El Remanente De Israel

¡Cómo amo Tu Toráh, O YAHWEH!Medito en ella todo el día.Tú me has hecho más sabio que mis enemigos,porque Tus mitzvot son míos para

siempre.Tengo más entendimiento que todos mis maestros porque Tu instrucción es mi meditación,Entiendo más que los ancianos,porque

guardoTus mandamientos.Aparto mis pies de todo camino maligno,para guardar Tus Palabras.No me aparto de Tus juicios,porque Tú me has

instruido.¡Qué dulce a mi gargantason Tus oráculos,verdaderamente más dulce que miel en mi boca!De Tus mandamientos adquiero

entendimiento;por esto odio todo camino de injusticia

CAPÍTULO VIII


Historia de las persecuciones en Bohemia


Los pontífices romanos, que hablan usurpado el poder sobre varias iglesias, fueron particularmente severos con los bohemios, hasta el punto de que les enviaron dos ministros y cuatro laicos a Roma, en el año 997, para obtener reparaciones del Papa. Después de algún retardo, les fue concedida su petición, y reparados los daños. Se les permitieron dos cosas en particular: tener el servicio divino en su propia lengua, y que el pueblo pudiera participar de la copa en el Sacramento. Sin embargo, las disputas volvieron a renacer, intentando los siguientes Papas por todos sus medios imponerse sobre las mentes de los bohemios, y estos, animosamente, tratando de preservar sus libertades religiosas. En el año 1375, algunos celosos amigos del Evangelio apelaron a Carlos, rey de Bohemia, para que convocara un Concilio Ecuménico para hacer una indagación en los abusos que se hablan introducido en la Iglesia, y para llevar a cabo una reforma plena y exhaustiva. El rey, que no sabía cómo proceder, envió al Papa una comunicación pidiéndole consejo acerca de cómo proceder; pero el pontífice se sintió tan indignado ante este asunto que su única contestación fue: «Castigad severamente a estos desconsiderados y profanos herejes.» El monarca, por ello, desterró a todos los que estaban implicados en esta solicitud, y, para halagar al Papa, impuso un gran número de restricciones adicionales sobre las libertades religiosas del pueblo. Las víctimas de la persecución, sin embargo, no fueron tan numerosas en Bohemia sino hasta después de la quema de Juan Huss y de Jerónimo de Praga. Estos dos eminentes reformadores fueron condenados y ejecutados a instigación del Papa y de sus emisarios, como el lector verá por la lectura de los siguientes breves bosquejos de sus vidas.


La persecución de Juan Huss


Juan Huss nació en Hussenitz, un pueblo de Bohemia, alrededor del año 1380. Sus padres le dieron la mejor educación que le permitían sus circunstancias; y habiendo adquirido un buen conocimiento de los clásicos en una escuela privada, pasó a la universidad de Praga, donde pronto dio pruebas de su capacidad intelectual, y donde se destacó por su diligencia y aplicación al estudio. En 1398, Huss alcanzó el grado de bachiller en divinidad, y después fue sucesivamente elegido pastor de la Iglesia de Belén, en Praga, y decano y rector de la universidad. En estas posiciones cumplió sus deberes con gran fidelidad, y al final se destacó de tal manera por su predicación, que se conformaba a las doctrinas de Wickliffe, que no era probable que pudiera escapar a la atención del Papa y de sus partidarios, contra los que predicaba con no poca aspereza. El reformista inglés Wickliffe había encendido de tal manera la luz de la reforma, que comenzó a iluminar los rincones más tenebrosos del papado y de la ignorancia. Sus doctrinas se esparcieron por Bohemia, y fueron bien recibidas por muchas personas, pero por nadie tan en particular como por Juan Huss y su celoso amigo y compañero de martirio, Jerónimo de Praga. El arzobispo de Praga, al ver que los reformistas aumentaban a diario, emitió un decreto para suprimir el esparcimiento continuo de los escritos de Wickliffe; pero esto tuvo un efecto

totalmente contrario al esperado, porque sirvió de estímulo para el celo de los amigos de estas doctrinas, y casi toda la universidad se unió para propagarlas. Estrecho adherente de las doctrinas de Wickliffe, Huss se opuso al decreto del arzobispo, que sin embargo consiguió una bula del Papa, que le encargaba impedir la dispersión de las doctrinas de Wickliffe en su provincia. En virtud de esta bula, el arzobispo condenó los escritos de Wickliffe; también procedió contra cuatro doctores que no habían entregado las copias de aquel teólogo, y les prohibieron, a pesar de sus privilegios, predicar a congregación alguna. El doctor Huss, junto con algunos otros miembros de la universidad, protestaron contra estos procedimientos, y apelaron contra la sentencia del arzobispo. Al saber el Papa la situación, concedió una comisión al Cardenal Colonna, para que citara a Juan Huss para que compareciera personalmente en la corte de Roma, para que respondiera de la acusación que había sido presentada en contra suya de predicar errores y herejías. El doctor Huss pidió que se le excusara de comparecer personalmente, y era tan favorecido en Bohemia que el Rey Wenceslao, la reina, la nobleza y la universidad le pidieron al Papa que dispensaran su comparecencia; también que no dejara que el reino de Bohemia estuviera bajo acusación de herejía, sino que se les permitiera predicar el Evangelio con libertad en sus lugares de culto. Tres procuradores comparecieron ante el Cardenal Colonna en representación del doctor Huss. Trataron de excusar su ausencia, y dijeron que estaban dispuestos a responder en su lugar. Pero el cardenal declaró contumaz a Huss, y por ello lo excomulgó. Los procuradores apelaron al Papa, y designaron a cuatro cardenales para que examinaran el proceso. Estos comisionados confirmaron la sentencia, y extendieron la excomunión no sólo a Huss sino también a todos sus amigos y seguidores. Huss apeló contra esta sentencia a un futuro Concilio, pero sin éxito; y a pesar de la severidad del decreto y de la consiguiente expulsión de su iglesia en Praga, se retiró a Hussenitz, su pueblo natal, donde siguió propagando su nueva doctrina, tanto desde el púlpito como con su pluma. Las cartas que escribió en este tiempo fueron muy numerosas; y recopiló un tratado en el que mantenía que no se podía prohibir de manera absoluta la lectura de los libros de los reformistas. Escribió en defensa del libro de Wickliffe acerca de la Trinidad, y se manifestó abiertamente en contra de los vicios del Papa, de los cardenales y del clero de aquellos tiempos corrompidos. Escribió asimismo muchos otros libros, todos los cuales redactó con una fuerza argumental que facilitaba enormemente la difusión de sus doctrinas. En el mes de noviembre de 1414 se convocó un Concilio general en Constanza, Alemania, con el único propósito, como se pretendía, de decidir entre una disputa que estaba entonces pendiente entre tres personas que contendían por el papado; pero su verdadero motivo era aplastar el avance de la Reforma. Juan Huss fue llamado a comparecer delante de este Concilio; para alentarle, el emperador le envió un salvoconducto. Las cortesías e incluso la reverencia con que Huss se encontró por el camino eran inimaginables. Por las calles que pasaba, e incluso por las carreteras, se apiñaba la gente a las que el respeto, más que la curiosidad, llevaba allí. Fue llevado a la ciudad en medio de grandes aclamaciones, y se puede decir que pasó por Alemania en triunfo. No podía dejar de expresar su sorpresa ante el trato que se le dispensaba. «Pensaba yo (dijo) que era un proscrito. Ahora veo que mis peores enemigos están en Bohemia.» Tan pronto como Huss llegó a Constanza, tomó un alojamiento en una parte alejada de la ciudad. Poco después de su llegada, vino un tal Stephen Paletz, que habla sido contratado por el clero de Praga para presentar las acusaciones en su contra. A Paletz se unió posteriormente Miguel de

Cassis, de parte de la corte de Roma. Estos dos se declararon sus acusadores, y redactaron un conjunto de artículos contra él, que presentaron al Papa y a los prelados del Concilio. Cuando se supo que estaba en la ciudad, fue arrestado inmediatamente, y constituido prisionero en una cámara en el palacio. Esta violación de la ley común y de la justicia fue observada en panicular por uno de los amigos de Huss, que adució el salvoconducto imperial; pero el Papa replicó que él nunca había concedido ningún salvoconducto, y que no estaba atado por el del emperador. Mientras Huss estuvo encerrado, el Concilio actuó como Inquisición. Condenaron las doctrinas de Wickliffe, e incluso ordenaron que sus restos fueran exhumados y quemados, órdenes que fueron estrictamente cumplidas. Mientras tanto, la nobleza de Bohemia y Polonia intercedió intensamente por Huss, y prevalecieron hasta el punto de que se impidió que fuera condenado sin ser oído, cosa que habla sido la intención de los comisionados designados para juzgarle. Cuando le hicieron comparecer delante del Concilio, se le leyeron los artículos redactados contra él; eran alrededor de unos cuarenta, mayormente extraídos de sus escritos. La respuesta de Juan Huss fue: «Apelé al Papa, y muerto él, y no habiendo quedado decidida mi causa, apelé asimismo a su sucesor Juan XXIII, y no pudiendo lograr mis abogados que me admitiera en su presencia para defender mi causa, apelé al sumo juez, Cristo.» Habiendo dicho Huss estas cosas, se le preguntó si había recibido la absolución del Papa o no. El respondió: «No.» Luego, cuando se le preguntó si era legitimo que apelara a Cristo, Juan Huss respondió: «En verdad que afirmo aquí delante de todos vosotros que no hay apelación más justa ni más eficaz que la que se hace a Cristo, por cuanto la ley determina que apelar no es otra cosa que cuando ha habido la comisión de un mal por parte de un juez inferior, se implora y pide ayuda de manos de un Juez superior. ¿Y quién es mayor Juez que Cristo? ¿Quién, digo yo, puede conocer o juzgar la cuestión con mayor justicia o equidad? Pues en El no hay engaño, ni El puede ser engañado por nadie; ¿y acaso puede alguien dar mejor ayuda que Él a los pobres y a los oprimidos?» Mientras Juan Huss, con rostro devoto y sobrio, hablaba y pronunciaba estas palabras, estaba siendo ridiculizado y escarnecido por todo el Concilio. Estas excelentes expresiones fueron consideradas como manifestaciones de traición, y tendieron a inflamar a sus adversarios. Por ello, los obispos designados por el concilio le privaron de sus hábitos sacerdotales, lo degradaron, le pusieron una mitra de papel en la cabeza con demonios pintados en ella, con esta expresión: «Cabecilla de herejes». Al ver esto, él dijo: «Mi Señor Jesucristo, por mi causa, llevó una corona de espinas. ¿Por qué no debería yo, entonces, llevar esta ligera corona, por ignominiosa que sea? En verdad que la llevaré, y de buena gana. Cuando se la pusieron en su cabeza, el obispo le dijo: «Ahora encomendamos tu alma al demonio.» «¡Pero yo,» dijo Juan Huss, levantando sus ojos al cielo, «la encomiendo en tus manos, oh Señor Jesucristo! Mi espíritu que Tú has redimido.» Cuando lo ataron a la estaca con la cadena, dijo, con rostro sonriente: «Mi Señor Jesús fue atado con una cadena más dura que ésta por mi causa; ¿por qué debería avergonzarme de ésta tan oxidada?» Cuando le apilaron la leña hasta el cuello, el duque de Baviera estuvo muy solícito con él deseándole que se retractara. «No,» le dijo Huss, «nunca he predicado ninguna doctrina con malas tendencias, y lo que he enseñado con mis labios lo sellaré ahora con mi sangre.» Luego le dijo al verdugo: «Vas a asar un ganso (siendo que Huss significa ganso en lengua bohemia), pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás ni asar ni hervir.» Si dijo una

profecía, debía referirse a Martín Lutero, que apareció al cabo de unos cien años, y en cuyo escudo de armas figuraba un cisne. Finalmente aplicaron el fuego a la leña, y entonces nuestro mártir cantó un himno con voz tan fuerte y alegre que fue oído a través del crepitar de la leña y del fragor de la multitud. Finalmente, su voz fue acallada por la fuerza de las llamas, que pronto pusieron fin a su existencia. Entonces, con gran diligencia, reuniendo las cenizas las echaron al río Rhin, para que no quedara el más mínimo resto de aquel hombre sobre la tierra, cuya memoria, sin embargo, no podrá quedar abolida de las mentes de los piadosos, ni por fuego, ni por agua, ni por tormento alguno.


La persecución de Jerónimo de Fraga


Este reformador, compañero del doctor Huss, y pudiera decirse que co-mártir con él, había nacido en Praga, y se educó en aquella universidad, donde se distinguió por sus enormes capacidades y erudición. Visitó asimismo varios otros eruditos seminarios en Europa, particularmente las universidades de París, Heidelberg, Colonia y Oxford. En este último lugar se familiarizó con las obras de Wickliffe, y, siendo persona de una gran capacidad de trabajo, tradujo muchas de ellas a su lengua nativa, habiendo llegado a ser un gran conocedor de la lengua inglesa, tras arduos estudios. Al volver a Praga, se manifestó abiertamente como favorecedor de Wickliffe, y al ver que sus doctrinas habían hecho gran progreso en Bohemia, y que Huss era su principal valedor, vino en su ayuda en la gran obra de la reforma. El cuatro de abril de 1415 llegó Jerónimo a Constanza, unos tres meses antes de la muerte de Huss. Entró en privado en la ciudad, y consultando con algunos de los líderes de su partido, a los que encontró allí, quedó fácilmente convencido de que no podría ser de ayuda alguna para sus amigos. Al saber que su llegada a Constanza habla llegado a ser conocida públicamente, y que el Concilio tenía la intención de apresarlo, consideró que lo más prudente era retirarse. Así, al siguiente día se fue a Iberling, una ciudad imperial a una milla de Constanza. Desde este lugar escribió al emperador, manifestándole su buena disposición a comparecer delante del Concilio si se le concedía un salvoconducto: pero le fue rehusado. Entonces mandó una solicitud al Concilio, y recibió una respuesta no menos desfavorable que la del emperador. Después de esto, emprendió el regreso a Bohemia. Tuvo la precaución de llevar consigo un certificado, firmado por varios de los nobles bohemios, que entonces estaban en Constanza, que daba testimonio de que había empleado todos los medios prudentes en su mano por conseguir una audiencia. Jerónimo, sin embargo, no iba a escapar. Fue apresado en Hirsaw por un oficial del duque de Sultsbach, que, aunque careciendo de autorización para actuar en este sentido, no tenía duda alguna de que el Concilio le agradecería un servicio tan aceptable. El duque de Sultsbach, con Jerónimo ahora en su poder, escribió al Concilio pidiendo instrucciones acerca de cómo proceder. El Concilio, tras expresar su agradecimiento al duque, le pidieron que enviara al preso de inmediato a Constanza. El elector palatino se encontró con él en el camino, y lo llevó de vuelta a la ciudad, cabalgando él en un corcel, con un numeroso cortejo, que llevaban a Jerónimo encadenado con una larga cadena; en cuanto llegaron, Jerónimo fue echado en una inmunda mazmorra.

Jerónimo fue luego tratado de una manera muy semejante a cómo lo había sido Huss, sólo que sufrió un confinamiento mucho más prolongado, y pasó de una a otra cárcel. Al final, hecho comparecer ante el Concilio, deseó defender su causa y exculparse; siéndole negado esto, prorrumpió en las siguientes palabras: «¡Qué barbaridad es ésta! Durante trescientos cuarenta días he estado encerrado en varias prisiones. No hay miseria ni carencia que no haya experimentado. A mis enemigos les habéis permitido toda la facilidad para acusar. A mí me negáis la más mínima oportunidad para defenderme. Ni una hora me permitiréis para prepararme para mi juicio. Os habéis tragado las más negras calumnias contra mí. Me habéis presentado como hereje, sin conocer mi doctrina; como enemigo de la fe, antes de saber qué fe profeso; como perseguidor de sacerdotes antes de tener una oportunidad de saber cuáles son mis pensamientos acerca de esto. Sois un Concilio General; en vosotros se centra todo lo que este mundo puede comunicar de seriedad, sabiduría y santidad; pero con todo sólo sois hombres, y los hombres pueden ser atraídos por las apariencias. Cuanto más elevado sea vuestro carácter para sabiduría, tanto más cuidado deberías tomar de que no se desviara a insensatez. La causa que ahora alego no es mi propia causa: es la causa de todos los hombres, es la causa de los cristianos; es una causa que afectará a los derechos de la posteridad, según lo que hagáis con mi persona.» Este discurso no ejerció el más mínimo efecto; Jerónimo fue obligado a escuchar la lectura de la acusación, que se reducía a los siguientes encabezamiento: 1. Que era un ridiculizador de la dignidad papal. 2. Un opositor del Papa. 3. Enemigo de los cardenales. 4. Perseguidor de los prelados. 5. Aborrecedor de la religión cristiana. El juicio de Jerónimo tuvo lugar al tercer día de su acusación, y se interrogó a testigos en apoyo de la acusación. El prisionero estaba dispuesto para su defensa, lo que parece casi increíble, cuando consideramos que había estado trescientos cuarenta días encerrado en una inmunda prisión, privado de la luz del día, y casi muerto de hambre por carencia de las cosas más necesarias. Pero su espíritu se elevó por encima de estas desventajas bajo las que hombres con menos temple se habrían hundido; y no se privó de citar a los padres y a los autores antiguos, como si hubiera estado dotado de la mejor biblioteca. Los más fanáticos de la asamblea no deseaban que se le oyera, porque sabía el efecto que puede tener la elocuencia en las mentes de las personas más llenas de prejuicios. Al final, la mayoría prevaleció de que se le debía dar libertad para hablar en su propia defensa. Esta defensa la inició con una elocuencia tan conmovedora y sublime que se vio cómo se fundían los corazones más llenos de celo y encallecidos y cómo las mentes supersticiosas parecían admitir un rayo de convicción. Estableció una admirable distinción entre la evidencia que reposaba sobre los hechos, y la sustentada por la malicia y la calumnia. Expuso ante la asamblea todo el tenor de su vida y conducta. Observó que los más grandes y santos de los hombres habían sido observados difiriendo en cuestiones puntuales y especulativas, con vistas a distinguir la verdad, no a mantenerla oculta. Expresó un noble menosprecio de todos sus enemigos, que le habrían inducido a retractarse de la causa de la virtud y de la verdad. Entró en un alto encomio de Huss, y se manifestó dispuesto a seguirle en el glorioso camino del martirio. Luego tocó las doctrinas más defendibles de Wickliffe, y concluyó observando que estaba lejos de su intención avanzar nada en contra del estado de la Iglesia de Dios; que sólo se quejaba de los abusos del clero; que no podía dejar de decir que era ciertamente cosa impía que el patrimonio de la Iglesia, que originalmente había estado designado para la caridad y la benevolencia universal, se prostituyera para la soberbia de los ojos, en festejos, vestimentas estrafalarias, y otros vituperios para el nombre y la profesión del cristianismo. Terminado el juicio, Jerónimo recibió la misma sentencia

que había sido ejecutada contra su compatriota mártir. En consecuencia de esto fue, según el estilo del engaño papista, entregado al brazo secular; pero como era laico, no podía pasar por la ceremonia de degradación. Le habían preparado una coroza de papel pintada con demonios rojos. Cuando la tuvo puesta sobre su cabeza, exclamó: «Nuestro Señor Jesucristo, cuando sufrió la muerte por mí, un pecador de lo más miserable, llevó sobre Su cabeza una corona de espinas; por amor a El llevaré yo esta corona. » Se le permitieron dos días, con la esperanza de que se retractara; durante este tiempo el cardenal de Florencia empleó todos sus esfuerzos a tratar de ganárselo. Pero todo esto resultó ineficaz. Jerónimo estaba resuelto a sellar la doctrina con su sangre, y sufrió la muerte con la más distinguida magnanimidad. Al ir al lugar de la ejecución cantó varios himnos, y al llegar al lugar, que era el mismo en el que Huss había sido quemado, se arrodilló y oró fervientemente. Abrazó la estaca con gran ánimo, y cuando fueron por detrás de él a prender la leña, les dijo: «Venid aquí, y prended el fuego delante de mi cara; si le hubiera temido a las llamas, no habría venido a este lugar.» Al prenderse el fuego, cantó un himno, pero pronto se vio interrumpido por las llamas, y las ultimas palabras que se le oyeron fueron estas: «A ti, oh Cristo, te ofrezco esta alma en llamas.» El elegante Pogge, un erudito caballero de Florencia, secretario de dos Papas, y católico celoso pero liberal, dio en una carta a Leonard Arotin un amplio testimonio de las extraordinarias cualidades y virtudes de Jerónimo, a quien describe de manera enfática como ¡un hombre prodigioso!


La persecución de Zisca


El verdadero nombre de este celoso siervo de Cristo era Juan de Troczonow; el nombre de Zisca es una palabra bohemia, que significa tuerto, por cuanto había perdido un ojo. Era natural de Bohemia, de una buena familia, y dejó la corte de Wenceslao para entrar al servicio del rey de Polonia contra los caballeros Teutones. Habiendo obtenido un título honorífico y una bolsa de ducados por su valor, al terminar la guerra volvió a la corte de Wenceslao, ante quien reconoció abiertamente el profundo interés que se tomaba en la sanguinaria afrenta que se le habla hecho a los súbditos de su majestad en Constanza en el asunto de Huss. Wenceslao lamentaba no tener el poder de vengarlo, y desde este momento se dice que Zisca asumió la idea de afirmar las libertades religiosas de su país. En el año 1418 se disolvió el Concilio, habiendo hecho más mal que bien, y en el verano de aquel año se celebró una reunión general de los amigos de la reforma religiosa en el castillo de Wisgrade, que, dirigida por zisca, se dirigieron al emperador con armas en la mano, y se ofrecieron a defenderle contra sus enemigos. EL rey se limitó a emplear sus armas de manera debida, y este éxito político aseguró por primera vez a Zisca la confianza de su partido. Wenceslao fue sucedido por su hermano Segismundo, que se hizo odioso para los reformadores, y eliminó a todos los que estaban en contra de su gobierno. Ante esto, Zisca y sus amigos de inmediato recurrieron a las armas, declararon la guerra al emperador y al Papa, y pusieron sitio a Pilsen con 40.000 hombres. Pronto se hicieron dueños de la fortaleza, y en un breve tiempo se sometió toda la parte sudoeste de Bohemia, lo que acreció mucho al ejército de los reformadores. Habiendo tomado estos el paso del Muldaw, después de un severo conflicto de cinco días y cinco noches, el emperador se alarmó, y retiró sus tropas de la frontera turca, para dirigirlas a Bohemia. Se detuvo en Bmo en Moravia, y envió despachos para un tratado de paz, en preparación del cual Zisca entregó Pilsen y todas las fortalezas que había tomado.

Segismundo actuó de manera que mostraba que verdaderamente mostraba que actuaba en base de la doctrina romanista de que no se debía guardar la palabra dada a los herejes, y al tratar con severidad a algunos de los autores de las últimas perturbaciones sonó la alarma de un confín al otro de Bohemia. Zisea tomó el castillo de Praga con el poder del dinero, y el 19 de agosto de 1420 derrotó el pequeño ejército que el emperador había movilizado rápidamente para oponerse a él. A continuación tomó Ausea por asalto, destruyendo la ciudad con una brutalidad que deshonró la causa por la que luchaba. Al acercarse el invierno, Zisca fortificó su campamento en un monte fuerte alrededor de cuarenta millas de Praga, que llamó el Monte Tabor, desde donde sorprendió a medianoche a un cuerpo de caballería, haciendo mil prisioneros. Poco después, el emperador se hizo con la fortaleza de Praga por los mismos medios que Zisca antes; pronto fue asediado por este ultimo, y el hambre comenzó a amenazar al emperador, que vio la necesidad de una retirada. Decidido a hacer un desesperado esfuerzo, Segismundo atacó el campo fortificado de Zisca en el Monte Tabor, e hizo una gran degollina. Cayeron también muchas otras fortalezas, y Zisca se retiró a un monte agreste, que fortificó mucho, y desde donde hostigó tanto al emperador en sus ataques contra la ciudad de Praga que vio que o bien debía abandonar el sitio, o bien derrotar a su enemigo. El marqués de Misnia fue enviado para llevar esto último a cabo con un gran cuerpo de tropas, pero este acontecimiento fue fatal para los imperialistas; fueron derrotados, y el emperador, que había perdido casi un tercio de su ejército, levantó el sitio de Praga, hostigado en su retaguardia por el enemigo. En la primavera de 1421 Zisca comenzó su campaña, como antes, destruyendo todos los monasterios a su paso. Puso sitio al castillo de Wisgrade, y, acudiendo en su auxilio el emperador, cayó en una trampa, fue derrotado con una gran matanza, y así fue tomada esta importante fortaleza. Nuestro general tenía ahora tiempo para emprender la obra de la reforma, pero se sintió muy disgustado por la burda ignorancia y superstición del clero bohemio, que se hicieron despreciables a los ojos de todo el pueblo. Cuando veía síntomas de malestar en su ejército, hacia sonar la alarma para ocuparlos, y llevarlos a la acción. En una de estas expediciones acampó frente a la ciudad de Rubí, y mientras inspeccionaba el lugar para el asalto, una flecha lanzada desde la muralla le dio en el ojo. En Praga le fue extraída, pero al tener barbas, desgarró el ojo. Siguió una fiebre, y a duras penas salvó la vida. Ahora quedó totalmente ciego, pero deseoso todavía de ayudar al ejército. El emperador, que había llamado a los estados del imperio en su ayuda, resolvió, con su ayuda, atacar a Zisca en el invierno, pero muchas de sus tropas se fueron hasta la vuelta de la primavera. Los príncipes confederados emprendieron el sitio de Soisin, pero con la sola aproximación del general bohemio, se retiraron. Sin embargo, Segismundo avanzó con su formidable ejército, consistente en 15.000 efectivos de caballería húngara y 25.000 infantes, bien equipados para una campaña de invierno. Este ejército sembró el terror por todo el este de Bohemia. Ahí donde marchara Segismundo, los magistrados de las ciudades ponían las llaves a sus pies, y eran tratados con dureza o con favor según sus méritos en su causa. Sin embargo, Zisca, con marchas forzadas, se aproximó a él, y el emperador resolvió probar fortuna una vez más contra aquel invencible general. El trece de enero de 1422, los dos ejércitos se encontraron en la espaciosa llanura cerca de Kremnitz. Zisca apareció al centro de su línea frontal, guardado, o más bien conducido, por un jinete a cada lado, armado con un hacha. Sus tropas, habiendo cantado un himno, sacaron sus espadas con decidida frialdad, y esperaron una señal. Cuando sus oficiales le informaron de que las filas estaban todas bien cerradas, blandió su sable sobre su cabeza, lo que fue la señal del inicio de la batalla.

Esta batalla ha sido descrita como un terrible espectáculo. Toda aquella llanura constituyó una continua escena de desorden. El ejército imperial se lanzó a la fuga hacia los confines de Moravia, hostigándoles los Taboritas la retaguardia sin descanso alguno. El río Igla, que estaba helado, se opuso a su paso. Presionándolos furiosamente el enemigo, muchos de la infantería, y todo el cuerpo de caballería, intentaron pasar el río. El hielo cedió, y no menos de dos mil encontraron su fin en aquellas aguas. Zisca volvió ahora a Tabor, cargado con todos los despojos y trofeos que pudiera dar la más completa victoria. Zisca comenzó a dar su atención ahora a la Reforma. Prohibió todas las oraciones por los muertos, las imágenes, las vestiduras sacerdotales, los ayunos, y las fiestas religiosas. Los sacerdotes debían ser escogidos por sus méritos, y nadie debía ser perseguido por sus opiniones religiosas. En todo, Zisca consultó a las mentes liberales, y no hizo nada sin un consenso general. Tuvo lugar ahora en Praga un alarmante desacuerdo entre los magistrados Calixtanos, o receptores del Sacramento en ambas especies, y los Taboritas, nueve de cuyos jefes fueron arrestados en privado y ejecutados. La plebe, enfurecida, dio muerte a los magistrados, y la cuestión terminó sin más consecuencias. Habiendo quedado los Calixtanos hundidos en el desprecio, se le pidió a Zisca que aceptara la corona de Bohemia, a lo que él rehusó noblemente, y se dedicó a prepararse para su nueva campaña. Segismundo resolvió emprender su último esfuerzo. Mientras el marqués de Misnia penetraba en la Alta Sajonia, el emperador se propuso entrar en Moravia, por la frontera de Hungría. Antes que el marqués tomara el campo, Zisca se asentó delante de la ciudad fuerte de Aussig, situada sobre el Elba. El marqués se lanzó raudo en su auxilio con un ejército superior en números, pero, después de una obstinada lucha, fue totalmente derrotado, y Aussig capituló. Zisca se dirigió en auxilio de Procop, un joven general a quien había designado para mantener en jaque a Segismundo, al que obligó a abandonar el sitio de Pernitz tras haber estado ocho semanas asediándola. Zisca, deseando dar a sus tropas algún descanso, entró ahora en Praga, esperando que su presencia aquietaría toda intranquilidad que pudiera quedar tras la anterior perturbación. Pero fue repentinamente atacado por el pueblo; tras desprenderse él y sus tropas de los ciudadanos, se retiraron a su ejército, al que hicieron saber la traicionera conducta de los Calixtanos. Se hicieron todos los esfuerzos de comunicación necesarios para apaciguar su vengativa animosidad, y por la noche, en una entrevista privada entre Roquesan, un clérigo de gran eminencia en Praga, y Zisca, éste se reconcilió con ellos, y las hostilidades que se fraguaban fueron anuladas. Mutuamente cansados de la guerra, Segismundo envió un mensaje a zisca, pidiéndole que envainara la espada, y que propusiera sus condiciones. Estableciéndose un lugar para las conferencias, Zisca, con sus principales oficiales, fue a encontrarse con el emperador. Obligado a pasar por una zona del país donde la peste estaba causando estragos, cayó atacado por ella en el castillo de Briscaw, y partió de esta vida el 6 de octubre de 1424. Lo mismo que Moisés, murió a la vista de la consumación de su obra, y fue sepultado en la gran Iglesia de Czaslow, en Bohemia, donde hay un monumento levantado en su memoria, con esta inscripción: «Aquí yace Juan Zisca, que, habiendo defendido a este país contra las usurpaciones de la tiranía papal, descansa en este santo lugar, a pesar del papa.» Después de la muerte de Zisca, Procop fue derrotado, y cayó junto a las libertades de su país. Después de la muerte de Huss y de Jerónimo, el Papa, junto con el Concilio de Constanza, ordenó al clero romanista en todas partes que excomulgaran a los que adoptaran sus opiniones o que lamentaran su suerte.

Estas órdenes causaron grandes luchas entre los bohemios papistas y los reformados, llevando a una violenta persecución contra estos últimos. En Praga, la persecución fue extremadamente severa, hasta que, al final, los reformados, reducidos a la desesperación, se armaron, atacaron la casa del senado, y echaron a doce senadores y al presidente por las ventanas, cayendo sus cuerpos sobre lanzas, puestas por otros de los reformados en la calle, para recibirlos. Informado de estos procedimientos, el papa llegó a Florencia, y excomulgó públicamente a los bohemios reformados, incitando al emperador de Alemania, y a todos los reyes, príncipes, duques, etc., a que tomaran armas para extirpar a toda la raza, prometiéndoles, como aliento, la plena remisión de todo tipo de pecados, a la persona más malvada, si tan sólo daba muerte a un reformado bohemio. Éste fue el inicio de una sangrienta guerra, porque varios príncipes papistas emprendieron la extirpación, o cuanto menos la expulsión, de aquel pueblo proscrito; y los bohemios, acudiendo a las armas, se dispusieron a repeler la fuerza con la fuerza de la manera más vigorosa y eficaz. El ejército papista venció a las fuerzas reformadas en la batalla de Cuttenburgh, y los prisioneros reformados fueron llevados a tres profundas minas cerca de la ciudad, y varios cientos de ellos fueron cruelmente arrojados dentro de cada una, donde murieron miserablemente. Un mercader de Praga que iba hacia Breslau, en Silesia, se alojó en el mismo mesón que varios sacerdotes. Iniciando una conversación sobre la cuestión de la controversia religiosa, hizo muchos encomios del martirizado Juan Huss y de sus doctrinas. Los sacerdotes, airados por esto, presentaron denuncia contra él a la mañana siguiente, y fue echado en la cárcel como hereje. Se hicieron muchos esfuerzos por persuadirle a aceptar la fe católica romana, pero se mantuvo firme en las puras doctrinas de la Iglesia reformada. Poco después de su encarcelamiento, echaron a un estudiante de la universidad en la misma mazmorra. Estándoles permitido conversar, se alentaron mutuamente. En el día señalado para la ejecución, cuando el carcelero comenzó a atarles cuerdas a los pies, con las cuales iban a ser arrastrados por las calles, el estudiante dio muestras de estar aterrorizado, y ofreció abjurar de su fe y volverse católico romano si podía ser perdonado. Se aceptó su ofrecimiento, su abjuración fue tomada por un sacerdote, y fue libertado. Al pedirle un sacerdote que siguiera el ejemplo del estudiante, el mercader le repuso con nobleza: «No perdáis el tiempo en esperar que me retracte; lo esperaréis en vano. De veras me da lástima aquel pobre desgraciado, que ha sacrificado miserablemente su alma por unos pocos más años inciertos de esta vida tan gravosa; bien lejos de pensar en seguir su ejemplo, me glorío en los pensamientos mismos de morir por causa de Cristo.» Al oír estas palabras, el sacerdote le ordenó al verdugo que prosiguiera, y el mercader fue arrastrado por las calles de la ciudad, llevado al lugar de la ejecución, y allí quemado. Pichel, un fanático magistrado papista, prendió a veinticuatro protestantes, entre los que se encontraba el marido de su hija. Habiendo reconocido todos ellos que eran de la religión reformada, los condenó indiscriminadamente a morir ahogados en el río Abbis. En el día señalado para la ejecución, acudió una gran muchedumbre, entre la que se encontraba la hija de Pichel. Esta digna esposa se echó a los pies de su padre, regándolos con su llanto, y le imploró de la manera más patética que se compadeciera de su dolor, y que perdonara a su marido. El endurecido magistrado le dijo aceradamente: «No intercedas por él, hija mía; es un hereje, un vil hereje.» A esto ella replicó noblemente: «Sean cuales fueren sus faltas, sigue siendo mi marido, un hombre que, en un momento como este, es el único que debería recibir toda mi consideración.» Pichel se enfureció, y le dijo: « ¡Estás loca! ¿Acaso no puedes, tras su muerte, encontrar un marido mucho más digno? «No, señor (le dijo ella); mis afectos están en él, y la

misma muerte no disolverá mis votos matrimoniales.» Pero Pichel se mantuvo inflexible, y ordenó que se les ataran a los presos las manos y los pies, y que de esta manera fueran arrojados al río. Tan pronto como esto se llevó a cabo, la joven esperó su oportunidad, saltó al agua, y, abrazándose al cuerpo de su marido, se hundió con él en una tumba de agua. Un ejemplo insólito de amor conyugal en una esposa, y de una adhesión inviolable y un profundo afecto para su marido. El emperador Fernando, cuyo odio contra los reformados bohemios no conocía limites, pensando que no los había oprimido suficiente, instituyó un tribunal supremo de correctores, sobre el plan de la Inquisición, con la diferencia de que los correctores debían ser itinerantes, e ir siempre acompañados de una compañía de soldados. Estos correctores consistían principalmente de Jesuitas, y no había apelación posible a sus sentencias, por lo que se puede conjeturar fácilmente que se trataba de un tribunal verdaderamente terrible. Este sanguinario tribunal, asistido por tropas, hizo el circuito de Bohemia, en el que apenas si interrogaron o vieron a algún prisionero, dejando que los soldados asesinaran a los reformados como quisieran, y que luego les dieran un informe de lo sucedido. La primera víctima de su crueldad fue un anciano ministro, al que dieron muerte mientras yacía enfermo en su cama; al siguiente día robaron y asesinaron a otro, y poco después a un tercero, mientras predicaba en su púlpito. Un noble y un clérigo que residían en un pueblo reformado, al oír de la proximidad del alto tribunal corrector y de las tropas, huyeron del lugar y se ocultaron. Pero los soldados, al llegar, apresaron al maestro de la escuela, le preguntaron dónde se habían ocultado el señor del lugar y el ministro, y dónde habían ocultado sus riquezas. El maestro contestó que no podía responder a estas preguntas. Entonces lo desnudaron, lo ataron con cuerdas, y lo azotaron de la manera más atroz con porras. Al no lograr extraerle ninguna confesión, lo quemaron en varias partes del cuerpo; entonces, para lograr algún descanso de sus tormentos, les prometió mostrarles dónde estaban los tesoros. Los soldados le escucharon contentos, y el maestro los condujo a un foso lleno de piedras, diciendo: «Debajo de estas piedras están los tesoros que buscáis.» Ansiosos por encontrar dinero, se lanzaron al trabajo, y pronto quitaron las piedras. Pero, no encontrando lo que buscaron, golpearon al maestro hasta matarlo, lo echaron al foso, y lo cubrieron con las piedras que les había hecho remover. Algunos de los soldados violaron a la hija de un digno reformado delante de sus ojos, y luego lo torturaron hasta morir. A un ministro y a su mujer los ataron de espalda a espalda, y los quemaron. A otro ministro lo colgaron de una viga, y encendiendo un fuego debajo de él, lo asaron hasta morir. A un caballero lo trocearon, y llenaron la boca de un joven con pólvora, y prendiéndole fuego, le volaron la cabeza. Como la mayor furia de la persecución se dirigía contra el clero, tomaron a un piadoso ministro reformado, y atormentándolo a diario durante un mes seguido, de la manera que se describe más adelante, hicieron su crueldad sistemática, regular y progresiva. Le pusieron entre ellos, y le hicieron objeto de su burla y escarnio, durante todo un día de entretenimiento, tratando de agotar su paciencia, pero en vano, porque aguantó todo aquello con verdadera paciencia cristiana. Le escupieron en el rostro, le estiraron la nariz, le pellizcaron por la mayor parte del cuerpo. Fue cazado como una fiera, hasta que estaba casi muerto de fatiga. Le hicieron correr el túnel entre dos hileras de ellos, golpeándole cada uno con una vara. Le golpearon con los puños. Le azotaron con sogas y con alambres. Lo aporrearon con garrotes. Lo ataron por los talones poniéndolo cabeza abajo, hasta que comenzó a salirle sangre por la nariz,

la boca, etc. Lo colgaron por el brazo derecho hasta dislocárselo, y luego se lo volvieron a colocar bien. Lo mismo hicieron con su brazo izquierdo. Le pusieron papeles ardiendo, bañados en aceite, entre sus dedos de las manos y de los pies. Le arrancaron la carne con tenazas al rojo vivo. Lo pusieron en el potro. Le arrancaron las uñas de la mano derecha. Lo mismo hicieron con las de la mano izquierda. Le bastonearon los pies. Le rajaron la oreja derecha; luego la izquierda; luego le rajaron la nariz. Lo llevaron por toda la ciudad montado sobre un asno, dándole latigazos por el camino. Le hicieron varias incisiones en su carne. Le arrancaron las uñas de los dedos del pie derecho; luego hicieron lo mismo con las de su pie izquierdo. Fue atado por los lomos y suspendido durante mucho tiempo. Le arrancaron los dientes del maxilar superior. Luego le hicieron lo mismo con los del inferior. Le echaron plomo hirviendo sobre los dedos de las manos. Luego le hicieron lo mismo con los de los pies. Le apretaron una soga sobre la frente de tal manera que le forzaron los ojos fuera de las órbitas. Durante todas estas horrendas crueldades se tomaron un cuidado particular en que sus heridas no se gangrenaran, y en no dañarle mortalmente hasta el último día, en el que el forzamiento de sus ojos fuera de sus órbitas resultó en su muerte. Fueron innumerables los otros asesinatos y depredaciones cometidos por aquellos implacables e insensibles brutos, y estremecedoras para la humanidad fueron las crueldades infligidas sobre los pobres reformados bohemios. Pero al estar demasiado avanzado el invierno, el alto tribunal de los correctores, junto con su infernal banda de rufianes militares, pensaron apropiado volver a Praga; pero de camino, encontrando a un pastor reformado, no pudieron resistir la tentación de festejar sus bárbaros ojos con un nuevo tipo de crueldad, que acababa de sugerirse a la diabólica imaginación de uno de los soldados. Se trataba de desnudar al ministro, y cubrirlo de manera alternativa con hielo y carbones encendidos. Esta nueva forma de atormentar a un semejante fue puesta en práctica de inmediato, y la infeliz víctima expiró bajo los tormentos, que parecían deleitar a sus inhumanos perseguidores. El emperador pronto dio una orden secreta para apresar a todos los nobles y gentilhombres que habían estado principalmente implicados en sustentar la causa reformada, y en designar a Federico elector palatino del Rhin para ser rey de Bohemia. Estos, que eran cincuenta, fueron prendidos en una misma noche, y a la misma hora, y traídos desde los lugares en que habían sido apresados al castillo de Praga; las posesiones de los ausentes del reino fueron confiscadas, y ellos declarados proscritos, y sus nombres puestos en patíbulos, como marcas de pública ignominia. El alto tribunal de los correctores procedió entonces a juzgar a los cincuenta que habían sido prendidos, y dos reformados apostatas fueron designados para interrogarles. Estos interrogadores hicieron un gran número de preguntas innecesarias e impertinentes, lo que exasperó de tal forma a uno de los nobles, que de natural era de carácter impetuoso, que exclamó, mientras descubría su pecho: «Corta aquí, busca en mi corazón; no hallará otra cosa más que el amor a la religión y a la libertad; estos fueron los motivos por los que saqué la espada, y por estos estoy dispuesto a sufrir la muerte.» Como ninguno de los presos quería cambiar su religión ni reconocer que había estado en un error, todos fueron declarados culpables. Pero la sentencia fue remitida al emperador. Cuando el monarca hubo leído sus nombres y la relación de las respectivas acusaciones, pronunció sentencia sobre todos, pero de modos distintos, porque sus sentencias fueron de cuatro tipos: a muerte, a destierro, a cadena perpetua, y a encarcelamiento a discreción. Veinte de ellos fueron ordenados para la ejecución, y se les informó que podían pedir la asistencia de Jesuitas, monjes o frailes, para prepararse para el terrible tránsito que debían sufrir.

Pero que no le les permitiría la presencia de ningún reformado. Ellos rechazaron esta propuesta, e intentaron todo lo que pudieron por consolarse y alentarse unos a otros en esta solemne ocasión. Por la mañana del día señalado para la ejecución, se disparó un cañón como señal para que los presos fueran traídos desde el castillo a la principal plaza del mercado, donde se habían levantado cadalsos, y un cuerpo de tropas para asistir a la trágica escena. Los presos salieron del castillo con tanto ánimo como si se dirigieran a un agradable entretenimiento, en lugar de ir a afrontar una muerte violenta. Aparte de los soldados, Jesuitas, sacerdotes, verdugos, asistentes, etc., asistió una prodigiosa concurrencia del pueblo, para ver el triunfo de estos devotos mártires, que fueron ejecutados en el siguiente orden: El Señor de Schilik tenía unos cincuenta años de edad, y tenía unas grandes cualidades naturales y adquiridas. Cuando le dijeron que iba a ser descuartizado, y que sus miembros serían dispersados por distintos lugares, sonrió con gran serenidad, diciendo: «La pérdida de la sepultura es una consideración de lo más nimio.» Al gritarle un caballero que estaba cerca diciéndole: «¡Valor, mi señor!», él contestó: «Tengo el favor de Dios, lo que es suficiente para inspirar valor a cualquiera; no me turba el temor a la muerte; antes la he enfrentado en campos de batalla al oponerme al Anticristo; y ahora me enfrentaré a ella en el cadalso, por causa de Cristo.» Habiendo hecho una corta oración, le dijo al verdugo que estaba listo. Éste le cortó la mano derecha y la cabeza, y luego lo descuartizó. Su mano y su cabeza fueron puestas en la torre alta de Praga, y sus cuartos distribuidos por diferentes partes de la ciudad. El Señor Vizconde Wenceslao, que había llegado a la edad de setenta años, era igualmente respetable por su erudición, piedad y hospitalidad. Su temple era tan paciente que cuando su casa fue violada, y su propiedad tomada y sus fincas confiscadas, sólo dijo, con gran compostura: «El Señor ha dado, el Señor ha quitado.» Al preguntársele por qué se dedicaba a una causa tan peligrosa como la de tratar sustentar al elector palatino Federico contra el poder del emperador, contestó: «He actuado estrictamente según los dictados de mi conciencia, y, hasta el día de hoy, le considero mi rey. Ahora estoy lleno de años, y deseo dar mi vida para no ser testigo de los adicionales males que han de sobrevenir a mi país. Hace mucho tiempo que estáis sedientos de mi sangre. Tomadla, porque Dios será mi vengador.» Luego, acercándose al tajo, se acarició su larga y gris barba, y dijo: «Cabellos venerables, tanto mayor honor os esperan, una corona de martirio es vuestra parte.» Luego, poniendo la cabeza, le fue separada del cuerpo con un solo golpe, y clavada sobre una estaca en una parte visible de la ciudad.» El Señor de Harant era hombre de buen sentido, gran piedad y mucha experiencia ganada en sus viajes, por cuanto habla visitado los principales lugares de Europa, Asia y África. Por ello estaba libre de prejuicios nacionales, y había ganado mucho conocimiento. La acusación en contra de este noble era que era protestante, y que había hecho juramento de adhesión a Federico, elector palatino del Rhin, como rey de Bohemia. Cuando llegó al cadalso, dijo: «He viajado por muchos países, y atravesado varias naciones bárbaras, pero nunca he hallado tanta crueldad como en mi patria. He escapado a numerosos peligros por mar y tierra, y me he sobrepuesto a dificultades inconcebibles, para sufrir inocentemente en el lugar que me vio nacer. Mi sangre es asimismo buscada por aquellos por quienes yo, y mis antepasados, hemos arriesgado nuestras posesiones; pero, ¡oh Dios omnipotente, perdónalos, porque no saben lo que hacen!» Luego fue al tajo, se arrodilló, y exclamó con gran energía: «¡En tus manos, oh Señor, encomiendo mi espíritu! En ti siempre he confiado. Recíbeme, pues, mi bendito

Redentor.» Cayó entonces el golpe fatal, y recibió el punto final a los dolores temporales de esta vida. El Señor Federico de Bile sufrió como protestante, y como promotor de la última guerra; afrontó su suerte con serenidad, y sólo dijo que deseaba el bien a los amigos que dejaba atrás, que perdonaba a los enemigos causantes de su muerte, que rechazaba la autoridad del emperador en aquel país, reconociendo a Federico como único rey legítimo de Bohemia, y que confiaba para su salvación en los méritos de su bendito Redentor. El Señor Enrique Otto, cuando llegó al cadalso, parecía muy confundido, y dijo, con una cierta aspereza, como si dirigiéndose al emperador: «¡Tú, oh tirano Fernando, tu trono está establecido en sangre, pero si das muerte a mi cuerpo, y dispersas mis miembros, con todo se levantarán para sentarse en juicio contra ti.» Luego calló, y habiendo caminado un cierto tiempo alrededor del cadalso, pareció recobrar sus energías, y calmarse, y le dijo entonces a un caballero que estaba cerca: «Hace pocos minutos estaba muy descompuesto, pero ahora siento avivar mi espíritu; Dios sea alabado por concederme tal consuelo; la muerte ya no aparece como rey del espanto, sino que parece invitarme a participar de algunos goces desconocidos.» Arrodillándose ante el tajo, dijo: «¡Dios Omnipotente! A ti te encomiendo mi alma. Recíbela por causa de Cristo, y admítela a la gloria de tu presencia.» El verdugo causó mucho sufrimiento a este noble, al darle varios golpes antes de separarle la cabeza del cuerpo. El conde de Rugenia destacaba por sus grandes cualidades y piedad no fingida. En el cadalso dijo: «Los que sacamos nuestras espadas luchamos sólo por preservar las libertades del pueblo y para guardar invioladas nuestras conciencias. Como vencimos, me complazco más en la sentencia de muerte que si el emperador me hubiera dado la vida; porque veo que a Dios le place que Su verdad sea defendida no por nuestras espadas, sino con nuestra sangre.» Luego fue resuelto hacia el tajo, diciendo: «Ahora pronto estaré con Cristo,» y recibió con gran valor la corona del martirio. El Señor Gaspar de Kaplitz tenía ochenta y seis años de edad. Cuando llegó al lugar de la ejecución, se dirigió así al principal oficial: «Aquí tienes a un pobre anciano que a menudo le ha podido a Dios que lo sacara de este mundo malvado, pero que no ha podido hasta ahora obtener su deseo, porque Dios me ha reservado hasta estos años para ser un espectáculo al mundo y un sacrificio para sí mismo. Por ello, hágase la voluntad de Dios.» Uno de los oficiales le dijo que en consideración a su avanzada edad, si tan sólo pedía perdón, le sería concedido de inmediato. «¡Pedir perdón!», exclamó él, «sólo le pediré perdón a Dios, a quien frecuentemente he ofendido, pero no al emperador, a quien jamás di motivo alguno de agravio; si ahora pidiera perdón, se podría sospechar con justicia que he cometido algún crimen que mereciera esta condena. No, no, ya que muerto como inocente, y con una limpia conciencia, no me gustaría separarme de esta noble compañía de mártires». Dicho esto, puso animosamente su cuello sobre el tajo. Procopius Dorzecki dijo, en el cadalso: «Estamos ahora bajo condenación del emperador, pero a su tiempo él será juzgado, y nosotros compareceremos como testigos contra él.» Luego, tomando una medalla de oro de su cuello, que había sido acuñada cuando Federico había sido coronado rey de Bohemia, la presentó a uno de los oficiales, diciéndole al mismo tiempo estas palabras: «Como hombre a punto de morir, pido que si jamás el Rey Federico es restaurado al trono de Bohemia, que le deis esta medalla. Decidle que por su causa la llevé hasta la muerte, y que ahora pongo bien dispuesto mi vida por Dios y por mi rey.» Luego animosamente puso la cabeza y se sometió al fatal golpe. Dionisio Servio había sido criado como católico romano, pero hacia varios años que había abrazado la religión reformada. Cuando se encontró sobre el cadalso, los Jesuitas

ejercieron todos sus esfuerzos por lograr su retractación y que volviera a su anterior fe, pero no les prestó la menor atención a sus exhortaciones. Arrodillándose, les dijo: «Podréis destruir mi cuerpo, pero no podéis dañar mi alma, que encomiendo a mi Redentor»; luego se sometió paciente a su martirio, teniendo entonces cincuenta y seis años. Valentín Cockan era persona de considerable fortuna y eminencia, perfectamente piadoso y honrado, pero de pocas dotes. Sin embargo, su imaginación pareció hacerse más brillante, y sus facultades mejorar al aproximarse la muerte, como si el inminente peligro refinara su entendimiento. Justo antes de ser decapitado se expresó con tal elocuencia, energía y precisión que dejó atónitos a todos los que conocían su anterior deficiencia en cuanto a sus dotes personales. Tobías Stelfick estuvo notable por su afabilidad y serenidad. Estaba totalmente resignado a su suerte, y pocos minutos antes de su muerte habló de esta manera singular: «Durante el curso de mi vida he recibido muchos favores de Dios; no debería entonces alegre aceptar una copa amarga, cuando El considera apropiado presentarla? O más bien, ¿no debería yo regocijarme que sea Su voluntad que dé una vida corrompida a cambio de la inmortalidad?» El doctor Jessenius, un capaz estudiante de medicina, fue acusado de hablar palabras irrespetuosas contra el emperador, de traición por haber jurado su adhesión al elector Federico, y de herejía por ser protestante. Por la primera acusación le cortaron la lengua; por la segunda, fue decapitado; y por la tercera fue descuartizado, y las partes respectivas exhibidas sobre estacas. Cristobal Chober, en cuanto se vio sobre el cadalso, dijo: «He venido en el nombre de Dios, para morir por Su gloria; he luchado la buena batalla, he acabado mi carrera; así que, verdugo, haz tu oficio.» El verdugo obedeció, y en el acto recibió la corona del martirio. Nadie vivió más respetado ni murió más lamentado que Juan Shultis. Las únicas palabras que dijo antes de recibir el golpe fatal fueron: «A los ojos de los necios parece que los justos mueren, pero sólo van a su reposo. ¡Señor Jesús! Tú has prometido que los que a ti vienen, no serán echados fuera. He aquí, he venido; mírame, ten piedad de mí, perdona mis pecados, y recibe mi alma.» Maximiliano Hostialick era famoso por su erudición, piedad y humanidad. Cuando llegó al principio al cadalso parecía totalmente aterrado ante la inminencia de la muerte. Al darse cuenta el oficial de su agitación, le dijo Hostialick: «¡Ah, señor!, ahora se me amontonan en mi mente los pecados de mi juventud, pero espero que Dios me iluminará, no sea que duerma el sueño de la muerte y digan mis enemigos que han prevalecido sobre mi. Poco después, dijo: «Espero que mi arrepentimiento sea sincero, y que sea aceptado, en cuyo caso la sangre de Cristo me lavará de mis crímenes.» Luego le dijo al verdugo que iba a repetir el Cántico de Simeón, tras lo que podría hacer su oficio. Así, él dijo: «Ahora despides, Señor, a tu siervo, conforme a tu palabra, en paz; porque han visto mis ojos tu salvación.» Al acabar estas palabras, el verdugo le cortó la cabeza de un solo golpe. Cuando Juan Kutnaur llegó al lugar de la ejecución, un Jesuita le dijo: «Abraza la fe católica romana, la única que puede salvarte y armarte contra los terrores de la muerte.» A esto él replicó: «Vuestra supersticiosa fe la aborrezco; conduce a la perdición, y no deseo otras armas contra los terrores de la muerte que una buena conciencia.» El Jesuita se apartó, diciendo sarcásticamente: «Los protestantes son rocas impenetrables.» «Te equivocas,» le dijo Kurnaur: «Es Cristo la Roca, y nosotros estamos firmes en Él.» Este hombre, al no haber nacido en la nobleza, sino que había hecho su fortuna en un trabajo manual, fue sentenciado a ser colgado. Antes de ser suspendido, dijo: «Muero, no por haber cometido crimen alguno, sino por seguir los dictados de mi conciencia, y por defender mi país y religión.»

