se disuelve en la tierra de la que fue sacada. Esta, pues, es la mortal. Y ésta es de la que está escrito: «Dará vida a vuestros cuerpos» (Rom 8,11). Y por eso dice sobre ella en la primera Carta a los Corintios: «Así sucede en la resurrección de los muertos: se siembra en la corrupción, resucita en incorrupción» (1 Cor 15,41). Y también dice: «Lo que tú siembras no recibe la vida, si antes no muere» (1 Cor 15,36).

1.11. Cómo resucitará la carne

7,2. ¿Qué es lo que como grano de trigo se siembra y se pudre en la tierra, sino los cuerpos que se ponen en tierra, en la cual se arroja la semilla? Y por eso afirma: «Se siembra en deshonor, resucita en gloria» (1 Cor 15,43). Pues ¿qué es más deshonroso que la carne muerta? ¿Y qué más glorioso que la carne resucitada que recibe la incorrupción? «Se siembra en debilidad, resucita en poder»: en su debilidad, porque siendo de tierra a la tierra regresa; mas en el poder de Dios, que la resucita de los muertos: [1141] «Se siembra un cuerpo animal, resucita un cuerpo espiritual» (1 Cor 15,44). Sin duda enseñó que este discurso no se refiere al alma o al Espíritu, sino a los cuerpos muertos. Estos son cuerpos animales, esto es, que participan del alma; pero cuando la pierden, mueren; luego, resucitados por el Espíritu, se tornan cuerpos espirituales, para tener la vida por el Espíritu que siempre permanece. Escribe: «Ahora conocemos en parte, y en parte profetizamos; mas entonces cara a cara» (1 Cor 13,9.12). Esto es lo que también Pedro dijo: «Al que amáis sin verlo; en el cual ahora creéis sin verlo; mas los que creéis os alegraréis con gozo indescriptible» (1 Pe 1,8). Pues nuestro rostro verá el rostro de Dios y se gozará con alegría inefable; es decir, al ver su propio gozo (de Dios).

1.12. La obra del Espíritu Santo

8,1. Ahora recibimos alguna parte de su Espíritu, para perfeccionar y preparar la incorrupción, acostumbrándonos poco a poco a comprender y a portar a Dios. El Apóstol lo llamó prenda (es decir, parte de la gloria que Dios nos ha prometido), cuando dijo en la Epístola a los Efesios: «En él también vosotros, escuchada la palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, creyendo en él habéis sido sellados con el Espíritu Santo de la Promesa, que es prenda de nuestra herencia» (Ef 1,13-14). Por ello esta prenda, al habitar en nosotros, ya nos hace espirituales, y la mortalidad es absorbida por la inmortalidad (2 Cor 5,4), pues dice: «Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rom 8,9). Esto no nos sucede por la destrucción de la carne, sino por la comunión del Espíritu; pues aquellos a quienes escribía no vivían sin la carne, sino que habían recibido al Espíritu de Dios, [1142] «en el cual clamamos: ¡Abbá, Padre!» (Rom 8,15). Si, pues, teniendo ahora esta prenda clamamos: «¡Abbá, Padre!», ¿qué sucederá cuando, resucitados, lo veremos cara a cara (1 Cor 13,12); cuando todos sus miembros a una sola voz elevarán el himno de alegría, para glorificar al que los ha resucitado de los muertos para darles la vida eterna? Pues si la prenda, apoderándose del hombre mismo, ya le hace clamar: «¡Abbá, Padre!», ¿qué hará la gracia universal del Espíritu, que Dios otorgará a los hombres? Nos hará semejantes a él, y nos hará perfectos por la voluntad del Padre; pues éste ha hecho al hombre según la imagen y semejanza de Dios.

1.13. El Espíritu y la carne

8,2. Por ello, a quienes tienen la prenda del Espíritu y no sirven a las concupiscencias de la carne, sino que se someten a sí mismos al Espíritu, y se comportan según la razón en todas las cosas, justamente el Apóstol los llama espirituales; porque el Espíritu de Dios habita en ellos. En efecto, los espíritus incorpóreos no pueden ser hombres espirituales; sino que es nuestra substancia, esto es, la unión de alma y carne, la que asume al Espíritu de Dios, y hace al hombre espiritual y perfecto.

Algunos, sin embargo, rechazan el consejo del Espíritu, sirven a las inclinaciones de la carne y viven irracionalmente, y se lanzan sin freno tras sus deseos, sin tener ninguna inspiración del Espíritu divino; sino que viven al modo de los cerdos y perros: a éstos el Apóstol justamente llama carnales (1 Cor 3,3), porque no sienten otra cosa sino las carnales. Y por esta misma razón el profeta los asemeja a los animales irracionales, por la conducta irracional de los mismos, diciendo: «Se han hecho caballos que buscan furiosamente las hembras, cada uno apasionados por la mujer de su prójimo» (Jer 5,8). Y en otro lugar: «El hombre, habiendo sido honrado, se hizo semejante [1143] a las bestias» (Sal 49[48],21). Esto lo dice porque, emulando a las bestias en su modo de vivir, se les asemejan por su culpa. También nosotros tenemos la costumbre de llamar a estos hombres, animales irracionales y jumentos.

8,3. La Ley predijo en figura todas estas cosas, pues describió a los hombres a partir de los animales, cuando llamó animales puros a los que rumian y tienen la pezuña partida; en cambio apartó como impuros a los que no tienen uno o ambos de estos caracteres (Lev 11,2-3). ¿Quienes son, pues, los puros? Los que con firmeza caminan en la fe hacia el Padre y el Hijo: esta es la seguridad de aquellos que tienen la pezuña doble. Y los que meditan las palabras de Dios día y noche (Sal 1,2), para adornarse con las buenas obras, son aquellos que rumian la virtud. En cambio los inmundos, aquellos que ni tienen la pezuña doble ni rumian, o sea quienes carecen de fe y no meditan las palabras divinas, son la abominación de los paganos.

Los que rumian pero no tienen la pezuña partida, también son inmundos: podemos imaginar ésta como la descripción de los judíos, los cuales tienen las palabras de Dios en su boca, pero no hunden sus raíces en el Padre y el Hijo para que estén firmes: por este motivo su raza se desliza. Porque los animales de una sola pezuña fácilmente resbalan; en cambio los que tienen la pezuña doble son más firmes, pues mientras una uña sigue el camino, la otra la apoya. Igualmente son inmundos los que, teniendo pezuña doble, no rumian. Esta figura señala a todos los herejes y a aquellos que no meditan en las palabras de Dios ni se adornan con las obras de la justicia, de los cuales el Señor dice: «¿Por qué me decís: Señor, Señor, si no hacéis mi voluntad?» (Lc 6,46). Estos últimos dicen creer en el Padre y el Hijo, pero no meditan las palabras de Dios, como es necesario, ni están adornados con las obras de la justicia; sino que, como antes dijimos, han asumido la vida de los cerdos y perros, entregándose a las inmundicias, a la gula y a los demás vicios.

El Apóstol justamente llamó carnales y animales (1 Cor 2,14) a toda esta clase de personas que por su incredulidad o lujuria [1144] no acogen al Espíritu, y por diversos caminos echan de sí al Verbo de la vida, y caminan en sus concupiscencias irracionales. Los profetas los llamaron asnos y fieras, según su modo de hablar de los brutos y animales racionales. La Ley, por su parte, los llamó inmundos.

1.14. La carne de por sí no hereda el Reino

9,1. El apóstol también dice en otro lugar: «La carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios» (1 Cor 15,50). Los herejes entienden estas palabras de acuerdo a su demencia, y con ellas quieren objetarnos y demostrar que la creatura de Dios no puede salvarse. No ven que son tres los elementos de los cuales, como hemos dicho, consta el hombre: carne, alma y Espíritu (370). El tercero es el que da la forma y nos salva, esto es, el Espíritu; otro es el elemento que recibe la unión y la forma, es decir la carne; y el tercero (el alma) media entre los dos, y es el que, cuando consiente a la carne, cae en las pasiones terrenas. Si algunos seres humanos carecen de aquello que da la salvación, unidad y forma, con razón se les llama «carne y sangre»; porque no tienen en sí el Espíritu de Dios. Por eso también el Señor los llama «muertos»: «Dejad que los muertos sepulten a sus muertos» (Lc 9,60), porque no tienen el Espíritu que da vida al hombre.

9,2. Quienes temen a Dios y creen en la venida de su Hijo, y por la fe mantienen en sus corazones al Espíritu de Dios, se llaman con razón hombres puros y espirituales que viven en Dios: pues tienen el Espíritu del Padre que limpia al hombre y lo eleva a la vida de Dios. Porque, así como «la carne es débil», así «el espíritu dispuesto» recibe el testimonio de Dios (Mt 26,41). Poderoso es para llevar a cabo cualquier cosa que haya decidido. Si alguno, pues, mezcla esto del Espíritu que está dispuesto como un estímulo, con la debilidad de la carne, por fuerza y absolutamente lo fuerte superará lo débil, [1145] de manera que la fortaleza del Espíritu absorberá la debilidad de la carne; y así, el que era carnal, ya no seguirá siéndolo, sino que se convertirá en espiritual, por la comunicación del Espíritu. De este modo los mártires dieron testimonio y despreciaron la muerte, no según la debilidad de la carne, sino según lo que estaba dispuesto de su espíritu. Pues absorbida la debilidad de la carne, manifestó la potencia del Espíritu: y el Espíritu, al absorber la debilidad, posee la carne como su herencia. Pues el hombre viviente está hecho de ambas cosas: es hombre por participar de la substancia de la carne, y viviente por participar del Espíritu.

9,3. Por tanto, la carne sin el Espíritu está muerta, y no teniendo vida, no puede poseer el Reino de Dios: la sangre es irracional, como agua vertida en la tierra. Por eso dice: «Como el Adán terreno, así son los terrenales» (1 Cor 15,48). Y donde está el Espíritu del Padre, ahí se encuentra el hombre viviente, y Dios protege con la venganza la sangre justa (derramada); y la carne poseída por el Espíritu, olvidada de sí, asume la cualidad del Espíritu, haciéndose conforme al Verbo de Dios. Por eso dice: «Así como llevábamos la imagen del que es de la tierra, llevemos la imagen de aquel que es del cielo» (1 Cor 15,49). ¿Qué es lo terreno? La criatura. ¿Qué es lo celeste? El Espíritu. Por eso dice: una vez vivimos sin el Espíritu celestial en la vejez de la carne, no obedeciendo a Dios; así ahora, recibiendo al Espíritu, caminemos en la novedad de la vida, obedeciendo a Dios. Y porque sin el Espíritu de Dios no podemos ser salvos, el Apóstol nos exhorta a conservar el Espíritu de Dios mediante la fe y la vida casta, no vaya a ser que, si no participamos del Espíritu Santo, perdamos el reino de los cielos; por eso proclamó que la sola carne y [1146] sangre no pueden poseer el Reino de Dios.

1.15. La obra del Espíritu en la carne

9,4. Si, pues, hemos de decir verdad, la carne no posee, sino que es poseída; como dice el Señor: «Dichosos los mansos, porque ellos poseerán la tierra en herencia» (Mt 5,4): en el Reino se posee en herencia la tierra, a la que pertenece también la carne. Por eso quiere que nuestra carne sea templo puro, para que el Espíritu de Dios se deleite en él, como el esposo en la esposa. Pues así como la esposa no puede desposar al esposo, pero sí puede ser desposada por el esposo cuando éste viniere a acogerla, de modo semejante esta carne por sí misma, o sea ella sola, no puede poseer en herencia el Reino de Dios. Pues el que vive recibe en herencia las cosas que eran del que ha muerto; y una cosa es el que posee en herencia, y otra la que es poseída en herencia: el primero domina y dispone y gobierna lo que posee en herencia, a la manera como quiere; en cambio, las cosas poseídas están sujetas, obedecen y están subordinadas a aquél, y existen bajo el dominio del que las posee.

¿Y qué es lo que vive? [1147] El Espíritu de Dios. ¿Y cuáles son las cosas que pertenecen al que ha muerto? Los miembros del hombre, que se corrompen en la tierra. Estos son los que son poseídos por el Espíritu, el cual los traslada al Reino de los cielos. Por esto también Cristo murió, como un testamento del Evangelio, abierto y leído por todo el mundo, para ante todo liberar a sus siervos; y para en seguida hacerlos herederos de todo lo que es suyo, siendo el Espíritu el que todo lo posee, como antes demostramos. Pues el que vive es quien posee la herencia, y la carne es lo que él adquiere en herencia. Y para que no perdamos la vida perdiendo al Espíritu que nos posee, el Apóstol nos exhorta a participar del Espíritu, por medio de la doctrina que arriba hemos expuesto, diciendo: «La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios» (1 Cor 15,50). Como si dijese: No erréis; pues a menos que el Verbo de Dios habite en vosotros, y en vosotros esté el Espíritu del Padre, os comportaréis en vano y a la ventura, viviendo sólo según la carne y la sangre, y así no podréis poseer el Reino de Dios.

10,1. Y para que nosotros, dando gusto a la carne, no vayamos a rechazar injertarnos en el Espíritu (371), esto escribe: «Tú, que eres un olivo silvestre, has sido injertado en un olivo fértil para hacerte participar de sus abundantes frutos» (Rom 11,17.24). Pero si un olivo agreste, después de ser injertado, siguiese siendo agreste, «será cortado y echado al fuego» (Mt 7,19); en cambio si continúa injertado y se convierte en un buen olivo, se transforma en un árbol lleno de frutos, como los plantados en el huerto de un rey. De modo semejante los hombres, si por la fe se vuelven mejores y acogen el Espíritu de Dios, germinan como espirituales, como si hubiesen sido plantados en el paraíso (Ez 31,8). En cambio, si rechazan al Espíritu [1148] y perseveran en lo que eran antes, buscando más la carne que el Espíritu, entonces justamente se les aplica aquello: «La carne y la sangre no poseerán el reino de Dios» (1 Cor 15,50); como quien dice, el olivo silvestre no será llevado al paraíso de Dios. Así pues, admirablemente expone el Apóstol nuestra naturaleza y la Economía universal de Dios, en su discurso acerca de la carne, la sangre y el olivo silvestre.

Cuando un olivo silvestre está descuidado, abandonado durante algún tiempo en tierra desierta, de modo que produce frutos agrestes según su naturaleza, una vez que se tiene cuidado de él y se le injerta en su naturaleza primitiva, vuelve a dar fruto. Así también los seres humanos que se han descuidado y han servido a las pasiones de la carne, dan frutos agrestes y por ello se les tiene por infructuosos, pues no producen frutos de justicia -porque, mientras los hombres duermen, el enemigo siembra cizaña (Mt 13,25), y por eso el Señor mandó a sus discípulos que vigilasen (Mt 24,42; 25,13)-. De igual modo, quienes no producen frutos de justicia, sino que viven prisioneros de sus sentidos, si despiertan y reciben al Verbo de Dios como un injerto, retornan a su naturaleza primera, como fueron hechos a imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26).

