El Remanente De Israel

¡Cómo amo Tu Toráh, O YAHWEH!Medito en ella todo el día.Tú me has hecho más sabio que mis enemigos,porque Tus mitzvot son míos para

siempre.Tengo más entendimiento que todos mis maestros porque Tu instrucción es mi meditación,Entiendo más que los ancianos,porque

guardoTus mandamientos.Aparto mis pies de todo camino maligno,para guardar Tus Palabras.No me aparto de Tus juicios,porque Tú me has

instruido.¡Qué dulce a mi gargantason Tus oráculos,verdaderamente más dulce que miel en mi boca!De Tus mandamientos adquiero

entendimiento;por esto odio todo camino de injusticia

 Con esta Senal venceras

Xριστου-Christo 

CAPÍTULO XVII

Surgimiento y progreso de la religión protestante en Irlanda; con un relato de las bárbaras matanzas de 1641

Las tinieblas del papado habían entenebrecido Irlanda desde su primer establecimiento hasta el reinado de Enrique VIII, cuando los rayos de luz del Evangelio comenzaron a disipar las tinieblas y a proveer aquella luz que hasta entonces había sido desconocida en la isla. La abyecta ignorancia en la que se mantenía al pueblo, con los absurdos y supersticiosos conceptos que sustentaban, eran cosa bien evidente para muchos; y los artificios de sus sacerdotes eran tan patentes, que varias personas distinguidas, que habían sido hasta entonces fervorosos papistas, se hubieran sacudido el yugo de buena gana y abrazado la religión protestante; pero la ferocidad natural de aquella gente, y su intensa adhesión a las ridículas doctrinas que les habían sido ensenadas, hacia peligroso este intento. Sin embargo, se emprendió esto más adelante, lo que fue acompañado de las consecuencias más horribles y desastrosas. La introducción de la religión protestante en Irlanda se puede atribuir principalmente a George Browne, un inglés, que fue consagrado arzobispo de Dublin el diecinueve de marzo de 1535. Había sido con anterioridad fraile agustino, y fue elevado a la mitra por sus méritos. Después de haber estado en esta dignidad durante cinco años, en la época en que Enrique VIII estaba suprimiendo las casas religiosas en Inglaterra, hizo que se quitaran todas las reliquias e imágenes de las dos catedrales en Dublin, y de las otras iglesias en su diócesis; en lugar de ellas hizo poner la Oración del Señor, el Credo, y los Diez Mandamientos. Poco tiempo después recibió una carta de Thomas Cromwell, Lord del Sello Privado, informándole de que habiendo Enrique VIII anulado la supremacía papal en Inglaterra, estaba decidido a hacer lo mismo en Irlanda, y que por ello lo había designado a él (al Arzobispo Browne) como uno de los comisionados para poner esta orden en práctica. El arzobispo respondió que había hecho todo lo que estaba en su mando arriesgando su vida para hacer que la nobleza la nobleza y los caballeros Irlandeses reconocieran la supremacía de Enrique, tanto en cuestiones espirituales como temporales; pero se había encontrado con la más violenta oposición, especialmente de parte de George, arzobispo de Armagh; que este prelado, en un discurso al clero había lanzado una maldición sobre todos los que reconocieran la supremacía de su majestad, añadiendo además que su isla, llamada en las Crónicas Insula Sacra o la Isla Santa, no pertenecía a nadie más que al obispo de Roma, y que los progenitores del rey la habían recibido del Papa. Observó asimismo que el arzobispo y el clero de Armagh habían mandado respectivos correos a Roma, y que sería necesario convocar un parlamento en Irlanda, para aprobar la ley de la supremacía, siendo que el pueblo no aceptaría la comisión dcl rey sin la sanción de la asamblea legislativa. Concluyó diciendo que los Papas habían mantenido al pueblo sumido en la más profunda ignorancia; que el clero era mayormente analfabeto; que el común de la gente eran mas celosos en su ceguera que lo habían sido los santos y mártires en la defensa de la verdad al comienzo del Evangelio; y que debía temerse que Shan O’Neal, un caudillo muy poderoso en la zona norte de la isla, estaba decidido oponerse a la comisión regia. Siguiendo este consejo, al año siguiente se convocó un parlamento que debía reunirse en Dublín por orden de Leonard Grey, que en aquellos tiempos era Lord lugarteniente. En esta asamblea, el Arzobispo Browne pronunció un discurso en el que estableció que los obispos de Roma solían, antiguamente, reconocer a emperadores, reyes y príncipes como supremos en sus propios dominios; y que por ello él reconocería al Rey Enrique VIII como supremo en todos los asuntos, tanto eclesiásticos como temporales. Concluyó diciendo que todo el que rehusara asentir

a esta ley no era un leal Súbdito del rey. Este discurso sobresaltó grandemente a los otros obispos y señores, pero al final se accedió, tras violentos debates, a la supremacía del rey. Dos años después, el arzobispo escribió una segunda carta a Lord Cromwell, quejándose del clero, y dando indicaciones de las maquinaciones que el Papa estaba tramando contra los defensores del Evangelio. Esta carta está fechada en Dublín en abril de 1538; y el arzobispo dice, entre otros asuntos: «A un pájaro se le puede enseñar a hablar con tanto sentido como lo hacen muchos del clero en este país. Estos, aunque no son eruditos, son sin embargo astutos para engañar a la gente sencilla disuadiéndoles de obedecer las órdenes de Su Majestad. Los campesinos de aquí odian mucho vuestra autoridad, y os llaman insultantemente en su lengua irlandesa, el Hijo del Herrero. Como amigo, deseo que vuestra señoría tenga cuidado de su noble persona. Roma tiene en gran favor al duque de Norfolk, y grandes favores para esta nación, con el propósito de oponerse a Su Majestad. » Poco tiempo después, el Papa envió a Irlanda (dirigida al arzobispo de Armagh y su clero) una bula de excomunión contra todos los que hubieran reconocido o llegaran a reconocer la supremacía del rey dentro de la nación Irlandesa; denunciando una maldición sobre ellos y los suyos que en el plazo de cuarenta días no reconocieran a sus confesores que habían hecho mal al aceptarla. El Arzobispo Browne dio conocimiento de esto en una carta fechada en Dublín en mayo de 1538. Parte del formulario de confesión, o voto, enviado a estos papistas irlandeses, decía así: «Declaro además maldito a aquel o aquella, padre o madre, hermano o hermana, hijo o hija, marido o mujer, tío o tía, sobrino o sobrina, pariente o parienta, patrón o patrona, y a todos los demás, las relaciones más cercanas o queridas, amigos o conocidos que sean, que mantengan o lleguen a mantener, en el tiempo venidero, que cualquier poder eclesiástico o civil esté por encima de la autoridad de la Madre Iglesia, o que obedezca o llegue a dar obediencia, en el tiempo venidero, a ninguno de los enemigos o contrarios de la Madre Iglesia, de lo que aquí doy juramento: Así me ayuden Dios, la Bendita Virgen, San Pedro, San Pablo y los Santos Evangelistas,» etc. Este formulario se corresponde de manera precisa con las doctrinas promulgadas por los Concilios Late rano y de Constanza, que declaran de manera expresa que no se debe mostrar favor alguno a los herejes, ni se les debe guardar la palabra dada; que deben ser excomulgados y condenados, y que sus posesiones deben ser confiscadas, y que los príncipes quedan obligados, bajo solemne juramento, a desarraigarlos de sus respectivos dominios. ¡Qué abominable ha de ser una iglesia que osa pisotear de esta manera toda autoridad! ¡Qué engañada la gente que acepta las instrucciones de tal iglesia! En la carta acabada de mencionar del arzobispo fechada en mayo de 1538, dice él: «Su alteza el virrey de esta nación tiene poco o ningún poder sobre los antiguos nativos. Ahora tanto los ingleses como los irlandeses comienzan a oponerse a las órdenes de su señoría, y a poner a un lado sus pendencias nacionales, lo que me temo que hará (si algo puede llevar a ello) que un extranjero invada esta nación.» No mucho después de esto, el Arzobispo Browne arrestó a un tal Thady O' Brian, un fraile franciscano, que tenía en su poder un documento enviado desde Roma, con fecha de mayo de 1538, y dirigido a O'Neal. En esta carta había las siguientes palabras: «Su Santidad, Pablo, ahora Papa, y el concilio de los padres, han descubierto recientemente, en Roma, una profecía de un San Laceriano, obispo irlandés de Cashel, en la que decía que la Madre Iglesia de Roma cae cuando sea vencida la fe católica en Irlanda. Por ello, por la gloria de la Madre Iglesia, por la honra de San Pedro, y por tu propia seguridad, suprime la herejía y a los enemigos de Su Santidad.»

Este Thady O'Brian, después de unos interrogatorios y registros adicionales, fue puesto en el cepo, y mantenido bajo estricta vigilancia hasta que llegan órdenes del rey acerca de qué suerte debía correr. Pero al llegar la orden de Inglaterra de que fuera colgado, se suicidó en el castillo de Dublin. Su cuerpo fue después llevado a Gallows-green, donde, tras ser colgado durante un tiempo, fue enterrado. Después de la accesión de Eduardo VI al trono de Inglaterra, fue enviada una orden a Sir Anthony Leger, Lord Representante de Irlanda, mandando que se estableciera en Irlanda la liturgia en inglés, para que fuera observada dentro de los varios obispados, catedrales e iglesias parroquiales; y se leyó por vez primera en Christ Church, en Dublín, el día de Pascua de 1551, delante del mencionado Sir Anthony, del Arzobispo Browne y de otros. Parte de la orden real para este propósito era como sigue: «Por cuanto su Graciosa Majestad nuestro padre, el Rey Enrique VIII, tomando en consideración la esclavitud y el pesado yugo que sus leales y fieles súbditos soportaban bajo la jurisdicción del obispo de Roma; cómo diversas historias imaginarias y prodigios mentirosos desviaban a nuestros súbditos, quitando los pecados de nuestras naciones con sus indulgencias y perdones por dinero; proponiéndose abrigar todos los malvados vicios, como robos, rebeliones, hurtos, fornicaciones, blasfemia, idolatría, etc., su Graciosa Majestad nuestro padre disolvió por ello todas las priorías, todos los monasterios, abadías y otras pretendidas casas de religión, siendo como eran criaderos de vicios o lujos más que de sagrada erudición,» etc. El día después que se empleó por primera vez la Oración Común en Christ Church, los papistas tramaron la siguiente perversa confabulación: En la iglesia había quedado una imagen de mármol de Cristo, sosteniendo una caña en la mano, y con una corona de espinas en la cabeza. Mientras se estaba leyendo el servicio inglés (la Oración Común) delante del Lugarteniente, del arzobispo de Dublín, del consejo privado, del alcalde mayor y de una gran congregación, se vio cómo salía sangre de las grietas de la corona de espinas, y bajaba por la cabeza de la imagen. A esto, uno de los inventores de la impostura gritó en voz alta: «¡Ved como suda sangre la imagen de nuestro Salvador! Pero tiene que hacerlo, por cuanto ha entrado herejía en la iglesia!» De inmediato muchos de las clases más bajas del pueblo, ciertamente el vulgo de todas clases, se sintió aterrorizado ante un espectáculo tan milagroso e innegable de la evidencia del desagrado divino; se precipitaron fuera de la iglesia, convencidos de que las doctrinas del protestantismo emanaban de una fuente infernal, y de que la salvación sólo podía ser hallada en el seno de su propia infalible Iglesia. Este incidente, por ridículo que parezca para el lector ilustrado, tuvo una gran influencia sobre las mentes de los irlandeses ignorantes, y sirvió a los fines de los desvergonzados impostores que lo inventaron, en cuanto a poder refrenar de manera muy tangible el progreso de la religión reformada en Irlanda; muchas personas no podían resistirse a la convicción de que había muchos errores y corrupciones en la Iglesia de Roma, pero se vieron acallados por medio por esta pretendida manifestación de la ira divina, que fue exagerada más allá de toda medida por los fanáticos e interesados sacerdotes. Tenemos muy pocos detalles acerca del estado de la religión en Irlanda durante el resto del reinado de Eduardo VI y de la mayor parte del de María. Hacia el final del tiempo de dominio de aquella implacable fanática, intentó ella extender sus persecuciones a la isla; pero sus diabólicas intenciones fueron felizmente frustradas de la siguiente manera providencial, y los detalles de esto los narran historiadores de genuina autoridad. María había designado al doctor Pole (un agente del sanguinario Bonner) como uno de los comisionados para llevar a cabo sus bárbaras intenciones. Llegado a Chester con su comisión,

el alcalde de aquella ciudad, un papista, acudió a asistirle; entonces el doctor se sacó del bolsillo de su manto una cartera de piel, diciéndole: «Aquí tengo la comisión que barrerá Irlanda de herejes.» La mayordoma de la casa era protestante, y teniendo un hermano en Dublín, se quedó muy angustiada ante lo que había oído. Pero esperando su oportunidad, mientras el alcalde se despedía, y el doctor lo acompañaba cortésmente escaleras abajo, ella abrió la cartera, sacó la comisión, y en su lugar puso una hoja de papel, con una baraja de naipes, con la sota de bastos encima. El doctor, sin sospechar lo sucedido, se reembolsillo la cartera, y llegó con ella a Dublín en septiembre de 1558. Anhelante de cumplir las intenciones de su «piadosa» reina, de inmediato se dirigió a Lord Fitz-Walter, que entonces era virrey, y le presentó la cartera, que, al ser abierta, no mostró otra cosa que una baraja. Esto dejó sorprendidos a todos los presentes, y su señoría dijo: «Tenemos que conseguir otra comisión; y mientras tanto barajemos las cartas.» El doctor Pole hubiera querido volver en el acto a Inglaterra para obtener otra comisión; pero mientras esperaba un viento favorable, llegó la noticia de la muerte de la Reina María, y gracias a ello los protestantes escaparon a una muy cruel persecución. El relato que hemos dado está confirmado por historiadores del mayor crédito, que añaden que la Reina Elizabet estableció una pensión de cuarenta libras a la mencionada Elizabeth Edmunds, por haber salvado de esta forma las vidas de sus súbditos protestantes. Durante los reinados de Elizabet y de Jacobo I, Irlanda estuvo agitada casi constantemente por rebeliones e insurrecciones, que, aunque no siempre tenían como motivo la diferencia de opiniones religiosas entre ingleses e irlandeses, quedaban agravadas y hechas tanto más acerbas e irreconciliables por esta causa los sacerdotes papistas exageraban arteramente los fallos del gobierno ingles, y de continuo imbuían en sus ignorantes oyentes llenos de prejuicios la legitimidad de matar protestantes, asegurándoles que todos los católicos muertos en el cumplimiento de una empresa tan piadosa serían de inmediato recibidos a la dicha eterna. El carácter naturalmente atolondrado de los irlandeses, manipulado por estos hombres astutos, los impelía continuamente a acciones violentas bárbaras e injustificables, aunque se debe confesar que la naturaleza inestable y arbitraria de la autoridad ejercida por los gobernadores ingleses no era susceptible de ganarse sus afectos. También los españoles, desembarcando fuerzas en el sur, y alentado de todas las maneras a los descontentos nativos para que se uniesen bajo su bandera, mantuvieron la isla en un estado continuo de turbulencia y de guerra. En 1601 desembarcaron un cuerpo de cuatro mil hombres en Kinsale, y comenzaron lo que llamaron «La Guerra Santa por la preservación de la fe en Irlanda.» Fueron ayudados por grandes cantidades de irlandeses, pero finalmente fueron rotundamente derrotados por el representante de la reina, Lord Mountjoy, y sus oficiales. Este cerró las transacciones del reinado de Elizabet con respecto a Irlanda; siguió un período de aparente tranquilidad, pero el sacerdocio papista, siempre inquiete y agitador, intentó minar mediante maquinaciones secretas aquel gobierno y aquella fe que ya no osaban atacar abiertamente. El pacifico reino de Jacobo les dio la oportunidad de aumentar su tuerza y de madurar sus maquinaciones, y bajo su sucesor, Carlos I, aumentaron grandemente sus números por medio de arzobispos titulares católicos romanos, como también de obispos, deanes, vicarios generales, abades, sacerdotes y frailes. Por esta razón se prohibió, en 1629, el ejercicio público de los ritos y ceremonias papistas. Pero a pesar de este, poco después el clero romanista edificó una nueva universidad papista en la ciudad de Dublin. Comenzaron también a edificar monasterios y conventos en varias partes del reino, lugares en los que este mismo clero romanista y los jefes de los irlandeses

celebraban numerosas reuniones; y de allí solían ir y volver a Francia, España, Flandes, Lorena y Roma, donde estaba siendo preparado el detestable complot de 1641 por la familia de los O'Neal y sus seguidores. Poco después que comenzaran a ponerse en marcha los planes de la horrible conspiración que vamos a relatar a continuación, los papistas de Irlanda habían presentado una protesta ante los Lores de Justicia del reino, exigiendo el libre ejercicio de su religión y una derogación de las leyes contrarias, ante lo que ambas cámaras del Parlamento en Inglaterra respondieron solemnemente que jamás concederían tolerancia alguna a la religión papista en aquel reino. Este irritó tanto más a los papistas incitándoles a la ejecución del diabólico complot concertado para la destrucción de los protestantes y no fracasó sino que tuvo el éxito deseado por sus maliciosos y rencorosos promotores. El designio de esta horrible conspiración era que tuviera lugar una insurrección general al mismo tiempo por todo el reino y que se diera muerte todos los protestantes, sin excepción alguna El día fijado para esta horrorosa masacre fue el veintiuno de octubre de 164l fiesta de Ignacio de Loyola fundador dc los Jesuitas; y los principales conspiradores en las partes principales del reino emprendieron los preparativos necesarios para la lucha que maquinaban. A fin de que este aborrecible plan pudiera tener un éxito más seguro, los papistas practicaron los ardides más elaborados, y su conducta en sus visitas a los protestantes fue, en este tiempo, de una más aparente bondad que la que habían mostrado hasta entonces, lo que se hizo para poder consumar de manera más plena los designios inhumanos y pérfidos que contra ellos meditaban. La ejecución de esta salvaje maquinación fue atrasada hasta inicios dcl invierno, para que el envío de tropas desde Inglaterra fuera cosa más difícil. El Cardenal Richelieu, el ministro francés, había prometido a los conspiradores un considerable suministro de hombres y dinero, y muchos oficiales irlandeses habían prometido de cierto asistir cordialmente a sus hermanos católicos, tan pronto como tuviera lugar la insurrección. Llegó el día anterior al señalado para llevar a cabo este horrible designio y felizmente para la metrópolis del reino la conspiración fue revelada por un irlandés llamado Owen O'Connelly por cuyo señalado servicio el Parlamento Inglés le votó 500 libras y una pensión vitalicia de doscientas. Fue tan oportunamente que se descubrió este complot tan sólo pocas horas antes de que la ciudad y el castillo de Dublin fueran a ser sorprendidos, que los Lores Justicias apenas si tuvieron tiempo de prepararse, junto con la ciudad, en una posición defensiva adecuada. Lord M'Guire, que era allí el principal cabecilla, fue, junto con sus cómplices, detenido aquella misma noche en la ciudad; en sus viviendas se encontraron espadas, azuelas, hachas, mazos, y otros instrumentos de destrucción preparados para la destrucción y el exterminio de los protestantes en aquella parte del reino. De esta manera la capital fue felizmente preservada; pero la sanguinaria parte de la tragedia tramada ya no se podía impedir. Los conspiradores estaban ya sobre las armas temprano por la mañana del día señalado, y todos los protestantes que encontraron en su camino fueron asesinados de inmediato. No se perdonó ninguna edad, ni sexo ni condición. La mujer llorando por su marido destripado, y abrazando a sus indefensos hijos, era traspasada junto a ellos, muriendo todos a la vez. Los viejos y jóvenes, los vigorosos y los débiles, sufrieron la misma suerte y se confundieron en una misma ruina. En vano salvaba la huida de un primer asalto; la destrucción asolaba por doquier, y se enfrentaban con las perseguidas víctimas en cada recodo. En vano se quiso reunir a parientes a compañeros, a amigos; todas las relaciones estaban

disueltas; y la muerte caía de la mano de aquellos a quienes se imploraba protección y de quienes se esperaba. Sin provocación, sin oposición, los atónitos ingleses, viviendo en la mayor paz, y, pensaban ellos, plena seguridad, fueron asesinados por sus más cercanos vecinos, con los que habían mantenido durante mucho tiempo una continuada relación de bondad y buenos oficios. Pero la muerte fue el más suave de los castigos infligidos por estos monstruos en forma humana; todas las torturas que pudiera inventar la más voluntariosa crueldad, todos los prolongados tormentos del cuerpo y angustias de la mente, las agonías de la desesperación, no podían saciar una venganza carente de motivos, y cruelmente salida de ninguna causa. La naturaleza depravada, incluso la religión pervertida, aunque alentadas por la licencia más desenfrenada, no pueden llegar a un mayor paroxismo de ferocidad que el que se manifestó en estos inmise- ricordes salvajes. Incluso las representantes del sexo débil, naturalmente tiernas ante sus propios sufrimientos y compasivas ante los de los demás, emularon a sus fuertes compañeros en la práctica de toda crueldad. Los mismos niños, enseñados por el ejemplo y la exhortación de sus padres, aplicaban sus débiles golpes a los cadáveres de los indefensos hijos de los ingleses. Tampoco la avaricia de estos irlandeses fue suficiente para detenerlos en absoluto en su crueldad. Tal era su desenfreno que los ganados que robaron y que habían hecho suyos por saqueo, fueron degollados conscientemente porque llevaban el nombre de los ingleses; o, cubiertos de heridas, lanzados sueltos a los bosques, para que allí murieran lentamente en sus sufrimientos. Las espaciosas viviendas de los granjeros fueron reducidas a cenizas o arrasadas hasta el suelo. Y allí donde los desdichados propietarios se habían encerrado en sus casas y se estaban preparando para defenderse, fueron muertos en llamas junto con sus mujeres e hijos. Esta es la descripción general de esta matanza sin paralelo; ahora queda, por la naturaleza de esta obra, dar algunos detalles particulares. Apenas si los fanáticos e inmisericordes papistas habían comenzado a ensuciarse las manos de sangre que repitieron esta horrible tragedia día tras día, y los protestantes, en todas partes del reino, cayeron víctimas de su furia con muertes de la crueldad más inaudita. Los ignorantes irlandeses fueron tanto más intensamente instigados a ejecutar esta infernal operación por los Jesuitas, sacerdotes y frailes cuanto que ellos, cuando se decidió el día de la ejecución de su complot, recomendaron en sus oraciones que se diera diligencia en aquel gran designio, que dijeron ellos sería de gran ayuda para la prosperidad del reino y para promover la causa católica. En todo lugar dijeron al común de la gente que los protestantes eran herejes, y que no se debía permitirles más vivir entre ellos; añadiendo que no era más pecado matar a un inglés que matar a un perro; y que ayudarlos o protegerlos era un crimen de lo más imperdonable. Habiendo asediado los papistas la ciudad y el castillo de Longford, se rindieron los ocupantes de este último, que eran protestantes, con la condición de que se les diera cuartel; los asediadores, en el instante en que aparecieron las gentes de la ciudad, los atacaron de la manera más implacable, destripando el sacerdote de ellos, a modo de señal, al ministro protestante inglés; después de esto, sus seguidores asesinaron a todo el resto, algunos de los cuales fueron colgados, otros apuñalados o muertos a tiros, mientras que a muchos se les destrozó la cabeza con hachas que habían sido suministradas para este fin. La guarnición de Sligo fue tratada de manera semejante por O'Connor Slygah, el cual les prometió cuartel a los protestantes y llevarlos sanos y salvos al otro lado de los montes Curlew, a Roscommon. Estos abandonaron sus refugios, pero entonces los apresó y guardó en un encierro inmundo, alimentándolos sólo con granos como alimento. Después, estando bebidos y contentos