Simeón Sussickey era suegro de Kutnaur, y, lo mismo que él, fue sentenciado a la horca. Fue animoso a la muerte, y parecía impaciente por ser ejecutado, diciendo: «Cada momento me retarda de entrar en el Reino de Cristo.» Natanael Wodianskey fue colgado por haber apoyado la causa protestante y la elección de Federico a la corona de Bohemia. Ante la horca, los Jesuitas hicieron todo lo posible por llevarlo a renunciar su fe. Al ver ineficaces sus esfuerzos, uno de ellos le dijo: «Si no quieres abjurar de tu herejía, ¿te arrepentirás al menos de tu rebelión?» A lo que Wodnianskey replicó: «Nos quitáis la vida bajo la pretendida acusación de rebelión, y no contentos con ello queréis destruir nuestras almas; hartaos de nuestra sangre, y quedaos satisfechos; pero no manipuléis nuestras conciencias.» El propio hijo de Wodnianskey se acercó entonces a la horca, y le dijo a su padre: «Señor, si fueran a ofreceros vuestra vida con la condición de la apostasía, os ruego que os acordéis de Cristo, y que rechacéis unos ofrecimientos tan perniciosos.» A lo que el padre contestó: «Es muy aceptable, mi hijo, ser exhortado por ti a la constancia; pero no abrigues sospechas acerca de mí; más bien trata de confirmar en la fe a tus hermanos, hermanas e hijos, y enséñalos a imitar la constancia de la que les dejaré ejemplo.» Apenas si había acabado estas palabras cuando fue colgado, recibiendo la corona del martirio con gran fortaleza. Durante su encierro, Wenceslao Gisbitzkey abrigó grandes esperanzas de que se le concedería la gracia de la vida, lo que hizo temer a sus amigos por la suerte de su alma. Sin embargo, se mantuvo firme en su fe, oró fervientemente ante la horca, y afrontó su suerte con peculiar resignación. Martín Foster era un anciano lisiado; la acusación contra él era mostrar caridad a los herejes, y prestar dinero al elector Federico. Pero parece que su principal delito había sido su gran riqueza; y fue para ser saqueado de sus tesoros que fue unido a esta ilustre lista de mártires.

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CAPÍTULO IX


Historia de la vida y persecuciones de Martín Lutero


Este ilustre alemán, teólogo y reformador de la Iglesia, fue hijo de Juan Lutero y de Margarita Ziegler, y nació en Eisleben, una ciudad de Sajonia, en el condado de Mansfield, el 10 de noviembre de 1483. La posición y condición de su padre eran originalmente humildes, y su oficio el de minero; pero es probable que por su esfuerzo y trabajo mejorara la fortuna de su familia, por cuanto posteriormente llegó a ser un magistrado de rango y dignidad. Lutero fue pronto iniciado en las letras, y a los trece años de edad fue enviado a una escuela en Magdeburgo, y de allí a Eisenach, en Turingia, donde quedó por cuatro años, exhibiendo las primeras indicaciones de su futura eminencia. En 1501 fue enviado a la Universidad de Erfurt, donde pasó por los acostumbrados cursos de lógica y filosofía. A los veinte años de edad recibió el titulo de licenciado, y luego pasó a enseñar la física de Aristóteles, ética, y otros departamentos de filosofía. Después, por indicación de sus padres, se dedicó a la ley civil, con vistas a dedicarse a la abogacía, pero fue apartado de esta actividad por el siguiente incidente. Andando un día por los campos, fue tocado por un rayo, siendo precipitado al suelo, mientras que un compañero fue muerto justo a su lado; esto lo afectó de tal manera que, sin comunicar su propósito a ninguno de sus amigos, se retiró del mundo, y se acogió al orden de los eremitas de San Agustín. Aquí se dedicó a leer a San Agustín y a los escolásticos; pero, rebuscando por la biblioteca, halló accidentalmente una copia de la Biblia latina, que nunca había visto antes. Esta atrajo poderosamente su curiosidad; la leyó ansiosamente, y se sintió atónito al ver qué poca porción de las Escrituras era enseñada al pueblo. Hizo su profesión en el monasterio de Erfurt, después de haber sido novicio un año; y tomó órdenes sacerdotales, y celebró su primera Misa en 1507. Un año después fue trasladado del monasterio de Erfurt a la Universidad de Wittenberg, porque habiéndose acabado de fundar la universidad, se pensaba que nada sería mejor para darle reputación y fama inmediatas que la autoridad la presencia de un hombre tan celebre por su gran temple y erudición, como Lutero. En esta universidad de Erfurt había un cierto anciano en el convento (de los Agustinos con quien Lutero, que era entonces de la misma orden, fraile Agustino, conversó acerca dc diversas cosas, especialmente acerca de la remisión de los pecados. Acerca de este artículo, este sabio padre se franqueó con Lutero, diciéndole que el expreso mandamiento de Dios es que cada hombre crea particularmente que sus pecados le han sido perdonados en Cristo; le dijo además que esta particular interpretación estaba confirmada por San Bernardo: «Este es cl testimonio que te da el Espíritu Santo en tu corazón, diciendo: Tus pecados te son perdonados. Porque ésta es la enseñanza del apóstol, que el hombre es libremente justificado por la fe.» Estas palabras no sólo sirvieron para fortalecer a Lutero, sino también para enseñarle el pleno sentido de San Pablo, que insiste tantas veces en esta frase: «Somos justificados por la fe.» Y habiendo leído las exposiciones de muchos acerca de este pasaje, luego percibió, tanto por el discurso del anciano como por el consuelo que recibió en su espíritu, la vanidad de las interpretaciones que antes había creído de los escolásticos. Y así, poco a poco, leyendo y comparando los dichos y ejemplos de los profetas y de los apóstoles, con una continua invocación a Dios, y la excitación de la fe por el poder de la oración, percibió esta doctrina con la mayor evidencia. Así prosiguió su estudio en Erfurt por espacio de cuatro años en el convento de los Agustinos.

En 1512, al tener una pendencia siete conventos de su orden con su vicario general, Lutero fue escogido para ir a Roma para mantener su causa. En Roma vio al Papa y su corte, y tuvo también la oportunidad de observar las maneras del clero, cuya manera apresurada, superficial e impía de celebrar la Misa ha observado con severidad. Tan pronto como hubo ajustado la disputa que había sido el motivo de su viaje, volvió a Wittenberg, y fue constituido doctor en teología, a costa de Federico, elector de Sajonia, que le había oído predicar con frecuencia, que estaba perfectamente familiarizado con su mérito, y que le reverenciaba sumamente. Continuó en la Universidad (de Wittenberg, donde, como profesor de teología, se dedicó a la actividad de su vocación. Aquí comenzó de la manera más intensa a leer conferencias sobre los sagrados libros. Explicó la Epístola a los Romanos, y los Salmos, que aclaró y explicó de una manera tan totalmente nueva y diferente de lo que había sido el estilo de los anteriores comentaristas, que «parecía, tras una larga y oscura noche, que amanecía un nuevo día, a juicio de todos los hombres piadosos y prudentes.» Lutero dirigía diligentemente las mentes de los hombres al Hijo de Dios, como Juan el Bautista anunciaba al Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo; del mismo modo Lutero, resplandeciendo en la Iglesia como una luz brillante tras una larga y tenebrosa noche, mostró de manera clara que los pecados son libremente remitidos por el amor del Hijo de Dios, y que deberíamos abrazar fielmente este generoso don. Su vida se correspondía con su profesión; y se evidenció de manera clara que sus palabras no eran actividad meramente de sus labios, sino que procedían de su mismo corazón. Esta admiración de su santa vida atrajo mucho los corazones de sus oyentes. Para prepararse mejor para la tarea que había emprendido, se aplicó atentamente al estudio de los lenguajes griego y hebreo; y a esto estaba dedicado cuando se publicaron las indulgencias generales en 1517. León X, que sucedió a Julio II en marzo del 1513, tuvo el designio de construir la magnífica Iglesia de San Pedro en Roma, que desde luego había sido comenzada por Julio, pero que aún precisaba de mucho dinero para poder ser acabada. Por ello, León, en 1517, publicó indulgencias generales por toda Europa, en favor de todos los que contribuyeran con cualquier suma para la edificación de San Pedro; y designó a personas en diferentes países para proclamar estas indulgencias y para recibir dinero de las mismas. Estos extraños procedimientos provocaron mucho escándalo en Wittenbetg, y de manera particular inflamaron el piadoso celo de Lutero, el cual, siendo de natural ardiente y activo, e incapaz en este caso de contenerse, estaba decidido a declararse en contra de tales indulgencias en todas las circunstancias. Por ello, en la víspera del día de Todos los Santos, en 1517, fijó públicamente, en la iglesia adyacente al castillo de aquella ciudad, una tesis sobre las indulgencias; al principio de las mismas retaba a cualquiera a que se opusiera a ellas bien por escrito, bien en debate oral. Apenas si se habían publicado las proposiciones de Lutero acerca de las indulgencias que Tetzel, el fraile Dominico y comisionado para su venta, mantuvo y publicó una tesis en Frankfort, en la que contenía un conjunto de proposiciones directamente contrarias a ellas. Hizo más: agitó al clero de su orden en contra de Lutero; lo anatematizó desde el púlpito como un hereje condenable, y quemó su tesis de manera pública en Frankfort. La tesis de Tetzel fue también quemada, en reacción, por los luteranos en Wittenberg; pero el mismo Lutero negó haber tenido parte alguna en esta acción. En 1518, Lutero, aunque disuadido de ello por sus amigos, pero para mostrar obediencia a la autoridad, acudió al monasterio de San Agustín en Heidelberg, donde se celebraba capítulo;

y allí mantuvo, el 26 de abril, una disputa acerca de la «justificación por la fe», que Bucero, que entonces estaba presente, tomó por escrito, comunicándola después a Beatas Rhenanus, no sin los más grandes encomios. Mientras tanto, el celo de sus adversarios fue creciendo más y más en contra de él; finalmente fue acusado delante de León X como hereje. Entonces, tan pronto como hubo regresado de Heidelberg, le escribió una carta a aquel Papa en los términos más sumisos; le envió, al mismo tiempo, una explicación de sus proposiciones acerca de las indulgencias. Esta carta está fechada en el Domingo de Trinidad de 1518, e iba acompañada de una protesta en la que se declara que «no pretendía él proponer ni defender nada contrario a las Sagradas Escrituras ni a la doctrina de los padres, recibida y observada por la Iglesia de Roma, ni a los cánones ni decretales de los Papas; sin embargo, pensaba que tenía libertad bien para aprobar o para desaprobar aquellas opiniones de Santo Tomás, Buenaventura y otros escolásticos y canonistas, que no se basaban en texto alguno. El emperador Maximiliano estaba igual de solícito que el Papa acerca de detener la propagación de las opiniones de Lutero en Sajonia, que eran perturbadoras tanto para la Iglesia como para el Imperio. Por ello, Maximiliano escribió a León una carta fechada el 5 de agosto de 1518, pidiéndole que prohibiera, por su autoridad, estas inútiles, desconsideradas y peligrosas disputas; también le aseguraba que cumpliría estrictamente en su imperio todo aquello que Su Santidad ordenase. Mientras tanto, Lutero, en cuanto supo lo que se estaba llevando a cabo acerca de él en Roma, empleó todos los medios imaginables para impedir ser llevado allí, y para obtener que su causa fuera oída en Alemania. El elector estaba también opuesto a que Lutero fuera a Roma, y pidió al Cardenal Cayetano que pudiera ser oído delante de él, como legado del Papa en Alemania. Con esto, el Papa consintió en que su causa fuera juzgada delante del Cardenal Cayetano, a quien había dado poderes para decidirla. Por ello, Lutero se dirigió de inmediato a Augsburgo, llevando consigo cartas del elector. Llegó allá en octubre de 1518, y, habiéndosele dado seguridades, fue admitido en presencia del cardenal. Pero Lutero vio pronto que tenía más que temer del cardenal que de disputas de ningún tipo; por ello, temiendo un arresto si no se sometía, se retiró de Augsburgo el día veinte. Pero, antes de partir, publicó una apelación formal al Papa, y viéndose protegido por el elector, prosiguió predicando las mismas doctrinas en Wittenberg, y envió un reto a todos los inquisidores a que acudieran y disputaran con él. Con respecto a Lutero, Miltitius, el chambelán del Papa, tenía orden de demandar del elector que le obligara a retractarse, o que le negara su protección; pero las cosas no iban a poder ser efectuadas con tanta altanería, siendo que el crédito de Lutero estaba demasiado bien establecido. Además, sucedió que el emperador Maximiliano murió el doce de aquel mes, lo que alteró mucho el aspecto de las cosas, e hizo al elector más capaz de decidir la suerte de Lutero. Por ello, Miltitius pensó que lo mejor sería ver qué se podría hacer con medios limpios y gentiles, y para este fin comenzó a conversar con Lutero. Durante todos estos acontecimientos la doctrina de Lutero se fue esparciendo y prevaleciendo mucho; y él mismo recibió alientos de su tierra y desde fuera. Por aquel tiempo los bohemios le enviaron un libro del célebre Juan Huss, que habla caído mártir en la obra de la reforma, y también cartas en las que le exhortaban a la constancia y a la perseverancia, reconociendo que la teología que él enseñaba era la teología pura, sana y ortodoxa. Muchos hombres eruditos y eminentes se pusieron de su parte.

En 1519 tuvo una célebre disputa en Leipzig con Juan Eccius. Pero esta disputa terminó al final como todas las otras, no habiéndose aproximado las posturas de las partes en absoluto, sino que se sentían más enemigos personales que antes. Alrededor del fin del año, Lutero publicó un libro en el que defendía que la Comunión se celebrara bajo ambas especies; esto fue condenado por el obispo de Misnia el 24 de enero de 1520. Mientras Lutero trabajaba para defenderse ante el nuevo emperador y los obispos de Alemania, Eccius habla ido a Roma para pedir su condena, lo que, como podrá concebirse, ahora no iba a ser tan difícil de conseguir. Lo cierto es que la continua importunidad de los adversarios de Lutero ante León le llevaron al final a publicar una condena contra él, e hizo esto en una bula con fecha del 15 de junio de 1520. Esto tuvo lugar en Alemania, publicada allí por Eccius, que la había solicitado en Roma, y que estaba encargado, junto a Jerónimo Alejandro, persona eminente por su erudición y elocuencia, de la ejecución de la misma. Mientras tanto, Carlos I de España y V de Alemania, después de haber resuelto sus dificultades en los Países Bajos, pasó a Alemania, y fue coronado emperador el veintiuno de octubre en Aquisgrán. Martín Lutero, después de haber sido acusado por primera vez en Roma en Jueves Santo por la censura papal, se dirigió poco después de la Pascua hacia Worms, donde el mencionado Lutero, compareciendo ante el emperador y todos los estados de Alemania, se mantuvo constante en la verdad, se defendió a sí mismo, y dio respuesta a sus adversarios. Lutero quedó alojado, bien agasajado y visitado por muchos condes, barones, caballeros del orden, gentileshombres, sacerdotes y de los comunes, que frecuentaban su alojamiento hasta la noche. Vino, en contra de las expectativas de muchos, tanto adversarios como amigos. Sus amigos deliberaron juntos, y muchos trataron de persuadirle para que no se aventurara a tal peligro, considerando que tantas veces no se había respetado la promesa hecha de seguridad. Él, tras haber escuchado todas sus persuasiones y consejos, respondió de esta manera: «Por lo que a mi respecta, ya que me han llamado, estoy resuelto y ciertamente decidido a acudir a Worms, en nombre de nuestro Señor Jesucristo; si, aunque supiera que hay tantos demonios para resistirme allí como tejas para cubrir las casas de Worms.» Al día siguiente, el heraldo lo trajo de su alojamiento a la corte del emperador, donde quedó hasta las seis de la tarde, porque los príncipes estaban ocupados en graves consultas; quedando allí, y rodeado de gran número de personas, y casi aplastado por tanta multitud. Luego, cuando los príncipes se hubieron sentado, entró Lutero, y Eccius, el oficial, habló de esta guisa: «Responde ahora a la demanda del Emperador. ¿Mantendrás tú todos los libros que has reconocido tuyos, o revocarás algunas partes de los mismos y te someterás?» Martín Lutero respondió modesta y humildemente, pero no sin una cierta firmeza y constancia cristiana. «Considerando que vuestra soberana majestad y vuestros honores demandan una respuesta llana, esto digo y profeso tan resueltamente como pudo, sin dudas ni sofisticaciones, que sino se me convence por el testimonio de las Escrituras (porque no creo ni al Papa ni a sus Concilios generales, que han errado muchas veces, y que han sido contradictorios entre sí), mi conciencia está tan ligada y cautivada por estas Escrituras y la Palabra de Dios, que no me retracto ni me puedo retractar de nada en absoluto, considerando que no es ni piadoso ni legítimo hacer nada en contra de mi conciencia. Aquí estoy y en esto descanso: nada más tengo que decir. ¡Que Dios tenga misericordia de mi!» Los príncipes consultaron entre si acerca de esta respuesta dada por Lutero, y tras haber interrogado diligentemente al mismo, el prolocutor comenzó a interpelarle así: «La Majestad

Imperial demanda de ti una simple respuesta, sea negativa, sea afirmativa, si pretendes defender todos tus libros como cristianos, o no.» Entonces Lutero, dirigiéndose al emperador y a los nobles, les rogó que no le forzaran a ceder contra su conciencia, confirmada por las Sagradas Escrituras, sin argumentos manifiestos que alegaran sus adversarios. «Estoy atado por las Escrituras.» Antes que se disolviera la Dieta de Worms, Carlos V hizo redactar un edicto, fechado el ocho de mayo, decretando que Martín Lutero fuera, en conformidad a la sentencia del Papa, considerado desde entonces miembro separado de la Iglesia, cismático, y hereje obstinado y notorio. Mientras que la bula de León X, ejecutada por Carlos V tronaba por todo el imperio, Lutero fue encerrado a salvo en el castillo de Wittenberg; pero cansado al final de su retiro, volvió a aparecer en público en Wittenberg el 6 de marzo de 1522, después de una ausencia de unos diez meses. Lutero hizo ahora abiertamente la guerra al Papa y a los obispos; y a fin de lograr que el pueblo menospreciara la autoridad de los mismos tanto como fuera posible, escribió un libro contra la bula del Papa, y otro contra el Orden falsamente llamado «El Orden Episcopal». Publicó asimismo una traducción del Nuevo Testamento en lengua alemana, que fue posteriormente corregida por él mismo y Melancton. Ahora reinaba la confusión en Alemania, y no menos en Italia, porque surgió una contienda entre el Papa y el Emperador, durante la que Roma fue tomada dos veces, y el Papa hecho preso. Mientras los príncipes estaban así ocupados en sus pendencias mutuas, Lutero continuó llevando a cabo la obra de la Reforma, oponiéndose también a los papistas y combatiendo a los Anabaptistas y otras sectas fanáticas que, aprovechando su enfrentamiento con la Iglesia de Roma, habían surgido y se habían establecido en diversos lugares. En 1527, Lutero sufrió un ataque de coagulación de sangre alrededor del corazón, que casi puso fin a su vida. Pareciendo que las perturbaciones en Alemania no tenían fin, el Emperador se vio obligado a convocar una dieta en Spira, en el 1529, para pedir la ayuda de los príncipes del imperio contra los turcos. Catorce ciudades, Estrasburgo, Nuremberg, Ulm, Constanza, Retlingen, Windsheim, Merumingen, Lindow, Kempten, Hailbron, Isny, Weissemburg, Norlingen, St. Gal, se unieron contra el decreto de la dieta, emitiendo una protesta que fue escrita y publicada en abril de 1529. Ésta fue la célebre protesta que dio el nombre de «Protestantes» a los reformadores en Alemania. Después de esto, los príncipes protestantes emprendieron la formación de una alianza firme, e instruyeron al elector de Sajonia y a sus aliados que aprobaran lo que la Dieta había hecho; pero los diputados redactaron una apelación, y los protestantes presentaron luego una apología por su «Confesión», la famosa confesión que había sido redactada por el moderado Melancton, como también la apología. Todo esto fue firmado por varios de los príncipes, y a Lutero ya no le quedó nada más por hacer sino sentarse y contemplar la magna obra que había llevado a cabo; porque que un solo monje pudiera darle a la Iglesia de Roma un golpe tan rudo que se necesitara sólo de otro parecido para derribada del todo, bien puede considerarse una magna obra. En 1533 Lutero escribió una epístola consoladora a los ciudadanos de Oschatz, que habían sufrido algunas penalidades por haberse adherido a la confesión de fe de Augsburgo; y en 1534 se imprimió la Biblia que él había traducido al alemán, como lo muestra el antiguo privilegio fechado en Bibliópolis, de mano del mismo elector; y fue publicada al año siguiente. También aquel año publicó un libro: «Contra las Misas y la Consagración de los Sacerdotes.»

En febrero de 1537 se celebró una asamblea en Smalkalda acerca de cuestiones religiosas, a la que fueron llamados Lutero y Melancton. En esta reunión Lutero cayó tan enfermo que no habla esperanzas de su recuperación. Mientras le llevaban de vuelta escribió su testamento, en el que legaba su desdén del papado a sus amigos y hermanos. Y así estuvo activo hasta su muerte, que tuvo lugar en 1546. Aquel año, acompañado por Melaneton, había visitado su propio país, que no había visto por muchos años, y había vuelto sano y salvo. Pero poco después fue llamado otra vez por los condes de Mansfelt, para que arbitrara unas diferencias que habían surgido acerca de sus límites, y al llegar fue recibido por cien o más jinetes, y conducido de manera muy honrosa. Pero en aquel tiempo enfermó tan violentamente que se temió que pudiera morir. Dijo entonces que estos ataques de enfermedad siempre le sobrevenían cuando tenía cualquier gran obra que emprender. Pero en esta ocasión no se recuperó, sino que murió, el 18 de febrero, a la edad de sesenta y tres años. Poco antes de expirar, amonestó a aquellos que estaban a su alrededor que oraran por la propagación del Evangelio, «porque el Concilio de Trento,» les dijo, «que ha tenido una o dos sesiones, y el Papa, inventarán extrañas cosas contra él.» Sintiendo que se aproximaba el fatal desenlace, antes de las nueve de la mañana se encomendó a Dios con esta devota oración: «¡Mi Padre celestial, Dios eterno y misericordioso! Tu me has manifestado tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Le he enseñado, le he conocido; le amo como mi vida, mi salud y mi redención, a Quien los malvados han perseguido, calumniado y afligido con vituperios. Lleva mi alma a ti.» Después de esto dijo lo que sigue, repitiéndolo tres veces: «¡En tus manos encomiendo mi espíritu, Tú me has redimido, oh Dios de verdad! «Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree no se pierda, mas tenga vida eterna»» Habiendo repetido sus oraciones varias veces, fue llamado a Dios. Así, orando, su limpia alma fue separada pacíficamente del cuerpo terrenal.

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CAPÍTULO X


Persecuciones generales en Alemania


Las persecuciones generales en Alemania fueron principalmente causadas por las doctrinas y el ministerio de Martín Lutero. Lo cierto es que el Papa quedó tan alarmado por el éxito del valiente reformador que decidió emplear al Emperador Carlos V, a cualquier precio, en el plan para intentar su extirpación. Para este fin: 1. Dio al emperador doscientas mil coronas en efectivo. 2. Le prometió mantener doce mil infantes y cinco mil tropas de caballería, por el espacio de seis meses, o durante una campaña. 3. Permitió al emperador recibir la mitad de los ingresos del clero del imperio durante la guerra. 4. Permitió al emperador hipotecar las fincas de las abadías por quinientas mil coronas, para ayudar en la empresa de las hostilidades contra los protestantes. Así incitado y apoyado, el emperador emprendió la extirpación de los protestantes, contra los que, de todas maneras, tenía un odio personal; y para este propósito se levantó un poderoso ejército en Alemania, España e Italia. Mientras tanto, los príncipes protestantes constituyeron una poderosa confederación, para repeler el inminente ataque. Se levantó un gran ejército, y se dio su mando al elector de Sajonia, y al landgrave de Hesse. Las fuerzas imperiales iban mandadas personalmente por el emperador de Alemania, y los ojos de toda Europa se dirigieron hacia el suceso de la guerra. Al final los ejércitos chocaron, y se libró una furiosa batalla, en la que los protestantes fueron derrotados, y el elector de Sajonia y el landgrave de Hesse hechos prisioneros. Este golpe fatal fue sucedido por una horrorosa persecución, cuya dureza fue tal que el exilio podía considerarse como una suerte suave, y la ocultación en un tenebroso bosque como una felicidad. En tales tiempos una cueva es un palacio, una roca un lecho de plumas, y las raíces, manjares. Los que fueron atrapados sufrieron las más crueles torturas que podían inventar las imaginaciones infernales: y por su constancia dieron prueba de que un verdadero cristiano puede vencer todas las dificultades, y a pesar de todos los peligros ganar la corona del martirio. Enrique Voes y Juan Esch prendidos como protestantes, fueron llevados al inteterrogatorio. Voes, respondiendo por sí mismo y por el otro, dio las siguientes respuestas a algunas preguntas que les hizo el sacerdote, que los examinó por orden dc la magistratura. Sacecerdote. ¿No erais vosotros dos, hace algunos años, frailes agustinos? Voes. Sí. Sacerdote. ¿Cómo es que habéis abandonado el seno de la Iglesia de Roma? Voes. Por sus abominaciones. Sacerdote. ¿En qué creéis? Voes. En el Antiguo y Nuevo Testamento. Sacerdote. ¿No creéis en los escritos de los padres y en los decretos de los Concilios? Voes. Sí, si concuerdan con la Escritura. Sacerdote. ¿No os sedujo Martín Lutero? Voes. Nos ha seducido de la misma manera en que Cristo sedujo a los apóstoles: esto es, nos hizo consciente de la fragilidad de nuestros cuerpos y del valor de nuestras almas.

Este interrogatorio fue suficiente. Ambos fueron condenados a las llamas, y poco después padecieron con aquella varonil fortaleza que corresponde a los cristianos cuando reciben la corona del martirio. Enrique Sutphen, un predicador elocuente y piadoso, fue sacado de su cama en medio de la noche, y obligado a caminar descalzo un largo trecho, de modo que los pies le quedaron terriblemente cortados. Pidió un caballo, pero los que le llevaban dijeron con escarnio: «¡Un caballo para un hereje! No, no, los herejes pueden ir descalzos.» Cuando llegó al lugar de su destino, fue condenado a morir quemado: pero durante la ejecución se cometieron muchas indignidades contra él, porque los que estaban junto a él, no contentos con lo que sufría en las llamas, le contaron y sajaron de la manera más terrible. Muchos fueron asesinados en Halle; Middleburg fue tomado al asalto, y todos los protestantes fueron pasados a cuchillo, y muchos fueron quemados en Viena. Enviado un oficial a dar muerte a un ministro, pretendió, al llegar, que sólo lo quería visitar. El ministro, que no sospechaba sus crueles intenciones, agasajó a su supuesto invitado de modo muy cordial. Tan pronto como la comida hubo acabado, el oficial dijo a unos de sus acompañantes: «Tomad a este clérigo, y colgadlo.» Los mismos acompañantes quedaron tan atónitos tras las cortesías que habían visto, que vacilaron ante las órdenes de su jefe: el ministro dijo: «Pensad el aguijón que quedara en vuestra conciencia por violar de esta manera las leyes de la hospitalidad.» Pero el oficial insistió en ser obedecido, y los acompañantes, con repugnancia, cumplieron el execrable oficio de verdugo. Pedro Spengler, un piadoso teólogo, de la ciudad de Schalet, fue echado al río y ahogado. Antes de ser llevado a la ribera del río que iba a ser su tumba, lo expusieron en la plaza del mercado, para proclamar sus crímenes, que eran no ir a Misa, no confesarse, y no creer en la transubstanciación. Terminada esta ceremonia, él hizo un discurso excelente al pueblo, y terminó con una especie de himno de naturaleza muy edificante. Un caballero protestante fue sentenciado a decapitación por no renunciar a su religión, y fue animoso al lugar de la ejecución. Acudió un fraile a su lado, y le dijo estas palabras en voz muy baja: «Ya que tenéis gran repugnancia a abjurar en público de vuestra fe, musitad vuestra confesión en mi oído, y yo os absolveré de vuestros pecados.» A esto el caballero replicó en voz alta: «No me molestes, fraile, he confesado mis pecados a Dios, y he obtenido la absolución por los méritos de Jesucristo.» Luego, dirigiéndose al verdugo, le dijo: «Que no me molesten estos hombres: cumple tu oficio,» y su cabeza cayó de un solo golpe. Wolfgang Scuch y Juan Ruglin, dos dignos ministros, fueron quemados, como también Leonard Keyser, un estudiante de la Universidad de Wertembergli; y Jorge Carpenter, bávaro, fue colgado por rehusar retractarse del protestantismo. Habiéndose apaciguado las persecuciones en Alemania durante muchos años, volvieron a desencadenarse en 1630, debido a la guerra del emperador contra el rey de Suecia, porque éste era un príncipe protestante, y consiguientemente los protestantes alemanes defendieron su causa, lo que exasperó enormemente al emperador contra ellos. Las tropas imperiales pusieron sitio a la ciudad de Passewalk (que estaba defendida por los suecos), y, tomándola al asalto, cometieron las más horribles crueldades. Destuyeron las iglesias, quemaron las casas, saquearon los bienes, mataron a los ministros, pasaron a la guarnición a cuchillo, colgaron a los ciudadanos, violaron a las mujeres, ahogaron a los niños, etc., etc. En Magdeburgo tuvo lugar una tragedia de lo más sanguinaria, en el año 1631. Habiendo los generales Tilly y Pappenheim tomado aquella ciudad protestante al asalto, hubo una matanza

demás de veinte mil personas, sin distinción de rango, sexo o edad, y seis mil más fueron ahogadas en su intento de escapar por río Elba. Después de apaciguarse esta furia, los habitantes restantes fueron desnudados, azotados severamente, les fueron cortadas las orejas, y, enyugados como bueyes, fueron soltados. La ciudad de Roxter fue tomada por el ejército papista, y todos sus habitantes, así como la guarnición, fueron pasados a cuchillo; hasta las casas fueron incendiadas, y los cuerpos fueron consumidos por las llamas. En Griphenberg, cuando prevalecieron las tropas imperiales, encerraron a los senadores en la cámara del senado, y los asfixiaron rodeándola con paja encendida. Franhendal se rindió bajo unos artículos de capitulación, pero sus habitantes fueron tratados tan cruelmente como en otros lugares; y en Heidelberg muchos fueron echados en la cárcel y dejados morir de hambre. Así se enumeran las crueldades cometidas por las tropas imperiales, bajo el Conde Tilly, en Sajonia: Estrangulación a medias, recuperación de las personas, y vuelta a lo mismo. Aplicación de afiladas ruedas sobre los dedos de las manos y de los pies. Aprisionamiento de los pulgares en tomillos de banco. El forzamiento de las cosas más inmundas garganta abajo, por las cuales muchos quedaron ahogados. El prensamiento con sogas alrededor de la cabeza de tal manera que la sangre brotaba de los ojos, de la nariz, de los oídos y de la boca. Cerillas ardiendo en los dedos de las manos y de los pies, en los brazos y piernas, y hasta en la lengua. Poner pólvora en la boca, y prenderla, con lo que la cabeza volaba en pedazos. Atar bolsas de pólvora por todo el cuerpo, con lo que la persona era destrozada por la explosión. Tirar en vaivén de sogas que atravesaban las carnes. Incisiones en la piel con instrumentos cortantes. Inserción de alambres a través de la nariz, de los oídos, labios, etc. Colgar a los protestantes por las piernas, con sus cabezas sobre un fuego, por lo que quedaban secados por el fuego. Colgarlos de un brazo hasta que quedaba dislocado. Colgar de garfios a través de las costillas. Obligar a beber hasta que la persona reventaba. Cocer a muchos en hornos ardientes. Fijación de pesos en los pies, subiendo a muchos Juntos con una polea. La horca, asfixia, asamiento, apuñalamiento, freimiento, el potro, la violación, el destripamiento, el quebrantamiento de los huesos, el despellejamiento, el descuartizamiento entre caballos indómitos, ahogamiento, estrangulación, cocción, crucifixión, empaderamiento, envenenamiento, cortamiento de lenguas, narices, oídos, etc., aserramiento de los miembros, troceamiento a hachazos y arrastre por los pies por las calles. Estas enormes crueldades serán un baldón perpetuo sobre la memoria del Conde Tilly, que no sólo cometió sino que mandó a las tropas que las pusieran en práctica. Allí donde llegaba seguían las más horrendas barbaridades y crueles depredaciones; el hambre y el fuego señalaban sus avances, porque destruía todos los alimentos que no podía llevarse consigo, y quemaba todas las ciudades antes de dejarlas, de modo que el resultado pleno de sus conquistas eran el asesinato, la pobreza y la desolación. A un anciano y piadoso teólogo lo desnudaron, lo ataron boca arriba sobre una mesa, y ataron un gato grande y fiero sobre su vientre. Luego pellizcaron y atormentaron al gato de tal manera que en su furia le abrió el vientre y le remordió las entrañas. Otro ministro y su familia fueron apresados por estos monstruos inhumanos; violaron a su mujer e hija delante de él, enclavaron a su hijo recién nacido en la punta de una lanza, y luego, rodeándole de todos sus libros, les prendieron fuego, y fue consumido en medio de las llamas.

En Hesse-Cassel, algunas de las tropas entraron en un hospital, donde había principalmente mujeres locas, y desnudando a aquellas pobres desgraciadas, las hicieron correr por la calle a modo de diversión, dando luego muerte a todas. En Pomerania, algunas de las tropas imperiales que entraron en una ciudad pequeña tomaron a todas las mujeres jóvenes, y a todas las muchachas de más de diez años, y poniendo a sus padres en un circulo, les mandaron cantar Salmos, mientras violaban a sus niñas, diciéndoles que si no lo hacían, las despedazarían después. Luego tomaron a todas las mujeres casadas que tenían niños pequeños, y las amenazaron que si no consentían a gratificar sus deseos, quemarían a sus niños delante de ellas en un gran fuego, que habían encendido para ello. Una banda de soldados del Conde Tilly se encontraron con un grupo de mercaderes de Basilea, que volvían del gran mercado de Estrasburgo, e in tentaron rodearlos. Sin embargo, todos escaparon menos diez, dejando sus bienes tras ellos. Los diez que fueron tomados rogaron mucho por sus vidas, pero los soldados los asesinaron diciendo: «Habéis de morir, porque sois herejes, y no tenéis dinero.» Los mismos soldados encontraron a dos condesas que, junto con algunas jóvenes damas, las hijas de una de ellas, estaban dando un paseo en un landau. Los soldados les perdonaron la vida, pero las trataron con la mayor indecencia, y, dejándolas totalmente desnudas, mandaron al cochero que prosiguiera. Por la mediación de Gran Bretaña, se restauró finalmente la paz en Alemania, y los protestantes quedaron sin ser molestados durante varios años, hasta que se dieron nuevas perturbaciones en el Palatinado, que tuvieron estas causas. La gran Iglesia del Espíritu Santo, en Heidelberg, había sido compartida durante muchos años por los protestantes y católicos romanos de esta manera: los protestantes celebraban el servicio divino en la nave o cuerpo de la iglesia; los católicos romanos celebraban Misa en el coro. Aunque ésta había sido la costumbre desde tiempos inmemoriales, el elector del Palatinado, finalmente, decidió no permitirlo más, declarando que como Heidelberg era su capital, y la Iglesia del Espíritu Santo la catedral de su capital, el servicio divino debía ser llevado a cabo sólo según los ritos de la Iglesia de la que él era miembro. Entonces prohibió a los protestantes entrar en la iglesia, y dio a los papistas su entera posesión. El pueblo, agraviado, apeló a los poderes protestantes para que se les hiciera justicia, lo que exasperó de tal modo al elector que suprimió el catecismo de Heidelberg. Sin embargo, los poderes protestantes acordaron unánimes exigir satisfacciones, por cuanto el elector, con su conducta, había quebrantado un articulo del tratado de Westfalia; también las cortes de Gran Bretaña, Prusia, Holanda, etc., enviaron embajadores al elector, para exponerle la injusticia de su proceder, y para amenazarle que, a no ser que cambiara su conducta para con los protestantes del Palatinado, ellos tratarían también a sus Súbditos católicos romanos con la mayor severidad. Tuvieron lugar muchas y violentas disputas entre los poderes protestantes y los del elector, y estas se vieron muy incrementadas por el siguiente incidente: estando el carruaje de un ministro holandés delante de la puerta del embajador residente enviado por el príncipe de Hesse, una compañía apareció llevando la hostia a casa de un enfermo; el cochero no le prestó la menor atención, lo que observaron los acompañantes de la hostia, y lo hicieron bajar de su asiento, obligándole a poner la rodilla en el suelo. Esta violencia contra la persona de un criado de un ministro público fue mal vista por todos los representantes protestantes; y para agudizar aún mas las diferencias, los protestantes presentaron a los representantes tres artículos de queja: 1. Que se ordenaban ejecuciones militares contra todos los zapateros protestantes que rehusaban contribuir a las Misas de San Crispín.

2. Que a los protestantes se les prohibía trabajar en días santos de los papistas, incluso en la época de la cosecha, bajo penas muy severas, lo que ocasionaba graves inconvenientes y causaba graves peijuicios a las actividades públicas. 3. Que varios ministros protestantes habían sido desposeídos de sus iglesias, bajo la pretensión de haber sido fundadas y edificadas originalmente por católicos romanos. Finalmente, los representantes protestantes se pusieron tan apremiantes como para insinuarle al elector que la fuerza de las armas le iba a obligar a hacer la justicia que había negado a su embajada. Esta amenaza lo volvió a la razón, porque bien conocía la imposibilidad de llevar a cabo una guerra contra los poderosos estados que le amenazaban. Por ello, accedió a que la nave de la Iglesia del Espíritu Santo le fuera devuelta a los protestantes. Restauró el catecismo de Heidelberg, volvió a dar a los ministros protestantes la posesión de las iglesias de las que habían sido desposeídos, permitió a los protestantes trabajar en días santos de los papistas, y ordenó que nadie fuera molestado por no arrodillarse cuando pasara la hostia por su lado. Estas cosas las hizo por temor, pero para mostrar su resentimiento contra sus súbditos protestantes, en otras circunstancias en las que los poderes protestantes no tenían derecho a interferir, abandonó totalmente Heidelberg, traspasando todas las cortes de justicia a Mannheim, que estaba totalmente habitada por católicos romanos. Asimismo edificó allí un nuevo palacio, haciendo de él su lugar de residencia; y, siendo seguido por los católicos de Heidelberg, Mannheim se convirtió en un lugar floreciente. Mientras tanto, los protestantes de Heidelberg quedaron sumidos en la pobreza, y muchos quedaron tan angustiados que abandonaron su país nativo, buscando asilo en estados protestantes. Un gran número de estos fueron a Inglaterra, en tiempos de la Reina Ana, donde fueron cordialmente recibidos, y hallaron la más humanitaria ayuda, tanto de donaciones públicas como privadas. En 1732, más de treinta mil protestantes fueron echados del arzobispado de Salzburgo, en violación del tratado de Westfalia. Salieron en lo más crudo del invierno, con apenas las ropas suficientes para cubrirles, y sin provisiones, sin permiso para llevarse nada consigo. Al no ser acogida la causa de esta pobre gente por aquellos estados que hubieran podido obtener reparación, emigraron a varios países protestantes, y se asentaron en lugares donde pudieran gozar del libre ejercicio de su religión, sin daño a sus conciencias, y viviendo libres de las redes de la superstición papal, y de las cadenas de la tiranía papal.

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CAPÍTULO XI


Historia de las persecuciones en los Países Bajos


Habiéndose extendido con éxito la luz del Evangelio por los Países Bajos, el Papa instigó al emperador a iniciar una persecución contra los protestantes; muchos cayeron entonces mártires bajo la malicia supersticiosa y el bárbaro fanatismo, entre los que los más notables fueron los siguientes. Wendelinuta, una piadosa viuda protestante, fue prendida por causa de su religión, y varios monjes intentaron, sin éxito, que se retractara. Como no podían prevalecer, una dama católica romana conocida suya deseó ser admitida en la mazmorra donde ella estaba encerrada, prometiendo esforzarse por inducir a la prisionera a abjurar de la religión reformada. Cuando fue admitida a la mazmorra, hizo todo lo posible por llevar a cabo la tarea que había emprendido; pero al ver inútiles sus esfuerzos, dijo: «Querida Wendelinuta, si no abrazas nuestra fe, mantén al menos secretas las cosas que tú profesas, y trata de alargar tu vida.» A lo que la viuda le contestó: «Señora, usted no sabe lo que dice; porque con el corazón creemos para justicia, pero con la boca se hace confesión para salvación.» Como rehusó rotundamente retractarse, sus bienes fueron confiscados, y ella fue condenada a la hoguera. En el lugar de la ejecución, un monje le presentó una cruz, y la invitó a besarla y a adorar a Dios. A esto ella respondió: «No adoro yo a ningún dios de madera, sino al Dios eterno que está en el cielo.» Entonces fue ejecutada, pero por mediación de la dama católica romana antes mencionada, le fue concedido el favor de ser estrangulada antes de ponerse fuego a la leña. Dos clérigos protestantes fueron quemados en Colen; un comerciante de Amberes, llamado Nicolás, fue atado en un saco, y echado al río y ahogado. Y Pistorius, un erudito estudiante, fue llevado al mercado de un pueblo holandés en una camisa de fuerza, y allí lanzado a la hoguera. Dieciséis protestantes fueron sentenciados a decapitación y se ordenó a un ministro protestante que asistiera a la ejecución. Este hombre llevó a cabo la función de su oficio con gran propiedad, exhortándolos al arrepentimiento, y les dio consolación en las misericordias de su Redentor. Tan pronto los dieciséis fueron decapitados, el magistrado le gritó al verdugo: «Te falta aún dar un golpe, verdugo; debes decapitar al ministro; nunca podrá morir en mejor momento que éste, con tan buenos preceptos en su boca y unos ejemplos tan loables delante de él.» Fue entonces decapitado, aunque hasta muchos de los mismos católicos romanos reprobaron este gesto de crueldad pérfida e innecesaria. Jorge Scherter, ministro de Salzburgo, fue prendido y encerrado en prisión por instruir a su grey en el conocimiento del Evangelio. Mientras estaba en su encierro, escribió una confesión de su fe. Poco después de ello fue condenado, primero a ser decapitado, y luego a ser quemado. De camino al lugar de la ejecución les dijo a los espectadores: «Para que sepáis que muero como cristiano, os daré una señal.» Y esto se verificó de una manera de lo más singular, porque después que le fuera cortada la cabeza, el cuerpo yació durante un cierto tiempo con el vientre abajo, pero se giró repentinamente sobre la espalda, con el pie derecho cruzado sobre el izquierdo, y también el brazo derecho sobre el izquierdo; y así quedó hasta que fue lanzado al fuego. En Louviana, un erudito hombre llamado Percinal fue asesinado en prisión; Justus Insparg fue decapitado por tener en su poder los sermones de Lutero.