10,2. Así como el olivo silvestre, cuando se le injerta, no pierde la substancia de su madera, sino que cambia la calidad de sus frutos y recibe otro nombre, pues ya no es olivo silvestre sino que se convierte y es olivo fértil; de modo semejante, el hombre que, injertado por la fe, recibe el Espíritu de Dios, no pierde la substancia de la carne; sin embargo, cambia la calidad del fruto de sus obras, y recibe otro nombre, para significar ese cambio en algo mejor: ya no es carne y sangre, sino que se le llama y es un hombre espiritual. Pero, así como el olivo silvestre, si no se le injerta, sigue siendo inútil para su Señor por su calidad salvaje, y «se le corta y echa en el fuego» (Mt 7,19) como a un árbol estéril; de igual modo, el hombre al que el Espíritu no se le injerta por la fe, sigue siendo lo que antes era, esto es, carne y sangre, que no puede poseer el Reino en herencia.

[1149] Bien dice el Apóstol: «La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios» (1 Cor 15,50), y: «Quienes viven en la carne no pueden agradar a Dios» (Rom 8,8). No rechaza la naturaleza de la carne, sino que espera la infusión del Espíritu. Por eso dice: «Es necesario que lo mortal se revista de inmortalidad, y lo corruptible de incorrupción» (1 Cor 15,53). Y añade: «Vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si el Espíritu de Dios habita en vosotros» (Rom 8,9). Y más claramente aún lo expresa: «El cuerpo ciertamente está muerto por el pecado, mas el Espíritu es vida por causa de la justicia. Y si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos dará vida a vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros» (Rom 8,10-11). Y añade en la Carta a los Romanos: «Pero si vivís en la carne, de cierto moriréis» (Rom 8,13). No que debieran rechazar el permanecer en la carne, puesto que él mismo estaba en la carne cuando esto escribía; sino dejar de lado las pasiones de la carne que llevan al ser humano a la muerte. Por eso agrega: «Mas si mortificáis por el Espíritu las obras de la carne, tendréis vida; pues quienes son conducidos por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios» (Rom 8,13-14).

1.16. La justicia, condición para poseer el Reino

11,1. En seguida explica cuáles son las obras que llama carnales, como previniendo el ataque de los infieles. Las expone él mismo, para no dejar la cuestión a quienes hablan despropósitos. Escribe en la Carta a los Gálatas: «Son claras las obras de la carne: los adulterios, la fornicación, la impureza, la lujuria, la idolatría, la magia, la enemistad, las riñas, los celos, la ira, la discordia, los odios, [1150] las disensiones, las herejías, las envidias, las borracheras, las orgías y cosas semejantes. Os repito lo que antes dije: quienes así obran, no poseerán el reino de Dios» (Gál 5,19-21). De este modo especifica mejor a sus oyentes lo que significa: «La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios» (1 Cor 15,50); pues quienes hacen estas cosas, se conducen según la carne, y no pueden vivir según Dios (Rom 6,10).

Así también ahonda en las obras espirituales que dan vida al hombre, o sea la inserción del Espíritu, cuando dice: «Mas los frutos del Espíriritu son el amor, el gozo, la paz, la paciencia, la bondad, la benignidad, la fe, la mansedumbre, la templanza, la castidad: contra quienes así actúan no hay ley» (Gal 5,22-23). Así como quien va progresando y realiza el fruto del Espíritu, se salva sin duda alguna por la comunión con el Espíritu, así también quien se detenga en las obras de la carne, se le tendrá por carnal porque no ha recibido el Espíritu de Dios, y por ello no puede poseer el Reino de los cielos.

El mismo Apóstol ofrece a los corintios este testimonio: «¿Acaso ignoráis que quienes obran la injusticia no heredarán el reino de Dios? No os engañéis. Ni fornicadores, ni idólatras, ni adúlteros, ni afeminados, ni quienes se acuestan con otros hombres, ni ladrones, ni avaros, ni borrachos, ni calumniadores, ni violentos heredarán el reino de Dios. Esto fuisteis, pero ahora estáis lavados y santificados, estáis justificados en el nombre de Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios» (1 Cor 6,9-11). De modo muy claro expresa por cuáles obras el ser humano perece, si persevera en vivir según la carne; y, en consecuencia, de qué manera se salva. Pues afirma que nos salvan el nombre de nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu de nuestro Dios.

11,2. Hasta aquí ha enumerado las obras de la carne, hechas sin el Espíritu. Estas llevan a la muerte. En consecuencia de cuanto acaba de decir, [1151] hacia el final de la carta exclamó como tratando de resumir: «Así como hemos llevado la imagen de aquel que nació de la tierra, así también llevemos la imagen de aquel que viene del cielo. Pues os digo, hermanos, que la carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios» (1 Cor 15,49-50). La frase: «Así como hemos llevado la imagen de aquel que nació de la tierra», se relaciona con aquello que dijo: «Esto fuisteis. Pero estáis lavados y santificados, estáis justificados en el nombre del Señor Jesucristo y en el Espíritu de nuestro Dios». ¿Y cuándo hemos llevado la imagen del que nació de la tierra? Cuando realizábamos las obras de la carne arriba descritas. ¿Y cuándo llevamos la imagen del que viene del cielo? Cuando, como él dice, «estáis lavados» y creéis «en su nombre», para recibir su Espíritu. No hemos lavado la substancia de nuestro cuerpo ni la imagen de nuestra creación, sino nuestro antiguo modo de actuar. Y así, en los mismos miembros por los que antes perecíamos, cuando realizábamos las obras corruptibles, en esos mismos miembros empezamos a vivir cuando realizamos las obras del Espíritu.

1.17. El Espíritu Santo da la vida

12,1. Como la carne es capaz de corrupción, así también lo es de incorrupción; y como es capaz de morir, así lo es de vivir. Una y otra cosa se excluyen mutuamente, y no pueden ambas permanecer en el mismo sujeto; sino que una excluye a la otra, y si una está presente, la otra se destruye. Así pues, si la muerte se apodera del hombre y acaba con su vida, éste queda muerto. Mucho más si la vida se apodera del hombre, destruye la muerte y restituye al hombre vivo a Dios (Rom 6,11). Pues, si la muerte acaba con él, ¿por qué la vida que se le concede no vivificará al hombre? Así dice el profeta Isaías: [1152] «El poderoso devorará la muerte». Y añade: «Dios secará las lágrimas de todo rostro» (Is 25,8). Se debe advertir que la primera vida fue superada, porque no se la dio al hombre el Espíritu, sino sólo un soplo.

12,2. Uno es el soplo de la vida que hace al hombre un ser animado, y otro distinto es el Espíritu vivificante que lo perfecciona como espiritual. Por eso dice Isaías: «Así habla el Señor, que hizo el cielo y lo fijó, que dio firmeza a la tierra y a cuanto hay en ella; y dio su aliento a todo cuanto en ella vive, y el espíritu a quienes caminan en ella» (Is 42,5). Afirma que se le dio en general el aliento a todo el pueblo que habita sobre la tierra; mas su Espíritu a quienes pisotean las concupiscencias terrenas. Por eso Isaías, distinguiendo en otra ocasión lo que antes había dicho, escribe: «El Espíritu saldrá de mí, pues yo he creado todo aliento» (Is 57,16). Propiamente coloca en el orden de Dios al Espíritu que en los últimos tiempos derramó sobre el género humano (Hech 2,17) para la filiación adoptiva; en cambio expresa que concedió su aliento comúnmente a todas las cosas hechas y creadas.

[1153] Pues una cosa es el Creador, otra la creatura. El aliento es algo temporal; en cambio el Espíritu es sempiterno. Y el aliento puede aumentar un poco, y permanece por algún tiempo, luego se retira y deja sin respiración a aquel en el que antes estuvo. Por el contrario, el Espíritu circunda al hombre por fuera y lo llena por dentro, siempre en él persevera y nunca lo abandona. «Mas no aparece primero lo espiritual», dice el Apóstol (y lo afirma como refiriéndose a nosotros los hombres), «sino primero lo animal, luego lo espiritual» (1 Cor 15,46), como es razón. Pues era necesario que primero fuese plasmado el hombre, y una vez plasmado recibiese el alma; y luego recibiese la comunión del Espíritu. Por ello el Señor hizo «al primer Adán alma viviente, al segundo Espíritu vivificante» (1 Cor 15,45). Así, pues, como el que ha recibido la vida por el alma, al volverse hacia lo más bajo pierde la vida; así también el que se vuelve hacia lo más alto, al recibir al Espíritu vivificante encuentra la vida

1.18. Resucita la misma carne que muere

12,3. No muere una cosa, y otra recibe la vida; así como no es una la oveja perdida y otra la encontrada, sino que la perdida es la misma que el Señor busca y encuentra. ¿Y qué es lo que muere? La substancia de la carne, que había perdido el soplo de vida, y al no tenerlo ya, muere. [1154] Esta es la que el Señor viene a vivificar, para que, así como en Adán todos morimos como seres animados, así vivamos en Cristo como seres espirituales (1 Cor 15,22); no renunciando a lo que Dios ha creado, sino a la concupiscencia de la carne, y acogiendo el Espíritu Santo.

Como dice el Apóstol en la Carta a los Colosenses: «Mortificad vuestros miembros en la tierra» (Col 3,5). Y explica a cuáles miembros se refiere: «La fornicación, la impureza, la pasión, la concupiscencia pecaminosa y la avaricia, que es una idolatría» (Col 3,5). El Apóstol predica que debe rechazarse todo esto, y que quienes hacen tales cosas, puesto que viven en la carne y en la sangre, no pueden poseer el reino de los cielos (Gál 5,21); porque el alma de éstos se inclina hacia lo peor y se abaja a las concupiscencias terrenas, recibe el mismo calificativo que aquéllos. Y nos manda librarnos de todo ello, diciendo en la misma epístola: «Despojaos del hombre viejo con todas sus obras» (Col 3,9). No quiso decir con esto que hemos de prescindir de nuestro ser plasmado; porque no significa que debemos matarnos para apartarnos de aquello a lo que nos referimos en este discurso.

12,4. El mismo Apóstol, el que había sido plasmado en el seno de su madre y salió del vientre (Gál 1,15), nos escribía: «Vivir en la carne es fruto del trabajo» (Fil 1,22), confesó en su Epístola a los Filipenses. Pero «fruto de la obra del Espíritu» es la salvación de la carne. ¿Pues qué otro fruto manifiesto del Espíritu invisible puede haber, sino hacer la carne madura y capaz de la incorrupción? Por ello, «si vivir en la carne es fruto del trabajo», no condenó la carne al decir: «Despojándoos del hombre viejo»; sino quiso indicar que debemos despojarnos de nuestro viejo modo de vivir, que nos envejece y corrompe. Por eso añadió: [1155] «Revistiendo el hombre nuevo, que rejuvenece en el conocimiento, según la imagen del que lo creó» (Col 3,10). Con las palabras: «Que rejuvenece en el conocimiento», demuestra que el mismo que vivía como un hombre en la ignorancia, o sea, sin reconocer a Dios, se renueva mediante ese conocimiento que en él habita. Pues el conocimiento de Dios renueva al hombre. Y al decir: «Según la imagen del Creador», indicó la recapitulación de este mismo hombre, que al inicio fue hecho según la imagen de Dios.

1.19. Los milagros de Jesús, signo de la resurrección

12,5. Que el Apóstol era el mismo que había nacido en el vientre, es decir, de la antigua substancia de la carne, él mismo lo confiesa en su Carta a los Gálatas: «Mas cuando le plugo a aquel que me eligió desde el vientre de mi madre, me llamó por su gracia a a fin de revelar en mí a su Hijo, para que llevara su Evangelio a las naciones» (Gál 1,15-16). No era un hombre el que había nacido en el vientre, y otro el que predicaba al Hijo de Dios; sino que era el mismo, aquel que antes lo ignoraba y perseguía a la Iglesia de Dios (Gál 1,13), y aquel que recibió la revelación y escuchó la voz del Señor (como ya explicamos en el libro tercero (372)); y habiendo superado la ignorancia por el posterior conocimiento, predicaba a Jesucristo, Hijo de Dios, que fue crucificado bajo Poncio Pilato.

Sucedió algo semejante a los ciegos a quienes el Señor curó: perdieron la ceguera y adquirieron la completa restitución de sus ojos, y podían ver con los mismos ojos con los que antes no veían, una vez que desaparecieron de su visión las tinieblas. Ellos, una vez recuperados para ver los ojos con que antes no veían, dieron gracias a aquel que de nuevo les había dado la vista. Así también aquel a quien sanó de la mano seca y todos aquellos a quienes curó: no cambiaron los miembros con que habían salido del vientre de su madre, sino que recibieron la curación de los mismos miembros.

12,6. El Verbo divino, Hacedor de todas las cosas, que al principio plasmó al ser humano, encontró a su creatura caída por el pecado; mas de tal manera lo curó en cada uno de sus miembros para volverlo tal como él lo había plasmado, y reintegró al hombre completo [1156] a su estado original, que lo dejó enteramente preparado para resucitar. ¿Y qué otro motivo podría haber tenido al curar los miembros de la carne y restituirles su estado original, sino para salvar aquellos mismos miembros que había curado? Pues si la utilidad que ellos sacaban hubiese sido sólo temporal, nada de extraordinario habría concedido a aquellos que él había curado. ¿O cómo pueden afirmar que no es digna de la vida que procede de él, siendo la misma carne que de él recibió la curación? Pues la vida se restituye por la curación, y la incorrupción por la vida. Y es el mismo quien da la curación y la vida; y el mismo que da la vida reviste de incorrupción a su creatura.

13,1. Así pues, que nos digan quienes nos contradicen, o mejor dicho que contradicen su propia salvación, ¿con qué cuerpo resucitaron la hija del sumo sacerdote (Mt 9,18: Mc 5,22), y el hijo de la viuda al que cargaban muerto junto a la puerta de la ciudad (Lc 7,12) y Lázaro, que ya llevaba cuatro días en el sepulcro? (Jn 11,39) Sin duda con los mismos con los cuales habían muerto; pues si no hubiesen sido los mismos cuerpos, tampoco habrían sido las mismas personas fallecidas aquellas que resucitaron. Mas el Evangelio dice que «el Señor tomó la mano del muerto y le dijo: Joven, a ti te digo, levántate. Y el muerto se sentó, y él ordenó que se le diese de comer (373), y lo entregó a su madre» (Lc 7,14-15). Y «llamó a Lázaro con una fuerte voz, diciendo: ¡Lázaro, sal fuera! Y el muerto salió, atado de las manos y los pies» (Jn 11,43-44). Este es un símbolo del hombre ligado por el pecado. Por eso el Señor le dice: «Desatadlo y dejadlo andar» (Jn 11,44).

Así pues, aquellos enfermos fueron curados en los mismos miembros dolientes y los muertos resucitados con sus mismos cuerpos, recibiendo del Señor la vida y la curación en sus mismos cuerpos y miembros, lo cual es un signo temporal que preludia lo eterno y muestra que es el mismo aquel que da la curación a su creatura y que puede dar de nuevo la vida. De este modo se puede creer su doctrina acerca de la resurrección, pues de semejante manera al fin de los tiempos, «cuando resuene la trompeta» (1 Cor 15,52), los muertos resucitarán a la voz del Señor, como él mismo dijo: «Llegará la hora en la cual todos los muertos que están en los sepulcros [1157] escucharán la voz del Hijo del Hombre, y saldrán los que obraron el bien para la resurrección de la vida, y los que obraron el mal para la resurrección del juicio» (Jn 5,25.28-29).