algunos de los papistas que habían venido a felicitar a sus malvados hermanos, los frailes blancos sacaron a los protestantes supervivientes, yo bien los mataron a cuchillo, o bien los lanzaron por el puente a un río torrencial, donde pronto murieron. Se añade que luego un grupo de este malvado grupo de frailes blancos fue cierto tiempo después al río, en solemne procesión, con agua bendita en sus manos, para rociarlo; pretendiendo limpiarlo y purificarlo de las manchas y de la contaminación de la sangre y de los cadáveres de los herejes, como llamaban ellos a los desafortunados protestantes que fueron tan inhumanamente asesinados en esta misma ocasión. En Kilmore, el doctor Bedell, obispo de esta sede, había asentado y sustentado caritativamente a gran número de protestantes angustiados, que habían huido de sus casas para escapar de las diabólicas crueldades cometidas por los papistas. Pero no gozaron mucho tiempo del consuelo de vivir juntos. El buen prelado fue sacado a la fuerza de su residencia episcopal, que fue de inmediato ocupada por el doctor Swiney, el obispo papista titular de Kilmore, que dijo Misa en la iglesia al domingo siguiente, y que luego confiscó todos los bienes y posesiones del perseguido obispo. Poco después de esto, los papistas llevaron al doctor Bedell, a sus dos hijos y al resto de su familia, con algunos de los principales protestantes a los que había protegido, a un castillo en ruinas llamado Lochwater, situado en un lago cercano al mar. Aquí se quedó con sus compañeros varias semanas, esperando día a día ser muerto. La mayor parte de ellos habían sido dejados desnudos, por lo que sufrieron grandes penalidades, al hacer mucho frío (siendo el mes de diciembre), y carecer de tejado el edificio en el que se hallaban. Prosiguieron en esta situación hasta el siete de enero, cuando fueron todos liberados. El obispo fue cortésmente recibido en la casa de Dennis O'Sheridan, uno de su clero, a quien había convertido a la Iglesia de Inglaterra, pero no sobrevivió mucho tiempo a esta muestra de bondad. Durante su estancia allí, pasó todo su tiempo en ejercicios religiosos, para mejor disponerse y prepararse a si mismo, y a sus entristecidos compañeros, para su gran tránsito, porque nada tenían delante de sus ojos sino una muerte cierta. Estaba entonces en el año setenta y uno de su vida, y, afligido por unas violentas fiebres que había adquirido por su estancia en aquel lugar inhóspito y desolado en el lago, pronto la fiebre se hizo de lo más violenta y peligrosa. Viendo que se acercaba su fallecimiento, lo recibió con gozo, como uno de los primitivos mártires que se apresuraba a su corona de gloria. Después de dirigirse a su pequeña grey, y de exhortarlos a la paciencia, y ello de la manera más patética por cuanto vio que se acercaba el último día de ellos, tras haber bendecido solemnemente a su gente, su familia y sus hijos, terminó juntamente el curso de su ministerio y de su vida el siete de febrero de 1642. Sus amigos y parientes pidieron al intruso obispo que les permitiera enterrarlo, lo que obtuvieron tras gran dificultad; al principio les dijo que el patio de la iglesia era tierra sagrada, y que no debía ya ser contaminada más con herejes; sin embargo, se obtuvo permiso al final, y aunque no se empleó el servicio religioso funerario en la solemnidad (por miedo a los papistas irlandeses), sin embargo algunos de los mejores, que tuvieron la mayor veneración por él mientras vivía, asistieron al acto de depositar sus restos en el sepulcro. En su entierro lanzaron una salva de balas, gritando: Requiescat in pace ultimus Anglorum, esto es, «Descanse en paz el último inglés.» A esto añadieron que como él era uno de los mejores, también sería el último obispo inglés hallado entre ellos. La erudición de este obispo era muy grande, y hubiera dado al mundo tanto más prueba de ella si hubiera impreso todo lo que había escrito. Apenas si se salvaron algunos de sus escritos, habiendo destruido los papistas la mayoría de sus documentos y biblioteca. Había recogido una gran cantidad de exposiciones críticas de la Escritura, todo lo

cual, con un gran baúl lleno de sus manuscritos, cayó en manos de los irlandeses. Felizmente, su gran manuscrito hebreo se conservó, y está ahora en la biblioteca de Emanuel College, Oxford. En la baronía de Terawley, los papistas, por instigación de los frailes, obligaron a más de cuarenta protestantes ingleses, algunos de los cuales eran mujeres y niños, a la dura suerte de o bien morir por la espada, o ahogados en el mar. Escogiendo éstos lo último, fueron obligados, a punta de espada de sus inexorables perseguidores, a dirigirse a aguas profundas, donde, con sus pequeños en sus brazos, fueron primero vadeando hasta el cuello, y luego se hundieron y murieron juntos. En el castillo de Lisgool fueron quemados vivos hasta ciento cincuenta hombres, mujeres y niños, todos juntos; y en el castillo de Moneah no menos de cien fueron pasados a cuchillo. Una gran cantidad fueron también asesinados en el castillo de Tullah, que fue entregado a M'Guire con la condición de que se les diera cuartel; pero apenas si este desalmado había ocupado el lugar que ordenó a sus hombres asesinar al pueblo, lo que fue ejecutado de inmediato, y con la mayor crueldad. Muchos otros fueron muertos de la manera más horrenda, en formas que sólo hubieran podido ser inventadas por demonios, y no por hombres. Algunos de ellos fueron echados con el centro de sus espaldas sobre el eje de un carruaje, con las piernas apoyadas en el suelo en un lado, y sus brazos y cabezas en el otro. En esta posición, uno de aquellos salvajes azotaba a la pobre víctima en los muslos, piernas, etc., mientras otro lanzaba perros salvajes, que desgarraban los brazos y las partes superiores del cuerpo; así, de esta terrible manera, eran privados de su existencia. Muchos de ellos fueron atados a colas de caballos, y lanzados los animales a todo galope por sus jinetes, las desgraciadas víctimas eran arrastradas hasta que expiraban. Otros fueron colgados de altas horcas, y encendiéndose fuego debajo de ellos, terminaron sus vidas en parte por colgamiento, en parte por asfixia. Tampoco escapo el sexo débil en lo más mínimo a la crueldad que podían proyectar sus inmisericordes y furiosos perseguidores. Muchas mujeres, de todas las edades, eran muertas de la más cruel naturaleza. Algunas, de manera particular, fueron atadas con la espalda contra fuertes postes, y, desnudadas hasta la cintura, aquellos inhumanos monstruos les cortaron los pechos derechos con tijeras de esquileo, lo que, naturalmente, les causó las agonías más terribles; y así fueron dejadas hasta que murieron desangradas. Tal fue la salvaje ferocidad de estos bárbaros que incluso bebés no nacidos eran arrancados del vientre para ser victimas de su furia. Muchas desdichadas madres fueron colgadas desnudas de ramas de árboles, descuartizadas, y su inocente descendencia arrancada de ellas y echada a los perros y a los cerdos. Y, para intensificar lo horrendo de la escena, obligaba al marido a verlo antes de sufrir él mismo. En la ciudad de Issenskeath colgaron a más de cien protestantes escoceses, no mostrándoles más misericordia que la que habían mostrado a los ingleses. M'Guire, dirigiéndose al castillo de aquella ciudad, pidió hablar con el gobernador, y, al permitírsele la entrada, quemó en el acto los registros del condado, que guardaba allí. Luego le exigió 1000 libras al gobernador, y, habiéndolas recibido, le obligó de inmediato a oír Misa, y a jurar que seguiría haciéndolo. Y para consumar estas horribles barbaridades, ordenó que la mujer y los hijos del gobernador fueran colgados delante de él, además de asesinar al menos a cien de los habitantes. Más de mil hombres, mujeres y niños fueron llevados, en diferentes grupos, al puente Portadown, que estaba roto en medio, obligándolos allí a arrojarse al agua; los que trataban de alcanzar la ribera eran golpeados en la cabeza.

En la misma parte del país, al menos cuatro mil personas fueron ahogadas en diferentes lugares. Los inhumanos papistas los llevaron como animales, después de desnudarlos, al lugar determinado para su destrucción; y si alguno, por fatiga o debilidad natural, era lento en su andar, era aguijoneado con sus espadas y picas; para aterrorizar a la multitud, asesinaron a algunos por el camino. Muchos de estos desdichados fueron lanzados al agua, y trataron de salvarse alcanzando la ribera, pero sus inmisericordes perseguidores impedían que lo lograsen, disparando contra ellos mientras se encontraban en el agua. En un lugar, ciento cuarenta ingleses fueron todos asesinados en el mismo lugar, tras haber sido empujados totalmente desnudos durante muchas millas, y con un clima de lo más duro; algunos fueron colgados, otros, quemados, algunos muertos a tiros, y muchos de ellos enterrados vivos. Tan crueles eran sus atormentadores que ni siquiera les permitían orar antes de arrebatarles su mísera existencia. A otros grupos los llevaron con la pretensión de un salvoconducto, y que, por esto mismo, se dirigían felices en su viaje; pero cuando los pérfidos papistas los hubieron llevado a un lugar conveniente, los mataron allí de la forma más cruel. Ciento quince hombres, mujeres y niños fueron llevados, por orden de Sir Phelim O'Neal, al puente Portadown, donde fueron todos forzados río adentro, y ahogados. Una mujer llamada Campbell, al no ver posibilidad alguna de huida, se abrazó repentinamente a uno de los principales papistas, y lo asió tan firmemente que ambos se ahogaron juntos. En Killyman hicieron una matanza de cuarenta y ocho familias, de las que veintidós fueron quemadas juntas en una casa. El resto fueron colgados, muertos a tiros, o ahogados. En Kilmore, todos los habitantes, alrededor de doscientas familias, cayeron víctimas de la furia de los perseguidores. Algunos de ellos fueron puestos en el cepo hasta que confesaron donde tenían su dinero. Y después de esto, los mataron. Todo el condado era una escena general de carnicería, y muchos miles perecieron, en poco tiempo, por la espada, el hambre, el fuego, el agua, y las muertes más crueles que pudiera inventar la furia y la maldad. Estos sanguinarios desalmados mostraron tan gran favor para con algunos como para despacharlos rápidamente; pero no quisieron en absoluto permitirles que oraran. A otros los echaron en inmundas mazmorras, poniendo pesados herrajes en sus piernas y dejándolos allí hasta que murieron de hambre. En Casel echaron a todos los protestantes en una inmunda mazmorra, donde los tuvieron juntos, durante varias semanas, en la mayor miseria. Al final fueron liberados, siendo algunos de ellos bárbaramente mutilados y dejados en los caminos para morir lentamente. Otros fueron colgados, y algunos fueron sepultados derechos en el suelo, con las cabezas por encima de la tierra, y, para intensificar su desdicha, los papistas los escarnecían durante sus padecimientos. En el condado de Antrim asesinaron a cincuenta y cuatro protestantes en una mañana; y después, en el mismo condado, a alrededor de unos mil doscientos más. En una ciudad llamada Lisnegary, obligaron a veinticuatro protestantes a entrar en una casa, incendiándola después, quemándolos a todos, escarneciendo con imitaciones los clamores de ellos. Entre otros actos de crueldad tomaron a dos niños de una mujer inglesa, y les abrieron la cabeza delante de ella; después, echaron a la madre en el río, ahogándola. Trataron a muchos otros niños de forma semejante, para gran aflicción de sus padres y vergüenza de la naturaleza humana. En Kilkeuny fueron muertos todos los protestantes sin excepción; y algunos de ellos de forma tan cruel como quizá jamás se había pensado.

Golpearon a una mujer inglesa con tal ferocidad que apenas le quedó un hueso entero; después de esto, la echaron a una acequia; pero no satisfechos con esto, tomaron a su niña, de unos seis años de edad, y destripándola la echaron a su madre, para languidecer allí hasta que muriera. Obligaron a un hombre a ir a Misa, tras lo que lo abrieron en canal, y lo dejaron así. Aserraron a otro, cortaron el cuello a su mujer, y después de haberle roto la cabeza a su hijo, un bebé, lo echaron a los cerdos, que lo devoraron ansiosos. Después de cometer éstas y otras horrendas crueldades, tomaron las cabezas de siete protestantes, y entre ellas la de un piadoso ministro, fijándolas todas en la cruz del mercado. Pusieron una mordaza en la boca del ministro y le rajaron las mejillas hasta las orejas, entonces, poniéndole delante una hoja de la Biblia, le invitaban a leer, porque tenía la boca bien grande. Hicieron varias otras cosas para escarnio, expresando una gran satisfacción al haber asesinado y expuesto así a estos infelices protestantes Es imposible concebir el placer que estos monstruos experimentaban al ejercer su crueldad. Para intensificar la desdicha de los que caían en sus manos, les decían, mientras los degollaban «Al diablo con tu alma.» Uno de estos desalmados entraba en una casa COn las manos ensangrentadas, jactándose de que era sangre inglesa, y que su espada había pinchado las blancas pieles de los protestantes, hasta la empuñadura Cuando cualquiera de ellos había dado muerte a un protestante, los otros venían y se satisfacían cortando y mutilando el cuerpo; después los dejaban expuestos para ser devorados por los perros; cuando hubieron muerto un número de ellos, se jactaban de que el diablo les estaba en deuda, por haberle enviado tantas almas al infierno. No es de asombrarse que trataran así a aquellos inocentes cristianos, cuando no dudaban en blasfemar contra Dios y Su santísima Palabra. En un lugar quemaron dos Biblias protestantes, y luego dijeron que habían quemado fuego del infierno. En la iglesia en Powerscourt quemaron el púlpito, los bancos, cofres y las Biblias que estaban allí. Tomaron otras Biblias, y después de mojarlas con aguas sucias, las lanzaron en los rostros de los protestantes, diciéndoles: «Sabemos que os gusta una buena lección; ésta es excelente; venid mañana, y tendréis un buen sermón como éste.» Arrastraron a algunos de los protestantes por los cabellos hacia la iglesia, donde los desnudaron y azotaron de la forma más cruel, diciéndoles, al mismo tiempo, que si acudían al día siguiente oirían el mismo sermón. En Munster dieron muerte a varios ministros de la manera más terrible. A uno, en particular, lo desnudaron totalmente, y lo fueron empujando delante de ellos, pinchándole con espadas y dardos, hasta que cayó y murió. En algunos lugares sacaron los ojos y cortaron las manos de los protestantes, dejándolos luego sueltos por los campos, donde lentamente tuvo fin su mísera existencia. Forzaron a muchos jóvenes a llevar a sus padres ancianos a un río, donde eran ahogados; a mujeres a ayudar a colgar a sus maridos; y a madres a cortar el cuello a sus hijos. En un lugar obligaron a un joven a dar muerte a su padre, y acto seguido lo colgaron a él. En otro lugar forzaron a una mujer a matar a su marido, luego forzaron al hijo a matarla a ella, y finalmente lo mataron a él de un tiro en la cabeza. En un lugar llamado Glaslow, un sacerdote papista, con algunos otros, prevalecieron sobre cuarenta protestantes para que se reconciliaran con la Iglesia de Roma. Apenas si lo habían hecho que les dijeron que estaban en la buena fe, y que ellos impedirían que se apartaran de ella y que se volvieran herejes, echándolos de este mundo, lo que hicieron de inmediato cortándoles el cuello.

En el condado de Tipperary, más de treinta protestantes, hombres, mujeres y niños, cayeron en manos de los papistas, que, después de desnudarlos, los asesinaron a pedradas, con picas, espadas y otras armas. En el condado de Mayo, unos sesenta protestantes, quince de ellos ministros, debían ser, bajo pacto, llevados sanos y salvos a Calway por un tal Edmund Bute y sus soldados; pero este inhumano monstruo sacó la espada por el camino, como indicación acerca de sus propósitos para el resto, y asesinaron a todos, algunos de los cuales fueron apuñalados, otros fueron traspasados con picas, y varios fueron ahogados. En el Condado de Queen, gran número de protestantes fueron muertos de la manera más atroz. Cincuenta o sesenta fueron puestos juntos en una casa, que fue incendiada, y todos murieron en medio de las llamas. Muchos fueron desnudados y atados a caballos con cuerdas rodeándoles las cinturas, y fueron arrastrados por ciénagas hasta morir. Otros fueron atados al tronco de un árbol, con una rama encima. Sobre esta rama colgaba un brazo, que sustentaba principalmente el peso del cuerpo, mientras que una de las piernas era torcida arriba y atada al tronco, y la otra colgaba. Permanecían en esta postura terrible y difícil mientras estuvieran vivos, constituyendo un placentero espectáculo para sus sanguinarios perseguidores. En Clownes, diecisiete hombres fueron enterrados vivos; y un inglés, su mujer, cinco niños y una criada fueron todos colgados juntos, y después echados a una acequia. Colgaron a muchos por los brazos de ramas de árboles, con un peso en sus pies; y otros por la cintura, postura en la que quedaron hasta morir. Varios fueron colgados de molinos de viento, y antes que estuvieran medio muertos, aquellos bárbaros los despedazaron con sus espadas. Otros, hombres, mujeres y niños, fueron cortados y despedazados en varias formas, y dejados bañados en su sangre para morir donde cayeran. A una pobre mujer la colgaron de una horca, con su hijo, un bebé de doce meses, que fue colgado del cuello con el cabello de su madre, y de esta manera acabó su breve pero trágica existencia. En el condado de Tyrone, no menos de trescientos protestantes fueron ahogados en un día; y muchos otros fueron colgados, quemados y muertos de otras maneras. El doctor Maxwell, rector de Tyrone, vivía en aquel tiempo cerca de Armagh, y sufrió enormemente a causa de estos implacables salvajes. Esta persona, en su interrogatorio, dado bajo juramento ante los comisionados del rey, declaró que los papistas irlandeses habíann reconocido delante de él que, en varias acciones, habían matado a 12.000 protestantes en un lugar, a los que degollaron inhumanamente en Glynwood, cuando huían del condado de Armagh. Como el río Barin no podía ser vadeado, y el puente estaba roto, los irlandeses forzaron a ir allí a gran número de protestantes desarmados e indefensos, y con picas y espadas echaron violentamente a unos mil al río, donde perecieron sin remedio. Tampoco escapó la catedral de Armagh de la furia de estos bárbaros, siendo incendiada maliciosamente por sus cabecillas, y quemada a ras del suelo. Y para extirpar, si fuera posible, la raza misma de aquellos infelices protestantes que vivían en o cerca de Armagh, los irlandeses quemaron todas sus casas, y luego reunieron a muchos cientos de aquella gente inocente, jóvenes y mayores, con el pretexto de darles una guardia y un salvoconducto hasta Colerain, pero lanzándose sobre ellos por el camino, y asesinándolos inhumanamente. Horrendas barbaridades como las que acabamos de señalar fueron practicadas contra los pobres protestantes en casi todas partes del reino; cuando posteriormente se hizo una valoración del número de los que fueron sacrificados para dar satisfacción a las diabólicas almas de los papistas, se elevó a ciento cincuenta mil.

Estos miserables desalmados, enardecidos y arrogantes por el éxito (aunque mediante métodos acompañados de atrocidades enormes como quizá no hayan visto igual) pronto tomaron posesión del castillo de Newry, donde se guardaban las provisiones y municiones del rey; y con bien poca dificultad se adueñaron de Dundalk. Después tomaron la ciudad de Ardee, donde asesinaron a todos los protestantes, siguiendo luego a Drogheda. La guarnición de Drogheda no estaba en condiciones de soportar un sitio, a pesar de lo cual, cada vez que los irlandeses renovaban sus ataques, eran vigorosamente rechazados por un número muy desigual de las fuerzas reales, y unos pocos fieles ciudadanos protestantes bajo Sir Henry Tichbome, el gobernador, ayudado por Lord Vizconde Moore. El sitio de Drogheda comenzó el treinta de noviembre de 1641, y se mantuvo hasta el cuatro de marzo de 1642, cuando Sir Phelim O'Neal y los rebeldes irlandeses bajo su mando se vieron obligados a retirarse. En aquel tiempo fueron enviados diez mil soldados desde Escocia a los protestantes que quedaban en Irlanda, y que apropiadamente distribuidos en las partes principales del reino, felizmente anularon el poder de los asesinos irlandeses; después de esto los protestantes vivieron tranquilos durante cierto tiempo. En el reinado del Rey Jacobo II su tranquilidad se vio, empero, interrumpida otra vez, porque en un parlamento celebrado en Dublin en el año 1689, muchos de los nobles, del clero y de los gentiles hombres de Irlanda fueron acusados de alta traición. El gobierno del reino estaba, en aquel tiempo, en manos del conde de Tyrconnel, un fanático papista, e implacable enemigo de los protestantes. Por orden de él, fueron de nuevo perseguidos en varias partes del reino. Se confiscaron las rentas de la ciudad de Dublin, y la mayoría de las iglesias fueron transformadas en cárceles. Si no hubiera sido por la decisión y valentía no común de las guarniciones en la ciudad de Londonderry y de la ciudad de Inniskillin, no habría quedado ni un lugar de refugio para los protestantes en todo el reino, sino que todo habría caído en manos del Rey Jacobo y del frenético partido papista que lo dominaba. El célebre asedio de Londonderry comenzó el dieciocho de abril de 1689, impuesto por una tropa de veintidós mil papistas, la flor del ejército irlandés. La ciudad no estaba equipada de manera apropiada para aguantar un asedio, siendo sus defensores un cuerpo de protestantes sin instrucción militar que habían buido allí para refugiarse, y medio regimiento de los disciplinados soldados de Lord Mountjoy, con la principal parte de los habitantes, ascendiendo sólo a siete mil trescientos sesenta y uno el número de hombres capaces de llevar armas. Los asediados esperaban al principio que sus provisiones de trigo y otros víveres les serían suficientes, pero con la continuación del asedio aumentaron sus necesidades, y al final se hicieron tan intensas que por un tiempo considerable antes de levantarse el sitio la ración semanal de un soldado era medio litro de cebada basta, una pequeña cantidad de verduras, unas pocas cucharadas de fécula, y una porción muy moderada de carne de caballo. Y al final quedaron reducidos a tal extremidad que comieron perros, gatos y ratones. Aumentando sus sufrimientos con el asedio, muchos desfallecían y desmayaban de hambre y necesidad, o caían muertos por las calles. Y es destacable que cuando sus socorros tan largamente esperados llegaron de Inglaterra, estaban ya a punto de quedar reducidos a esta alternativa: O bien preservar sus vidas comiéndose unos a otros, o tratar de abrirse paso luchando contra los irlandeses, lo que indefectiblemente habría significado su destrucción. Sus socorros fueron transportados con buen suceso por el barco Mountjoy de Derry, y el Phoenix de Colerain, cuando sólo les quedaban nueve delgados caballos y algo menos de medio litro de harina para cada hombre. Debido al hambre y a las fatigas de la guerra, sus siete mil

trescientos sesenta y un hombres sobre las armas quedaron reducidos a cuatro mil trescientos hombres, una cuarta parte de los cuales quedaron inutilizados. Así como las calamidades de los asediados fueron grandes, también lo fueron los terrores y padecimientos de sus amigos y parientes protestantes, todos los cuales (incluso mujeres y niños) fueron empujados a la fuerza desde la región en un radio de treinta millas, e inhumanamente reducidos a la triste necesidad de estar varios días y noches sin alimento ni abrigo, delante de las murallas de la ciudad, viéndose así expuestos tanto al continuo fuego del ejército irlandés desde fuera corno como a los disparos de sus amigos desde dentro. Pero los socorros llegados desde Inglaterra pusieron feliz término a sus sufrimientos; y el sitio fue levantado el treinta y uno de julio, habiendo tenido una duración de tres meses. El día antes de que se levantara el asedio de Londonderry, los Inniskillers entablaron batalla con un cuerpo de seis mil católicos romanos irlandeses, en Newton, Builer o Crown- Castle, muriendo cinco mil de ellos. Esto, junto con la derrota ante Londonderry, desalentó a los papistas, y abandonaron todo intento posterior de perseguir a los protestantes. Al año siguiente, esto es, 1690, los irlandeses tomaron armas en favor del príncipe depuesto, Rey Jacobo II, pero fueron totalmente derrotados por su sucesor el Rey Guillermo III Aquel monarca, antes de dejar el país, lo redujo a la sumisión, estado en el que han continuado desde entonces. Pero, a pesar de todo esto, la causa protestante está ahora sobre una base mucho más fuerte que hace un siglo. Los irlandeses, que habíann llevado anteriormente una vida inestable y vagabunda, en los bosques, las turberas y los montes, viviendo del bandidaje contra sus semejantes, aquellos que por la mañana se apoderaban del botín, y por la noche repartían los despojos, se han vuelto, ya desde hace muchos años, pacíficos y civilizados. Gustan de los bienes de la sociedad inglesa, y de las ventajas del gobierno civil. Comercian en nuestras ciudades, y están empleados en nuestras manufacturas. Son también recibidos en las familias inglesas, y tratados con gran humanidad por los protestantes.

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CAPÍTULO XVIII


El surgimiento, progreso, persecuciones y sufrimientos de los Cuáqueros


AL tratar acerca de estas personas desde una perspectiva histórica, nos vemos obligados a hablar con mucha gentileza. No se puede negar que difieren de la generalidad de los protestantes en ciertos puntos capitales de religión, y sin embargo, como conformistas protestantes, quedan incluidos bajo la descripción de la ley de tolerancia. No es aquí asunto nuestro indagar acerca de si hubo personas de creencias similares en los tiempos de la cristiandad primitiva; quizá no, en ciertos respectos, pero debemos escribir acerca de ellos no en cuanto a corno eran, sino en cuanto a lo que son ahora. Cierto es que han sido tratados por varios escritores de manera muy menospreciativa; también es cierto que no merecían este tratamiento. El apelativo de Cuáqueros les fue dado como término de vituperio, corno consecuencia de las evidentes convulsiones que sufrían cuando daban sus discursos, porque se imaginaban que eran efecto de la inspiración divina. No nos toca a nosotros ahora indagar si las creencias de estas gentes concuerdan con el Evangelio, pero lo que sí es cierto que el primero de sus líderes como grupo separado fue un hombre de oscura cuna que primero vivió en Leicestershire alrededor del 1624. Al referirnos a este hombre expresaremos nuestros propios sentimientos de una manera histórica, y uniendo a estos lo que ha sido dicho por los mismos Amigos, trataremos de dar una narración completa. George Fox descendía de padres honrados y respetados, que lo criaron en la religión nacional; pero de niño parecía religioso, callado, firme y manifestando, más allá de sus años, un conocimiento no común de las cosas divinas. Fue educado para la agricultura y otras actividades del campo, y estaba inclinado de manera particular a la ocupación solitaria de pastor, empleo éste bien apropiado para su mente en varios respectos, tanto por su inocencia como por su afán de soledad; y fue un justo emblema de su ministerio y servicio posteriores. En el año 1646 dejó totalmente la Iglesia nacional, en cuyos principios había sido criado y hasta entonces observado; en l647 se dirigió a Derbyshire y Nortinghamshire, sin ningún propósito determinado de visitar ningún lugar en particular sino que anduvo solitario por varias ciudades y pueblos, allí donde le llevara la mente. «Ayunaba mucho,» dice SewelI, «y a menudo caminaba a lugares retirados, sin otra compañía que su Biblia.» «Visitó a la gente más retirada y religiosa de aquellos lugares,» dice Penn, «y algunos había, bien pocos, en esta nación, que esperaban la consolación de Israel día y noche; como Zacarías, Ana y Simeón la esperaban en tiempos antiguos. A estos fue enviado, y a estos buscó en los condados colindantes, y entre ellos se quedó hasta que le fue dado un más amplio ministerio. En este tiempo enseñó, y fue un ejemplo de silencio, tratando de sacarlos de una actuación artificiosa, testificándoles acerca de la luz de Cristo dentro de ellos, y volviéndolos a ella, y alentándolos a esperar pacientemente, y a sentir su poder agitándose en sus corazones, para que su conocimiento y culto a Dios pudiera consistir en el poder de una vida incorruptible que debía ser hallada en la luz, por cuanto era obedecida en la manifestación de la misma en el hombre: Porque en el Verbo estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres. Vida en la palabra, luz en los hombres; y vida también en los hombres, así como la luz es obedecida; viviendo los hijos de la luz por la vía de la Palabra, por la cual la Palabra los engendra de nuevo para Dios, lo cual es la generación y el nuevo nacimiento, sin el que no hay entrada en el Reino de Dios, en el cual todo el que entra es mayor que Juan, esto es, que la dispensación de Juan, que no era la del Reino, sino que fue la consumación de la legal, y precursor de los tiempos del Evangelio, del tiempo del Reino. Por ello, comenzaron a hacerse vanas reuniones en aquellas partes, y así dedicó su tiempo durante algunos años.»