Giles Tilleman, un cuchillero de Bruselas, era un hombre de gran humanidad y piedad. Fue apresado entre otras cosas por ser protestante, y los monjes se esforzaron mucho por persuadirle a retractarse. Tuvo una vez, accidentalmente una buena oportunidad para huir, y al preguntársele por qué no la había aprovechado, dijo: «No quería hacerle tanto daño a mis carceleros como les había sucedido, si hubieran tenido que responder de mi ausencia si hubiera escapado.» Cuando fue sentenciado a la hoguera, dio fervientemente gracias a Dios por darle la oportunidad, por medio del martirio, de glorificar Su nombre. Viendo en el lugar de la ejecución una gran cantidad de leña, pidió que la mayor parte de la misma fuera dada a los pobres, diciendo: «Para quemarme a mi será suficiente con poco.» El verdugo se ofreció a estrangularle antes de encender el fuego, pero él no quiso consentir, diciéndole que desafiaba a las llamas, y desde luego expiró con tal compostura en medio de ellas que apenas si parecía sensible a sus efectos.» En el año 1543 y 1544 la persecución se abatió por Flandes de la manera más violenta y cruel. Algunos fueron condenados a prisión perpetua, otros a destierro perpetuo; pero la mayoría eran muertos bien ahorcados, o bien ahogados, emparedados, quemados, mediante el potro, o enterrados vivos. Juan de Boscane, un celoso protestante, fue prendido por su fe en la ciudad de Amberes. En su juicio profesó firmemente ser de la religión reformada, lo que llevó a su inmediata condena. Pero el magistrado temía ejecutarlo públicamente, porque era popular debido a su gran generosidad y casi universalmente querido por su vida pacífica y piedad ejemplar. Decidiéndose una ejecución privada, se dio orden de ejecutarlo en la prisión. Por ello, el verdugo lo puso en una gran bañera; pero debatiéndose Boscane, y sacando la cabeza fuera del agua, el verdugo lo apuñaló con una daga en varios lugares, hasta que expiro. Juan de Buisons, otro protestante, fue prendido secretamente, por el mismo tiempo en Amberes, y ejecutado privadamente. Siendo grande el número de protestantes en aquella ciudad, y muy respetado el preso, los magistrados temían una insurrección, y por esta razón ordenaron su decapitación en la prisión. En el año del Señor de 1568, tres personas fueron prendidas en Amberes, llamadas Scoblant, Hues y Coomans. Durante su encierro se comportaron con gran fortaleza y ánimo, confesando que la mano de Dios se manifestaba en lo que les había sucedido, e inclinándose ante el trono de Su providencia. En una epístola a algunos dignatarios protestantes, se expresaron con las siguientes palabras: «Por cuanto es la voluntad del Omnipotente que suframos por Su nombre y que seamos perseguidos por causa de Su Evangelio, nos sometemos pacientemente, y estamos gozosos por esta oportunidad; aunque la carne se rebele contra el espíritu, y oiga al consejo de la vieja serpiente, sin embargo las verdades del Evangelio impedirán que sea aceptado su consejo, y Cristo aplastará la cabeza de la serpiente. No estamos sin consuelo en el encierro, porque tenemos fe; no tememos a la aflicción, porque tenemos esperanza; y perdonamos a nuestros enemigos, porque tenemos caridad. No tengáis temor por nosotros; estamos felices en el encierro gracias a las promesas de Dios, nos gloriamos en nuestras cadenas, y exultamos por ser considerados dignos de sufrir por causa de Cristo. No deseamos ser libertados, sino bendecidos con fortaleza; no pedimos libertad, sino el poder de la perseverancia; y no deseamos cambio alguno en nuestra condición, sino aquel que ponga una corona de martirio sobre nuestras cabezas.» Scoblant file juzgado primero. Al persistir en la profesión de su fe, recibió la sentencia de muerte. Al volver a la cárcel, le pidió seriamente a su carcelero que no permitiera que le visitara ningún fraile. Dijo así: «Ningún bien me pueden hacer, sino que pueden perturbarme mucho.

Espero que mi salvación ya está sellada en el cielo, y que la sangre de Cristo, en la que pongo mi firme confianza, me ha lavado de mis iniquidades. Voy ahora a echar de mí este ropaje de barro para ser revestido de un ropaje de gloria eterna, por cuyo celeste resplandor seré liberado de todos los errores. Espero ser el último mártir de la tiranía papal, y que la sangre ya derramada sea considerada suficiente para apagar la sed de la crueldad papal; que la Iglesia de Cristo tenga reposo aquí, como sus siervos lo tendrán en el más allá.» El día de su ejecución se despidió patéticamente de sus compañeros de prisión. Atado en la estaca oró fervientemente la Oración del Señor, y cantó el Salmo Cuarenta; luego encomendó su alma a Dios, y fue quemado vivo. Poco después Hues murió en prisión, y por esta circunstancia Coomans escribió a sus amigos: «Estoy ahora privado de mis amigos y compañeros; Scoblant ha sufrido martirio, y Hues ha muerto por la visitación del Señor; pero no estoy solo: tengo conmigo al Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; El es mi consuelo, y será mi galardón. Orad a Dios que me fortalezca hasta el fin, por cuanto espero a cada momento ser liberado de esta tienda de barro.» En su juicio confesó abiertamente ser de la religión reformada, respondió con fortaleza varonil a cada una de las acusaciones que se le hacían, y demostró con el Evangelio lo Escriturario de sus respuestas. El juez le dijo que las únicas alternativas eran la retractación o la muerte, y terminó diciendo: «¿Morirás por la fe que profesas?» A esto Coomans replicó: «No sólo estoy dispuesto a morir, sino también a sufrir las torturas más crueles por ello; después, mi alma recibirá su confirmación de parte del mismo Dios, en medio de la gloria eterna.» Condenado, se dirigió lleno de ánimo al lugar de la ejecución, y murió con la más varonil fortaleza y resignación cristiana. Guillermo de Nassau cayó víctima de la perfidia, asesinado a los cincuenta y un años de edad por Baltasar Gerard, natural del Franco Condado, en la provincia de Borgoña. Este asesino, con la esperanza de una recompensa aquí y en el más allá por matar a un enemigo del rey de España y de la religión católica, emprendió la acción de matar al Príncipe de Orange. Procurándose armas de fuego, lo vigiló mientras pasaba a través del gran vestíbulo de su palacio hacia la comida, y le pidió un pasaporte. La princesa de Orange, viendo que el asesino hablaba con una voz hueca y confusa, preguntó quién era, diciendo que no le gustaba su cara. El príncipe respondió que se trataba de alguien que pedía un pasaporte, que le sería dado pronto. Nada más pasó antes de la comida, pero al volver el príncipe y la princesa por el mismo vestíbulo, terminada la comida, el asesino, oculto todo lo que podía tras uno de los pilares, disparó contra el príncipe, entrando las balas por el lado izquierdo y penetrando en el derecho, hiriendo en su trayectoria el estómago y órganos vitales. Al recibir las heridas, el príncipe sólo dijo: «Señor, ten misericordia de mi alma, y de esta pobre gente,» y luego expiró inmediatamente. Las lamentaciones por la muerte del Príncipe de Orange fueron generales por todas las Provincias Unidas, y el asesino, que fue tomado de inmediato, recibió la sentencia de ser muerto de la manera más ejemplar, pero tal era su entusiasmo, o necedad, que cuando le desgarraban las carnes con tenazas al rojo vivo, decía fríamente: «Si estuviera en libertad, volvería a hacerlo.» El funeral del Príncipe de Orange fue el más grande jamás visto en los Países Bajos, y quizá el dolor por su muerte el más sincero, porque dejó tras de sí el carácter que honradamente merecía, el de padre de su pueblo. Para concluir, multitudes fueron asesinadas en diferentes partes de Flandes; en la ciudad de Valence, en particular, cincuenta y siete de los principales habitantes fueron brutalmente muertos en un mismo día por rehusar abrazar la superstición romanista; y grandes números fueron dejados languidecer en prisión hasta morir por lo insano de sus mazmorras.


CAPÍTULO XII


La vida e historia del verdadero siervo y mártir de Dios, William Tyndale


Debemos ahora pasar a la historia del buen mártir de Dios, William Tyndale, que fue un instrumento especial designado por el Señor, y como vara de Dios para sacudir las raíces interiores y los fundamentos de los soberbios prelados papales, de manera que el gran príncipe de las tinieblas, con sus impíos esbirros, teniendo una especial inquina contra él, no dejó nada sin remover para poderlo atrapar a traición y falsedad, y derramar su vida maliciosamente, como se verá por la historia que aquí damos de lo sucedido. William Tyndale, el fiel ministro de Cristo, nació cerca de la frontera con Cales, y fue criado desde niño en la Universidad de Oxford, donde, por su larga estancia, creció tanto en el conocimiento de los idiomas y de otras artes liberales, como especialmente en el conocimiento de las Escrituras, a las que su mente estaba especialmente adicta; y esto hasta tal punto que él, encontrándose entonces en Magdalen Hall, leía en privado a ciertos estudiantes y miembros del Magdalen College algunas partes de teología, instruyéndolos en conocimiento y en la verdad de las Escrituras. Correspondiéndose su manera de vivir y conversación con las mismas hasta tal punto, que todos los que le conocían le consideraban como un hombre de las más virtuosas inclinaciones y de una vida intachable. Así que fue creciendo más y más en su conocimiento en la Universidad de Oxford, y acumulando grados académicos, viendo su oportunidad, pasó de allí a la Universidad de Cambridge, donde también se quedó un cierto tiempo. Habiendo ahora madurado adicionalmente en el conocimiento de la Palabra de Dios, dejando aquella universidad fue a un Maestro Welch, un caballero de Gloucestershire, y allí trabajó como tutor de sus hijos, estando en el favor de su señor. Como este caballero mantenía en su mesa un buen menú para el público, allí acudían muchas veces abades, deanes, arcedianos, con otros doctores y hombres de rentas; ellos, sentados a la misma mesa que el Maestro Tyndale, solían muchas veces conversar y hablar acerca de hombres eruditos, como Lutero y Erasmo, y también de otras diversas controversias y cuestiones acerca de las Escrituras. Entonces el Maestro Tyndale, que era erudito y buen conocedor de los asuntos de Dios, no ahorraba esfuerzos por mostrarles de manera sencilla y llana su juicio, y cuando ellos en algún punto no concordaban con Tyndale, él se lo mostraba claramente en el Libro, y ponía de manera llana delante de ellos los pasajes abiertos y manifiestos de la Escritura, para confutar los errores de sus oyentes y establecer lo que decía. Así continuaron por un cierto tiempo, razonando y discutiendo juntos en varias ocasiones, hasta que al final se cansaron, y comenzaron a sentir un secreto resentimiento contra él en sus corazones. Al ir esto creciendo, los sacerdotes de la región, uniéndose, comenzaron a murmurar y a sembrar sentimientos en contra de Tyndale, calumniándolo en las tabernas y otros lugares, diciendo que sus palabras eran herejía, y le acusaron secretamente ante el canciller y ante otros de los oficiales del obispo. Sucedió no mucho después que se concertó una sesión del canciller del obispo, y se dio aviso a los sacerdotes para que comparecieran, entre los que también fue llamado el Maestro Tyndale. Y no hay certeza de si él tenía temores debido a las amenazas de ellos, o si alguien le había avisado de que ellos iban a hacerle objeto de sus acusaciones, pero lo cierto es que (como él mismo declaró) dudaba del resultado de sus acusaciones; por lo que por el camino clamó

intensamente a Dios en su mente, para que le diera fuerzas para mantenerse firme en la verdad de Su Palabra. Cuando llegó el momento para comparecer delante del canciller, éste le amenazó gravemente, insultándole y tratándole como si fuera un perro, acusándolo de muchas cosas para las que no se podía hallar testigo alguno, a pesar de que los sacerdotes de la región estaban presentes. Así, el Maestro Tyndale, escapando de sus manos, partió para casa, y volvió de nuevo a su patrón. No lejos de allí vivía un cierto doctor que había sido canciller de un obispo, y que hacia tiempo era conocido familiar del Maestro Tyndale y le favorecía; el Maestro Tyndale fue entonces a visitarle, y le abrió su corazón acerca de diversas cuestiones de la Escritura; porque con él se atrevía a hablar abiertamente. Y el doctor le dijo: «¿No sabéis que el Papa es el mismo Anticristo de quien habla la Escritura? Pero tened cuidado con lo que decís; porque si se llega a saber que mantenéis esta postura, os costará la vida.» No mucho tiempo después de esto sucedió que el Maestro Tyndale estaba en compañía de un cierto teólogo, considerado como erudito, y al conversar y discutir con él, lo condujo a esta cuestión, hasta que el dicho gran doctor prorrumpió en estas palabras blasfemas: «Mejor estaríamos sin las leyes de Dios que sin las del Papa.» El Maestro Tyndale, al oír esto, lleno de celo piadoso y no soportando estas palabras blasfemas, replicó: «Yo desafío al Papa y todas sus leyes». Y añadió que si Dios le concedía vida, antes de muchos años haría que un chico que trabajara detrás del arado conociera más de las Escrituras que él. El resentimiento de los sacerdotes fue creciendo más y más contra Tyndale, no cejando nunca en sus ladridos y acoso, acusándole acerbamente de muchas cosas, diciendo que era un hereje. Al verse tan molestado y hostigado, se vio obligado a irse del país, y a buscarse otro lugar; y acudiendo al Maestro Welch, le pidió que le dejara ir de buena voluntad, diciéndole estas palabras: «Señor, me doy cuenta que no se me permitirá quedarme mucho en esta región, y tampoco podréis vos, aunque quisierais, protegerme de las manos de los clérigos, cuyo desagrado podría extenderse a vos si me siguierais cobijando. Esto lo sabe Dios; y esto yo lo sentiría profundamente.» De manera que el Maestro Tyndale partió, con el beneplácito de su patrón, y se dirigió inmediatamente a Londres, donde predicó por algún tiempo, como había hecho en el campo. Acordándose de Cutberto Tonstal, entonces obispo de Londres, y especialmente de los grandes encomios que Erasmo hacia en sus notas de Tonstal por su erudición, Tyndale pensó para sí que si podía ponerse a su servicio, sería feliz. Acudiendo a Sir Enrique Guilford, controlador del rey, y llevando consigo una oración de Isócrates, que había traducido del griego al inglés, le pidió que hablara por él al mencionado obispo, lo que éste hizo; también le pidió que escribiera una carta al obispo y que fuera con él a verle. Lo hicieron, y entregaron la carta a un siervo del obispo, llamado William Hebilthwait, un viejo conocido. Pero Dios, que dispone secretamente el curso de las cosas, vio que no era lo mejor para el propósito dc Tyndale, ni para provecho de Su Iglesia, y por ello le dio que hallara poco favor a los ojos del obispo, el cual respondió así: Que su casa estaba llena, que tenía más de lo que podía usar, y que le aconsejaba que buscara por otras partes de Londres, donde, le dijo, no carecería de ocupación. Rechazado por el obispo, acudió a Humphrey Mummuth, magistrado de Londres, y le pidió que le ayudara; éste le dio hospitalidad en su casa, donde vivió Tyndale (como dijo Mummuth) como un buen sacerdote, estudiando día y noche. Sólo comía carne asada por su beneplácito, y tan sólo bebía una pequeña cerveza. Nunca se le vio vestido de lino en la casa en todo el tiempo que vivió en ella.

Y así se quedó el Maestro Tyndale en Londres casi un año, observando el curso del mundo, y especialmente la conducta de los predicadores, cómo se jactaban y establecían su autoridad; contemplando también la pompa de los prelados, con otras más cosas, lo que le disgustaba mucho; hasta el punto de que vio que no sólo no había lugar en la casa del obispo para que él pudiera traducir el Nuevo Testamento, sino también que no había lugar donde hacerlo en toda Inglaterra. Por ello, y habiendo recibido por providencia de Dios alguna ayuda de parte de Humphrey Mummuth y de ciertos otros buenos hombres, se fue del reino, dirigiéndose a Alemania, donde el buen hombre, inflamado por solicitud y celo por su país, no rehusó trabajos ni diligencia alguna por llevar a sus hermanos y compatriotas ingleses al mismo gusto y comprensión de la Santa Palabra y verdad de Dios que le había concedido Dios a él. Así, meditando y también conferenciando con Juan Frith, Tyndale pensó que la mejor manera de alcanzar este fin sería que si la Escritura podía ser trasladada al habla del vulgo, que la gente pobre podría leer y ver la llana y simple Palabra de Dios. Se dio cuenta de que no sería posible establecer a los laicos en ninguna verdad excepto si las Escrituras eran puestas de manera tan llana ante sus ojos en su lengua materna que pudieran ver el sentido del texto; porque en caso contrario cualquier verdad que les fuera enseñada sería apagada por los enemigos de la verdad, bien con sofismas y tradiciones inventadas, carentes de toda base en la Escritura; o bien manipulando en texto, exponiéndolo en un sentido absurdo, ajeno al texto, si se vela el verdadero sentido del mismo. El Maestro Tyndale consideraba que ésta era la única causa, o al menos la principal, de todos los males de la Iglesia que las Escrituras estaban escondidas de los ojos de la gente; porque por ello no se podía advertir lo abominable de las acciones e idolatrías practicadas por el farisaico clero; por ello estos dedicaban todos sus esfuerzos y poder a suprimir este conocimiento, de modo que o bien no fueran leídas en absoluto, o, que si se leían, su recto sentido pudiera quedar oscurecido por medio de sus sofismas, y así poner lazo a los que reprendían o menospreciaban sus abominaciones; torciendo las Escrituras con sus propios propósitos, en contra del sentido del texto, engañaban así a los laicos sin conocimientos de manera que aunque uno sintiera en su corazón y estuviera seguro de que todo lo que decían era falso, sin embargo no se podía dar respuesta a sus sutiles argumentos. Por estas y otras semejantes consideraciones, este buen hombre fue llevado por Dios a traducir las Escrituras a su lengua materna, para el provecho de la gente sencilla de su país; primero sacó el Nuevo Testamento, que fue impreso el 1525 d.C. Cutberto Tonstal, obispo de Londres, junto con Sir Tomás More, muy agraviados, tramaron como destruir esta traducción falsa y errónea, como ellos la llamaban. Sucedió que un tal Agustín Packington, que era sedero, estaba entonces en Amberes, donde se encontraba el obispo. Este hombre favorecía a Tyndale, pero simuló lo contrario ante el obispo, deseoso de llevar a cabo su propósito, le dijo que de buena gana compraría los Nuevos Testamentos. Al oír esto, Packington le dijo: «¡Señor!, ¡Yo puedo hacer más en esto que la mayoría de los mercaderes que hay aquí, si os place; porque conozco a los holandeses y extranjeros que los han comprado a Tyndale; si le place a vuestra señoría, tendré que desembolsar el dinero para pagarlos, o no podré obtenerlos, y esto os asegurará tener todos los libros impresos y no vendidos.» El obispo, que pensaba haber atrapado a Dios, le dijo: «Date prisa, buen maese Packington; consíguemelos, y te pagaré lo que valgan; porque es mi intención quemarlos y destruirlos en Paul's Cross.» Este Agustín Packington fue a William Tyndale, y le

explicó lo sucedido, y así, por el arreglo hecho entre ellos, el obispo de Londres obtuvo los libros, Packington su agradecimiento, y Tyndale el dinero. Después de esto, Tyndale corrigió de nuevo aquel mismo Nuevo Testamento, y lo hizo volver a imprimir, con lo que llegaron mucho más numerosos a Inglaterra. Cuando el obispo se dio cuenta de ello, envió a buscar a Packington, y le dijo: «¿Qué ha sucedido que hay tantos Nuevos Testamentos esparcidos? Me prometiste que los ibas a comprar todos.» Entonces Packington le repuso: «Si, compré todos los que había, pero veo que desde entonces han imprimido más. Veo que esto nunca mejorará en tanto que tengan letras e imprentas; por ello, lo mejor será comprar las imprentas y entonces estaréis seguro». El obispo se sonrió ante esta respuesta, y así quedó la cosa. Poco tiempo después sucedió que Jorge Constantino fue prendido, como sospechoso de ciertas herejías, por Sir Tomás More, que era entonces canciller de Inglaterra. Y More le preguntó diciéndole: «¡Constantino! Quisiera que me fueras claro en una cosa que te preguntaré; y te prometo que te mostraré favor en todas las otras cosas de que se te acusa. Más allá del mar están Tyndale, Joye, y muchos de vosotros. Sé que no pueden vivir sin ayuda. Los hay que los socorren con dinero, y que tú, estando con ellos, has tenido tu parte, y que por tanto sabes de donde viene. Te ruego que me digas: ¿de dónde proviene todo esto?» «Mi señor,» le contestó Constantino, «os diré la verdad; es el obispo de Londres que nos ha ayudado, por cuanto nos ha dado mucho dinero por Nuevos Testamentos para quemarlos; y esto es lo que ha sido, y sigue siendo, nuestro único auxilio y provisión.» «A fe,» dijo More, «que yo pienso como vos; porque de esto le advertí al obispo antes que emprendiera esta acción.» Después de esto, Tyndale emprendió la traducción del Antiguo Testamento, acabando los cinco libros de Moisés, con varios de los más eruditos y piadosos prólogos más dignos de lectura una y otra vez por parte de todos los buenos cristianos. Enviados estos libros por toda Inglaterra, no se puede decir cuán grande fue la luz que se abrió a los ojos de toda la nación inglesa, que antes estaban cerrados en tinieblas. La primera vez que se fue del reino, se dirigió a Alemania, donde conferenció con Lutero y otros eruditos; después de haber pasado allá un cierto tiempo, se dirigió a los Países Bajos, y vivió principalmente en la ciudad de Amberes. Los piadosos libros de Tyndale, y especialmente el Nuevo Testamento que tradujo, tras comenzar a llegar a manos del pueblo, y a esparcirse, dieron un gran y singular provecho a los piadosos; pero los impíos (envidiando y desdeñando que el pueblo fuera a ser más sabio que ellos, y temiendo que los resplandecientes haces de la verdad descubrieran sus obras de maldad) comenzaron a agitarse con no poco ruido. Después que Tyndale hubo traducido Deuteronomio, queriéndolo imprimir en Hamburgo, zarpó para allí; pero naufragó frente a la costa de Holanda, perdiendo todos sus libros, escritos, copias, dinero y tiempo, y se vio obligado a comenzar todo de nuevo. Llegó a Hamburgo en otra nave, donde, citado, le esperaba Coverdale, que le ayudó en la traducción de todos los cinco libros de Moisés, desde la Pascua hasta diciembre, en la casa de una piadosa viuda, la señora Margarita Van Emmerson, el año 1529 de nuestro Señor; en aquel tiempo se dio una gran epidemia de unas fiebres sudoríficas en aquella ciudad. Así que, acabada su actividad en Hamburgo, volvió a Amberes. Cuando en la voluntad de Dios fue publicado el Nuevo Testamento en la lengua común, Tyndale, su traductor, añadió al final del mismo una epístola, en la que pedía que los eruditos corrigieran su traducción, si encontraban algún error. Por ello, si hubiera habido cualquier falta que mereciera ser corregida, hubiera sido una misión de cortesía y bondad que hombres

conocedores y con criterio mostraran en ello su erudición, corrigiendo los errores que existieran. Pero el clero, que no querían que el libro prosperara, clamaron contra él que había mil herejías entre sus cubiertas, y que no debía ser corregido sino totalmente suprimido. Algunos decían que no era posible traducir las Escrituras al inglés; algunos que no era legitimo que los laicos las tuvieran; algunos que iba a hacer herejes de todos ellos. Y con el fin de inducir a los gobernantes temporales a llevar a cabo los designios de ellos, dijeron que llevaría al pueblo a rebelarse contra el rey. Todo esto lo narra el mismo Tyndale, en su prólogo antes del primer libro de Moisés, mostrando además con qué cuidado fue examinada su traducción, y comparándola con sus propias imaginaciones, y supone que con mucho menos trabajo hubieran podido traducir una gran parte de la Biblia, mostrando además que repasaron y examinaron cada tilde y jota de tal manera, y con tal cuidado, que no había una sola que, si carecía del punto, no lo observaran, y lo mostraran a gente ignorante como prueba de herejía. Tantas y tan descaradas fueron las tretas del clero inglés (que debieran haber sido los guías a la luz para el pueblo), para impedir a la gente el conocimiento de las Escrituras, que ni las querían traducir ellos mismos, ni permitir que otros las tradujeran; ello con el fin (como dice Tyndale) de que manteniendo aún al mundo en tinieblas, pudieran dominar las conciencias de la gente por medio de vanas supersticiones y de falsas doctrinas, para satisfacer sus ambiciones y exaltar su propio honor por encima del rey y del emperador. Los obispos y prelados jamás descansaron hasta lograr que el rey consintiera a sus deseos; en razón de lo cual se redactó una proclamación a toda prisa, y establecida bajo autoridad pública, en el sentido de que la traducción del Nuevo Testamento de Tyndale quedaba prohibida. Esto tuvo lugar alrededor del 1537 d.C. Y no contentos con ello, hicieron más aún, tratando de atrapar a Tyndale en sus redes y quitarle la vida; ahora queda por relatar como lograron llevar a cabo sus fines. En los registros de Londres aparece de manera manifiesta cómo los obispos y Sir Tomás More, sabiendo lo que había sucedido en Amberes, decidieron investigar y examinar todas las cosas acerca de Tyndale, donde y con quién se alojaba, dónde estaba la casa, cuál era su estatura, cómo se vestía, de qué refugios disponía. Y cuando llegaron a saber todas estas cosas comenzaren a tramar sus planes. Estando William Tyndale en la ciudad de Amberes, se alojó durante alrededor de un año en la casa de Thomas Pointz, un inglés que mantenía una casa de mercaderes ingleses. Allí fue un inglés que se llamaba Henry Philips, siendo su padre cliente de Poole, un hombre apuesto, como si fuera un caballero, con un siervo consigo. Pero nadie sabía la razón de su llegada o el propósito con que había sido enviado. Tyndale era frecuentemente invitado a comer y a cenar con los mercaderes; por este medio este Henry Philips se familiarizó con él, de manera que al cabo de un breve espacio de tiempo Tyndale depositó gran confianza en él, y lo llevó a su alojamiento, a la casa de Thomas Pointz; también lo tuvo con él una o dos veces para comer y cenar, e hizo tal amistad con él que por su petición quedó en la misma casa del dicho Pointz, a quien además le mostró sus libros y otros secretos de su estudio. Tan poco desconfiaba Tyndale de este traidor. Pero Pointz, que no tenía demasiada confianza en aquel sujeto, le preguntó a Tyndale cómo había llegado a conocerle. Tyndale le respondió que era un hombre honrado, bien instruido y muy agradable. Pointz, al ver que le tenía en tanta estima, no dijo más, pensando que le habría sido presentado por algún amigo. El dicho Philips, habiendo estado en la ciudad tres o cuatro días, le pidió a Pointz que viniera con él fuera de la ciudad para mostrarle unas mercaderías, y

andando juntos fuera de la ciudad, conversaron acerca de diversas cosas, incluyendo algunos asuntos del rey. Con estas conversaciones, Pointz no sospechó nada. Pero después, habiendo transcurrido el tiempo, Pointz se dio cuenta de qué era lo que pensaba Philips: saber si él, por amor al dinero, querría ayudarle para sus propósitos, porque se había dado ya cuenta de que Philips era rico, y quería que Pointz lo supiera. Porque ya le había pedido antes a Pointz que le ayudara para diversas cuestiones, y lo que había pedido siempre lo había querido de la mejor calidad, porque, en sus palabras, «tengo el suficiente dinero.» Philips fue luego de Amberes a la corte de Bruselas, que está a una distancia de allí como de veinticuatro millas inglesas, desde donde se llevó consigo a Amberes al procurador general, que es el fiscal del rey, con ciertos otros oficiales. Al cabo de tres o cuatro días, Pointz fue a la ciudad de Barrois, a unas dieciocho millas inglesas de Amberes, donde le esperaban unos negocios que le iban a ocupar por espacio de un mes o de seis semanas; y durante su ausencia Henry Philips volvió de nuevo a Amberes, a la casa de Pointz, y entrando en ella habló con la esposa de éste, preguntándole si estaba dentro el señor Tyndale. Luego salió, y dispuso en la calle y cerca de la puerta a los oficiales que había traído de Bruselas. Alrededor del mediodía volvió a entrar y se dirigió a Tyndale, pidiéndole cuarenta chelines, diciéndole: «He perdido mi bolsa esta mañana, al hacer la travesía entre aquí y Mechlin.» Así que Tyndale le dió cuarenta chelines, lo que no le costaba dar si lo tenía, porque era simple e inexperto en las sutilezas malvadas de este mundo. Luego Philips le dijo: «Señor Tyndale, usted será mi invitado hoy.» «No,» le dijo Tyndale, «hoy salgo a comer, y usted me acompañará y será mi invitado en un lugar donde será bien acogido. » Así que cuando fue la hora de comer, el señor Tyndale salió con Philips, y al salir de la casa de Pointz había un largo y angosto pasillo, por lo que ambos no podían ir juntos. El señor Tyndale hubiera querido que Philips pasara delante de él, pero éste pretendió mostrar gran cortesía. Así que el señor Tyndale, que no tenía mucha estatura, pasó primero, y Philips, hombre alto y apuesto, le siguió detrás; éste había dispuesto oficiales a cada lado de la puerta, sentados, que podían ver quienes pasaban por ella. Philip señaló con el dedo la cabeza de Tyndale, para que los oficiales vieran a quién debían apresar. Los oficiales le dijeron luego a Pointz, cuando ya lo habían encarcelado, cómo les había apenado ver su simplicidad. Lo llevaron al fiscal del emperador, donde comió. Luego el procurador general fue a casa de Pointz, y tomó todo lo que pertenecía al señor Tyndale, tanto sus libros como sus otras pertenencias; desde allí, Tyndale fue enviado al castillo de Vilvorde, a dieciocho millas inglesas de Amberes. Estando ya el señor Tyndale en la cárcel, le ofrecieron un abogado y un procurador, lo cual rehusó, diciendo que él haría su propia defensa. Predicó de tal manera a los que estaban encargados de su custodia, y a los que estaban familiarizados con él en el castillo, que dijeron de él que si él no era un buen cristiano, que no sabían quién podría serlo. Al final, tras muchos razonamientos, cuando ninguna razón podía servir, aunque no merecía la muerte, fue condenado en virtud del decreto del emperador, dado en la asamblea en Augsburgo. Llevado al lugar de la ejecución, fue atado a la estaca, estrangulado por el verdugo, y luego consumido por el fuego, en la ciudad de Vilvorde, el 1536 d.C. En la estaca, clamó con un ferviente celo y con gran clamor: «¡Señor, abre los ojos del rey de Inglaterra! Tal fue el poder de su doctrina y la sinceridad de su vida, que durante el tiempo de su encarcelamiento (que duró un año y medio), convirtió, según se dice, a su guarda, a la hija del guarda, y a otros de su familia. Con respecto a su traducción del Nuevo Testamento, por cuanto sus enemigos clamaban tanto contra ella, pretendiendo que estaba llena de herejías, escribió a Juan Frith de la manera

siguiente: «Invoco a Dios como testigo, para el día en que tenga que comparecer ante nuestro Señor Jesús, que nunca he alterado ni una sílaba de la Palabra de Dios contra mi conciencia, ni lo haría hoy, aunque se me entregara todo lo que está en la tierra, sea honra, placeres, o riquezas.»

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CAPÍTULO XIII


Historia de la vida de Juan Calvino


Este reformador nació en Noyon, en Picardía, el 10 de Julio de 1509. Fue instruido en gramática, aprendiendo en París bajo Maturino Corderius, y estudió filosofía en el College de Montaign bajo un profesor español. Su padre, que descubrió muchas señales de su temprana piedad, particularmente en las reprensiones que hacia de los vicios de sus compañeros, lo designó primero para la Iglesia, y lo presentó el 21 de mayo de 1521 a la capilla de Notre Dame de la Gesine, en la Iglesia de Noyon. En 1527 le fue asignado el rectorado de Marseville, que cambió en 1529 por el rectorado de Pont l'Eveque, cerca de Noyon. Su padre cambió luego de pensamiento, y quiso que estudiara leyes, a lo que Calvino consintió bien dispuesto, por cuanto, por su lectura de las Escrituras, había adquirido una repugnancia por las supersticiones del papado, y dimitió de la capilla de Gesine y del rectorado de Pont l'Eveque, en 1534. Hizo grandes progresos en esta rama del conocimiento, y mejoró no menos en su conocimiento de la teología con sus estudios privados. En Bourges se aplicó al estudio del griego, bajo la dirección del profesor Wolmar. Reclamándole de vuelta a Noyon la muerte de su padre, se quedó allí un breve tiempo, y luego pasó a París, donde aun habiendo causado gran desagrado en la Sorbona y al Parlamento un discurso de Nicolás Cop, rector de la Universidad de París, para el que Calvino preparó los materiales, se suscitó una persecución contra los protestantes, y Calvino, que apenas pudo escapar a ser arrestado en el College de Forteret, se vio obligado a escapar a Xaintogne, después de haber tenido el honor de ser presentado a la reina de Navarra, que había suscitado esta primera tormenta contra los protestantes. Calvino volvió a París el 1534. Este año los reformados sufrieron malos tratos, lo que le decidió a abandonar Francia, después de publicar un tratado contra los que creían que las almas de los difuntos están en un estado de sueño. Se retiró a Basilea, donde estudió hebreo; en este tiempo publicó su Institución de la Religión Cristiana, obra que sirvió para esparcir su fama, aunque él mismo deseaba vivir en oscuridad. Está dedicada al rey de Francia, Francisco I. A continuación, Calvino escribió una apología por los protestantes que estaban siendo quemados por su religión en Francia. Después de la publicación de esta obra, Calvino fue a Italia a visitar a la duquesa de Ferara, una dama de gran piedad, por la que fue muy gentilmente recibido. De Italia se dirigió a Francia, y habiendo arreglado sus asuntos privados, se propuso dirigirse a Estrasburgo o a Basilea, acompañado por su único hermano sobreviviente, Antonio Calvino; pero como los caminos no eran seguros debido a la guerra, excepto a través de los territorios del duque de Saboya, escogió aquella carretera. «Esto fue una dirección particular de la providencia,» dice Bayle: «Era su destino que se instalara en Ginebra, y cuando se mostró dispuesto a ir más allá, se vio detenido como por una orden del cielo, por así decirlo.» En Ginebra, Calvino se vio por ello obligado a acceder a la elección que el consistorio y los magistrados hicieron recaer sobre su persona, con el consentimiento del pueblo, para que fuera uno de sus ministros y profesor de teología. Quería sólo asumir este último oficio, y no el otro, pero al final se vio forzado a tomar ambos, el agosto de 1536. Al año siguiente, hizo declarar a todo el pueblo, bajo juramento, el asentimiento de ellos a una confesión de fe que contenía una renuncia al papismo. Luego indicó que no podría someterse a una normativa que había establecido recientemente el cantón de Berna; por ello, los síndicos de Ginebra convocaron a una asamblea del pueblo, y se ordenó que Calvino, Farel y otro ministro abandonaran la ciudad en pocos días, por rehusar administrar los Sacramentos.

Calvino se retiró a Estrasburgo, y estableció allí una iglesia francesa, de la que fue su primer ministro; también fue designado para ser profesor de teología. Mientras tanto, el pueblo de Ginebra le rogó tan intensamente que volviera a ellos, que consintió, y llegó el 13 de septiembre de 1541, con gran satisfacción tanto del pueblo como de los magistrados. Lo primero que hizo, tras su llegada, fue establecer una forma de disciplina eclesiástica y una jurisdicción consistorial con el poder de infligir censuras y castigos canónicos, hasta incluir la excomunión. Ha sido el regocijo tanto de los incrédulos como de algunos profesos cristianos, cuando quieren arrojar lodo sobre las opiniones de Calvino, referirse a su papel en la muerte de Miguel Servet. Esta ha sido la actitud que siempre adoptan los que han sido incapaces de refutar sus opiniones, como si fuera un argumento concluyente contra todo su sistema. «¡Calvino quemó a Servet, Calvino quemó a Servet'.» es una buena prueba, para cierta clase de razonadores, de que la doctrina de la Trinidad no es cierta, que la soberanía divina es antiescrituraria, y que el cristianismo es una falsedad. No tenemos deseo alguno de paliar ninguna acción de Calvino que sea manifiestamente errónea. Creemos que no se pueden defender todas sus acciones en relación con el desdichado asunto de Servet. Pero deberíamos comprender que los verdaderos principios de la tolerancia religiosa eran muy poco comprendidos en tiempos de Calvino. Todos los demás reformadores que entonces vivían aprobaron la conducta de Calvino. Incluso el gentil y amigable Melancton se expresó en relación a este asunto de la manera siguiente. Dice él en una carta dirigida a Bullinger: «He leído tu declaración acerca de la blasfemia de Servet, y encomio tu piedad y juicio; y estoy convencido de que el Consejo de Ginebra ha actuado rectamente al dar muerte a este hombre obstinado, que nunca habría cejado en sus blasfemias. Estoy atónito de que se encuentre a nadie que desapruebe esta acción.» Farel dice de manera expresa que «Servet merecía la pena capital.» Bucero no duda en declarar que «Servet merecía algo peor que la muerte.» La verdad es que aunque Calvino tuvo cierta parte en el arresto y encarcelamiento de Servet, no deseaba en absoluto que fuera quemado. «Quiero,» dijo él, «que se remita la severidad del castigo.» «Intentamos mitigar la severidad del castigo, pero en vano.» «Al querer mitigar la severidad del castigo,» le dijo Farel a Calvino, «haces el oficio de amigo hacia tu más acerbo enemigo.» Dice Turritine: «Los historiadores no afirman en lugar alguno, ni se desprende de ninguna consideración, que Calvino instigara a los magistrados a que quemaran a Servet. No, sino que lo cierto es además que él, junto con el colegio de pastores, atacó esta clase de castigo.» A menudo se ha dicho que Calvino tenía tal influencia sobre los magistrados de Ginebra que hubiera podido lograr la liberación de Servet, si no hubiera querido su destrucción. Pero esto es falso. Bien lejos de ello, Calvino mismo fue una vez desterrado de Ginebra por estos mismos magistrados, y a menudo se opuso en vano a sus arbitrarias medidas. Tan poco deseoso estaba Calvino de querer la muerte de Servet que le advirtió de su peligro, y lo dejó estar varias semanas en Ginebra, antes que fuera arrestado. Pero su lenguaje, que era entonces considerado blasfemo, fue la causa de su encarcelamiento. Mientras estaba en la cárcel, Calvino lo visitó y empleó todos los argumentos posibles porque se retractara de sus horribles blasfemias, sin referencia alguna a sus peculiares creencias. Esta fue toda la participación de Calvino en este infeliz acontecimiento. Sin embargo, no se puede negar que en este caso Calvino actuó de forma contraria al espíritu benigno del Evangelio. Es mejor derramar una lágrima por la inconsistencia de la naturaleza humana, y lamentar estas debilidades que no se pueden justificar. El declaró que había actuado en conciencia, y en público justificó la acción.

La opinión era que los principios religiosos erróneos son punibles por el magistrado civil, y esto causó tantos males, fuera en Ginebra, en Transilvania o en Gran Bretaña; a esto debe imputarse, y no al Trinitarianismo, o al Unitarismo. Después de la muerte de Lutero, Calvino ejerció una gran influencia sobre los hombres de aquel notable período. Irradió gran influencia sobre Francia, Italia, Alemania, Holanda, Inglaterra y Escocia. Se organizaron dos mil ciento cincuenta congregaciones reformadas que recibían sus predicadores de parte de él. Calvino, triunfante sobre sus enemigos, sintió que la muerte se le aproximaba. Pero siguió esforzándose de todas las maneras posibles con energía juvenil. Cuando se vio a punto de ir a su reposo, redactó su testamento, diciendo: «Doy testimonio de que vivo y me propongo morir en esta fe que Dios me ha dado por medio de Su Evangelio, y que no dependo de nada más para la salvación que la libre elección que El ha hecho de mi. De todo corazón abrazo Su misericordia, por medio de la cual todos mis pecados quedan cubiertos, por causa de Cristo, y por causa de Su muerte y padecimientos. Según la medida de la gracia que me ha sido dada, he enseñado esta Palabra pura y sencilla, mediante sermones, acciones y exposiciones de esta Escritura. En todas mis batallas con los enemigos de la verdad no he empleado sofismas, sino que he luchado la buena batalla de manera frontal y directa.» El 27 de mayo de 1564 fue el día de su liberación y de su bendito viaje al hogar. Tenía entonces cincuenta y cinco años. Que un hombre que había adquirido tal reputación y autoridad tuviera sólo un salario de cien coronas y que rehusara aceptar más, y que después de vivir cincuenta y cinco años con la mayor frugalidad dejara sólo trescientas coronas a sus herederos, incluyendo el valor de su biblioteca, que se vendió a gran precio, es algo tan heroico que uno debe haber perdido todos los sentimientos para no sentir admiración. Cuando Calvino abandonó Estrasburgo para volverse a Ginebra, ellos quisieron darle los privilegios de ciudadano libre de su ciudad y el salario de un prebendado, que le había sido asignado; él aceptó lo primero, pero rehusó rotundamente lo segundo. Llevó a uno de sus hermanos a Ginebra consigo, pero jamás se esforzó por que se le diera a él un puesto honorífico, corno cualquiera que poseyera su posición habría hecho. Desde luego, se cuidó de la honra de la familia de su hermano, consiguiéndole la libertad de una mujer adúltera, y consiguiendo licencia para que pudiera volverse a casar; pero incluso sus enemigos cuentan que le hizo aprender el oficio de encuadernador de libros, en lo que trabajó luego toda su vida.

Calvino como amigo de la libertad civil.

El Rev. doctor Wisner dijo, en su reciente discurso en Plymouth, en el aniversario de la llegada de los Padres Peregrinos: «Por mucho que el nombre de Calvino haya sido escarnecido y cargado de vituperios por muchos de los hijos de la libertad, no hay proposición histórica más susceptible de una demostración plena que ésta: que no ha vivido nadie a quien el mundo deba más por la libertad de que goza, que Juan Calvino.

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CAPÍTULO XIV


Historia de las persecuciones en Gran Bretaña e Irlanda,


antes del reinado de la Reina María I

GILDAS, el más antiguo escritor británico conocido, que vivió alrededor del tiempo en que los sajones llegaron a la isla de Gran Bretaña, ha dejado una narración terrible de la barbaridad de aquellas gentes. Los sajones, al llegar, siendo paganos como los Escoceses y los Pictos, destruyeron las iglesias, asesinando al clero allá donde llegaban; pero no pudieron destruir el cristianismo, porque los que no quisieron someterse al yugo sajón, huyeron y se establecieron más allá del Sevem. Los nombres de los cristianos que padecieron en aquellos tiempos, especialmente los del clero, no nos han sido transmitidos. El ejemplo más terrible de barbarie bajo el gobierno sajón fue la matanza de los monjes de Bangor el 586 d.C. Estos monjes eran en todos los respectos distintos de los que llevan este mismo nombre en nuestros días. En el siglo octavo, los daneses, que eran unas bandas errantes de piratas y bárbaros, arribaron a diversas partes de Gran Bretaña, tanto de Inglaterra como de Escocia. Al principio fueron rechazados, pero en el 857 d.C. un grupo de ellos arribaron a algún lugar cerca de Southampton, y no sólo saquearon al pueblo, sino que quemaron las iglesias y asesinaron al clero. El 868 d.C. estos bárbaros penetraron al centro de Inglaterra y se asentaron en Nottingham; pero los ingleses, bajo su rey Ethelred, los expulsaron de sus posiciones, y los obligaron a retirarse a Northumberland. El 870 otro grupo de estos bárbaros desembarcó en Norfolk, y libró batalla contra los ingleses en Hertford. La victoria fue de los paganos, que tomaron prisionero a Edmundo, rey de los Ingleses Orientales, y después de haberle infligido mil indignidades, traspasaron su cuerpo con flechas, y luego lo decapitaron. En Fifeshire, Escocia, quemaron muchas de las iglesias, entre estas la perteneciente a los Culdeos, en St. Andrews. La piedad de estos hombres los hacía objeto del aborrecimiento de los daneses, que allí donde iban señalaban a los sacerdotes cristianos para la destrucción, y no menos de doscientos fueron muertos en Escocia. Sucedió algo muy semejante en la zona de Irlanda llamada Leinster, donde los daneses asesinaron y quemaron vivos a sacerdotes en sus propias iglesias; llevaban la destrucción a donde iban, sin perdonar edad ni sexo, pero el clero era para ellos lo más odioso, porque ridiculizaban sus idolatrías, persuadiendo a su pueblo a que no tuvieran nada que ver con ellos. En el reinado de Eduardo III, la Iglesia de Inglaterra estaba sumamente corrompida con errores y superstición, y la luz del Evangelio de Cristo había quedado muy eclipsada y entenebrecida por los inventos humanos, ceremonias recargadas y una burda idolatría. Los seguidores de Wickliffe, entonces llamados lolardos, se habían hecho muy numerosos, y el clero estaba muy agraviado ante su crecimiento. Pero fuera cual fuera el poder que tuvieran para molestarlos y hostigarlos, no tenían autoridad legal para darles muerte. Sin embargo, el clero aprovechó una oportunidad favorable, y prevalecieron sobre el rey para introducir una ley ante el parlamento por la que todos los lolardos que permanecieran obstinados pudieran ser entregados al brazo secular, y quemados como herejes. Esta ley fue la primera

introducida en Gran Bretaña para quemar personas por sus creencias religiosas; fue introducida en el año 1401, y poco después se hicieron sentir sus efectos. La primera persona en sufrir la consecuencia de esta cruel ley fue William Santree, o Sawtree, un sacerdote, que fue quemado vivo en Smithfield. Poco después de esto, Sir John Oldcastle, Lord Cobham, fue acusado de herejía, por su adhesión a las doctrinas de Wickliffe, y fue condenado a ser colgado y quemado, lo que fue ejecutado en Lincoln's Inn Fields, en 1419 d.C. En su defensa escrita, Lord Cobham dijo: «En cuanto a las imágenes, entiendo yo que no son objeto de fe, sino que fueron ordenadas desde que la fe de Cristo fue dada, por permisión de la Iglesia, para representar y traer a la mente la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y el martirio y la vida piadosa de otros santos: y que todo aquel que dé culto a las imágenes muertas, culto que se debe a Dios, o que ponga su esperanza o confíe en su ayuda como debiera hacerlo en Dios, o que tenga afecto a unas más que a otras, en esto comete el gran pecado del culto idolátrico. »También creo plenamente en esto, que cada hombre en esta tierra es un peregrino hacia la gloria o hacia el sufrimiento; y que el que no conoce y no cumple los santos mandamientos de Dios en su vida aquí (aunque vaya de peregrinación por todo el mundo, y muera así), será condenado; el que conoce los santos mandamientos de Dios y los guarda hasta el final, este será salvado, aunque jamás en su vida vaya de peregrinación, como ahora suelen hacerlo los hombres, a Canterbury, a Roma, o a cualquier otro lugar.» El día señalado, Lord Cobham fue sacado de la Torre con sus armas atadas tras él, mostrando un rostro radiante. Luego fue hecho yacer sobre un enlistonado con patines, como si hubiera sido el peor traidor a la corona, y arrastrado de esta guisa hasta el campo de St. Giles. Al llegar al lugar de la ejecución, y ser sacado de aquella especie de trineo, se arrodilló con devoción, pidiendo al Dios Omnipotente que perdonara a sus enemigos. Luego se levantó y contempló a la multitud, y los exhortó de la manera más piadosa a seguir las leyes de Dios escritas en las Escrituras, y a apartarse de aquellos maestros que vieran contrarios a Cristo en su manera de conversar y vivir. Luego fue colgado de los lomos con una cadena de hierro, y quemado vivo en el fuego, alabando el nombre de Dios mientras tuvo un hálito de vida. La muchedumbre presente dio grandes muestras de dolor. Esto tuvo lugar el 1418 d.C. Sería prolijo explicar como se comportaron los sacerdotes en aquella ocasión, ordenando al pueblo que no orara por él, sino que lo consideraran condenado al infierno, porque había muerto en desobediencia a su Papa. Así reposa este valiente caballero cristiano Sir John Oldcastle, bajo el altar de Dios, que es Jesucristo, entre aquella piadosa compañía que en el reino de la paciencia sufrieron gran tribulación con la muerte de sus cuerpos, por Su fiel palabra y testimonio. En agosto de 1473 fue prendido uno llamado Thomas Granter en la ciudad de Londres; le acusaron de profesar las doctrinas de Wickliffe, por las que fue condenado como hereje obstinado. Este piadoso hombre, llevado a la casa del sheriff por la mañana del día designado para su ejecución, pidió algo que comer, y habiendo comido un poco, les dijo a la gente presente: «Como ahora bien, porque tengo que librar una extraña batalla antes de ir a cenar.» Habiendo terminado la comida, dio gracias a Dios por la abundancia de Su providencia llena de gracia, pidiendo que lo llevaran ya al lugar de la ejecución, para poder dar testimonio de la verdad de aquellos principios que había profesado. Por ello, fue encadenado a una estaca en Tower-hill, donde fue quemado vivo, profesando la verdad con su último aliento. En el año 1499, uno llamado Badram, hombre piadoso, fue traído ante el obispo de Norwich, acusado por algunos de los sacerdotes de sostener las doctrinas de Wickliffe. Confesó