13,2. Locos y verdaderamente infelices quienes se niegan a ver lo que es tan evidente, y huyen de la luz de la verdad, cegándose a sí mismos como lo hizo el trágico Edipo. Se parecen a aquel luchador novel que, al pelear con otro, se agarra con todas sus fuerzas de algún miembro del cuerpo, y cae con él así cogido, pensando al caer que lo ha vencido porque sigue aferrado con rabia a ese miembro; pero no se da cuenta de que por eso el otro le ha caído encima, y el público se ríe del tonto. Así sucede con los herejes cuando oyen: «La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios» (1 Cor 15,50). Ni han captado el sentido del Apóstol, ni han investigado la fuerza de las palabras; sino que, al interpretarlas de modo simple, por esas mismas palabras perecen, porque tergiversan para sí mismos todo el plan salvífico de Dios.

1.20. La incorrupción de la carne

[1158] 13,3. El Apóstol se contradiría si lo anterior afirmase de la carne misma, y no de las obras carnales, como antes expusimos. Porque en la misma carta añade: «Es necesario que lo corruptible se revista de incorrupción y este cuerpo mortal se revista de inmortalidad. Y cuando esto mortal se revista de inmortalidad, entonces se cumplirá aquella palabra: La muerte quedó absorbida por la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria?» (1 Cor 15,53-55). Estas palabras se dirán con justicia cuando esta carne mortal y corruptible, de la cual se afirma la muerte porque ha sido absorbida por el dominio de la muerte, subirá a la vida para revestirse de incorrupción e inmortalidad. Sólo entonces será de verdad vencida la muerte, cuando la carne que ella tenía prisionera se escape de su dominio. Y también escribe a los Filipenses: «Nuestra morada está en los cielos, de donde esperamos al Salvador, el Señor Jesús, el cual cambiará el cuerpo de nuestra humildad según el cuerpo de su gloria, por la acción de su poder» (Fil 3,20-21).

¿Y cuál es el cuerpo de humildad que el Señor transformará al cambiarlo según el modelo de su cuerpo glorioso? Es evidente que este cuerpo es la carne que humillada cae en la tierra. Y su transfiguración, puesto que siendo mortal y corruptible se tornará inmortal e incorruptible, no se deberá a su propia naturaleza, sino a la obra del Señor: éste es quien puede revestir lo mortal de inmortalidad, y lo corruptible de incorrupción. Por eso escribe [1159] en la segunda Carta a los Corintios: «A fin de que lo mortal sea absorbido por la vida. Quien nos dispone para ello es Dios, que nos ha dado las arras del Espíritu» (2 Cor 5,4-5). Claramente lo afirma en referencia a la carne, porque ni el alma ni el Espíritu son mortales. Lo mortal será absorbido por la vida cuando la carne ya no esté muerta, sino viva e incorrupta, para cantar la alabanza a Dios, que habrá realizado esta obra en nosotros. Y para que esto suceda, escribe a los Corintios: «Glorificad a Dios en vuestro cuerpo» (1 Cor 6,20). Dios es quien nos la la incorrupción.

13,4. Pues no dice lo anterior de ningún otro cuerpo, sino del cuerpo de carne, de modo manifiesto y sin duda alguna, como sin ambigüedad escribe a los Corintios: «Llevamos siempre la muerte de Jesús en nuestro cuerpo, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo. Pues, aunque vivimos, somos entregados a la muerte por Jesús, para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Cor 4,10-11). Y como el Espíritu abraza la carne, por eso dice en la misma Epístola: «Pues sois una carta de Cristo, dictada por nuestro servicio, escrita no con tinta, sino con el Espíritu de Dios vivo, y no en tablas de piedra, sino en las tablas de vuestro corazón de carne» (2 Cor 3,3).

Si ahora los corazones se hacen capaces del Espíritu, ¿por qué admirarse de que en la resurrección reciban la vida que da el Espíritu? De esta resurrección, el Apóstol dice en la Epístola a los Filipenses: «Hasta hacerme semejante a él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos» (Fil 3,10-11). Mas ¿en qué otra carne mortal puede entenderse que se manifiesta la vida, sino en esta substancia que muere en la confesión (de fe) que tiene a Dios como término? [1160] Como él mismo dice: «Si por motivos humanos luché en Efeso con las bestias, ¿de qué me aprovecha, si los cuerpos no resucitan? Pues si los muertos no resucitan, Cristo tampoco resucitó; y si Cristo no resucitó, es vana nuestra predicación y vana vuestra fe. Y somos falsos testigos de Dios, pues damos testimonio de que resucitó a Cristo, al que no resucitó. Mas si los muertos no resucitan, es vana vuestra fe, y aún estáis en vuestros pecados. Luego también perecieron los que durmieron en Cristo. Si esperamos en Cristo sólo para esta vida, somos los más miserables de los hombres. Mas ahora, Cristo se despertó de entre los muertos, como primicia de los que duermen; porque por un hombre entró la muerte, y por un hombre la resurrección de los muertos» (1 Cor 15,32 y 13-21).

13,5. Una vez que hemos expuesto lo anterior, o suponen que el Apóstol se contradice a sí mismo en cuanto a las palabras: «La carne y la sangre no pueden poseer el reino de Dios» (1 Cor 15,50), o bien con malicia tienen que buscar retorcidas exégesis para tergiversar y cambiar su explicación de las palabras. ¿Qué parte sana quedará a su interpretación, si se esfuerzan por retorcer lo que él escribe: «Es necesario que lo corruptible se revista de incorrupción y este cuerpo mortal se revista de inmortalidad» (1 Cor 15,53), y: «Para que la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal» (2 Cor 4,11), y todos los demás pasajes en los cuales el Apóstol de modo claro y evidente predica la resurrección y la incorrupción de la carne? Así pues, quienes rechazan entender bien las cosa,se ven forzados a mal interpretarlas.

1.21. Cristo resucitado recapitula nuestra carne

14,1. Que Pablo no habló de la substancia de la carne y de la sangre al decir que no heredarían el reino de los cielos (1 Cor 15,50), lo sabemos del hecho que por todas partes el mismo Apóstol [1161] atribuye la palabra carne y sangre a nuestro Señor Jesucristo, a veces para establecer su humanidad (374), y entonces también lo llama Hijo del Hombre; otras veces para confirmar la salvación de nuestra carne; porque si la carne no debiera ser salvada, el Verbo de Dios no se habría hecho carne (Jn 1,14), y si no debiera pedirse cuenta de la sangre de los justos, el Señor no habría tenido sangre.

Pero como desde el principio la sangre de los justos clamó, Dios dijo a Caín, homicida de su hermano: «La voz de la sangre de tu hermano clama a mí» (Gén 4,10). Y como convenía que pidiese cuenta de la sangre de ellos, dijo a los acompañantes de Noé: «Pediré cuentas de vuestra sangre de vuestras vidas, de la mano de todas las fieras» (Gén 9, 5). Y también: «Será derramada la sangre de quien derramare la sangre de un hombre» (Gén 9,6). Y también el Señor, a los que habrían de derramar su sangre: «Se pedirá cuenta de toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el templo y el altar; en verdad os digo, todas estas cosas vendrán sobre esta generación» (Mt 23,35-36; Lc 11,50-51), con lo cual quería decir que él recapitularía en la suya propia el derramamiento de la sangre de todos los justos y profetas desde el principio, y que él mismo pediría cuenta de la sangre de ellos. Pero no pediría cuentas de esto si no debiese también salvarlo y si el Señor, para recapitular todas las cosas, no se hubiese hecho él mismo carne y sangre según la antigua creación, para salvar en sí, en el fin, lo que al principio se había perdido en Adán.

14,2. Mas si el Señor se hubiese hecho carne en otra Economía, y hubiese asumido la carne de otra substancia, no habría recapitulado [1162] en sí mismo al hombre, ni se podría decir que se hizo carne; porque es verdaderamente carne la transmisión de la primera plasmación hecha del barro. Pero si debiese tener la substancia de otra hypóstasis, (375) el Padre desde el inicio habría realizado su masa de otra substancia. Pero ahora, lo que era aquel hombre que pereció, esto mismo se hizo el Verbo Salvador, para realizar por sí mismo nuestra comunión con él, y la obtención de nuestra salud. Lo que pereció tenía carne y sangre; Dios había tomado el barro de la tierra para plasmar al hombre (Gén 2,7), y a través de esto tuvo lugar toda la Economía de la venida del Señor. También tuvo él carne y sangre, para recapitular no otras distintas de las de aquel antiguo plasma del Padre, buscando lo perdido (Lc 19,10). Por eso dice el Apóstol a los Colosenses: «Y a vosotros, que en otro tiempo fuisteis extraños y enemigos por vuestros pensamientos y malas obras, os ha reconciliado ahora por la muerte en su cuerpo de carne, para presentaros santos, inmaculados e irreprensibles ante él» (Col 1,21-22). Habéis sido reconciliados en el cuerpo de su carne, dice, porque una carne justa reconcilió la carne retenida en el pecado, y la condujo a la amistad de Dios.

14,3. Si, según esto, alguno dice que la carne del Señor es distinta de nuestra carne en cuanto aquélla no pecó «ni se encontró dolo en su boca» (1 Pe 2,22), y en cambio nosotros somos pecadores, dice bien. Pero si imaginase una distinta substancia de la carne del Señor, entonces en ella no tendría base el discurso de la reconciliación. Porque se reconcilia aquello que alguna vez estuvo enemistado. Pero si el Señor hubiese tomado carne de otra substancia, ya no se reconciliaría con Dios [1163] aquello que por la transgresión se había hecho enemigo. Pero ahora el Señor por su comunión con nosotros ha reconciliado al hombre con el Padre, reconciliándonos con él mediante el cuerpo de su carne (Col 1,22), y liberándonos con su sangre, como dice el Apóstol a los Efesios: «En el cual tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados» (Ef 1,7). Y a los mismos dice: «Vosotros, los que antes estabais lejos, habéis sido acercados por la sangre de Cristo» (Ef 2,13). Y también: «Anulando en su carne la Ley de los mandamientos con sus preceptos» (Ef 2,15). Y en todas las demás epístolas el Apóstol testifica claramente que por la carne del Señor y por su sangre hemos sido salvados.

14,4. Si pues la carne y la sangre son las que nos proporcionan la vida, no se puede en justicia decir sobre la carne y la sangre que no pueden heredar el Reino de Dios (1 Cor 15,50), sino que se habla de los actos carnales a los que nos hemos referido, que causando el pecado trastornan al hombre y lo privan de la vida. Y por eso dice a los Romanos: «No reine, pues, el pecado en vuestro cuerpo mortal ni obedezcáis a sus apetitos, ni ofrezcáis vuestros miembros al pecado como armas de injusticia, sino ofreceos a vosotros mismos a Dios como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como armas para la justicia» (Rom 6,12-13). Con los mismos miembros con los cuales hemos servido al pecado (Rom 6,6) y hemos dado frutos de muerte (Rom 7,5), con los mismos miembros quiere que sirvamos a la justicia (Rom 6,19), a fin de dar frutos para la vida. Acuérdate pues, carísimo, de que has sido liberado en la carne del Señor y rescatado con su sangre, y de que «teniendo como cabeza a aquel del cual todo el cuerpo» de la Iglesia «crece unido» (Col 2,19) o sea el advenimiento carnal del Hijo de Dios, y manteniéndote firme en la confesión de él como Dios y hombre, y usando las demostraciones de las Escrituras, fácilmente refutarás, como hemos demostrado, todas las invenciones que más tarde han fabricado los herejes.

2. La vida de Cristo muestra un solo Dios y Padre 2.1. Curación del ciego de nacimiento 2.1.1. Signo de la resurrección

15,1. Porque aquel que al principio creó al hombre le prometió una segunda generación después de su disolución en la tierra, dice Isaías: «Resucitarán los muertos, y se levantarán los que estén en las tumbas, y se alegrarán los que reposan en la tierra; pues el rocío [1164] que de ti proviene será su salvación» (Is 26,19). Y también: «Yo os llamaré, y en Jerusalén seréis convocados, y veréis, y se alegrará vuestro corazón; vuestros huesos crecerán como la hierba, y quienes honran al Señor conocerán su mano» (Is 66,13-14). Ezequiel, por su parte: «Vino sobre mí la mano del Señor y me llevó en Espíritu, y me puso en medio de un llano lleno de huesos. Y me hizo dar vueltas en torno, y sobre la superficie del llano había muchos huesos secos. Y me dijo: Hijo de hombre, ¿vivirán estos huesos? Y le dije: Señor, tú lo sabes, porque tú has hecho esto. Y me dijo: Profetiza sobre estos huesos y diles: Huesos secos, oíd la voz del Señor. Esto dice el Señor a estos huesos: He aquí que yo envío sobre vosotros el Espíritu de la vida y os daré nervios y os cubriré de carne y extenderé piel sobre vosotros, y os daré mi Espíritu para que viváis, y así conoceréis que soy el Señor. Y yo profeticé como el Señor me mandó. Y sucedió que, mientras profetizaba, sobrevino un temblor de tierra, y los huesos se juntaron unos con otros. Y vi que sobre ellos brotaban nervios y carne, y sobre ellos se extendía la piel. Pero no había Espíritu en ellos. Y me dijo: Profetiza al Espíritu, hijo de hombre. Di al Espíritu: Esto dice el Señor: Ven de los cuatro vientos y sopla sobre estos muertos para que vivan. Y profeticé como me lo mandó el Señor. Y entró en ellos el Espíritu, y revivieron y se pusieron de pie. Era una gran multitud» (Ez 37,1-10). Y más adelante añadió: «Esto dice el Señor: Yo abriré vuestras tumbas, os sacaré de vuestros sepulcros y os llevaré a la tierra de Israel. Así sabréis que yo soy el Señor, cuando abra vuestros sepulcros y saque mi pueblo de su tumba. Y pondré mi Espíritu en vosotros, y viviréis. Y os llevaré a vuestra tierra, para que sepáis que soy el Señor. Dije y lo haré, dice el Señor» (Ez 37,12-14).

Es, pues, el Creador, aquel que da la vida a nuestros cuerpos muertos, hasta donde es posible ver, el que ha prometido la resurrección y el que da la resurrección y la incorrupción a los que yacen en las tumbas y sepulcros (376) -«sus días serán como el árbol de la vida» (Is 65,22)-. El único que hace todas estas cosas se manifestó de esta manera como el Padre bueno, al conceder benignamente la vida a los que por sí mismos no la tienen

2.1.2. Signo de la unidad del Creador

[1165] 15,2. Por este motivo el Señor se mostró a sus discípulos con toda evidencia y les mostró al Padre, para que no fuesen a buscar otro Dios fuera de aquel que plasmó al hombre y le dio el soplo de vida; y para que no cayesen en la locura de imaginar otro Padre fuera del Creador. Y por eso a todos aquéllos sobre quienes diversas enfermedades habían recaído a causa del pecado, el Señor los curaba con su palabra. Les decía: «Ahora has quedado sano, ya no peques para que no te suceda algo peor» (Jn 5,14). De este modo mostró que los sufrimientos habían sobrevenido al hombre por el pecado de desobediencia. Mas al ciego de nacimiento le devolvió la vista no por medio de su palabra, sino por una obra. No lo hizo en vano ni al acaso, sino para mostrar la mano de Dios, la misma que al principio creó al hombre (377). Por eso, cuando los discípulos le preguntaron por qué motivo el hombre había nacido ciego, si por culpa suya o de sus padres, respondió: «Este no pecó, ni sus padres; sino para que se manifieste en él la acción de Dios» (Jn 9,3).