En el año 1652 «tuvo una gran visitación de la gran obra de Dios en la tierra, y de la manera en que tenía que salir, para iniciar su ministerio público.» Emprendió rumbo al norte, «y en todos los lugares a los que llegaba, si no antes de llegar a ellos, se le mostraba de manera particular su ejercicio y servicio, de modo que el Señor era verdaderamente su conductor.» Convirtió a muchos a sus opiniones, y muchos hombres piadosos y buenos se unieron a su ministerio. Estos fueron escogidos especialmente para visitar las asambleas públicas para reprender, reformar y exhortar a los oyentes. A veces en mercados, ferias, por las calles y por los caminos, «llamando a los hombres al arrepentimiento, y a volverse al Señor, con todo el corazón así como con sus bocas; dirigiéndoles a la luz de Cristo dentro de ellos, para que vieran, examinaran y consideraran sus caminos, y a evitar el mal y a hacer la buena y agradable voluntad de Dios.» No se encontraron sin oposición en la tarea a la que se habían imaginado llamados, siendo a menudo puestos en cepos, apedreados, apaleados, azotados y encarcelados, aunque fueran hombres honrados y de buena reputación que habían dejado mujeres, hijos, casas y tierras para visitarlos con un vivo llama-miento al arrepentimiento. Pero estos métodos coercitivos mas bien encendieron que disminuyeron su celo, y en aquellas zonas les ganaron muchos prosélitos, y entre a ellos varios magistrados y otros de clases altas. Entendieron que el Señor les había prohibido descubrirse la cabeza ante nadie, alto o bajo, y que les demandaba que se dirigieran a todos, sin distinción, tuteándolos. Tenlan escrúpulos acerca de desear buenos días o buenas noches a la gente, y no podían doblarla rodilla ante nadie, ni siquiera en la suprema autoridad. Tanto hombres como mujeres llevaban una vestimenta sencilla, diferente de la moda de los tiempos. Ni daban ni aceptaban títulos de respeto u honra, y a nadie en la tierra estaban dispuestos a llamar maestro. Citaban varios textos de la Escritura para defender estas peculiaridades, como «No juréis». «¿Cómo podéis creer, si recibís honra unos de otros, y no buscáis la honra que sólo de Dios viene?», etc., etc. Basaban la religión en una luz interior, y en un impulso extraordinario del Espíritu Santo. En 1654 celebraron su primera reunión separada en Londres, en casa de Robert Dring, en Watling Street, porque para aquel entonces se habían extendido por todas partes del reino, y en muchos lugares habían establecido reuniones o asambleas, particularmente en Lancashire y regiones adyacentes, pero seguían expuestos a grandes persecuciones y pruebas de todo tipo. Uno de ellos, en una carta al protector, Oliverio Cromwell, le dice que aunque no hay leyes penales que obliguen a nadie a someterse a la religión establecida, sin embargo los Cuáqueros son denunciados por otras causas; se les multa y encarcela por rehusar tomar juramento; por no pagar sus diezmos; por perturbar las asambleas públicas y reunirse en las calles y lugares públicos; a algunos de ellos los habían azotado como vagabundos, y por hablar con llaneza a los magistrados. Bajo el favor de la tolerancia entonces existente abrieron sus reuniones en Bull y Mouth, en Aldersgate Street, donde las mujeres, al igual que los hombres, eran movidas a hablar. Su celo los llevó a algunas extravagancias, lo que los expuso más al azote de sus enemigos, que actuaron duramente contra ellos en el siguiente reinado. M ser suprimida la insensata insurrección de Venner, el gobierno publicó una proclamación prohibiendo a los anabaptistas, cuáqueros y Hombres de la Quinta Monarquía que celebraran asambleas o reuniones bajo pretexto de dar culto a Dios, excepto silo hacían en alguna iglesia parroquial, o en casas privadas, con el consentimiento del dueño de la casa, declarándose ilegales y sediciosas todas las reuniones en cualesquiera otros lugares, etc., etc. Entonces los Cuáqueros consideraron conveniente enviar la siguiente carta al rey, con las siguientes palabras:

«¡Oh Rey Carlos!» Es nuestro deseo que vivas siempre en el temor de Dios, y también tu Consejo. Te rogamos a tí y a tu Consejo que leáis las siguientes líneas con piedad y compasión por nuestras almas, y por tu bien. »Y considera esto, que estamos encarcelados unos cuatrocientos en y alrededor de esta ciudad, hombres y mujeres arrebatados a sus familias, y además alrededor de mil en las cárceles de los condados; deseamos que nuestras reuniones puedan no ser dispersadas, sino que todo venga a un limpio juicio, para que quede manifiesta nuestra inocencia. »Londres, día 16, mes undécimo, 1660.» El veintiocho de aquel mismo mes publicaron la declaración a que hacían referencia en su discurso, titulada: «Una declaración de la inocente gente de Dios llamada los Cuáqueros, contra toda sedición, maquinadores y luchadores del mundo, para eliminar las bases de celos y sospechas, tanto de los magistrados como del pueblo en el reino, acerca de guerras y luchas.» Fue presentada al rey el día veintiuno del mes undécimo de 1660, y les prometió, por su real palabra, que no sufrirían por sus opiniones siempre y cuando vivieran pacíficamente; pero sus promesas fueron después bien poco tenidas en cuenta. En 1661 cobraron suficiente valor para pedir a la Cámara de los lores que hubiera tolerancia para su religión, y para quedar exentos de dar juramento, que consideraban ilegítimos no por desafección alguna al gobierno, ni por creer que quedaran menos obligados bajo una aseveración, sino por estar persuadidos de que todos los juramentos eran ilegítimos; y que jurar estaba prohibido, hasta en las ocasiones más solemnes, en el Nuevo Testamento. Su petición fue rechazada, y en lugar de darles tolerancia, se promulgó una ley contra ellos, cuyo preámbulo decía: «Que por cuanto varias personas han adoptado la opinión de que un juramento es ilegítimo y contrario a la ley de Dios, incluso cuando se hace ante un magistrado; y por cuanto, bajo la pretensión de culto religioso, las dichas personas se reúnen en grandes números en diversos lugares del reino, separándose del resto de los súbditos de su majestad y de las congregaciones públicas y lugares usuales de culto divino, se promulga por ello que si tales personas, después del cuatro de marzo de 1661-62, rehúsan tomar juramento cuando sea administrado legalmente, o persuaden a otros a rehusarlo, o mantienen por escrito o de cualquier otra forma la ilegitimidad de tomar un juramento; o si se reúnen para el culto religioso en número de cinco de una edad de quince años para arriba, pagarán por la primera ofensa cinco libras; por la segunda, diez libras; por la tercera serán desterrados del reino, o transportados a las plantaciones; los jueces de paz podrán oír y decidir las causas.» Esta ley tuvo el más terrible efecto sobre estos Cuáqueros, aunque bien se sabía que estas personas de buena conciencia estaban lejos de cualquier sedición o rebelión contra el gobierno. George Fox, en sus palabras al rey, le comunica que tres mil sesenta y ocho de sus amigos habían sido encarcelados desde la restauración de su majestad; que sus reuniones eran diariamente dispersadas por hombres con mazas y armas, y que sus amigos eran arrojados al agua y pisoteados hasta que manaba la sangre, lo que hacía que se reunieran en las calles. Se imprimió un documento, firmado por doce testigos, en el que se comunica que había más de cuatro mil doscientos cuáqueros encarcelados; de ellos quinientos por Londres y sus suburbios, y varios de ellos habían muerto en las cárceles. Sin embargo, se gloriaban en sus padecimientos, que aumentaban cada día, de manera que en 1665 y en los años de interinidad fueron hostigados de manera inaudita. Como persistían resueltamente en reunirse abiertamente en Bull y Mouth, lugar ya mencionado, los soldados y

otros oficiales los llevaron de allí a prisión, hasta que Newgate quedó llena de ellos, y multitudes murieron por el estrecho encierro, en aquella y otras cárceles. Seiscientos de ellos, dice un relato publicado en aquel tiempo, estaban encarcelados, simplemente por causa de su religión, de los que varios fueron llevados a las plantaciones. En resumen, los cuáqueros dieron tanto trabajo a los informadores, que estos tuvieron menos tiempo para asistir a las reuniones de otros inconformistas. Sin embargo, bajo todas estas calamidades se comportaban pacientemente y con gentileza ante el gobierno, y cuando tuvo lugar el complot de Ryehouse en 1682 consideraron conveniente proclamar su inocencia acerca de aquel falso complot, en un documento enviado al rey, en el que, «apelando al Escudriñador de todos los corazones,» dicen que «sus principios no les permiten tomar armas en defensa propia, y mucho menos vengarse por los daños recibidos de otros; que continuamente oran por la seguridad y preservación del rey; y que por ello aprovechan esta oportunidad para rogar humildemente a su majestad que tenga compasión de sus sufrientes amigos, que llenan tanto sus cárceles que tienen careencia de aire, con evidente peligro para sus vidas y para peligro de infección en diversos lugares. Además, muchas casas, talleres, graneros y campos son saqueados, y sus bienes, trigo y guiados ganados arrebatados, con lo que se desalienta el trabajo y la agricultura, empobreciéndose a mucha cantidad de gente pacífica y trabajadora; y esto por ningún otro motivo que por el ejercicio de una conciencia sensible en el culto al Dios Todopoderoso, que es soberano Señor y Rey de las conciencias de los hombres. Al acceder Jacobo al trono, se dirigieron a aquel monarca de manera honrada y llana, diciéndole: «Hemos venido para testimoniar nuestro dolor por la muerte de nuestro buen amigo Carlos, y nuestro gozo porque hayas sido hecho nuestro gobernante. Se nos dice que no perteneces a la persuasión de la Iglesia de Inglaterra, como tampoco nosotros lo somos; por ello, esperamos que nos concedas la misma libertad que tú te permites, haciendo lo cual que deseamos todo tipo de dichas.» Cuando Jacobo, con el poder del que estaba investido, concedió libertad a los no conformistas, comenzaron ellos a gozar de algún descanso de sus angustias; y ciertamente ya era el momento para ello, porque habían crecido en gran número. El año anterior a éste, que para ellos fue de feliz liberación, expusieron, en una petición a Jacobo para que se pusiera fin a sus sufrimientos, establecieron «que en los últimos tiempos mil quinientos de sus amigos, tanto hombres como mujeres, de los que ahora quedan mil trescientos ochenta y tres; de los que doscientos son mujeres, muchas bajo sentencia de desacato a la autoridad regia; y más de cien cerca de ella, por rehusar el juramento de lealtad, porque no pueden jurar. Trescientos cincuenta han muerto en prisión desde el año 1680; en Londres, la cárcel de Newgate ha quedado llena a rebosar, habiendo durante estos dos últimos años casi veinte personas por celda, por lo que varias personas han muerto asfixiadas, y otros, que han salido enfermos, han muerto de fiebres malignas al cabo de pocos días. Grandes violencias, destrozos enormes terribles y perturbaciones y saqueos tremendos han sido aplicados a los bienes y posesiones de la gente, por un grupo de informadores ociosos, insólitos e implacables, por persecuciones basadas en la ley de conventículos, y otras, también en escritos qui tam, y en otros procesos, por veinte libras al mes, y dos tercios de sus posesiones confiscadas para el rey. Algunos no tenían una cama en la que yacer, otros no tenían ganado para labrar el suelo, ni trigo para alimento o pan, ni herramientas de trabajo; los dichos informadores, y alguaciles penetraban violentamente en casas en algunos lugares, con el pretexto de servir al rey y a la Iglesia. Nuestras asambleas religiosas han sido acusadas ante la ley común de ser sediciosas y perturbadoras de la paz pública, por lo que grandes números han sido encerrados en prisión son consideración alguna a la edad, y muchos

echados en agujeros y mazmorras. Los apresamientos por 20 libras mensuales ha llevado a miles de personas encarceladas, y varios que habían empleado a personas pobres en manufacturas no pueden y a hacerlo más, por su prolongado encarcelamiento. No perdonan ni a viudas ni a huérfanos, y tampoco tienen ni una cama donde dormir. Los informadores son a la vez testigos y fiscales, para ruina de gran número de familias frugales; y se ha amenazado a jueces de paz con multas de cien libras si no emiten órdenes de prisión en base de sus denuncias.» Con esta petición presentaron una lista de sus amigos encarcelados, en los varios condados, que ascendía a cuatrocientos sesenta. Durante el reinado del Rey Jacobo II, esta gente fue, por la intercesión de su amigo señor Penn, tratada con mayor tolerancia que jamás lo había sido. Se habían hecho muy numerosos ahora en muchos lugares del país, y al tener lugar poco después el establecimiento de Pennsylvania, muchos se fueron a América. Allí gozaron de las bendiciones de un gobierno pacífico, y cultivaron las artes del trabajo honrado. Como toda la colonia era propiedad del señor Penn, invitó a gentes de todas denominaciones a ir y asentarse con él allí. Tuvo lugar una libertad de conciencia universal; y en esta nueva colonia se establecieron por vez primera los derechos naturales de la humanidad. Estos Amigos son, en el tiempo presente, un grupo bien inocente e inofensivo; pero ya hablaremos más de esto en una sección posterior. Por sus sabias leyes, no sólo se honran a sí mismos, sino que son de gran servicio a la comunidad. Puede ser necesario observar aquí que por cuanto los Amigos, comúnmente llamados Cuáqueros, no toman juramento en un tribunal, se permite su afirmación en todas las cuestiones civiles; pero no pueden perseguir a un criminal, porque en los tribunales ingleses toda evidencia debe ser sobre juramento.


Relato de las persecuciones de los Amigos, comúnmente llamados Cuáqueros, en los Estados Unidos.


Alrededor de mediados del siglo diecisiete se infligió mucha persecución y sufrimiento a una secta de inconformistas protestantes, comúnmente llamados Cuáqueros; gente que surgió en aquel tiempo en Inglaterra, y algunos de los cuales sellaron su testimonio con su sangre. Para una historia de estas gentes, véase la historia de Sewell, o la de Gough, acerca de ellos. Los principales motivos por los que su inconformismo de conciencia los hizo susceptibles a las penas de la ley fueron:

1. Su resolución cristiana de reunirse públicamente para el culto a Dios de la forma más conforme a su conciencia.

2. Su rechazo a pagar diezmos, que consideraban una ceremonia judía, abrogada por la venida de Cristo.

3. Su testimonio en contra de las guerras y de las luchas, cuya práctica consideraban inconsecuente con el mandamiento de Cristo: «Amad a vuestros enemigos,» Mt 5:44.

4. Su constante obediencia al mandamiento de Cristo: «No juréis de ninguna manera,» Mt 5:34.

5. Su rechazo a pagar tasas o valoraciones para edificar y reparar casas de culto con las que ellos no estuvieran de acuerdo.

6. Su uso del lenguaje apropiado y escriturario, «tú» y «ti», para una persona individual; y su dejación de la costumbre de descubrirse la cabeza como homenaje a un hombre.

7. La necesidad en que se encontraron muchos de publicar lo que creían ser la doctrina de la verdad; y ello a veces en los lugares designados para el culto nacional público.

Su consciente inconformidad en los anteriores puntos los expuso a mucha persecución y sufrimiento, consistiendo en procedimientos judiciales, multas, crueles apaleamientos, azotes y otros castigos corporales; encarcelamientos, destierros e incluso la muerte. Dar un relato detallado de sus persecuciones y sufrimientos iría más allá de los límites de esta obra; por ello remitimos, para esta información, a las historias ya citadas, y más en particular a la Colección de Besse acerca de sus sufrimientos; y limitaremos nuestro relato aquí mayormente a los que sacrificaron sus vidas, y que evidenciaron, por su disposición de mente, constancia, paciencia y fiel perseverancia, que estaban influenciados por un sentimiento de deber religioso. Numerosas y repetidas fueron las persecuciones contra ellos; y a veces por transgresiones u ofensas que la ley ni contemplaba ni abarcaba. Muchas de las multas y penas que se les impusieron no eran sólo irrazonables y exorbitantes, de manera que no podían pagarlas y se veían aumentadas a varias veces el valor de la demanda; por ello muchas familias pobres quedaban enormemente angustiadas, y se veían obligadas a depender de la ayuda de sus amigos. No sólo grandes números fueron cruelmente azotados a latigazos en público, como criminales, sino que algunos fueron marcados con hierros al rojo vivo, y a otros les cortaron las orejas. Muchísimos fueron encerrados largo tiempo en inmundas mazmorras, en las que algunos terminaron sus vidas, como consecuencia del encierro. Muchos fueron sentenciados a destierro, y muchos fueron deportados. Algunos fueron desterrados bajo pena de muerte, y cuatro fueron finalmente ejecutados por el verdugo, como veremos más adelante, tras insertar copias de algunas de las leyes del país donde sufrieron.


En una corte general celebrado en Boston, el catorce de octubre de 1656.


«Por cuanto hay una maldita secta de herejes que ha surgido últimamente en el mundo, llamados comúnmente Cuáqueros, que asumen ser enviados directamente de parte de Dios y ser asistidos de manera infalible por el Espíritu, hablando y escribiendo opiniones blasfemas, menospreciando el gobierno y el orden de Dios, en la Iglesia y en la comunidad, hablando mal de las dignidades, vituperando e injuriando a magistrados y ministros, tratando de apartar al pueblo de la fe, y conseguir prosélitos para sus perniciosos caminos: este tribunal, tomando en consideración las premisas, y para impedir males semejantes como los que por causa de ellos tienen lugar en nuestra tierra, ordenamos por tanto que, por la autoridad de este tribunal, que sea ordenado y cumplido, que cualquier patrón o comandante de cualquier nave, barca, chalupa o bote que traiga a cualquier puerto, arroyo o ensenada, dentro de esta jurisdicción, a cualquier cuáquero o cuáqueros, o cualesquiera otros herejes blasfemos, pagará, o hará pagar la malta de cien libras al tesorero del país, excepto si carecía de verdadero conocimiento o información de que lo fueran; en tal caso, tiene libertad de demostrar su inocencia declarando bajo juramento cuando no haya suficiente prueba de lo contrario; y en caso de impago o de falta de aval, será

encarcelado, y continuará en esta condición hasta que quede satisfecha la suma al tesorero, como se ha indicado más arriba. »Y el comandante de cualquier barca, barco o nave que quede legalmente convicto, dará suficiente seguridad al gobernador, o a cualquiera o más de los magistrados, que tengan poder para determinar la misma, para llevarlos otra vez al lugar del que salieron; y en caso de que rehúse hacerlo, el gobernador, o uno o más de los magistrados, recibe por este instrumento poderes para emitir su o sus órdenes para entregar al dicho patrón o comandante a prisión, para que quede en ella hasta que dé suficiente seguridad del contenido al gobernador, o a cualquiera de los magistrados, como ya se ha dicho. »Y se ordena y establece además que cualquier Cuáquero que llegue a este país desde el extranjero, o que llegue a esta jurisdicción desde cualesquiera zonas vecinas, será inmediatamente llevado a la Casa de Corrección; al entrar en ella, será severamente azotado, y será mantenido constantemente ocupado en trabajos por el director, y no se permitirá que nadie converse ni hable con ellos durante el tiempo de su encarcelamiento, que no se prolongará más allá de lo que sea necesario. »Y se ordena que si cualquier persona introduce a sabiendas en cualquier puerto de esta jurisdicción cualesquiera libros o escritos cuáqueros, acerca de sus diabólicas opiniones, pagará por tal libro o escrito que le sea legalmente demostrado contra él o ellos la suma de cinco libras; y todo el que disperse u oculte tal libro o escrito y le sea hallado encima, o en su casa, y no lo entregue de inmediato al magistrado, pagará una multa de cinco libras por dispersar o esconder tal libro o escrito. »Y también se ordena, además, que si cualesquiera personas de dentro de esta colonia asumen la defensa de las opiniones heréticas de los Cuáqueros, o de ningunos de sus libros o artículos, serán multados por la primera vez con cuarenta chelines; si persisten en lo mismo, y las defienden por segunda vez, cuatro libras; si a pesar de ello vuelven a defender y a mantener las dichas opiniones heréticas de los Cuáqueros, serán llevados a la Casa de Corrección hasta que haya un pasaje conveniente para sacarlos de la tierra, sentenciados a destierro por el Tribunal. »Finalmente, se ordena que toda persona o personas que injurie a las personas de los magistrados o de los ministros, como es usual con los Cuáqueros, tales personas serán severamente azotadas, o pagarán la multa de cinco libras.


»Esta es una copia fiel de la orden del tribunal, como testifica

»EDWARD RAWSON, SEC.»


En una corte general celebrado en Boston el catorce de octubre de 1657 «En adición a la anterior orden, con referencia a la llegada o transporte de cualquiera de la maldita secta de los Cuáqueros a esta jurisdicción, se ordena que cualquiera que desde ahora traiga o haga traer, directa o indirectamente, a cualquier Cuáquero o Cuáqueros conocidos, u otros herejes blasfemos, a sabiendas, cada una de estas personas será multada con cuarenta chelines por cada hora de hospitalidad y ocultación de cualquier Cuáquero o Cuáqueros como se ha mencionado, y será encarcelada como se ha dicho antes, hasta que la multa sea satisfecha íntegramente. »Y se ordena además que si cualquier Cuáquero o Cuáqueros tienen la presunción, después que hayan sufrido lo que la ley demanda, de volver a entrar en esta jurisdicción, será arrestada, sin necesidad de orden judicial cuando no haya magistrado disponible, por cualquier policía, comisario o alguacil, y llevados de policía a policía hasta el magistrado más cercano, que

encarcelará a la dicha persona en prisión estricta, para quedarse allí (sin fianza) hasta la siguiente reunión del tribunal, donde será juzgado legalmente. »Después de quedar convicto de pertenecer a la secta de los Cuáqueros, será sentenciado a destierro, bajo pena de muerte. Y todos aquellos habitantes de esta jurisdicción que sean convictos de pertenecer a la dicha secta, bien por asumir, publicar o defender las horrendas opiniones de los Cuáqueros, o agitando motines, sedición o rebelión contra el gobierno, o asumiendo sus insultantes y subversivas prácticas, como la de negar respeto cortés a sus iguales y superiores, y apartándose de las asambleas de la iglesia; y en lugar de ello frecuente reuniones propias, en oposición a nuestro orden eclesial; adhiriéndose o aprobando a cualquier Cuáquero conocido y los principios y las prácticas de los Cuáqueros que sean opuestas a las ortodoxas opiniones recibidas de los piadosos, y que trate llevar a otros a ser desafectos frente al gobierno civil y el orden de la Iglesia, o que condene la práctica y los procedimientos de este tribunal contra los Cuáqueros, manifestando por ello que está de acuerdo con ellos, cuyo designio es la subversión del orden establecido en la Iglesia y el estado; toda persona así, bajo convicción ante el dicho Tribunal, de la manera mencionada, será encerrada en prisión estricta durante un mes, y luego, a no ser que escoja voluntariamente irse de esta jurisdicción, si da fianza por su buena conducta, y comparece ante el tribunal en su siguiente convocatoria, persistiendo en su obstinación, rehusando retractarse y reformarse de las dichas opiniones, será sentenciada a destierro bajo pena de muerte. Y cualquier magistrado que al recibir denuncia de toda persona así, la hará prender y encerrar en prisión, a su discreción, hasta que comparezca a juicio como se ha especificado anteriormente.» Parece que también se promulgaron leyes en las entonces colonias de New Plymouth y New Haven, y en el establecimiento holandés de New Amsterdam, ahora New York, prohibiendo a la gente llamada Cuáqueros que entraran en estos lugares, bajo severas penas; como consecuencia de ello, algunos sufrieron considerablemente. Los dos primeros en ser ejecutados fueron William Robinson, mercader, de Londres, y Marmaduke Stevenson, campesino, de Yorkshire. Llegados a Boston, a comienzos de septiembre, fueron hechos comparecer ante el Tribunal, y allí sentenciados a destierro, bajo pena de muerte. Esta sentencia fue también pronunciada contra Mary Dyar, mencionada más adelante, y Nicholas Davis, que se encontraban en Boston. Pero William Robinson, considerado como maestro, fue también condenado a ser duramente azotado, y se ordenó al jefe de policía que consiguiera a un hombre fuerte para ello. Entonces Robinson fue llevado a la calle, y desnudado; poniéndose sus manos a través de los orificios del carruaje de un gran cañón, donde lo mantuvo el carcelero, el verdugo le aplicó veinte azotes con un látigo de tres cabos. Después él y los otros presos fueron liberados y desterrados, como se desprende de la siguiente orden: «Se ordena por ésta que se ponga ahora en libertad a William Robinson, Marmaduke Stevenson, Mary Dyar y Nicholas Davis, que, por orden del tribunal y del consejo, habían sido encarcelados, porque se desprendió por propia confesión de ellos, sus palabras y acciones, que son Cuáqueros; por ello se pronunció sentencia contra ellos para que se fueran de esta jurisdicción, bajo pena de muerte; y que será a su propio riesgo si cualquiera de ellos es hallado dentro de esta jurisdicción o en cualquier parte de la misma después del catorce de este presente mes de septiembre.