entonces que creía todas aquellas cosas de que se le acusaba. Por esto fue condenado como hereje obstinado, y se libró una orden para su ejecución; fue conducido luego a la estaca en Norwich, donde sufrió con gran constancia. En 1506 fue quemado vivo un hombre piadoso llamado William Tilfrey, en Amersham, en un lugar llamado Stoneyprat, y su hija, Joan Clarke, mujer casada, fue obligada a encender la leña con la que se iba a quemar a su padre. Este año también un sacerdote, el Padre Roberts, fue declarado convicto delante del obispo de Lincoln de ser un lolardo, y fue quemado vivo en B uckingham. En 1507, un hombre llamado Thomas Norris fue quemado vivo por el testimonio de la verdad del Evangelio, en Norwich. Este era un pobre hombre, inofensivo y pacífico, pero su párroco, hablando con él un día, conjeturó que era un lolardo. Como consecuencia de esta suposición lo denunció al obispo, y Nonris fue prendido. En 1508, Lawrence Guale, que había estado encarcelado durante dos años, fue quemado vivo en Salisbury, por negar la presencia real en el Sacramento. Parece que este hombre tenía tienda abierta en Salisbury, y dio hospitalidad en su casa a algunos lolardos, por lo que fue denunciado ante el obispo; pero él se mantuvo firme, y fue condenado a sufrir como hereje. Una piadosa mujer fue quemada en Chippen Sudbume por orden del canciller doctor Wittenham. Después de haber sido consumida en las llamas y la gente volvía a sus casas, un toro escapó de una carnicería, y dirigiéndose de manera particular contra el canciller de entre el resto de la multitud, lo traspasó con sus astas, y le arrancó con ellas las entrañas, llevándolas luego en sus cuernos. Esto lo vieron todos los asistentes, y se debe destacar que la bestia no hizo amagos contra nadie más en absoluto. El 18 de octubre de 1511, William Sucling y John Bannister, que se habían retractado, habiendo vuelto a la profesión de la fe, fueron quemados vivos en Smithfield. En el ano 1517, un hombre llamado John Brown (que se había retractado antes en el reinado de Enrique VII, y llevado un tronco de leña alrededor de la iglesia de San Pablo) fue condenado por el doctor Wonhaman, arzobispo de Canterbury, y fue quemado vivo en Ashford. Antes de ser encadenado a la estaca, el arzobispo Wonhaman, y Yester, arzobispo de Rochester, hicieron quemar sus pies en el fuego hasta que se desprendió toda la carne hasta los huesos. Esto lo hicieron para forzarlo a retractarse, pero él persistió en su adhesión a la verdad hasta el fin. Por este tiempo fue prendido Richard Hunn, un sastre de la ciudad de Londres, por rehusar pagar al sacerdote sus honorarios por el funeral de un niño; fue llevado entonces a la Torre de los Lolardos, en el palacio de Lambeth, donde fue asesinado en privado por algunos de los criados del arzobispo. El 24 de septiembre de 1518, John Stilincen, que antes se había retractado, fue prendido, hecho comparecer ante Richard Fitx-James, obispo de Londres, y condenado el veinticinco de octubre como hereje. Fue encadenado a la estaca en Smithfield entre una inmensa muchedumbre de espectadores, y selló con su sangre su testimonio de la verdad. Declaró que era un lolardo, y que siempre había creído las doctrinas de Wicliffe; y que aunque había sido tan débil como para retractarse de sus creencias, que ahora estaba dispuesto a convencer al mundo de que estaba listo para morir por la verdad. En el año 1519, Thomas Mann fue quemado en Londres, como también lo fue Robert Celin, un hombre llano y honesto, por haber hablado contra el culto a las imágenes y contra las peregrinaciones. Alrededor de este tiempo James Brewster, de Colehester, fue ejecutado en Smithfield, Londres. Sus creencias eran las mismas que las del resto de los lolardos, o aquellos que seguían

las doctrinas de Wickliffe; pero a pesar de la inocencia de su vida y de su buena reputación, se vio obligado a soportar la ira papal. Durante este año, un zapatero llamado Cristopher fue quemado vivo en Newbury, en Berlishire, por negar los artículos papistas que ya hemos mencionado. Este hombre poseía algunos libros en inglés que eran ya suficientes para hacerle odioso ante el clero romanista. Robert Sillcs, que había sido condenado ante el tribunal del obispo como hereje y que logró huir de la cárcel, fue apresado sin embargo dos años más tarde, y devuelto a Coventry, donde fue quemado vivo. Los alguaciles siempre confiscaban los bienes de los mártires para su propio beneficio, de manera que sus mujeres e hijos eran dejados morir de hambre. En 1532, Thomas Harding, acusado de herejía junto con su mujer, fue traído ante el obispo de Lincoln, y condenado por negar la presencia real en el sacramento. Luego fue atado a una estaca, levantada para ello en chesham en el Pell, cerca de Botely, y, cuando hubieron encendido fuego a la pira, uno de los espectadores le rompió el cráneo con su cachiporra. Los sacerdotes habían dicho al pueblo que todo el que trajera leña para quemar herejes tendría una indulgencia para cometer pecados durante cuarenta días. A finales de aquel año, Worham, arzobispo de Canterbury, prendió a un tal Hillen, sacerdote en Maidstone, y después de haber sido torturado durante largo tiempo en la cárcel y de haber sido varias veces interrogado por el arzobispo y por Fisher, obispo de Rochester, fue condenado como hereje y quemado vivo delante de la puerta de su propia iglesia parroquial. Thomas Bilney, profesor de ley civil en Cambridge, file hecho comparccer ante el obispo de Londres, y varios otros obispos, en la Casa del Capitulo en Westminster, y siendo amenazado varias veces con la estaca y las llamas, file lo suficientemente débil como para retractarse; pero después se arrepinfió seriamente. Por esto fue hecho comparecer ante el obispo por segunda vez, y condenado a muerte. Antes de ir a la pira confesó su adhesión a las doctrinas que Lutero mantenía, y, cuando se vio en la hoguera, dijo: «He sufrido muchas tempestades en este mundo, pero ahora mi nave llegará segura a puerto.» Se mantuvo inamovible en las llamas, clamando: «¡Jesús, creo!» Estas fueron las últimas palabras que le oyeron decir. Pocas semanas después del martirio de BiIney, Richard Byfield fue echado en la cárcel, y soportó azotes por su adhesión a las doctrinas de Lutero; Byfield había sido monje durante un tiempo, en Bames, Surrey, pero se convirtió leyendo la traducción de Tynd ale del Nuevo Testamento. Los sufrimientos que este hombre soportó por la verdad fueron tan grandes que se precisaría de un volumen para contarlos. A veces fue encerrado en una mazmorra, en la que casi quedó asfixiado por el horroroso hedor de la inmundicia y del agua estancada. En otras ocasiones le ataban de los brazos, hasta que casi todas sus articulaciones quedaban dislocadas. Le azotaron amarrado a un poste en varias ocasiones, con tal brutalidad que casi no le quedó carne en la espalda; y todo esto lo hicieron para llevarlo a retractarse. Fue finalmente llevado a la Torre de los Lolardos en el palacio de Lambeth, donde fue encadenado por el cuello a la pared, y azotado otra vez de la manera más cruel por los criados del arzobispo. Finalmente fue condenado, degradado y quemado en Smithfield. El siguiente en sufrir el martirio fue John Tewkesbury. Era un hombre sencillo que no se había hecho culpable de nada en contra de la llamada Santa Madre Iglesia que leer la traducción de Tyndale del Nuevo Testamento. Al principio tuvo la debilidad de abjurar, pero luego se arrepintió y reconoció la verdad. Por esto fue llevado ante el obispo de Londres, que lo condenó como hereje obstinado. Sufrió mucho durante el tiempo de su encarcelamiento, de manera que cuando lo llevaron a la ejecución estaba ya casi muerto. Lo llevaron a la hoguera en Smithfield,

donde fue quemado, declarando él su total aborrecimiento del papado, y profesando una firme fe en que su causa era justa delante de Dios. El siguiente en sufrir en este reinado fue James Baynham, un respetado ciudadano de Londres, que se había casado con una viuda de un caballero en el Temple. Cuando fue encadenado a la estaca abrazó las ascuas y dijo: « ¡Mirad, papistas! buscáis milagros; aquí veréis vosotros un milagro; porque en este fuego no siento más dolor que si estuviera en una cama; me es tan dulce como un lecho de rosas.» Y así entregó su alma en manos de su Redentor. Poco después de la muerte de este mártir, un tal Traxnal, un campesino inofensivo, fue quemado vivo en Bradford, en Wiltshire, porque no quería reconocer la presencia real en el Sacramento, ni admitir la supremacía papal sobre las conciencias de los hombres. En el año 1533 murió por la verdad John Frith, un destacado mártir. Cuando fue llevado a la pira en Smitlllield abrazó la leña, y exhortó a un joven llamado Andrew Hewit, que sufrió con él, a que confiara su alma al Dios que la había redimido. Estos dos sufrientes padecieron gran tormento, porque el viento apartaba las llamas de ellos, de manera que sufrieron una agonía de dos horas antes de expirar. En el año 1538, un demente llamado Collins sufrió la muerte junto con su perro en Smithfield. Lo que había sucedido era lo siguiente: Collins estaba un día en la iglesia cuando el sacerdote hizo la elevación de la hostia; y Collins, ridiculizando el sacrificio de la Misa, levantó su perro por encima de su cabeza. Por este crimen, Collins, que debía haber sido enviado a un manicomio, o azotado tras un carro, fue hecho comparecer ante el obispo de Londres; y aunque realmente estaba loco, tal era el poder del papado, y tal la corrupción de la Iglesia y del estado, que el pobre loco y su perro fueron llevados a la pira en Smithfield, donde fueron quemados vivos, ante una gran multitud de espectadores. También otras personas sufrieron aquel mismo año, y se mencionan a continuación: Un tal Cowbridge sufrió en Oxford, y aunque se le consideraba loco, dio grandes muestras de piedad cuando le ataban a la estaca, y después que encendieran el fuego a su alrededor. Por aquel mismo tiempo uno llamado Purdervue fue hecho morir por haberle dicho en privado a un sacerdote, después que éste hubo bebido el vino: «Bendijo al pueblo hambriento con el cáliz vacío.» Al mismo tiempo fue condenado William Letton, un monje muy anciano, en el condado de Suffolk, que fue quemado en Norwich por hablar en contra de un ídolo que era llevado en procesión, y por decir que el Sacramento debía ser administrado bajo las dos especies. Algún tiempo antes que fueran quemados los dos anteriores, Nicholas Peke fue ejecutado en Norwich, y cuando encendieron el fuego, quedó tan abrasado que quedó negro como el betún. El doctor Reading estaba delante de él, con el doctor Heame y el doctor Spragwell, con una larga vara blanca en la mano; con ella le dio en el hombro derecho, y le dijo: «Peke, retráctate, y cree en el Sacramento.» A esto respondió él: «Te desprecio a ti, y también al sacramento;» y escupió sangre con gran violencia, debido al atroz dolor de sus sufrimientos. El doctor Reading concedió cuarenta días de indulgencia al sufriente, para que pudiera retractarse de sus opiniones, pero él persistió en su adhesión a la verdad, sin prestar atención alguna a la malicia de sus enemigos; finalmente fue quemado vivo, gozándose de que Cristo lo hubiera considerado digno de sufrir por causa de Su nombre. El 28 de julio de 1540 o de 1541 (porque hay diferencias acerca del año), Thomas Cromwell, conde de Essex, fue llevado al cadalso en la Torre, donde fue ejecutado con algunos gestos destacables de crueldad. Hizo un breve discurso al pueblo, y luego se resignó mansamente al hacha.

Creemos que es muy propio que este noble sea puesto entre los mártires, porque aunque las acusaciones proferidas contra él no tenían que ver con la religión, si no hubiera sido por su celo por abatir el papismo, podría al menos haber retenido el favor del rey. A esto se debe añadir que los papistas tramaron su destrucción porque hizo más él por impulsar la Reforma que nadie en su época, con excepeción del doctor Cranmer. Poco después de la ejecución de Cromwell, el doctor Cuthbert Barnes, Thomas Gamet y William Jerome fueron hechos comparecer ante la corte eclesiástica del obispo de Londres, y fueron acusados de herejía. Presente ante el obispo de Londres, le preguntó al doctor Barnes si los santos oraban por nosotros. A esto respondió que esto «lo dejaba a Dios; pero (añadió), yo oraré por vos.» El trece de julio de 1541 estos hombres fueron sacados de la Torre y llevados a Smithfield, donde fueron encadenados a una estaca, y sufrieron allí con una constancia que nada sino una firme fe en Jesucristo podía inspirarles. Thomas Sommers, un honrado mercader, fue echado en prisión, en compañía de otros tres, por leer algunos de los libros de Lutero, y fueron condenados a llevar aquellos libros a un fuego en Cheapside; allí debían echarlos en las llamas; pero Sommers echó los suyos por encima, y por ello fue devuelto a la Torre, y allí apedreado hasta morir. En este tiempo estaban llevándose a cabo unas terribles persecuciones en Lincoln, bajo el doctor Longland, obispo de aquella diócesis. En Buckigham, Thomas Bainard y James Moreton fueron condenados a ser quemados vivos, el primero por leer la Oración del Señor en inglés, y el otro por leer la Epístola de Santiago en inglés. El sacerdote Anthony Parsons fue enviado, y con él otros dos, a Windsor, para ser allí interrogado acerca de una acusación de herejía, y les dieron allí varios artículos para que los suscribieran, los cuales rehusaron. Luego su causa fue seguida por el obispo de Salisbury, que fue el más violento perseguidor en aquel tiempo, con la excepción de Bonner. Cuando fueron traídos a la estaca, Parsons pidió de beber, y al dársele, brindó a sus compañeros de martirio, diciendo: «Gozaos, hermanos, y levantad vuestra mirada a Dios; porque después de este duro desayuno espero la buena comida que vamos a tener en el Reino de Cristo, nuestro Señor y Redentor.» Después de estas palabras, Eastwood, uno de los sufrientes, levantó los ojos y las manos al cielo, pidiendo al Señor en lo alto que recibiera su espíritu. Parsons se acercó la paja más hacia él, y luego les dijo a los espectadores: «¡Esta es la armadura de Dios, y ahora soy un soldado cristiano listo para la batalla. No espero misericordia sino por los méritos de Cristo; Él es mi único Salvador, en Él confío yo para mi salvación.» Poco después de esto se encendieron las hogueras, que quemaron sus cuerpos, pero que no pudieron dañar sus almas preciosas e inmortales. Su constancia triunfó sobre la crueldad, y sus sufrimientos serán tenidos en eterno recuerdo. Así era entregado una y otra vez el pueblo de Cristo, y sus vidas compradas y vendidas. Porque, en el parlamento, el rey estableció esta ley cruel y blasfema como ley perpetua: que todo el que leyera las Escrituras en su lengua vernácula (lo que era entonces llamado «la ciencia de Wickliffe») debía perder su tierra, sus ganados, su cuerpo, su vida y sus bienes, por si y por sus herederos para siempre, y ser condenados como herejes contra Dios, enemigos de la corona y culpables de alta traición contra la tierra. ***


CAPÍTULO XV


Historia de las persecuciones en Escocia durante el reinado de Enrique VIII


Así como no hubo lugar alguno, ni en Alemania, ni en Italia ni en Francia, donde no salieran algunas ramas de aquella fructífera raíz de Lutero, de la misma manera no quedó esta isla de Gran Bretaña sin su fruto y sin sus ramas. Entre ellos estaba Patrick Hamilton, un escocés de noble y alta cuna, y de sangre real, de excelente temperamento, de veintitrés años de edad, llamado abad de Feme. Saliendo de su país con tres compañeros para hacerse con una piadosa educación, se llegó a la Universidad dc Marburgo, en Alemania, universidad que para entonces de nueva fundación, por Felipe, Landgrave de Hesse. Durante su residencia allá se familiarizó íntimamente con aquellas eminentes lumbreras del Evangelio que eran Martín Lutero y Felipe Melancton, y mediante cuyos escritos y doctrinas se adhirió tenazmente a la religión protestante. Enterándose el arzobispo de St. Andrews (que era un rígido papista) de las actuaciones del señor Hamilton, lo hizo apresar, y haciéndolo comparecer delante de él para interrogarlo brevemente acerca de sus principios religiosos, lo hizo encerrar en el castillo, con órdenes de que fuera echado a la mazmorra más inmunda de la prisión. A la mañana siguiente, el señor Hamilton fue hecho comparecer delante del obispo, junto con otros, para ser interrogado, siendo las principales acusaciones contra él que desaprobaba en público las peregrinaciones, el purgatorio, las oraciones a los santos, por los muertos, etc. Estos artículos fueron reconocidos como verdaderos por el señor Hamilton, en consecuencia de lo cual fue de inmediato condenado a la hoguera; y para que su condena tuviera tanta más autoridad, se hizo firmar a todas las personas destacadas allí presentes, y para hacer cl número tan grande como fuera posible incluso se admitió la firma de los niños que fueran hijos de la nobleza. Tan deseoso estaba este fanático y perseguidor prelado por destruir al señor Hamilton, que ordenó la ejecuci6n de la sentencia en la misma tarde del día en que se pronunció. Por ello, fue llevado al lugar designado para la terrible tragedia, donde se apiñó un gran número de espectadores. La mayor parte de la multitud no creía que realmente le fueran a dar muerte, sino que sólo se hacía para espantarlo, y por ello llevarlo a abrazar los principios de la religión romanista. Pero pronto tuvieron que salir de su error. Cuando llegó a la estaca, se arrodilló y oró durante un tiempo con gran fervor. Después fue encadenado a la estaca, y le pusieron la leña a su alrededor. Poniéndole una cantidad de pólvora debajo de los brazos, la encendieron primero, con lo que la mano izquierda y un lado de la cara quedaron abrasados, pero sin causarle daños mortales, ni prendiéndose el fuego a la leña. Entonces trajeron más pólvora y combustible, y esta vez prendió la leña. Con el fuego encendido, él clamó con voz audible, diciendo: «¡Señor Jesús, recibe mi espíritu. ¿Hasta cuándo reinaran las tinieblas sobre este reino? ¿Y hasta cuándo sufrirás Tú la tiranía de estos hombres?» Ardiendo el fuego lentamente al principio, sufrió crueles tormentos; pero los sufrió con magnanimidad cristiana. Lo que más dolor le causó fue el clamor de algunos malvados azuzados por los frailes, que gritaban con frecuencia: «Conviértete, hereje; clama a nuestra Señora; di Salve Regina, etc.» Y a estos él replicaba: «Dejadme y parad de molestarme, mensajeros dc Satanás.» Un fraile llamado Campbell, el cabecilla, siguió molestándole con un lenguaje insultante, y él le replicó: «¡Malvado, que Dios te perdone!» Después de ello, impedido ya de

hablar por la violencia del humo y por la voracidad de las llamas, entregó su alma en manos de Aquel que se la había dado. Este firme creyente en Cristo sufrió el martirio el año 1527. Un joven e inofensivo benedictino llamado Henry Forest, acusado dc hablar respetuosamente del anterior Patrick Hamilton, fue echado en la cárcel; al confesarse a un fraile, reconoció que consideraba a Hamilton como un hombre bueno, y que los artículos por los que había sido sentenciado a morir podían ser defendidos. Al ser revelado esto por el fraile, fue recibido como prueba, y el pobre benedictino fue sentenciado a ser quemado. Mientras consultaban entre si acerca de cómo ejecutarlo, John Lindsay, uno de los caballeros del arzobispo, dio su consejo de quemar al fraile Forest en alguna bodega subterránea, porque, dijo, «el humo de Patriek Hamilton ha infectado a todos aquellos sobre quienes ha caído.» Este consejo fue aceptado, y la pobre víctima murió más bien por asfixia que quemado. Los siguientes en caer víctimas por profesar la verdad del Evangelio fueron David Stratton y Norman Gourlay. Cuando llegaron al lugar fatal, ambos se arrodillaron, y oraron por un tiempo con gran fervor. Luego sc levantaron, y Stratton, dirigiéndose a los espectadores, los exhortó a echar a un lado sus conceptos supersticiosos e idolátricos y a emplear su tiempo en buscar la verdadera luz del Evangelio. Habría dicho más, pero se vio impedido por los oficiales presentes. Su sentencia fue puesta en ejecución, y entregaron animosos sus almas al Dios que se las había dado, esperando, por los méritos del gran Redentor, una gloriosa resurrección para vida inmortal. Sufrieron en el año 1534. Los martirios de las dos personas mencionadas fueron pronto seguidos por el del señor Thomas Forret, que durante un tiempo considerable habla sido deán de la Iglesia de Roma; dos herreros llamados Killor y Beverage; un sacerdote llamado Duncan Smith, y un gentilhombre llamado Robert Forrester. Todos ellos fueron quemados juntos, en el monte del Castillo, en Edinburgo, el último día de febrero de 1538. Al año siguiente del martirio dc los ya mencionados, esto es, el 1539, otros dos fueron prendidos por sospecha de herejía: Jerome Russell y Alexander Kennedy, un joven, de unos dieciocho años de edad. Estas dos personas, después de haber estado encerradas en prisión un tiempo, fueron hechas comparecer ante el arzobispo para su interrogatorio. En el curso del mismo, Russell, que era hombre muy inteligente, razonó eruditamente contra sus acusadores, mientras estos empleaban contra él un lenguaje muy insultante. Terminado el interrogatorio, y considerados ambos como herejes, el arzobispo pronunció la terrible sentencia de muerte, y fueron de inmediato entregados al brazo secular para su ejecución. Al día siguiente fueron llevados al lugar designado para su suplicio; de camino hacia allí, Russell, al ver que su compañero de sufrimientos parecía mostrar temor en su rostro, se dirigió así a él: «Hermano, no temas mayor es Aquel que está en nosotros que el que está en el mundo. El dolor que hemos de sufrir es breve, y será ligero; pero nuestro gozo y consolación nunca tendrán fin. Por ello, luchemos por entrar en el gozo de nuestro Amo y Salvador, por el mismo camino recto que El tomó antes que nosotros. La muerte no nos puede dañar, porque ya está destruida por El, por Aquel por causa de quien vamos ahora a sufrir.» Cuando llegaron al lugar fatal, se arrodillaron ambos y oraron por un tiempo; después de ello fueron encadenados a la estaca y se prendió fuego a la leña, encomendando ellos con

resignación sus almas a Aquel que se las habla dado, en la plena esperanza de una recompensa eterna en las mansiones celestiales. Una relación de la vida, sufrimientos y muerte de Sir George Wishart, que fue estrangulado y después quemado, en Escocia, por profesar la verdad del Evangelio. Por el año de nuestro Señor 1543 había, en la Universidad de Cambridge, un Maestro George Wishart, comúnmente llamado Maestro George del Benet's College, hombre de alta estatura, calvo, y con la cabeza cubierta con una gorra francesa de la mejor calidad; se juzgaba que era de carácter melancólico por su fisonomía; tenía cl cabello negro en larga barba, apuesto, de buena reputación en su país, Escocia, cortés, humilde, amable y gentil, amante de su profesión de maestro, deseoso de aprender, y habiendo viajado mucho; se vestía de un ropaje hasta los pies, una capa negra, y medias negras, tejido burdo blanco para camisa, y bandas blancas y gemelos en sus puños. Era hombre modesto, templado, temeroso de Dios, aborrecedor de la codicia; su caridad nunca se acababa, ni de noche ni de día; se saltaba una de cada tres comidas, un día de cada cuatro en general, excepto por algo para fortalecer el cuerpo. Dormía en un saco de paja y en burdos lienzos nuevos, que, cuando los cambiaba, daba a otros. Al lado de su cama tenía una bañera, en la que (cuando sus estudiantes estaban ya dormidos, y las luces apagadas y todo en silencio), solía bañarse. Él me tenía gran afecto, y yo a él. Enseñaba con gran modestia y gravedad, de manera que algunos de sus estudiantes lo consideraban severo, y hubieran querido matarle; pero el Señor era su defensa. Y él, después de una debida corrección por la malicia de ellos, los enmendaba con una exhortación buena, y se iba. ¡Oh, si el Señor me lo hubiera dejado a mí, su pobre chico, para terminar lo que había comenzado! Porque se fue a Escocia con varios de la nobleza que vinieron para formular un tratado con el Rey Enrique. En 1543, el arzobispo de St. Andrews hizo una visitación en varias partes de la diócesis, durante la cual se denunciaron a varias personas en Perth, por herejía. Entre estas, las siguientes fueron condenadas a muerte: William Anderson, Robert Lamb, James Finlayson, James Hunter, James Raveleson y Helen Stark. Las acusaciones contra estas personas fueron, respectivamente: Las primeras cuatro estaban acusadas de haber colgado la imagen de San Francisco, clavando en su cabeza cuernos de carnero, y de fijar una cola de vaca a su trasero; pero la razón principal de su condena fue por haberse permitido comer un ganso en día de ayuno. James Ravelson fue acusado de haber adornado su casa con la diadema triplemente coronada dc San Pedro, tallada en madera, lo que el arzobispo consideró hecho en escarnio de su capelo cardenalicio. Helen Stark fue acusada de no haber tenido la costumbre de orar a la Virgen María, más especialmente durante el tiempo en que estaba recién parida. Todos fueron hallados culpables dc estos delitos de que se les acusaba, y de inmediato fueron sentenciados a muerte; los cuatro hombres a la horca, por comer el ganso; James Raveleson a ser quemado; y la mujer, que había acabado de dar a luz un bebé y lo criaba, a ser metida en un saco, y ahogada. Los cuatro, con la mujer y el niño, fueron muertos el mismo día, pero James Raveleson no fue ejecutado hasta algunos días más tarde. Los mártires fueron conducidos por una gran banda de hombres armados (porque temían una rebelión en la ciudad, lo que hubiera podido acontecer si los hombres no hubieran estado en

la guerra) hacia el lugar de la ejecución, que era el común de los ladrones, y ello para hacer parecer su causa más odios a ante el pueblo. Todos consolándose unos a otros, y asegurándose unos a otros que cenarían juntos en el Reino del Cielo aquella noche, se encomendaron a Dios, y murieron con constancia en el Señor. La mujer deseaba anhelantemente morir con su marido, pero no le fue permitido; pero, siguiéndole al lugar de la ejecución, le dio consuelo, exhortándole a la perseverancia y paciencia por causa de Cristo, y, despidiéndose de él con un beso, le dijo: «Esposo, regocíjate, porque hemos vivido juntos durante muchos días gozosos; pero este día en el que tenemos que morir debería sernos aún más gozoso, porque tendremos gozo para siempre; por ello, no te diré que buenas noches, porque nos encontraremos de repente con gozo en el Reino de los Cielos.» Después de esto, la mujer fue llevada a ser ahogada, y aunque tenía un bebé mamando en su pecho, esto no movió para nada los implacables corazones de los enemigos. Así, después de haber encomendado a sus hijos a los vecinos de la ciudad por causa de Dios, y que el pequeño bebé fuera dado a la nodriza, ella selló la verdad con su muerte. Deseoso de propagar el verdadero Evangelio en su propio país, George Wishart dejó Cambridge en 1544, y al llegar a Escocia predicó primero en Montrose, y después en Dundee. En este último lugar hizo una exposición pública de la Epístola a los Romanos, que hizo con tal unción y libertad que alarmó enormemente a los papistas. Como consecuencia de ello (por instigación del Cardenal Beaton, arzobispo de St. Andrews), un tal Robert Miln, hombre principal en Dundee, fue a la iglesia donde predicaba Wishart, y en medio del discurso le dijo que no perturbara más a la ciudad, porque estaba decidido a no admitirlo. Este repentino desaire sorprendió enormemente a Wishart, que, después de una breve pausa, mirando dolorido a quien le hablaba y a su audiencia, dijo: «Dios me es testigo de que jamás he intentado perturbar, sino confortar; sí, vuestra turbación me duele más a mí que a vosotros mismos; pero estoy seguro de que el rehusamiento de la Palabra de Dios y la expulsión de Su mensajero no os preservará de turbación, sino que os la atraerá; porque Dios os enviará ministros que no temerán ni al fuego ni al destierro. Yo os he ofrecido la Palabra de salvación. Con peligro de mi vida he permanecido entre vosotros. Ahora vosotros mismos me rechazáis; pero debo declarar mi inocencia delante de Dios: Si tenéis larga prosperidad, no soy guiado por el Espíritu de verdad; pero si caen sobre vosotros perturbaciones no buscadas, reconoced la causa y volveos a Dios, que es clemente y misericordioso. Pero si no os volvéis a la primera advertencia, El os visitará con el fuego y la espada.» Al terminar este discurso, salió del púlpito y se retiró. Después de esto se fue al Oeste de Escocia, donde predicó la Palabra de Dios y fue bien acogido por muchos. Poco tiempo después de esto el señor Wishart recibió noticias de que se había desatado la plaga en Dundee. Comenzó cuatro días después que le fuera prohibido predicar allá, y fue tan violenta que casi era increíble cuántos murieron en el espacio de veinticuatro horas. Al serle esto relatado, a pesar de la insistencia de sus amigos por detenerle, decidió volver allá, diciendo: «Ahora están turbados y necesitan consolación. Quizá esta mano de Dios les hará ahora exaltar y reverenciar la Palabra de Dios, que antes estimaron en poco.» En Dundee fue recibido gozosamente por los piadosos. Escogió la puerta oriental como lugar de predicación, de manera que los sanos estaban dentro, y los enfermos fuera de la puerta. Tomó este texto como el tema de su sermón: «Envió Su palabra, y los sanó,» etc. En su sermón se extendió principalmente en la ventaja y la consolación de la Palabra de Dios, en los juicios

que sobrevienen por el menosprecio o rechazo de la misma, la libertad de la gracia de Dios para con todo Su pueblo, y la felicidad de Sus elegidos, a los que Él mismo saca de este mundo miserable. Los corazones de los oyentes se elevaron tanto ante la fuerza divina de este discurso que vinieron a no considerarla muerte con temor, sino a tener por dichosos a los que serían entonces llamados, no sabiendo si volvería él a tener tal consolación para con ellos. Después de esto, la peste se aplacó, aunque, en medio de ella, Wishart visitaba constantemente a los que yacían en la hora fatal, y los consolaba con sus exhortaciones. Cuando se despidió de la gente de Dundee, les dijo que Dios casi había dado fin a aquella peste, y que ahora él era llamado a otro lugar. Fue de allí a Montrose, donde predicó algunas veces, pero pasó la mayor parte de su tiempo en meditación privada y oración. Se dice que antes de salir de Dundee, y mientras estaba dedicado a la obra de amor para con los cuerpos y las almas de aquella pobre gente afligida, el Cardenal Beaton indujo a un sacerdote papista fanático, llamado John Weighton, para que le matara; y este intento fue como sigue: un día, después que Wishart hubo acabado su sermón y la gente se había ido, un sacerdote se quedó de pie esperando al pie de las escaleras, con una daga desenvainada en su mano bajo su sotana. Pero el señor Wishart, que tenía una mirada sagaz y penetrante, viendo al sacerdote cuando bajaba del púlpito, le dijo: «Amigo mío, ¿que querría usted?», y de inmediato, asiéndole de la mano, le quitó la daga. El sacerdote, aterrado, se puso de rodillas, confesó sus intenciones, y le rogó perdón. La noticia corrió, y llegando a oídos de los enfermos, estos dijeron: «Dadnos al traidor, o lo tomaremos por la fuerza; y se lanzaron a la puerta. Pero Wishart, tomando al sacerdote en sus brazos, les dijo: «El que le haga daño, me hará daño a mí, porque no me ha hecho mal alguno, sino un gran bien, enseñándome a ser más prudente para el futuro.» Con esta conducta, apaciguó al pueblo, y salvó la vida del malvado sacerdote. Poco después de volver a Montrose, el cardenal de nuevo conspiró contra su vida, haciendo enviarle una carta corno procedente de su amigo íntimo, el señor de Kennier, en la que se le pedía que acudiera a verle con toda premura, porque había caído en una repentina enfermedad. Mientras tanto, el cardenal había apostado sesenta hombres armados emboscados a una milla y media de Montrose, para asesinarlo cuando pasara por allí. La carta fue entregada en mano a Wishart por un muchacho, que también le trajo un caballo para el viaje. Wishart, acompañado por algunos hombres honrados, amigos suyos, emprendió el viaje, pero viniéndole algo particular a la mente mientras iba de camino, volvió. Ellos se asombraron, y le preguntaron cuál era la causa de su proceder, y les respondió: «No iré; Dios me lo prohíbe; estoy seguro de que es traición. Que algunos pasen adelante, y me digan lo que encuentran.» Haciéndolo, descubrieron la trampa, y volviendo a toda prisa, se lo dijeron al señor Wishart; éste dijo, entonces: «Sé que acabaré mi vida en manos de este hombre sanguinario, pero no de esta manera.» Poco tiempo después salió de Montrose, y pasó a Edinburgo, para propagar el Evangelio en aquella ciudad. Por el camino se alojó con un fiel hermano, llamado James Watson de Inner- Goury. En medio de la noche se levantó y salió al patio, y oyéndole dos hombres, le siguieron sigilosamente. En el patio se puso de rodillas, y oró con el mayor fervor, después de lo que se levantó y volvió a la cama. Sus acompañantes, aparentando no saber nada, acudieron y le preguntaron dónde había estado, pero no quiso responderles. Al siguiente día le importunaron para que se lo dijera, diciendo: «Sea franco con nosotros, porque oímos sus lamentos y vimos sus gestos.» A esto él dijo, con rostro abatido: «Ojalá que no hubierais salido de vuestras camas.» Pero apremiándole ellos por saber algo, les dijo: «Os lo diré; estoy seguro de que mi batalla está

cerca de su fin, y por ello oro a Dios que esté conmigo, y que yo no me acobarde cuando la batalla ruja con mayor fuerza.» Poco después, al enterarse el Cardenal Beaton, arzobispo de St. Andrews, de que el señor Wishart estaba en la casa del señor Cockbum, de Ormiston, en East Lothian, le pidió al regente que lo hiciera prender. A esto accedió el regente, tras mucha insistencia y muy en contra de su voluntad. Como consecuencia de esto, el cardenal procedió de inmediato a juzgar a Wishart, presentándose no menos de dieciocho artículos de acusación en contra suya. El señor Wishart respondió a los respectivos artículos con tal coherencia de mente y de una manera tan erudita y clara que sorprendió en gran manera a los que estaban presentes. Acabado el interrogatorio, el arzobispo intentó convencer al señor Wishart para que se retractara; pero éste estaba demasiado firme y arraigado en sus principios religiosos y demasiado iluminado por la verdad del Evangelio, para que lo pudieran mover en lo más mínimo. A la mañana de la ejecución le vinieron dos frailes de parte del cardenal; uno de ellos le vistió de una túnica de lino negro, y el otro traía varias bolsas de pólvora, que le ataron en diferentes partes del cuerpo. Tan pronto como llegaron a la pira, el verdugo le puso una cuerda alrededor del cuello y una cadena en la cintura, con lo que él se puso de rodillas, exclamando: «¡Oh, Salvador del mundo, ten misericordia de mi! ¡Padre del cielo, en tus santas manos encomiendo mi espíritu! » Después de esto oró por sus acusadores, diciendo: «Te ruego, Padre celestial, perdona a los que, por ignorancia o por una mente perversa, han forjado mentiras contra mí, los perdono de todo corazón. Ruego a Cristo que perdone a todos los que ignorantemente me han condenado.» Fue entonces encadenado a la estaca, y al encenderse la leña, se prendió de inmediato la pólvora que tenía atada por su cuerpo, que se encendió en una conflagración de llama y de humo. El gobernador del castillo, que estaba tan cerca que quedó chamuscado por la llamarada, exhortó al mártir, en pocas palabras, a tener buen ánimo y a pedir a Dios perdón por sus culpas. A lo que él contestó: «Esta llama hace sufrir a mi cuerpo, ciertamente, mas no ha quebrantado mi espíritu. Pero el que ahora me mira de manera tan soberbia desde su exaltado solio (dijo, señalando al cardenal), será, antes que transcurra mucho tiempo, arrojado ignominiosamente, aunque ahora se huelga tan orgullosamente de su poder.» Esta predicción fue cumplida poco después. El verdugo, que debía atormentarlo, se puso de rodillas, y le dijo: «Señor, os ruego que me perdonéis, porque no soy culpable de vuestra muerte.» Y él le dijo: «Ven aquí.» Cuando se hubo acercado, le besó en la mejilla, y le dijo: «Esto es una muestra de que te perdono. De corazón, cumple tu oficio.» Y entonces fue puesto en el patíbulo, y colgado y reducido a cenizas. Cuando la gente vio aquel gran suplicio, no pudieron reprimir algunas lastimeras lamentaciones y quejas por la matanza de aquel hombre inocente. No pasó mucho tiempo tras el martirio de este bienaventurado hombre de Dios, el Maestro George Wishart, que fue muerto por David Beaton, el sanguinario arzobispo y cardenal de Escocia, el uno de marzo de 1546 d.C., que el dicho David Beaton, por justa retribución divina, fue muerto en su propio castillo de St. Andrews a manos de un hombre llamado Leslie y otros caballeros que, movido por Dios, se lanzó de súbito contra él y aquel mismo año, el último ella de mayo, lo asesinó en su cama, mientras que él chillaba: «¡Ay, ay, no me matéis'. ¡Soy un sacerdote!» Así, como carnicero vivió y como carnicero murió, y estuvo siete meses y más insepulto, y al final fue echado como carroña en un estercolero.

El último en sufrir martirio en Escocia por causa de Cristo fue un hombre llamado Walter Mill, que fue quemado en Edinburgo en el año 1558. Este hombre había viajado por Alemania en sus años jóvenes, y al volver fue designado sacerdote de la iglesia de Lunan en Angus, pero, por una denuncia de herejía, en tiempos del Cardenal Beaton, se vio obligado a abandonar su puesto y a ocultarse. Sin embargo, pronto fue descubierto y apresado. Interrogado por Sir Andrew Oliphant acerca de si se iba a retractar de sus opiniones, respondió en sentido negativo, diciendo que «antes perdería diez mil vidas que ceder una partícula de aquellos celestiales principios que había recibido por la palabra de su bendito Redentor.» Como consecuencia de esto, se pronunció de inmediato su sentencia de muerte, y fue llevado a la cárcel para ser ejecutado al día siguiente. Este valeroso creyente en Cristo tenía ochenta y dos años, y estaba sumamente debilitado, por lo que se suponía que apenas se le oiría. Sin embargo, cuando fue llevado al lugar de la ejecución, expresó sus creencias religiosas con tal valor y al mismo tiempo con tal coherencia lógica que dejó atónitos hasta a sus enemigos. Tan pronto como se vio atado a la estaca y la leña fue encendida, se dirigió así a los espectadores: «La causa por la que sufro hoy no es ningún crimen (aunque me reconozco un mísero pecador), sino sólo sufro por la defensa de la verdad según está en Jesucristo; y alabo al Dios que me ha llamado, por Su misericordia, a sellar la verdad con mi vida; la cual, así como la he recibido de él, la entrego voluntaria y gozosamente para Su gloria. Por ello, si queréis escapar a la condenación eterna, no os dejéis seducir más por las mentiras de la sede del Anticristo: depended sólo de Jesucristo y de Su misericordia, y podréis ser liberados de la condenación.» Luego añadió que esperaba ser el último en sufrir la muerte en Escocia por causas de religión. Así entregó este piadoso cristiano animosamente su vida en defensa de la verdad del Evangelio de Cristo, con la certeza de que sería hecho partícipe de Su reinado celestial. ***


CAPÍTULO XVI


Persecuciones en Inglaterra durante el reinado de la reina María


La prematura muerte del célebre y joven monarca Eduardo VI causó acontecimientos de lo más extraordinarios y terribles que jamás hubieran tenido lugar desde los tiempos de la encamación de nuestro bendito Señor y Salvador en forma humana. Este triste acontecimiento se convirtió pronto en un tema de general lamentación. La sucesión al trono británico llegó pronto a ser objeto de disputa, y las escenas que se sucedieron fueron una demostración de la seria aflicción en la que estaba envuelto el reino. Conforme fueron desarrollándose más y más las consecuencias de esta pérdida para la nación, el recuerdo de su gobierno vino a ser más y más un motivo de gratitud generalizada. La terrible perspectiva que pronto se presentó a los amigos de la administración de Eduardo, bajo la dirección de sus consejeros y siervos, vino a ser algo que las mentes reflexivas se vieron obligadas a contemplar con la más alarmada aprensión. La rápida aproximación que se hizo a una total inversión de las actuaciones del reinado del joven rey mostraba los avances que de esta manera iban a una resolución total en la dirección de las cuestiones públicas tanto en la Iglesia como en el estado. Alarmados por la condición en la que probablemente se iba a encontrar involucrado el reino por la muerte del rey, el intento por impedir las consecuencias, que se veían sobrevenir con mucha claridad, produjo los más serios y fatales efectos. El rey, en su larga y prolongada enfermedad, fue inducido a hacer testamento, en el que otorgaba la corona inglesa a Lady Jane, hija del duque de Suftolk, que se había casado con Lord Guilford, hijo del duque de Northumberland, y que era nieta de la segunda hermana del rey Enrique, casada con Carlos, duque de Suffolk. Por este testamento se pasó por alto la sucesión de María y Elizabet, sus dos hermanas, por el temor a la vuelta al sistema del papado; y el consejo del rey, con los jefes dc la nobleza, el alcalde mayor de la ciudad de Londres, y casi todos los jueces y los principales legisladores del reino, firmaron sus nombres a este documento, como sanción a esta medida. El Lord principal de la Justicia, aunque verdadero protestante y recto juez, fue el único en negarse a poner su nombre en favor de Lady Jane, porque ya había expresado su opinión de que María tenía derecho a tomar las riendas del gobierno. Otros objetaban a que María fuera puesta en el trono, por los temores que tenían de que pudiera casarse con un extranjero, y con ello poner a la corona en considerable peligro. También la parcialidad que ella mostraba en favor del papismo dejaba bien pocas dudas en las mentes de muchos de que sería inducida a avivar los intereses del Papa y a cambiar la religión que había sido usada tanto en los días de su padre, el Rey Enrique, como en los de su hermano Eduardo; porque durante toda este tiempo había ella manifestado una gran terquedad e inflexibilidad, como ha de ser evidente en base dc la carta que envió a los lores del consejo, por la que presentó sus derechos a la corona a la muerte de su hermano. Cuando ésta tuvo lugar, los nobles, que se habían asociado para impedir la sucesión de María, y que habían sido instrumentos en promover y quizá aconsejar las medidas de Eduardo, pasaron rápidamente a proclamar a Lady Jane Gray como reina de Inglaterra, en la ciudad de Londres yen varias otras ciudades populosas del reino. Aunque era joven, poseía talentos de naturaleza superior, y su aprovechamiento bajo un muy excelente tutor le había dado grandes ventajas. Su reinado sólo duró cinco días, porque María, consiguiendo la corona por medio de falsas promesas, emprendió rápidamente la ejecución de sus expresas intenciones de extirpar y quemar a cada protestante. Fue coronada en Westminster de la manera usual, y su accesión fue la señal para el inicio de la sangrienta persecución que tuvo lugar.

Habiendo obtenido la espada de la autoridad, no fue remisa en emplearla. Los partidarios de Lady Jane Gray estaban destinados a sentir su fuerza. El duque de Northumberland fue el primero en experimentar su salvaje resentimiento. Después de un mes de encierro en la Torre fue condenado, y llevado al cadalso para sufrir como traidor. Debido a la variedad de sus crímenes debidos a una sórdida y desmesurada ambición, murió sin que nadie se compadeciera de él ni lo lamentara. Los cambios que se sucedieron con toda celeridad declararon de manera inequívoca que la reina era desafecta al actual estado de la religión. El doctor Poynet fue desplazado para dejar sitio a Gardiner como obispo de Winchester, el cual recibió también el importante puesto de Lord Canciller. El doctor Ridley fue echado de la sede de Londres, y Bonne puesto en su lugar. J. Story fue echado del obispado de Chichester, para poner allí al doctor Day. J. Hooper fue enviado preso a Fleet, y el doctor Heath instalado en la sede de Worcester. Miles Coverdale fue también echado de Exeter, y el doctor Vesie tomó su lugar en aquella diócesis. El doctor Tonstail fue también ascendido a la sede de Durham. Al observarse y señalarse estas cosas, fueron oprimiéndose y turbándose más y más los corazones de los buenos hombres; pero los malvados se regocijaban. A los embusteros tanto les daba como fuera la cuestión; pero aquellos cuyas conciencias estaban ligadas a la verdad percibieron como se encendían las hogueras que después deberían servir para destrucción de tantos verdaderos cristianos.


Las palabras y la conducta de Lady Jane Gray en el cadalso


La siguiente víctima fue la gentil Lady Jane Gray, que, por su aceptación de la corona ante las insistentes peticiones de sus amigos, incurrió en el implacable resentimiento de María. Al subir al cadalso, se dirigió con estas palabras a los espectadores: «Buena gente, he venido aquí a morir, y por una ley he sido condenada a ello. El hecho contra la majestad de la reina era ilegitimo, y que yo accediera a ello; pero acerca de la toma de decisión y el deseo de lo mismo por mi parte o en mi favor, me lavó este día las manos en mi inocencia delante de Dios y delante de vosotros, buena gente cristiana. » E hizo entonces el movimiento de fregarse las manos, en las que tenía su libro. Luego les dijo: «Os pido a todos buena gente cristiana, que me seáis testigos de que muero como buena cristiana, y que espero ser salva sólo por la misericordia de Dios en la sangre de Su único Hijo Jesucristo, y no por otro medio alguno: y confieso que cuando conocí la Palabra de Dios, la descuidé, amándome a mi misma y al mundo, y por ello felizmente y con merecimiento me ha sobrevenido esta plaga y castigo; pero doy gracias a Dios que en Su bondad me ha dado de esta manera tiempo y descanso para arrepentirme. Y ahora, buena gente, mientras estoy viva, os ruego que me auxiliéis con vuestras oraciones.» Luego, arrodillándose, se dirigió a Feckenham, diciéndole: «¿Diré este Salmo?» y él le dijo: «SI. » Entonces pronunció el Salmo Miserere mei Deus, en inglés, de la forma más devota hasta el final; luego se levantó, y le dio a su dama, la señora Ellen, sus guantes y su pañuelo, y su libro al señor Bruges; luego se desató su vestido, y el verdugo se acercó para ayudarla a sacárselo; pero ella, pidiéndole que la dejara sola, se volvió hacia sus dos damas, que la ayudaron a quitárselo, y también le dieron un hermoso pañuelo con el que vendarse los ojos. Luego el verdugo se arrodilló, y le pidió perdón, dándoselo ella muy bien dispuesta. Luego le pidió que se pusiera de pie sobre la paja, y al hacerlo vio el tajo. Entonces le dijo: «Te ruego que acabes conmigo rápidamente.» Luego se arrodilló, diciendo: «¿Me descabezarás antes que le estire?» Y el verdugo le dijo: «No, señora.» Entonces se vendó los ojos, y buscando el tajo a tientas, dijo: «¿Qué voy a hacer? ¿Dónde está, dónde esta?» Uno de los que estaban allí la

condujo, y ella puso la cabeza sobre el tajo, y luego dijo: «Señor, en tus manos encomiendo mi espíritu.» Así acabo su vida, el año de nuestro Señor de 1554, el doce de febrero, teniendo alrededor dc diecisiete años. Así murió Lady Jane; y aquel mismo día fue decapitado Lord Guilford, su marido, uno de los hijos del duque de Nonhumberland; eran dos inocentes en comparación con aquellos que estaban sobre ellos. Porque eran muy jóvenes, y aceptaron ignorantemente aquello que otros habían tramado, consintiendo que por proclamación pública fuera arrebatado a otros para que les fuera dado a ellos. Acerca de la condenación de esta piadosa dama, se debe recordar que el Juez Morgan, que pronunció la sentencia contra ella, cayó loco poco después de haberla condenado, y en sus delirios clamaba continuamente que le quitaran a Lady Jane de delante de él, y así acabo su vida. El veintiuno del mismo mes, Enrique duque de Suffolk fue decapitado en la Torre, el cuarto día después de su condena; en aquel mismo tiempo muchos caballeros e hidalgos fueron condenados, de los que algunos fueron ejecutados en Londres, y otros en otros condados. Entre ellos se encontraba Lord Thomas Gray, hermano del duque de Suffolk, que fue apresado no mucho tiempo después en el norte de Gales, y ejecutado por la misma causa. Sir Nicholas Throgmorton escapó muy apuradamente.


John Rogers, vicario del Santo Sepulcro, y lector de San Pablo en Londres


John Rogers se educó en Cambridge, y fue después muchos años capellán de los mercaderes desplazados a Amberes, en Brabante. Allí conoció al célebre mártir William Tyndale, y a Miles Coverdale, ambos voluntariamente exiliados de su país por su aversión a la superstición e idolatría papal. Ellos fueron los instrumentos de su conversión, y se unió con ellos en la producción de aquella traducción de la Biblia al inglés conocida como «Traducción de Thomas Mathew.» Por las Escrituras supo que los votos ilegítimos podían ser legítimamente quebrantados; por ello contrajo matrimonio y se dirigió a Wittenberg, en Sajonia, para aumentar sus conocimientos; allí aprendió la lengua alemana, y recibió el encargo de una congregación, cargo que desempeñó fielmente durante muchos años. Al acceder el Rey Eduardo al trono, se fue de Sajonia para impulsar la obra de la Reforma en Inglaterra. Tras un tiempo, Nicholas Ridley, que era entonces obispo de Londres, le hizo canónigo de la Catedral de San Pablo, y el deán y el capítulo lo designaron lector allí de la lección de teología. Allí continuó hasta la accesión al trono de la Reina María, cuando fueron desterrados el Evangelio y la verdadera religión, e introducidos el Anticristo de Roma, con su superstición e idolatría. La circunstancia de que el señor Rogers predicó en Paul's Cross, después que la Reina María llegara a la Torre, ya ha sido relatada. Confirmó él en sus sermones la doctrina enseñada en la época del Rey Eduardo, exhortando al pueblo a guardarse de la abominación del papismo, de la idolatría y de la superstición. Por esta razón fue llamado a dar cuenta, pero se defendió de manera tan capaz que fue por el momento libertado. Pero la proclamación de la reina prohibiendo la verdadera predicación dio a sus enemigos un nuevo asidero contra él. Por ello, fue llamado de nuevo ante el consejo, y se le ordenó el arresto domiciliario. Se quedó entonces en su casa, aunque hubiera podido escapar y fue cuando vio que el estado de la verdadera religión era desesperado. Sabía que no le faltaría un sueldo en Alemania; y no podía olvidar a su mujer y a sus diez hijos, ni dejar de tratar obtener los medios para suplir a sus necesidades. Pero todas estas cosas fueron insuficientes para inducirle a irse, y, cuando fue llamado a responder de la causa de Cristo, la defendió firmemente, y puso su vida en peligro por esta causa.