Mas la obra de Dios es la creación del hombre. Y esto lo llevó a cabo como una operación suya, según dice la Escritura: «Y Dios tomó barro de la tierra, y plasmó al hombre» (Gén 2,7). Por eso el Señor escupió en tierra, hizo lodo y le untó con él los ojos, para mostrar cómo había hecho la antigua creación, y para hacer ver la mano de Dios a quienes puedan entender, por medio de la cual el hombre fue plasmado de la tierra. Aquello que el Verbo artífice había dejado de hacer en el vientre, lo completó en público, «para que en él se manifieste la acción de Dios». No necesitamos ya otra mano fuera de aquella que plasmó al hombre, ni otro Padre, al saber que la mano de Dios nos plasmó al principio y nos plasma en el vientre de la madre, ella misma nos buscó en los últimos días, al mirarnos perdidos (Lc 19,10), para recobrar su oveja perdida y volverla a cargar sobre sus hombros, a fin de llevarla, lleno de alegría, de nuevo al rebaño.

2.2. El Verbo nos salva

15,3. Porque el Verbo de Dios nos plasma en el vientre, dice Jeremías: «Antes de que te plasmara en el seno te conocí, y antes de que salieras del útero te santifiqué, a fin de ponerte como profeta para las naciones» (Jer 1,5). Y Pablo escribe algo semejante: «Cuando le plugo a aquel que me separó desde el seno [1166] de mi madre para que llevara su evangelio a las naciones» (Gál 1,15-16). Pues, como el Verbo nos plasma en el vientre, el mismo Verbo remodeló los ojos del ciego de nacimiento (378). Así mostró que, siendo nuestro Plasmador en lo escondido, se manifestaba visiblemente a los seres humanos, a fin de enseñarles cómo antiguamente habían sido modelados en Adán, cómo éste había sido hecho, y qué mano lo había creado, mostrando el todo por la parte: pues el Señor que había formado la vista, es el mismo que plasmó todo el hombre, obedeciendo a la voluntad del Padre.

Y porque el hombre necesitaba el lavado de regeneración en la misma carne plasmada en Adán, después de que el Señor ungió sus ojos con el lodo, le dijo: «Ve a lavarte en Siloé» (Jn 9,7). De este modo le devolvió, al mismo tiempo, lo que le correspondía a la creación y al lavado de la regeneración. Por eso, una vez que se hubo lavado, «volvió a ver» (Jn 9,7), a fin de que al mismo tiempo conociera a su Creador, y reconociera al Señor que le dio la vida.

2.3. Contra los valentinianos

15,4. También yerran los seguidores de Valentín, cuando dicen que el hombre no fue plasmado de la tierra, sino de una materia fluida y difusa. Porque es evidente que la tierra con la que el Señor formó los ojos del ciego es la misma con la cual plasmó al hombre al principio. Porque no era congruente que plasmase de una cosa los ojos y de otra el resto del cuerpo. Por el contrario, aquel mismo que al principio plasmó a Adán, con el cual el Padre habló: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gén 1,26), en los últimos tiempos se manifestó a los hombres, al formar la visión del que, nacido de Adán, era ciego. Por eso la Escritura indica lo que había de suceder, cuando, habiéndose escondido Adán después de su desobediencia, al atardecer el Señor se acercó a él y lo llamó, preguntando: «¿Dónde estás?» (Gén 3,1). En los últimos tiempos el mismo Verbo de Dios vino a llamar al ser humano (379), para recordarle sus obras por las cuales se había escondido de Dios. Pues, así como entonces Dios buscó a Adán al atardecer para hablarle, así también en los últimos tiempos por medio de la misma voz lo visitó en busca de su raza.

[1167] 16,1. Y porque Dios plasmó de la tierra a Adán en todo cuanto es humano, la Escritura afirma que Dios le dijo: «Con el sudor de tu rostro comerás tu pan hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste sacado» (Gén 3,19). Pero si nuestros cuerpos vuelven a otra tierra después de la muerte, en consecuencia, de ella debería haber sido formado su cuerpo; en cambio, si vuelven a la misma, es evidente que de esta tierra ha sido plasmado, como el Señor lo puso de manifiesto cuando le abrió con ella los ojos al ciego. El Evangelio deja bien claro, por una parte qué mano de Dios plasmó a Adán y por la cual fuimos plasmados también nosotros; por otra, que es el mismo Padre, cuya voz desde el principio hasta el fin se hace presente a su creación; así como también la substancia con la cual fuimos modelados. No es posible, pues, buscar otro Padre fuera de éste, ni otra substancia para ser plasmados, fuera de la que el Señor indicó y mostró, ni otra mano de Dios fuera de aquella que desde el principio hasta el fin nos modela y adapta a la vida, y que está presente a su creación para perfeccionarla según la imagen y semejanza de Dios.

16,2. Que todo esto sea verdadero, quedó probado cuando el Verbo de Dios se hizo hombre, haciéndose él mismo semejante al hombre y haciendo al hombre semejante a él a fin de que, por esa semejanza con el Hijo, el hombre se haga precioso para el Padre. En los tiempos antiguos, en efecto, se decía que el hombre había sido hecho según la imagen de Dios; pero no se mostraba, pues aún era invisible el Verbo, a cuya imagen el hombre había sido hecho. [1168] Por tal motivo éste fácilmente perdió la semejanza. Mas, cuando el Verbo de Dios se hizo carne (Jn 1,14), confirmó ambas cosas: mostró la imagen verdadera, haciéndose él mismo lo que era su imagen, y nos devolvió la semejanza y le dio firmeza, para hacer al hombre semejante al Padre invisible por medio del Verbo visible.

2.4. La cruz 2.4.1. Reparación de la desobediencia de Adán

[1169] 16,3. Y no sólo de las maneras que hemos dicho el Señor reveló al Padre y a sí mismo, sino también por su pasión. Porque disolviendo la desobediencia del hombre que tuvo lugar al principio en el árbol, «se hizo obediente hasta la muerte y muerte de cruz» (Fil 2,8), curando por la obediencia en el árbol la desobediencia en el árbol (380). Pero no habría venido a disolver la desobediencia contra el que nos había plasmado, si hubiese anunciado a otro Padre. Pues por las mismas cosas por las que desobedecimos a Dios y no creímos en su palabra, por esas mismas llevó a cabo la obediencia y se confió a su palabra; de la manera más evidente nos mostró al mismo Dios al que habíamos desobedecido en el primer Adán no cumpliendo su mandato, al ser reconciliados por el segundo Adán haciéndose obediente hasta la muerte; porque tampoco éramos deudores de ningún otro, sino de aquel cuyo precepto habíamos transgredido al principio.

2.4.2. El perdón de los pecados

17,1. Porque éste es el Demiurgo que por su amor es Padre, por su poder es Señor, por su sabiduría Hacedor y Creador de todo, del que nos hemos hecho enemigos al transgredir su precepto. Y por eso en los últimos tiempos el Señor nos ha restituido a la amistad por su propia encarnación: haciéndose «mediador entre Dios y los hombres» (1 Tim 2,5), propiciando por nosotros al Padre contra el cual habíamos pecado, y consolando nuestra desobediencia con su obediencia, puso en nuestras manos la conversión y la sumisión a nuestro Hacedor. Por ello nos enseñó a decir en la oración: «Perdónanos nuestras deudas» (Mt 6,12), porque ciertamente es nuestro Padre del que somos deudores al transgredir su mandato. ¿Y quién es él? ¿Acaso es un Padre desconocido que ha dado no sé qué precepto no sé cuándo, o es aquel Dios del que predicaron los profetas (381), del que somos deudores por transgredir su mandato? Porque el precepto ha sido dado al hombre por el Verbo, pues está dicho: «Adán escuchó la voz del Señor Dios» (Gén 3,8). Bellamente su Verbo dice al hombre: «Te son perdonados tus pecados» (Mt 9,2; Lc 5,20), porque es aquel mismo contra el cual habíamos pecado al principio, y que al fin nos ofrece el perdón de los pecados. Pero si hubiésemos transgredido el precepto de algún otro, sería otro el que dice: «Te son perdonados tus pecados», pero entonces no sería ni bueno ni verdadero ni justo. ¿Porque cómo puede ser bueno el que no da de lo suyo? ¿Cómo puede ser justo el que usurpa lo que pertenece a otro? ¿Y cómo puede perdonar en verdad los pecados, si aquel contra el que pecamos no es el mismo que concede el perdón «por las entrañas misericordiosas de nuestro Dios en las cuales nos visitó» (Lc 1,78) por su Hijo?

17,2. Por eso, curado el paralítico, se dice: «Viendo las turbas, glorificaban a Dios que dio a los hombres tal potestad» (Mt 9,8). ¿A cuál Dios glorificaban las turbas circunstantes? ¿Acaso [1170] al Padre desconocido que han inventado los herejes? ¿Y cómo podían glorificar al que era del todo desconocido? Es evidente que los israelitas glorificaban al Dios que la Ley y los profetas proclamaron, el mismo que es Padre de nuestro Señor. Y por eso enseñaba a los hombres, con los signos que obraba, a que genuinamente diesen gloria a Dios (Lc 17,18). Si hubiese venido de otro Padre, los hombres que veían aquellos poderes habrían glorificado a otro Dios, siendo ingratos para con aquel Padre que lo había enviado para realizar las curaciones. Pero como el Hijo Unigénito había venido de aquel Dios para la salud de los hombres, por eso mediante los poderes que realizaba provocaba a los incrédulos a dar gloria al Padre, mientras a los fariseos que no recibían el advenimiento de su Hijo, y por eso no creían que él pudiera perdonar los pecados, les decía: «Para que sepáis que el Hijo del Hombre tiene el poder de perdonar los pecados» (Mt 9,6), y habiendo dicho esto ordenó al paralítico dejar su camilla en la que yacía e irse a su casa, lo que hizo para confundir a los incrédulos y para significar que él es la Voz de Dios, por la cual el hombre recibió sobre la tierra los mandamientos, transgrediendo los cuales éste se hizo pecador, y de los pecados se siguió la parálisis.

17,3. Perdonando los pecados curó al hombre y le manifestó quién era él mismo. Porque si ninguno puede perdonar los pecados sino sólo Dios (Lc 5,21), y si el Señor los perdonaba y curaba al hombre, era claro que él era el Verbo de Dios que se había hecho Hijo del Hombre, que como hombre y como Dios había recibido el poder de perdonar los pecados de parte del Padre, para que como hombre sufriese con nosotros y como Dios tuviese misericordia de nosotros y remitiese nuestras deudas (Mt 6,12) que habíamos contraído con Dios nuestro Creador (382). Por eso David predijo: «Dichoso aquél cuyas sus iniquidades son perdonadas y cuyos pecados son cubiertos. Dichoso el hombre a quien Dios no imputa el pecado» (Sal 32[31],1-2). Así mostró de antemano cómo sería el perdón por su venida, por la cual «borró el documento de nuestra deuda, y lo clavó en la cruz» (Col 2,14); de modo que, así como por un árbol nos hicimos deudores de Dios, así también por el árbol recibamos el perdón de nuestra deuda.

2.4.3. Figura de la cruz en el Antiguo Testamento

17,4. Lo mismo declararon muchos otros profetas, [1171] entre otros Eliseo. Cuando los profetas que lo acompañaban cortaron madera para fabricar el tabernáculo, el hierro del hacha se desprendió y cayó en el Jordán, de modo que no podían hallarlo. Al saber lo que había ocurrido, Eliseo se dirigió al lugar y arrojó al agua un pedazo de madera. Habiendo hecho esto, el hierro del hacha subió a la superficie, y los que antes lo habían perdido, lo sacaron del agua (2 Re 6,1-7). Mediante esta acción, el profeta mostró que el Verbo de Dios que nosotros habíamos perdido por negligencia, sacado de la madera, y no podíamos encontrarlo, también por la madera (de la cruz), según el plan de Dios, volvimos a recuperarlo. Pues, que el Verbo de Dios se asemeje a un hacha, lo dice Juan Bautista: «Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles» (Mt 3,10). Y Jeremías habla de modo parecido: «La Palabra de Dios es como un hacha de doble filo que hiende la piedra» (Jer 23,29). Este Verbo, que estaba oculto para los hombres, se manifestó, como dijimos, según la Economía del árbol. Porque así como por el árbol lo perdimos, así por el árbol a todos se nos reveló de nuevo, mostrando en sí mismo la altura, anchura y profundidad y, como dijo uno de nuestros mayores, extendiendo las manos congregó los dos pueblos en el único Dios. [1172] Fueron las dos manos, porque eran dos los pueblos dispersos por la tierra (Is 11,12; Ef 2,15), y una sola cabeza en medio, porque «uno es Dios que está sobre todos, por todos y en todos nosotros» (Ef 4,6).

2.5. El Verbo vino a lo que era suyo

18,1. Tan elevada Economía no se realizó a través de creaturas ajenas, sino propias; ni fueron plasmadas por ignorancia o la penuria, sino que recibieron su ser de la sabiduría y el poder del Padre. Porque éste no era tan injusto como para desear lo ajeno, ni tan indigente como para no poder producir la vida por sus propios medios; sino que dirigió la propia acción creadora a la salvación del hombre. Ni la creatura hubiese podido llevarlo, si hubiese sido producto de la ignorancia y la penuria. Pues, que el Verbo de Dios hecho carne haya sido colgado del madero (Hech 5,30), de muchos modos lo hemos expuesto, y aun los mismos herejes confiesan que fue crucificado. Mas un producto de la ignorancia y la penuria ¿cómo podía cargar sobre sí al que es perfecto y conoce la verdad de todas las cosas? ¿Y cómo una creación separada y tan alejada del Padre pudo portar su Verbo?

Aun suponiendo que la creación fuese obra de los ángeles (independientemente de que hayan conocido o ignorado al Dios que está sobre todas las cosas), puesto que el Señor dijo: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14,11), ¿cómo la obra de los ángeles podría portar al mismo tiempo al Padre y al Hijo? ¿Cómo la creación que está fuera del Pléroma acogió a aquel que contiene todo el Pléroma? Cuanto acabamos de decir es imposible y carece de pruebas. Luego sólo la predicación de la Iglesia es verdadera, acerca de que la propia creación de Dios subsiste por el poder, arte y sabiduría divinos, y por eso lo portó. Pues si en el plano de lo invisible [1173] el Padre porta la creación, en el de lo visible, por el contrario, ésta porta a su Verbo. He aquí la verdad.

18,2. El Padre sostiene al mismo tiempo toda su creación y a su Verbo; y el Verbo que el Padre sostiene, concede a todos el Espíritu, según la voluntad del Padre: a unos en la creación misma les da el (espíritu) de la creación (383), que es creado; a otros el de adopción, esto es, el que proviene del Padre, que es obra de su generación. Así se revela como único el Dios y Padre, que está sobre todo, a través de todas y en todas las cosas. El Padre está sobre todos los seres, y es la cabeza de Cristo (1 Cor 11,3); por medio de todas las cosas obra el Verbo, que es Cabeza de la Iglesia; y en todas las cosas, porque el Espíritu está en nosotros, el cual es el agua viva (Jn 7,38-39) que Dios otorga a quienes creen rectamente en él y lo aman, y saben que «uno sólo es el Padre, que está sobre todas las cosas, por todas y en todas» (Ef 4,6).