»EDWARD RAWSON. »

Boston, 12 de Septiembre, 1659«


Aunque Mary Dyar y Nicholas Davis dejó esta jurisdicción en aquel entonces, Robinson y Stevenson, sin embargo, aunque se fueron de la ciudad de Boston, no pudieron decidirse (no estando libres en su conciencia) a irse de aquella jurisdicción, aunque se jugaban la vida. Se dirigieron entonces a Salem, y a algunos lugares alrededor, para visitar y edificar a sus amigos en la fe. Pero no pasó mucho tiempo antes de volver a ser encarcelados en Boston, y encadenados en las piernas. Al mes siguiente también volvió Mary Dyar. Y mientras estaba frente a la cárcel, hablando con un tal christopher Holden, que había llegado allí con el propósito de indagar acerca de algún barco que se dirigiera a Inglaterra, a donde quería ir, fue también arrestada. Así, ahora tenían a tres personas que, según la ley de ellos, habían perdido el derecho a la vida. El veinte de octubre estos tres fueron hechos comparecer ante el tribunal, donde estaban John Endicot y otros reunidos. Llamados al tribunal, Endicot ordenó al guarda que les quitara los sombreros; luego les dijo que ellos habían promulgado varias leyes para mantener a los Cuáqueros fuera de su compañía, y que ni los latigazos ni la cárcel, ni el corte de las orejas nl el destierro bajo pena de muerte los podía mantener alejados. Dijo además que ni él ni los demás deseaban la muerte de ninguno de ellos. Sin embargo, sin más preámbulo, éstas fueron sus siguientes palabras: «Oíd y escuchad vuestra sentencia de muerte.» También se pronunció sentencia de muerte contra Marmaduke Stevenson, Mary Dyar y William Edrid. Varios otros fueron encarcelados, azotados y multados. No tenemos deseo alguno de justificar a los Peregrinos por estos procedimientos, pero creemos que su conducta admite atenuación, considerando las circunstancias de la edad en que vivían. Los padres de Nueva Inglaterra sufrieron increíbles dificultades para proveerse de un hogar en el desierto; y para protegerse en el goce imperturbado de unos derechos que habían adquirido a tan gran precio adoptaron a veces medidas que, si se juzgan por las perspectivas más ilustradas y liberales de nuestro tiempo presente, deben ser pronunciadas como totalmente injus- tificables. ¿Pero han de ser condenados sin misericordia por no haber actuado en base de unos principios que eran entonces no reconocidos y desconocidos en toda la Cristiandad? ¿Se les tendrá a ellos únicamente como responsables de unas opiniones y una conducta que se había consagrado desde la antigüedad y que era común a los cristianos de todas las otras denominaciones? Cada gobierno que existía entonces se arrogaba el derecho de legislar acerca de cuestiones de religión; y de reprimir la herejía mediante estatutos penales. Este derecho era reclamado por los gobernantes, admitido por los súbditos, y está sancionado por los nombres de Lord Bacon y de Montesquieu, y por muchos otros igualmente afamados por sus talentos y erudición. Así, es injusto «apremiar sobre una pobre secta perseguida los pecados de toda la Cristiandad.» La falta de estos padres fue la falta de su tiempo; y aunque no puede ser justificada, desde luego es un atenuante de su conducta. Igualmente podrían ser condenados por no comprender y actuar en base de los principios de la tolerancia religiosa. Al mismo tiempo es justo decir que por imperfectas que fueran sus perspectivas en cuanto a los derechos de la conciencia, estaban sin embargo muy por delante de la edad a la que pertenecían; y que es más con ellos que con ninguna clase de hombres sobre la tierra que está el mundo en deuda por las perspectivas más racionales que prevalecen hoy día acerca de la cuestión de la libertad civil y religiosa.

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CAPÍTULO XIX


Historia de la vida y persecuciones de John Bunyan


Este gran puritano nació el mismo año que los Padres Peregrinos desembarcaron en Plymouth. Su hogar fue Elstow, cerca de Bedford, Inglaterra. Su padre era hojalatero, y él aprendió el mismo oficio era un muchacho vivaz y agradable con un aspecto serio y casi morboso en su naturaleza. Todo a lo largo de su temprana edad adulta estuvo arrepintiéndose de los vicios de su juventud, y ello aunque no habla sido nunca ni borracho ni inmoral. Las acciones particulares que angustiaban su conciencia fueron el baile, tocar las campanas de la iglesia, y jugar a tip-cat, un juego de jardín. Fue en una ocasión, mientras jugaba a esto, que «una voz acudió repentinamente del cielo a mi alma, que dijo: «¿Dejarás tus pecados e irás al cielo, o mantendrás tus pecados e irás al infierno?»» Fue alrededor de este tiempo que oyó hablar a tres o cuatro pobres mujeres en Bedford mientras tomaban el sol a la puerta. «Su conversación era acerca del nuevo nacimiento, de la obra de Dios en los corazones. Estaban mucho más allá de mi capacidad.» En su juventud fue miembro del ejército parlamentario durante un año. La muelle de un camarada cerca de él profundizó su tendencia a los pensamientos serios, y hubo tiempos en los que parecía casi loco en su celo y penitencia. Durante un tiempo estuvo totalmente seguro de haber cometido el pecado imperdonable contra el Espíritu Santo. Mientras era joven se casó con una buena mujer que le compró varios libros piadosos que leyó con asiduidad, confirmando así su fervor y aumentando su inclinación a las controversias religiosas. Su conciencia fue más despertada por la persecución del grupo religioso de bautistas a los que se habla unido. Antes de la edad de treinta años se habla convenido en un predicador bautista destacado. Entonces Te llegó el turno para ser perseguido. Fue arrestado por predicar sin licencia. «Antes de ir ante el juez, le rogué a Dios que se hiciera Su voluntad; porque no dejaba de tener esperanzas de que mi encarcelamiento pudiera resultar e un despertamiento dc los santos en la región. Sólo en esto encomendé la cuestión a Dios. Y verdaderamente cuando volví me encontré dulcemente con mi Dios en la cárcel.» Padeció verdaderas penalidades, debido al mísero estado de las cárceles de aquellos tiempos. A este encierro se añadió el dolor personal de estar apartado de su joven segunda esposa y de cuatro hijos pequeños, y particularmente de su hijita ciega. Mientras estaba en la cárcel se solazó con los dos libros que había llevado consigo: La Biblia y el «Libro de los Mártires» de Fox.i[i] Aunque escribió algunos de sus primeros libros durante este largo encarcelamiento, no fue sino durante su segundo encarcelamiento, más breve, tres anos después del primero, que redactó su inmortal Progreso del Peregrino, que fue publicado tres años después. En un tratado anterior había pensado brevemente en la similitud entre la vida humana y un peregrinaje, y ahora desarrolló este tema en fascinante detalle, empleando las escenas rurales de Inglaterra como fondo, la espléndida ciudad de Londres para la Feria de las Vanidades, y los santos y los villanos que conocía personalmente para describir los bien dibujados caracteres de su alegoría. El «Progreso del Peregrino» es verdaderamente el relato de las propias experiencias espirituales de Bunyan. Él mismo había sido el «hombre vestido de harapos, con su rostro vuelto de su propia casa, con un Libro en su mano, y una gran carga sobre su espalda». Después de darse cuenta de que Cristo era su Justicia y de que esto no dependía «del buen estado de su corazón», o, como diríamos nosotros, de sus sentimientos, «ahora cayeron ciertamente las

cadenas de mis piernas». Suyos habían sido el Castillo de la Duda y el Pantano de la Desesperación, con mucha parte del Valle de la Humillación y de la Sombra de Muerte. Pero, por encima de todo, es un libro de victoria. Una vez, saliendo de la puerta de la sala del tribunal donde había sido derrotado, escribió: «Mientras salía de la puerta, tuve gran gozo en decirles que llevaba conmigo la paz de Dios.» En su visión estaba siempre la Ciudad Celestial con todas las campanas tañendo. Había combatido constantemente contra Apolión, y a menudo herido, avergonzado y cayendo, pero al final «más que vencedor por medio de Aquel que nos amó.» Su libro fue al principio recibido con muchas críticas por parte de sus amigos Puritanos, que vieron en él sólo una añadidura a la literatura mundana de sus tiempos; pero entonces los Puritanos no tenían demasiadas cosas para leer, y no pasó mucho tiempo antes que fuera devotamente puesto junto a sus Biblias y leído con gozo y provecho. Pasaron quizá dos siglos antes literarios comenzaran a darse cuenta de que esta historia, tan llena de realidad humana y de interés, y tan maravillosamente modelada sobre el inglés de traducción autorizada de la Biblia, constituye una de las glorias de la literatura inglesa. En sus años tardíos escribió varias otras alegorías, de una de las cuales «La Guerra Santa», se ha dicho que «Si el «Progreso del Peregrino.» no hubiera sido escrito nunca, se la consideraría como la mejor alegoría de la lengua inglesa. Durante los últimos anos de su vida, Bunyan se quedó en el venerado pastor y predicador local. También era un orador favorito en los púlpitos inconformistas de Londres. Llegó a ser un líder y maestro tan a escala nacional, que frecuentemente era llamado el «Obispo Bunyan» En lo útil y desprendido de su vida personal, su carácter era apostólico. Su última enfermedad fue debida a los embates de una tempestad durante un viaje en el que intentaba reconciliar a un padre con su hijo. Su final llegó el 3 de agosto de 1688. Fue sepultado en Bunhill Fields, el patio de una iglesia en Londres. No hay dudas acerca de que el «Progreso del Peregrino» ha sido más útil que cualquier otro libro fuera de la Biblia. Fue oportuno, porque seguían quemando mártires en la Feria de la Vanidad mientras él estaba escribiendo. Es un libro duradero, porque mientras dice poco de vivir la vida cristiana en la familia y la comunidad, si interpreta la vida hasta allí donde es del alma individual, en un lenguaje llano. Bunyan desde luego «mostró como construir un trono principesco sobre la humilde verdad.» Él ha sido para muchos su mismísimo Gran Corazón, el valiente guía de peregrinos. ***


CAPÍTULO XX


Historia de la vida de John Wesley


JOHN Wesley nació el diecisiete de junio de 1703, en Epworth, Inglaterra, el decimoquinto de diecinueve hijos de Charles y Suzanna Wesley. El padre de Wesley era predicador, y la madre de Wesley era una mujer notable en cuanto a sabiduría e inteligencia. Era una mujer de profunda piedad y crió a sus pequeños en estrecho contacto con las historias de la Biblia, contándolas ya alrededor del hogar de la habitación de los niños. También solía vestir a los niños con sus mejores ropas los días en que tenían el privilegio de aprender su alfabeto como introducción a la lectura de las Sagradas Escrituras. El joven Wesley era apuesto y varonil, y le encantaban los juegos y en particular el baile. En Oxford fue un líder, y durante la última parte de su estancia allí fue uno de los fundadores del «Santo Club», una organización de estudiantes serios. Su naturaleza religiosa se profundizó con el estudio y la experiencia, pero no fue hasta años después de dejar la universidad y entrar bajo la influencia de los escritos de Lutero que sintió haber entrado en las plenas riquezas del Evangelio. El y su hermano Charles fueron enviados a Georgia por la Sociedad para la Propagación del Evangelio, y allí los dos desarrollaron sus capacidades como predicadores. Durante su navegación se encontraron en compañía de varios Hermanos Moravos, miembros de la asociación recientemente renovada por la actividad del Conde Zinzendorf. John Wesley observó en su diario que en una gran tempestad, cuando todos los ingleses a bordo perdieron enteramente la compostura, estos alemanes lo impresionaron con su calma y total resignación a Dios. También observó la humildad de ellos bajo tratos insultantes. Fue al volver a Inglaterra que entró en aquellas mas profundas experiencias y que desarrolló aquellos maravillosos poderes como predicador popular, que le hicieron un líder nacional. En aquel tiempo se asoció asimismo con George Whitefield, de fama imperecedera por su maravillosa elocuencia. Lo que llevó a cabo bordea en lo increíble. Al entrar en su año octogésimo quinto, le dio las gracias a Dios por ser casi tan vigoroso como siempre. Lo adscribía en la voluntad de Dios, al hecho dc que siempre había dormido profundamente a que se había levantado durante sesenta años a las cuatro de la mañana y que por cincuenta años predicó cada mañana a las cinco. Apenas en su vida sintió algún dolor, resquemor o ansiedad. Predicaba dos veces al día, y a menudo tres y cuatro veces. Se ha estimado que cada año viajó cuatro mil quinientas millas inglesas, la mayoría a lomo de caballos. Los éxitos logrados por la predicación Metodista tuvieron que ser alcanzados a través de una larga serie de años, y entre las mas acerbas persecuciones. En casi todas las partes de Inglaterra se vio enfrentado al principio por el populacho que le apedreaba, y con intentos de herirle y matarle. Sólo en ocasiones hubo intervenciones de la autoridad civil. Los dos Wesleys se enfrentaron a todos estos peligros con un asombroso valor, y con una serenidad igualmente asombrosa. Lo más irritante era el amontonamiento de calumnias e insultos de parte de los escritores de aquella época. Estos libros están totalmente olvidados. Wesley había sido, en su juventud, un eclesiástico de la iglesia alta, y siempre estuvo profundamente adherido a la Comunión Establecida. Cuando vio necesario ordenar predicadores, se hizo inevitable la separación de sus seguidores de la iglesia oficial. Pronto recibieron el nombre de «Metodistas» debido a la peculiar capacidad organizativa de su líder y a los ingeniosos métodos que aplicaba.

La comunión Wesleyana, que después de su muerte creció hasta constituir la gran Iglesia Metodista, se caracterizaba por una perfección organizativa casi militar. Toda la dirección de su denominación siempre en crecimiento descansaba sobre el mismo Wesley. La conferencia anual, establecida en 1744, adquirió un poder de gobierno sólo a la muerte de Wesley. Chades Wesley hizo un servicio incalculable a la sociedad con sus himnos. Introdujeron una nueva era a la himnología de la Iglesia de Inglaterra. John Wesley dividió sus días entre su trabajo de dirigir a la Iglesia, su estudio (porque era un lector incansable), a viajar, y a predicar. Wesley era incansable en sus esfuerzos por diseminar conocimientos útiles a través de su denominación. Planificó la cultura intelectual de sus predicadores itinerantes y maestros locales, y para escuelas de instrucción para los futuros maestros de la Iglesia. El mismo preparó libros para su uso popular acerca de historia universal, historia de la Iglesia, e historia natural. En esto Wesley fue un apóstol de la unión de la cultura intelectual con la vida cristiana. Publicó también los más madurados de sus sermones y varias obras teológicas. Todo esto, tanto por su profundidad y penetración mental, como por su pureza y precisión de estilo, excitan nuestra admiración. John Wesley era persona de estatura ordinaria, pero de noble presencia. Sus rasgos eran muy apuestos, incluso en su ancianidad. Tenía una frente ancha, nariz aquilina, ojos claros y una complexión lozana. Sus modales eran corteses, y cuando estaba en compañía de gentes cristianas se mostraba relajado. Los rasgos más destacados de su carácter eran su amor persistente y laborioso por las almas de los hombres, la firmeza, y la tranquilidad de espíritu. Incluso en controversias doctrinales exhibía la mayor calma. Era amable y muy generoso. Ya se ha mencionado su gran laboriosidad. Se calcula que en los últimos cincuenta y dos años de su vida predicó más de cuarenta mil sermones. Wesley trajo a pecadores al arrepentimiento en tres reinos y dos hemisferios. Fue obispo de una diócesis sin comparación con ninguna de la Iglesia Oriental u Occidental. ¿Qué hay en el ámbito de los esfuerzos cristianos -misiones foráneas, misiones interiores, tratados y literatura cristiana, predicación de campo, predicación itinerante, estudios bíblicos y lo que sea que no filera intentado por John Wesley, que no fuera abarcado por su poderosa mente mediante la ayuda de su Divino Conductor? A él le fue concedido avivar la Iglesia de Inglaterra cuando había perdido de vista a Cristo el Redentor, llevándola a una renovada vida cristiana. Al predicar la justificación y renovación del alma por medio de la fe en Cristo, levantó a muchos de las clases más humildes de la nación inglesa desde su enorme ignorancia y malos hábitos, transformándolos en cristianos fervorosos y fieles. Sus infatigables esfuerzos se hicieron sentir no sólo en Inglaterra, sino también en América y en la Europa continental. No sólo se deben al Metodismo casi todo el celo existente en Inglaterra por la verdad y vida cristiana, sino que la actividad agitada en otras partes de la Europa Protestante podemos remontarla, indirectamente al menos, a Wesley. Murió en 1791, después de una larga vida de incesantes labores y de desprendido servicio. Su ferviente espíritu y cordial hermandad siguen sobreviviendo en el cuerpo que mantiene afectuosamente su nombre.

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CAPÍTULO XXI


Las persecuciones contra los protestantes franceses en el sur de Francia,

durante los años 1814 y 1820


LA persecución en esta parte protestante de Francia prosiguió con pocas interrupciones desde la revocación del edicto de Nantes, por Luis XIV, hasta un periodo muy breve antes del comienzo de la Revolución Francesa. En el ano 1785, M. Rebaut St. Etienne y el célebre M. de la Fayette fueron de las primeras personas en interesarse ante la corte de Luis XVI para eliminar el azote de la persecución contra esta sufriente gente, los habitantes del sur de Francia. Tal era la oposición de parte de los católicos y de los cortesanos, que no fue hasta el final del año 1790 que los protestantes se vieron libres de sus alarmas. Antes de esto, los católicos, en particular en Nimes, habían recurrido a las armas. Nimes había presentado un terrible espectáculo: Hombres armados corriendo por todas partes de la ciudad, disparando desde las esquinas, y atacando a todos los que encontraban, con espadas y horcas. Un hombre llamado Astuc fue herido y echado al acueducto. Baudon cayó bajo los repetidos golpes de bayonetas y sables, y su cuerpo fue echado también al agua; Boucher, un joven de sólo diecisiete años de edad, fue muerto de un disparo mientras miraba desde su ventana; tres electores fueron heridos, uno de ellos de consideración; otro elector fue herido, y otro escapó a la muerte declarando varias veces que era católico; un tercero recibió tres heridas de sable, y fue llevado a su casa terriblemente mutilado. Los ciudadanos que huían eran detenidos por los católicos en los caminos, y obligados a dar prueba de su religión antes de concedérseles la vida. M. y Madame Vogue estaban en su casa de campo que los fanáticos forzaron, y mataron a ambos, destruyendo su vivienda. Blacher, un protestante de setenta años, fue despedazado con una hoz; al joven Pyerre, que llevaba unos alimentos a su hermano, le preguntaron: «¿Católico o Protestante?» Al responder «Protestante», uno de aquellos monstruos disparó contra el chico, que cayó. Uno de los compañeros del asesino le dijo. «Igual podrías haber matado un cordero.» «He jurado,» repuso el otro, «matar a cuatro protestantes como mi parte, y éste contará como uno de ellos.» Sin embargo, como estas atrocidades llevaron a las tropas a unirse en defensa dcl pueblo, cayó una terrible venganza sobre el partido católico que había tomado armas, lo cual, junto con otras circunstancias, como la tolerancia ejercida por Napoleón Bonaparte, los refrenó totalmente hasta el año 1814, cuando cl inesperado regreso del antiguo régimen volvió a unirlos bajo las antiguas banderas.


La llegada del Rey Luis XVIII a París


Esta llegada se supo en Nimes el trece de abril de 1814. Al cabo de un cuarto de hora se veía por todas partes la escarapela blanca, ondeaba la bandera blanca en los edilicios públicos, en los espléndidos monumentos de la antigüedad, e incluso en la torre de Mange, fuera de las murallas de la ciudad. Los protestantes, cuyo comercio había sufrido durante la guerra, estuvieron entre los primeros en unirse al regocijo general, y en enviar su adhesión al senado, y al cuerpo legislativo, y varios de los departamentos protestantes enviaron mensajes al trono, pero desafortunadamente M. Froment estaba de nuevo en Nimes en aquel tiempo, con muchos fanáticos dispuestos a seguirle, y la ceguera y la furia del siglo dieciséis rápidamente tomaron el lugar de la filantropía del siglo diecinueve. En el acto se trazó una línea de distinción entre personas de diferentes persuasiones religiosas; el espíritu de la antigua Iglesia Católica era de nuevo regular la parte que cada uno hubiera de tener de estima y de seguridad.

La diferencia de religión iba ahora a gobernarlo todo; e incluso los criados católicos que habían servido a protestantes con celo y afecto comenzaron a descuidar sus deberes o a llevarlos a cabo con desgana y hostilidad. En los festejos y espectáculos dados a cuenta del erario público, se usó la ausencia de los protestantes para acusarlos de deslealtad; y en medio de clamores de Vive le Roi se oyeron los clamores disonantes de A bas le Maire, abajo el alcalde. M. Castletan era protestante; apareció en público con el prefecto M. Ruland, que era católico, y le echaron patatas, y la gente dijo que debía dimitir de su cargo, Los fanáticos de Nimes lograron incluso que se presentara un mensaje al rey, en el que decían que en Francia sólo debía haber un Dios, un rey y una fe. En esto fueron imitados por los católicos de varias ciudades.


La historia del niño de plata.


Para este tiempo, M. Baron, consejero de la Cuor Royale de Nimes, adoptó cl plan de dedicar a Dios un niño de plata, si la Duquesa de Angulema daba un príncipe a Francia. Este proyecto fue adoptado como un voto religioso público, que era tema de conversación en público y en privado, mientras que varias personas, con la imaginación encendida por este proyecto, corrían por las calles gritando Vivent les Bourbons, «Vivan los Borbones.» Como consecuencia de este desenfreno supersticioso, se dice que en Alais se aconsejó e instigó a las mujeres para que envenenaran a sus maridos protestantes, y al final se encontró conveniente acusarlos de crímenes políticos. Ya no podían aparecer en público sin ser insultados e injuriados. Cuando el populacho se encontraba con protestantes, los tomaban y bailaban alrededor de ellos con un bárbaro regocijo, y en medio de repetidos gritos de Vive le Roi cantaban versos cuyo sentido era: «Nos lavaremos las manos en sangre protestante, y haremos morcillas con la sangre de los hijos de Calvino.» Los ciudadanos que salían a los paseos buscando aire y frescura fuera de las callejas cerradas y sucias eran ahuyentados con gritos de Vive le Roi, como si aquellos gritos pudieran justificar todos los excesos. Si los protestantes hacían referencia al estatuto, se les aseguraba sin ambages que de nada les serviría, y que sólo habían conseguido asegurar más su efectiva destrucción. Se oyó a personas de rango decir en público: «Se tiene que matar a todos los Hugonotes; esta vez se debe matar a sus hijos, para que no quede nadie de esta maldita raza.» Es cierto, con todo, que no eran asesinados, sino tratados con crueldad; los niños protestantes no podían ya mezclarse en los juegos con los católicos, y ni siquiera se les permitía aparecer sin sus padres. Al oscurecer, las familias se encerraban en sus apartamentos, pero incluso entonces se lanzaban piedras contra sus ventanas. Cuando se levantaban por la mañana, no era inusual encontrar dibujos de horcas en sus puertas o paredes; y en las calles los católicos sostenían cuerdas ya enjabonadas delante de sus ojos, señalando a los instrumentos con los que esperaban y tramaban acabar con ellos. Se pasaban pequeñas horcas o modelos de las mismas, y un hombre que vivía delante de uno de estos pastores exhibió uno de estos modelos en su ventana, y hacía signos bien significativos cuando pasaba el ministro. También colgaron en un cruce de caminos públicos una figura representando a un predicador protestante, y cantaban los más atroces cánticos debajo de su ventana. Hacia el final del carnaval se había incluso formado el plan de hacer una caricatura de cuatro ministros del lugar, y quemados en efigie; pero esto fue impedido por el alcalde de Nimes, que era protestante. Una terrible canción fue presentada al prefecto, en la lengua de la región, con una traducción falsa, e impresa con su aprobación, y tuvo mucha aceptación antes que él se diera cuenta del error al que había sido llevado. El sexagésimo tercer regimiento de línea fue

públicamente censurado e insultado por haber protegido a los protestantes en cumplimiento de las órdenes recibidas. De hecho, los protestantes parecían ovejas destinadas al matadero.