Después de un largo encarcelamiento en su propia casa, el agitado Bonner, obispo de Londres, lo hizo encerrar en Newgate, echándolo en compañía de ladrones y asesinos. Después que el señor Rogers hubiera sufrido un estricto encarcelamiento durante largo tiempo, entre ladrones, y habiendo sufrido muchos interrogatorios y un trato muy poco caritativo, fue finalmente condenado de la manera más injusta y cruel por Stephen Gardiner, obispo de Winchester, el cuatro de febrero del año 1555 de nuestro Señor. Un lunes por la mañana, fue repentinamente advertido por el guarda de Newgate que se preparara para la hoguera. Estaba profundamente dormido, y les costó mucho despertarlo. Al final, despierto y levantado, al ser apremiado a que se apresurara, dijo: «Si es así, no hay necesidad de atarme las lazadas.» Así lo llevaron, primero al obispo Bonner, para que lo degradara. Hecho esto, le hizo un solo ruego al obispo Bonner, y Bonner le preguntó qué era. El señor Rogers le pidió poder hablar un breve tiempo con su mujer antes de ser quemado; pero el obispo se negó. Cuando llegó el momento de ser llevado de Newgate a Smithfield, donde iba a ser ejecutado, un alguacil llamado Woodroofe se acercó al señor Rogers, y le preguntó si quería retractarse de su abominable doctrina y de la mala opinión acerca del Sacramento del altar. El señor Rogers respondió; «Lo que he predicado lo sellaré con mi sangre.» Entonces Woodroofe le dijo: «Eres un hereje.» «Esto se sabrá,» replicó el señor Rogers, «en el Día del Juicio.» «Bien,» le dijo Woodroofe, «nunca oraré por ti.» «Pero yo si oraré por ti,» le dijo el señor Rogers; así fue sacado aquel mismo día, el cuatro de febrero, y llevado por los alguaciles hacia Smitlhlield, diciendo por el camino el Salmo Miserere, y dejando al pueblo asombrado con su entereza, dando a Dios alabanzas y gratitud por ello. Allí, en presencia del señor Rochester, controlador de la casa de la Reina, de Sir Richard Southwell, ambos alguaciles y una gran multitud, file reducido a cenizas, lavándose las manos en la llama mientras ardía. Poco antes de ser quemado le trajeron el indulto si se retractaba; pero rehusó de manera total. El fue el primer mártir de toda la bendita compañía que sufrió en tiempos de la Reina María que ardió en el fuego. Su mujer e hijos, once en total, diez que podían caminar, y un bebé de pecho, lo fueron a ver por el camino cuando se dirigía a Smithfield. El triste espectáculo de ver a su propia carne y sangre no le movió sin embargo a debilidad, sino que aceptó su muerte con constancia y ánimo, en defensa y en la batalla del Evangelio de Cristo.»


El Rev. Lawrence Saunders


El señor Saunders, después de pasar algún tiempo en la escuela de Eaton, file escogido para ir a King's College, en Cambridge, donde estuvo durante tres años, creciendo en conocimientos y aprendiendo mucho por aquel breve espacio de tiempo. Poco después se fue de la universidad y volvió a casa de sus padres, pero pronto volvió a Cambridge para seguir estudiando, y comenzó a añadir al conocimiento del latín el estudio de las lenguas griegas y hebrea, y se dio al estudio de las Sagradas Escrituras, para capacitarse mejor para el oficio de predicador. Al comienzo del reinado de Eduardo, cuando fue introducida la verdadera religión de Dios, después de obtener licencia comenzó a predicar, y file tan del agrado de los que entonces tenían autoridad, que lo designaron para leer una conferencia de teología en el College de Fothringham. Al disolverse el College de Fothringham, fue designado como lector de la catedral en Litchfield. Después de un cierto tiempo, se fue de Litchfield a una prebenda en Leicestershire llamada Church-langton, donde tuvo residencia, enseñó con diligencia, y mantuvo casa abierta. De allí fue llamado a tomar una prebenda en la ciudad de Londres llamada Todos Santos, en

Bread Street. Después de esto predicó en Northhampton, nunca mezclándose con el estado, sino pronunciando abiertamente su conciencia contra las doctrinas papistas que podían pronto volver a levantar cabeza en Inglaterra, como una justa peste por el poco amor que mostraba la nación inglesa entonces por la bendita Palabra de Dios, que les había sido ofrecida de manera tan abundante. El partido de la reina se encontraba allí, y al oírle se sintieron ofendidos por su sermón, y por ello lo tomaron preso. Pero en parte por amor a sus hermanos y amigos, que eran los principales agentes de la reina entre ellos, y en parte porque no había quebrantado ley alguna con su predicación, lo dejaron ir. Algunos de sus amigos, al ver aquellas terribles amenazas, le aconsejaron que huyera del reino, lo que él rehusó hacer. Pero al ver que se le iba a privar por medios violentos hacer el bien en aquel lugar, volvió a Londres a visitar su grey. En la tarde del domingo 15 de octubre de 1554, mientras leía en su iglesia para exhortar a su pueblo, el obispo de Londres le interrumpió, enviando a un alguacil para llevárselo. Le dijo el obispo que en su caridad se complacía en dejar pasar su traición y sedición por entonces, pero que estaba dispuesto a demostrarlo hereje a él y a todos los que enseñaban que la administración de los Sacramentos y todos los órdenes de la Iglesia son más puros cuanto más se aproximen al orden de la Iglesia primitiva. Después de una larga conversación acerca de esta cuestión, el obispo le pidió que escribiera lo que creía acerca de la transubstanciación. Lawrence Saunders lo hizo, diciendo: «Mi señor, vos buscáis mi sangre, y la tendréis; ruego a Dios que seáis bautizado en ella de tal manera que desde entonces abominéis el derramamiento de sangre y os volváis un hombre mejor.» Acusado de contumacia, las severas réplicas del señor Saunders al obispo (que en tiempos pasados, para obtener el favor de Enrique VIII había escrito y hecho imprimir un libro de verdadera obediencia, en el que había declarado abiertamente que María era una bastarda) lo irritaron de tal manera que exclamó: «Llevaos a este frenético insensato a la prisión. » Después que este bueno y fiel mártir hubo estado encarcelado un año y tres meses, los obispos finalmente lo llamaron, a él y a sus compañeros de prisión, para ser interrogados ante el consejo de la reina. Acabado su interrogatorio, los oficiales lo sacaron del lugar, y se quedaron fuera hasta que el resto de sus compañeros fueran igualmente interrogados, para llevarlos todos juntos de nuevo a la cárcel. Después de su excomunión y entrega al brazo secular, fue llevado por el alguacil de Londres al Compter, una cárcel en su propia parroquia de Bread Street, con lo que se regocijó grandemente, porque allí encontró a un compañero de cárcel, el señor Cardmaker, con quien tuvo muchas consoladoras conversaciones cristianas; y porque cuando saliera de aquella cárcel, como antes en su púlpito, podría tener la oportunidad de predicar a sus fieles. El cuatro de febrero, Bonner, obispo de Londres, acudió a la cárcel para degradarlo; al día siguiente, por la mañana, el alguacil de Londres lo entregó a ciertos miembros de la guardia de la reina, que tenían orden de llevarlo a la ciudad de Coventry, para ser allí quemado. Cuando hubieron llegado a Coventry, un pobre zapatero, que solía servirle con zapatos, acudió a él, y le dijo: «Oh mi buen señor, que Dios le fortaleza y consuele.» «Buen zapatero,» le contestó el señor Saunders, «te pido que ores por mí, porque soy el hombre más inapropiado que jamás haya sido designado para esta elevada misión; pero mi Dios y Padre amante y lleno de gracia es suficiente para hacerme tan fuerte como sea necesario. » Al día siguiente, el ocho de febrero de 1555, fue llevado al lugar de la ejecución, en el parque a las afueras de la ciudad. Fue

en una vieja túnica y camisa, descalzo, y a menudo se postraba en tierra para orar. Cuando llegaron cerca del lugar, el oficial designado para cuidarse de la ejecución le dijo al señor Saunders que él era uno de los que hacían mal al reino de la reina, pero que si se retractaba habría perdón para él. «No seré yo,» respondió el santo mártir, «sino vosotros los que hacéis daño al reino. Lo que yo sostengo es el bendito Evangelio de Cristo; lo creo, lo he enseñado, y jamás lo revocaré.» Luego el señor Saunders se dirigió lentamente hacia el fuego, se puso de rodillas en tierra y oró. Luego se levantó, abrazó la estaca, y dijo varias veces: «¡Bienvenida, cruz de Cristo! ¡Bienvenida, vida eterna!» Aplicaron entonces fuego a la pira, y él, abrumado por las terribles llamas, cayó dormido en brazos del Señor Jesús.


La historia, el encarcelamiento e interrogatorio del señor John Hooper, obispo de Worcester y Gloucester


John Hooper, estudiante y graduado de la Universidad de Oxford, se sintió tan movido con tan ferviente deseo a amar y conocer las Escrituras que se vio obligado a irse de allí, y quedó en casa de Sir Thomas Arundel como mayordomo, hasta que Sir Thomas se enteró de sus opiniones y religión, que él no favorecía en manera alguna, aunque favorecía cordialmente su persona y condición y anhelaba ser su amigo. El señor Hooper tuvo ahora la prudencia de abandonar la casa de Sir Thomas y se fue a París, pero poco tiempo después volvió a Inglaterra, y fue acogido por el señor Sentlow, hasta el momento en que de nuevo fue hostigado y perseguido, con lo que volvió a pasar a Francia, y hacia las tierras altas de Alemania; allí, entrando en contacto con hombres eruditos, recibió de ellos libre y afectuosa hospitalidad, tanto en Basilea como especialmente en Zurich por el señor Bullinger, que fue especialmente amigo suyo; allí también contrajo matrimonio con su mujer, que era de Borgoña, y se aplicó diligentemente al estudio de la lengua hebrea. Al final, cuando Dios tuvo el beneplácito de dar fin al sangriento tiempo de los seis artículos y darnos al Rey Eduardo para reinar sobre este reino, con alguna paz y reposo para la Iglesia, entre los muchos otros exiliados que volvieron a la patria se encontraba también el señor Hooper, que volvió conscientemente, no para ausentarse de nuevo, sino buscando el momento y la oportunidad, ofreciéndose para impulsar la obra del Señor hasta los limites de su capacidad. Cuando el señor Hooper se hubo despedido del señor Bullinger y de sus amigos en Zurich, se dirigió de vuelta a Inglaterra en el reinado del Rey Eduardo VI, y llegando a Londres, empezó a predicar, la mayoría de los días dos veces, o al menos una vez al día. En sus sermones, conforme a su costumbre, corregía el pecado y hablaba severamente contra la iniquidad del mundo y los abusos corrompidos de la Iglesia. El pueblo iba en grandes multitudes y grupos a oír su voz a diario, como si fuera cl sonido más melodioso y la música del arpa de Orfeo, de modo que a veces, cuando predicaba, la iglesia estaba tan llena que no cabía ni una aguja. Era ferviente en su enseñanza, elocuente en su palabra, perfecto en las Escrituras, infatigable en su tarea, ejemplar en su vida. Habiendo predicado ante la majestad real, pronto fue designado obispo de Gloucester. Prosiguió dos años en aquel cargo, y se comportó tan bien que sus enemigos no pudieron hallar ocasión contra él, y después fue hecho obispo de Worcester. El doctor Hooper cumplió la función del más solicito y vigilante pastor por espacio de dos años y algo más, mientras el estado de la religión, en el reinado del Rey Eduardo, fue sano y floreciente.

Después de haber sido citado a comparecer ante Bonner y el doctor Heath, fue llevado al Consejo, acusado en falso de deber dinero a la reina, y en el año siguiente, 1554, escribió un relato de los duros tratos recibidos durante un confinamiento de dieciocho meses en el Fleet, y después de su tercer interrogatorio, el 28 de enero de 1555, en St. Mary Overy's, él, y el Rev. Señor Rogers, fueron llevados al Compter en Southwark, donde fueron dejados hasta el día siguiente a las nueve de la mañana, para ver si se retractaban. «Venga, hermano Rogers,» le dijo el doctor Hooper, «¿tenemos que tomar esta cuestión por nosotros, y comenzar a ser asados en estas piras?» «Si, doctor.» dijo el señor Rogers, «por la gracia de Dios.» «No tengas duda alguna,» contestó el doctor Hooper, «de que Dios nos dará fuerzas; » y el pueblo aplaudía tanto su tenacidad que apenas si podían pasar. El 29 de enero, el obispo Hooper fue degradado y condenado, y el Rev. Señor Rogers fue tratado de manera igual. Al oscurecer, el doctor Hooper fue llevado a Newgate por medio de la ciudad; a pesar de este sigilo, mucha gente salió a sus puertas con luces, saludándole y dando gracias a Dios por su constancia. Durante los pocos días que estuvo en Newgate fue frecuentemente visitado por Bonner y otros, pero sin éxito alguno. Tal como Cristo fue tentado, así le tentaron a él, y luego informaron maliciosamente que se había retractado. El lugar de su martirio fue fijado en Gloucester, con lo que se regocijó mucho, levantando los ojos al cielo, y alabando a Dios que lo mandaba entre aquella gente de la que era pastor, para confirmar allí con su muerte la verdad que antes les había enseñado. El 7 de febrero llegó a Gloucester, alrededor de las cinco de la tarde, y se alojó en la casa de uno llamado Ingram. Después de dormir algo, se mantuvo en oración hasta la mañana; y todo el día lo dedicó asimismo a la oración, excepto un poco de tiempo en las comidas y cuando conversaba con aquellos que el guarda gentilmente le permitía. Sir Anthony Kingston, que antes había sido un buen amigo del doctor Hooper, fue designado por una carta de la reina para que presidiera la ejecución. Tan pronto como vio al obispo prorrumpió en lágrimas. Con entrañables ruegos le exhortó a vivir. «Cierto es que la muerte es amarga, y que la vida es dulce,» le dijo el obispo, «pero, ¡ay!, considera que la muerte venidera es más amarga, y que la vida venidera es más dulce. » Aquel mismo día un chico ciego recibió permiso para ser llevado a la presencia del doctor Hooper. Aquel mismo chico había sufrido prisión en Gloucester, no hacia mucho, por confesar la verdad. « ¡Ah, pobre chico!», le dijo el obispo: «aunque Dios te haya quitado la vista externa, por la razón que Él sabrá mejor, sin embargo ha dotado tu alma con la visión del conocimiento y de la fe. Que Dios te dé gracia para que ores a Él continuadamente, para que no pierdas la vista, porque entonces serías ciertamente ciego de cuerpo y alma. » Mientras el alcalde esperaba que se preparara para la ejecución, él expresó su total obediencia, y sólo pidió que fuera un fuego rápido que diera fin a sus tormentos. Después de levantarse por la mañana, pidió que no dejaran entrar a nadie en la cámara, para poder estar a solas hasta la hora de la ejecución. Hacia las ocho de la mañana del 9 de febrero de 1555 fue sacado, y había miles de personas congregadas, porque era día de mercado. A todo lo largo del camino, teniendo órdenes estrictas de no hablar, y viendo al pueblo, que se lamentaba amargamente por él, levantaba a veces los ojos al cielo, y miraba alegremente a los que conocía; nunca le habían visto, durante todo el tiempo que había estado entre ellos antes, con un semblante tan alegre e iluminado como en aquella ocasión. Cuando llegó al lugar designado para le ejecución, contempló sonriente la estaca y los preparativos hechos para él, cerca del gran olmo delante del colegio de sacerdotes, donde solía predicar antes.

Ahora, después de haber entrado en oración, trajeron una caja, y la pusieron sobre un taburete. En la caja había el perdón de la reina si se retractaba. Al verla, clamó: «¡Si amáis mi alma, quitad esto de ahí!» Al ser quitada la caja, dijo Lord Chandois: «Ya veis que no hay remedio; terminad con él rápidamente.» Ahora dieron orden para que se encendiera el fuego. Pero debido a que no había más leña verde que la que podían traer dos caballos, no se encendió rápidamente, y también pasó bastante tiempo antes que prendieran las cañas sobre la leña. Al final se prendió el fuego a su alrededor, pero habiendo mucho viento en aquel lugar, y siendo una mañana glacial, apartaba la llama de su alrededor, por lo que quedó poco más que tocado por el fuego. Al cabo de un rato se trajo leña seca, y se encendió un nuevo fuego con ascuas (porque no había más cañas), y sólo se quemó la parte de abajo, pero no tenía mucha llama por arriba, debido al viento, aunque le quemó el cabello y le abrasó un poco la piel. Durante el tiempo de este fuego, ya desde la primera llama, oró, diciendo mansamente, y no muy fuerte, como alguien sin dolor: «¡Oh Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí y recibe mi alma» Cuando se hubo apagado el segundo fuego, se frotó ambos ojos con las manos, y mirando a la gente, les dijo con voz calmada y fuerte: «Por amor de Dios, buena gente, poned más fuego!»; mientras tanto sus miembros inferiores ardían, pero las ascuas eran tan pocas que la llama sólo chamuscaba sus partes superiores. Encendieron el tercer fuego al cabo de un rato, que era más intenso que los otros dos. En este fuego él oró con voz alta: «¡Señor Jesús, ten misericordia de mí! ¡Señor Jesús, recibe mi espíritu!» Y estas fueron las últimas voces que se le oyeron. Pero cuando tenía la boca ennegrecida y su lengua estaba tan hinchada que no podía hablar, sin embargo se movieron sus labios hasta que quedaron encogidos sobre las encías, y se golpeaba el pecho con sus manos hasta que uno de sus brazos se desprendió, y luego siguió golpeando con la otra, mientras que salía la grasa, agua y sangre de los extremos de sus dedos; finalmente, al renovarse el fuego, desaparecieron sus energías, y su mano se quedó fija tras golpear la cadena sobre su pecho. Luego, inclinándose hacia adelante, entregó su espíritu. Así estuvo tres cuartos de hora o más en el fuego. Como un cordero, paciente, soportó esta atroz tortura, ni moviéndose adelante ni atrás ni a ningún lado, sino que murió tan apaciblemente como un niño en su cama. Y ahora reina, no tengo duda alguna, como bendito mártir en los gozos del cielo, preparados para los fieles en Cristo desde antes de la fundación del mundo, y por la constancia de los cuales todos los cristianos deben alabar a Dios.


La vida y conducta del doctor Rowland Taylor de Hadley


El doctor Rowland Taylor, vicario de Hadley, en Suffolk, era hombre de eminente erudición, y había sido admitido al grado de doctor de ley civil y canónica. Su adhesión a los principios puros e in corrompidos del cristianismo lo recomendaron al favor y a la amistad del doctor Cranmer, arzobispo de Canterbury, con quien vivió mucho tiempo, hasta que por medio de su interés obtuvo la vicaría de Hadley. No sólo su palabra les predicaba, sino que toda su vida y conversación era un ejemplo de vida cristiana no fingida y de verdadera santidad. Estaba exento dc soberbia; era humilde y gentil como un niño, de modo que nadie era tan pobre que no pudiera recurrir a él como a un padre, con toda libertad; y su humildad no era infantil o cobarde, sino que, cuando la ocasión lo demandaba y el lugar lo precisaba, era firme en reprender el pecado y a los pecadores. Nadie era demasiado rico para que él no fuera a reprende ríes claramente por sus faltas, con reprensiones tan solemnes

y graves como convenían a un buen cura y pastor. Era un hombre muy gentil, sin rencor ni resentimientos ni mala voluntad hacia nadie; estaba siempre dispuesto a hacer el bien a todos; perdonaba bien dispuesto a sus enemigos, y nunca intentó hacer a nadie daño alguno. Era, para los pobres que eran ciegos, cojos, que estaban enfermos, echados en el lecho de dolor, o que tenían muchos hijos, un verdadero padre, un protector solícito, y un proveedor diligente, de manera que hizo que los fieles hicieran un fondo general para ellos; y él mismo (además del alivio continuo que siempre encontraban en su casa) daba una porción digna cada año al cepillo de las ofrendas comunes. Su mujer era también una matrona honrada, discreta y sobria, y sus hijos estaban bien educados, criados en el temor de Dios y en una buena instrucción. Era buena sal de la tierra, con un sano mordiente para las formas corrompidas de los malvados; luz en la casa de Dios, puesta en un candelero para que lo imitaran y siguieran todos los hombres buenos. Así continuó este buen pastor entre su grey, gobernándolos y conduciéndolos a través del desierto de este malvado mundo, todos los días de aquel santo e inocente rey de bendita memoria, Eduardo VI. Pero a su muerte, y a la accesión de la Reina María al trono, no escapó a la negra nube que se abatió también sobre tantos; porque dos miembros de su parroquia, un abogado llamado Foster, y un comerciante llamado Claik, guiados por un ciego celo, decidieron que se celebrara la Misa, con todas sus formas de superstición, en la iglesia parroquial dc Hadley, el lunes antes de la Pascua. El doctor Taylor, entrando en la iglesia, lo prohibió estrictamente; pero Clark echó al Doctor fuera de la iglesia, celebró la Misa e inmediatamente informó al Lord Canciller, obispo de Winchester, de su conducta, el cual lo llamó a comparecer y a dar respuesta a las acusaciones que se hacían contra él. El doctor, al recibir el llamamiento, se preparó bien dispuesto para obedecerlo, rechazando el consejo de sus amigos para que huyera al otro lado del mar. Cuando Gardiner vio al doctor Taylor, lo injurió, según era su hábito. El doctor Taylor escuchó los insultos con paciencia, y cuando el obispo le dijo: «¿Cómo te atreves a mirarme a la cara? ¿No sabes quien soy yo?», el doctor Taylor le contestó: «Sois Stephen Gardiner, obispo de Winchester, y Lord Canciller, pero sois sólo un hombre mortal. Pero si yo hubiera de temer vuestra señorial apariencia, ¿por qué no teméis vosotros a Dios, el Señor de todos nosotros? ¿Con qué rostro apareceréis ante el tribunal de Cristo, y responderéis del juramento que hicisteis primero al Rey Enrique VIII, y después a su hijo el Rey Eduardo VI?» Siguió una larga conversación, en la que el doctor Taylor habló tan mesurada y severamente a su antagonista que éste exclamó: «¡Eres un blasfemo hereje! ¡En verdad blasfemas contra el bendito Sacramento (y aquí se quitó el capelo) y hablas en contra de la santa Misa, que es constituida sacrificio por los vivos y los muertos! » después, el obispo lo entregó al tribunal real. Cuando el doctor Taylor llegó allí, encontró al virtuoso y diligente predicador de la Palabra de Dios que era el señor Bradford, el cual igualmente dio gracias a Dios por darle tal buen compañero de prisión; y ambos juntos alabaron a Dios, y persistieron en oración, en la lectura, y en exhortarse mutuamente. Después que el doctor Taylor estuvo un tiempo en la cárcel, fue citado para comparecer bajo las arcadas de la iglesia de Bow. Condenado, el doctor Taylor fue enviado a Clink, y los guardas de aquella cárcel recibieron orden de tratarlo mal. Por la noche fue llevado a Poultry Compter.

Cuando el doctor Taylor hubo permanecido en Compter alrededor de una semana, el cuatro de febrero llegó Bonner para degradarlo, llevando consigo ornamentos pertenecientes a la comedia de la misa; pero el Doctor rehusó aquellos disfraces, que finalmente le fueron puestos a la fuerza. La noche después de ser degradado, su mujer lo visitó con su siervo John Hull y con su hijo Thomas, y por la bondad de los carceleros pudieron cenar con él. Después de cenar, andando arriba y abajo, dio gracias a Dios por Su gracia, que le había dado fortaleza para mantenerse en Su santa Palabra. Con lágrimas oraron juntos, y se besaron. A su hijo Thomas le dio un libro latino que contenía los dichos notables de los antiguos mártires, y al final del mismo escribió su testamento: «Digo a mi esposa y a mis hijos: El Señor me dio a vosotros, y el Señor me ha quitado de vosotros y a vosotros de mí: ¡Bendito sea el nombre del Señor! Creo que son bienaventurados los que mueren en el Señor. Dios se cuida de los pajarillos, y cuenta los cabellos de nuestras cabezas. Le he encontrado a Él más fiel y favorable que pueda serlo ningún padre o marido. Por ello, confiad en Él por medio de los méritos de nuestro amado Salvador Cristo; creed en El, amadle, temedle y obedecedle. Orad a Él, porque Él ha prometido ayudar. No me consideréis muerto, porque ciertamente viviré y nunca moriré. Voy delante, y vosotros me seguiréis después, a nuestro eterno hogar.» Por la mañana, el alguacil de Londres y sus oficiales fue a Compter a las dos dc la madrugada, y se llevó al doctor Taylor, y sin luz alguna lo llevó a Woolsack, un mesón fuera de las murallas cerca de Aldgate. La mujer del doctor Taylor, que sospechaba que aquella noche se llevarían a su marido, había estado vigilando en el porche de la iglesia de St. Botolph, junto a Aldgate, teniendo a sus dos hijas consigo, una, Elizabet, que tenía trece años (la cual, dejada huérfana de padre y madre, la había adoptado el doctor Taylor desde los tres años de edad), y la otra, María, hija camal del doctor Taylor. Ahora, cuando el alguacil y su grupo llegaron frente a la iglesia de St. Botolph, Elizabet gritó, diciendo: «¡Padre querido! ¡Madre, madre, allí se están llevado a mi padre!» Entonces la mujer gritó: Rowland, Rowland, ¿dónde estás?, porque era una mañana sumamente oscura, y no podían verse bien unos a otros. El doctor Taylor contestó: «Querida esposa, estoy aquí», y se detuvo. Los hombres del alguacil lo habían empujado para hacerle proseguir el camino, pero el alguacil dijo: «Deteneos un poco, señores, os ruego, y dejadle hablar con su mujer»; entonces se detuvieron. Entonces ella se acercó a él, y él tomó a su hija María en sus brazos; y él, su mujer y Elizabet se arrodillaron y oraron la Oración del Señor, ante lo que el alguacil lloró abiertamente, como también varios otros de la compañía. Después de haber orado, se levantó y besó a su mujer, y le dio la mano, diciéndole: «Adiós, mi querida esposa; aliéntate, porque tengo la conciencia en paz. Dios suscitará un padre para mis hijas.» A todo lo largo del camino, el doctor Taylor estuvo gozoso y feliz, como disponiéndose a ir al banquete o fiesta de bodas más esplendorosa. Les dijo cosas muy notables al alguacil y a los caballeros de la guardia que le llevaban, y a menudo los movió a lágrimas, con sus fervientes llamamientos al arrepentimiento y a enmendar sus vidas malas y perversas. Otras varias veces los hizo asombrar y gozarse, al verlo tan constante y firme, carente de temor, gozoso de corazón, y feliz de morir. Cuando llegó a Aldham Common, el lugar donde debía sufrir, al ver tanta multitud reunida, preguntó: «¿Cuál es este lugar, y para qué se ha reunido tanta gente aquí?» Le respondieron: «Este lugar se llama Aldham Common, el lugar donde debes sufrir; y esta gente ha

venido a contemplarte” Entonces él dijo: «¡Gracias a Dios, ya casi estoy en casa», y desmontó de su caballo, y con ambas manos se arrancó el capuchón de la cabeza. Su cabello había sido rapado y recortado como se cortaba el cabello a los locos, y el costo de esto lo había sufragado el buen obispo Bonner de su propio bolsillo. Pero cuando el pueblo vio su reverendo y anciano rostro, con una larga barba blanca, prorrumpieron todos en lágrimas, llorando y clamando: «¡Dios te salve, buen doctor Taylor! ¡Que Jesucristo te fortalezca y te ayude! ¡Que el Espíritu Santo te conforte!», y otros buenos deseos parecidos. Cuando hubo orado, fue a la estaca y la besó, y entró en un barril de brea que habían puesto para que se metiera en él, y se puso de pie dándole la espalda a la estaca, con las manos plegadas juntas, y los ojos al cielo, y orando de continuo. Luego le ataron con las cadenas, y habiendo puesto la leña, uno llamado Warwick le echó cruelmente una gavilla de leña encima que le golpeó en la cabeza y le cortó el rostro, de manera que le manó la sangre. Entonces le dijo el doctor Taylor: «Amigo, ya tengo suficiente daño; ¿para qué esto?» Sir John Shelton estaba cerca mientras el doctor Taylor hablaba, y al decir el Salmo Miserere en latín, le golpeó en los labios: «Granuja,» le dijo, «habla en latín: te obligaré.» Al final encendieron el fuego, y el doctor Taylor, levantando ambas manos, clamando a Dios, dijo: «¡Misericordioso Padre del cielo! ¡Por causa de Jesucristo, mi Salvador, recibe mi alma en tus manos!» Así se quedó entonces sin gritar ni moverse, con las manos juntas, hasta que Soyce le hirió en la cabeza con una alabarda hasta que se derramaron sus sesos y el cadáver cayó dentro del luego. Así entregó este hombre de Dios su bendita alma en manos de su misericordioso Padre, y a su amadísimo Salvador Jesucristo, a quien amó tan enteramente, y había predicado tan fiel y fervorosamente, siguiéndole obedientemente en su vida, y glorificándole constantemente en su muerte.


El martirio de William Hunter


William Hunter había sido instruido en las doctrinas de la Reforma desde su más tierna infancia, descendiendo de padres religiosos que le instruyeron solícitamente en los principios de la verdadera religión. Hunter, que tenía entonces diecinueve años, rehusó recibir la comunión en la Misa, y fue amenazado con ser llevado delante del obispo, ante quien este valiente joven mártir fue llevado por un policía. Bonner hizo llevar a William a una sala, y allí comenzó a razonar con él, prometiéndole seguridad y perdón si se retractaba. Incluso se habría contentado con que fuera sólo a recibir la comunión y a la confesión, pero William no estaba dispuesto a ello ni por todo el mundo. Por esto, el obispo ordenó a sus hombres que pusieran a William en el cepo en su casa en la puerta, donde quedó dos días y dos noches, con sólo una corteza de pan negro y un vaso de agua, que él ni tocó. Al final de los dos días, el obispo fue a él, y hallándolo firme en su fe, lo envió a la cárcel de convictos, ordenando al carcelero que le cargara de tantas cadenas como pudiera llevar. Quedó en la prisión por nueve meses, durante los que compareció cinco veces ante el obispo, además de la ocasión en que fue condenado en el consistorio en San Pablo, el 9 de febrero, ocasión en la que estuvo presente su hermano Robert Hunter.

Entonces el obispo llamó a William, y le preguntó si estaba dispuesto a retractarse, y al ver que permanecía inamovible, pronunció sentencia contra él de que debía ir desde aquel lugar a Newgate por un tiempo, y luego a Brentwood, para ser quemado allí. Al cabo de un mes, William fue enviado a Brentwood, donde iba a ser ejecutado. Al llegar a la estaca, se arrodilló y leyó el Salmo Cincuenta y Uno, hasta que llegó a estas palabras: «Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado: Al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios.» Firme en rehusar el perdón de la reina si apostataba, finalmente un alguacil llamado Richard Ponde acudió y le apretó una cadena alrededor de él. William echó ahora su salterio en manos de su hermano, que le dijo: «William, medita en la santa pasión de Cristo, y no temas a la muerte.» «He aquí,» respondió William, «no tengo miedo.» Luego levantó sus manos al cielo, y dijo: «Señor, Señor, Señor, recibe mi espíritu», e inclinando la cabeza hacia el asfixiante humo, entregó su vida por la verdad, sellándola con su sangre para alabanza de Dios.


El Doctor Robert Farrar


Este digno y erudito prelado, obispo de St. David's en Gales, se había mostrado muy celoso en el anterior reino, como también desde la accesión de María, en impulsar las doctrinas reformadas y en denunciar los errores de la idolatría papista, y fue llamado, entre otros, para comparecer ante el perseguidor obispo de Winchester y otros comisionados designados para esta abominable obra de devastación y matanza. Sus principales acusadores y perseguidores, sobre una acusación de traición a la corona durante el reinado de Eduardo VI, fueron su criado George Constantine Walter; Thomas Young, chantre de la catedral y después obispo de Bangor, etc. el doctor Farrar respondió capazmente a las copias de la denuncia que le dieron, consistente en cincuenta y seis artículos. Todo el proceso judicial fue largo y tedioso. Hubo retraso tras retraso, y después que el doctor Farrar hubiera estado injustamente detenido en custodia, bajo el reinado del Rey Eduardo, porque había sido ascendido por el duque de Somerset, por lo que después de su caída encontró menos amigos para apoyarle en contra de los que querían su obispado al llegar la Reina María, fue acusado e interrogado no por cuestión alguna de traición, sino por su fe y doctrina; por este motivo fue hecho comparecer ante el obispo de Winchester con el Obispo Hooper, y los señores Rogers, Bradford, Saunders, y otros el 4 de febrero de 1555; aquel mismo día también habría sido condenado con ellos, pero su condena fue aplazada, y fue enviado de nuevo a la cárcel, donde continuó hasta el 14 de febrero, siendo después enviado a Gales a recibir la sentencia. Fue seis veces hecho comparecer delante de Henry Morgan, obispo de St. David's, que le pidió que abjurara; esto lo rechazó lleno de celo, apelando al cardenal Pole; a pesar de esto, el obispo, lleno de ira, lo declaró hereje incomunicado, y lo entregó al brazo secular. El doctor Farrar, condenado y degradado, fue no mucho tiempo después llevado al lugar de ejecución en la ciudad de Carmathen, en cuyo mercado, al sur de la cruz del mercado, sufrió con gran entereza los tormentos del fuego el 30 de marzo de 1555, que era el sábado antes del Domingo de Pasión. Acerca de su constancia, se dice que un tal Richard Jones, hijo de un caballero del rey, se acercó al doctor Farrar poco antes de su muerte, pareciendo lamentar el dolor de la muerte que iba a sufrir; el obispo le respondió que si le veía una vez agitarse en los dolores de su suplicio, podría entonces no dar crédito a su doctrina; y lo que dijo lo mantuvo, quedándose imperturbable, hasta que un tal Richard Graveil lo abatió con un garrote.


El martirio de Rawlins White


Rawlins White era pescador de vocación y ocupación, y vivió y se mantuvo de esta profesión por espacio de veinte años al menos, en la ciudad de Cardiff, donde tenía buena reputación entre sus vecinos. Aunque este buen hombre carecía de instrucción, y era además muy sencillo, le plugo a Dios quitarlo del error de la idolatría y llevarlo al conocimiento de la verdad, por medio de la bendita Reforma en el reinado de Eduardo. Hizo que enseñaran a su hijo a leer el Inglés, y después que el pequeño pudo leer bastante bien, su padre le hacia leer cada día una porción de las Sagradas Escrituras, y de vez en cuando alguna parte de un buen libro. Tras haberse mantenido en esta confesión por cinco años, murió el Rey Eduardo, y a su muerte accedió la Reina Maria, y con ella se introdujeron toda clase de supersticiones. White fue apresado por los oficiales de la ciudad como sospechoso de herejía, llevado ante el obispo Llandaff, y encarcelado en Chepstow, y al final llevado al castillo de Cardiff, donde estuvo por espacio de un año entero. Llevado ante el obispo en su capilla, le aconsejó a que se retractara, combinando promesas y amenazas. Pero como Rawlins no estaba dispuesto a retractarse de sus creencias, el obispo le dijo llanamente que debería proceder contra él por ley, y condenarlo como hereje. Antes de pasar a esta extremidad, el obispo propuso que se hiciera oración por su conversión. «Esta es,» dijo White, «una actuación digna de un obispo digno, y si vuestra petición es piadosa y recta, y oráis como debéis, es indudable que Dios os oirá; orad, pues, a vuestro Dios, y yo oraré a mi Dios.» Cuando el obispo y su grupo terminaron sus oraciones, le preguntó ahora a Rawlins si estaba dispuesto a retractarse. «Veréis,» dijo él, «que vuestra oración no os ha sido concedida, porque yo permanezco igual que antes; y Dios me fortalecerá en apoyo de Su verdad.» Después el obispo probo cómo iría diciendo Misa, pero Rawlins llamó a toda la gente como testigos de que él no se inclinaba ante la hostia. Terminada la Misa, Rawlins fue llamado de nuevo, y el obispo empleó muchas persuasiones, pero el bienaventurado hombre se mantuvo tan firme en su anterior confesión que de nada sirvieron los razonamientos del obispo. Entonces el obispo hizo que se leyera su sentencia definitiva, y al acabarse la lectura Rawlins fue llevado de nuevo a Cardiff, a una abominable cárcel de la ciudad llamada Cockmarel, donde pasó el tiempo en oración y cantando salmos. Al cabo de unas tres semanas llegó la orden desde la ciudad para que fuera ejecutado. Cuando llegó al lugar, donde su pobre mujer e hijos estaban de pie llorando, la súbita contemplación de ellos traspasó de tal manera su corazón que las lágrimas bañaron su rostro. Llegando al altar de su sacrificio, yendo hacia la estaca se arrodilló, y besó la tierra; levantándose de nuevo le había quedado algo de tierra pegada a la cara, y dijo estas palabras: «Tierra a la tierra, y polvo al polvo; tú eres mi madre, y a ti volveré.» Cuando todas las cosas estuvieron dispuestas levantaron una tarima frente a Rawlins White, directamente delante de la estaca, a la que subió un sacerdote, que se dirigió al pueblo, pero, mientras hablaba de la doctrina romanista de los Sacramentos, Rawlins gritó: «¡Ah, hipócrita blanqueado! ¿Presumes tú de demostrar tu falsa doctrina por la Escritura? Mira lo que dice el texto que sigue: ¿Acaso no dijo Cristo, «Haced esto en memoria de mí»?» Entonces algunos de los que estaban junto a él gritaron: « ¡Prended el fuego, prended el fuego!» Hecho esto, la paja y las cañas dieron una grande y súbita llamarada. En esta llama este buen hombre bañó durante largo tiempo su mano, hasta que los tendones se encogieron y la grasa se deshizo, excepto por un momento en que hizo como si se enjugara la cara con una de ellas. Todo este tiempo, que se prolongó bastante, clamó con fuerte voz: «¡Oh Señor, recibe mi

espíritu!» hasta que ya no pudo abrir la boca. Finalmente, la violencia del fuego fue tal contra sus piernas que quedaron consumidas casi antes que el resto de su cuerpo fuera dañado, lo que hizo que todo el cuerpo cayera sobre las cadenas al fuego antes de lo que hubiera sido normal. Así murió este buen hombre por su testimonio de la verdad de Dios, y ahora está indudablemente recompensado con la corona de la vida eterna.


El Rev. George Marsh


George Marsh nació en la parroquia de Deane, en el condado de Lancaster, recibiendo una buena educación y oficio de sus padres; a los veinticinco años contrajo matrimonio, y vivió en su granja, con la bendición de varios hijos, hasta que su mujer murió. Luego fue a estudiar a Cambridge, y vino a ser capellán del Rev. Lawrence Saunders, y en este puesto expuso de manera constante y llena de celo la verdad de la Palabra de Dios y las falsas doctrinas del moderno Anticristo. Encerrado por el doctor Coles, obispo de Chester, bajo arresto domiciliario, quedó impedido de la relación con sus amigos durante cuatro meses. Sus amigos y su madre le rogaban insistentemente que huyera «de la ira venidera»; pero el señor Marsh pensaba que un pasó así no sería coherente con la profesión de fe que había mantenido abiertamente durante nueve años. Sin embargo, al final huyó ocultándose, pero tuvo muchas luchas, y en oración secreta rogó que Dios lo condujera, por medio del consejo de sus mejores amigos, para Su propia gloria y para hacer lo que mejor fuera. Al final, decidido, por una carta que había recibido, a confesar abiertamente la fe de Cristo, se despidió de su suegra y otros amigos, encomendando sus hijos a los cuidados de ellos, y se dirigió a Smethehills, desde donde fue llevado, junto con otros, a Latbum, para sufrir interrogatorio ante el conde de Derby, Sir William Nores, el señor Sherbum, el párroco de Grapnal y otros. Contestó con buena conciencia las varias preguntas que le hicieron, pero cuando el señor Sherburn le interrogó acerca de su creencia en el Sacramento del altar, el señor Marsh respondió como un verdadero protestante que la esencia del pan y del vino no cambiaba en absoluto; así, después de recibir terribles amenazas de parte de unos y buenas palabras de parte de otros por sus opiniones, fue llevado bajo custodia, durmiendo dos noches sin cama alguna. El Domingo de Ramos sufrió un segundo interrogatorio, y el señor Marsh lamentó mucho que su temor le hubiera inducido a prevaricar y a buscar su seguridad mientras no negara abiertamente a Cristo; y otra vez clamó con más fervor a Dios pidiéndole fuerzas para no ser abrumado por las sutilezas de aquellos que trataban de derribar la pureza de su fe. Sufrió tres interrogatorios delante del doctor Coles, quien, hallándolo firme en la fe protestante, comenzó a leer su sentencia; pero éste fue interrumpido por el canciller, que le rogó al obispo que se detuviera antes que fuera demasiado tarde. El sacerdote oró entonces por el señor Marsh, pero éste, al pedírsele otra vez que se retractara, dijo que no osaba negar a su Salvador Cristo, para no perder Su misericordia eterna y sufrir así la muerte sempiterna. Entonces el obispo pasó a leer la sentencia. Fue enviado a una tenebrosa mazmorra, y se vió privado de toda consolación (porque todos temían aliviarlo o comunicarse con él) hasta el día señalado en el que debía sufrir. Los alguaciles de la ciudad, Amry y Couper, con sus oficiales, acudieron a la puerta del norte, y se llevaron al señor George Marsh, que anduvo todo el camino con el Libro en su mano, mirando al mismo, por lo que la gente decía: «Este hombre no va a su muerte corno ladrón, ni como alguien que merezca morir.» Cuando llegó al lugar de la ejecución fuera de la ciudad, cerca de SpittalBoughton, el señor Cawdry, chambelán diputado de Chester, le mostró al señor Marsh un escrito bajo un gran

sello, diciéndole que era un perdón para él si se retractaba. Él respondió que lo aceptaría gustoso si no era su intención apartarlo de Dios. Después de esto comenzó a hablar a la gente, mostrando cuál era la causa de su muerte, y hubiera querido exhortar a la gente a adherirse a Cristo, pero uno de los alguaciles se lo impidió. Arrodillándose entonces, dijo sus oraciones, se quitó la ropa hasta quedar en la camisa, y fue encadenado al poste, teniendo varios haces de leña bajo él, y algo hecho a modo de un barrilete, con brea y alquitrán, para echar sobre su cabeza. Al haberse preparado mal la hoguera, y barriéndolo el aire en círculos, sufrió atrozmente, pero lo soportó con entereza cristiana. Después de haber estado largo tiempo atormentado en el fuego sin moverse, con su carne tan asada e hinchada que los que estaban delante de él no podían ver la cadena con que había sido atado, suponiendo por ello que ya estaba muerto, de repente extendió sus brazos, diciendo: «¡Padre celestial, ten misericordia de mí! » y así entregó su espíritu en manos del Señor. Con esto, muchos de entre la gente decían que era un mártir y que había muerto con una gloriosa paciencia. Esto llevó poco después al obispo a dar un sermón en la catedral, en el que afirmaba que el dicho «Marsh era un hereje, quemado como tal, y es un ascua en el infierno.» El señor Marsh sufrió el 24 de abril de 1555.


William Flower


William Flower, también conocido como Branch, nació en Snow-hill, en el condado de Cambridge, donde fue a la escuela durante algunos años, y luego fue a la abadía de Ely. Después de haber permanecido allí un tiempo, profesó como monje, fue hecho sacerdote en la misma casa, y allí celebró y cantó la Misa. Después de ello, por acción de una visitación, y por ciertas órdenes emanadas de la autoridad de Enrique VIII, adoptó el hábito de un sacerdote secular, y volvió a Snow-hill, donde había nacido, y enseñó a niños durante medio año. Luego se fue a Ludgate, en Suffolk, donde sirvió como sacerdote secular durante unos tres meses; de allí se dirigió a Stoniland, luego a Tewksbury, donde contrajo matrimonio, continuando luego siempre de manera fiel y honesta con aquella mujer. Después de casarse permaneció en Tewksbury unos dos años, y de allí se fue a Brosley, donde practicó la medicina y la cirugía; pero apartándose de aquellos lugares se fue a Londres, y finalmente se instaló en Lambeth, donde él y su mujer convivieron. Sin embargo, estaba generalmente fuera, excepto una o dos veces al mes para visitar y ver a su mujer. Estando en su casa un domingo de pascua por la mañana, pasó el río desde Lambeth a la Iglesia de St. Margaret en Wesminster; al ver allí a un sacerdote llamado John Celtham que administraba y daba el Sacramento del altar al pueblo, y sintiéndose grandemente ofendido en su conciencia contra el sacerdote por aquello, lo golpeó e hirió en la cabeza, y también en el brazo y en la mano, con su cuchillo para madera, teniendo en aquel momento el sacerdote un cáliz con la hostia consagrada en él, que quedó rociada con sangre. Por su atolondrado celo, el señor Flower fue pesadamente encadenado y puesto en la casa de la puerta de Westminster, y luego hecho comparecer ante el obispo Bonner y su ordinario; el obispo, tras haberle juramentado sobre un Libro, lo sometió a acusaciones e interrogatorio. Después del interrogatorio, el obispo comenzó a exhortarle a volver a la unidad de su madre la Iglesia Católica, con muchas buenas promesas. Pero al rechazarlas firmemente el señor Flower, el obispo le ordenó que compareciera en aquel mismo lugar por la tarde, y que entre tanto meditara bien su anterior respuesta; pero al no excusarse él por haber golpeado al sacerdote ni vacilar en su fe, el obispo le asignó el día siguiente, 20 de abril, para recibirla sentencia, si no

se retractaba. A la mañana siguiente, el obispo pasó entonces a leerle la sentencia, condenándolo y excomulgándolo como hereje, y después de pronunciarlo degradado, lo entregó al brazo secular. El 24 de abril, en la víspera de San Marcos, fue llevado al lugar de su martirio, en el patio de la iglesia de St. Margaret, en Westminster, donde había sido cometido el hecho; llegando a la estaca, oró al Dios Omnipotente, hizo confesión de su fe, y perdonó a todo el mundo. Hecho esto, sostuvieron su mano contra la estaca, y fue cortada de un golpe, y le ataron la mano izquierda detrás. Luego le prendieron fuego, y quemándose en él, clamó con voz fuerte: «¡Oh, Tú, Hijo de Dios, recibe mi alma!» tres veces. Quedando sin voz, dejó de hablar, pero levantó su brazo mutilado con el otro todo el tiempo que pudo. Así soportó el tormento del fuego, siendo cruelmente torturado, porque habían puesto pocos haces, y siendo insuficientes para quemarlo, tuvieron que abatirlo tendiéndolo en el fuego, donde, echado sobre tierra, su parte inferior fue consumida en el fuego, mientras que su parte superior quedaba poco dañada, y su lengua se movió en su boca durante un tiempo considerable.


El Rev. John Cardmaker y John Warne


El 30 de mayo de 1555, el Rev. John Cardmaker, también llamado Taylor, prebendado de la Iglesia de Wells, y John Warne, tapicero, de St. John's, Walbrook, padecieron juntos en Smithfield. El señor Cardmaker, que fue primero un fraile observante antes de la disolución de las abadías, fue después un ministro casado, y en el tiempo del Rey Eduardo fue designado lector en San Pablo; prendido a comienzos del reinado de la Reina María, junto con el doctor Barlow, obispo de Bath, fue llevado a Londres y echado a la cárcel de Fleet, estando todavía en vigor las leyes del Rey Eduardo. En el reinado de María, cuando fue hecho comparecer ante el obispo de Winchester, éste le ofreció la misericordia de la reina si se retractaba. Habiéndose presentado artículos de acusación contra el señor John Warne, fue interrogado por Bonner, que le exhortó ardientemente a que se retractara de sus opiniones, pero éste le respondió: «Estoy persuadido de que estoy en la recta opinión, y no veo causa alguna para retractarme; porque toda la inmundicia e idolatría se encuentran en la Iglesia de Roma.» Entonces, el obispo, al ver que no podía prevalecer con todas sus buenas promesas y sus terribles amenazas, pronunció la sentencia definitiva de condenación, y ordenó el 30 de mayo de 1555 para la ejecución de John Cardmaker y John Wame, que fueron llevados por los alguaciles a Smithtield. Llegados a la estaca, los alguaciles llamaron aparte al señor Cardmaker, y hablaron con él en secreto, mientras el señor Wame oró, fue encadenado a la estaca, y le pusieron leña y cañas alrededor de él. Los espectadores estaban muy afligidos pensando que el señor Cardmaker se retractaría ante la quema del señor Warne. Al final, el señor Cardmaker se apartó de los alguaciles, se dirigió a la estaca, se arrodilló, e hizo larga oración en silencio. Luego se levantó, se quitó las ropas hasta la camisa, y fue con valentía a la estaca, besándola; y tomando de la mano al señor Warne, lo consoló cordialmente, y fue atado a la estaca, regocijándose. La gente, al ver como esto sucedía tan rápidamente y en contra de las anteriores expectativas, clamó: «¡Dios sea alabado! ¡Dios te fortalezca, Cardmaker! ¡Que el Señor Jesús reciba tu espíritu!» Y esto prosiguió mientras el verdugo les prendía fuego y hasta que ambos pasaron a través dcl fuego a su bendito repeso y paz entre los santos y mártires de Dios, para gozar de la corona del triunfo y de la victoria preparada para los soldados y guerreros escogidos de Cristo Jesús en Su bendito reino, a quien sea la gloria y la majestad para siempre. Amén.