De estas cosas da testimonio Juan, el discípulo del Señor, cuando dice en el Evangelio: «En el principio existía el Verbo, y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios. El estaba en el principio ante Dios. Todas las cosas fueron hechas por él, y sin él nada ha sido hecho» (Jn 1,1-2). Y luego dice acerca del Verbo: «En el mundo estaba, y el mundo fue hecho por él, pero el mundo no lo conoció. Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron. Pero a cuantos lo recibieron les dio el poder de llegar a ser hijos de Dios, que son los que creen en su nombre» (Jn 1,10-11). Y adelante, hablando de la Economía según su humanidad, dice: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14). Y añade: «Y hemos visto su gloria, gloria del Unigénito del [1174] Padre, lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14). Abiertamente muestra a quienes quieran escuchar, esto es, a quienes tengan oídos, que uno es Dios Padre que está sobre todo, y uno su Verbo que actúa por medio de todas las cosas, pues todas las cosas por él fueron hechas; y que el mundo es suyo porque él lo hizo según la voluntad del Padre, y no fue hecho por los ángeles, ni por apostasía, defecto e ignorancia; ni por el poder de algún Prúnico que algunos llaman la Madre, ni por otro creador del mundo que no hubiese conocido al Padre.

18,3. El verdadero Creador del mundo es el Verbo de Dios. Este es nuestro Señor, el cual en los últimos tiempos se hizo hombre para existir en este mundo (Jn 1,10), de modo invisible contiene todas las cosas creadas (Sab 1,7), y está impreso en forma de cruz (384) en toda la creación, porque el Verbo de Dios gobierna y dispone todas las cosas. Por ello invisiblemente «vino a los suyos» «y se hizo carne» (Jn 1,11.14); por último colgó de la cruz para recapitular en sí todas las cosas (Ef 1,10). Mas «los suyos no lo recibieron» (Jn 1,11), como dijo Moisés al pueblo: «Tu vida estará colgada delante de ti, y tú no le creerás» (Dt 28,66). Quienes no lo acogieron, tampoco recibieron su vida. «Mas a cuantos lo acogieron les dio poder de llegar a ser hijos de Dios» (Jn 1,12).

El es quien tiene el poder del Padre sobre todas las cosas, porque es verdadero Verbo de Dios y verdadero hombre. Reina sobre todo lo invisible, y en el mundo visible establece su ley sobre todas las cosas para que se mantengan en orden. Reina abiertamente sobre todo lo humano y juzga a todos de manera digna y justa, [1175] según predijo David acerca de su venida: «Nuestro Dios vendrá y no callará». Y en seguida, para mostrar que es él quien juzgará, añade: «En su presencia arderá el fuego y azotará la tormenta. Desde lo alto llamará al cielo y a la tierra para juzgar a su pueblo» (Sal 50[49],3-4).

2.6. La Economía por la obediencia de Miriam​

19,1. Manifiestamente, pues, el Señor vino a lo que era suyo, y llevó sobre sí la propia creación que sobre sí lo lleva, (385) y recapituló por la obediencia en el árbol (de la cruz) la desobediencia en el árbol; fue disuelta la seducción por la cual había sido mal seducida la virgen Eva destinada a su marido, por la verdad en la cual fue bien evangelizada por el ángel la Virgen María ya desposada: así como aquélla fue seducida por la palabra del ángel para que huyese de Dios prevaricando de su palabra, así ésta por la palabra del ángel fue evangelizada para que portase a Dios por la obediencia a su palabra, (386) a fin de que la Virgen María fuese abogada de la virgen Eva; y para que, así como el género humano había sido atado a la muerte por una virgen, así también fuese desatado de ella por la Virgen, y que la desobediencia de una virgen fuese compensada por la obediencia de otra virgen; [1176] si pues el pecado de la primera creatura fue enmendado por el recto proceder del Primogénito, y si la sagacidad de la serpiente fue vencida por la simplicidad de la paloma (Mt 10,16), entonces están desatados los lazos por los que estábamos ligados a la muerte.

2.7. Los herejes chocan contra la Torah y la Tradicion

19,2. Los herejes son, pues, indoctos e ignorantes de la Economía de Dios, e inconscientes de su obra en cuanto hombre; enceguecidos para la verdad, ellos mismos contradicen su propia salvación: algunos introduciendo otro Padre distinto del Demiurgo; otros afirmando que el mundo y la materia fueron hechos por los Angeles; otros que estando tan lejana e inmensamente separada de su hipotizado Padre, la creación habría florecido y nacido de por sí; otros que el mundo y cuanto contiene habría tenido su substancia del Padre, pero tomada de la ignorancia y de la penuria; otros abiertamente desprecian la venida del Señor y no aceptan su encarnación; otros más desconocen la Economía de la Virgen, diciendo que fue engendrado por obra de José; algunos dicen que ni el alma ni el cuerpo pueden recibir la vida eterna, sino sólo el hombre interior, y a éste lo identifican luego con su mente (noûs), sólo la cual sería capaz de ascender al estadio perfecto; otros, que el alma se salva pero que el cuerpo no tiene parte en la salvación de Dios, como hemos expuesto ya en el primer libro, en el cual hemos narrado todas sus hipótesis, así como en el segundo hemos demostrado su incongruencia.

[1177] 20,1. Porque todos éstos vinieron mucho después de los obispos, a los cuales los Apóstoles encomendaron las Iglesias; y esto lo hemos expuesto con todo cuidado en el tercer libro. Todos los predichos herejes tienen pues necesidad, por su ceguera acerca de la verdad, de caminar por otros y otros atajos, y por eso las huellas de su doctrina se dispersan de modo desacorde e inconsecuente. Mas el camino de los que pertenecen a la Iglesia recorre el mundo entero, porque posee la firme Tradición que viene de los Apóstoles, y al verla nos ofrece una y la misma fe de todos, porque todos obedecen a uno y el mismo Dios Padre, creen en una misma Economía de la encarnación del Hijo de Dios, reconocen el mismo don del Espíritu, observan los mismos preceptos, guardan la misma forma de organización eclesial, esperan la misma parusía del Señor y la misma salvación de todo el hombre o sea del alma y del cuerpo. La predicación de la Iglesia es sólida y verdadera, en la cual se manifiesta uno y el mismo camino de salvación en todo el mundo. Esta ha creído en la luz de Dios, y por eso «la sabiduría» de Dios, por medio de la cual él salva a los hombres, «llama en la esquina de las calles concurridas, a la entrada de las puertas de la ciudad pronuncia sus discursos» (Prov 1,21). Porque en todas partes la Iglesia predica la verdad, y es el candelabro de las siete lámparas (Ex 25,31.37) que porta la luz de Cristo.

20,2. Cuantos abandonan la predicación de la Iglesia acusan de simplicidad a los presbíteros, sin entender cuánto dista el sencillo y religioso, [1178] del blasfemo y del sofista impúdico. Porque tales son todos los herejes, a quienes les parece haber encontrado fuera de la verdad ideas superiores, siguiendo a aquellos de que hemos hablado, fabricando caminos diversos, multiformes e inseguros, no teniendo siempre las mismas ideas sobre estas cosas; como ciegos guiados por otros ciegos justamente caerán en la fosa (Mt 15,14) de la ignorancia abierta bajo sus pies, buscando siempre y nunca encontrando la verdad (2 Tim 3,7). Es, pues, necesario huir de sus enseñanzas y estar cuidadosamente atentos para que no nos dañen, refugiarnos en la Iglesia para educarnos en su seno y alimentarnos con las Escrituras del Señor. La Iglesia ha sido plantada como el paraíso en el mundo. «De todo árbol, pues, del paraíso, podéis comer» (Gén 2, 16), dice el Espíritu de Dios, esto es, comed de toda la Escritura del Señor, pero no comáis con espíritu orgulloso ni toquéis nada de la disensión herética. Porque ellos confiesan tener por sí mismos la gnosis del bien y del mal (Gén 2,17), y por sobre Dios que los creó arrojan sus pensamientos. Piensan más allá de los límites del pensamiento. Por eso dice el Apóstol: «No sepáis más allá de lo que se debe saber, sino sabed según la prudencia» (387) (Rom 12,3), no vaya a ser que, comiendo de su gnosis, que piensa saber más de lo que conviene, seamos arrojados del paraíso de la vida, al cual conduce el Señor a los que escuchan su predicación, «recapitulando en sí todas las cosas del cielo y de la tierra» (Ef 1,10); pero las cosas que están en los cielos son espirituales (pneumatiká), mientras las que están sobre la tierra son esta obra que es el hombre (388). Todas estas cosas ha recapitulado en sí, unificando al hombre y al espíritu, haciendo habitar al Espíritu en el hombre, haciéndose él mismo Cabeza del espíritu y dando su Espíritu al hombre como cabeza; por éste vemos, oímos y hablamos.

2.8. Las tentaciones de Cristo muestran que ELOHIM es uno

[1179] 21,1. Habiendo pues recapitulado todo en sí, también recapituló nuestra lucha contra el enemigo; ha provocado y vencido a aquel que desde el principio nos había hecho cautivos en Adán, y ha quebrantado con el pie su cabeza como en el Génesis Dios dijo a la serpiente: «Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu simiente y la suya, éste (389) observará tu cabeza y tú observarás su talón» (Gén 3, 15). Desde entonces el que habría de nacer de la mujer virgen según la semejanza de Adán, se preauncia que estará observando la cabeza de la serpiente, y ésta es la simiente de la que dice el Apóstol a los Gálatas: «Ha sido establecida la Ley de las obras hasta que viniese la simiente prometida» (Gál 3,19). Pero más claro lo expresa en la epístola cuando dice: «Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gál 4,4).

Porque el enemigo no sería justamente vencido si el que lo venciese no fuese un hombre nacido de mujer. Porque por una mujer había dominado sobre el hombre y se había opuesto desde el principio al hombre. Por eso el Señor mismo se confiesa Hijo del Hombre, para recapitular en sí a aquel hombre viejo del cual él mismo se hizo creatura mediante la mujer; para que así como por un hombre vencido nuestra raza descendió hasta la muerte, así también por un hombre victorioso ascendamos a la vida; y como la muerte recibió la palma contra nosotros por un hombre, así también nosotros por un hombre recibamos la palma contra la muerte.

21,2. Pero el Señor no habría recapitulado en sí aquella antigua enemistad cumpliendo la promesa del Demiurgo y ejecutando su mandato, si hubiese provenido de otro Padre. Mas siendo el mismo [1180] quien al principio nos plasmó y que al final envió al Hijo, el Señor ejecutó su precepto «nacido de mujer» (Gál 4,4) destruyendo a nuestro adversario y perfeccionando al hombre según la imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26). Y por eso no lo destruyó de otra manera sino mediante las palabras de la Ley (390), usando como ayuda el precepto del Padre para destruir y refutar al ángel apóstata.

Para comenzar, ayunó 40 días siguiendo el ejemplo de Moisés y de Elías. Al final tuvo hambre (Mt 4,2), a fin de que lo reconozcamos como hombre real y verdadero -porque es propio de quien ayuna tener hambre-, donde el adversario hallase cómo entrar a atacarlo. Este, que en el paraíso sedujo con un manjar a un hombre que no tenía hambre, para que despreciase el mandamiento divino, al final no pudo disuadir a otro hombre hambriento de que esperase sólo el pan que viene de Dios. Pues cuando lo tentó diciéndole: «Si eres Hijo de Dios haz que estas piedras se conviertan en pan», el Señor lo rechazó citando un precepto de la Ley: «Está escrito: No sólo de pan vive el hombre» (Mt 3,3-4; Dt 8,3). En cuanto a la condición «si eres Hijo de Dios», guardó silencio; en cambio encegueció al tentador confesándose hombre, y mediante la palabra del Padre le vació su argumento. De este modo la hartura del hombre por el doble bocado (391) se disolvió por la pobreza que se introdujo en este mundo.

Aquél, cuya tentación había sido destruida por la Ley, volvió al ataque con otra mentira sacada de la Ley. Lo llevó a lo más alto del templo y le dijo: «Si eres Hijo de Dios, échate abajo. Pues está escrito: A sus ángeles te envió para que te lleven en sus manos, a fin de que tu pie no tropiece en la piedra» (Mt 4,6). Escondió tras la Escritura su mentira, como hacen todos los herejes. Estaba escrito: «Te enviará a sus ángeles»; en cambio «échate abajo» en ninguna parte lo dice la Escritura, sino que el diablo había inventado ese pretexto. El Señor [1181] lo refutó por la Ley, diciendo: «También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios» (Mt 4,7; Dt 6,16). Citando la Ley le mostró lo que toca al hombre, no tentar a Dios; y en el hombre que el tentador tenía ante los ojos, no tentar a su Dios y Señor. De esta manera, la soberbia de los sentidos en la serpiente quedó diluida en la humildad de este hombre.

Ya dos veces el diablo había sido vencido por la Escritura. Así se mostró por sus propias palabras enemigo de Dios, cuando quiso persuadirlo empujándolo a hacer lo contrario al precepto divino. Como un derrotado que pretende recoger todo cuanto le queda de fuerzas para apuntarlas hacia una mentira, en tercer lugar «le mostró todos los reinos y su gloria», y le dijo, según refiere Lucas: «Todo esto te daré, pues me ha sido entregado y lo doy a quien quiero, si postrándote me adoras» (Mt 4,8-9; Lc 4,6-7). De esta manera el Señor lo desenmascaró, diciendo quién era: «Apártate, Satanás, a tu Dios adorarás y a él solo servirás» (Mt 4,10). De esta manera su nombre lo desnudó y lo mostró tal como es: Satanás, palabra que en hebreo significa apóstata. Habiéndolo vencido por tercera vez, lo rechazó como a un derrotado legítimamente. De este modo se disolvió la transgresión de Adán al mandato de Dios, por la fidelidad del Hijo de Dios al precepto de la Ley, no desobedeciendo al mandato de Dios.

21,3. ¿Quién es, entonces, el Señor Dios del que Cristo dio testimonio, al que nadie tentó y al que debemos adorar y a él solo servir? Sin duda alguna es el mismo Dios autor de la Ley. Pues todo había sido prescrito por la Ley, y el Señor mostró, usando las palabras de la Ley, que la Ley del Padre proclama al Dios verdadero. El ángel apóstata de Dios [1182] queda desenmascarado al declararse su nombre, derrotado como fue y vencido por el Hijo del Hombre obediente al precepto divino. Como al principio persuadió al hombre a transgredir el precepto del Creador, y así lo sometió a su poder, que consiste en la transgresión y apostasía, con las cuales ató al hombre, era preciso que fuese vencido por el hombre mismo, y atado con las mismas cuerdas con las que él había amarrado al hombre. De esta manera el hombre, desatado, se podía volver a su Señor, abandonando al diablo los lazos con los que éste lo había ligado, o sea la transgresión. El encadenamiento de éste fue la liberación del hombre, pues «nadie puede penetrar en la casa del fuerte y robarle sus bienes, si primero no atare al fuerte» (Mt 12,29; Mc 3,27).