Las armas católicas en Beaucaire


En mayo de 1815, muchas personas de Nimes pidieron una asociación federativa similar a la de Lyon, Grenoble, París, Aviñón y Montpelier, pero esta federación acabó aquí tras una efímera e ilusoria existencia de catorce días. Mientras tanto, un gran partido de zelotes católicos se habían armado en Beaucaire, y pronto llevaron sus patrullas tan cerca de las murallas de Nimes «que alarmaron a los habitantes.» Estos católicos pidieron ayuda a los ingleses que se encontraban fondeados frente a Marsella, y obtuvieron la donación de mil mosquetes, diez mil cartuchos, etc. Sin embargo, el General Gilly fue pronto enviado contra estos partisanos, impidiéndoles llegar a mayores concediéndoles un armisticio. Sin embargo, cuando Luis XVIII hubo vuelto a París, tras el final del reinado de Napoleón de cien días, y parecieron establecerse la paz y aminorarse los espíritus partidistas, incluso en Nimes, bandas de Beaucaire se unieron a Trestaillon en esta ciudad, para cumplir la venganza premeditada durante tanto tiempo. El General Gilly había dejado el departamento hacia ya varios días; las tropas que dejó tras de si habían asumido la escarapela blanca, y esperaban nuevas órdenes, mientras que los nuevos comisionados habían sólo de proclamar el cese de las hostilidades y el total establecimiento de la autoridad real. Fue en vano; no aparecieron comisionados, no llegaron despachos para calmar y regular la mente del público; pero hacia la tarde entró en la ciudad la vanguardia de los bandidos, que ascendían a varios cientos, indeseados pero sin que se les hiciera oposición. Mientras marchaban sin orden ni disciplina, cubiertos con ropas o harapos multicolores, adornados con escarapelas, no blancas, sino blancas y verdes, armados con mosquetes, sables, horcas, pistolas y guadañas, borrachos y manchados de la sangre de los protestantes que habían encontrado por el camino, presentaban un aspecto de lo más repelente y pavoroso. En la plaza abierta delante de los cuarteles, se unieron a estos bandidos el populacho armado de la ciudad, encabezados por Jaques Dupont, comúnmente llamado Trestaillon. Para ahorrar derramamientos de sangre, la guarnición de alrededor de quinientos hombres consintió capitular, y salió abatida e indefensa; pero cuando habían pasado alrededor de cincuenta, la canalla comenzó a disparar a discreción contra sus confiadas victimas, totalmente carentes de protección; casi todos murieron o fueron heridos, pero una cantidad muy pequeña pudieron volver a entrar en el patio antes de que se cerraran de nuevo los portones de la guarnición. Estas fueron de nuevo forzadas en un instante, y fueron muertos todos los que no pudieron izarse sobre los tejados o saltar a los jardines adyacentes. En una palabra, se encontraron con la muerte a cada recodo y de todas las formas, y esta matanza ejecutada por los católicos rivalizó en crueldad y sobrepasó en perfidia a los crímenes de los septembristas de París y las degollinas jacobinas de Lyon y Aviñón. Tuvo la marca no sólo del fervor de la Revolución sino también de la sutileza de la liga, y quedará durante largo tiempo como mancha sobre la historia de la segunda restauración.


Matanza y pillaje en Nimes


Nimes exhibía ahora una escena de lo más terrible de ultraje y carnicería, aunque muchos de los protestantes habían huido al Convennes y al Gardonenque. Las casas de campo de los señores Rey, Guiret y otras habían sido saqueadas, y los habitantes tratados con una barbarie despiadada. Dos partidos habían saciado sus salvajes inclinaciones en la granja de Madame Frat;

el primero, tras comer, beber y romper el mobiliario, anunció la llegada de sus camaradas, «en comparación con los cuales,» dijeron, «a ellos los considerarían misericordiosos.» Quedaron tres hombres y una anciana en el lugar; al ver llegar a la segunda compañía, dos de los hombres huyeron. «¿Eres católica?», le preguntaron dos de los bandidos a la anciana. «Si.» «Entonces, repite tu Pater y tu Ave.» Aterrorizada como estaba, vaciló, y en el acto le dieron un culatazo con un mosquete. Al volver en si, huyó de la casa, pero se encontró con Ladet, el viejo valet de ferme, que traía una ensalada que sus atacantes le habían ordenado preparar. En vano trato de persuadirle para que huyera. «¿Eres protestante?» le preguntaron. «Si. » Descargándole un mosquete encima, cayó herido, pero no muerto. Para consumar su obra, aquellos monstruos encendieron un fuego con paja y tablones, echaron a su víctima aún viva en las llamas, y lo dejaron morir en las más atroces agonías. Luego se comieron la ensalada, la tortilla, etc. Al siguiente día, algunos trabajadores, viendo la casa abierta y abandonada, entraron, y descubrieron el cuerpo medio consumido de Ladet. El prefecto de Gard, M. Darbaud Jouques, tratando de paliar los crímenes de los católicos, tuvo la audacia de afirmar que Ladet era católico; pero esto fue contradicho públicamente por dos de los pastores de Nimes. Otra partida cometió un terrible asesinato en St. Cezaire, matando a Imbert la Plume, marido de Suzon Chivas. Lo encontraron al volver de trabajar en los campos. El cabecilla le prometió perdonarle la vida, pero insistió en que debía llevarlo a la cárcel de Nimes. Viendo, sin embargo, que los de la partida estaban decididos a matarle, asumió su carácter natural, y siendo un hombre fuerte y valiente, se adelantó, y exclamó: «¡Vosotros sois unos bandidos! ¡Fuego!» Cuatro de ellos dispararon y él cayó pero no muerto; y mientras estaba aun con vida le mutilaron el cuerpo; y luego, pasando una cuerda a su alrededor, lo arrastraron, atado a un cañón del que se habían apoderado. No fue hasta después dc ocho días que sus parientes supieron de su muerte. Cinco personas dc la familia de Chivas, todos ellos casados y padres de familia, fueron muertos en cl curso de pocos días. El inmisericorde trato de las mujeres, en esta persecución en Nimes, fue de tal naturaleza que habría ofendido a cualesquiera salvajes que hubieran sabido de ello las viudas Rivet y Bernard fueron obligadas a entregar enormes cantidades dc dinero la casa dc la señora Lecointe fue devastada, y sus bienes destruidos. La señora F. Didier vio su vivienda saqueada y casi arrasada hasta rás de tierra. Una partida de estos fanáticos visitó a la viuda Perrin, que vivía en una pequeña granja en los molinos de viento; tras cometer todo tipo de devastaciones, atacaron incluso el camposanto, que contenía los muertos de la familia. Sacaron los ataúdes y desparramaron su contenido por campos colindantes. En vano recogió esta ultrajada viuda los huesos de sus antepasados para volverlos a poner en su lugar; de nuevo los exhumaron; finalmente, después de varios inútiles intentos, quedaron desparramados sobre la superficie de los campos.


Decreto regio en favor de los perseguidos.


Por fin fue recibido en Nimes el decreto de Luis XVIII que anulaba todos los poderes extraordinarios conferidos ya por el rey, por los príncipes, o agentes subordinados, y las leyes iban ahora a ser administradas por los órganos regulares, y llegó un nuevo prefecto para ponerlas en vigor. Pero a pesar de las proclamaciones, la obra de destrucción, detenida por un momento, no fue abandonada, sino que pronto fue reanudada con renovado vigor y efecto. El treinta de julio, Jacques Combe, padre de familia, fue muerto por algunos de la guardia nacional de Rusau, y el crimen fue tan público que el comandante de la partida devolvió a la familia el libro de notas

de bolsillo, y los papeles del fallecido. Al día siguiente multitudes amotinadas llenaron la ciudad y sus suburbios, amenazando a los pobres aldeanos; y el primero de agosto los mataron sin oposición. Por el mediodía de aquel mismo día, seis hombres armados, encabezados por Truphemy, el carnicero, rodearon la casa de Monot, un carpintero; dos de la partida, que eran herreros, habían estado trabajando en la casa el día antes, y habían visto a un protestante que se había refugiado allí, M. Bourillon, que había sido teniente del ejército, y que se había retirado con una pensión. Era hombre de excelente carácter, pacífico e inofensivo, y nunca había servido al emperador Napoleón. Se lo tuvieron que señalar a Truphemy, que no lo conocía, mientras compartía el frugal desayuno con la familia. Truphemy le ordenó que fuera con él, añadiendo: «Tu amigo Saussine ya está en el otro mundo.» Truphemy lo puso en medio de su tropa, y arteramente le ordenó que gritara Vive l'Empereur, lo cual rehusó, añadiendo que nunca había servido al emperador. En vano las mujeres y los niños de la casa intercedieron por su vida, encomiando sus gentiles y virtuosas cualidades. Fue llevado a la Esplanada y tiroteado, primero por Truphemy, y luego por los demás. Varias personas se acercaron, atraídas por el ruido de los disparos, pero fueron amenazadas con una suerte similar. Después de un cierto tiempo se fueron los bandidos, al grito de Vive le Roi. Algunas mujeres se encontraron con ellos, y al ver a una de ellas dolorida, le dijo Truphemy: «Hoy he matado a siete, y tú, si dices una palabra, serás la octava.» Pierre Courbet, un tejedor, fue arrancado de su telar por una banda armada, y muerto de un tiro en su propia puerta. Su hija mayor fue abatida con la culata de un mosquete; y a su mujer le tuvieron puesto un puñal junto al pecho mientras los bandidos saqueaban su vivienda. Paul Heraut, sedero, fue literalmente despedazado en presencia de una gran multitud y en medio de los impotentes temores y lágrimas de su mujer y de sus cuatro pequeños hijos. Los asesinos sólo dejaron el cadáver para volver a la casa de Heraut y apoderarse de todo lo que fuera de valor. El número de asesinatos aquel día no puede determinarse. Una persona vio seis cadáveres en el Cours Neuf y nueve fueron llevados al hospital. Si algún tiempo después los asesinatos se hicieron menos frecuente por algunos días, el pillaje y las contribuciones obligatorias fueron impuestos activamente. M. Salle d'Hombro fue despojado, en varias visitas, de siete mil francos; en una ocasión, cuando adució los grandes sacrificios que había hecho, el bandido le dijo, señalando a su pipa: «Mira, le pondré fuego a tu casa, y con eso,» dijo, blandiendo la espada, «acabaré contigo.» Ante estos argumentos no cabía discusión alguna. M. Feline, fabricante de sedas, fue despojado de treinta y dos mil francos oro, de tres mil francos plata, y de varias balas de seda. Los pequeños tenderos estaban continuamente expuestos a visitas y exigencias de provisiones, de tejidos, o de cualquier cosa que vendieran. Y las mismas casas que incendiaban las casas de los ricos y destrozaban las vides de los agricultores destrozaban los telares del tejedor, y robaban las herramientas del artesano. La desolación reinaba en el santuario y en la ciudad. Las bandas armadas, en lugar de reducirse, aumentaban; los fugitivos, en lugar de volver, recibían constantes sobresaltos, y los amigos que les daban refugio eran considerados rebeldes. Los protestantes que se quedaron fueron privados de todos sus derechos civiles y religiosos, e incluso los abogados y alguaciles tomaron la resolución de excluir a todos los de «la pretendida religión reformada» de sus cuerpos. Los que estaban empleados en la venta de tabaco perdieron sus licencias. Los diáconos protestantes encargados de los pobres fueron todos esparcidos. De cinco pastores sólo quedaron dos; uno de ellos se vio obligado a cambiar de residencia, y sólo

podía aventurarse a administrar los consuelos de la religión o a llevar a cabo las funciones de su ministerio bajo el manto de la noche. No satisfechos con estos tipos de tormento, publicaciones calumniosas y enardecedoras acusaron a los protestantes de levantar la proscrita bandera de las comunas y de invocar al caldo Napoleón; y naturalmente como siendo indignos de la protección de las leyes y del favor del monarca. Después de esto, cientos de ellos fueron arrastrados a la cárcel sin siquiera una sola orden escrita; y aunque un diario oficial, llevando el título de Journal du Gard, fue establecido por cinco meses, mientras estuvo influenciado por el prefecto, el alcalde y otros funcionarios, la palabra «estatuto» no fue mencionada una sola vez en él. Al contrario, uno de sus primeros números describió a los sufrientes protestantes como «cocodrilos, que sólo lloran de ira y lamentando que no tengan más victimas que devorar; como personas que habían sobrepasado a Danton, a Marat y a Robespierre en hacer el mal; y que habían prostituído a sus hijas a la guarnición para ganársela para Napoleón.» Un extracto de este artículo, impreso con la corona y las armas de los Borbones, fue voceado por las calles, y su vendedor iba adornado con la medalla de la policía.


Petición de los refugiados protestantes


A estos reproches es oportuno oponer la petición que los refugiados protestantes en París presentaron a Luis XVIII en favor de sus hermanos en Nimes. «Ponemos a vuestros pies, sire, nuestros agudos sufrimientos. En vuestro nombre son degollados nuestros conciudadanos, y sus propiedades son devastadas. Aldeanos engañados, en pretendida obediencia a vuestras órdenes, se reunieron bajo las órdenes de un comisionado designado por vuestro augusto sobrino. Aunque estaban listos para atacamos, fueron recibidos con seguridades de paz. El quince de julio de 1815 supimos de la llegada de vuestra majestad a París, y la bandera blanca ondeó de inmediato en nuestros edificios. La tranquilidad pública no había sido perturbada, cuando entraron campesinos armados. La guarnición capituló, pero fueron asaltados al retirarse, y fueron muertos casi todos. Nuestra guardia nacional fue desarmada, la ciudad quedó llena de extraños, y las casas de los principales habitantes, que profesan la religión reformada, fueron atacadas y saqueadas. Acompañamos la lista. El terror ha hecho huir de nuestra ciudad a los más respetables ciudadanos. »Vuestra majestad ha sido engañado si no han puesto delante de vos la imagen de los horrores que transforman en desierto vuestra buena ciudad de Nimes. De continuo tienen lugar proscripciones y arrestos, y la verdadera y única causa es la diferencia de opiniones religiosas. Los calumniados protestantes son los defensores del trono. Vuestro sobrino ha visto a nuestros hijos bajo sus banderas; nuestras fortunas han sido puestas en sus manos. Atacados sin razón, los protestantes no han dado, ni siquiera por una justa resistencia, el fatal pretexto a la calumnia de parte de sus enemigos. ¡Salvadnos, sire! Extinguid la llama de la guerra civil; una sola acción de vuestra voluntad restaurará a la existencia política a una ciudad interesante por su población y por sus productos. Demandad cuenta de su conducta a los cabecillas que han traído tales desgracias sobre nosotros. Ponemos ante vuestros ojos todos los documentos que nos han llegado. El temor paraliza los corazones y apaga las quejas de nuestros conciudadanos. Puestos en una situación más segura, nos aventuramos a levantar nuestra voz en favor de ellos,» etc., etc.


Monstruosos ultrajes contra las mujeres.


En Nimes es cosa bien sabida que las mujeres lavan sus ropas bien en las fuentes, bien en las riberas de los ríos. Hay un gran lavadero cerca de la fuente, donde se puede ver a muchas mujeres cada día, arrodilladas al borde del agua, y golpeando sus ropas con pesadas palas de madera en forma de raquetas. Este lugar llegó a ser el escenario de las prácticas más vergonzosas e indecentes. La canalla católica volvía las enaguas de las mujeres por encima de sus cabezas, y las ataba de manera que continuaran expuestas y sometidas a una nueva clase de tormento; porque, poniendo clavos en la madera de las paletas de lavar en forma de flor de lis, las golpeaban hasta que manaba la sangre de sus cuerpos y sus gritos desgarraban el aire. A menudo se pedía la muerte como fin de este ignominioso castigo, que era rehusada con maligno regocijo. Para llevar este ultraje hasta su mayor grado posible, se empleó esta tortura contra algunas que estaban embarazadas. La escandalosa naturaleza de estos ultrajes impedía a muchas de las que lo habían sufrido hacerlo público, y especialmente relatar sus circunstancias más agravantes. «He visto,» dice M. Duran, «a un abogado católico acompañando a los asesinos de Bourgade, armar una batidora con aguzados clavos en forma de fleur-de-lis; les he visto levantar los vestidos a las mujeres, y aplicarles a sus cuerpos ensangrentados estas batidoras, con fuertes golpes, a la que dieron un nombre que mi pluma rehúsa registrar. Nada podía detenerlos, ni los clamores de las atormentadas mujeres, la efusión de sangre, los murmullos de indignación suprimidos por el temor. Los cirujanos que atendieron a las mujeres que habían muerto pueden testificar, por las marcas de sus heridas, qué agonías deben haber soportado; esto, por terrible que parezca, es sin embargo estrictamente cierto. Sin embargo, durante el progreso de estos horrores y de estas obscenidades, tan deshonrosas para Francia y la religión católica, los agentes del gobierno tenían poderosas fuerzas a su mando, con las que, si las hubieran empleado rectamente, habrían podido restaurar la tranquilidad. Sin embargo, prosiguieron los asesinatos y los robos, que fueron tolerados por los magistrados católicos, con bien pocas excepciones; es cierto que las autoridades administrativas usaron palabras en sus proclamaciones, etc., pero nunca ejercieron acciones para detener las atrocidades de los perseguidores, que declararon desvergonzadamente que el día veinticuatro, el aniversario de San Bartolomé, tenían la intención de hacer una matanza general. Los miembros de la Iglesia Reformada se llenaron de terror, y en lugar de tomar parte en la elección de diputados, estuvieron ocupados tanto como pudieron para proveer a su seguridad personal.


Ultrajes cometidos en los pueblos, etc.


Dejamos Nimes ahora para examinar la conducta de los perseguidores en la región alrededor. Después del restablecimiento del gobierno monárquico, las autoridades locales se distinguieron por su celo y diligencia en apoyar a sus patronos, y bajo los pretextos de rebelión, ocultación de armas, impago de contribuciones, etc., se permitió a las tropas, a la guardia nacional y al populacho armado saquear, arrestar y asesinar a pacíficos ciudadanos, no meramente con impunidad, sino con aliento y aprobación. En el pueblo de Milhaud, cerca de Nimes, se obligó frecuentemente a los habitantes a pagar grandes sumas para evitar ser saqueados. Sin embargo, esto no valió para nada en casa de Madame Teulon. El domingo dieciséis de julio fueron devastadas su casa y propiedades. Se llevaron o destruyeron sus valiosos muebles, quemaron la paja y la madera, y exhumaron el cuerpo de un niño, enterrado en el

jardín, y lo arrastraron alrededor de un fuego encendido por el populacho. Fue con gran dificultad que la señora Teulon escapo con su vida. M. Picherol, otro protestante, había ocultado algunos de sus bienes en casa de un vecino católico. Atacaron su casa, y aunque respetaron todas las propiedades del último, las de su amigo fueron saqueadas y destruidas. En el mismo pueblo, uno de los de la partida, dudando de si el señor Hermet, un sastre, era el hombre al que buscaban, preguntaron: «¿Es un protestante?» Al reconocerlo, dijeron: «Muy bien.» Y lo asesinaron en el acto. En el cantón de Vauvert, donde había una iglesia consistorial, extorsionaron ochenta mil francos. En las comunas de Beauvoisin y Generac un puñado de libertinos cometieron excesos similares, bajo la mirada del alcalde y a los gritos de ¡Vive le Roi! St. Gilles fue escenario de las iniquidades más desalmadas. Los protestantes, los más ricos de los habitantes, fueron desarmados, mientras sus casas eran saqueadas. Apelaron al alcalde, pero éste se rió y se fue. Este oficial tenía a su disposición una guardia nacional de varios cientos de hombres, organizada bajo sus propias órdenes. Sería fatigoso leer la lista de los crímenes que tuvieron lugar durante muchos meses. En Clavisson, el alcalde prohibió a los protestantes la' práctica de cantar los Salmos que se acostumbraba celebrar en el templo, para que, como dijo, no se ofendiera ni perturbara a los católicos. En Sommieres, a unas diez millas de Nimes, los católicos hicieron una espléndida procesión a través de la población, que continuó hasta el atardecer, y que fue seguida por el saqueo de los protestantes. Al llegar tropas forasteras a Sommieres, se reanudó la pretendida búsqueda de armas; se obligaba a los que no poseían mosquetes a comprarlos, con el propósito de que los rindieran, y se les acuartelaron soldados en sus casas a seis francos diarios hasta que entregaran los artículos pedidos. La iglesia protestante, que había sido cerrada, fue convertida en cuartel para los austriacos. Después de haber estado suspendido durante seis meses el servicio divino en Nimes, la iglesia, llamada Templo por los protestantes, fue reabierta, y se celebró el culto público en la mañana del veinticuatro de diciembre. Al examinar el campanario, se descubrió que alguien se había llevado el badajo de la campana. Al aproximarse la hora del servicio, se reunieron varios hombres, mujeres y niños ante la casa de M. Ribot, el pastor, y amenazaron con impedir el culto. Cuando llegó la hora, dirigiéndose él hacia la iglesia, fue rodeado; se le lanzaron los más terribles gritos; algunas de las mujeres le echaron manos al cuello de la camisa; pero nada pudo perturbar su firmeza ni excitar su impaciencia. Entró en la casa de oración y subió al púlpito. Echaron piedras dentro y cayeron entre los adora-dores; sin embargo, la congregación permaneció tranquila y atenta, y el servicio continuó entre ruidos, amenazas e insultos. Al salir, muchos habrían sido muertos si no hubiera sido por los cazadores de la guarnición, que los protegieron honrosa y celosamente. Poco después el señor Ribot recibió la siguiente carta del capitán de los cazadores.


2 Enero, 1816.


«Lamento profundamente los prejuicios de los católicos contra los protestantes, de los cuales dicen que no aman al rey. Seguid actuando como lo habéis hecho hasta ahora, y el tiempo y vuestra conducta contradecirán de lo contrario a los católicos; si tuviera lugar algún tumulto similar al del sábado, informadme. Conservo mis informes de estos hechos, y silos agitadores resaltan incorregibles, y olvidan lo que deben al mejor de los reyes y al estatuto, cumpliré con mi deber e informaré al gobierno de sus actuaciones. Adiós, querido señor; dad al consistorio

seguridades de mi estima, y de los sentimientos que abrigo acerca de la moderación con que afrontaron las provocaciones de los malvados de Sommieres. Tengo el honor de saludaros con respeto.


SUVAL DE LAINE.»


Este pastor recibió otra carta del Marqués de Montlord, el seis de enero, para alentarlo a unirse con todos los buenos hombres que creen en Dios para obtener el castigo de los asesinos, bandidos y perturbadores de la paz pública, y a leer públicamente las instrucciones que había recibido del gobierno a este efecto. A pesar de esto, el veinte de enero de 1816, cuando se celebró el servicio en conmemoración de la muerte de Luis XVI, formándose una procesión, los guardias nacionales dispararon contra la bandera blanca colgada de las ventanas de los protestantes, y terminaron el día saqueándolos. En la comuna de Angargues, las cosas estaban aún peores; y en el de Fontanes, desde la entrada del rey en 1815, los católicos quebrantaron todos los compromisos con los protestantes; de día los insultaban, y de noche forzaban sus puertas, o las marcaban con tiza para ser saqueadas o quemadas. St. Mamert fue repetidamente visitada por estos saqueos, y en Montruiral, en fecha tan tardía como el dieciséis de junio de 1816, los protestantes fueron atacados, apaleados y encarcelados, por osar celebrar el regreso de un rey que había jurado preservar la libertad de religión y mantener el estatuto.