John Simpson y John Ardeley


John Simpson y John Ardeley fueron condenados el mismo día que el señor Cardmaker y John Warne, que era el veinticinco de mayo. Fueron poco después enviados desde Londres a Essex, donde fueron quemados el mismo día, John Simpson en Rochford, y John Ardeley en Railey, glorificando a Dios en Su amado Hijo, y regocijándose de que eran considerados dignos de padecer por El.


Thomas Haukes, Thomas Watts y Anne Askew


Thomas Haukes fue condenado, junto con otros seis, el nueve de febrero de 1555. Era erudito en su educación, y apuesto de presencia personal, y alto; en sus maneras era un caballero, y un cristiano sincero. Poco antes de su muerte, varios de los amigos del señor Hauke, aterrorizados ante la dureza del castigo que debía sufrir, pidieron en privado que en medio de las llamas les mostrara de alguna manera si los dolores del fuego eran demasiado grandes que uno no pudiera sufrirlos con compostura. Esto se lo prometió, y se acordó que si la atrocidad del dolor podía ser sufrido, que levantara las manos sobre su cabeza hacia el cielo, antes de expirar. No mucho después, el señor Haukes fue conducido al lugar señalado para su muerte por el lord Rich, y llegando a la estaca, se preparó mansa y Pacientemente para el fuego; le pusieron una pesada cadena por la cintura, rodeándole una multitud de espectadores, y después de haberles hablado largamente, y derramado su alma a Dios, se encendió el fuego. Cuando hubo estado mucho tiempo en el fuego, y se quedó sin poder hablar, con la piel encogida y los dedos consumidos por el fuego, de manera que se pensaba que ya había muerto, súbitamente y en contra de todas las expectativas, este buen hombre, recordando su promesa, alzó sus manos, que estaban quemando en las llamas, y las levantó hacia el Dios viviente, y con gran regocijo, por lo que parece, las golpeó o palmeó tres veces seguidas. Siguió un gran clamor ante esta maravillosa circunstancia, y luego este bendito mártir de Cristo, cayendo sobre el fuego, entregó su espíritu, el 10 de junio de 1555. Thomas Watts, de Billericay, en Essex, de la diócesis de Londres, era un tejedor de lino. Esperaba a diario ser tomado por los adversarios de Dios, y esto le sucedió el cinco de abril de 1555, cuando fue llevado delante del Lord Rich, y los otros comisionados de Chelmsford, acusado de no acudir a la iglesia. Entregado al sanguinario adversario, que le llamó a varios interrogatorios, y, como era usual, muchos argumentos, con muchos ruegos de que se hiciera discípulo del Anticristo, pero sus prédicas de nada le sirvieron, y recurrió entonces a su última venganza, la de la condenación. En la estaca, tras haberla besado, habló al Lord Rich, exhortándole a que se arrepintiera, porque el Señor vengaría su muerte. Así ofreció este buen mártir su cuerpo al fuego, en defensa del verdadero Evangelio del Salvador. Thomas Osmond, William Bamford y Nicholas Chamberlain, todos de la ciudad de Coxhall, fueron mandados a un interrogatorio, y Bonner, tras varias audiencias, los declaró herejes obstinados, y los entregó a los alguaciles, permaneciendo en custodia de ellos hasta que fueron entregados al alguacil del condado de Essex, siendo ejecutados por él; Chamberlain en Colchester, el catorce de junio; Thomas Osmond en Maningtree, y William Bamford, alias Buller, en Harwich, el quince de junio de 1555; todos ellos murieron plenos de la esperanza gloriosa de la inmortalidad.

Luego Wriotheseley, Lord Canciller, le ofreció a Anne Askew el perdón del rey si se retractaba; ella le dio esta respuesta: que no había ido allá a negar a su Señor y Maestro. Y así la buena Anne Askew, rodeada de llamas como bendito sacrificio para Dios, durmió en el Señor el 1546 d.C., dejando tras sí un singular ejemplo de constancia cristiana para seguimiento de todos los hombres.


Rev. John Bradford y John Leaf, un aprendiz


El Rev. John Bradford nació en Manchester, Lancashire; llegó a ser un gran erudito en latín, y después vino a ser siervo de Sir John Harrington, caballero del rey. Continuó por varios años de una manera honrada y provechosa, pero el Señor lo había escogido para mejores funciones. Por ello, se apartó de su patrón, abandonando el Templo, en Londres, dirigiéndose a la Universidad de Cambridge, para aprender, mediante la Ley de Dios, cómo impulsar la edificación del templo del Señor. Pocos años después, la universidad le concedió el grado de maestro en artes, y fue elegido compañero de Pembroke Hall. Martín Bucero le apremió a que predicara, y cuando con modestia puso en duda su capacidad, Bucero Te replicó: «Si no tienes un fino pan de harina de trigo, dale entonces a los pobres pan de cebada, o lo que el Señor te haya encomendado.» El doctor Ridley, aquel digno obispo de Londres y glorioso mártir de Cristo, lo llamó primero para darle el grado de diácono y una prebenda en su iglesia catedral de San Pablo. En este oficio de predicación, el señor Bradford se dedicó a una diligente actividad por espacio de tres años. Reprendió severamente el pecado, predicó dulcemente a Cristo crucificado, refutó con gran capacidad los errores y las herejías, persuadiendo fervorosamente a vivir piadosamente. Después de la muerte del bienaventurado Rey Eduardo VI, el señor Bradford siguió predicando diligentemente, hasta que fue suprimido por la Reina María. Siguió ahora una acción de la más negra ingratitud, ante el que se sonrojaría un pagano. Se ha dicho que el señor Bourne (entonces obispo de Bath) suscitó un tumulto predicando en St. Paul's Cross; la indignación de la gente puso su vida en inminente peligro; incluso le lanzaron una daga. En esta situación, le rogó al señor Bradford, que estaba detrás de él, para que hablara en su lugar y apaciguara los ánimos. La gente acogió bien al señor Bradford, y éste se mantuvo desde entonces cerca de Boume, para con su presencia impedir que el populacho renovara sus ataques. El mismo domingo, por la tarde, el señor Bradford predicaba en la Iglesia de Bow en Cheapside, y reprobó duramente al pueblo por su conducta sediciosa A pesar de su conducta, al cabo de tres días fue enviado a la Torre de Londres, donde estaba entonces la reina, para comparecer ante el Consejo. Allí fue acusado por este acto de salvar al señor Boume, que fue considerado como sedicioso, y también objetaron contra él por su predicación. Fue entonces enviado primero a la Torre, luego a otras cárceles, y, después de su condena, a Poultry Compter, donde predicó dos veces al día de manera continua, hasta que se lo impidió una enfermedad. Tal era su crédito para con el guarda de la cárcel real que le permitió una noche visitar a una persona pobre y enferma cerca del depósito de acero, bajo su promesa de volver a tiempo; y en esto jamás fallo. La noche antes de ser enviado a Newgate, se vio turbado en su descanso por sueños presagiadores, en el sentido de que al siguiente lunes iba a ser quemado en Smitlfield. Por la tarde, la mujer del guarda fue a verlo, y le anunció la terrible noticia, pero en él sólo suscitó

agradecimiento a Dios. Por la noche fueron a visitarlo media docena de amigos, con los que pasó toda la víspera en oración y piadosas actividades. Cuando fue llevado a Newgate, le acompañó una multitud que lloraba, y habiéndose extendido un rumor de que iba a sufrir el suplicio a las cuatro del siguiente día, apareció una inmensa multitud. A las nueve de la mañana el señor Bradford fue llevado a Smithfield. La crueldad del alguacil merece ser destacada; porque el cuñado del señor Bradford, Roger Beswick, le dio la mano al pasar, y Woodroffe, el alguacil, le abrió la cabeza con su garrote. Habiendo llegado el señor Bradford al lugar, cayó postrado en el suelo. Luego, quitándose la ropa hasta quedar en mangas de camisa, fue a la estaca, y allí padeció junto a un joven de veinte años de edad, llamado John Leaf un aprendiz del señor Humphrey Gaudy, un velero de Christ-church, en Londres. Había sido apresado el viernes antes del Domingo de Ramos, y encerrado en Compter en Bread Street, y luego interrogado y condenado por el sanguinario obispo. Se informa acerca de él que cuando se le leyó el acta de confesión, en lugar de una pluma, tomó una aguja, y pinchándose en la mano, roció su sangre sobre la dicha acta, diciéndole al lector de la misma que le mostrara al obispo que ya había sellado el acta con su sangre. Ambos terminaron esta vida mortal el 12 de julio de 1555 como dos corderos, sin alteración alguna en sus rostros, esperando obtener aquel premio por el que habían corrido tanto tiempo ¡Quiera conducirnos al mismo el Dios Omnipotente, por los méritos de Cristo nuestro Salvador! Concluiremos este artículo mencionando que el señor alguacil Woodroffe cayó al cabo de medio año paralítico del lado derecho, y que por espacio de ocho años después (hasta el día de su muerte) no pudo volverse en la cama por si mismo; así llegó a ser al final un espectáculo terrible. El día después que el señor Bradford y John Leaf sufrieron en Smithfield, William Minge, un sacerdote, murió en la cárcel en Maidstone. Con una constancia y valor igual de grande entregó su vida en la cárcel, como si le hubiera placido a Dios llamarlo a sufrir en el fuego, como otros buenos hombres habían sufrido antes en la estaca, y como él mismo estaba dispuesto a sufrir, si Dios hubiera querido llamarlo a esta prueba.


El Rev. John Bland, el Rev. John Frankesh, Nicholas Shetterden, y Humphrey Middleton


Estos cristianos fueron todos quemados en Canterbury por la misma causa. Frankesh y Bland eran ministros y predicadores de la Palabra de Dios, siendo uno párroco de Adesham, y el otro vicario de Rolvenden. El señor Bland fue citado a responder por su oposición al anticristianismo, y sufrió varios interrogatorios ante el doctor Harpsfield, arcediano de Canterbury, y finalmente fue condenado el veinticinco de junio de 1555, por oponerse al poder del Papa, y entregado al brazo secular. El mismo día fueron condenados John Frankesh, Nicholas Shetterden, Humphrey Middleton, Thacker y Crocker, de los que sólo Thacker se retractó. Entregado al brazo secular, el señor Bland y los tres anteriores fueron quemados en Canterbury el 12 de julio de 1555, en dos distintas estacas, pero en un mismo fuego, donde ellos, a la vista de Dios y de Sus ángeles, y delante de los hombres, dieron, como verdaderos soldados de Jesucristo, un testimonio firme de la verdad de Su santo Evangelio.


John Lomas, Agnes Snoth, Anne Wright, Joan Sole y Joan Catmer


Estos cinco mártires sufrieron juntos el 31 de enero de 1556. Juan Lomas era un joven de Tenterden. Fue citado a comparecer en Canterbury, y fue interrogado el 17 de enero. Al ser sus respuestas adversas a la idolatría papista, fue condenado al día siguiente, y sufrió el 31 de enero. Agnes Snoth, viuda, de la Parroquia de Smarden, fue hecha comparecer varias veces delante de los farisaicos católicos, y, al rechazar la absolución, las indulgencias, la transubstanciación y la confesión auricular, fue considerada digna de muerte, y soportó el martirio el 31 de enero, con Anne Wright y Joan Sole, que se encontraban en las mismas circunstancias y que murieron al mismo tiempo y con idéntica resignación. Joan Catmer, la última de esta celestial compañía, de la Parroquia de Hithe, era mujer del mártir George Catmer. Pocas veces se ha dado en país alguno que por controversias políticas cuatro mujeres hayan sido llevadas a la ejecución cuyas vidas fueran irreprochables, y a las que la compasión de los salvajes habría perdonado. No podemos dejar de observar aquí que cuando el poder protestante alcanzó al principio el dominio sobre la superstición católica, y fue necesario algún grado de fuerza en las leyes para dar imponer uniformidad, por las que algunas personas tenaces sufrieron privaciones en sus personas y bienes, leemos de pocas quemas, crueldades salvajes o de pobres mujeres llevadas a la estaca; pero está en la naturaleza del error recurrir a la fuerza en lugar de a la argumentación, y silenciar la verdad arrebatando la vida, y el caso del mismo Redentor es un ejemplo de ello. Las anteriores cinco personas fueron quemadas en dos estacas en una misma pira, cantando hosanas al glorificado Salvador, hasta que quedó extinguido el aliento de vida. Sir John Norton, que estaba presente, lloró amargamente ante sus inmerecidos sufrimientos.


El Arzobispo Cranmer


El doctor Thomas Cranmer descendía de una antigua familia, y nació en el pueblo de Arselacton, en el condado de Northampton. Después de la usual educación escolar, fue enviado a Cambridge, y fue escogido compañero del Jesús College. Allí contrajo matrimonio con la hija de un caballero, por lo que perdió su condición de compañero, y pasó a ser lector en Buckingham College, instalando a su mujer en Dolphin Inn, siendo la patrona una parienta de ella, de donde se suscitó el falso rumor de que él era un mozo de cuadra. Al morir su mujer poco después de parto, fue escogido, para su crédito, de nuevo como compañero del colegio antes mencionado. Pocos años después fue elevado a Profesor de Teología, y designado como uno de los examinadores de aquellos que estaban ya listos para ser Bachilleres o Doctores en Divinidad. Era principio suyo juzgar de sus cualificaciones por el conocimiento que poseían de las Escrituras, más que de los antiguos padres, y por esto muchos sacerdotes papistas fueron rechazados, y otros tuvieron grandes ventajas. Fue intensamente solicitado por el doctor Capon para que fuera uno de los compañeros en la fundación del colegio del cardenal Wolsey, en Oxford, a lo que se aventuró a rehusar. Mientras siguió en Cambridge, se suscitó la cuestión del divorcio de Enrique VIII de Catalina. En aquel tiempo, por causa de la peste, el doctor Cranmer se fue a vivir a la casa de un tal señor Cressy, en Waltham Abbey, cuyos dos hijos fueron entonces educados bajo su supervisión. La cuestión del divorcio, en contra de la aprobación del rey, había quedado indecisa por más de dos o tres años, debido a las intrigas de los canónigos y civiles, y aunque los cardenales Campeius y Wolsey fueron comisionados por Roma para decidir acerca de esta cuestión, retardaron la sentencia a propósito.

Sucedió que el doctor Gardiner (secretario) y el doctor Fox, defensores del rey en este pleito, fueron a la casa del señor Cressy para alojarse allí, mientras el rey se alojaba en Greenwich. Durante la cena, se entabló una conversación con el doctor Cranmer, que sugirió que la cuestión de si un hombre podía casarse con la mujer de su hermano o no podía resolverse de manera rápida recurriendo a la Palabra de Dios, y esto tanto en los tribunales ingleses como en los de cualquier nación extranjera. El rey, inquieto ante la tardanza, envió a buscar al doctor Gardiner y al doctor Fox para consultarlos, lamentando tener que enviar otra comisión a Roma y que la cuestión siguiera así dilatada sin fin. Al contarle al rey la conversación tenida la noche anterior con el doctor Cranmer, su majestad envió a buscarlo, y le comunicó sus escrúpulos de conciencia acerca de su próximo parentesco con la reina. El doctor Cranmer aconsejó que la cuestión fuera remitida a los más eruditos teólogos de Cambridge y Oxford, por cuanto se sentía remiso a mezclarse con una cuestión tan importante; pero el rey le ordenó que le diera su parecer por escrito, y dirigirse para ello al conde de Wiltshire, que le proveería de libros y de todo lo necesario para ello. Esto lo hizo el doctor Cranmer de inmediato, y en su declaración citó no sólo la autoridad de las Escrituras, de los concilios generales y de los antiguos escritores, sino que mantuvo que el obispo de Roma no tenía autoridad alguna para dejar a un lado la Palabra de Dios. El rey le preguntó si se mantendría en esta atrevida declaración, y al contestar en sentido afirmativo, fue enviado como embajador a Roma, junto con el duque de Wiltshire, el doctor Stokesley, el doctor Cranmer, el doctor Bennet y otros, antes de lo cual se trató acerca de aquel matrimonio en la mayor parte de las universidades de la cristiandad y dentro del reino. Cuando el Papa presentó el pulgar de su pie para ser besado, según era la costumbre, el conde de Wiltshire y su compañía rehusaron hacerlo. Incluso se afirma que el perro spaniel del conde, atraído por el relucir del pulgar del Papa, lo mordió, con lo que su santidad retiró su sagrado pie, dándole una patada al ofensor con el otro. Al demandar el Papa la causa de esta embajada, el conde presentó el libro del doctor Cranmer, declarando que sus eruditos amigos habían venido a defenderlo. El Papa trató honrosamente la embajada, y señaló un día para la discusión, que luego retrasó, como temiendo el resultado de la investigación. El conde volvió, y el doctor Cranmer, por deseo del rey, visitó al emperador, y logró atraérselo a su opinión. Al volver el doctor a Inglaterra y morir el doctor Warham, arzobispo de Canterbury, el doctor Cranmer fue merecidamente elevado, por deseo del doctor Warham, a aquella eminente posición. En esta función se puede decir que cumplió diligentemente el encargo de San Pablo. Diligente en el cumplimiento de sus deberes, se levantaba a las cinco de la mañana y proseguía en el estudio y oración hasta las nueve; entre entonces y la comida se dedicaba a cuestiones temporales. Después de la comida, si alguien deseaba una audiencia, decidía sus cuestiones con tal afabilidad que incluso los que recibían decisiones contrarias no se sentían totalmente frus- trados. Luego jugaba a ajedrez por una hora, o contemplaba como otros jugaban, y a las cinco oía la Oración Común, y desde entonces hasta la cena se recreaba paseando. Durante la cena su conversación era vivaz y entretenida; de nuevo paseaba o se entretenía hasta las nueve, y luego se dirigía a su estudio. Tuvo la más alta estima y favor del Rey Enrique, y siempre tuvo dentro de su corazón la pureza y los intereses de la Iglesia de Inglaterra. Su temperamento manso y perdonador se registra con el siguiente ejemplo: Un sacerdote ignorante, en el campo, había llamado a Cranmer mozo de cuadra, y se había referido de manera muy despreciativa a su cultura. Al saberlo Lord Cromwell, aquel hombre fue enviado a la cárcel de fleet, y su caso fue presentado delante del

arzobispo por un tal señor Chertsey, un tendero, pariente del sacerdote. Su gracia, haciendo llamar al ofensor, razonó con él y le pidió al sacerdote que le preguntara sobre cualquier cuestión de erudición. A esto se negó el hombre, vencido por la cordialidad del arzobispo y sabiendo su propia y patente incapacidad, y le pidió perdón, que le fue concedido de inmediato, con la orden de que empleara mejor su tiempo cuando volviera a su parroquia. Cromwell se sintió muy ofendido por la indulgencia mostrada, pero el obispo estaba más dispuesto a recibir insultos que a vengarse de cualquier otra manera que con buenos consejos y buenos oficios. Para el tiempo en que Cranmer fue ascendido a ser arzobispo era capellán del rey y arcediano de Taunton; fue también constituido por el Papa penitenciario general de Inglaterra. El rey consideró que Cranmer sería obsequioso, y por ello éste casó al rey con Ana Bolena, celebró la coronación de ella, fue padrino de Elizabet, el primer fruto del matrimonio, y divorció al rey de Catalina. Aunque Cranmer fue confirmado en su dignidad por el Papa, siempre protestó contra reconocer cualquier otra autoridad que la del rey, y persistió en los mismos sentimientos de independencia cuando fue hecho comparecer ante los comisionados de María en 1555. Uno de los primeros pasos tras el divorcio fue impedir la predicación en toda su diócesis, pero esta estrecha medida tenía un fin más político que religioso, por cuanto habían muchos que denostaban la conducta del rey. En su nueva dignidad, Cranmer suscitó la cuestión de la supremacía, y con sus argumentos poderosos y justos indujo al parlamento a «dar a César lo que es de César.» Durante la residencia de Cranmer en Alemania en 1531 conoció a Osiandro en Nuremberg, y se casó con su sobrina, pero la dejó con él al volver a Inglaterra. Después de un tiempo la hizo venir privadamente, y se quedó con él hasta el año 1539, cuando los Seis Artículos le obligaron a devolverla a sus amigos por un tiempo. Se debería recordar que Osiandro, habiendo logrado la aprobación de su amigo Cranmer, publicó la laboriosa obra de la Armonía de los Evangelios en 1537. En 1534, el arzobispo alcanzó el más querido objetivo de su corazón, la eliminación de todos los obstáculos para la consumación de la Reforma, mediante la suscripción por parte de los nobles y de los obispos de la sola supremacía del rey. Sólo se opusieron el Obispo Fisher y Sir Thomas More. Cranmer estaba dispuesto a considerar suficiente el acuerdo de ellos a no oponerse a la sucesión, pero el monarca quería una concesión total. No mucho tiempo después, Gardiner, en una conversación privada con el rey, habló mal de Cranmer (a quien odiaba malignamente) por haber aceptado el título de primado de toda Inglaterra, como despreciativo de la supremacía del rey. Esto suscitó fuertes celos contra Cranmer, y su traducción de la Biblia fue fuertemente opuesta por Stokesley, obispo de Londres. Se dice que al ser despedida la Reina Catalina que su sucesora Ana Bolena se gozó. Esto es una lección de cuán superficial es el juicio humano, por cuanto la ejecución de esta ultima tuvo lugar en la primavera del año siguiente, y el rey, al día siguiente de la decapitación de esta dama sacrificada, se casó con la hermosa Jane Seymour, dama de honor de la difunta reina. Cranmer fue siempre amigo de Ana Bolena, pero era peligroso oponerse a la voluntad de aquel tiránico y camal monarca. En 1538 se expusieron públicamente las Sagradas Escrituras para la venta, y los lugares de culto se llenaban de multitudes para escuchar la exposición de sus santas doctrinas. Al pasar el rey como ley los famosos Seis Artículos, que volvían de nuevo casi a establecer los artículos esenciales del credo romanista, Cranmer resplandeció con todo el brillo de un patriota cristiano, resistiendo las doctrinas contenidas en ellos, en lo que fue apoyado por los obispos de Sarum, Woreester, Ely y Rochester, dimitiendo los dos primeros de sus obispados. El rey, aunque ahora opuesto a Cranmer, seguía reverenciando la sinceridad que marcaba su conducta. La muerte del buen amigo de Cranmer, Lord Cromwell, en la Torre en 1540, fue un fuerte golpe para la vacilante causa protestante, pero incluso ahora, aunque viendo la marea contraria totalmente a la causa de la verdad, Cranmer se presentó personalmente ante el rey, y logró, con sus varoniles y cordiales argumentos, que el Libro de los Artículos fuera puesto de su lado, para confusión de sus enemigos, que habían considerado su caída como inevitable. Cranmer vivió ahora de una manera tan oscura como le fue posible, hasta que el rencor de Winchester le llevó a la presentación de unas denuncias contra él, con respecto a las peligrosas opiniones enseñadas en su familia, junto con otras acusaciones de traición. Estas las presentó el mismo rey a Cranmer, y creyendo firmemente en la fidelidad y en las protestas de inocencia del acusado prelado, hizo investigar a fondo la cuestión, y se descubrió que Winchester, el doctor Lenden, junto con Thomton y Barber, de los domésticos del obispo, resultaron por papeles obtenidos ser los verdaderos conspiradores. El gentil y perdonador Cranmer hubiera querido interceder por toda remisión de castigo si Enrique, complacido con el subsidio votado por el Parlamento, no los hubiera dejado libres. Pero estos nefastos hombres volvieron a iniciar sus tramas contra Cranmer, cayeron victimas del resentimiento del rey, y Gardiner perdió para siempre su confianza. Sir G. Gostwick presentó poco después acusaciones contra el arzobispo, que Enrique aplastó, y que el primado estuvo dispuesto a perdonar. En 1544 fue quemado el palacio arzobispal de Canterbury, y su cuñado y otros murieron en el incendio. Estas varias aflicciones pueden servimos para reconciliamos con un humilde estado, porque ¿de qué dicha podía jactarse este hombre, por cuanto su vida estaba siendo constantemente cargada, bien por cruces políticas, religiosas o naturales? Otra vez el implacable Gardiner presentó graves acusaciones contra el manso arzobispo, y hubiera querido mandaflo,a la Torre; pero el rey era su amigo, le dio su sello para defenderse, y en el Consejo no sólo declaró al obispo uno de los hombres de mejor carácter del reino, sino que reprendió acerbamente a los acusadores por su calumnia. Habiéndose firmado una paz, Enrique y el rey francés Enrique el Grande mostraron unanimidad en la abolición de la Misa en sus reinos, y Cranmer se lanzó a esta gran tarea; pero la muerte del monarca inglés en 1546 llevó a la suspensión de esta acción, y el Rey Eduardo VI, el sucesor, confirmó a Cranmer en las mismas funciones; en su coronación le encomendó una tarea que siempre honrará su memoria, por su pureza, libertad y verdad. Durante este reinado siguió efectuando la gloriosa Reforma con un celo incansable, hasta en el años 1552, cuando se vio azotado por unas severas fiebres, aflicción de la que le plugo a Dios restaurarlo, para que pudiera testificar con su muerte de la verdad de aquella semilla que había sembrado tan diligentemente. La muerte de Eduardo, en 1553, expuso a Cranmer a toda la furia de sus enemigos. Aunque el arzobispo estaba entre los que habían apoyado la accesión de María, fue arrestado al reunirse el parlamento, y en noviembre fue declarado culpable de alta traición en Guildhall, y degradado de sus dignidades. Envió una humilde carta a María, explicando la causa de su firma del testamento en favor de Eduardo, y en 1554 escribió al Consejo, a quienes apremió a pedir el perdón de la reina, mediante una carta entregada al doctor Weston,, pero que éste abrió y, al leer su contenido, cometió la bajeza de devolver. La traición era una acusación totalmente inaplicable contra Cranmer, que había apoyado el derecho de la reina, mientras que otros, que habían favorecido a Lady Jane fueron liberados mediante el pago de una pequeña multa. Ahora se esparció contra Cranmer una calumnia de que había accedido a ciertas ceremonias papistas para congraciarse con la reina, lo que osó rechazar en público, justificando sus artículos de fe. La activa parte que el prelado había tenido en el

divorcio de la madre de María siempre había estado profundamente clavada en el corazón de la reina, y la venganza fue un rasgo destacado en la muerte de Cranmer. En esta obra hemos mencionado las disputas públicas en Oxford, en las que los talentos de Cranmer, Ridley y Latimer se mostraron de manera tan patente, y que llevaron a su condena. La primera sentencia fue ilegal, por cuanto el poder usurpado del Papa no había sido restablecido de manera legal. Dejados en la cárcel hasta que esto último tuvo lugar, se envió una comisión desde Roma, designando al doctor Brooks como representante de Su Santidad, y a los doctores Story y Martin como los de la reina. Cranmer estaba dispuesto a someterse a la autoridad de los doctores Story y Martin, pero objetó a la del doctor Brooks. Tales fueron las observaciones y contestaciones de Cranmer, tras un largo interrogatorio, que el doctor Brooks comentó: «Venimos a interrogaros a vos, y parece que vos nos interrogáis a nosotros.» Enviado de nuevo a su encierro, recibió una citación para comparecer en Roma al cabo de dieciocho días; pero esto era imposible, por cuanto estaba encarcelado en Inglaterra, y, como dijo, incluso si hubiera estado libre era demasiado pobre para pagar a un abogado. Por absurdo que parezca, Cranmer fue condenado en Roma, y el 14 de febrero de 1556 se designó una nueva comisión por la que fueron establecidos Thirlby, obispo de Ely, y Bonner, de Londres, para actuar en juicio en Christ-church, Oxford. En virtud de este tribunal, Cranmer fue degradado gradualmente, poniéndole unos meros harapos para representar las vestiduras de un arzobispo. Quitándole luego este atuendo, le sacaron su propia toga, y le pusieron encima una de vieja; esto lo soportó imperturbable, y sus enemigos, al ver que la severidad sólo lo hacía más decidido, intentaron el camino opuesto, y lo alojaron en la casa del arcediano de Clrrist-church, donde fue tratado con todos los miramientos. Esto constituyó tal contraste con los tres años de duro encieno que había sufrido que le hizo bajar la guardia. Su naturaleza abierta y generosa era más susceptible de ser seducida por una conducta liberal que por amenazas y cadenas. Cuando Satanás ve a un cristiano a prueba contra un modo de ataque, intenta otro. ¿Y qué manera hay más seductora que las sonrisas, las recompensas y el poder, después de un encarcelamiento largo y penoso? Así le sucedió a Cranmer; sus enemigos le prometieron su anterior grandeza si se retractaba, y también el favor de la reina, y esto cuando ya sabían que su muerte había sido decidida en el Consejo. Para suavizar el camino hacia la apostasía, el primer documento que le presentaron para firmar estaba redactado en términos generales; una vez firmado, otros cinco le fueron sucesivamente presentados como explicativos del primero, hasta que al final firmó el siguiente detestable do- cumento: «Yo, Thomas Cranmer, anterior arzobispo de Canterbury, renuncio, aborrezco y detesto toda forma de herejías y errores de Lutero y Zuinglio, y todas las otras enseñanzas contrarias a la sana y verdadera doctrina. Y creo con toda constancia en mi corazón, y confeso con mi boca una iglesia santa y Católica visible, fuera de la cual no hay salvación; y por ello reconozco al Obispo de Roma como el supremo cabeza en la tierra, a quien reconozco como el más alto obispo y Papa, y vicario de Cristo, a quién debieran sujetarse todas las personas cristianas.» Por lo que respecta a los sacramentos, reo y adoro en el sacramento del altar el cuerpo y la sangre de Cristo, contenidos bien verdaderamente bajo las formas de pan y vino; siendo el pan, por el infinito poder de Dios, transformado en el cuerpo de nuestro Salvador Jesucristo, y el vino en su sangre.» Y en los otros seis sacramentos también (como en éste) creo y mantengo como lo mantiene la Iglesia universal, y como lo juzga y determina la Iglesia de Roma.

»Creo además que hay un lugar de purgación, donde las almas de los difuntos son desterradas por un tiempo, por las cuales la Iglesia ora piadosa y sanamente, como también honra a los santos y hace oraciones a los mismos. »Finalmente, en todas las cosas profeso que no creo de otra manera que lo que mantiene y enseña la Iglesia Católica y la Iglesia de Roma. Siento haber jamás mantenido o pensado cosa diferente. Y ruego al Dios Omnipotente que en Su misericordia me otorgue el perdón por todo lo que he ofendido contra Dios o Su Iglesia, y también deseo y ruego a todos los cristianos que oren por mí. »Y que todos los que han sido engañados ya por mi ejemplo, ya por mi doctrina, les demando por la sangre de Jesucristo que vuelvan a la unidad de la Iglesia, para que todos seamos de un pensar, sin cismas ni divisiones. »Y para concluir, tal como me someto a la Católica Iglesia de Cristo, y a su suprema cabeza, del mismo modo me someto a sus más excelentes majestades Felipe y María, rey y reina de este reino de Inglaterra, etc., y a todas sus otras leyes y decretos, estando siempre como fiel súbdito listo a obedecerles. Y Dios es testigo que he hecho esto no por el favor o temor de nadie, sino voluntariamente y por mi propia conciencia, en cuanto a instrucciones de otros.» «El que piensa estar firme, mire que no caiga» dijo el apóstol, ¡y ésta fue ciertamente una caída! Los papistas habían ahora triunfado a su vez, obteniendo de él todo lo que querían aparte de su vida. Su retractación fue inmediatamente impresa y dispersada, para que surtiera su efecto sobre los atónitos protestantes. Pero Dios predominó sobre todos los designios de los católicos por la saña con la que llevaron a cabo implacables la persecución de su presa. Es indudable que el amor a la vida es lo que indujo a Cranmer a firmar la anterior declaración; pero se puede decir que la muerte hubiera sido preferible para él que la vida, estando bajo el aguijón de una conciencia violada y del menosprecio de cada cristiano evangélico; y esta acción la sintió con toda su fuerza y angustia. La venganza de la reina sólo podía quedar satisfecha con la sangre de Cranmer, y por ello ella escribió una orden al doctor Pole para que preparara un sermón que debía ser predicado el 21 de marzo, directamente antes del martirio, en St. Mary's, Oxford. El doctor Pole le visitó el día antes, y le indujo a creer que proclamaría públicamente sus crencias como confirmación de los artículos que había firmado. Hacia las nueve de la mañana del día de la inmolación, los comisionados de la reina, acompañados por los magistrados, llevaron al gentil e infortunado hombre a la Iglesia de St. Mary's. Su hábito desgarrado y sucio, el mismo con el que le habían vestido cuando le degradaron, excitó la compasión de la gente. En la iglesia encontró una pobre y mísera tarima, levantada justo delante del púlpito, donde le dejaron, y allí volvió el rostro y oró fervientemente a Dios. La iglesia estaba repleta de personas de ambas convicciones, esperando oír una justificación de su reciente apostasía; los católicos regocijándose, y los protestantes profundamente heridos en su espíritu ante el engaño del corazón humano. El doctor Pole denunció en su sermón a Cranmer como culpable de los más atroces crímenes; alentó al engañado sufriente a no temer la muerte, ni a dudar del apoyo de Dios en sus tormentos, ni de que se dirían Misas por él en todas las iglesias de Oxford por el descanso de su alma. Luego el doctor observó su conversión, la cual adscribió a la evidente operación del poder del Omnipotente, y a fin de que la gente se convenciera de su realidad, pidió al preso que les diera una señal. Y Cranmer lo hizo, rogando a la congregación que oraran por él, porque había cometido muchos y graves pecados; pero de todos ellos había uno que gravitaba pesadamente sobre él, del que les hablaría en breve.

Durante el sermón, Cranmer lloró amargas lágrimas: levantando las manos y la mirada al cielo, y dejándolas caer, como si indigno de vivir; su dolor encontró ahora su alivio en las palabras; antes de su confesión cayó de rodillas, y con las siguientes palabras desveló la profunda convicción y agitación que movían su alma. «¡Oh Padre del cielo! ¡Oh Hijo de Dios, Redentor del mundo! ¡Oh Espíritu Santo, tres personas en un Dios! Ten misericordia de mí, el más miserable de los cobardes y pecadores. He pecado tanto contra el cielo como contra la tierra, más de lo que mi lengua pueda expresarlo. ¿Adónde puedo ir, o dónde puedo escapar? Al cielo puedo estar avergonzado de levantar mis ojos, y en la tierra no encuentro lugar donde refugiarme ni quien me socorra. A ti, pues, corro, Señor; ante ti me humillo, diciendo, oh Señor, mi Dios, mis pecados son grandes, pero ten misericordia Tú de mí por tu gran misericordia. El gran misterio de que Dios se hiciera hombre no tuvo lugar por pequeñas o pocas ofensas. Tú no diste a tu Hijo, o Padre Celestial, a la muerte sólo por pequeños pecados, sino por los más grandes pecados del mundo, para que el pecador pueda volver a ti de todo corazón, como yo lo hago ahora. Por ello, ten misericordia de mí, oh Dios, cuya cualidad es siempre tener misericordia, ten misericordia de mí, oh Señor, por tu gran misericordia. Nada anhelo por mis propios méritos, sino por causa de tu nombre, para que sea por ello santificado, y por causa de tu amado Hijo, Jesucristo. Y ahora, pues, Padre nuestro que estás en el cielo, santificado sea tu nombre», etc. Luego, levantándose, dijo que deseaba antes de su muerte hacerles algunas piadosas observaciones por las que Dios pudiera ser glorificado, y ellos mismos edificados. Luego hablo acerca del peligro del amor por el mundo, del deber de la obediencia a sus majestades, del amor unos por otros, y de la necesidad de que los ricos ministraran a las necesidades de los pobres. Citó los tres versículos del quinto capitulo de Santiago, y luego prosiguió: «Que los ricos ponderen bien estas tres sentencias: porque si jamás tuvieron ocasión de mostrar su caridad, la tienen ahora en este tiempo presente, habiendo tantos pobres, y siendo tan caros los alimentos. »Y ahora, por cuanto he llegado al fin de mi vida, en el que pende toda mi vida pasada y mi vida venidera, bien para vivir con mi Señor Cristo para siempre con gozo, o bien estar en penas sempiternas con los malvados en el infierno, y veo ahora con mis ojos en este momento o bien al cielo listo para recibirme, o bien al infierno dispuesto para tragarme; por ello os expondré mi propia fe que creo, sin coloración ni engaño alguno; porque no es ahora el momento de engañar, sea lo que sea que haya escrito en tiempos pasados. »Primero, creo en Dios el Padre Omnipotente, Hacedor de los cielos y de la tierra, etc. Y creo cada uno de los artículos de la fe católica, cada palabra y frase enseñada por nuestro Salvador Jesucristo, Sus apóstoles y profetas, en el Nuevo y Antiguo Testamento. »Y ahora llego a lo que tanto perturba mi conciencia, más que nada de lo que haya hecho o dicho en toda mi vida, y es la difusión de un escrito contrario a la verdad que aquí ahora renuncio y rehúso como cosas escritas por mi mano en contra de la verdad que pensaba en mi corazón, y escritas por temor a la muerte, y para salvar mi vida si ello era posible; y se trata de todos aquellos documentos y papeles escritos o firmados por mi mano desde mi degradación en los que he escrito muchas cosas falsas. Y por cuanto mi mano ha ofendido, escribiendo en contra de mi corazón, por ello mi mano será la primera en ser castigada; porque cuando llegue al fuego será la primero en ser quemada. »Y en cuanto al Papa, lo rechazo como enemigo de Cristo y Anticristo, con todas sus falsas doctrinas. » Al concluir esta inesperada declaración, se respiraba asombro e indignación en todos los rincones de la iglesia. Los católicos estaban totalmente confundidos, frustrados totalmente en su

intento, habiendo Cranmer, a semejanza de Sansón, causado una mayor ruina sobre sus enemigos en la hora de la muerte que en su vida. Cranmer hubiera querido proseguir en su denuncia de las doctrinas papistas, pero los murmullos de los idólatras ahogaron su voz, y el predicador dio orden de «¡llevaos el hereje!» La salvaje orden fue obedecida directamente, y el cordero a punto de sufrir fue arrancado de su tarima para ser llevado al matadero, insultado a todo lo largo del camino, injuriado y escarnecido por aquella plaga de monjes y frailes. Con los pensamientos centrados en un objeto mucho más elevado que las vacías amenazas de los hombres, llegó al lugar manchado con la sangre de Ridley y Latimer. Allí se arrodilló para un breve tiempo de fervorosa devoción, y luego se levantó, para quitarse la ropa y prepararse para el fuego. Dos frailes que habían participado en la operación de lograr su abjuración trataron ahora de volverlo a apartar de la verdad, pero él se mostró firme e inamovible en lo que acababa de profesar y de enseñar en público. Le pusieron una cadena para atarlo a la estaca, y después de haberle rodeado férreamente con ella, prendieron fuego a la pira, y las llamas pronto comenzaron a subir. Entonces se hicieron manifiestos los gloriosos sentimientos del mártir: quien, extendiendo su mano derecha, la mantuvo tenazmente sobre el fuego hasta que quedó reducida a cenizas, incluso antes que su cuerpo fuera dañado, exclamando con frecuencia: «¡Esta indigna mano derecha! Su cuerpo soportó la quema con tal firmeza que pareció no moverse más que la estaca a la que estaba atado. Sus ojos estaban fijos en el cielo, mientras repetía: «esta indigna mano derecha», mientras su voz se lo permitió; y empleando muchas veces las palabras de Esteban, «Señor Jesús, recibe mi espíritu», entregó el espíritu en medio de una gran llama.


La visión de las tres escaleras de mano


Cuando Robert Samuel fue llevado a ser quemado, varios de los que estaban cerca de él le oyeron contar extrañas cosas que le habían sucedido durante el tiempo de su encarcelamiento; como que después de haber estado desfallecido de hambre por dos o tres días, cayó luego en un sueño como medio adormecido, en el que le pareció ver a uno todo vestido de blanco delante de él, que le confortó con estas palabras: «Samuel, Samuel, ten ánimo, y alienta tu corazón; porque después de este día no estarás ni hambriento ni sediento.» No menos memorables ni menos dignos de mención son las tres escaleras que contó a varios que vio en su sueño, que subían al cielo; una de ellas era algo más largo que las otras dos, pero al final se transformaron en una sola, uniéndose las tres en una. Mientras este piadoso mártir iba al fuego, se le acercó una cierta doncella, que lo abrazó y lo besó; ésta, observada por los que estaban cerca, fue buscada al siguiente día, para echarla en la cárcel y quemarla, como la misma muchacha me informó; sin embargo, tal como Dios lo ordenó en Su bondad, ella escapó de sus manos feroces, y se mantuvo oculta en la ciudad durante bastante tiempo después. Pero así como esta muchacha, llamada Rose Nottingham, fue maravillosamente preservada por la providencia de Dios, hubo sin embargo dos honradas mujeres que cayeron bajo la furia desatada de aquel tiempo. La primera era la mujer de un cervecero, y la otra la mujer de un zapatero, pero ambas estaban ahora desposadas a un nuevo marido, a Cristo. Con estas dos tenía esta muchacha ya mencionada una gran amistad; al aconsejar ella a una de las casadas, diciéndole que debía ocultarse mientras tuviera tiempo y oportunidad, recibió

esta respuesta: «Sé muy bien que para ti es legítimo huir; éste es un remedio que puedes emplear si quieres. Pero mi caso es distinto. Estoy ligada a mi marido, y además tengo niños pequeños en casa; por ello, estoy decidida, por amor a Cristo, a mantenerme firme hasta el final.» Así, al día siguiente que padeciera Samuel, estas piadosas mujeres, una llamada Anne Ponen, y la otra Joan Trunehíield, mujer de Michael Trunchfield, zapatero de Ipswich, fueron encarceladas y echadas juntas en prisión. Como eran ambas, por su sexo y constitución, más bien débiles, fueron por ello menos capaces al principio de resistir la dureza de la prisión; y de manera especial la mujer del cervecero se vio echada a unas agonías y angustias de mente por ello. Pero Cristo, contemplando la debilidad de Su sierva, no dejó de ayudarla en esta necesidad; y así las dos sufrieron después de Samuel, el 19 de febrero de 1556. Y ellas eran indudablemente las dos escaleras que, unidas a la tercera, vio Samuel subiendo hacia el cielo. Este bienaventurado Samuel, siervo de Cristo, había sufrido el treinta y uno de agosto de 1555. Se cuenta entre los que estuvieron presentes y que le vieron ser quemado, que al quemar su cuerpo, resplandeció en los ojos de los que estaban junto a él, tan brillante y blanco como plata de ley. Cuando Agnes Bongeor se vio separada de sus compañeros de prisión se lamentó y se puso a gemir de tal manera, le sobrevinieron tales extraños pensamientos a la cabeza, se vio tan desasistida y desolada y se hundió en tal profundidad de desesperación y de angustia, que fue un espectáculo lastimero y penoso; todo ello porque ella no pudo ir con ellos a dar su vida en defensa de su Cristo; porque la vida era lo que menos valoraba de todas las cosas de este mundo. Ello se debía a que aquella mañana en la que no fue llevada al quemadero se había puesto un vestido que había preparado sólo para aquel propósito. Tenía también un hijo pequeño, de pecho, a quien había guardado tiernamente todo el tiempo que estaba en la cárcel, hasta aquel día en que también lo entregó a una nodriza, preparándose ella para entregarse para el testimonio del glorioso Evangelio de Jesucristo. Tan poco deseaba la vida, y tan grandemente obraban en ella los dones de Dios por sobre de la naturaleza, que la muerte le parecía mucho más bienvenida que la vida. Después de esto comenzó a estabilizarse y a ejercitarse en la lectura y en la oración, lo que le dio no poco consuelo. Poco tiempo después llegó la orden de Londres para que fuera quemada, que fue ejecutada.


Hugh Laverick y John Aprice


Aquí vemos que ni la impotencia de la edad ni la aflicción de la ceguera podían desviar las fauces asesinas de estos monstruos babilónicos. El primero de estos desafortunados era de la parroquia de Barking, de sesenta y ocho años de edad, pintor y paralítico. El otro era ciego, entenebrecido ciertamente en cuanto a sus facultades visuales, pero intelectualmente iluminado con la luz del Evangelio eterno de la verdad. Personas inofensivas que eran, fueron denunciadas por algunos hijos del fanatismo, y arrastrados ante el sanguinario prelado de Londres, donde sufrieron un interrogatorio, y replicaron a los artículos que se les propusieron, como habían hecho otros mártires cristianos. El nueve de mayo, en el consistorio de San Pablo, se les conminó a que se retractaran, y al rehusar fueron enviados a Fulham, donde Bonner, después de haber comido, como postre los condenó a las agonías del fuego. Entregados al brazo secular el 15 de mayo de 1556, fueron llevados en carro desde Newgate a Stratford-le-Bow, donde fueron atados a la estaca. Cuando Hugh Laverick quedó atado con la cadena, sin necesitar ya la muleta, la echó lejos de si, diciéndole a su compañero de martirio, mientras le consolaba: «Alégrate, hermano

mío, porque el Lord de Londres es un buen médico; pronto nos curará; a ti de tu ceguera, y a mi de mi cojera.» Y fueron pasto de las llamas, para levantarse a la inmortalidad. El día después de los anteriores martirios, Catherine Hut, de Bocking, una viuda; Joan Homs, soltera, de Billericay; Elizabeth Thackwel, soltera, de Great Burstead, sufrieron la muerte en Smithfield. Thomas Dowry. Otra vez tenemos que registrar un acto de crueldad implacable, cometido contra este muchacho, a quien el Obispo Hooper había confirmado en el Señor y en el conocimiento de su Palabra. No se sabe con certeza cuánto tiempo estuvo este pobre sufriente en la cárcel. Por el testimonio de John Paylor, actuario de Gloucester, sabemos que cuando Dowry fue hecho comparecer ante el doctor Williams, entonces canciller de Gloucester, le fueron presentados los artículos usuales para que los firmara; al disentir de los mismos, y al exigirle el doctor que le dijera de quién y dónde había aprendido sus herejías, el joven le contestó: «Señor canciller, las aprendí de vuestra parte en aquel mismo púlpito. En tal día (mencionando el día) vos dijisteis, al predicar sobre el Sacramento, que debía ser ejercido espiritualmente por la fe, y no carnalmente, como lo enseñan los papistas.» Entonces el doctor Williams le invitó a que se retractara, como él mismo lo había hecho; pero Dowry no había aprendido las cosas de esta manera. «Aunque vos podáis burlaros tan fácilmente de Dios, del mundo y de vuestra propia conciencia, y no lo voy a hacer así.»


La preservación de George Crow y de su Nuevo Testamento


Este pobre hombre, de Malden, zarpó el 26 de mayo de 1556 para cargar en Lent tierra de batanero, pero el barco encalló en un banco de arena, se llenó de agua, y perdió todo el cargamento; sin embargo, Crow salvó su Nuevo Testamento, y no codiciaba nada más. Con Crow estaban un hombre y un chico, y su terrible situación se hizo más y más alarmante con el paso de los minutos, y la embarcación era inútil. Estaban a diez millas de tierra, esperando que la marea comenzara pronto a subir sobre ellos. Después de orar a Dios, subieron al mástil, y se aferraron a él por espacio de diez horas, hasta que el pobre muchacho, vencido por el frío y el agotamiento, cayó y se ahogó. Al bajar la marea, Crow propuso bajar los mástiles y flotar sobre ellos, y así lo hicieron; y a las diez de la noche se entregaron a las olas. El miércoles por la noche, el compañero de Crow murió de fatiga y hambre, y él se quedó sólo, clamando a Dios que le socorriera. Al final fue recogido por el capitán Morse, rumbo a Amberes, que casi había pasado de largo, tomándolo por una boya de pescador flotando en la mar. Tan pronto como Crow estuvo a bordo, puso la mano en el bolsillo, y sacó su Nuevo Testamento, que estaba desde luego mojado, pero sin mayores daños. En Amberes fue bien recibido, y el dinero que había perdido le fue más que compensado.


Ejecuciones en Stratford-le-Bow


En este sacrificio que vamos a detallar, no menos de trece fueron condenados a la hoguera. Al rehusar cada uno de ellos afirmar cosas contrarias a su conciencia, fueron condenados, y el veintisiete de junio de 1556 fue señalado como el día de su ejecución en Stratford-le-Bow. Su constancia y fe glorificaron a su Redentor, lo mismo en vida que en muerte.