El Señor con su palabra le probó que todo lo suyo se oponía al Dios Creador de todas las cosas, y lo sometió por su (obediencia al) mandamiento -y este mandamiento es ley de Dios-: en cuanto hombre lo descaró como desertor, transgresor de la Ley y apóstata de Dios; y más tarde, en cuanto Verbo lo encadenó fuertemente, como a su propio fugitivo, y le arrebató los bienes, o sea los hombres de quienes él se había apoderado e injustamente se servía (392). Así fue justamente mantenido cautivo aquel que injustamente había tenido prisionero al hombre; en cambio quedó libre el hombre sometido al poder de este amo, según la misericordia de Dios Padre que se compadeció de su creación y le concedió la salvación por medio de su Verbo. Así lo reparó, a fin de que el hombre aprenda por experiencia propia que no se vuelve incorruptible por sí mismo, sino por don de Dios.

22,1. Este fue el modo como el Señor claramente reveló que el único Dios y Señor verdadero es aquel que la Ley [1183] anunció -pues a aquel mismo Dios al que la Ley había de antemano proclamado, Cristo lo mostró como Padre, el único al que deben servir los discípulos de Cristo-. Este mismo venció al enemigo usando las palabras de la Ley -pues la Ley nos manda alabar y servir sólo al Dios Demiurgo-. Ya no cabe, pues, buscar a otro Padre además de éste o superior a él «porque uno solo es Dios, que justifica la circuncisión en virtud de la fe, y el prepucio por la fe» (Rom 3,30). En cambio, si hubiese habido otro Padre superior y perfecto, el Señor no habría destruido a Satanás por las palabras y preceptos de éste.

Por otra parte, la ignorancia no puede resolverse por otra ignorancia, así como la culpa no se borra por otra culpa. Así pues, si la Ley fuese producto de ignorancia y de culpa, ¿cómo podían las palabras en ella contenidas disolver la ignorancia del diablo y vencer al fuerte? Pues el fuerte no puede ser vencido por alguien inferior o igual a él, sino por uno más poderoso. Y el más fuerte sobre todas las cosas es el Verbo de Dios que proclama: «Escucha, Israel, el Señor tu Dios es tu único Señor. Amarás al Señor tu Dios con toda tu alma, a él lo adorarás y sólo a él servirás» (Dt 6,4-5.13). También en el Evangelio con las mismas palabras destruye la apostasía, y con la voz del Padre derrota al fuerte, y proclama en sus propios términos el mandato de la Ley, cuando responde: «No tentarás al Señor tu Dios» (Mt 4,7; Dt 6,16). Así pues, no destruyó al adversario y venció al fuerte con palabras ajenas, sino con las de su propio Padre.

2.9. Una sola Ley en los dos Testamentos

22,2. Librados por el mismo precepto, nos enseñó a los hambrientos a esperar el alimento que viene de Dios. Cuando se nos eleva con todo tipo de carismas, se nos confían las obras de justicia, o se nos agracia con el don excelente del ministerio, de ningún modo hemos de alzarnos y tentar a Dios, sino en todo hemos de sentirnos humildes y tener a la mano: «No tentarás al Señor tu Dios»; como enseña el Apóstol: «No atraídos por la altivez, sino con los sentimientos de los humildes» (Rom 12,16). Ni hemos de dejarnos cautivar por las riquezas, la gloria mundana o las fantasías del presente; sino que es necesario aprender a adorar al Señor Dios y a él solo servir, sin creer a quien falsamente promete lo que no es suyo: «Todo esto te daré, si postrado me adoras» (Mt 4,10; Dt 6,13); pues él mismo confiesa que adorarlo y someterse a su voluntad es apartarse de la gloria de Dios.

[1184] Pues bien, ¿en qué cosa buena o deleitable puede tener parte el que cae, o qué otra cosa puede esperar sino la muerte? Pues la muerte está cerca del caído. Y no puede ni siquiera cumplir lo que ha prometido, pues ¿cómo podría darlo, si él mismo está caído? Además, como nuestro Dios tiene el señorío sobre todos y también sobre él, y sin la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos ni un pájaro cae por tierra (Mt 10,29), aquello mismo que él dijo: «Todo esto me ha sido entregado y yo lo doy a quien quiero» (Lc 4,6) no hace sino inflarlo de soberbia. Porque ni la creación está bajo su poder, siendo él mismo una creatura, ni es él quien otorga los reinos a los seres humanos; ya que es el Padre quien dispone de todas estas cosas, así como de todo cuanto se refiere al hombre. Dijo el Señor, en efecto: «El diablo es mentiroso desde el principio, y no se mantuvo en la verdad» (Jn 8,44). Por tanto, si es mentiroso y no se mantuvo en la verdad, entonces no dijo la verdad cuando habló con engaño: «Todo esto me ha sido entregado y yo lo doy a quien quiero» (Lc 4,6).

2.10. El padre de la mentira

23,1. Porque ya se había acostumbrado a mentir contra Dios, con tal de seducir a los hombres. Al principio Dios había dado al hombre toda suerte de alimentos, y sólo le prohibió comer de un árbol, como en la Escritura Dios dijo a Adán: «Puedes comer de todo árbol del paraíso, pero del árbol del conocimento del bien y del mal no comerás; pues el día que comieres de él, morirás de muerte» (Gén 2,16-17). El (diablo), mintiendo contra Dios tentó al hombre, como en la Escritura la serpiente dijo a la mujer: «¿Por qué dijo Dios: No comerás de ningún árbol del paraíso?» (Gén 3,1). Ella rechazó la mentira, y con simplicidad mantuvo el precepto al responder: «Podemos comer de todo árbol del paraíso, pero sobre el fruto del árbol que está en medio del paraíso, dijo Dios: No comeréis de él ni lo tocaréis, para que no muráis» (Gén 3,2-3).

Habiendo la mujer explicado el mandato de Dios, (el diablo) habituado a la astucia de nuevo la engañó usando otra mentira: «No moriréis de muerte. [1185] Dios sabía que si un día coméis de ese árbol, se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal» (Gén 3,4-5). En primer lugar, en el paraíso de Dios disputaba sobre Dios, como si éste estuviese ausente; ignoraba, en efecto, la grandeza divina. En seguida, habiendo oído de ella que Dios habría dicho que ellos morirían si gustaban de tal árbol, añadió otra mentira: «No moriréis de muerte». Mas, como Dios es veraz, y en cambio la serpiente es mentirosa, los efectos probaron que la muerte sería la consecuencia si ellos comían. Al mismo tiempo ellos gustaron del bocado y de la muerte; porque comieron por desobediencia, y la desobediencia produce la muerte. Por eso fueron ellos entregados a la muerte, pues se hicieron sus deudores.

23,2. Porque ellos murieron el mismo día en que comieron y se hicieron deudores de la muerte, por ese motivo uno solo es el día de la creación: «Se hizo tarde y mañana, día primero» (Gén 1,5). En el mismo día comieron y murieron. Considerando el ciclo y el curso de los días, de acuerdo al cual se les llama primero, segundo y tercero, si alguien quiere investigar con diligencia cuál de los siete días murió Adán, lo descubrirá a partir de la Economía del Señor. Porque él, para recapitular en sí a todo el hombre desde el principio hasta el fin, también recapituló su muerte. Es claro que el Señor, por obediencia al Padre, sufrió la muerte el mismo día en que Adán murió por desobedecer a Dios. Y en el mismo día en que comió, en ese día murió, pues Dios le dijo: «El día en que comiéreis, moriréis de muerte» (Gén 2,17). Para recapitular en sí mismo ese día, el Señor asumió la pasión la víspera del sábado, o sea el sexto día de la creación, en la cual el hombre había sido plasmado, a fin de darle mediante su pasión la segunda creación, fruto de su muerte.

Algunos incluso ponen la muerte de Adán en el año mil, [1186] porque «los días del señor son como mil años» (2 Pe 3,8; Sal 90[89],4). Adán no sobrepasó, pues, los mil años, sino que murió dentro de ellos, para cumplir la sentencia de su transgresión. Sea, pues, por la desobediencia que lleva a la muerte, sea porque desde entonces fueron entregados a ella y se hicieron deudores de la muerte, sea porque murieron el mismo día en que comieron ya que fue el primer día de la creación, sea por el ciclo de los días pues murieron el mismo día en que comieron, es decir en la Pascua (que significa la cena pura (393)) que cae en viernes (día que el Señor eligió para sufrir), sea porque Adán no sobrepasó los mil años sino que murió dentro de ellos: según el significado de todos los hechos anteriores, Dios se mostró veraz. Murieron los que comieron del árbol, y la serpiente se manifestó mentirosa y homicida, como el Señor dijo refiriéndose a ella: «Desde el principio es homicida y no permaneció en la verdad» (Jn 8,44).

2.11. El miente desde el principio

24,1. Así como mintió al principio, también mintió al final, cuando dijo: «Todo esto me ha sido entregado y lo doy a quien quiero» (Lc 4,6). Pues no es él, sino Dios, quien delimitó los reinos de la tierra: «El corazón del rey está en manos de Dios» (Prov 21,1). Y por Salomón dice la Palabra: «Por mí reinan los reyes y los poderosos ejercen la justicia; yo exalto a los príncipes y por mí los jefes reinan sobre la tierra» (Prov 8,15-16). Y sobre lo mismo, escribe Pablo: «Sujetaos a las autoridades constituidas; pues el poder no viene sino de Dios. Y las que hay están establecidas por Dios» (Rom 13,1). Y también dice refiriéndose a ellas: «Pues no sin motivo lleva la espada, pues es un ministro de Dios, para tomar venganza con dureza de los que obran el mal» (Rom 13,4). No dice esto a propósito [1187] de los poderes angélicos ni de príncipes invisibles, como algunos se atreven a interpretar, sino de los gobiernos humanos, pues dice: «Por eso pagáis tributos, pues son ministros de Dios y en eso ejercitan un servicio» (Rom 13,6). El Señor confirmó lo mismo, no haciendo caso de los engaños del diablo, cuando mandó a Pedro pagar a los cobradores el tributo por sí y por él, porque «son ministros de Dios y en eso ejercitan un servicio».

24,2. Una vez que el hombre se apartó de Dios, se convirtió casi en una fiera, de modo que tuvo por enemigo incluso al de su propia sangre, y se entregó a todo tipo de desorden, homicidio y avaricia, sin temor alguno. Por ello Dios impuso el miedo a los hombres, ya que no conocían el temor a Dios; los sujetó al poder humano y los controló con la ley, a fin de que ésta ejerza una cierta justicia y los hombres se controlen unos a otros, temiendo la espada que abiertamente los amenaza, como escribe el Apóstol: «No sin causa lleva la espada; porque es ministro de Dios, para ejercer la cólera y la venganza contra quien haga el mal» (Rom 13,4). Por este motivo a los magistrados, revestidos de la ley como divisa, no se les pedirá cuenta ni se les castigará por todo aquello en que actuaren de manera justa y legítima. En cambio, si hicieren algo inicuo e impío para dañar al justo o para contravenir la ley, o ejercitaren su servicio de modo tiránico, perecerán; porque el justo juicio de Dios se aplica a todos por igual y no falla en ningún caso. Dios, pues, estableció el reino de la tierra en favor de los gentiles (no lo hizo el diablo, porque siempre anda inquieto, más aún porque pretende siempre que los pueblos no vivan en paz), a fin de que, temiendo el poder humano, los hombres no se traguen unos a otros como los peces, sino que por la disposición de la ley controlen la multiforme injusticia de los paganos. En este sentido son ministros de Dios. Y si son ministros de Dios, los que nos cobran los impuestos en ello ejercitan un servicio.

24,3. «Toda autoridad ha sido dispuesta por Dios». Es, pues, claro que el diablo miente cuando dice: «Todo me han sido entregado y lo doy a quien quiero». Aquel por cuya disposición existen los hombres, también con su mandato establece a los reyes adecuados a los tiempos y personas [1188] sobre las que reinan. Algunos son elegidos para la corrección y el provecho de los súbditos y para conservar la justicia; otros para infundir temor, castigo y reproche; otros para la vanidad, insolencia y orgullo, según los súbditos lo merecen; pues, como hemos dicho arriba, el justo juicio de Dios recae igualmente sobre todos. Mas el diablo, siendo un ángel apóstata, puede hacer solamente lo que hizo desde el principio: seducir y arrastrar la mente del hombre a transgredir los preceptos de Dios, y cegar poco a poco los corazones de aquellos que se dedican a servirlo; de este modo les hace olvidar al verdadero Dios, y adorarlo a él como si fuese Dios.

24,4. Es como si un rebelde, habiéndose apoderado por la fuerza de una región, perturbara a quienes viven en ella, y reivindicara para sí la gloria del rey para gobernar a aquellos que ignoraran que es un ladrón y un rebelde. Del mismo modo el diablo, siendo uno de los ángeles elevados sobre los aires, como escribió el Apóstol Pablo en su Carta a los Efesios (Ef 2,2), por envidia del hombre (Sab 2,24) apostató de la ley divina: pues la envidia es ajena a Dios. Y como en el hombre quedaron desenmascarada su apostasía y al descubierto sus intenciones, el diablo se fue haciendo cada vez más enemigo del hombre, envidiando su vida y queriendo aprisionarlo en su poder rebelde. En cambio el Verbo de Dios hacedor de todas las cosas, venciendo al diablo por medio del hombre y dejando al desnudo su rebeldía, sujetó al diablo al poder del hombre, cuando dijo: «Os doy el poder de pisotear serpientes y escorpiones y sobre todo poder del enemigo» (Lc 10,19). De esta manera, habiendo él dominado al hombre por la apostasía, su rebelión quedó anulada por el hombre que retorna a Dios.

3. La escatología revela a un solo ELOHIM y Padre 3.1. El Anticristo

25,1. Y no sólo por lo que hemos dicho, sino también por lo que sucederá bajo el poder del Anticristo, se prueba que el diablo, siendo apóstata y ladrón, quiere ser adorado como Dios; [1189] y se quiere proclamar rey, siendo un siervo. Porque él, recibiendo todo el poder del diablo, vendrá no como rey justo o legítimo sujeto a Dios, sino como impío, injusto y sin ley, como apóstata, inicuo y homicida, como un ladrón que recapitulará en sí la apostasía del diablo. Derrocará a los ídolos para persuadirnos de que él mismo es Dios, poniéndose a sí mismo como el único ídolo, resumiendo en sí los distintos errores de los ídolos, a fin de que, aquellos que adoran al diablo mediante muchas maldades, lo sirvan a él en su único ídolo. De este es de quien afirma el Apóstol en su segunda Carta a los Tesalonicenses: «Primero ha de venir la rebelión y manifestarse el hombre de pecado, el hijo de la perdición, el enemigo que se exalta a sí mismo sobre todo lo que llamamos Dios y es objeto de culto, hasta sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar a sí mismo por Dios» (2 Tes 2,3-4). El Apóstol claramente desenmascara su apostasía y que se alzará contra todo lo divino y contra todo objeto de culto, es decir sobre todos los ídolos -pues no son dioses, aunque así los llamen los hombres-, y que él de manera tiránica se empeñará en mostrarse como Dios.