Relato adicional de las acciones de los católicos en Nimes


Los excesos perpetrados en el campo no parecen haber desviado en absoluto de Nimes la atención de los perseguidores. Octubre de 1815 comenzó sin mejora alguna en los principios o medidas del gobierno, y esto fue seguido por una presunción correspondiente por parte del pueblo. Varias casas en el Barrio St. Charles fueron saqueadas, y sus ruinas quemadas en las calles entre cantos, danzas y gritos de ¡Vive le Roi! Apareció el alcalde, pero la multitud pretendió no conocerle, y cuando se atrevió a reprenderlos, le dijeron «que su presencia era innecesaria, y que se podía retirar.» Durante el dieciséis de octubre, todos los preparativos parecían anunciar una noche de carnicería; se circularon de manera regular y confiada órdenes para reunirse y contraseñas para el ataque; Trestaillon pasó revista a sus secuaces, y los apremió a perpetrar sus crímenes, teniendo con uno de estos malvados el siguiente diálogo: Secuaz. «Si todos los protestantes, sin excepción, han de ser muertos, me uniré a ello contento; pero como me has engañado tantas veces, no me moveré a no ser que hayan de morir todos. » Trestaillon. «Pues acompáñame, porque esta vez no escapará nadie. » Este horrendo propósito habría sido llevado a cabo si no hubiera sido por el General La Garde, comandante del departamento. No fue sino hasta las diez de la noche que se dio cuenta del peligro. Ahora vio que no podía perder un momento. Las multitudes estaban avanzando por 105 suburbios, y las calles se llenaban de rufianes, lanzando las más terribles imprecaciones. La generala sonó a las once de la noche, lo que añadió a la confusión que se estaba extendiendo por la ciudad. Unas cuantas tropas se reunieron alrededor del Conde La Garde, que estaba agitado por la mayor angustia al ver que el mal había llegado a tal paroxismo. Acerca de esto da M. Durand, un abogado católico, el siguiente relato: «Era cerca de medianoche, mi mujer acababa de quedar dormida; yo estaba al lado de ella, escribiendo, cuando fuimos perturbados por un ruido distante. ¡Qué podía ser aquello! Para

apaciguar su alarma, le dije que probablemente se trataba de la llegada o salida de algunas tropas de la guarnición. Pero se podían ya oír disparos y gritos, y al abrir mi ventana distinguí horribles imprecaciones mezcladas con gritos de ¡Vive le Roi! Desperté a un oficial que se alojaba en la casa, y a M. Chancel, director de Obras Públicas. Salimos juntos, Y llegamos al Boulevard. La luna resplandecía brillantemente, y se veía todo casi tan claramente como de día; una enfurecida muchedumbre estaba dirigiéndose hacia la matanza jurada, y la mayor parte iban semidesnudos, armados con cuchillos, mosquetes, palos y sables. Como respuesta a mis indagaciones, me dijeron que la matanza era general, y que muchos habían sido ya muertos en los suburbios. M. Chancel se retiró para ponerse su uniforme como capitán de los Pompiers; los oficiales se retiraron a los cuarteles, y yo, intranquilo por mi mujer, me volví a casa. Por el ruido que ola, estaba convencido de que me seguían algunos. Me deslicé por la sombra de la pared, abrí la puerta de mi casa, entré y la cerré, dejando una pequeña abertura por la que podía vigilar los movimientos de la partida cuyas armas resplandecían bajo la luz de la luna. Poco tiempo después aparecieron algunos hombres armados llevando un prisionero junto al mismo lugar donde yo estaba oculto. Se detuvieron, y yo cerré suavemente mi puerta y subí sobre una chopera plantada junto a la pared del jardín. ¡Qué escena! Un hombre de rodillas implorando clemencia a unos desalmados que se burlaban de su angustia y que lo cargaban de insultos. «¡En nombre de mi mujer y de mis hijos,» decía él, «dejadme! ¿Qué he hecho? ¿Por qué me habéis de asesinar por nada?» Estaba en este momento a punto de gritar y de amenazar a los asesinos con la venganza. Pero no tuve tiempo para decidirme, porque la descarga de varios fusiles acabó con mi indecisión; el infeliz suplicante, tocado en sus lomos y cabeza, cayó para no volverse a levantar. Ahora los asesinos daban la espalda al árbol; se retiraron de inmediato, recargando sus armas. Yo descendí y me acerqué al moribundo, que estaba lanzando profundos y penosos suspiros. Llegaron algunos guardias nacionales en aquel momento, y de nuevo me retiré y cerré la puerta. «Veo un muerto,» dijo uno. «Todavía canta,» dijo el otro. «Mejor será,» dijo un tercero, «rematarlo y poner fin a sus sufrimientos.» De inmediato descargaron cinco o seis mosquetes, y los gemidos cesaron. Al día siguiente, las multitudes acudieron a inspeccionar e insultar al muerto. Los días después de una matanza se observaban siempre como una especie de fiesta, y se dejaban todas las ocupaciones para ir a contemplar las víctimas.» Este era Louis Lichare, padre de cuatro niños; cuatro años después de este acontecimiento, M. Durand verificó este relato bajo juramento durante el juicio de uno de los asesinos.


Ataque sobre las iglesias protestantes


Un tiempo antes de la muerte del General La Garde, el duque de Angulema había visitado Nimes, y otras ciudades al sur, y en aquella primera ciudad honró a los miembros del consistorio protestante con una entrevista, prometiéndoles protección, y alentándolos a reabrir su templo, tanto tiempo cerrado. Tienen dos iglesias en Nimes, y se acordó que la mejor en esta ocasión sería la pequeña, y que se debería Omitir el toque de campanas. El General La Garde manifestó que respondería con su cabeza de la seguridad de la congregación. Los protestantes se informaron en privado entre si que volvería de nuevo a celebrarse el culto a las diez, y comenzaron a reunirse en silencio y con precaución. Se acordó que M. Juillerat Chasseur celebrara el servicio, aunque tal era su convicción de peligro que le rogó a su mujer, y a algunos de los de su grey, que se quedaran con sus familias. Siendo abierto el templo sólo como cuestión formal, y en obediencia a las órdenes del Duque de Angulema, este pastor deseaba ser la única victima. Dirigiéndose al lugar, pasó junto a numerosos grupos que lo miraban ferozmente. «Esta

es la oportunidad,» dijo uno, «de darles el último golpe. » «SI, » añadieron otros, «y no se deben perdonar ni a las mujeres ni a los niños.» Un malvado, levantando la voz por encima de los demás, exclamó: «Ah, voy a ir a buscar mi mosquete, y diez como mi parte.» A través de estos sones amenazadores, M. Juillerat prosiguió su camino, pero cuando llegó al templo, el sacristán no se atrevió a abrir las puertas, y se vio obligado a abrirlas él mismo. Al llegar los adoradores, encontraron personas extrañas ocupando las calles adyacentes, y también en las escalinatas de la iglesia, jurando que no iban a celebrar su culto, y gritando: «¡Abajo los protestantes! ¡Matadlos! ¡Matadlos! » A las diez, la iglesia ya casi llena, M. J. Chasseur comenzó las oraciones. De repente, el ministro fue interrumpido con un ruido violento, mezclado con gritos de ¡Vive le Roi! pero los gendarmes consiguieron echar a estos fanáticos y cerrar las puertas. El ruido y los tumultos fuera se redoblaron, y los golpes del populacho que intentaba echar las puertas abajo hizo que la casa resonara con chillidos y gemidos. La voz de los pastores que trataban de consolar a su grey se hizo inaudible; en vano intentaron cantar el Salmo Cuarenta y dos. Pasaron lentamente tres cuartos de hora. «Yo me puse,» dijo Madame Juillerat, «al pie del púlpito, con mi hija en mis brazos; Finalmente, mi marido se unió a mí y me dio alimentos; recordé desde el principio que era el aniversario de mi casamiento. Después de seis años de felicidad, me dije, estoy a punto de morir con mi marido y mi hija; seremos muertos ante el altar de nuestro Dios, victimas de un deber sagrado, y el cielo se abrirá para recibimos a nosotros y a nuestros infelices hermanos. Bendije al Redentor, y sin maldecir a nuestros asesinos, esperé su llegada.» M. Oliver, hijo de un pastor, oficial de las tropas reales de línea, intentó salir de la iglesia, pero los amistosos centinelas a la puerta le aconsejaron que permaneciera encerrado con el resto. Los guardias nacionales rehusaron actuar, y la fanática multitud aprovechaba todo lo que podía la ausencia del General La Garde y su creciente número. Al final se oyó música marcial, y voces desde fuera gritaron a los asediados, «¡Abrid, abrid y salvaos!» Su primera impresión fue temer una traición, pero pronto se les aseguró que un destacamento que volvía de Misa había sido dispuesto delante de la puerta para favorecer la salida de los protestantes. La puerta fue abierta, y muchos de ellos escaparon entre las filas de los soldados, que habían empujado a la multitud fuera de allí; pero esta calle, así como las otras por las que tenían que pasar los fugitivos, pronto volvió a quedar llena. El venerable pastor, Olivier Desmond, que estaba entre los setenta y ochenta años de edad, fue rodeado por asesinos; le pusieron puños sobre la cara, y gritaron: «Matad al jefe de los bandidos.» Fue preservado por la actitud firme de algunos oficiales, entre los que estaba su propio hijo; hicieron una barrera delante de él con sus propios cuerpos, y entre sus sables desenvainados lo llevaron a su casa. M. Juillerat, que había asistido al servicio divino con su mujer a su lado y con su hijo en sus brazos, fue perseguido y atacado con piedras, su madre recibió una pedrada en la cabeza, y su vida estuvo en ocasiones en peligro. Una mujer fue vergonzosamente azotada, y varias heridas y arrastradas por las calles; el número de protestantes más o menos maltratados en esta ocasión ascendieron entre unos setenta y ochenta.


Asesinato del General La Garde


Al final se aplicó represión a estos excesos por el suceso del asesinato del Conde La Garde, que, al recibir noticia de este tumulto, montó en su caballo, y entró en una de las calles, para dispersar una multitud. Un villano tomó sus riendas; otro le encañonó con una pistola, casi tocándole, y chilló: «¡Miserable! ¿Tú harás que me retire?» Y disparó inmediatamente. El asesino fue Louis Boissin, un sargento de la guardia nacional; pero, aunque lo sabía todo el

mundo, nadie trató de arrestarlo, y escapó. Cuando el general se vio herido, dio orden a la gendarmería para que protegiera a los protestantes, y se lanzó al galope hacia su alojamiento; pero se desmayó inmediatamente al llegar allí. Al recuperarse, impidió al cirujano que le examinara la herida hasta haber escrito una carta al gobierno, para que, en caso de muerte, se pudiera saber de dónde le había venido su herida, y que nadie osara acusar a los protestantes de este crimen. La probable muerte de este general produjo un pequeño grado de relajación por parte de sus enemigos y alguna calma, pero la masa del pueblo se había entregado durante demasiado tiempo al libertinaje para sentirse refrenado siquiera por el asesinato del representante de su rey. Por la noche volvieron al templo, y con hachas abrieron la puerta. El amenazante son de sus golpes infundieron terror a los corazones de las familias protestantes refugiadas en sus casas, dados al llanto. El contenido de la caja de limosnas fue robado, y también las ropas preparadas para su distribución; los ropajes del ministro fueron destrozados; los libros fueron rotos o llevados; las estancias fueron saqueadas, pero las habitaciones que contenían los archivos de la iglesia, y los sínodos, fueron providencialmente pasadas por alto; y si no hubiera sido por las muchas patrullas a pie, todo hubiera sido pasto de las llamas, y el edificio mismo un montón de ruinas. Mientras tanto, los fanáticos adscribieron el crimen del general a su propia devoción, y dijeron que «era la voluntad de Dios.» Se ofrecieron tres mil francos por la captura de Boissin; pero se sabia bien que los protestantes no osarían capturarlo, y que los fanáticos no querrían. Durante estos acontecimientos, el sistema de conversiones forzadas al catolicismo estaba progresando de una manera regular y temible.


Interferencia del gobierno británico


Para crédito de Inglaterra, el conocimiento de estas crueles persecuciones llevadas a cabo contra nuestros hermanos protestantes en Francia produjeron tal sensación en el gobierno que les llevó a intervenir. Y ahora los perseguidores de los protestantes transformaron este acto espontáneo de humanidad y piedad en pretexto para acusar a los sufrientes de correspondencia traidora con Inglaterra; pero en este estado de acontecimientos, para gran desmayo de ellos, apareció una carta, enviada hacía algún tiempo a Inglaterra por el Duque de Wellington, diciendo que «existía mucha información acerca de los acontecimientos del sur. » Los ministros de las tres denominaciones en Londres, anhelantes por no ser mal informados, pidieron a uno de sus hermanos que visitara las escenas de persecución, y que examinara con imparcialidad la naturaleza y extensión de los males que deseaban aliviar. El Rev. Clement Perot emprendió esta difícil tarea, y cumplió sus deseos con un celo, una prudencia y una devoción totalmente encomiables. A su regreso proveyó abundantes e irrefutables pruebas de una vergonzosa persecución, materiales para una apelación al Parlamento Británico, y un informe impreso que fue circulado por el continente, y que por primera vez dio una correcta información a los habitantes de Francia. Se vio ahora que la intervención extranjera era de enorme importancia; y las declaraciones de tolerancia que suscitó en el gobierno de Francia, así como la actuación más cuidadosa de los perseguidores católicos, operó como reconocimientos decisivos e involuntarios de esta interferencia, que algunas personas al principio censuraron y menospreciaron, interferencia que manifestada en la dura voz de la opinión pública en Inglaterra y en otros lugares, produjo una correspondiente suspensión de la matanza y del pillaje; sin embargo, los asesinos y saqueadores quedaban aún sin castigar, e incluso eran aclamados y premiados por sus

crímenes; y mientras que los protestantes en Francia sufrían las penas y castigos más crueles y degradantes por insignificantes faltas, los católicos, teñidos de sangre y culpables de numerosos y horrendos asesinatos, eran absueltos. Quizá la virtuosa indignación expresada por algunos de los más ilustrados católicos contra estos abominables procedimientos tuvieron una parte no pequeña en refrenarlos. Muchos protestantes inocentes habían sido condenados a galeras, o habían sido castigados de otras maneras, por supuestos crímenes basados en declaraciones bajo juramento de desalmados sin principios ni temor de Dios. M. Madier de Montgau, juez de la cour royale de Nimes y presidente del tribunal de Gard y Vaucluse, se sintió obligado en una ocasión a levantar la sesión antes de aceptar el testimonio de un monstruo sanguinario tan notorio como Truphemy. Dice este magistrado: «En una sala del Palacio de Justicia delante de aquella en la que yo me sentaba, varias desafortunadas personas perseguidas por la facción estaban siendo juzgadas, y cada testimonio tendiendo a su condena era aplaudida con gritos de ¡Vive le Roi! Tres veces se hizo tan terrible la explosión de este terrible gozo que fue necesario llamar refuerzos de los cuarteles, y doscientos soldados eran a menudo insuficientes para refrenar a la multitud. De repente redoblaron los gritos y clamores de ¡Vive le Roi!: Llegaba un hombre, vitoreado, aplaudido, llevado en ...... era el terrible Truphemy. Se acercó al tribunal. Había venido a testificar contra los prisioneros. Fue admitido como testigo... ¡Levantó la mano para que le tomaran juramento! Sobrecogido de horror ante aquel espectáculo, me precipité fuera de mi asiento, y entré en la sala de consejo. Me siguieron mis colegas; en vano me quisieron persuadir para que volviera a mi asiento. «¡No!», exclamé, «¡No voy a consentir que este miserable sea admitido para dar testimonio ante una corte de justicia en la ciudad a la que ha llenado de asesinatos; en el palacio, en cuyas escalinatas ha asesinado al desafortunado Burillon. No puedo aamitir que rnate a sus victimas con sus testimonios como con su puñal. ¡El un acusador! ¡El, testigo! No, jamás consentiré que este monstruo se levante en presencia de magistrados para dar un juramento sacrílego, con sus manos aún teñidas de sangre! » Estas palabras fueron repetidas fuera de la puerta; los testigos temblaron; los facciosos temblaron también; los facciosos que guiaban la lengua de Truphemy como habían guiado su brazo, que le dictaban calumnia tras haberle enseñado a asesinar. Estas palabras penetraron en los calabozos de los condenados, e inspiraron esperanza; dieron a otro valiente abogado la resolución de asumir la causa de los perseguidos; llevó las oraciones de inocencia y desgracia al pie del trono; allí preguntó si la evidencia de un Truphemy no era suficiente para anular una sentencia. El rey concedió un perdón pleno y libre.»


Resolución final de las protestantes en Nimes


Con respecto a la conducta de los protestantes, estos ciudadanos tan perseguidos, llevados a un extremado sufrimiento por sus perseguidores, sintieron al final que sólo les quedaba escoger la manera de morir. Decidieron unánimemente que morirían luchando en defensa propia. Esta firme actitud hizo ver a sus perseguidores que ya no podrían asesinar impunemente. Todo cambió de inmediato. Aquellos que durante cuatro años habían llenado a otros con terror, ahora lo sintieron ellos. Temblaban ante la fuerza que hombres, tanto tiempo resignados, hallaban en la desesperación, y su alarma se intensificó cuando supieron que los habitantes de las Cevennes, convencidos del peligro en que se hallaban sus hermanos, estaban dirigiéndose allí en auxilio de ellos. Pero, sin esperar la llegada de estos refuerzos, los protestantes aparecieron de noche en el mismo orden y armados de la misma manera que sus enemigos. Los otros desfilaban por los Boulevards, con su usual ruido y furia, pero los protestantes se quedaron callados y firmes en los

puestos que habían tomado. Tres días continuaron estos peligrosos y ominosos encuentros, pero se impidió el derramamiento de sangre por los esfuerzos de algunos dignos ciudadanos dis- tinguidos por su rango y fortuna. Al compartir los peligros de la población protestante, obtuvieron el perdón para un enemigo que ahora temblaba mientras amenazaba.

***


CAPÍTULO XXII


El comienzo de las misiones americanas en el extranjero


SAMUEL J. Milss, mientras era estudiante en Williams College, reunió a su alrededor a un grupo de compañeros estudiantes, sintiendo todos la carga del gran mundo pagano. Un día en 1806, cuatro de ellos, alcanzados por una tempestad, se refugiaron bajo la cubierta de un pajar. Pasaron la noche en oración por la salvación del mundo, y resolvieron, si había oportunidad para ello, ir ellos mismos como misioneros. Esta «reunión de oración del pajar» se hizo histórica. Estos jóvenes fueron posteriormente al Seminario Teológico de Andover, donde se unió a ellos Adoniram Judson. Cuatro de ellos enviaron una petición a la Asociación Congregacional de Massachusetts en Bradford, del 29 de junio de 1810, ofreciéndose como misioneros y preguntando si podrían esperar el apoyo de una sociedad en este país, o si debían solicitarlo a una sociedad británica. Como respuesta a este llamamiento, se constituyó la Junta Americana de Comisionados para Misiones Extranjeras. Cuando se solicitó un estatuto para la Junta, un alma incrédula objetó desde los bancos de los legisladores, alegando, en oposición a la petición, que el país tenía una cantidad tan pequeña de cristianos que no se podía prescindir de ninguno para exportación; pero otro, que estaba dotado de una constitución más optimista, le recordó que se trataba de un bien que cuanto más se exportara, tanto más aumentaría en la patria. Hubo mucha perplejidad acerca de la planificación y de los aspectos financieros, por lo que Judson fue enviado a Inglaterra para conferenciar con la Sociedad de Londres en cuanto a la factibilidad de la cooperación de las dos organizaciones para enviar y sostener a los candidatos, pero este plan quedó en nada. Al final se consiguió suficiente dinero, y en febrero de 1812 zarparon para oriente los primeros misioneros de la Junta Americana. El señor Judson iba acompañado de su mujer, habiéndose casado con Ann Hasseltine poco antes de emprender el viaje. Durante la larga travesía, el señor y la señora Judson y el señor Rice fueron llevados de alguna manera a revisar sus convicciones acerca del modo apropiado del bautismo, llegando a la conclusión de que sólo era válida la inmersión, y fueron rebautizados por Carey poco después de llegar a Calcuta. Este paso necesariamente cortó su relación con el cuerpo que les había enviado, y los dejó sin apoyo. El señor Rice volvió a América para informar de esta circunstancia a los hermanos bautistas. Ellos contemplaron la situación como resultado de una acción de la Providencia, y planearon anhelantes aceptar la responsabilidad que les había sido echada encima. Así, se formó la Unión Misionera Bautista. De esta manera el señor Judson fue quien dio ocasión a la organización de dos grandes sociedades misioneras.


La persecución del doctor Judson


Después de trabajar por un tiempo en el Indostán, el doctor y la señora Judson se establecieron por fin en el Imperio Birmano en 1813. En 1824 estalló una guerra entre la Compañía de las Indias Orientales y el emperador de Birmania. El doctor y la señora Judson y el doctor Price, que estaban en Ava, la capital del Imperio Birmano, fueron, al comenzar la guerra, arrestados de inmediato y encerrados por varios meses. El relato de los sufrimientos de los misioneros fue escrito por la señora Judson, y aparece en sus propias palabras.


«Rangún, 26 de mayo de 1826.

«Mi querido hermano, »


Comienzo esta carta con la intención de darte los detalles de nuestro cautiverio y sufrimientos en Ava. La conclusión de esta carta determinará hasta cuando mi paciencia me permitirá recordar escenas desagradables y horrorosas. Había mantenido un diario con todo lo que había sucedido desde nuestra llegada a Ava, pero lo destruí al comenzar nuestras dificultades. »EI primer conocimiento seguro que tuvimos de la declaración de guerra por parte de los birmanos fue al llegar a Tsenpyu-kywon, a unas cien millas a este lado de Ava, donde habían acampado parte de las tropas, bajo el mando del célebre Bandula. Siguiendo nuestro viaje, nos encontramos con el mismo Bandula, con el resto de sus tropas, regiamente equipado, sentado en su barcaza dorada, y rodeado por una flota de barcos de guerra de oro, uno de los cuales fue mandado en el acto al otro lado del río para interpelarnos y hacemos todas las preguntas necesarias. Se nos permitió proseguir tranquilamente cuando el mensajero fue informado que éramos americanos, no ingleses, y que íbamos a Ava en obediencia al gobierno de su Majestad. »Al llegar a la capital, encontramos que el doctor Price estaba fuera de favor ante la corte, y que allí había más sospechas contra los extranjeros que en Ava. Tu hermano visitó dos o tres veces el palacio, pero encontró que el talante del rey para con él era muy diferente al que había sido anteriormente; y la reina, que antes había expresado deseos por mi pronta llegada, no preguntó ahora por mí, ni indicó deseo alguno de verme. Consiguientemente, no hice esfuerzo alguno por visitar el palacio, aunque era invitada casi a diario a visitar algunos de los parientes de la familia real, que vivían en sus propias casas, fuera del recinto de palacio. Bajo estas circunstancias, creímos que lo más prudente sería proseguir nuestra intención original de construir una casa y de iniciar las operaciones misioneras según hubiera oportunidad, tratando así de convencer al gobierno de que no teníamos nada que ver con la actual guerra. »Dos o tres semanas después de nuestra llegada, el rey, la reina, todos los miembros de la familia real y la mayor parte de los oficiales del gobierno volvieron a Amarapora, a fin de acudir y tomar posesión del nuevo palacio en la forma acostumbrada. »No me atreveré a describir este espléndido día, cuando su majestad entró, con toda la gloria que le acompañaba, por las puertas de la ciudad dorada y puedo decir que entre las aclamaciones de millones, tomó posesión del palacio. Los saupwars de las provincias fronterizas con China, todos los virreyes y altos oficiales del reino estaban reunidos para la ocasión, vestidos en sus ropajes de estado, y adornados con la insignia de su oficio. El elefante blanco, ricamente ornamentado con oro y joyas, era uno de los objetos más hermosos en la procesión. Sólo el rey y la reina estaban sin adornar, vestidos en la simple vestimenta del país; entraron, tomándose la mano, en el jardín en el que habíamos tomado asiento, y donde se preparó un banquete para su refrigerio. Todas las riquezas y la gloria del imperio fueron exhibidas aquel día. El número y el inmenso tamaño de los elefantes, los numerosos caballos, y la gran variedad de vehículos de toda descripción, sobrepasó con mucho a todo lo que había jamás visto o imaginado. Poco después que su majestad hubiera tomado posesión del nuevo palacio, se dio orden de que no se permitiera entrar a ningún extranjero, excepto a Lansago. Nos sentimos algo alarmados ante esto, pero concluimos que era por motivos políticos, y que quizá no nos afectaría de manera esencial. »Durante varias semanas no sucedió nada alarmante para nosotros, y proseguimos con nuestra escuela. El señor Judson predicaba cada domingo, habíamos conseguido todos los materiales para construir una casa de ladrillos, y los albañiles habían hecho considerable avance en la construcción del edificio.