El Rev. Julius Palmer


La vida de este caballero muestra un singular ejemplo de error y de conversión. En tiempos de Eduardo fue un rígido y obstinado papista, tan adverso a la piadosa y sincera predicación que incluso era menospreciado por su propio partido; que su mentalidad cambiara, y sufriera persecución en tiempos de la Reina María, constituye uno de aquellos acontecimientos de la omnipotencia ante los que nos maravillamos y quedamos llenos de admiración. El señor Palmer nació en Coventry, donde su padre había sido alcalde. Al trasladarse posteriormente a Oxford, llegó a ser, bajo el señor Hartey, de Magdalen College, un elegante erudito de latín y griego. Le encantaban las conversaciones interesantes, poseía un gran ingenio y una poderosa memoria. Infatigable en el estudio privado, se levantaba a las cuatro de la mañana, y con esta práctica se calificó para llegar a ser lector de lógica en el Magdalen College. Pero al favorecer a la Reforma el reinado de Eduardo, se vio frecuentemente castigado por su menosprecio a la oración y a la conducta ordenada, y fue al final expulsado de la institución. Después abrazó las doctrinas de la Reforma, lo cual llevó a su arresto y final condena. Un cierto noble le ofreció la vida si se retractaba. «Si lo haces,» le dijo, «vivirás conmigo. Y si piensas casarte, te conseguiré una esposa y una granja, y os ayudaré a equiparla. ¿Qué dices a esto?» Palmer le dio las gracias con mucha cortesía, pero de manera muy modesta y respetuosa le observó que ya había renunciado a vivir en dos lugares por causa de Cristo, por lo que por la gracia de Dios estaría dispuesto también a dar su vida por la misma causa, cuando Dios lo dispusiera. Cuando Sir Richard vio que su interlocutor no estaba dispuesto a ceder en absoluto, le dijo: «Bien, Palmer, veo que uno de nosotros dos va a condenarse; porque somos de dos fe distintas, y estoy bien seguro de que hay una sola fe que lleva a la vida y a la salvación.» Palmer: «Bien, señor, yo espero que ambos nos salvemos.» Sir Richard: «¿Y cómo podrá ser esto?» Palmer: «De manera muy clara. Porque a nuestro misericordioso Dios le plugo llamarme, en conformidad a la parábola del Evangelio, en la hora tercera del día, en mi florecimiento, a la edad de veinticuatro años, así como espero que os haya llamado, y os llamará a vos, en la hora undécima de esta vuestra ancianidad, para daros vida eterna como vuestra porción.» Sir Richard: «¿Esto dices? Bien, Palmer, bien, me gustaría tenerte un solo mes en mi casa; no dudo de que o yo te convertiría, o que tú me convertirías.» Entonces dijo el Master Winchcomb: «Apiádate de estos años dorados, y de las placenteras flores de la frondosa juventud, antes que sea demasiado tarde.» Palmer: «Señor, anhelo aquellas flores primaverales que jamás se marchitarán.» Fue juzgado el quince de julio de 1556, junto con un compañero de prisión llamado Thomas Askin. Askin y un tal John Guin habían sido sentenciados el día antes, y el señor Palmer fue llevado el quince para oír su sentencia definitiva. Se ordenó que la ejecución siguiera a la sentencia, y a las cinco de aquella misma tarde estos mártires fueron atados a la estaca en un lugar Uamado Sand-pits. Después de haber orado devotamente juntos, cantaron el Salmo Treinta y uno. Cuando fue encendido el fuego y hubo prendido en sus cuerpos, continuaron clamando, sin dar apariencia alguna de sufrir dolor: «¡Señor Jesús, fortalécenos! ¡Señor Jesús, recibe nuestras almas!» hasta que quedó suspendida su vida y desapareció el sufrimiento humano. Es de destacar que cuando sus cabezas hubieron caído juntas como en una masa por la fuerza de las

llamas, y los espectadores pensaban que Palmer estaba ya sin vida, de nuevo se movieron su lengua y labios, y se les oyó pronunciar el nombre de Jesús, a quien sea gloria y honra para siempre.


Joan Waste y otros


Esta pobre y honrada mujer, ciega de nacimiento y soltera, de veintidós años de edad, era de la parroquia de Todos los Santos, Derby. Su padre era barbero, y también fabricaba cuerdas para ganarse mejor la vida. En esta tarea ella le ayudaba, y también aprendió a tejer varios artículos de vestir. Rehusando comunicar con aquellos que mantenían doctrinas contrarias a las que ella había aprendido en los días del piadoso Eduardo, fue hecho comparecer ante el doctor Draicot, el canciller del obispo Blaine, y ante Peter Finch, oficial de Derby. Intentaron confundir a la pobre muchacha con sofismas y amenazas, pero ella ofreció ceder a la doctrina del obispo si él estaba dispuesto a responder por como en el Día del Juicio como lo había hecho el piadoso doctor Taylor en sus sermones) de que su creencia en la presencia real del Sacramento era verdadera. Al principio, el obispo contestó que lo haría, pero al recordarle el doctor Draicot que no podía en manera ninguna responder por un hereje, retiró su confirmación de sus propias creencias; él entonces les contestó que si sus conciencias no les permitían responder ante el tribunal de Dios por la verdad que ellos querían que ella aceptara, que ella no contestaría a ninguna otra de sus preguntas. Entonces se pronunció sentencia, y el doctor Draicot fue encomendado para predicar el sermón de la condena de la muchacha, lo que tuvo lugar el 1 de agosto de 1556, el día de su martirio. Al terminar su fulminador discurso, la pobre ciega fue luego llevada a un lugar llamado Windmill Pit, cerca de la ciudad, donde por un tiempo sostuvo la mano de su hermano, y luego se preparó para el fuego, pidiendo a la compadecida multitud que orara con ella, y a Cristo que tuviera misericordia de ella, hasta que la gloriosa luz del eterno Sol de justicia resplandeció sobre su espíritu fuera del cuerpo. En noviembre, quince mártires fueron apresados en el castillo de Canterbury, los cuales fueron todos o quemados o dejados morir de hambre. Entre estos últimos estaban J. Clark, D. Chittenden, W. Foster de Stonc, Mice Potkins, y J. Archer, de Cranbrooke, tejedor. Los dos primeros no habían sido condenados, pero los otros habían sido sentenciados al fuego. Foster, en su interrogatorio, comentó acerca de la utilidad de llevar cirios encendidos el día de la Candelaria, que igual valdría llevar una horca; y que un patíbulo tendría tanto efecto como una cruz. Hemos ahora llevado a su fin las sanguinarias actuaciones de la inmisericorde María, en el año 1556, cuyo número se elevó por encima de OCHENTA Y CUATRO. El comienzo del año 1557 fue notable por la visita del Cardenal Pole a la Universidad de Cambridge, que parecía tener gran necesidad de ser limpiada de predicadores herejes y de doctrinas reformadas. Un objeto era también llevar a cabo la farsa papista de juzgar a Martín Bucero y a Paulus Phagius, que habían estado enterrados ya durante tres o cuatro años. Con este propósito, las iglesias de Santa María y de San Miguel fueron puestas en interdicto como lugares viles e impíos, indignos del culto de Dios, hasta que fueran perfumadas y lavadas con el agua bendita papista, etc. El burdo acto de citar a comparecer a estos difuntos reformadores no tuvo el más mínimo efecto sobre ellos, y el 26 enero se pronunció sentencia de condenación, parte de la cual rezaba así, y puede servir como muestra de los procesos de esta naturaleza: «Por ello pronunciamos al dicho Martín Bucero y a Paulus Phagius excomulgado y anatematizado, tanto por las leyes comunes como por cartas procesales; y para que su memoria sea condenada,

condenamos también que sus cuerpos y huesos (que en el malvado tiempo del cisma, y floreciendo otras herejías en este reino, fueron precipitadamente sepultados en tierra sagrada) sean exhumados y echados lejos de los cuerpos y huesos de los fieles, según los santos cánones, y mandamos que ellos y sus escritos, si se encuentran aquí cualesquiera de ellos, sean públicamente quemados; y prohibimos a todas las personas de esta universidad, ciudad o lugares colindantes, que lean o escondan sus heréticos libros, tanto por la ley común como por nuestras cartas procesales.» Después que la sentencia fuera leída, el obispo mandó que sus cuerpos fueran exhumados de sus sepulcros, y, degradados de sus sagrados órdenes, entregados en manos del brazo secular; porque no les era legítimo a personas tan inocentes, y odiando todo derramamiento de sangre y detestando todo ánimo de homicidio, dar muerte a nadie. El 6 de febrero, sus cuerpos, dentro de sus ataúdes, fueron llevados al medio de la plaza del mercado den Cambridge, acompañados por una vasta multitud. Se hincó un gran poste en el suelo, al que se ataron los ataúdes con grandes cadenas, fijados por el centro, como silos cadáveres hubieran estado vivos. Cuando el fuego comenzó a ascender y prendió en los ataúdes, se echaron también varios libros condenados a las llamas, para quemarlos. Sin embargo, en el reinado de Elizabet se hizo justicia a la memoria de estos piadosos y eruditos hombres, cuando el señor Ackworth, orador de la universidad, y el señor J. Pilkington, pronunciaron discursos en honor de su memoria, y reprobando a sus perseguidores católicos. El Cardenal Pole inflingió también su impotente furia contra el cadáver de la mujer de Peter Martyr, que, por orden suya, fue exhumado de su sepultura, y enterrado en un distante estercolero, en parte porque sus huesos estaban cerca de las reliquias de San Fridewide, que había sido anteriormente muy estimado en aquel colegio, y en parte porque quería purificar Oxford de restos heréticos, lo mismo que a Cambridge. Pero en el reinado que siguió, sus restos fueron restaurados a su anterior cementerio, e incluso entremezclados con los del santo católico, para asombro y mortificación absolutos de los discípulos de Su Santidad el Papa. El Cardenal Pole publicó una lista de cincuenta y cuatro artículos conteniendo instrucciones para el clero de su diócesis de Canterbury, algunos de los cuales son demasiado ridículos y pueriles para excitar en nuestros días otra cosa que la risa.


Persecuciones en la diócesis de Canterbury


En el mes de febrero fueron encerradas en prisión las siguientes personas: R. Coleman, de Waldon, un obrero; Joan Winseley, mujer soltera de Horsley Magna; S. Glover, de Rayley; R. Clerk, de Much Holland, marinero; W. Munt, de Much Bendey, aserrador; Margaret Field, de Ramsey, mujer soltera; R. Bongeor, curtidor; R. Jolley, marinero; Allen Simpson, Helen Ewire, C. Pepper, viuda; Alice Walley (que se retractó); W. Bongeor, vidriero, todos ellos de Colchester; R. Atkin, de Halstead, tejedor; R. Barbock, de Wilton, carpintero; R. George, de Westbarhonlt, obrero; R. Debnam de Debenham, tejedor; C. Wanen, de Cocksall, soltera; Agnes Whitlock, de Dover-court, soltera; Rose Allen, soltera; y T. Feresannes, menor; ambos de Colchester. Estas personas fueron hechas comparecer ante Bonner, que las hubiera hecho ejecutar inmediatamente, pero el Cardenal Pole era partidario de medidas mucho más misericordiosas, y Bonner, en una de sus cartas al cardenal, parece estar consciente de que le había desagradado, porque emplea esta expresión: «Pensé en mandarlos a todos a Fulham, y pronunciar allí sentencia contra ellos; sin embargo, dándome cuenta que en mi última actuación vuestra gracia

se ofendió, creí mi deber, antes de proseguir, informar a vuestra gracia.» Esta circunstancia confirma el relato de que el cardenal era una persona con humanidad; y aunque un católico celoso, nosotros, como protestantes, estamos dispuestos a rendirle la honra que merece su carácter misericordioso. Algunos de los acerbos perseguidores lo denunciaron ante el Papa como favorecedor de herejes, y fue llamado a Roma, pero la Reina María, por un ruego particular, logró su permanencia en Inglaterra. Sin embargo, antes del fin de su vida, y poco antes de su último viaje de Roma a Inglaterra, estuvo bajo graves sospechas de favorecer la doctrina de Lutero. Así como en el último sacrificio cuatro mujeres honraron la verdad, así en el siguiente auto da fe, tenemos un número semejante de mujeres y de varones que sufrieron el 30 de junio de 1557 en Canterbury, y que se llamaban J. Fishcock, F. White, N. Pardue, Barbary Final, que era viuda, la viuda de Barbridge, la esposa de Wilson y la esposa de Benden. De este grupo observaremos más particularmente a Alice Benden, mujer de Edward enden, de Staplehurst, en Kent. Había sido apresada en octubre de 1556 por no asistencia, y liberada con estrictas órdenes de enmendar su conducta. Su marido era un fanático católico, y al hablar en público de la contumacia de su mujer, fue enviada al castillo de Canterbury, donde sabiendo que cuando fuera enviada a la cárcel del obispo sería matada de hambre con una misérrima cantidad de alimentos al día, comenzó a prepararse para este sufrimiento tomando una pequeña cantidad de alimentos al día. El 22 de enero de 1557, su marido escribió al obispo que si se impidiera que el hermano de su mujer, Roger Hall, la siguiera confortando y ayudando, quizá ella se volvería; por esto fue trasladada a la cárcel llamada Monday's Hole. Su hermano la buscó con diligencia, y al final de cinco semanas, de manera providencial, oyó su voz en una mazmorra, pero no pudo darle otro alivio que poner algo de dinero en una hogaza, y pasándola por medio de un largo palo. Debe haber sido terrible la situación de esta pobre víctima, yaciendo en paja, entre paredes de piedra, sin cambio de vestido ni los más mínimos requisitos de limpieza durante nueve semanas! El 25 de marzo fue llamada delante del obispo, que le ofreció la libertad y recompensas si volvía a casa y se sometía. Pero la señora Benden se había habituado al sufrimiento, y mostrándole sus brazos contraídos y su semblante famélico, rehusó apartarse de la verdad. Sin embargo, fue sacada de este negro agujero y llevada a West Gate, de donde fue sacada al final de abril para ser condenada y luego echada en la prisión del castillo hasta el diecinueve de junio, el día en que debía ser quemada. En la estaca dio su pañuelo a un hombre llamado John Banns como memoria; y de la cintura se sacó una puntilla blanca, pidiéndole que se la diera a su hermana, diciéndole que era la última atadura que había llevado, excepto por la cadena; y a su padre le devolvió un chelín que le había enviado. Estos siete mártires se quitaron la ropa con presteza, y ya preparados se arrodillaron, y oraron con tal fervor y espíritu cristiano que hasta los enemigos de la cruz se sintieron afectados. Después de haber hecho una invocación conjunta, fueron atados a la estaca, y, rodeados de implacables llamas, entregaron sus almas en manos del Señor viviente. Matthew Plalse, un tejedor y cristiano sincero y agudo, fue llevado delante de Thomas, obispo de Dover, y de otros inquisidores, a los que embromó ingeniosamente con sus respuestas indirectas, de las que lo que sigue es una muestra: Doctor Harpsfield. Cristo llamó al pan Su cuerpo; ¿qué dices tú que es? Plaise. Creo que es lo que les dio. Dr. H. ¿Y qué era? P. Lo que El partió.

Dr. H. ¿Y qué partió? P. Lo que tomó. Dr. H. ¿Qué tomó? P. Digo yo que lo que les dio, lo que ciertamente comieron. Dr. H. Bien, entonces tú dices que era solamente pan lo que los discípulos comieron. P. Yo digo que lo que él les dio, y que ellos verdaderamente comieron.

Siguió una discusión muy prolongada, en la que le pidieron a Plaise que se humillara ante el obispo; pero a esto rehusó. No se sabe si este valeroso hombre murió en la cárcel, o si fue ejecutado o liberado.


El Rev. John Hullier


El Rev. John Hullier se educó en Eton College, y con el tiempo vino a ser vicario de Babram, a tres millas de Cambridge, y luego fue a Lynn, donde, al oponerse a la superstición de los papistas, fue llevado ante el doctor Thirlby, obispo de Ely, y enviado al castillo de Cambridge; aquí estuvo un tiempo, y luego fue enviado a la prisión de Tolbooth, donde, después de tres meses, fue llevado a la Iglesia de Santa María, y allí condenado por el doctor Fuller. En Jueves Santo fue llevado a la hoguera; mientras se quitaba la ropa, le dijo a la gente que estaba a punto de sufrir por una causa justa, y los exhortó a creer que no había otra roca que Jesucristo sobre la que edificar. Un sacerdote llamado Boyes le pidió entonces al alcalde que lo silenciara. Después de orar, se fue mansamente a la pira, y atado entonces con una cadena y metido en un barril de brea, prendieron fuego a las cañas y a la leña. Pero el viento arrastró el fuego directamente detrás suyo, lo que le hizo orar tanto más fervientemente bajo una severa agonía. Sus amigos pidieron al verdugo que prendiera fuego a los haces con el viento a su cara, lo que fue hecho de inmediato. Echaron ahora una cantidad de libros al fuego, uno de los cuales (el Servicio de Comunión) atrapó él, lo abrió, y gozosamente lo estuvo leyendo, hasta que el fuego y el humo le privaron de la visión; pero incluso entonces, en ferviente oración, apretó el libro contra su corazón, dando gracias a Dios por darle, en sus últimos momentos, este don tan precioso. Siendo cálido el día, el fuego ardió violentamente; en un momento de-terminado, cuando los espectadores pensaban que ya había dejado de existir, exclamó repentinamente: «Señor Jesús, recibe mi espíritu», y con mansedumbre entregó su vida. Fue quemado en Jesús Green, no lejos de Jesús College. Le habían dado pólvora, pero había muerto ya antes que se encendiera. Este piadoso mártir constituyó un singular espectáculo, porque su carne quedó tan quemada desde los huesos, que siguieron erguidos, que presentó la idea de una figura esquelética encadenada a una estaca. Sus restos fueron anhelantemente tomados por la multitud, y venerados por todos los que admiraban su piedad o detestaban el inhumano fanatismo.


Simón Miller y Elizabeth Cooper


En el siguiente mes de julio estos dos recibieron la corona del martirio. Miller vivía en Lynn, y acudió a Norwich, donde, poniéndose a la puerta de una de las iglesias, mientras la gente salía, pidió saber a dónde podría ir para recibir la Comunión. Por esta causa, un sacerdote lo hizo llevar delante del doctor Dunning, que lo hizo encerrar; pero luego le dejaron volver a su casa

para que arreglara sus asuntos; después de ello volvió a la casa del obispo, y a su cárcel, donde se quedó hasta el trece de julio, el día en que fue quemado. Elizabeth Cooper, mujer de un peltrero, de St. Andrews, Norwich, se había rctractado; pero atormentada por lo que había hecho por el gusano que nunca muere, poco después se dirigió voluntariamente a su iglesia parroquial durante el tiempo del culto papista, y, puesta en pie, proclamó audiblemente que revocaba su anterior retractación, y advirtió a la gente que evitara su indigno ejemplo. Fue sacada de su casa por el señor Sunon, el alguacil mayor, que muy a regañadientes cumplió la letra de la ley, por cuanto habían sido siervos y amigos en el pasado. En la estaca, la pobre sufriente, sintiendo el fuego, gritó: «¡Oh!», a lo cual el señor Miller, pasando la mano detrás de él hacia ella, la animó a alentarse, «porque (le dijo) buena hermana, tendremos una gozosa y feliz cena.» Alentada por este ejemplo y exhortación, se mantuvo inamovible en la terrible prueba, y demostró, junto a él, el poder de la fe sobre la carne.


Ejecuciones en Colchester


Ya se ha mencionado antes que veintidós personas habían sido enviadas desde Colchester, las cuales, con un ligero sometimiento, habían sido después liberadas. De ellas, William Munt, de Much Bentley, granjero, con su mujer Alice, y Rose Allin, su hija, tras volver a casa, se abstuvieron de ir a la iglesia, lo que indujo al fanático sacerdote a escribir secretamente a Bonner. Durante un cierto tiempo se ocultaron, pero al volver el 7 de marzo, un tal Edmund Tyrrel (pariente del Tyrrel que dio muerte al Rey Eduardo V y a su hermano) entró con oficiales en la casa mientras Munt y su mujer estaban en cama, informándoles que debían ir al castillo de Colchester. La señora Munt estaba entonces muy enferma, y pidió que su hija pudiera darle algo de beber. Rose recibió permiso para ello, y tomó una vela y una jarra; al volver a la casa se encontró con Tyrrel, que le ordenó que aconsejara a sus padres que se volvieran buenos católicos. Rose le informó en pocas palabras que tenían al Espíritu Santo como consejero, y que ella estaba dispuesta a dar su vida por la misma causa. Volviéndose hacia su compañía, les declaró que estaba lista para ser quemada; entonces uno de ellos le dijo que la pusiera a prueba, para ver de qué sería ella capaz en el futuro. El insensible desalmado ejecutó en el acto esta propuesta; tomando a la muchacha por la muñeca, sostuvo la vela encendida bajo su mano, quemándola transversalmente por el dorso, hasta que los tendones se separaron de la carne, durante lo cual la insultó con muchos calificativos denigrantes. Ella soportó imperturbable esta furia, y luego, cuando él hubo terminado la tortura, ella le dijo que comenzara por sus pies o por su cabeza, porque no tenía que temer que su cruel patrono fuera algún día a castigarlo por ello. Después, llevó la bebida a su madre. Este cruel acto de tortura no está aislado. Bonner había tratado a un pobre arpista de una manera muy semejante, por haber mantenido firmemente la esperanza de que aunque le quemaran todas las articulaciones, no se apartaría de la fe. Con esto, Bonner hizo una señal en secreto a sus hombres para que le trajeran un ascua encendida, que pusieron en la mano de aquel pobre hombre, cerrándosela por la fuerza, hasta que le quemó profundamente en la carne. George Eagles, un sastre, fue acusado de haber orado que «Dios cambiara el corazón de la Reina María, o que la arrebatara»; la causa ostensible de su muerte fue su religión, porque difícilmente se le podría haber acusado de traición por haber orado por la reforma de un alma tan execrable como la de María. Condenado por este crimen, fue arrastrado sobre un patín al lugar de la ejecución, junto a dos bandidos, que fueron ejecutados con él. Después que Eagles subiera a la escalerilla y hubiera estado colgado por un cierto tiempo, fue despedazado antes de haber

quedado en absoluto inconsciente; un alguacil llamado William Swallow lo arrastró entonces al patín, y con un hacha común desafilada le cortó la cabeza torpemente y con varios golpes; de una manera igual de torpe y cruel le abrió el cuerpo en canal y le desgarró el corazón. En medio de todos estos sufrimientos, el pobre mártir no se quejó, sino que clamó a su Salvador. La furia de estos fanáticos no terminó aquí. Sus intestinos fueron quemados, y el cuerpo despedazado, enviándose los cuatro cuartos a Colehester, Harwich, Chelmsford y St. Rouse's. Chelmsford tuvo el honor de retener su cabeza, que fue clavada en una picota en la plaza del mercado. Al cabo de un tiempo fue echada abajo por el viento, y quedó varios días en la calle, hasta que fue sepultada de noche en el patio de la iglesia. El juicio de Dios cayó poco tiempo después sobre Swallow, que en su ancianidad quedó reducido a la mendicidad, y que quedó azotado por una lepra que lo hizo horroroso incluso para los animales; y tampoco escapó a la mano vengadora de Dios Richard Potts, que angustió a Eagles en sus momentos finales.


La señora Lewes


Esta señora era mujer del señor T. Lewes, de Manchester. Había recibido como verdadera la religión romanista, hasta la quema de aquel piadoso mártir que había sido el señor Saunders, de Coventry. Al saber que su muerte surgía de un rechazo a recibir la Misa, comenzó a inquirir en la base de este rechazo, y su conciencia, al comenzar a ser iluminada, comenzó a agitarse y a alarmarse. En esta inquietud, recurrió al señor John Glover, que vivía cerca, y le pidió que le desvelara aquellas ricas fuentes que poseía de conocimiento de los Evanagelios, particularmente acerca de la cuestión de la transubstanciación. Consiguió convencerla fácilmente de que la mascarada del papado y de la Misa estaban en contra de la santísima Palabra de Dios, y la reprendió fielmente por seguir excesivamente las vanidades de un mundo malvado. Para ella fue en verdad una palabra oportuna, porque pronto se cansó de su anterior vida de pecado, y resolvió abandonar la Misa y el culto idolátrico. Aunque obligada por la fuerza por su marido a ir a la iglesia, su menosprecio por el agua bendita y por otras ceremonias era tan evidente que fue acusada ante el obispo por menosprecio de los sacramentos. De inmediato siguió una citación, dirigida a ella, que fue dada al señor Lewes, que, en un arrebato de pasión, puso una daga en el cuello del oficial, y se la hizo comer, después de lo cual le obligó a beber agua para hacerla bajar, y luego lo hizo salir. Pero por esta acción el obispo citó al señor Lewes ante él lo mismo que a su mujer; éste se sometió con presteza, pero ella afirmó resueltamente que al rehusar el agua bendita ni ofendía a Dios ni quebrantaba ninguna de Sus leyes. Fue enviada a casa durante un mes, siendo su marido fiador pecuniario por la comparecencia de ella; durante este tiempo el señor Glover la convenció de la necesidad de hacer lo que hacia no por vanidad, sino por la honra y la gloria de Dios. El señor Glover y otros exhortaron seriamente a Lewes a perder el dinero que había pagado de fianza antes que mandar a su mujer a una muerte cierta, pero se hizo sordo a la voz de la humanidad, y la entregó al obispo, que pronto halló causa suficiente para enviarla a una inmunda prisión, de donde fue algunas veces sacada para ser sometida a interrogatorios. En el último, el obispo razonó con ella acerca de lo justo que era para ella ir a Misa y recibir como sagrado el Sacramento y los otros sacramentos del Espíritu Santo. «Si estas cosas estuvieran en la Palabra de Dios», le dijo la señora Lewes, «las recibiría de todo corazón, creyéndolas y apreciándolas.» El obispo le contestó con la más ignorante e impía insolencia: «¡Si no quieres creer más que lo que está justificado por las Escrituras, estás en estado de condenación!» Atónita

ante esta declaración, esta digna sufriente le replicó con razón que sus palabras eran tan impuras como blasfemas. Después de ser sentenciada, quedó doce meses encarcelada, no estando dispuesto el alguacil mayor a ejecutarla durante el ejercicio de su cargo, aunque lo acababan de escoger para el mismo. Cuando llegó la orden para su ejecución desde Londres, ella envió a buscar unos amigos, a los que consultó acerca de en qué manera su muerte pudiera ser gloriosa para el nombre de Dios, y perjudicial para la causa de sus enemigos. Sonriendo, dijo: «En cuanto a la muerte, me es poca cosa. Cuando sé que contemplaré la amante faz de Cristo, mi amado salvador, el feo rostro de la muerte no me preocupa demasiado.» La víspera antes de sufrir, dos sacerdotes deseaban vivamente visitarla, pero ella rehusó tanto confesarse a ellos como su absolución, por cuanto podía mantener mejor comunicación con el Sumo Sacerdote de las almas. Hacia las tres de la madrugada, Satanás comenzó a lanzar sus dardos encendidos, poniéndole dudas en su mente acerca de si había sido escogida para vida eterna, y si Cristo había muerto por ella. Sus amigos le señalaron con presteza aquellos pasajes consoladores de la Escritura que consuelan al corazón fatigado, y que tratan del Redentor que quita los pecados del mundo. Hacia las ocho, el alguacil mayor le anunció que tenía sólo una hora de vida; al principio se sintió abatida, pero pronto se repuso, y le dio gracias a Dios de que su vida pronto iba a ser dedicada en Su servicio. El alguacil mayor dio permiso a dos amigos para que la acompañaran a la estaca, indulgencia ésta por la que luego fue severamente tratado; al ir hacia el lugar casi se desmayó, debido a la distancia, su gran debilidad y la multitud que se apiñaba. Tres veces oró fervientemente que Dios librara a la tierra del papismo y de la idolátrica Misa; y la mayoría de la gente, así como el alguacil mayor, dijeron Amén. Cuando hubo orado, tomó una copa (que había sido llenada con agua para refrescarla), y dijo: «Bebo para todos aquellos que sin fingimiento aman el Evangelio de Cristo, y brindo por la abolición del papado.» Sus amigos, y muchas mujeres del lugar, bebieron con ella, por lo que a la mayoría de ellas se les impusieron penitencias. Cuando fue encadenada a la estaca, su rostro estaba alegre, y el rubor de sus mejillas no se desvaneció. Sus manos estuvieron extendidas hacia el cielo hasta que el fuego las dejó sin fuerzas, cuando su alma fuera recibida en los brazos del Creador. La duración de su agonía fue breve, porque el alguacil, por petición de sus amigos, había preparado una leña tan buena que en pocos minutos quedó abrumada por el humo y las llamas. El caso de esta mujer hizo brotar lágrimas de compasión de todos aquellos cuyo corazón no estaba encallecido.


Ejecuciones en Islington


Hacia el diecisiete de septiembre sufrieron en Islington los siguientes cuatro confesores de Cristo: Ralph Allerton, James Austoo, Margery Austoo, yRichard Roth. James Austoo y su mujer, de A'lhallows, en Baiking, Londres, fueron sentenciados por no creer en la presencia. Richard Roth rechazó los siete sacramentos, y fue acusado de ayudar a los herejes por la siguiente carta, escrita con su propia sangre, y que había querido enviar a sus amigos en Colchester:

«Queridos hermanos y hermanas: »¡Cuánta más razón tenéis para regocijaros en Dios por haberos dado tal fe para sobreponeros hasta ahora a este sanguinario tirano! Y es indudable que Aquel que ha comenzado la buena obra en vosotros, la llevará a su consumación hasta el fin. Oh queridos corazones en

Cristo, ¡qué corona de gloria recibiréis con Cristo en el reino de Dios! ¡Pluguiera a Dios que hubiera estado listo para ir con vosotros; porque estoy de día en incomodidad, suministrada por el alcalde; y de noche yazco en la carbonera, apartado de Ralph Allerton o de cualquier otro; y esperamos cada día cuándo seremos condenados; porque él dijo que sería quemado en el período de diez días antes de la Pascua; sigo estando en el borde del estanque, y cada uno entra antes que yo; pero esperamos pacientemente la voluntad del Señor, con muchas cadenas, en hierros y cepos, por los que hemos recibido gran gozo de Dios. Y ahora que os vaya bien, queridos hermanos y hermanas, en este mundo, pero espero veros en el cielo cara a cara. »¡Oh, hermano Munt, con tu mujer y tu hermana Rose, cuán bienaventurados sois en el Señor, que os haya encontrado dignos de padecer por Su causa!, y ello con todo el resto mis queridos hermanos y hermanas, conocidos o desconocidos. Gozaos hasta la muerte. No temáis, dijo Cristo, porque yo he vencido a la muerte. Oh, querido corazón, viendo que Jesucristo será nuestra ayuda, espera hasta que a Él le plazca. Sed fuertes, que se alienten vuestros corazones, y esperad quedos al Señor. El está cerca. Si, el ángel del Señor planta Su tienda alrededor de los que le temen, y los libra de la manera que mejor le parece. Porque nuestras vidas están en manos del Señor; y no nos pueden hacer nada si el Señor no se lo permite. Por ello dad todos gracias a Dios. »Oh, queridos corazones, seréis revestidos de largos ropajes blancos en el monte Sión, con la multitud de los santos, y con Jesucristo nuestro Salvador, que jamás os desamparará. O bienaventuradas vírgenes, habéis jugado el papel de vírgenes prudentes al haber tomado aceite en vuestras lámparas, para poder entrar con el Esposo, cuando venga, para el gozo eterno con El. Pero en cuanto a las insensatas, les será cerrada la puerta, porque no se dispusieron a sufrir con Cristo, ni a llevar Su cruz. Oh queridos corazones, ¡cuán preciosa será vuestra muerte a los ojos del Señor!, porque preciosa le es la muerte de Sus santos. Que os vaya bien, y seguid orando. Sea con vosotros la gracia de nuestro Señor Jesucristo. Amén, Amén. ¡Orad, orad, orad! »Escrito por mi, con mi propia sangre,

»RICHARD ROTH.»


Esta carta, en la que se denominaba con tanta justicia a Bonner como «sanguinario tirano», no era probable que excitara su compasión. Roth le acusó de llevarlo a interrogar secretamente y de noche, porque tenía miedo de día a la gente. Resistiéndose a todas las tentaciones de retractarse, fue condenado, y el 17 de septiembre de 1557 estos cuatro mártires murieron en Islington, por el testimonio del Cordero, que fue inmolado para que ellos pudieran ser de los redimidos de Dios. John Noyes, un zapatero, de Laxfield, Suffolk, fue llevado a Eye, y a la medianoche del 21 de septiembre de 1557 fue llevado de Eye a Laxfield para ser quemado. A la mañana siguiente fue llevado a la estaca, preparada para el horrendo sacrificio. El señor Noyes, al llegar al lugar fatal, se arrodilló, oró y recitó el Salmo Cincuenta. Cuando la cadena le rodeó, dijo: «¡No temáis a los que matan el cuerpo, sino temed a aquel que puede matar cuerpo y alma, y echarlos en fuego eterno! » Mientras un tal Cadman le ponía un haz de leña sobre él, bendijo la hora en que había nacido para morir por la verdad; y mientras se confiaba sólo en los méritos todo suficientes del Redentor, prendieron fuego a la pira, y en poco tiempo el fuego devorador apagó sus últimas palabras: «¡Señor, ten misericordia de mí! ¡Cristo, ten misericordia de mí!» Las cenizas de su cuerpo fueron sepultadas en un hoyo, y con ellas uno de sus pies, entero hasta el tobillo, con el calcetín puesto.


La señora Cicely Ormes


Esta joven mártir, de veintidós años de edad, estaba casada con el señor Edmund Ormes, tejedor de estambre de St. Lawrence, Norwich. Al morir Miller y Elizabeth Cooper, antes mencionados, ella dijo que quería compartir la misma copa de la que ellos habían bebido. Por estas palabras, fue llevada al canciller, que la habría liberado bajo su promesa de ir a la iglesia y de guardarse sus creencias para si misma. Como ella no estaba dispuesta a consentir en esto, el canciller la apremió diciendo que le había mostrado más indulgencia a ella que a nadie porque era una mujer ignorante e insensata; a estas palabras contestó ella (quizá con mayor agudeza de la que él esperaba) que por grande que fuera el deseo de él de dar perdón a su pecaminosa carne, que no podría igualarse al deseo de ella de ofrecerla en una pelea de tanta importancia. El canciller pronunció entonces la sentencia condenatoria, y el 23 de septiembre de 1557 fue llevada a la estaca, a las ocho de la mañana. Después de proclamar su fe ante la gente, puso la mano sobre la estaca, y dijo: «Bienvenida, cruz de Cristo.» Su mano quedó llena de hollín al hacer esto porque era la misma estaca en la que habían sido quemados Miller y Cooper y al principio se la limpió; pero inmediatamente después la volvió a acoger y se abrazó a ella como la «dulce cruz de Cristo.» Después que los verdugos hubieran encendido el fuego, dijo: «Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se alegró en Dios mi Salvador.» Luego, cruzando sus manos sobre su pecho, y mirando arriba con la mayor serenidad, soportó el ardiente fuego. Sus manos siguieron levantándose gradualmente hasta que quedaron secos los tendones, y luego cayeron. No pronunció exclamación alguna de dolor, sino que entregó su vida, un emblema de aquel paraíso celestial en el que está la presencia de Dios, bendito por los siglos. Se podría mantener que esta mártir buscó voluntariamente su propia muerte, por cuanto el canciller apenas si le exigió otra penitencia que la de guardarse sus creencias para si; pero parece en este caso como si Dios la hubiera escogido como luz resplandeciente, porque doce meses antes de ser apresada se había retractado; pero se sintió muy desgraciada hasta que el canciller fue informado, por medio de una carta, que se arrepentía de su retractación desde lo más hondo de su corazón. Como si para compensar por su anterior apostasía y para convencer a los católicos de que no tenía ya más intención de entrar en componendas por su seguridad personal, rehusó abiertamente su amistoso ofrecimiento de permitirla contemporizar. Su valor en tal causa merece encomio; era la causa de Aquel que dijo: «El que se avergonzare de mí en la tierra, de él me avergonzaré yo en el cielo.»


El Rev. John Rough


Este piadoso mártir era escocés. A los diecisiete años entró a formar parte de la orden de los Frailes Negros en Stirling, en Escocia. Había sido excluido de una herencia por sus amigos, y tomó este paso como venganza por la conducta de ellos. Después de haber estado allá dieciséis años, sintiendo simpatía por él Lord Hamilton, conde de Arran, el arzobispo de St. Andrews indujo al provincial de la casa a que dispensara de su hábito y orden; y así vino a ser el capellán del conde. Permaneció en este empleo espiritual durante un año, y en aquel tiempo Dios lo llevó al conocimiento salvador de la verdad; por esta razón el conde lo envió a predicar en la libertad de Ayr, donde quedó por cuatro años; pero al ver que se cernía el peligro debido a las características religiosas de la época, y sabiendo que había mucha libertad para el Evangelio en Inglaterra, se dirigió al duque de Somerset, entonces Lord Protector de Inglaterra, que le

concedió un salario anual de veinte libras, y le autorizó a predicar en Carlisle, Berwick, y en Newcastle, donde se casó. Fue luego enviado a una rectoría en Hull, donde permaneció hasta la muerte de Eduardo VI. Como consecuencia de la marea de persecución que entonces se abatía, huyó con su mujer a Frisia, y a Nordon, donde se ocuparon en tejer medias, gorros, etc., para ganarse la vida. Estorbados en esta actividad por falta de materiales, se llegó a Inglaterra para procurarse una cantidad, y el 10 de noviembre llegó a Londres, donde pronto supo de una sociedad secreta de fieles, a la que se unió, y de la que pronto fue escogido ministro, ocupación en la que los fortaleció en toda buena resolución. El 12 de diciembre, por denuncia de uno llamado Taylor, miembro de la sociedad, fue apresado un miembro de la sociedad, llamado Rough, con Cuthbert Symson y otros, en Saracen's Head, Islington, donde celebraban sus servicios religiosos bajo la cubierta de ir a ver una función. El vice-chambelán de la reina llevó a Rough y a Symson ante el Consejo, en presencia del cual fueron acusados de reunirse para celebrar la Comunión. El Consejo escribió a Bonner, y éste no perdió el tiempo en este sanguinario asunto. En tres días lo tuvo delante de él, y al siguiente (el veinte) decidió condenarlo. Las acusaciones en contra de él era que siendo sacerdote estaba casado, y que había rechazado el servicio en lengua latina. Rough no carecía de argumentos para contestar a estas endebles acusaciones. En resumen, fue degradado y condenado. Se debería observar que el señor Rough, cuando estaba en el norte, había salvado la vida al doctor Watson durante el reinado de Eduardo, y éste estaba sentado con el Obispo Bonner en el tribunal. Este ingrato prelado, como recompensa por la bondad recibida, acusó abiertamente al señor Rough de ser el más pernicioso hereje del país. El piadoso ministro lo reprendió por mostrar un espíritu tan malicioso; afirmó que durante sus treinta años de vida nunca había doblegado la rodilla ante Baal; y que dos veces en Roma había visto al Papa llevado a hombros de hombres con el falsamente llamado Sacramento delante de él, presentando una verdadera imagen del mismísimo Anticristo; y que sin embargo le mostraban más reverencia a él que a la hostia, que ellos consideraban su Dios. «¡Ah!», le dijo Bonner, levantándose y dirigiéndose a él, como si le quisiera desgarrar las ropas. «¿Has estado en Roma, y visto a nuestro santo padre el Papa, y le blasfemas de esta manera?» Dicho esto, se lanzó sobre él, le desgarró un trozo de la barba, y para que el día comenzara para satisfacción suya, ordenó que el objeto de su ira fuera quemado a las cinco media de la siguiente mañana.


Cuthbert Symson


Pocos confesores de Cristo exhibieron más actividad y celo que esta excelente persona. No sólo trabajó por preservar a sus amigos del contagio del papismo, sino que también se esforzó por guardarlos de los terrores de la persecución. Era diácono de la pequeña congregación sobre la que presidía como ministro el señor Rough. El señor Symson ha escrito una narración de sus propios sufrimientos, que no puede detallar mejor que en sus propias palabras. «El trece de diciembre de 1557 fue enviado por el Consejo a la Torre de Londres. Al siguiente jueves fui llamado al cuerpo de guardia delante del alcalde de la Torre y del archivero de Londres, el señor Cholmly, que me mandaron que les diera los nombres de los que acudían al servicio en inglés. Les contesté que no iba a declarar nada, y como consecuencia de mi rechazo me pusieron sobre un potro de tormento de hierro, me parece que por espacio de tres horas.

»Luego me preguntaron si estaba dispuesto a confesar; les respondí como antes. Después de desatarme, me devolvieron a mi celda. El domingo después fui llevado de nuevo al mismo lugar, ante el teniente y archivero de Londres, y me sometieron a interrogatorio. Y les respondí ahora como antes. Entonces el teniente juró por Dios que yo confesaría; después de ello me ataron juntos mis dos dedos índices, y pusieron entre ambos una pequeña flecha, y la arrancaron tan rápidamente que manó la sangre, y se rompió la flecha. »Después de aguantar dos veces más el potro del tormento, fui vuelto a llevar a mi celda, y diez días después el teniente me preguntó si estaba dispuesto ahora a confesar lo que antes me había preguntado. Le respondí que ya había dicho todo lo que iba a decir. Tres semanas después fui enviado al sacerdote, donde fui gravemente asaltado, y de manos de quien recibí la maldición del Papa, por dar testimonio de la resurrección de Cristo. Y así os encomiendo a Dios y a la Palabra de Su gracia, con todos aquellos que invocan sin fingimientos el nombre de Jesús; pidiendo a Dios por Su misericordia infinita, por los méritos de Su amado Hijo Jesucristo, que nos dé entrada en Su Reino eterno. Amén. Alabo a Dios por Su gran misericordia que nos ha mostrado. Cantad Hosana al Altísimo junto a mí, Cuthbert Symson. ¡Que Dios perdone mis pecados! ¡Pido perdón a todo el mundo, y a todo el mundo perdono, y así abandono el mundo, en la esperanza de una gozosa resurrección!» Si se considera atentamente esta narración, ¡qué imagen tenemos de repetidas torturas! Pero incluso la crueldad de la narración queda excedida por la paciente mansedumbre con la que fueron soportadas. No aparecen expresiones maliciosas, ni invocaciones siquiera a la justicia retributiva de Dios, ni una queja por sufrir sin causa. Al contrario, lo que pone fin a esta narración es la alabanza a Dios, perdón de pecado, y un perdón a todo el mundo. La firme frialdad de este mártir llevó a Bonner a la admiración. Hablando de Symson en el consistorio, dijo: «Veis que persona más apacible es, y luego, hablando de su paciencia, yo diría, si no fuera un hereje, que es la persona de la más grande paciencia que jamás he tenido delante de mí. Tres veces en un día ha sido puesto en la Torre al potro del tormento; también ha sufrido en mi casa, y todavía no he visto rota su paciencia.» El día antes que fuera condenado este piadoso diácono, encontrándose en el cepo en la carbonera del obispo, tuvo una visión de una forma glorificada, que le fue de gran aliento. De esto testificó a su mujer, a la señora Austen, y a otros, antes de su muerte. Junto a este adorno de la Reforma Cristiana fueron prendidos el señor Hugh Foxe y Johh Devinish; los tres fueron traídos ante Bonner el 19 de marzo de 1558, y se les pusieron delante los artículos papistas. Los rechazaron, y fueron por ello condenados. Así como adoraban juntos en la misma sociedad, en Islington, así sufrieron juntos en Smitfield, el 28 de marzo; en la muerte de ellos fue glorificado el Dios de Gracia, y confirmados los verdaderos creyentes.


Thomas Hiason, Thomas Carman y William Seamen


Estos fueron condenados por un fanático vicario de Aylesbury llamado Benry. El lugar de la ejecución se llamaba Lollard's Pit, fuera de Bishopsgate, en Norwich. Después de unirse en humilde ruego ante el trono de la gracia, se levantaron, fueron a la estaca, y fueron rodeados con sus cadenas. Para gran sorpresa de los espectadores, Hudson se deslizó de debajo de sus cadenas y se dirigió al frente. Prevaleció la idea entre la multitud de que estaba a punto de retractarse; otros pensaron que quería pedir más tiempo. Mientras tanto, sus compañeros en la estaca le apremiaron todas las promesas de Dios y con exhortaciones para sostenerlo. Pero las esperanzas de los enemigos de la cruz se vieron frustradas; aquel buen hombre, lejos de temer el más

pequeño terror ante las fauces cada vez más cercanas de la muerte, estaba sólo alarmado por el hecho de que parecía que la faz de su Señor se le ocultaba. Cayendo sobre sus rodillas, su espíritu luchó con Dios, y Dios verificó las palabras de Su Hijo: «Pedid, y recibiréis.» El mártir se levantó con un gozo extasiado, y exclamó: «¡Ahora, gracias doy a Dios, estoy fuerte; y no temo lo que me haga el hombre! Con un rostro sereno se volvió a poner bajo la cadena, uniéndose a sus compañeros de suplicio, y con ellos sufrió la muerte, para consolación de los piadosos y confusión del Anticristo. Berry, sin sentirse saciado por su diabólica acción, convocó a doscientas personas en la ciudad de Aylesham, a las que obligó a arrodillarse en Pentecostés ante la cruz, e inflingió otros castigos. Golpeó a un pobre hombre por una palabra sin importancia, empleando un mayal, golpe que fue mortal. También le dio un puñetazo tal a una mujer llamada Mice Oxes, al verla entrar en el vestíbulo en un momento en que él estaba irritado, que la mató. Este sacerdote era rico, y tenía gran autoridad. Era un réprobo, y, como sacerdote, se abstenía del matrimonio, para gozarse tanto más de una vida corrompida y licenciosa. El domingo después de la muerte de la Reina María estaba de orgía con una de sus concubinas, antes de las vísperas; luego fue a la iglesia, administró un bautismo, y se dirigía de vuelta a su lascivo pasatiempo, cuando fue golpeado por la mano de Dios. Sin tener un momento de oportunidad para arrepentirse, cayó al suelo, y sólo se le permitió exhalar un gemido. En él podemos ver la diferencia entre el fin de un mártir y el de un perseguidor.


La historia de Roger Holland


En un cercado retirado cerca de un campo en Islington se había reunido un grupo de alrededor de cuarenta personas honradas. Mientras se dedicaban religiosamente a la lectura y exposición de las Escrituras, veintisiete de ellas fueron llevadas ante Sir Roger Cholmly. Algunas de las mujeres escaparon, y veintidós fueron llevados a Newgate, quedando en cárcel siete semanas. Antes de ser interrogados fueron informados por el guarda, Alexander, que lo único que precisaban para ser liberados era oír Misa. Por fácil que pueda parecer esta condición, estos mártires valoraban más la pureza de sus conciencias que la pérdida de la vida o de sus propiedades; por ello, trece fueron quemados, siete en Smithfield y seis en Brentwood; dos murieron en prisión, y los otros siete fueron preservados providencialmente. Los nombres de los siete que sufrieron en Smithfield eran H. Pond, R. Estland, R. Southain, M. Ricarby, J. Floyd, J. Holiday, y Roger Holland. Fueron enviados a Newgate el 16 de julio de 1558, y ejecutados el veintisiete. Este Roger Holland, un mercader y sastre de Londres, fue primero aprendiz de un maestro Kempton, en Black Boy en Watling St., dándose a la danza, esgrima, el juego, los baqueteos y las malas compañías. Una vez recibió para su patrón una cierta cantidad de dinero, treinta libras, y lo perdió todo jugando a los dados. Por eso se propuso fugarse al otro lado del mar, bien a Francia, o a Flandes. Con esta decisión, llamó temprano por la mañana a una discreta criada de la casa que se llamaba Elizabeth, que profesaba el Evangelio, y que vivía una vida digna de esta profesión. A ella le reveló la pérdida que había sufrido por su insensatez, lamentando no haber seguido su consejos, y rogándole que le diera a su amo una nota autógrafa en la que reconocía su deuda, que pagaría si le era alguna vez posible; también le rogaba que mantuviera secreta su vergonzosa conducta, para no llevar los cabellos canos de su padre con dolor a una sepultura prematura.

La criada, con una generosidad y unos principios cristianos raramente sobrepasados, consciente de que su imprudencia podría ser su ruina, le dio treinta libras, que era parte de una suma que recientemente había recibido por un testamento. «Aquí tienes el dinero que necesitas: toma tú el dinero, y yo me quedo con la nota; pero con esta expresa condición: que abandones tu vida lasciva y llena de vicio; que ni jures ni hables obscenamente, y que dejes de jugar; porque si haces tal cosa, enseñaré de inmediato esta nota a tu patrón. También quiero que me prometas asistir a la prédica diaria en todos Santos, y el sermón en San Pablo cada domingo; que tires todos tus libros papistas, y que en lugar de ellos pongas el Nuevo Testamento y el Libro de Culto, y que leas las Escrituras con reverencia y temor, pidiendo a Dios Su gracia para que te dirija en su verdad. Ora también fervientemente a Dios que perdone tus anteriores pecados, y que no recuerde los pecados de tu juventud; y que de Su favor recibas el temor de quebrantar Sus leyes o de ofender Su majestad. Así te guardará Dios y te concederá el deseo de tu corazón.» Tenemos que honrar la memoria de esta excelente criada, cuyos piadosos esfuerzos estaban igualmente dirigidos a beneficiar al irreflexivo joven en esta vida y en la venidera. Dios no permitió que el deseo de esta excelente criada se perdiera en un suelo estéril; al cabo de medio año el licencioso Holland se transformó en un celoso confesor del Evangelio, y fue instrumento para la conversión de su padre y de otros a los que visitó en Lancashire, para consuelo espiritual de ellos y reforma y salida del papismo. Su padre, complacido con su cambio de conducta, le dio cuarenta libras para que comenzara su negocio en Londres. Luego Roger volvió a Londres, y fue a la criada que le había dejado el dinero para pagar a su patrón, y le dijo: «Elizabeth, aquí está el dinero que me prestaste; y por la amistad, buena voluntad y buen consejo que he recibido de ti no puedo pagarte más que haciendo de ti mi esposa. » Y poco después se casaron, lo que tuvo lugar en el primer año de la Reina María. Después de esto permaneció en las congregaciones de los fieles, hasta que fue apresado, junto con los otros seis mencionados. Y después de Roger Holland, nadie más sufrió en Smithfield por el testimonio del Evangelio; gracias sean dadas a Dios.