25,2. Además dio a conocer lo que muchas veces hemos dicho, que el templo de Jerusalén fue construido por mandato del verdadero Dios. El Apóstol mismo, hablando según su propio pensar (394), lo llama, en la plena acepción del término, templo de Dios. Y ya dijimos en el tercer libro (395) que el Apóstol nunca llama Dios, hablando en nombre propio, sino a aquel que es el Dios verdadero, el Padre de nuestro Señor, por cuyo mandato se construyó el templo de Jerusalén, por las razones que hemos expuesto. Pues en este templo se sentará el enemigo, tratando de mostrarse a sí mismo como el Cristo, como dice el Señor: «Cuando viereis la abominación de la desolación predicha por el profeta Daniel, cuando estaba de pie en el lugar santo, [1190] el que lee entienda, entonces quienes estén en Judea huyan a los montes, y quien se encuentre en el techo no baje a sacar algo de la casa. Pues habrá una gran tribulación, como no la ha habido desde el principio del mundo hasta ahora, y como no la habrá jamás» (Mt 24,15-17.21).

25,3. Daniel, contemplando el fin del último reino, es decir los últimos diez reyes entre los cuales se dividirá el reino de aquellos sobre los cuales sobrevendrá el hijo de la perdición, dice que nacerán diez cuernos a la bestia, y que brotará un cuerno más pequeño en medio de ellos, y tres de los primeros cuernos serán arrancados en su presencia (Dan 7,7-8). «Y he aquí, dice, que este cuerno tenía unos ojos como ojos de hombre y una boca grandilocuente y su aspecto era superior al de los otros. Vi cómo ese cuerno hacía la guerra a los santos infligiéndoles violencia, hasta que llegó el Anciano en Días e hizo justicia a los santos del Dios Altísimo, y llegó el tiempo en que los santos tomaran posesión del reino» (Dan 7,8.20-22). Después, una vez terminada la visión, se le reveló: «La cuarta bestia será un cuarto reino en la tierra, que sobresaldrá sobre los antiguos reinos, se tragará toda la tierra, la pondrá bajo sus pies y la hará pedazos. Los diez cuernos de la bestia son los diez reyes que se levantarán, después de ellos se alzará otro que superará en maldades a todos los que lo precedieron, acabará con los tres reyes, lanzará palabras contra el Dios Altísimo, pisoteará a los santos del Dios Altísimo, y tratará de trastornar los tiempos y la ley. Y se le dará en la mano un tiempo y tiempos y medio tiempo» (Dan 7,23-25), es decir, tres años y seis meses, durante los cuales dominará la tierra.

También Pablo habla del tema en la segunda Carta a los Tesalonicenses, anunciando la causa de su venida: «Entonces se revelará el impío, al que el Señor Jesús matará con el soplo de su boca y lo destruirá con el esplendor de su venida. La llegada del maligno, por obra de Satanás, se manifestará con todo tipo de poder, de signos y portentos. [1191] Y con toda la carga de mentiras y seducciones engañará a los que se pierden, porque no han acogido el amor de la verdad para ser salvos. Por eso Dios les envía un poder que los engañe, para que crean en la falsedad y se condenen todos aquellos que no creyeron en la verdad, sino que se entregaron a la maldad» (2 Tes 2,8-12).

25,4. El Señor decía a los que no creían en él: «Yo he venido en nombre de mi Padre y no me recibís. Si viniere algún otro en su propio nombre, a él lo recibiréis» (Jn 5,43), ese algún otro es el Anticristo, porque es extraño a Dios. Es el juez inicuo de quien el Señor afirmó que «no temía a Dios ni respetaba a los hombres» (Lc 18,2), al cual acudió aquella viuda que se había olvidado de Dios, es decir la Jerusalén terrestre, para reclamar venganza de su enemigo. Esto es lo que el Anticristo hará cuando reine: trasladará su reino a Jerusalén y se asentará en el templo de Dios, seduciendo a aquellos que lo adoran como a Cristo.

Por eso dice Daniel: «Desoló el lugar sagrado, impuso el pecado en lugar del sacrificio, echó por tierra la justicia, y prosperó en todas sus acciones» (Dan 8,11-12). Y el ángel Gabriel, al explicarle sus visiones, le dijo: «Al final de su reino se alzará un rey con apariencia de bien y astuto en los asuntos. Tendrá mucha fuerza, causará maravilla, destruirá, gobernará y actuará, y exterminará a los poderosos y al pueblo santo. Se afirmará el yugo de sus cadenas; llevará en su mano la traición, su corazón se llenará de orgullo; con engaño hará morir a muchos y hará desaparecer a otros. A todos los aplastará como huevos con sus manos» (Dan 8,23-25). En seguida, para describir su tiranía, durante la cual serán perseguidos los santos que ofrecen el sacrificio puro a Dios: «A la mitad de la semana pondrá fin a los sacrificios y libaciones, y levantará en el templo la abominación de un ídolo, hasta que se consume el tiempo la destrucción estará por encima de la desolación» (Dan 9,27). La mitad de la semana son tres años y medio.

25,5. En todos estos (pasajes) [1192] se anuncian no sólo las apostasías y se resumen las consecuencias de todo error diabólico, sino también al único Dios Padre, el mismo que los profetas anunciaron y Cristo puso de manifiesto. Es cierto que el Señor confirmó lo que Daniel había profetizado: «Cuando viereis la abominación de la desolación que el profeta Daniel predijo» (Mt 24,15); pero también el ángel Gabriel explicó a Daniel la visión (el mismo ángel del Demiurgo que llevó a María el claro anuncio del advenimiento y encarnación de Cristo: Lc 1,26ss), de donde se aclara con evidencia que se trata del único y mismo Dios que eligió a los profetas, envió a su Hijo y nos llamó a conocerlo.

3.2. La definitiva victoria de Cristo

26,1. Más claramente aún Juan, discípulo del Señor, escribió en el Apocalipsis acerca de los últimos tiempos y de de los diez reyes que se dividirán el reino que ahora impera. Cuando explica el significado de los diez cuernos que Daniel vio, dice que esto le fue revelado: «Y los diez cuernos que viste son diez reyes a los que aún no se les ha dado el reino, sino que por una hora recibirán el poder junto con la bestia. Estos tienen una sola idea en su mente, la de entregar a la bestia la fuerza y el poder. Estos lucharán con el cordero, y éste los vencerá porque es el Señor de los señores y Rey de los reyes» (Ap 17,12-14). También se declara que aquel que viene matará a tres de ellos, los otros le quedarán sometidos, y el mismo será el octavo de ellos. Y devastarán Babilonia y la quemarán a fuego, le entregarán su reino a la bestia y perseguirán la Iglesia. Una vez acaecidas estas cosas, quedarán destruidos con la venida de nuestro Señor.

Que el reino será dividido [1193] y así acabará, lo dice el Señor: «Todo reino dividido perecerá, y toda ciudad o casa dividida no durará» (Mt 12,25). El reino, la ciudad y la casa se dividirán en diez partes. Ya el Señor preanunció esta división y partición.

Con precisión Daniel describe el final del cuarto reino, usando como imagen los dedos de los pies de la estatua que Nabucodonosor vio, sobre los cuales cayó la piedra no lanzada por ninguna mano: «Los pies eran parte de hierro y parte de barro, hasta que se desprendió una piedra sin que intervinieran manos, golpeó la estatua en los pies de hierro y barro, y los rompió por completo» (Dan 2,34). Y más adelante da la explicación: «Has visto que los pies y los dedos eran parte de hierro y parte de barro. Esto quiere decir que el reino será dividido, aunque tenga raíz de hierro, pues viste que el hierro está mezclado con arcilla. Y los dedos de los pies son en parte de hierro y en parte de barro» (Dan 2,41-42). Luego los diez dedos de los pies son los diez reyes entre los cuales se dividirá el reino, de los cuales unos serán fuertes, activos y eficaces, mientras otros serán descuidados e inútiles, y no se pondrán de acuerdo, como dice Daniel: «Parte del reino será fuerte y otra parte será débil. Así como viste el hierro mezclado con barro, así estarán mezclados los linajes humanos, y no se unirán unos con otros, así como el hierro no se alea con el barro» (Dan 2,42-43). Y como llegará a su fin, añade: «En el tiempo de esos reyes el Dios del cielo suscitará un reino que jamás será destruido, y cuya soberanía no pasará a otro pueblo. Destruirá y acabará con todos los reinos y será exaltado para siempre, así como viste que del monte se desprendió una piedra sin intervención de manos, que rompió la arcilla, el hierro, el bronce, [1194] la plata y el oro. El Dios grande reveló al rey lo que ha de suceder. Su sueño es verdadero, y su interpretación es fidedigna» (Dan 2,44-45).

26,2. El Dios grande ha dado a conocer el futuro por medio de Daniel, y lo ha confirmado por el Hijo. Cristo es la piedra desprendida sin obra de manos, la cual destruirá los reinos temporales y establecerá el eterno, que consiste en la resurrección de los justos (Lc 14,14) -pues «el Dios del cielo suscitará un reino que jamás será destruido» (Dan 2,44)-. En consecuencia, recobren el sentido y acepten su engaño quienes, rechazando al Demiurgo, no aceptan que los profetas habían sido mandados por el mismo Padre que envió al Señor, sino afirman que los profetas provenían de diferentes Potencias. Pues, aquello que el Demiurgo había predicho de modo idéntico por todos los profetas, es lo mismo que Cristo realizó al final, llevando a cabo la voluntad del Padre para cumplir el plan salvador en su humanidad. A aquellos, pues, que blasfeman contra el Demiurgo -sea que lo hagan con sus propias palabras y de modo claro, como los seguidores de Marción, sea trastocando las palabras, como lo hacen los valentinianos y los que falsamente se llaman Gnósticos-quienes dan culto al Dios verdadero reconózcanlos como instrumentos de Satanás, por medio de los cuales el mismo Satanás hace lo que antes no se había atrevido, o sea maldecir a Dios, que preparó el fuego eterno para todas las apostasías (Mt 25,41).

3.3. Condena de ELOHIM contra Satanás y los suyos

Pues él mismo no se atreve a blasfemar abiertamente contra su Señor, sino que desde el principio sedujo al hombre por medio de la serpiente, escondiéndose del Señor. Bien escribió Justino que antes de la venida del Señor, Satanás nunca se había atrevido a blasfemar contra Dios, pues ignoraba sobre su condenación, [1195] ya que los profetas habían hablado de él en parábolas y alegorías. En cambio, una vez que vino el Señor, por las palabras de Cristo y de los Apóstoles supo claramente que, por haberse separado de Dios por su propia voluntad, ha sido preparado para él el fuego eterno (Mt 25,41), así como para todos los que sin arrepentirse perseveran en la apostasía. Por medio de estos hombres blasfema contra el Señor su juez, como un condenado, e imputa a su Creador el pecado de su apostasía, y no a su decisión propia. Se parece a los que delinquen contra la ley y por eso reciben un castigo: se quejan de los jueces y no de su propia culpa. De modo semejante éstos, inspirados por el espíritu del diablo, acusan de muchas maneras a nuestro Creador que nos dio el Espíritu de vida y una ley para el bien de todos, y pretenden que el juicio de Dios no es justo. Por ese motivo inventan otro Padre que ni se preocupa de nosotros ni es providente en cuanto necesitamos, el cual incluso aprobaría todos los pecados.

27,1. Si el Padre no juzga, será o porque no le toca, o porque tolera todo cuanto los hombres hacen. Y si no juzga, entonces todos los seres humanos estaremos en el mismo plano. En tal caso sería inútil la venida de Cristo, el cual se contradiría si no va a juzgar: «Yo he venido a separar al hombre contra su padre, a la hija contra su madre y a la nuera contra su suegra» (Mt 10,35); estando dos en mismo techo, uno será tomado y otro dejado; y, moliendo dos mujeres en el molino, a una se la llevarán y a otra la dejarán (Lc 17,34-35); al final de los tiempos ordenará a los segadores recoger primero la cizaña y atarla en haces para arrojarla al fuego eterno, y en cambio almacenar el trigo en el granero (Mt 13,30); llamará a los corderos al Reino preparado para ellos, y arrojará a los cabritos al fuego eterno preparado por su Padre para el diablo y sus mensajeros (Mt 25,33-34.41).

¿Qué responder a esto? El Verbo vino para ruina y resurrección de muchos (Lc 2,34): para ruina de quienes no creen en él, [1196] los cuales en el juicio sufrirán una condena mayor que Sodoma y Gomorra (Lc 10,12); y para resurrección de quienes creen en él y cumplen la voluntad de su Padre que está en los cielos (Mt 7,21). Por consiguiente, si la venida del Hijo será igual para todos, a fin de juzgar y discernir por parejo a fieles e incrédulos -pues según su propia doctrina los fieles hacen su voluntad, y según su propia palabra los indóciles, confiados en su propia gnosis, no se acercan a su enseñanza-, es evidente que su Padre ha creado a todos por igual, ha dado a cada uno su propia capacidad de pensar y decidir libremente, ve todas las cosas y provee en favor de todos, «haciendo salir el sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos» (Mt 5,45).

27,2. A todos aquellos que guardan su amor, les ofrece su comunión. Y la comunión con Dios es vida, luz y goce de todos sus bienes. En cambio, según su misma palabra, a todos aquellos que se separan de él, los condena a la separación que ellos mismos han elegido. La separación de Dios es muerte, renuncia a la luz, tinieblas. La separación de Dios es pérdida de todos los bienes divinos. Por eso, quienes por la apostasía han perdido esas cosas, malogrados todos los bienes, viven en el castigo. No que Dios por sí mismo haya planeado castigarlos, sino que a ellos se les echa encima el sufrimiento de haberse separado por sí mismos [1197] de todos los bienes. Mas los bienes divinos son eternos y no tienen fin, por eso también es sin fin su pérdida. Es como la luz, que no tiene fin; pero a quienes se ciegan a sí mismos o a quienes otros privan definitivamente de la luz, para siempre les falta el gozo de la luz: no es que la luz los castigue con la ceguera, sino que su misma ceguera les produce el sufrimiento.

Por eso decía el Señor: «Quien cree en mí no será juzgado»; es decir, no será separado de Dios, pues está unido a él por la fe. «Mas quien no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Hijo unigénito de Dios», pues de este modo él mismo se ha separado de Dios, por decisión propia. «Este es el juicio: que la luz vino a este mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz. Todo el que hace el mal odia la luz y no se acerca a ella, para que no se vean sus obras. Quien obra la verdad viene a la luz, para que se manifiesten sus obras, que él ha hecho en Dios» (Jn 3,18-21).

28,1. En este mundo unos se acercan a la luz y se unen a Dios por la fe. Otros, en cambio, se apartan de la luz y se alejan de Dios. Por eso vino el Verbo de Dios para asignar a cada cual su propia morada: [1198] a quienes están en la luz, para que gocen de ella y de todos los bienes; a quienes viven en las tinieblas, para que les toque el sufrimiento que brota de ellas. Es el motivo por el cual a los que están a su derecha los declara llamados a poseer el Reino del Padre; en cambio a los de su izquierda les dice que irán al fuego eterno (Mt 25,34.41); pues cada uno de éstos se ha privado de todos los bienes.