»El veintitrés de mayo de 1824, cuando acabábamos nuestro culto en casa del doctor, al otro lado del río, llegó un mensajero para decirnos que Rangún había sido tomada por los ingleses. El conocimiento de esto nos produjo un choque en el que había una mezcla de gozo y de temor. El señor Gouger, un joven comerciante residente en Ava, estaba entonces con nosotros, y tenía más razones para temer que el resto de nosotros Sin embargo, todos volvimos de inmediato a nuestra casa y comenzamos a considerar qué debíamos hacer. El señor G. fue a ver al Príncipe Thar-yar-wadi, el hermano más influyente del rey, que le informó que no debía temer nada, pues él ya había tocado esta cuestión con su majestad, que había contestado que «los pocos extranjeros que había en Ava no tenían nada que ver con la guerra, y no debían ser molestados.» »El gobierno estaba ahora en pleno movimiento. Un ejército de diez o doce mil hombres, bajo el mando de Kyi-wun-gyi, fue enviado al cabo de tres o cuatro días, a los que se debía unir Sakyer- wun-gyi, que había sido anteriormente designado virrey de Rangún y que estaba de camino hacia allí cuando le llegaron las noticias del ataque. No había dudas acerca de la derrota de los ingleses; el único temor del rey era que los extranjeros supieran el avance de las tropas birmanas, y que pudieran alarmarse tanto que huyeran a bordo de sus barcos y se fueran, antes que hubiera tiempo de tomarlos y someterlos a esclavitud. «Traedme», dijo un salvaje joven de palacio, «seis kala pyu» (extranjeros blancos para que remen mi barca»; «y para mi,» dijo la dama de Wun-gyi, «enviadme cuatro extranjeros blancos para que dirijan los negocios de mi casa, porque sé que son siervos de fiar.» Las barcas de guerra, con gran moral, pasaron delante de nuestra casa, cantando y danzando los soldados, y dando muestras del mayor regocijo. ¡Pobres chicos!, dijimos nosotros; probablemente nunca volveréis a danzar. Y así fue, porque pocos, o ninguno, volvieron a ver su casa natal. »Al final el señor Judson y el doctor Price fueron llamados a un tribunal de interrogatorios, donde se les hizo una estricta indagación acerca de lo que sabían. La gran cuestión parecía ser si habían tenido el hábito de comunicarse con extranjeros acerca del estado del país, etc. Ellos respondieron que siempre habían tenido la costumbre de escribir a sus amigos en América, pero que no tenían correspondencia con oficiales ingleses ni con el gobierno de Bengala. Después de ser interrogados, no fueron encerrados, como lo habían sido los ingleses, sino que se les permitió volver a sus casas. Al examinar las cuentas del señor G., se encontró que el señor J. y el doctor Price habían recibido sumas considerables de dinero de su parte. Ignorando como ignoraban los birmanos la manera en que recibíamos el dinero, por órdenes desde Bengala, esta circunstancia fue suficiente evidencia para sus mentes desconfiadas de que los misioneros estaban a sueldo de los ingleses, y que muy probablemente eran espías. Así se presentó la cuestión ante el rey, que enfurecido ordenó el arresto inmediato de los «dos maestros». »El ocho de junio, mientras nos preparábamos para la comida, entró precipitadamente un oficial, que tenía un libro negro, con una docena de birmanos, acompañados por uno al que, por su cara con manchas, supimos que era un verdugo e «hijo de la prisión». «¿Dónde está el maestro?» fue la primera pregunta. El señor Judson se presentó. «Eres llamado por el rey», le dijo el oficial; ésta es una frase que siempre se emplea cuando se va a arrestar a un criminal. El hombre con las manchas de inmediato se apoderó del señor Judson, lo echó al suelo, y sacó la cuerda pequeña, el instrumento de tortura. Lo tomé del brazo: «Deténgase», le dije, «le daré dinero». «Arréstala también a ella», dijo el oficial; «también es extranjera». El señor Judson, con una mirada implorante, rogó que me dejaran hasta que recibieran nuevas órdenes. La escena era ahora chocante más allá de toda descripción. »Todo el vecindario se había reunido los albañiles trabajando en la casa de ladrillos tiraron las herramientas y corrieron los niñitos birmanos estaban chillando y llorando los criados

bengalíes se quedaron inmóviles al ver las indignidades cometidas contra su patrón y el endurecido verdugo, con gozo infernal, apretó las cuerdas, atando firmemente al señor Judson, y lo arrastró, no sabia yo a dónde. En vano rogué y supliqué a aquella cara manchada que tomara la plata y que aflojara las cuerdas, sino que escarneció mis ofrecimientos, y se fue de inmediato. Sin embargo, di dinero a Mounglng para que los siguiera, y volviera a intentar mitigar la tortura del señor Judson; pero en lugar de tener éxito, cuando se vieron a una distancia de la casa, aquellos insensibles hombres volvieron a echar al preso en tierra, y apretaron aún más las cuerdas, de manera que casi le impedían respirar. «El oficial y su grupo se dirigieron a la corte de justicia, donde estaban reunidos el gobernador de la ciudad y los oficiales, uno de los cuales leyó la orden del rey que el señor Judson fuera echado en la prisión de muerte, a la que pronto fue echado, la puerta cerrada y Moung Ing no vio ya más. ¡Qué noche fue aquella! Me retiré a mi habitación, y traté de lograr consuelo presentando mi causa a Dios, e implorando fortaleza y fuerzas para sufrir lo que me esperara. Pero no me fue concedido mucho tiempo el consuelo de la soledad, porque el magistrado del lugar había venido a la galería, y me estaba llamando para que saliera y me sometiera a su interrogatorio. Pero antes de salir destruí todas mis cartas, diarios y escritos de todo tipo, por si revelaban el hecho de que teníamos corresponsales en Inglaterra, y donde yo había registrado todos los acontecimientos desde nuestra llegada al país. Cuando hube terminado esta obra de destrucción, salí y me sometí al interrogatorio del magistrado, que indagó de manera muy detallada acerca de todo lo que yo sabia; luego ordenó que fueran cerrados los portones de las instalaciones, que no se permitiera entrar ni salir a nadie, puso una guardia de diez esbirros, a los que les dio orden estricta de guardarme con seguridad, y se fue. »Era ya oscuro. Me retiré a una estancia interior con mis cuatro pequeñas niñas birmanas, y atranqué las puertas. El guarda me ordenó en el acto desatrancar las puertas y que saliera, o derribarían la casa. Me negué obstinadamente a obedecer, y conseguí intimidarlos amenazándolos con quejarme de su conducta ante más altas autoridades por la mañana. Al ver que estaba decidida a no hacer caso de sus órdenes, tomaron los dos criados bengalíes, y los pusieron en cepos en una posición muy dolorosa. No pude soportar esto; llamé al cabo desde la ventana, y les dije que les haría un presente por la mañana a todos ellos si soltaban a los criados. Después de muchas discusiones y de muchas severas amenazas consintieron, pero parecían decididos a irritarme tanto como fuera posible. Mi estado desprotegido y desolado, mi total incertidumbre acerca de la suerte del señor Judson, y las terribles juergas y el lenguaje casi diabólico de la guardia, todo ello se unió para hacer de aquella con mucho la noche más angustiosa que jamás haya pasado. Puedes bien imaginar, querido hermano mío, que el sueño huyó de mis ojos, y de mi mente la paz y la compostura. »A la mañana siguiente, envié a Moung Ing para que supiera la situación de tu hermano, y que le diera alimentos, si todavía vivía. ¡Pronto volvió, con las noticias de que el señor Judson, y todos los extranjeros blancos, estaban encerrados en la cárcel de muerte, con tres pares de cadenas de hierro, y atado a una larga estaca, para impedir que se movieran! Mi motivo de angustia era ahora que yo misma era prisionera, y que no podía hacer nada por la liberación de los misioneros. Rogué y supliqué al magistrado que me permitiera ir a algún miembro del gobierno para defender mi causa; pero él me dijo que no osaba consentir, por temor de que yo huyera. Luego escribí a una de las hermanas del rey, con quien había tenido una estrecha amistad, pidiéndole que empleara su influencia para la liberación de los maestros. La nota fue devuelta con este mensaje: Ella «no lo comprendía», lo que era una cortés negativa a interferir; luego supe que había estado deseosa de ayudarnos, pero que no se atrevió por causa de la reina.

El día fue pasando lentamente, y tenía ante mi otra terrible noche. Traté de suavizar los sentimientos de la guardia dándoles té y cigarros para la noche, de modo que me permitieron permanecer en mi estancia sin amenazarme como lo hicieron la noche anterior. Pero la idea de que tu hermano estuviera estirado en un duro suelo en hierros y encerrado perseguía mi mente como un espectro, y me impidió dormir con tranquilidad, aunque estaba casi agotada. »Al tercer día envié un mensaje al gobernador de la ciudad, que tiene toda la dirección de las cuestiones carcelarias, para que me permitiera visitarlo con un presente. Esto tuvo el efecto deseado, y de inmediato envió orden a los guardias para que me permitieran ir a la ciudad. El gobernador me recibió agradablemente, y me preguntó qué deseaba. Le presenté la situación de los extranjeros, y en panicular la de los americanos, que eran extranjeros y que nada tenían que ver con la guerra. Me dijo que no estaba en su mano liberarlos de la cárcel, pero que podría hacer más cómoda su situación; había su oficial jefe, a quien tenía que consultar acerca de los medios. El oficial, que resultó ser uno de los escritores de la ciudad, y cuyo rostro presentaba a simple vista el más perfecto conjunto de pasiones unidas a la naturaleza humana, me llevó aparte, y trató de convencerme de que tanto yo como los prisioneros estábamos totalmente a su merced, que nuestro futuro bienestar iba a depender de la generosidad de nuestros presentes, y que estos tenían que ser dados de manera secreta, sin que lo supiera funcionario alguno del gobierno. «¿Qué debo hacer para mitigar los sufrimientos actuales de los dos maestros?», le pregunté. «Págueme doscientos tickals (alrededor de cien dólares), dos piezas de tejido fino, y dos piezas de pañuelos». Yo había tomado dinero por la mañana, siendo que nuestra casa estaba a dos millas de la cárcel, y no podría volver fácilmente. Le ofrecí este dinero al escritor, y le rogué que no me apremiara con los otros artículos, por cuanto no disponía de ellos. El dudó por cierto tiempo, pero temiendo perder de vista tanto dinero, decidió tomarlo, prometiendo aliviar a los maestros de su penosa situación. »Luego conseguí una orden del gobernador para poder ser admitida en la prisión; pero las sensaciones producidas por mi encuentro con tu hermano en aquella situación terrible, horrenda, y la escena patética que siguió, no trataré de describirías. El señor Judson se arrastró hacia la puerta de la celda porque nunca se nos permitió entrar y me dio algunas instrucciones acerca de su liberación; pero antes de poder hacer ningún arreglo, aquellos endurecidos carceleros, que no podían soportar vernos gozar del mísero consuelo de vernos en aquel tétrico lugar, me ordenaron salir. En vano alegué la orden del gobernador para ser admitida; de nuevo repitieron, con dureza, «Vete, o te echamos fuera». Aquella misma noche, los misioneros, junto con los otros extranjeros, que habían pagado una suma igual, fueron sacados de la cárcel común, y encerrados en un cubierto abierto del recinto de la prisión. Aquí se me permitió mandarles alimentos y esteras sobre las que dormir; pero no se me permitió volver a entrar por varios días. »Mi siguiente objeto fue lograr presentar una petición a la reina; pero al no admitirse en palacio a nadie que estuviera en desgracia con su majestad, intenté presentarla por medio de la mujer de su hermano. La había visitado en mejores tiempos, y había recibido particulares marcas de su favor. Pero los tiempos habían cambiado: el señor Judson estaba en prisión, y yo angustiada, lo que era suficiente razón para que me recibiera fríamente. Llevé un presente de valor considerable. Ella estaba recostada en su alfombra cuando yo entré, y tenía a sus damas junto a ella. No esperé la pregunta usual hecha a un suplicante, «¿Qué queréis?», sino que de manera abierta, con voz intensa pero respetuosa, le expuse nuestra angustia y los males que nos habían sido hechos, y le rogué su ayuda. Ella levantó la cabeza un poco, abrió el presente que le había traído, y contestó fríamente: «Tu caso no es cosa desusada; todos los extranjeros reciben el mismo trato.» «Pero si es desusado,» le dije: «Los maestros son americanos, son ministros de

religión, y nada tienen que ver ni con la guerra ni con política. Nunca han hecho nada que merezca tales tratos; ¿y es justo tratarlos así?» «El rey hace lo que le place», dijo ella; «yo no soy el rey, ¿qué puedo hacer yo?» «Podríais presentar su causa al rey, y conseguir su liberación», le contesté. «Poneos en mi situación; si vos estuvierais en América, y vuestro marido, inocente de cualquier crimen, fuera echado en la cárcel, en hierros, y vos una solitaria mujer sin protección, ¿qué haría?» «Con un ligero sentimiento en su voz, dijo: «presentaré su petición, vuelva mañana». Volví a casa con considerables esperanzas de que estaba a mano la pronta liberación de los misioneros. Pero al siguiente día fueron tomadas las propiedades del señor Couger, con un valor de cincuenta mil dólares, y llevadas a palacio. Los oficiales, a su regreso, me informaron educadamente que deberían visitar nuestra casa al día siguiente. Me sentí agradecida por esta información, y por ello hice preparativos para recibirlos escondiendo tantos artículos pequeños como fuera posible, junto con una considerable cantidad de plata, porque sabia que si la guerra se prolongaba nos veríamos en serio peligro de morir de hambre sin ella. Pero mi mente estaba terriblemente agitada, por si esto se descubría me echarían a mí en la cárcel. Y si me hubiera sido posible conseguir dinero de algún otro lugar, no me habría arriesgado a tomar este paso. »Por la mañana siguiente, el tesorero real, Príncipe Tharyawadis, el Jefe Wun, y Koung- tone Myu-tsa, que fue en el futuro nuestro firme amigo, acompañados por cuarenta o cincuenta seguidores, para tomar posesión de todo lo que teníamos. Los traté con cortesía, les di sillas para que se sentasen, y té y dulces para su refrigerio; y la justicia me obliga a decir que llevaron a cabo la actividad de la confiscación con más consideración hacia mis sentimientos que los que hubiera pensado que podían exhibir los funcionarios birmanos. Solo entraron los tres oficiales a la casa; sus acompañantes recibieron orden de esperar fuera. Vieron que estaba profundamente afectada, y pidieron excusas por lo que iban a hacer, diciendo que les sabia mal tomar posesión de una propiedad que no era de ellos, pero que estaban obligados a hacerlo por orden del rey. »¿Dónde están su plata, su oro y sus joyas?» preguntó el tesorero real. «No tengo oro ni joyas; pero aquí tienen la llave de un baúl que contiene la plata-hagan lo que les parezca». Selló el baúl, y fue pesada la plata. «Este dinero», dije yo, «fue recogido en América por los discípulos de Cristo, y enviado aquí con cl propósito de edificar un kyoung (el nombre de una casa de un sacerdote) y para nuestro sustento mientras enseñamos la religión de Cristo. ¿Es apropiado que se lo lleven?» (Los birmanos son adversos a tomar lo que está dedicado desde una voluntad religiosa, lo que me hizo preguntarles esto.) «Manifestaremos estas circunstancias al rey», dijo uno de ellos, «y quizá lo restaurará. Pero ¿ésta es toda la plata que tiene?» Yo no podía mentirles. «La casa está en manos de ustedes,» les contesté, «busquen por ustedes mismos». «¿No habéis depositado plata con alguna persona conocida?» «Mis conocidos están todos en la cárcel. ¿Con quién podría depositar plata?» »Acto seguido, ordenaron examinar mi baúl y mis cajones. Sólo permitieron al secretario acompañarme en este registro. Todo lo bonito curioso que atraía su atención era presentado a los oficiales, para su decisión acerca de si había de ser tomado o dejado. Rogué que no se llevaran nuestros vestidos, porque sería deshonroso tomar ropas ya usadas en posesión de su majestad, y que para nosotros eran de enorme valor. Asintieron a esto, y se llevaron sólo una lista, y lo mismo hicieron con los libros, medicinas, etc. Rescaté de sus manos mi pequeña mesa de trabajo y mecedora, en parte con artificios y en parte por su ignorancia. También dejaron muchos artículos que fueron de gran valor durante nuestro largo encierro. »Tan pronto como hubieron terminado su registro y se hubieron ido, me apresuré a ver al hermano de la reina, para saber cuál había sido la suerte de mi petición, pero ¡ay!, todas mis esperazas quedaron aplastadas por las frías palabras de su mujer, diciendo: «Presente su causa a

la reina; pero su majestad contestó: Los maestros no morirán; que se queden como están. Mis expectativas habían estado tan elevadas que esta sentencia fue como el fragor de un trueno para mis sentimientos. Porque la verdad se me hizo evidente de que si la reina rehusaba ayudar, ¿quién osaría interceder por mí? Con el corazón oprimido, me fui, y de camino a casa traté de entrar a la prisión, para comunicar las tristes nuevas a tu hermano, pero me rehusaron ásperamente la entrada. Intentamos comunicamos por escrito, y después de haberlo logrado por varios días, se descubrió; el pobre hombre que llevaba las comunicaciones fue azotado y puesto en el cepo; y esta circunstancia me costó unos diez dólares, además de dos o tres días de agonía, por temor a las consecuencias. »Los oficiales que habían tomado posesión de nuestras propiedades se las presentaron a su majestad, diciendo: «Judson es un verdadero maestro; nada encontramos en su casa excepto lo que pertenece a los sacerdotes. Además de este dinero, había una gran cantidad de libros, medicinas, baúles con vestimentas, de lo que sólo hemos hecho una lista. ¿Lo tomaremos, o lo dejaremos?» «Que sea dejado», dijo el rey, «y pon estas propiedades aparte, porque le serán restauradas si es hallado inocente». Esta era una alusión a la idea de que fuera un espía. »Durantc los dos o tres meses siguientes estuve sujeta a continuos hostigamientos, en parte debido a mi ignorancia de la manera de hacer de la policía, y en parte por el insaciable deseo de cada suboficial para enriquecerse por medio de nuestro infortunio. »Tú, mi querido hermano, que sabes mi intensa adhesión hacia mis amigos, y cuánto placer he experimentado hasta aquí en los recuerdos, podrás juzgar por las circunstancias expuestas cuán intenso era mi sufrimiento. Pero el punto culminante de mi angustia residía en la terrible incertidumbre acerca de nuestra suerte final. Mi opinión dominante era que mi marido sufriría una muerte violenta, y que yo, naturalmente, vendría a ser una esclava y languidecer una miserable aunque breve existencia en manos de algún monstruo sin sentimientos. Pero los consuelos de la religión, en estas circunstancias tan duras, no fueron «pequeñas ni pocas». Me enseñó a mirar más allá de este mundo, a aquel reposo de paz y dicha, donde Jesús reina, y donde nunca entra la opresión. »Algunos meses después del encarcelamiento de tu hermano, me permitieron hacer una pequeña habitación de bambú en los recintos de la prisión, y donde se me permitía pasar a veces dos o tres horas. Sucedió que los dos meses que pasó en este lugar fueron los más fríos del año, cuando hubiera sufrido mucho en el cubierto abierto que ocupaba antes. Después de nacer tu sobrinita, me fue imposible visitar la cárcel y al gobernador como antes, y descubrí que había perdido la considerable influencia conseguida antes; porque ya no estaba tan bien dispuesto a oírme cuando había alguna dificultad, como antes. Cuando María tenía casi dos meses, su padre me envió recado una mañana de que todos los presos blancos habían sido puestos en la cárcel más interior, con cinco pares de cadenas cada uno, que su pequeña habitación había sido destrozada, y que los carceleros se habían llevado su estera, cojín, etc. Esto fue para mi una sacudida terrible, porque pensé en el acto que era sólo un anuncio de peores males. »La situación de los presos era ahora angustiosa más allá de toda descripción. Era el comienzo de la época estival. Había alrededor de cien presos encerrados en una estancia, sin aire excepto por unas grietas en los tablones. A veces me daban permiso para acudir a la puerta por cinco minutos, y mi corazón se encogía ante la miseria que contemplaba. Los presos blancos, debido a su sudoración incesante y a la pérdida de apetito, parecían más muertos que vivos. Hice ruegos diarios al gobernador, ofreciéndole dinero, pero lo rehusaba; todo lo que conseguí fue permiso para que los extranjeros comieran su alimento fuera, y esto prosiguió durante muy poco tiempo.

»Después de continuar en la prisión interior durante más de un mes, tu hermano cayó enfermo de fiebres. Sentía la certeza de que no viviría mucho tiempo, a no ser que fuera sacado de aquel lugar pestilente. Para lograrlo, y a fin de estar cerca de la cárcel, me marché de nuestra casa y puse una pequeña estancia de bambú en el recinto del gobernador, que estaba casi delante de la verja de la prisión. Desde aquí rogué incesantemente al gobernador que me diera una orden para sacar al señor Judson fuera de la prisión grande y ponerlo en situación más cómoda; el anciano, cansado al final de mis ruegos, me dio finalmente la orden en un documento oficial; también dio orden al carcelero jefe para permitirme entrar y salir, a todas las horas del día, para administrarle medicinas. Ahora me sentía dichosa, ciertamente, e hice que el señor Judson fuera en el acto llevado a una pequeña choza de bambú, tan baja que ninguno de los dos podía estar derecho dentro de ella pero era un palacio en comparación con el lugar que había dejado.


Traslado de los presos a Oung-pen-la— señora Judson los sigue:


»A pesar de la orden que el gobernador había dado para mi admisión en la cárcel, fue con la mayor dificultad que pude persuadir al sub carcelero que abriera la verja. Solía llevar yo misma la comida para el señor Judson, para poder entrar, y luego me quedaba una o dos horas, a no ser que me echaran. Habíamos disfrutado de esta cómoda situación sólo dos o tres días cuando una mañana, habiendo entrado el desayuno del señor Judson, el cual, debido a la fiebre, no pudo tomar, me quedé más tiempo de lo usual; entonces el gobernador mandó llamarme con mucho apremio. Le prometí volver tan pronto como supiera cuáles eran los deseos del gobernador, siendo que él estaba muy alarmado ante este insólito mensaje. Me sentí por tanto agradablemente aliviada cuando el gobernador me dijo que sólo me quería preguntar acerca de su reloj de pulsera, y pareció inusitadamente placentero y conversador. Después descubrí que su única intención había sido retenerme hasta que terminara la terrible escena que estaba a punto de tener lugar en la cárcel. Porque cuando lo dejé para ir a mi estancia, uno de los criados vino corriendo, y con rostro empalidecido me dijo que todos los presos blancos estaban siendo trasladados. »No quería creer la información, pero en el acto fui de vuelta al gobernador, que me dijo que acababa de saberlo, pero que no quería decírmelo. Salí precipitadamente a la calle, esperando poder tener un atisbo de ellos antes que desaparecieran de mi vista, pero en vano. Corrí primero a una calle, luego a otra, preguntando a todos los que vela, pero nadie me quería responder. Finalmente, una anciana me dijo que los presos blancos se habían dirigido al riachuelo; porque habían de ser llevados a Amarapora. Luego fui corriendo a la ribera del riachuelo, que estaba a una media milla, pero no los encontré. Luego volví a ver al gobernador, para preguntarle la causa de este traslado, y la probabilidad de su suerte futura. El anciano me aseguró que desconocía la intención del gobierno de trasladar a los presos hasta aquella mañana. Que desde que yo me había ido, él se había enterado que los presos habían sido enviados a Amarapora; pero no sabía con qué propósito. «Enviaré a un hombre de inmediato para ver qué es lo que debe hacerse con ellos. No puede hacer nada más por su marido», prosiguió él: Tenga cuidado de usted misma. »Nunca antes había sentido tanto temor al atravesar las calles de Ava. Las últimas palabras del gobernador, «Tenga cuidado de usted misma», me hacían sospechar que había algún designio que yo desconocía. Vi también que tenía miedo de hacerme ir por las calles, y me aconsejó que esperara hasta que fuera oscuro, y me enviaría en un carro, y un hombre para abrir las puertas. Tomé dos o tres baúles con los artículos más valiosos, junto con el baúl de las

medicinas, para depositarIo todo en casa del gobernador; y después de confiar la casa y las instalaciones a nuestro fiel Moung Ing y a un criado bengalí, que continuaba con nosotros (aunque no podíamos pagarle su sueldo), me despedí, como entonces pensaba probable, para siempre de nuestra casa en Ava. »El día era terriblemente caluroso, pero obtuvimos un barco cubierto, en el que estábamos tolerablemente cómodos, y llegamos hasta unas dos millas de la casa de gobierno. Luego me procuré un carro; pero las violentas sacudidas, junto con el terrible calor y el polvo, casi me enajenaron. ¡Y cuál fue mi frustración cuando llegué al edilicio de la corte de justicia, y descubrí que los presos habían sido ya enviados fuera hacía dos horas, y que tenía que ir de manera tan incómoda cuatro millas más con la pequeña María en mis brazos, a la que había sostenido todo el camino desde Ava! El carretero rehusó proseguir, y después de esperar una hora bajo el ardiente sol, conseguí otro, y me dirigí hacia aquel lugar que jamás podré olvidar, Oung-pen-la. Obtuve un guía de parte del gobernador, y me condujeron directamente al patio de la prisión. »¡Pero qué escena de miseria vi delante de mis ojos! La cárcel era un viejo edificio en ruinas, sin tejado; la valla estaba totalmente destruida; ocho o diez birmanos estaban encima del edilicio, tratando de hacer algo semejante a un refugio con las hojas, mientras que bajo una pequeña protección fuera de la cárcel se encontraban los extranjeros, encadenados juntos de dos en dos, casi muertos de sufrimiento y cansancio. Las primeras palabras de tu hermano fueron: «¿Por qué has venido? Esperaba que no me seguirías, porque no puedes vivir aquí». »Había oscurecido ahora. No tenía refrigerio para los sufrientes presos ni para mí misma, por cuanto había esperado conseguir todo lo necesario en el mercado de Amarapora, y no tenía refugio para la noche. Le pedí a uno de los carceleros si podía levantar una pequeña casa de bambú cerca de los presos; «No, no es la costumbre», me respondió él. Entonces le rogué que me procurara un refugio para la noche, y por la mañana me buscaría un alojamiento. Me llevó a su casa, en la que sólo había dos estancias pequeñas; en una vivía él con su familia; la otra, que estaba entonces medio llena de grano, me la ofreció; y en aquella sucia habitacioncilla pasé los siguientes seis meses de miseria. Conseguí algo de agua medio hervida, en lugar de mi té, y vencida por la fatiga me eché sobre una estera extendida sobre el arroz, y traté de tener algo de descanso durmiendo. A la mañana siguiente tu hermano me contó lo que sigue acerca del brutal tratamiento que había recibido al ser sacado de la cárcel. »Tan pronto como hube salido por la llamada del gobernador, uno de los carceleros se precipitó a la pequeña estancia del señor Judson, lo tomó violentamente del brazo, lo sacó afuera, lo desnudó de su ropa excepto por la camisa y los pantalones, tomó sus zapatos, y sombrero y toda su ropa de cama, le quitó las cadenas, le ató una cuerda alrededor de la cintura, lo arrastró a la casa del tribunal, adonde habían sido antes llevados los otros presos. Fueron luego atados de dos en dos y entregados en manos del Lamine Wun, que fue delante de ellos a caballo, mientras sus esclavos conducían a los presos, sosteniendo cada esclavo una cuerda que ataba a dos presos juntos. Esto sucedió en mayo, uno de los meses más calurosos del año, y a las once de la mañana, con lo que el sol era verdaderamente intolerable. »Habían caminado sólo media milla cuando los pies de tu hermano quedaron llenos de ampollas, y tan grande era su agonía, incluso en una etapa tan temprana del viaje, que al pasar el riachuelo anhelaba echarse al agua para librarse de sus sufrimientos. Sólo se lo impidió la culpa unida a tal acción. Les quedaban ocho millas de camino. La arena y la grava eran como carbones encendidos para los pies de los presos, que pronto quedaron despellejados; en este mísero estado fueron azuzados por sus implacables conductores. El estado de debilidad del señor Judson, a

causa de la fiebre, y al no haber tomado alimentos por la mañana, lo hacia menos capaz de soportar aquellas dificultades que los otros presos. »A medio camino se detuvieron para beber, y tu hermano le rogó al Lamine Wun que le permitiera ir en su caballo por una o dos millas, porque no podía seguir en aquel terrible estado. Pero la única contestación que recibió fue una mirada maligna. Luego le pidió al Capitán Laird, que estaba atado con él, que le permitiera sostenerse en su hombro, porque se estaba derrumbando. Esto se lo concedió aquel gentil hombre por una o dos millas, pero luego encontró insoportable aquella carga añadida. Justo entonces se acercó a ellos el criado bengalí del señor Gouger, y viendo la angustia de tu hermano, se sacó su turbante, que estaba hecho de tejido, lo partió en dos, dio la mitad a su amo, y la mitad al señor Judson, que en el acto lo usó para vendar sus pies heridos, porque no se les permitía descansar ni un momento. El siervo ofreció entonces su hombro al señor Judson, y asi le llevó el resto del camino. »El Lamine Wun, al ver el estado lastimoso de los presos, y que uno de ellos había muerto, decidió que no proseguirían más aquella noche, pues si no hubieran seguido hasta llegar a Oung-pen-la aquel mismo día. Ocuparon un pequeño cubierto aquella noche para descansar, pero sin estera ni cojín, ni nada para cubrirse. La curiosidad de la mujer del Lamine Wun la indujo a visitar a los presos, cuyos sufrimientos suscitaron su compasión, y ordenó que se les diera algo de fruta, azúcar y tamarindos para alimentarlos. A la mañana siguiente se les preparó arroz, y pobre como era este alimento, fue para refrigerio de los presos, que el día anterior casi no habían tenido alimento alguno. También se prepararon carros para llevarlos, porque ninguno de ellos podía caminar Durante todo este tiempo los extranjeros desconocían totalmente qué iba a suceder con ellos; cuando llegaron a Oung-pen-la y vieron el estado de mina de la cárcel, todos, unánimes, llegaron a la conclusión de que iban a ser quemados, según un rumor que antes había circulado por Ava. Todos comenzaron a prepararse para el terrible fin que esperaban, y no fue hasta que vieron preparativos para reparar la cárcel que comenzaron a perder la terrible certidumbre de una muerte cruel y lenta. Mi llegada tuvo lugar una o dos horas después de esto. »A la mañana siguiente me levanté y traté de encontrar algo de comida. Pero no había mercado, y no se podía conseguir nada. Sin embargo, uno de los amigos del doctor Price había traído algo de arroz frío y de curry desde Amarapora, lo que, junto con una taza de té del señor Lansago, sirvió de desayuno para los presos; para comer, hicimos un curry de pescado salado seco, que había traído un criado del señor Couger Todo el dinero que tenía en este mundo lo había traído conmigo, escondido por mis vestidos; así que podrás juzgar cuáles eran nuestras perspectivas en caso de que la guerra se prolongara mucho. Pero nuestro Padre celestial demostró ser mejor para nosotros que nuestros temores, porque, a pesar de las constantes extorsiones de los carceleros durante los seis meses que estuvimos en Oung-pen-la, y de las frecuentes carencias a las que estuvimos sometidos, nunca sufrimos realmente por falta de dinero, aunque sí frecuentemente por falta de provisiones, que no podíamos procuramos. »Aquí en este lugar comenzaron mis sufrimientos físicos personales. Mientras tu hermano estaba encerrado en la prisión de la ciudad, me habían permitido quedarme en nuestra casa, donde me quedaban muchas comodidades, y donde mi salud había continuado buena más allá de todas las expectativas. Pero ahora no tenía yo ninguna comodidad; ni siquiera una silla ni asiento de tipo alguno, excepto el suelo de bambú. La misma mañana después de mi llegada, Mary Hasseltine cayó enferma de viruela, de manera normal. Ella, aunque era muy joven, era la única ayuda de que yo disponía para cuidar a la pequeña María. Pero ella demandaba ahora todo el tiempo que yo podía dedicarle al señor Judson, que seguía con fiebre en la cárcel, y cuyos pies estaban tan terriblemente estropeados que durante varios días fue incapaz de moverse.

»No sabia qué hacer, porque no podía conseguir asistencia de los vecinos, ni medicina para los enfermos, sino que estaba todo el día yendo de la casa a la cárcel con la pequeña María en brazos. A veces me sentía muy aliviada dejándola durmiendo durante una hora al lado de su padre, mientras volvía a casa para cuidarme de Mary, que tenía una fiebre tan alta que deliraba. Estaba tan cubierta de viruela que no se distinguía entre las pústulas. Como estaba en la misma habitación que yo, sabia que María se contagiaría. Por ello, se la inoculé de otro niño, antes que la de Mary llegara al estado de ser contagiosa. Al mismo tiempo inoculé a Abby y a los niños del carcelero, y todos la tuvieron tan leve que ni interrumpió sus juegos. Pero la inoculación en el brazo de mi pobre pequeña María no prendió; se contagió de Mary, y la sufrió de manera normal. Entonces sólo tenía tres meses y medio, y habría sido una niña muy saludable; pero tardó tres meses antes de recuperarse totalmente de los efectos de esta terrible enfermedad. »Recordarás que yo nunca había tenido la viruela, sino que había sido vacunada antes de salir de América. Como consecuencia de estar expuesta tanto tiempo a ella, se me formaron casi cien pústolas, aunque sin síntomas previos de fiebre, etc. Al tener los niños del carcelero la enfermedad en forma tan leve, como consecuencia de la inoculación, mi fama se extendió por todo el pueblo, y me trajeron a todos los niños, pequeños y mayores, que aún no la habían tenido, para que los inoculara. Y aunque yo no sabia nada de la enfermedad, ni la forma de tratarla, los inoculé a todos con una aguja, y les mandé que tuvieran cuidado con sus comidas; éstas fueron todas las instrucciones que les pude dar. El señor Judson fue mejorando de salud, y se encontró mucho más cómodamente situado que cuando estaba en la prisión de la ciudad. »Los presos fueron al principio encadenados de dos en dos; pero tan pronto como los carceleros pudieron conseguir suficientes cadenas, fueron separados, y cada preso tuvo sólo dos cadenas. La cárcel fue reparada, se hizo una nueva valla, y se erigió un gran y aireado cubierto delante de la cárcel, en donde se les permitía estar a los presos durante el día, aunque eran encerrados en la pequeña y atestada cárcel por la noche. Todos los niños se recuperaron de la viruela; pero mis velas y mi fatiga, junto con mi pobre comida, y más mísero alojamiento, trajo sobre mi una de las enfermedades del país, que casi siempre es fatal para los extranjeros. »Mi constitución parecía destruida, y en pocos días quedé tan debilitada que apenas si podía caminar a la prisión del señor Judson. En este estado debilitado, mc dirigí en carro a Ava para conseguir medicinas, y algún alimento apropiado, dejando al cocinero para que tomara mi lugar. Llegué sana y salva a casa, y durante dos o tres días la enfermedad parecía detenida; después de ello me volvió a atacar violentamente, de manera que no me quedaron esperanzas de recuperarme; mi ansiedad era ahora volver a Oung-pen-la para morir cerca de la prisión. Fue con gran dificultad que recuperé el baúl de medicinas de manos del gobernador, y entonces no tuve a nadie para administrar medicinas. Sin embargo, conseguí láudano, y tomando dos gotas cada vez durante varias horas, me detuvo la enfermedad hasta el punto de posibilitarme subir a bordo de un barco, aunque tan débil que no podía mantenerme en pie, y de nuevo me dirigí a Oung-pen- Ta. Las últimas cuatro horas del viaje fueron penosas, en carro, y en medio de la estación lluviosa, cuando el fango casi entierra a los bueyes. Para que te formes una idea de un carro birmano, te diré que sus ruedas no están construidas como las nuestras, sino que son simplemente tablones redondos gruesos con un agujero en medio, a través del que pasa una estaca que sostiene la plataforma. »Apenas si llegué a Oung-pen-la cuando pareció corno si se hubieran agotado todas mis fuerzas. El buen cocinero nativo salió a ayudarme a entrar a la casa, pero mi apariencia estaba tan alterada y demacrada que el pobre hombre prorrumpió en llanto al verme. Me arrastré sobre la estera en la pequeña estancia, en la que estuve encerrada durante más de dos meses, y nunca

me recuperé perfectamente hasta que llegué al campamento inglés. En este período, cuando me vi incapaz de cuidarme a mi misma, o de cuidar al señor Judson, los dos hubiéramos muerto, si no hubiera sido por el fiel y afectuoso cuidado de nuestro cocinero bengalí. Un cocinero bengalí normal no está dispuesto a hacer nada más que la actividad simple de cocinar; pero pareció olvidar su casta, y casi sus propias necesidades, en sus esfuerzos por salvarnos. Procuraba, cocinaba y llevaba la comida de tu hermano, y luego volvía y se cuidaba de mí. He sabido que frecuentemente no tomaba comida hasta el anochecer, a causa de tener que ir tan lejos para conseguir leña y agua, y a fin dé tener la comida del señor Judson lista a la hora acostumbrada. Nunca se quejó; nunca pidió su paga, y nunca lo dudó un instante por ir a donde fuera, ni por actuar de la manera que deseáramos. Tengo gran agrado en hablar de la fiel conducta de este criado, que sigue estando con nosotros, y confío en que ha sido bien recompensado por sus servicios. »Nuestra pequeña María fue la que más sufrió en este tiempo, al privarla mi enfermedad de su alimento usual, y no pudimos conseguir ni una nodriza ni una gota de leche en el pueblo; haciendo presentes a los carceleros, conseguí permiso para que el señor Judson saliera de la cárcel y llevara a la demacrada pequeña por el pueblo, para rogar algo de aliento de aquellas madres que tuvieran pequeños. Sus lloros en medio de la noche eran para partir el corazón, pero era imposible suplir sus necesidades. Ahora comencé a pensar que habían caído sobre mí las aflicciones de Job. Cuando estaba con salud pude soportar las varias vicisitudes y pruebas que fui llamada a soportar. Pero estar encerrada enferma e incapaz de ayudar a mis seres queridos, cuando estaban angustiados, era casi más de lo que podía sobrellevar; y si no hubiera sido por los consuelos de la religión, y por una convicción total de que cada prueba adicional estaba ordenada por un amor y una misericordia infinitos, me hubiera hundido ante la acumulación de sufrimientos. A veces nuestros carceleros parecían algo suavizados ante nuestros sufrimientos, y durante varios días dejaron que el señor Judson viniera a casa, lo que era para mi un indecible consuelo. Luego volvían a mostrarse con un duro corazón en sus exigencias corno si estuviéramos libres de sufrimientos, y en circunstancias de abundancia. La irritación, las extorsiones, y las opresiones a las que nos vimos sometidos durante nuestros seis meses de estancia en Oung-pen-la están más allá de toda enumeración o descripción. »Finalmente llegó el tiempo de nuestra liberación de aquel odioso lugar, la cárcel de Oung-pen-la. Llegó un mensajero de nuestro amigo, el gobernador de la puerta norte de palacio, que era anteriormente Kung-tone, Myou-tsa, informándonos que se había dado una orden en palacio, la noche anterior, para la liberación del señor Judson. Aquella misma noche llegó una orden oficial; y con el corazón gozoso comencé a preparar nuestra partida para la siguiente mañana. Pero hubo un estorbo imprevisto, que nos hizo temer que yo debiera continuar siendo retenida como prisionera. Los avariciosos carceleros, mal dispuestos a perder su presa, insistieron en que mi nombre no estaba incluido en la orden, y que yo no debía partir. En vano insistí en que yo no había sido enviada allí como presa, y que ellos no tenían autoridad alguna sobre mí; siguieron decididos a que no me fuera, y prohibieron a los del pueblo que me dejaran un carro. El señor Judson fue entonces sacado de la cárcel, y llevado a la casa del carcelero, donde, con promesas y amenazas, consiguió finalmente su consentimiento, a condición que dejáramos la parte restante de nuestras provisiones que habíamos recibido recientemente de Ava. Era mediodía cuando nos permitieron partir. Cuando llegamos a Amarapora, el señor Judson se vio obligado a seguir la conducción del carcelero, que lo llevó al gobernador de la ciudad. Tras haber hecho todas las indagaciones pertinentes, el gobernador designó otra guardia, que llevó al

señor Judson al tribunal de Ava, lugar al que llegó en algún momento de la noche. Yo emprendí mi propio viaje, torné un barco, y llegué a casa antes de hacerse oscuro. »Mi primer objeto a la mañana siguiente fue ir a buscar a tu hermano, y tuve la mortificación de encontrarlo de nuevo en prisión, aunque no la prisión de muerte. Fui de inmediato a ver a mi antiguo amigo el gobernador de la ciudad, que ahora había ascendido al rango de Wun-gye. Este me informó que el señor Judson dcbía ser enviado al campamento birmano, para actuar como traductor e intérprete, y que estaba confinado sólo durante un tiempo, mientras se solucionaran sus asuntos. Temprano a la mañana siguiente fui a ver de nuevo a este oficial, que me dijo que en aquellos momentos el señor Judson había recibido veinte tickals del gobierno, con órdenes de ir inmediatamente a un barco dirigido a Maloun, y que le había dado permiso para detenerse unos momentos en la casa, que le tomaba de camino. Me apresuré a ir de nuevo a la casa, adonde pronto llegó el señor Judson. Pero sólo se le permitió quedarse un breve tiempo, mientras yo le preparaba comida y ropa para uso futuro. Fue puesto en una barca pequeña, donde no tenía sitio ni para tumbarse, y donde su exposición a las frías y húmedas noches le causó una violenta fiebre, que casi puso fin a todos sus sufrimientos. Llegó a Maloun al tercer día, donde, enfermo como estaba, fue obligado a comenzar de inmediato el trabajo de traducir. Se quedó seis semanas en Maloun, sufriendo tanto como había sufrido durante el tiempo en que había estado encarcelado, aunque no estaba puesto en hierros, ni expuesto a los vejámenes de aquellos crueles carceleros. »Durante la primera quincena después de su partida, mi ansiedad fue menor que la que había sufrido en el tiempo anterior, desde el comienzo de nuestras dificultades. Sabía que los oficiales birmanos en el campamento considerarían invaluables los servicios del señor Judson, de manera que no emplearían medidas que amenazasen su vida. Pensé también que su situación sería más cómoda de lo que realmente fue; por esto mi ansiedad fue menor. Pero mi salud, que nunca se había recuperado desde aquel violento ataque en Oung-pen-la, fue ahora disminuyendo a diario, hasta que caí en la fiebre con manchas, con todos sus horrores. Sabía la naturaleza de esta fiebre desde su comienzo, y a causa del pobre estado de mi constitución, junto con la ausencia de asistentes médicos, estaba convencida de que el desenlace sería fatal. El día que caí enferma, vino una nodriza birmana y ofreció sus servicios para María. Esta circunstancia me llenó de gratitud y confianza en Dios; porque aunque había hecho tantos esfuerzos durante tanto tiempo por conseguir una persona así, nunca había podido. Y en el mismo momento en que más necesitaba una, sin esfuerzo alguno se me hizo un ofrecimiento voluntario. »Mi fiebre me atacó violentamente y sin ceder un momento. Comencé a pensar en arreglar mis asuntos terrenales, y en entregar mi pequeña María al cuidado de la mujer portuguesa, cuando perdí la razón y quedé insensible a todo lo que tenía a mi alrededor. Durante este terrible período, el doctor Price fue liberado de la cárcel, y al oír de mi enfermedad consiguió permiso para venir a verme. Desde entonces me ha contado que mi condición era de lo más terrible que jamás él viera, y que no pensó entonces que yo fuera a sobrevivir muchas horas. Tenía el cabello afeitado, la cabeza y los pies cubiertos de ampollas, y el doctor Price ordenó al criado bengalí que se cuidaba de mi que tratara de persuadirme a tornar algo de alimento, lo cual yo había rehusado obstinadamente durante varios días. Una de las primeras cosas que recuerdo es ver a este fiel criado de pie a mi lado, tratando de convencerme para que tornara algo de vino y agua. De hecho, estaba tan debilitada que los vecinos birmanos que habían venido a verme dijeron: «Está muerta; y si el rey dé los ángeles entrara aquí, no podría recuperarla». »La fiebre, supe después, estuvo dominándome durante diecisiete días desde la aparición de las ampollas. Ahora comencé a recuperarme lentamente; pero pasó más de un mes antes que

tener fuerzas para ponerme en pie. Mientras estaba en este estado de debilidad, el criado que había seguido a tu hermano al campamento birmano llegó y me informó de que su amo había llegado, y que estaba siendo conducido a la corte de justicia en la ciudad. Envié a un birmano a que observara los movimientos del gobierno, y a enterarse, si podía, de qué iban a hacer con el señor Judson. Pronto volvió y me dijo que había visto al señor Judson salir del patio de palacio, acompañado por dos o tres birmanos, que le llevaban a una de las cárceles en la ciudad; y que se rumoreaba por la ciudad que iba a ser vuelto a enviar a la cárcel de Oung-pen-la. Estaba demasiado débil para oír malas noticias de ningún tipo; pero este golpe tan terrible casi me destrozó del todo. Durante un tiempo apenas si podía respirar; pero al final recobré suficiente compostura para enviar a nuestro amigo Moung Ing a nuestro amigo, el gobernador de la puerta norte, y le rogué que hiciera otro esfuerzo por obtener la liberación del señor Judson, y que impidiera que fuera enviado de nuevo a la cárcel del campo, donde sabia que sufriría mucho, porque yo no podría seguirlo allí. Moung Ing fue luego en busca del señor Judson, y era ya casi oscuro cuando lo encontró dentro de una oscura prisión. Yo había enviado alimentos a hora temprana en la tarde, pero al no poder encontrarlo, el que la había llevado volvió con ellos, lo que añadió más a mi angustia, porque temía que fuera a ser enviado a Oung-pen-la. »Si jamás había sentido el valor y la eficacia de la oración, la sentí ahora. No podía levantarme de mi lecho; nada podía hacer para conseguir a mi marido; sólo podía rogarle a aquel grande y poderoso Ser que ha dicho: «Invócame en el día de la angustia: Te libraré, y tú me honrarás». Él me hizo sentir en esta ocasión esta promesa de manera tan poderosa que me puse muy serena, sintiendo la certeza de que mis oraciones serían contestadas. »Cuando el señor Judson fue enviado de Maloun a Ava, fue con un plazo de cinco minutos y sin saber la causa. Mientras iba río arriba vio accidentalmente la comunicación que había enviado el gobierno acerca de él, y que sencillamente decía: «No tenemos más necesidad de Judson, y por ello lo devolvemos a la ciudad dorada». Al llegar al tribunal sucedió que no había nadie familiarizado con el señor Judson. El oficial presidente preguntó acerca de desde dónde había sido enviado a Maloun. Le respondieron que desde Oung-pen-la. «Entonces», dijo el oficial, «que lo devuelvan allí». Fue luego entregado a una guardia, para ser llevado al lugar mencionado, para quedarse allí hasta que pudiera ser conducido a Oung-pen-la. Mientras tanto, cl gobernador de la puerta del norte presentó una petición al alto tribunal del imperio, ofreciéndose como garantía de la seguridad del señor Judson, obtuvo su liberación, y lo llevó a su casa, donde lo trató con todas las bondades posibles, y a donde fui yo llevada cuando mi salud mejorada lo permitió. »Fue en un anochecer fresco y con claro de luna, en el mes de marzo, que con corazones llenos de gratitud a Dios, y sobreabundantes de gozo ante nuestras perspectivas, pasamos Irrawaddy río abajo, rodeados por seis u ocho barcas doradas, y acompañados de todas nuestras pertenencias terrenas. »Ahora, por vez primera en un año y medio, sentimos que éramos libres, y ya no más sujetos al opresivo yugo de los birmanos. ¡Y con qué sensación de deleite vi, a la siguiente mañana, los mástiles de un barco de vapor, el seguro presagio de estar dentro del ámbito de la vida civilizada! Tan pronto como nuestra barca llegó a la orilla, el Brigadier A. y otro oficial subieron a bordo, nos felicitaron por nuestra llegada, y nos invitaron a bordo del vapor, donde pasé el resto del día. Mientras tanto, tu hermano iba a ver al general que, con un destacamento del ejército, había acampado en Yandabu, unas pocas millas más río abajo. El señor Judson volvió por la tarde, con una invitación de Sir Archibald, para que acudiera de inmediato a su residencia, donde me presentaron a la mañana siguiente, y recibida con la mayor gentileza por el

general, que había levantado una tienda para nosotros cerca de la suya, y que nos invitó a su mesa, tratándonos con la bondad de un padre más que como extranjeros de otro país. »Durante varios días esta sola idea ocupó mi mente de continuo: que estábamos fuera del poder del gobierno birmano, y una vez más bajo la protección de los ingleses. Nuestros sentimientos dictaban de continuo expresiones como ésta: ¿Qué pagaremos a Jehová por todos sus beneficios para con nosotros? »Pronto se concertó el tratado de paz, firmado por ambas partes, y se declaró públicamente el término de las hostilidades. Salimos de Yandabu, después de unas dos semanas de permanencia, y llevamos sanos y salvos a la casa de la misión en Rangún, después de una ausencia de dos años y tres meses.» A lo largo de todo este sufrimiento se conservó el precioso manuscrito del Nuevo Testamento birmano. Fue puesto en una bolsa y transformado en un cojín duro para el encarcelamiento del doctor Judson. Pero se vio obligado a mostrarse aparentemente descuidado acerca de él, para que los birmanos no pensaran que contenía algo valioso y se lo quitaran. Pero con ayuda de un fiel converso birmano, el manuscrito, que representaba tantos largos días de trabajo, fue guardado a salvo. Al término de esta larga y trágica narración, podemos dar de manera apropiada el siguiente tributo a la benevolencia y a los talentos de la señora Judson, dado por uno de los presos ingleses que estuvieron encerrados en Ava con el señor Judson. Fue publicado en un diario de Calcuta al término de la guerra: «La señora Judson fue la autora de aquellos elocuentes e intensos alegatos al gobierno que los prepararon gradualmente para la sumisión a las condiciones de paz, que nadie hubiera esperado, conociendo la arrogancia e inflexible soberbia de la corte birmana. »Y hablando de esto, el derramamiento de sentimientos de gratitud, en mi nombre y en el de mis compañeros, me llevan a añadir un tributo de gratitud pública a aquella amable y humanitaria mujer, que, aunque vivía a dos millas de distancia de nuestra cárcel, sin medios de transporte, y con muy precaria salud, olvidó su propia comodidad y debilidad, visitándonos casi cada día, buscándonos y ministrando a nuestras necesidades, y contribuyendo en todas las maneras a aliviar nuestra desgracia. »Mientras fuimos dejados sin alimentos por el gobierno, ella, con una perseverancia infatigable, por unos u otros medios, nos consiguió un constante suministro. »Cuando el estado haraposo de nuestras ropas evidenció la extremidad de nuestra angustia, ella se mostró dispuesta a sustituir nuestro escaso vestuario. »Cuando la insensible avaricia de nuestros guardas nos mantenía en el interior o los llevaba a poner nuestros pies en cepos, ella, como ángel servidor, nunca cesó en sus solicitudes al gobierno, hasta que era autorizada a comunicarnos las gratas noticias de nuestra liberación, o de un respiro de nuestras amargas opresiones. »Además de todo esto, fue desde luego debido, en primer término a la mencionada elocuencia y a las intensas peticiones de la señora Judson, que los mal instruidos birmanos fueron finalmente llevados a la buena disposición de asegurar el bienestar y la dicha de su país con una paz sincera.»


COMIENZOS MISIONEROS


1800. Bautismo del primer convertido de Carey. 1804. Organización de la Sociedad Bíblica Británica y Extranjera. 1805. Henry Martyn zarpa hacia la India. 1807. Robert Morrison zarpa para la China. 1808. La reunión del pajar celebrada cerca de Williams College. 1810. Organización de la Junta Americana. 1811. Los Wesleyanos fundan la Misión de Sierra Leona. 1812. Zarpan los primeros misioneros de la Junta Americana. 1816. Organización de la Sociedad Bíblica Americana. 1816. Robert Moffat zarpa hacia África del Sur. 1818. La Sociedad Misionera de Londres penetra en Madagascar. 1819. Organización de la Sociedad Misionera Metodista. 1819. La Junta Americana inaugura la Misión de las Islas Sandwich. 1819. Judson bautiza a su primer convertido birmano.


Epílogo a la Edición Original


Y concluimos ahora, buenos lectores cristianos, este tratado que nos ocupa, no por falta de materia, sino para más bien abreviar el terna debido a la inmensidad de que trata. Mientras tanto, que la gracia del Señor Jesucristo obre en ti, bondadoso lector, en todas tus diligentes lecturas. Y cuando tengas fe, dedícate de tal manera a leer que por la lectura puedas aprender diariamente a conocer aquello que pueda ser de provecho para tu alma, que te pueda enseñar experiencia, que te pueda armar de paciencia, e instruirte más y más en todo conocimiento espiritual, para tu perfecto consuelo y salvación en Cristo Jesús, nuestro Señor, a quien sea gloria in secula seculorum. Amén.

ii[i] Se refiere a la antigua edición, que fue ampliada por William Byron Forbusch en el siglo pasado, incluyendo el material de este capítulo. Como ya sabe el lector, Fox escribió su libro en el siglo XVI.