28,2. Por este motivo dice el Apóstol: «Como no acogieron el amor de Dios para salvarse, por eso Dios les envió un Poder del error, a fin de que sean juzgados cuantos no creyeron en la verdad, sino que se complacieron en la iniquidad» (2 Tes 2,10-12). Una vez que venga (el Anticristo) con sus planes recapitulará toda la apostasía en sí mismo, realizará todo lo que haga por su propia voluntad y arbitrio, sentado en el templo de Dios para que cuantos se dejen seducir por él lo adoren como a Cristo (2 Tes 2,4). Por eso justamente serán arrojados al estanque de fuego (Ap 19,20). Dios, por su parte, según su preciencia sabe de antemano todas las cosas, y a su debido tiempo enviará a quien debe cumplir estas cosas «para que crean en la falsedad y se condenen todos aquellos que no creyeron en la verdad, sino que se entregaron a la maldad» (396).

3.4. El nombre del Anticristo

Ya Juan en el Apocalipsis habló de esta venida: «La bestia que vi se parecía a una pantera. Sus patas eran como de un oso y su hocico semejante al del león. Y el dragón le dio su fuerza, su trono y un enorme poder. Una de sus cabezas parecía herida de muerte, pero la herida mortal estaba curada. Toda la tierra admiró la bestia y adoró el dragón, porque dio el poder a la bestia. Y adoró la bestia diciendo: ¿Quién hay como esta bestia, y quién puede pelear con ella? [1199] Y se le dio un hocico grandilocuente y blasfemo, y el poder durante 42 meses. Y abrió su hocico para blasfemar contra Dios, contra su nombre, contra su santuario y contra los habitantes del cielo. Y se le dio el poder sobre toda raza, pueblo, lengua y nación. Y la adoraron todos los habitantes en la tierra cuyos nombres no están escritos desde la creación del mundo en el libro de la vida del Cordero degollado. Si alguno tiene oídos para oír, que oiga. El que deba ser llevado cautivo, irá al cautiverio. El que mate a espada, a espada morirá. Esta es la paciencia y la fe de los santos» (Ap 13,2-10).

En seguida habla de su escudero, al que llama seudoprofeta: «Hablaba como un dragón. Ejercía todo el poder de la primera bestia en su presencia. Y obligó a la tierra y a cuantos en ella habitan a adorar la primera bestia, cuya herida mortal está curada. Y realiza grandes prodigios, como hacer bajar fuego del cielo a la tierra, en presencia de los seres humanos. Y seducirá a los habitantes de la tierra» (Ap 13,11-14). Dice estas últimas palabras a fin de que nadie vaya a creer que lo hace por poder divino, sino por obra de magia. Ni haya quien se admire de que, por medio de los demonios y espíritus apóstatas que le sirven, realice signos para seducir a los habitantes de la tierra. «Y ordenará que se fabrique un ídolo de la bestia, y dará la vida a este ídolo para que hable, y mandará matar a cuantos no lo adoren. Igualmente mandó marcar un tatuaje en la frente y en la mano derecha, para que nadie más pudiera comprar o vender, sino quien tiene la marca de la bestia y la cifra de su nombre: y esa cifra es seicientos sesenta y seis» (Ap 13,14-18), es decir, seis centenas, seis decenas y seis unidades, para recapitular toda su apostasía que se ha fabricado durante seis mil años.

[1200] 28,3. Pues el mundo se consumirá en el mismo número de miles de años como fueron los días en los que fue creado. Por eso dice la Escritura en el Génesis: «Y se terminó el cielo, la tierra y todo cuanto contienen. El día sexto Dios concluyó toda la obra que hizo, y el séptimo día descansó de todas las obras que realizó» (Gén 2,1-2). Esta es al mismo tiempo una narración de lo que Dios hizo, y una descripción profética de los hechos futuros. Porque, si «un día del Señor es como mil años» (2 Pt 3,8), y en seis días se completó la hechura de cuanto fue creado, es evidente que también su término será de seis mil años.

28,4. En todo tiempo el hombre, plasmado al inicio por las manos de Dios, o sea el Hijo y el Espíritu, sigue naciendo según la imagen y semejanza de Dios (Gén 1,26), rechazando la paja que es la apostasía, y recogiendo en el granero el trigo (Mt 3,12), que son aquellos que por la fe fructifican en Dios. Por eso la tribulación es necesaria para quienes se salvan; para que, en cierto modo triturados, molidos y dispersos por el poder del Verbo de Dios, sirvan cocidos para el banquete del Rey. Así se expresó uno de los nuestros [1201] que, condenado al martirio, fue arrojado a las fieras: «Soy trigo de Cristo, y me masticarán los dientes de las fieras, para que se me encuentre como trigo de Dios». (397)

3.5. El Anticristo recapitula toda la iniquidad

29,1. En los libros anteriores expusimos los motivos por los cuales Dios ha permitido que sucedan estas cosas, y mostramos cómo todos los hechos de esta naturaleza han acaecido para la salvación del hombre, porque le hacen madurar para la inmortalidad en todo aquello que cae bajo el poder de su libertad, y lo preparan para que sea más capaz de someterse a Dios para siempre. Por esta razón la creación está sometida a los seres humanos: en efecto, el hombre no fue hecho para ella, sino ella para el hombre. Con justa causa la Escritura juzgó aun a los paganos que se negaron a levantar sus ojos al cielo para dar gracias a su Creador y a contemplar la luz de la verdad, sino que como ratones ciegos se escondieron en lo profundo de su falta de sabiduría, «como gotas de agua en un balde, como granos de polvo en la balanza y como nada» (Is 40,15-17); mas son de utilidad para los justos, así como la caña es útil para que el grano crezca y la paja sirve para quemarse y con el fuego fundir el oro. Y por eso, cuando al final de los siglos la Iglesia se levante, «habrá una tribulación como no la ha habido desde el principio ni la habrá» (Mt 24,21): pues en los últimos tiempos los justos deberán luchar, y los vencedores recibirán la incorrupción como corona.

29,2. Por todo lo anterior, la bestia que ha de venir recapitulará en sí toda la iniquidad y todo crimen a fin de que, agrupando y encerrando en ella toda la fuerza de la apostasía, sea en ella arrojada al horno de fuego (Ap 19,20). [1202] Con razón su nombre llevará la cifra 666 (Ap 13,18), la cual recapitula toda la malicia anterior al diluvio, toda la mezcla de males que provocó la apostasía de los ángeles -Noé tenía seiscientos años cuando el diluvio cayó sobre la tierra (Gén 7,6) y aniquiló todos los seres vivientes sobre la tierra (398), por la perversidad de la generación en tiempos de Noé-. Esa apostasía recapitula todos los errores e idolatrías cometidos desde el diluvio, el asesinato de los profetas y los suplicios infligidos a los justos. El ídolo que Nabucodonosor erigió era de sesenta codos de alto y seis de ancho (Dan 3,1), y por negarse a adorarlo, Ananías, Azarías y Misael fueron arrojados al horno de fuego (Dan 3,20), prueba que sirvió como profecía de lo que sucederá al fin de los tiempos, cuando los justos sufrirán la prueba del fuego: pues dicho ídolo fue el preanuncio de la llegada de aquel que ordenará a todos los hombres sólo a él adorarlo. Así, pues, los seiscientos años de Noé, en cuyo tiempo cayó el diluvio por motivo de la apostasía, y el número de codos del ídolo por motivo del cual los justos fueron arrojados al horno de fuego, forman la cifra del nombre [1203] en el cual se recapitulan seis mil años de toda apostasía, injusticia, maldad, seudoprofecía y dolo, por los cuales descenderá también un diluvio de fuego.

3.6. El número de la bestia

30,1. Si lo anterior es verdad, si este número se halla en todos los manuscritos antiguos y autorizados, si dan testimonio de él todos aquellos que vieron a Juan cara a cara, y si la razón nos enseña que la cifra del nombre de la bestia según la computación de los griegos debe tener las letras que se hallan en 666 (es decir igual número de centenas, decenas y unidades) -pues el número seis conservado en cada cifra parece recapitular toda la apostasía desde el principio, pasando por los tiempos intermedios hasta los últimos-, no sé cómo erraron algunos, con tal de seguir sus propias ideas, al cambiar el número intermedio del nombre; pues restaron cincuenta al número original, y pretendieron que fuese 10. Tal vez, imagino, fue error de amanuenses, [1104] porque, como en griego se ponen letras en lugar de números, fácilmente cambiaron la letra que significa 60, por la iota. Después otros pudieron hacer lo mismo, sin confrontar con el original. Otros simplemente asumieron ingenuamente el número 10. Incluso algunos, por ignorancia, se atrevieron a investigar los nombres que llevaban ese número falso. En mi opinión, Dios perdonará a todos los que por simplicidad y sin malicia hicieron esto; en cambio, a quienes, buscando una gloria vana, se decidieron por un nombre que lleva el número falso, y por su propia autoridad definieron el nombre de aquel que ha de venir, a éstos les irá mal, porque se sedujeron a sí mismos y a los fieles. El primer daño que han causado es alejarse de la verdad, juzgando como si fuese lo que no es; además, un castigo de la Escritura no despreciable recaerá sobre tales hombres. Se añadirá otro peligro no pequeño [1205] para quienes erróneamente presumen de conocer ese nombre: si creen que es un nombre, y el que vendrá tiene otro, él podrá seducirlos fácilmente, pues creerán que aún no se presenta aquél de quien deben precaverse.

30,2. Es preciso, pues, que tales personas cambien lo que han aprendido y tornen a la verdadera cifra del nombre, para que no sean juzgados entre los falsos profetas. Sino que, conociendo con certeza el número que la Escritura ha anunciado, o sea 666 (Ap 13,18), en primer lugar hagan caso de la división del reino en diez partes; y en seguida, mientras estos reyes gobiernan y sueñan en conseguir sus negocios y aumentar su reino, reconozcan a aquel que vendrá de repente a reivindicar su reino, aterrorizando a dichos reyes. Este será el que tenga el nombre que contiene la cifra de que hemos hablado. A éste es a quien hay que reconocer como la abominación de la desolación (Mt 24,15; Dan 9,27). A este se refiere el Apóstol: «Cuando digan: Paz y seguridad, será cuando la ruina caerá de repente sobre ellos» (1 Tes 5,3). Jeremías habla no sólo de su venida imprevista, sino también de la tribu de la cual ha de provenir: «Desde Dan se escucha el resoplar de sus caballos; toda la tierra temblará ante el relincho de sus corceles. Vendrá a devorar el país y todo cuanto hay en él: sus ciudades y sus habitantes» (Jer 8,16). Por este motivo el Apocalipsis no enumera dicha tribu entre las que se han de salvar (Ap 7,5-8).

30,3. Más seguro y sin peligro es esperar que se cumpla la profecía, que ponerse a adivinar o a hipotizar cualquier nombre; [1206] pues se pueden encontrar muchos nombres que llevan dicha cifra, y siempre se pondrá la misma cuestión. Porque si muchos nombres contienen tal cifra, siempre puede preguntarse cuál es el que llevará el que ha de venir. No decimos esto por falta de nombres que tengan esa cifra, sino por temor a Dios y celo por la verdad. EUANTHAS, por ejemplo, tiene la cifra que buscamos, pero no podemos afirmar nada sobre él. Así también el nombre LATEINOS encierra el número 666, y es un número verosímil, porque esta palabra señala el último de los reinos, pues los latinos tienen ahora el poder; pero no nos gloriamos de identificarlo. También TEITAN, que en la primera sílaba contiene una doble vocal griega: E e I, es el nombre más probable entre los que hallamos. Porque ese nombre consta de seis letras, cada una de sus dos sílabas consta de tres letras, y es un nombre antiguo y extraordinario; pues ninguno de los actuales reyes lleva el nombre de Titán, ni se denomina así ninguno de los ídolos que los griegos y los bárbaros adoran. Y, sin embargo, muchos consideran divino ese nombre, pues también se llama Titán al sol; y en sí este nombre evoca un cierto sentido ostentoso de venganza y revancha, que parece simular las acciones del que ha de vengarse con malos tratos. Además es muy antiguo, digno y más propio de un rey que de un tirano. Pero, aunque [1207] el nombre de Titán sea tan probable, a tal punto que muchos se preguntan si no se llamará así el que ha de venir, sin embargo no correremos el riesgo de pronunciarnos acerca del nombre que habrá de llevar; pues sabemos que, si su nombre debiera ser claramente proclamado ya en el presente, lo habría dicho aquel que lo contempló en el Apocalipsis; además, esta visión ha tenido lugar casi en nuestro tiempo, hacia el final del imperio de Domiciano.

30,4. (El Apocalipsis) ha apuntado el nombre (del Anticristo) para precavernos de él cuando venga, sabiendo quién es. Pero calló el nombre, porque no es digno que el Espíritu Santo lo pregone. En efecto, si éste lo hubiese pregonado, podría permanecer por mucho tiempo. Mas puesto que «era pero ya no es; va a surgir del abismo pero para ir a la perdición» (Ap 17,8), como quien no existe, por eso no se ha proclamado su nombre. Cuando el Anticristo devastare todas las cosas en este mundo, y hubiese reinado durante tres años y seis meses, sentado en el templo de Jerusalén, entonces el Señor vendrá entre las nubes del cielo en la gloria del Padre (Mt 16,27). Entonces lo enviará al lago de fuego con sus seguidores (Ap 19,20), e instaurará el tiempo del reino para los justos, es decir el descanso, [1208] el séptimo día santificado, y cumplirá a Abrahám la promesa de la herencia. Este es el reino al cual, según la palabra del Señor, muchos vendrán de oriente y occidente, para tomar su lugar junto con Abraham, Isaac y Jacob (Mt 8,11).

4. La resurrección de la carne 4.1. Preparación gradual de los salvados

31,1. Sin embargo, muchos que simulan creer rectamente descuidan el orden que debe seguir el crecimiento de los justos, e ignoran el ritmo del camino hacia la incorrupción, interpretándolo con un modo de pensar herético -pues los herejes desprecian la creación de Dios y rechazan la salvación de su carne; también desprecian la promesa divina, y en su sentir de las cosas intentan superar a Dios; aseguran que al morir ellos subirán por encima de los cielos y del Creador, para ir a la Madre o a aquel a quien ellos imaginan como Padre-. Condenan la resurrección universal y, en cuanto de ellos depende, acaban con ella. ¿Qué de extraño si incluso ignoran el camino hacia la resurrección? ¿No quieren entender que, si las cosas fuesen como ellos enseñan, el mismo Señor, en el cual dicen creer, no habría resucitado de entre los muertos después de tres días, sino que al morir en la cruz de inmediato habría subido, abandonando el cuerpo en la tierra? Sin embargo, permaneció tres días en el lugar de los muertos, como dice de él un profeta: «El Señor se acordó de sus santos muertos que dormían en la tierra de la tumba, y bajó a ellos para sacarlos [1209] y salvarlos». (399) El mismo Señor dijo: «Así como Jonás permaneció tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así también el Hijo del Hombre estará en el seno de la tierra» (Mt 12,40). Y el Apóstol escribe: «¿Qué quiere decir ascendió, sino que también descendió a las regiones inferiores de la tierra?» (Ef 4,9). También David profetizó acerca de él: «Y arrancaste mi vida del fondo del abismo» (Sal 86[85],13). Habiendo resucitado al tercer día, dijo a María, la primera que lo vio y quería adorarlo: «No me toques, pues aún no subo al Padre, sino ve a mis discípulos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre» (Jn 20,17).

31,2. El Señor se sometió a la ley de la muerte para ser el Primogénito de los muertos (Col 1,18) y duró tres días en los lugares inferiores de la tierra (Ef 4,9)