Flagelaciones administradas por Bonner


Cuando este cruel católico vio que ni las persuasiones, ni las amenazas y la prisión podían producir alteración alguna en la mente de un joven llamado Thomas Hinshaw, lo mandó a Fulham, y durante la primera noche lo puso en el cepo, sin otro alimento que pan y agua. A la mañana siguiente fue a ver si este castigo había llevado a cabo algún cambio en su mente, pero al ver que no, envió a su arcediano, el doctor Harpsfield, para conversar con él. El doctor pronto perdió el humor ante sus contestaciones, lo tildó de rencilloso, y le preguntó si se daba cuenta de que con tal actitud iba a condenar su alma. «De lo que estoy seguro,» le dijo Thomas, «es de que os dedicáis a promover el tenebroso reino del mal, no el amor a la verdad.» Estas palabras las transmitió el doctor al obispo, que con una pasión que casi le impedía articular las palabras, le dijo: «¿Así contestas tú a mi arcediano, chico perverso.? ¡Pues sabe que voy a domeñarte! » Le trajeron entonces dos ramas de sauce, y haciendo que el chico, que no opuso resistencia alguna, se arrodillara frente a un largo banco en una enramada de su jardín, lo azotó hasta que se vio obligado a cesar por faltarle el aliento y estar agotado. Una de las varas quedó totalmente destrozada.

Muchos otros sufrimientos conflictos padeció Hinshaw a manos del obispo; éste, al final, para eliminarlo, se consiguió falsos testigos que presentaran falsas acusaciones contra él, todas las cuales el joven negó, y, en resumen, se negó a responder a ningún interrogatorio que le hicieran. Quince días después de esto, el joven fue atacado por unas fiebres ardientes, y a petición de su patrón, el señor Pugson, del patio de la iglesia de San Pablo, fue sacado, no dudando el obispo que le había procurado la muerte de manera natural; sin embargo, permaneció enfermo durante más de un año, y durante este tiempo murió la Reina María, por el cual acto de la Providencia escapó a la furia de Bonner.

John Willes fue otra fiel persona sobre la que cayeron los azotes de Bonner. Era hermano de Richard Willes, ya mencionado, que fue quemado en Brentford. Hinshaw y Willes fueron encerrados juntos en la carbonera de Bonner, y luego llevados a Fulham, donde él y Hinshaw permanecieron durante ocho o diez días en cepos. El espíritu perseguidor de Bonner se manifestó en el trato que le propinó a Willes durante sus interrogatorios, golpeándole frecuentemente en la cabeza con un palo, agarrándolo por las orejas y golpeándolo debajo del mentón, diciendo que bajaba la cabeza como un bandido. Al no conseguir con esto ningún indicio de retractación, lo llevó a su arboleda, y allí, bajo una enramada, lo azotó hasta que quedó agotado. Esta cruel ferocidad la suscitó una respuesta del pobre sufriente, que al preguntársele cuanto tiempo hacía que no había acudido de rodillas ante el crucifijo, dijo que «no lo he hecho desde la edad de la razón, ni lo haré aunque me despedacen con caballos indómitos.» Bonner entonces le mandó que se hiciera la señal de la cruz sobre la frente, lo cual rehusó hacer, y entonces lo llevó a la arboleda. Un día, mientras Willes estaba en el cepo, Bonner le preguntó que tal le gustaba su alojamiento y comida «Bien me iría,» repuso él, «tener algo de paja sobre la que sentarme o echarme.» Justo entonces entró la mujer de Willes, entonces en avanzado estado de gestación, rogándole al obispo por su marido, y diciéndole valientemente que pariría allí si no se le permitía a su marido acompañarla a su propia casa. Para librarse de la importunidad de la buena mujer, y de los problemas de una parturienta en su palacio, le dijo a Willes que hiciera la señal de la cruz y que dijera: In nomine Patris, et Filli, et Spiritus Sancti, Amén. Willes omitió la señal, y repitió las palabras: «En nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, Amén.» Bonner quiso que repitiera las palabras en latín, a lo que Willes no puso objeción, al conocer el significado de las palabras. Luego le permitió que se fuera a su casa con su mujer, estando encargado su pariente Robert Rouze de llevarlo a San Pablo al día siguiente, a donde fue por sí mismo, y firmando un intrascendente documento latino, fue dejado en libertad. Él era el último de los veintidós apresados en Islington.


El Rev. Richard Yeoman


Este devoto anciano era vicario del doctor Taylor, en Hadley, y estaba sumamente calificado para su sagrada función. El doctor Taylor le dejó la vicaría al irse, pero tan pronto como el señor Newall recibió el cargo depuso al señor Yeoman, poniendo en su lugar a un sacerdote romanista. Después de esto, el señor Yeoman fue de lugar en lugar, exhortando a todos los hombres a mantenerse firmes en la Palabra de Dios, a darse fervorosamente a la oración, con paciencia para sobrellevar la cruz que ahora se ponía sobre ellos para su prueba, con valor para confesar la verdad delante de sus adversarios, y con una esperanza firme para esperar la corona y la recompensa de la dicha eterna. Pero cuando vio que sus adversarios estaban acosándole, se dirigió a Kent, y con un pequeño paquete de encajes, agujas, corchetes y otras piezas fue de

pueblo en pueblo, vendiendo estos artículos, y subsistiendo de esta manera y manteniendo a su mujer y a sus hijos. Finalmente, el juez Moile, de Kent, apresó al señor Yeoman, y lo puso en el cepo un día y una noche; pero, no teniendo nada concreto de qué acusado, lo dejó libre. Volviendo él en secreto a Hadley, se quedó con su pobre mujer, que lo ocultó en una cámara del ayuntamiento, llamado el Guildhall, durante más de un año. Durante este tiempo el buen anciano padre pasaba los días encerrado en una estancia todo el día, pasando su tiempo en devota oración, en la lectura de las Escrituras y en cardar la lana que su mujer hilaba. Su mujer también pedía pan para ella y sus hijos, y con estos precarios medios se sustentaban. Así, los santos de Dios padecían hambre y miseria, mientras que los profetas de Baal vivían en banqueteos y eran costosamente agasajados a la mesa de Jezabel. Al ser dada información a Newall finalmente de que Yeoman estaba siendo escondido por su mujer, éste acudió, asistido por soldados, y violentó la estancia donde estaba el objeto de su búsqueda, en cama con su mujer. Reprochó a la pobre mujer de ser una ramera, y hubiera arrancado las ropas de la cama de manera indecente, pero Yeoman resistió tanto este acto de violencia como el ataque contra el buen carácter de su mujer, añadiendo que desafiaba al Papa y al papismo. Fue luego sacado fuera y puesto en el cepo hasta que se hizo de día. En la jaula en que fue puesto estaba también un anciano llamado John Dale, que había estado allí tres o cuatro días, por haber exhortado al pueblo durante el tiempo en que Newall y su vicario estaban celebrando la liturgia. Sus palabras fueron: «¡Oh guías ciegos y miserables! ¿Vais a ser siempre ciegos guías de ciegos? ¿No vais a corregiros nunca? ¿No querréis ver la verdad de la Palabra de Dios? ¿No entrarán en vuestros corazones ni las amenazas ni las promesas de Dios? ¿No suavizará la sangre de los mártires vuestras pétreas entrañas? ¡Ah, generación endurecida, de duro corazón, perversa y torcida, a la que nada puede hacer bien!» Estas palabras las pronunció en el fervor de su espíritu contra la supersticiosa religión de Roma; por ello, Newall lo hizo apresar en el acto, y puesto en el cepo en una jaula, donde fue guardado hasta que llegó el juez Sir Henry Dolle, a Hadley. Cuando Yeoman fue tomado, el párroco le pidió apremiantemente a Sir Henry Doile que enviara a ambos a prisión. Sir Henry Doile le pidió igual de apremiante que considerara la edad de los hombres, y su mísera condición; no eran ni personas destacadas, ni predicadores; por ello le propuso que los dejara castigados uno o dos días, y soltarlos, al menos a John Dale, que no era sacerdote, y que por ello, como había estado ya tanto tiempo en la jaula, consideraba que era ya un castigo suficiente para su edad. Cuando el párroco oyó esto, montó en cólera, y fuera de sí de rabia los llamó herejes pestíferos, indignos de vivir en un estado cristiano. Temiendo Sir Henry mostrarse demasiado misericordioso, Yeoman y Dale fueron maniatados, atados como bandidos con sus piernas bajo los vientres de caballos, y llevados a la cárcel de Bury, donde fueron cargados de hierros; y debido a que de continuo reprendían el papismo, fueron metidos en la mazmorra más profunda, donde John Dale, por la enfermedad carcelaria y los malos tratos, murió poco tiempo después. Su cadáver fue echado fuera y sepultado en los campos. Murió a los sesenta y seis años. Su profesión era tejedor, y era buen conocedor de las Sagradas Escrituras, y firme en su confesión de las verdaderas doctrinas de Cristo tal como habían sido expuestas en tiempos del Rey Eduardo. Por ellas padeció prisión y cadenas, y desde esta cárcel terrena partió para estar con Cristo en la gloria eterna, y el bendito paraíso de la felicidad que no conoce fin. Después de la muerte de Dale, Yeoman fue llevado a la cárcel de Norwich, donde, tras sufrir un tratamiento muy duro, fue interrogado acerca de su fe, y se le exigió que se sometiera al

santo padre el Papa. «Lo reto (dijo él), y desafió todas sus detestables abominaciones; no voy a tener nada que ver con él en absoluto.» Las principales acusaciones de que fue objeto fueron su matrimonio y su rechazo del sacrificio de la Misa. Al verlo que continuaba firme en la verdad, fue condenado, degradado y no sólo quemado, sino también muy cruelmente atormentado en el fuego. Así terminó él esta pobre y mísera vida, y entró en el bienaventurado seno de Abraham, gozando con Lázaro de aquel reposo que Dios ha dispuesto para Sus elegidos.


Thomas Bendridge


El señor Benbridge era un caballero soltero, en la diócesis de Winchester. Hubiera podido vivir una vida desahogada, en las ricas posesiones de este mundo; pero prefirió antes entrar por la estrecha puerta de la persecución a la posesión celestial de la vida en el Reino del Señor, que gozar de placeres presentes con la conciencia agitada. Manteniéndose valerosamente frente a los papistas por la defensa de la sincera doctrina del Evangelio de Cristo, fue prendido como adversario de la religión romanista, y llevado a ser interrogado ante el obispo de Winchester, donde sufrió varios conflictos por la verdad contra el obispo y su colega. Fue por ello condenado, y algún tiempo después conducido al lugar del martirio por Sir Richard Pecksal, alguacil mayor. Cuando llegó a la estaca comenzó a desatarse las lazadas de su ropa y a prepararse; luego le dio su capa al guarda, a modo de pago. Su justillo llevaba encaje de oro, y lo dio a Sir Richard Pecksal, el alguacil mayor. Se quitó el gorro de terciopelo de la cabeza, y lo echó lejos. Luego, elevando su mente al Señor, se dedicó a la oración. Cuando fue encadenado a la estaca, el doctor Seaton le rogó que se retractara, y que tendría el perdón; pero cuando vio que nada lo movía, le dijo a la gente que no oraran por él a no ser que quisiera retractarse, como tampoco orarían por un perro. Estando el señor Bendridge, de pie junto a la estaca y con las manos juntas a la manera en que los sacerdotes las sostienen en el Memento, volvió a dirigirse a él, exhortándole a que se retractara, y a él le respondió: «¡Fuera, fuera, Babilonia!» Uno que estaba cerca dijo: «¡Señor, cortadle la lengua!» Otro, un seglar, lo maldijo peor que lo había hecho el doctor Seaton. Cuando vieron que no estaba dispuesto a ceder, mandaron a los atormentadores que encendieran la pira, antes que quedara cubierta del todo con haces de leña. El fuego prendió primero en un trozo de su barba, ante lo que no se inmutó. Luego pasó al otro lado, y prendió en sus piernas y siendo de cuero las medias interiores, hicieron que sintiera el fuego tanto más intensamente, con lo que el intolerable dolor le hizo exclamar: «¡Me retracto!, y echó repentinamente el fuego fuera de él. Dos o tres de sus amigos, que estaban al lado, querían salvarlo; se lanzaron al fuego para ayudar a apagarlo, y por esta bondad fueron encarcelados. El alguacil, también, de su autoridad, lo sacó de la estaca, y mandó llevado a la cárcel, por lo que lo que fue mandado a fleet, y allí estuvo un tiempo. Sin embargo, antes de ser sacado de la estaca, el doctor Seaton escribió unos artículos para que los firmara. Pero el señor Benbridge hizo tales objeciones que el doctor Seaton ordenó que volvieran a poner fuego a la pira. Entonces, con mucho dolor y tristeza de corazón, firmó los mismos sobre la espalda de un hombre. Hecho esto, le devolvieron su capa, y fue devuelto a la cárcel. Mientras estaba allí, escribió una carta al doctor Seaton, retractándose de aquellas palabras que había dicho en la estaca y de los artículos que había firmado, porque se sentía dolido de haberlos firmado jamás. ¡Que el Señor les de arrepentimiento a sus enemigos!

La señora Prest Por la cantidad de personas condenadas en este fanático reinado, es casi imposible obtener el nombre de cada mártir, ni detallar la historia de cada uno de ellos con anécdotas y ejemplos de la conducta cristiana. Gracias sean dadas a la Providencia, nuestra cruel tarea comienza a llegar a su fin, con el fin de este reinado de terror papal y de derramamiento de sangre. Los monarcas que se sientan en tronos poseídos por derecho hereditario deberían, más que nadie, considerar que las leyes de la naturaleza son las leyes de Dios, y que por ello la primera ley de la naturaleza es la preservación de sus súbditos. Las tácticas de persecución, de tortera y de muerte deberían dejarlas a aquellos que han alcanzado la soberanía por el fraude o la espada; pero, ¿dónde, excepto entre unos pocos locos emperadores de Roma y los pontífices romanos, encontraremos a nadie cuya memoria esté tan «maldita a una fama eterna» como la de la Reina María? Las naciones lloran la hora que los separa para siempre de un gobernante amado, pero, por lo que respecta al María, fue la hora más bendita de todo su reinado. El cielo ha ordenado tres grandes azotes por pecados nacionales: la plaga, la pestilencia y el hambre. Fue voluntad de Dios en el reinado de María de lanzar un cuarto azote sobre este reino, bajo la forma de persecuciones papistas. Fue un tiempo angustioso, pero glorioso; el fuego que consumió a los mártires ha minado el papado; y los estados católicos, actualmente los más fanáticos y entenebrecidos, son los que se encuentran más bajos en la escala de la dignidad moral y de la relevancia política. ¡Que así permanezcan, hasta que la pura luz del Evangelio disipe las tinieblas del fanatismo y de la superstición! Pero volvamos a nuestro relato. La señora Prest vivió durante un tiempo en Comualles, donde tenía a su marido e hijos, cuyo fanatismo la obligaba a frecuentar las abominaciones de la Iglesia de Roma. Resolviendo actuar conforme le dictaba su conciencia, los abandonó y comenzó a ganarse la vida hilando. Después de un tiempo, volviendo a su casa, fue denunciada por sus vecinos, y llevada a Exeter, para ser interrogada ante el doctor Troubleville y por su canciller Blackston. Por cuanto esta mártir era considerada de inferior inteligencia, la pondremos en competición con el obispo, para ver quién tenía un mejor conocimiento conducente a la vida eterna. Al llevar el obispo el interrogatorio a su desenlace acerca del pan y el vino, que él afirmaba eran carne y sangre, la señora Prest dijo: «Os preguntaré yo a vos si podéis negar vuestro credo, que dice que Cristo está perpetuamente sentado a la diestra de Su Padre, en cuerpo y alma, hasta que vuelva; o que Él está en el cielo como nuestro Abogado, para interceder por nosotros ante Dios Su Padre. Si es así, Él no está en la tierra en un trozo de pan. Si Él no está aquí, y si no mora en templos hechos con manos, sino en el cielo, ¿qué?, ¿le buscaremos aquí? Si Él no ofreció Su cuerpo una vez para siempre, ¿por qué hacéis otra nueva ofrenda? Si con una ofrenda lo hizo todo a la perfección, ¿por qué vosotros con una falsa ofrenda lo hacéis todo imperfecto? Si él debe ser adorado en espíritu y en verdad, ¿por qué adoráis un trozo de pan? Si Él es comido y bebido en fe y verdad; si Su carne no es provechosa para estar entre nosotros, ¿por qué decís vosotros que hacéis que Su carne y sangre, diciendo que es provechosa tanto para el cuerpo como para el alma? ¡Ay! Yo soy una pobre mujer, pero antes que hacer lo que decís, prefiero no vivir más. He acabado, señor.» Obispo. Tengo que decir que eres una protestante a carta cabal. ¿Puedo preguntarte en qué escuela te has educado? Señora Prest. Los domingos he atendido a los sermones, y en ellos he aprendido las cosas que están tan dentro de mi pecho que la muerte no las separará. Ob. Ah, mujer insensata! ¿Quién malgastará el aliento contigo, o con las que son como tú? ¿Pero por qué te alejaste de tu marido? Si fueras una mujer honrada, no habrías dejado a tu marido y a tus hijos, para merodear así por el país como una fugitiva.

Sra. P. Señor, he trabajado para vivir; y mi Señor, Cristo, me aconseja que cuando me persigan en una ciudad, huya a la otra. Ob. ¿Quién te perseguía? Sra. P. Mi marido y mis hijos. Porque cuando hubiera querido que abandonasen la idolatría y adoraran al Dios del cielo, no me quisieron escuchar, sino que él y sus hijos me reprendieron y me angustiaron. No huí para hacer de ramera, ni para robar, sino porque no quería tener parte con él y los suyos del abominable ídolo de la Misa; y allá donde yo fuera, y tan frecuentemente como pude, en domingos y festividades, daba excusas por no ir a la iglesia papista. Ob. Pues buena mujer eras, huyendo de tu marido y de la Iglesia. Sra. P. Quizá no seré una excelente ama de casa; pero Dios me ha dado la gracia de ir a la verdadera Iglesia. Ob. La verdadera Iglesia: ¿qué quieres decir con eso? Sra. P. No tu Iglesia papista, llena de ídolos y de abominaciones, sino allí donde hay dos o tres reunidos en el nombre de Dios, a esta Iglesia iré yo mientras viva. Ob. Parece que quieras tener tu propia iglesia. Bien, que esta mujer sea puesta en prisión hasta que llamemos a su marido. Sra. P. No, yo sólo tengo un marido, que está ya en esta cárcel y en la cárcel conmigo, y de quien nunca me separaré. Algunas personas trataron de convencer al obispo de que ella no estaba en sus cabales, y se le permitió irse. El guarda de las cárceles del obispo la acogió en su casa, donde o bien hilaba, trabajando como criada, o bien deambulaba por la calle, hablando acerca del sacramento del altar. Enviaron a buscar a su marido para que se la llevara a casa, pero ella rehusó mientras pudiera servir a la causa de la religión. Era demasiado activa para estar mano sobre mano, y su conversación, que ellos pensaban era de una simplona, atrajo la atención de varios sacerdotes y frailes católicos. La acosaban con preguntas, hasta que enviados por el obispo, y otros de su propia voluntad. Entre estos estaba ella les respondió con ira, y esto excitó la risa de ellos ante su seriedad. «No», dijo ella, «tenéis más necesidad de llorar que de reír, y de sentiros tristes de haber nacido, para ser capellanes de esta ramera que es Babilonia. La desafío a ella y a todas sus falsedades; y apartaos de mi, que sólo hacéis que turbar mi conciencia. Querríais que siguiera vuestras acciones; antes perderé mi vida. Os ruego que os vayáis.» «¿Por qué, insensata?», dijeron ellos, «Venimos para tu provecho y para salud de tu alma.» Ella contestó: «¿Qué provecho dais vosotros, que no enseñáis nada más que mentiras por verdades? ¿Cómo salváis vosotros almas, cuando no enseñáis nada sino mentiras y destruís almas?» «¿Cómo demuestras tú esto?» le dijeron ellos. «¿Acaso no destruís vosotros almas cuando enseñáis a la gente a dar culto a ídolos, palos y piedras, las obras de las manos de los hombres? ¿Y a adorar un dios falso de vuestra factura, hecho con un trozo de pan, enseñando que el Papa es vicario de Dios, y que tiene poder para perdonar pecados? ¿Y que hay un purgatorio, cuando el Hijo de Dios lo ha purificado todo mediante Su sacrificio una vez para siempre? ¿No enseñáis a la gente a contar sus pecados en vuestros oídos, y decís que se condenarán si no los confiesan todos, cuando la Palabra de Dios dice: ¿Quien puede contar sus pecados? ¿No les prometéis treintenas, y requiems, y Misas por sus almas, y vendéis vuestras oraciones por dinero, y hacéis que compren perdones, y confiáis en estos insensatos inventos de vuestras imaginaciones? ¿No actuáis totalmente contra Dios? ¿No

nos enseñáis a orar con rosarios, y a orar a santos, y a decir que ellos pueden orar por nosotros? ¿No hacéis agua bendita y pan bendito para ahuyentar a los demonios? ¿Y no hacéis millares más de abominaciones? ¿Y aún decís que venís para provecho mío, para salvar mi alma. No, no, hay uno que me ha salvado. Adios, vosotros y vuestra salvación.» Durante la libertad que le había sido concedida por el ya mencionado obispo, fue a la Iglesia de San Pedro, y allí vio a un perito holandés que estaba poniendo narices nuevas a ciertas bellas imágenes que habían sido desfiguradas durante el reinado del Rey Eduardo. Entonces le dijo: «¡Qué loco estás, para hacerles narices nuevas, cuando dentro de pocos días todas perderán la cabeza!» El holandés la maldijo, y la maltrató durament9 de palabra. Y ella le replicó: «Tu eres maldito, y así también tus imágenes.» El la llamó ramera. «No,» dijo ella, «sino que tus imágenes son rameras, y vas de ramería; porque ¿no dice Dios: «vosotros os prostituís tras dioses extraños, figuras de vuestras propias manos?» y tú eres uno de ellos.» Después de esto se dio orden que fuera encerrada, y ya no pudo gozar más de la libertad. Durante el tiempo de su encarcelamiento, muchos la visitaron, algunos enviados por el obispo, y otros de su propia voluntad. Entre estos estaba un tal Daniel, un gran predicador del Evangelio, en los tiempos del Rey Eduardo, por los lugares de Cornualles y Devonshire, pero que, por la dura persecución sufrida, había recaído. Ella lo exhortó apremiantemente a que se arrepintiera como Pedro, y a que fuera más firme en su confesión. La señora Walter Rauley y los señores William y John Kede, personas muy respetables, dieron abundante testimonio de su piadosa conversación, diciendo que a no ser que Dios hubiera estado con ella, sería imposible que hubiera podido defender con tanta capacidad la causa de Cristo. La verdad es que, para recapitular el carácter dc esta mujer, unía la serpiente y la paloma, abundando en la más alta sabiduría con la mayor sencillez. Soportó encarcelamientos, amenazas, escarnios, y los más viles insultos, pero nada pudo inducirla a desviarse; su corazón estaba fijo; había echado su anda; y no podían todas las heridas de la persecución sacarla de la roca en la que estaban erigidas todas sus esperanzas de dicha. Tal era su memoria que, sin haber hecho estudios, podía decir en qué capitulo estaba cualquier texto de la Escritura; debido a esta singular capacidad, un tal Gregorio Basset, extremado papista, dijo que estaba loca, y que hablaba como una cotorra, sin sentido alguno. Al final, tras haber probado sin éxito todos los medios para hacerla nominalmente católica, la condenaron. Después de esto, alguien la exhortó a abandonar sus opiniones y a volverse a su casa, a su familia, por cuanto era pobre y analfabeta. «Cierto es (dijo ella), y aunque no tengo cultura estoy feliz de ser testigo de la muerte de Cristo, y espero que no os retardéis ya más conmigo, porque mi corazón está fijado, y nunca diré nada distinto, ni me volveré a vuestros caminos de superstición.» Para oprobio del señor Blackston, tesorero de la iglesia, éste hombre solía mandar a buscar de la cárcel con frecuencia a esta pobre mártir, para divertirse con ella tanto él como una mujer que mantenía; le hacia preguntas religiosas, y ridiculizaba sus respuestas. Hecho esto, la volvía a mandar a su mísera mazmorra, mientras que él se solazaba con las cosas buenas de este mundo. Quizá había algo sencillamente ridículo en la forma de la señora Prest, porque era baja, gruesa y de unos cincuenta y cuatro años de edad; pero su rostro era alegre y vivaz, como si preparada para el día de su matrimonio con el Cordero. Burlarse de su forma era una acusación indirecta contra su Creador, que le dio la forma que El consideró más idónea, y que le dio una mente muy trascendente a las dotes fugaces de la carne que perece. Cuando le ofrecieron dinero,

lo rechazó, diciendo: «voy a una ciudad donde el dinero no tiene poder, y mientras esté aquí, Dios ha prometido alimentarme.» Cuando se leyó la sentencia condenándola a las llamas, ella levantó su voz y alabó a Dios, añadiendo: «Este día he hallado aquello que tanto tiempo había buscado.» Cuando la tentaron para que se retractara, dijo: «No lo haré; Dios no quiera que yo pierda la vida eterna por esta vida camal y breve. Nunca me apartaré de mi esposo celestial a mi esposo terrenal; de la comunión de los ángeles a la de hijos mortales; y si mi marido e hijos son fieles, entonces yo soy de ellos. Dios es mi padre, Dios es mi madre, Dios es mi hermana, mi hermano, mi pariente; Dios es mi amigo, el más fiel.» Entregada al alguacil mayor, fue llevada por el oficial al lugar de ejecución, fuera de las murallas de Exeter, llamado Sothenhey, donde de nuevo los supersticiosos sacerdotes la asaltaron. Mientras estaban atándola a la estaca, ella exclamaba de continuo: «¡Dios, ten piedad de mí, pecadora!» Soportando pacientemente el fuego devorador, quedó reducida a cenizas, y así acabó una vida que no fue superada en cuanto a una inmutable fidelidad a la causa de Cristo por ningún mártir precedente.


Richard Sharpe, Thomas Banion y Thomas Hale


El señor Sharpe, tejedor, fue llevado el nueve de marzo de 1556 delante del doctor Dalby, canciller de la ciudad de Briston, y después de un interrogatorio referente al Sacramento del altar, fue persuadido para que se retractara; y en el veintinueve se le ordenó que pronunciara su retractación en la iglesia parroquial. Pero apenas si había reconocido su recaída en público que comenzó a sentir en su conciencia tal tormento que no se sintió capaz de trabajar en su profesión; por ello, poco tiempo después, un domingo, entró en la iglesia parroquial, llamada Temple, y después de la Misa mayor se puso en la puerta del coro, y dijo en voz alta: «¡Vecinos, sed testigos de que este ídolo aquí (señalando al altar) es el más grande y abominable que jamás haya existido; y siento haber jamás negado a mi Señor y Dios! » A pesar de que los policías recibieron orden de detenerle, se le permitió salir de la iglesia; pero por la noche fue prendido y llevado a Newgate. Poco después, negando delante del canciller que el Sacramento del altar fuera el cuerpo y la sangre de Cristo, fue condenado por el señor Dalby a ser quemado. Y quemado fue el siete de mayo de 1558, muriendo piadosa y pacientemente, firme en su confesión de los artículos de fe protestantes. Con él sufrió Thomas Hale, un zapatero de Bristol, que fue condenado por el Canciller Dalby. Estos mártires fueron atados espalda a espalda Thomas Banion, tejedor, fue quemado el 27 de agosto de aquel mismo año, muriendo por la causa evangélica de su Salvador. J. Corneford, de Wortham; C. browne, de Maidstone; J. Herst, de Ashford; Alice Snoth y Catherine Knight, una anciana mujer. Es con placer que observamos que estos cinco mártires fueron los últimos en padecer en el reinado de María por la causa protestante; pero la malicia de los papistas se manifestó en el apresuramiento del martirio de los mismos, que pudo haberse retardado hasta que se hubiera dado el desenlace de la enfermedad de la reina. Se informa que el arcediano de Canterbury, pensando que la repentina muerte de la reina suspendería la ejecución, viajó por la posta desde Londres, para tener la satisfacción de añadir otra página a la negra lista de los sacrificios papistas.

Las acusaciones contra ellos eran, como generalmente, los elementos sacramentales y la idolatría de inclinarse ante imágenes. Ellos citaban las palabras de San Juan, «Guardaos de los ídolos», y, con respecto a la presencia real, apremiaban, según San Pablo, que «las cosas que se ven son temporales.» Cuando estaba para leerse la sentencia en contra de ellos, y tener lugar la excomunión en la forma regular, John Corneford, iluminado por el Espíritu Santo, volvió terriblemente este procedimiento contra ellos, y de una manera solemne e impresionante, recriminó su excomunión con las siguientes palabras: «En el nombre de nuestro Señor Jesucristo, el Hijo del Dios Omnipotente, y por el poder de Su Espíritu Santo, y la autoridad de Su santa Iglesia Católica y Apostólica, entregamos aquí en manos de Satanás para su destrucción, los cuerpos de todos estos blasfemos y herejes que mantengan error alguno contra Su santísima Palabra, o que condenen Su santísima verdad como herejía, para mantener cualquier falsa o extraña religión, para que por este tu santo juicio, oh poderosísimo Dios, contra tus adversarios, tu verdadera religión pueda ser conocida para tu gran gloria y nuestra consolación y la edificación de toda nuestra nación. Buen Señor, que así sea. Amén.» Esta sentencia fue pronunciada en público y registrada, y, como si la Providencia hubiera decretado que no fuera dada en vano, al cabo de seis días murió la Reina María, detestada por todos los buenos hombres, y maldecida por Dios. Aunque familiarizado con estas circunstancias, la implacabilidad del arcediano excedió a la de su gran ejemplo, Bonner, que, aunque tenía a varias personas en aquel tiempo en su poder, no apremió que fueran muertas con premura, dándoles con este retardo la oportunidad de escapar. Al morir la reina, muchos estaban encarcelados; otros estaban acabados de apresar; algunos, interrogados, y otros ya condenados. Lo cierto es que ya había órdenes emitidas para varias quemas, pero por la muerte de los tres instigadores de los asesinatos de protestantes, el canciller, el obispo y la reina, que murieron casi al mismo tiempo, las ovejas condenadas fueron liberadas y vivieron muchos años para alabar al Señor por su feliz liberación. Estos cinco mártires, en la estaca, oraron fervorosamente que su sangre fuera la última derramada, y no fue vana su oración. Murieren gloriosamente, y consumaron el número que Dios había seleccionado para dar testimonio a la verdad en aquel terrible reinado, y sus nombes están escritos en el Libro de la vida. Aunque fueron los últimos, no estuvieren entre los menores de los santos hechos aptos para la inmortalidad por medio de la sangre redentora del Cordero. Catharine Finlay, alias Knight, fue convertida por su hijo, que le expuso las Escrituras, lo que obró en ella una gran obra que se consumó con su martirio Alice Snoth, en la estaca, envió a buscar a su abuela y a su padrino, y les proclamó los artículos de su fe y los Mandamientos de Dios, convenciendo así al mundo de que conocía su deber. Murió clamando a los espectadores que fueran testigos de que era cristiana, y padeció gozosa por el testimonio del Evangelio de Cristo.


William Fetty azotado hasta morir


Entre las innumerables atrocidades cometidas por el inmisericorde e insensible Bonner, se puede poner el asesinato de este inocente niño como el más horrendo. Su padre, John Fetty, de la parroquia de Clerkenwell, sastre de profesión, tenía sólo veinticuatro años, y había hecho una bienaventurada elección; se había fijado de manera segura en una esperanza eterna, y se confió a Aquel que edifica de tal manera Su Iglesia que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Pero ¡ay!, la misma esposa de su seno, cuyo corazón se había endurecido contra la verdad, y cuya mente estaba influenciada por los maestros de la falsa doctrina, se volvió en su acusadora.

Brokenbery, papista y párroco de aquella parroquia, recibió la información de esta traidora Dalila, y como resultado de ello el pobre hombre fue apresado. Pera entonces cayó el terrible juicio de un Dios siempre justo, que es «muy limpio de ojos... para ver el mal», cayó sobre esta endurecida y pérfida mujer, porque tan pronto fue arrestado su traicionado marido por su malvada acción, que repentinamente cayó en un ataque de locura, exhibiendo un ejemplo terrible y despertador del poder de Dios para castigar a los malvados. Esta terrible circunstancia tuvo algún efecto sobre los corazones de los impíos cazadores que habían buscado anhelantes su presa; en un momento de aplacamiento le permitieron quedarse con su indigna mujer, devolverle bien por mal, y sostener a dos hijos, que, si él hubiera sido enviado a la cárcel, se habrían quedado sin protector, o habrían llegado a ser una carga para la parroquia. Como los malos hombres actúan por motivos mezquinos, podemos atribuir la indulgencia mostrada a esta última razón. Hemos visto en la primera parte de nuestra narración acerca de los mártires a algunas mujeres cuyo afecto para con sus maridos las llevó incluso a sacrificar sus propias vidas para preservar a sus maridos; pero aquí, en conformidad con el lenguaje de las Escrituras, una madre resulta ser en verdad un monstruo de la naturaleza. Ni el afecto conyugal ni el materno podía ejercer efecto alguno en el corazón de esta indigna mujer. Aunque nuestro afligido cristiano había experimentado tal crueldad y falsedad de parte de aquella mujer que le estaba sujeta por todos los vínculos humanos y divinos, sin embargo, con un espíritu manso y paciente le soportó sus malas acciones, tratando durante su calamidad aliviar su dolencia, y calmándola con todas las posibles expresiones de ternura. Así, en pocas semanas quedó casi restaurada a su sano juicio. Pero ¡ ay!, volvió de nuevo a su pecado, «como un perro vuelve a su vómito.» La malignidad contra los santos del Altísimo estaba arraigada en su corazón demasiado fuertemente para poder ser eliminada; y al volver sus fuerzas, también con ellas volvió su inclinación a cometer maldad. Su corazón estaba endurecido por el príncipe de las tinieblas, y a ella se pueden aplicar estas palabras tan entristecedoras y desalentadoras: «¿Mudará el etíope su piel, y el leopardo sus manchas? Así también podréis vosotros hacer el bien, estando habituados a hacer el mal.» Ponderando este texto de manera debida con otro: «Tendré misericordia del que tendré misericordia», ¿cómo pretenderemos desvirtuar la soberanía de Dios llamando a Jehová ante el tribunal de la razón humana, que, en cuestiones religiosas, está demasiado a menudo opuesta por la sabiduría infinita? «Ancha es la puerta, y espacioso el camino que lleva perdición, y muchos son los que entran por ella. Estrecha es la puerta, y angosto el camino que lleva a la vida, y pocos son los que la hallan.» Los caminos del cielo son verdaderamente inescrutables, y es nuestro deber inexcusable caminar siempre en dependencia de Dios, mirándole en humilde confianza, esperando en Su bondad, y confesando siempre Su justicia; y allí donde «no podamos comprender, allí aprendamos a confiar». Esta desgraciada mujer, siguiendo los horrendos dictados de un corazón endurecido y depravado, apenas si quedó confirmada en su recuperación, que, ahogando los dictados del honor, de la gratitud y de todo afecto natural, de nuevo volvió a denunciar a su marido, que file una vez más apresado, y llevado ante Sir John Mordant, caballero y uno de los comisionados de la Reina María. Tras su interrogatorio, encontrándolo su juez firme en sus opiniones, que militaban contra las abrigadas por la superstición y sustentadas por la crueldad, lo sentenció a encierro y tortura en la Torre de los Lolardos. Allí lo pusieron en un doloroso cepo, y junto a él pusieron un plato de agua con una piedra dentro, sólo Dios sabiendo con qué propósito, a no ser que fuera para mostrar que no debía esperar otro alimento, cosa bien creíble si consideramos sus prácticas

semejantes contra otros antes mencionados en esta narración; corno, entre otros, contra Richard Smith, que murió bajo su cruel encarcelamiento; entre otros detalles de crueldad se da que cuando una mujer piadosa file a pedirle al doctor Story permiso para enterrarlo, éste le pregunto a la mujer si había alguna paja o sangre en el cadáver de Smith; pero dejo a juicio de los sabios qué era lo que quería decir con esto. El primer día de la tercera semana de los sufrimientos de nuestro mártir, se le presentó algo ante su vista que le hizo ciertamente sentir sus tormentos con toda su intensidad, y execrar, con una amargura justo deteniéndose para no maldecir, a la autora de su desgracia. Observar y castigar los procedimientos de sus atormentadores queda para el Altísimo, que ve la caída de un pajarillo, y en cuya santa Palabra está escrito: «Mía es la venganza; yo daré el pago.» Esto que vio file su propio hijo, un niño a la tierna edad de ocho años. Durante quince días su impotente padre había estado suspendido por su atormentador por cl brazo derecho y la pierna izquierda, y a veces por ambos miembros, cambiándole la posición con el propósito de darle fuerzas para soportar y alargar sus sufrimientos. Cuando el inocente chiquillo, deseoso de ver a su padre y de hablar con él, le pidió ver a Bonner para pedirle permiso, al preguntarle el capellán del obispo cuál era el propósito de su visita, dijo que quería ver a su padre. «¿Quién es tu padre?» le preguntó el capellán. «John Felly», contestó el chiquillo, señalando al mismo tiempo el lugar en el que estaba encerrado. «¡Pero tu padre es un hereje!» Este pequeño, con gran valor, le contestó, con una energía suficiente para despertar admiración en cualquier pecho, excepto en el de este miserable insensible y carente de principios, y tan bien dispuesto a ejecutar los caprichos de una reina sin conciencia: «Mi padre no es un hereje: Tú tienes la marca de Balaam.» Irritado por un reproche tan correctamente aplicado, el indignado y mortificado sacerdote ocultó su resentimiento por un momento, y se llevó al atrevido chico a la casa, donde, teniéndolo seguro, lo entregó a otros, que, tan bajos y crueles como él, lo desnudaron y le azotaron con sus látigos con tanta violencia que, desmayando él bajo los azotes infligidos a su tierno cuerpo, y cubierto por la sangre que manaba de sus llagas, estaba a punto de expirar víctima de este duro e inmerecido castigo. En este estado, sangrando y desmayado, file llevado delante de su padre este sufriente niño, cubierto sólo con una larga camisa, por uno de los actores de la horrenda tragedia, el cual, mientras exhibía aquel espectáculo que partía el corazón, empleaba los más viles escarnios, y se gozaba en lo que había hecho. El leal pequeño, como recuperando fuerzas ante la vista de su padre, le imploró de rodillas su bendición. «¡Ah, Will,» le dijo el afligido padre, temblando de horror, «¡Quién te ha hecho esto, a ti! » El inocente muchacho le contó las circunstancias que lo llevaron al implacable correctivo que le había sido infligido con tanta bajeza; pero cuando repitió la reprensión que le había dicho al capellán, y que fue ocasionada por su indómito espíritu, fue arrancado de su padre, que estaba desecho en llanto, y vuelto a llevar a la casa, donde quedó preso y estrechamente vigilado. Bonner, sintiendo un cierto temor de que lo que había hecho no podría ser justificado ni entre los más sangrientos mastines de su voraz manada, concluyó en su tenebrosa y malvada mente liberar a John Fetty, al menos por un tiempo, de los rigores que estaba sufriendo en la gloriosa causa de la eterna verdad. Si, su brillante recompensa está fijada más allá de los limites del tiempo, dentro de los confines de la eternidad, allí donde la saeta del malvado no puede herir, allí «donde no habrá más dolores para los bienaventurados, que, en la mansión de gloria eterna, al Cordero para siempre glorificarán.» Por ello, fue liberado por orden de Bonner (¡qué desgracia para toda dignidad, decirle obispo!) de sus dolorosas cadenas, y llevado de la Torre de los Lolardos a la estancia de aquel impío e infame carnicero, donde encontró al obispo calentándose

delante de un gran fuego. Al entrar en la estancia, Fetty dijo: «¡Dios sea aquí y paz!» «Dios sea aquí y paz (dijo Bonner), ¡esto no es ni Dios os guarde, ni buenos días!» «Si echáis coces contra esta paz (dijo Fetty), no es éste el lugar que busco.» Un capellán del obispo, que estaba junto a él, le dio la vuelta al pobre hombre, y pensando escarnecerle, dijo, con tono burlón: «¡Qué tenemos aquí: un bufón!» Estando así Fetty en la estancia del obispo, observó, colgando cerca de la cama del obispo, un par de grandes rosarios de cuentas negras, por lo que dijo: «¡Señor, creo que el verdugo no está muy lejos, porque la soga (dijo, señalando a los rosarios) ya está aquí! » Al oír estas palabras, el obispo se enfureció de manera inexpresable. De inmediato observó también, de pie en la estancia del obispo, un pequeño crucifijo. Le preguntó al obispo qué era, y le contestó que era Cristo. «¿Y fue maltratado tan cruelmente como aparece aquí?», le preguntó Fetty. «Si, así fue», le dijo el obispo. «¡Y así de cruelmente vos trataréis a los que caigan en vuestras manos, porque vos sois para el pueblo de Dios como Caifás fue para Cristo!» El obispo, montando en cólera, le dijo: «¡Tú eres un vil hereje, y te quemaré, o perderé todo lo que tengo, hasta mi casulla.» «No, señor (le dijo Felly), más bien haríais en dársela a algún pobre, para que ore por vos.» Bonner, a pesar de la ira que sentía, que fue tanto más intensificada por la calma y por las agudas observaciones de este sagaz cristiano, consideró más prudente despedir al padre, por causa del niño casi asesinado. Su cobarde alma temblaba por las consecuencias que pudieran desprenderse de ello; el miedo es inseparable de las mentes mezquinas, y este sacerdote rollizo y cobarde experimentó los efectos de este medio hasta tal punto que le indujo a asumir la apariencia de aquello a lo que era totalmente ajeno: de MISERICORDIA. El padre, despedido por el tirano Bonner, fue a su casa con el corazón oprimido, con su hijo moribundo, que no sobrevivió muchos días a los crueles tratos sufridos. ¡Cuán contraria a la voluntad del gran Rey y Profeta, que enseñó con mansedumbre a Sus seguidores, era la conducta de este maestro falso y sanguinario, de este vil apóstata de su Dios a Satanás! Pero el diablo se había apoderado de su corazón, y conducía cada acción de aquel pecador a quien había endurecido; éste, entregado a una terrible destrucción, corría la carrera de los malvados, marcando sus pasos con la sangre de los santos, como si anhelara alcanzar la meta de la muerte eterna.


La liberación del doctor Sands


Este eminente prelado, vicecanciller de Cambridge, aceptó predicar, con muy pocas horas de aviso, delante del duque y de la universidad, a petición del duque de Northumberland, cuando éste vino a Cambridge en apoyo de la pretensión de Lady Jane Gray. El texto que tomó fue el que se le presentó al abrir la Biblia, y no hubiera podido escoger uno más apropiado, los tres últimos versículos de Josué. Así como Dios le dio el texto, así también le dio tan orden y poder de palabra que suscitó las más vivas emociones en sus oyentes. El sermón estaba a punto de ser enviado a Londres para ser impreso, cuando llegaron noticias de que el duque había vuelto y que había sido proclamada la Reina Maria. El duque fue inmediatamente arrestado, y el doctor Sands fue obligado por la universidad a dimitir de su cargo. Fue arrestado por orden de la reina, y cuando el señor Mildmay se preguntó cómo era que un hombre tan erudito se atrevía a ponerse voluntariamente en peligro y a hablar contra una princesa tan buena como Maria, el doctor contestó: «Si yo fuera a hacer como ha hecho el señor Mildmay, no tendría que temer ninguna cárcel. El vino armado contra la Reina Maria; antes, un traidor, ahora un gran amigo de ella. No puedo yo con la misma boca soplar frío

y caliente de esta manera.» Siguió un saqueo general de las propiedades del doctor Sand, y fue llevado luego a Londres montado en un jamelgo. Tuvo que soportar varios insultos por el camino, provenientes de católicos fanáticos, y al pasar por la calle de Bishopsgate, cayó al suelo por una pedrada que le lanzaron. Fue el primer prisionero que entró en la Torre, en aquellos tiempos, por causas religiosas. Le admitieron que entrara su Biblia, pero le quitaron sus camisas y otros artículos. El día de la coronación de Maria, las puertas de la cárcel estaban tan mal guardadas que era fácil escapar. Un verdadero amigo, el señor Mitchell, fue a verlo, le dio sus propios vestidos como disfraz, y se mostró dispuesto a quedarse en su lugar. Este era un ejemplo extraordinario de amistad; pero él rehusó esta oferta, diciéndole: «No tengo conocimiento de ninguna causa por la que tenga que estar en la cárcel. Hacer esto me haría doblemente culpable. Esperaré el beneplácito de Dios, pero me considero un gran deudor vuestro»; así se fue el señor Mitchell. Con el doctor Sands estaba encarcelado el señor Bradford; fueron custodiados en la cárcel, estrechamente, durante veintinueve semanas. El guardián, John Fowler, era un perverso papista, y sin embargo, tanto le persuadieron, que al final comenzó a favorecer el Evangelio, y quedó tan persuadido de la verdadera religión que un domingo, cuando celebraban Misa en la capilla, el doctor Sands administró la Comunión a Bradford y a Fowler. Así, Fowler devino el hijo de ellos engendrado en prisiones. Para hacer sitio Wyat y a sus cómplices, el doctor Sands y otros nueve predicadores fueron enviados a Marshalsea. El guarda de Marshalsea designó a un hombre para cada predicador, para que lo condujera por la calle; les hizo ir delante, y él y el doctor Sands siguieron, conversando juntamente. Para este tiempo, el papismo comenzaba a ser impopular. Después de haber pasado el puente, el guarda le dijo al doctor Sands. «Veo que gentes vanas quisieran echaros al fuego. Vos sois tan vano como ellos si, siendo joven, os mantenéis en vuestra propia arrogancia, y preferís vuestra propia opinión a la de tantos dignos prelados, ancianos, eruditos y serios hombres como hay en este reino. Si es así, veréis que soy un guarda severo, y que aborrece totalmente vuestra religión.» El doctor Sands contestó: «Sé que soy joven, y que mi conocimiento es pequeño; me basta con conocer a Cristo crucificado, y nada ha aprendido el que no ve la gran blasfemia que hay en el papismo. A Dios me rendiré, y no a los hombres; en las Escrituras he leído acerca de muchos guardas piadosos y corteses: ¡que Dios te haga uno de ellos! Y si no, espero que El me dé fuerza y paciencia para soportar vuestros malos tratos.» Luego le dijo el guarda: «estáis resuelto a manteneros en vuestra religión?» «Si,» dijo el doctor, «¡por la gracia de Dios!» «La verdad,» dijo el guarda, «me gustáis tanto más por esto; sólo os probaba; contad con todo favor de que os pueda hacer objeto; y me consideraré feliz si puedo morir en la estaca con vosotros.» Y cumplió su palabra, porque confió en el doctor, dejándole pasear sólo por los campos, donde se encontró con el señor Bradford, que también estaba preso a disposición del tribunal real, y que había conseguido el mismo favor de su guarda. Por su petición, puso al señor Sands junto con él, para ser su compañero de celda, y la Comunión fue administrada a un gran número de comunicantes. Cuando Wyat llegó con su ejército a Southwark, ofreció liberar a todos los protestantes encarcelados, pero el doctor Sands y el resto de los predicadores rehusaron aceptar la libertad bajo tales condiciones. Después que el doctor Sands hubo estado preso nueve meses en la cárcel de Marshalsea, fue puesto en libertad por mediación de Sir Thomas Holcroft, caballero mariscal. Aunque el señor Holcroft tenía la orden de la reina, el obispo le había mandado que no pusiera en libertad al

doctor Sands hasta que hubiera recibido fianza de dos caballeros con él, obligándose cada uno de ellos por 500 libras esterlinas, de que el doctor Sands no se ausentaría de] reino sin permiso para ello. El señor Holcroft se vio de inmediato con dos caballeros del norte, amigos y primos del doctor Sands, que ofrecieron pagarle la fianza. Después de comer, aquel mismo día, Sir Thomas Holcroft mandó que trajeran al doctor Sands a su casa en Westminster, para decirle todo lo que había hecho. El doctor Sands le respondió: «Doy gracias a Dios, que ha movido vuestro corazón a tenerme tal consideración, por lo que me considero obligado a vos. Dios os lo pagará, y yo mismo no os seré ingrato. Pero como me habéis tratado amistosamente, yo también os seré franco. Vine libre a la cárcel; no saldré ligado. Como no puedo ser de beneficio alguno a mis amigos, tampoco les seré para daño. Y si soy puesto en libertad, no me quedaré seis días en este reino, si puedo irme. Por ello, si no puedo irme libre, enviadme de nuevo a Marshalsea, y allí estaréis seguro de mi.» Esta respuesta disgustó mucho al señor Holcroft; pero le contestó como un verdadero amigo: «Siendo que no podéis ser cambiado de postura, yo cambiaré mi propósito, y cederé ante vos. Pase lo que pase, os pondré en libertad; y viendo que tenéis deseo de atravesar el mar, id tan rápido como podáis. Una cosa os pido, que mientras estéis allí, no me escribáis nada, porque esto podría ser mi destrucción.» El doctor Sands, despidiéndose afectuosamente de él y de sus otros amigos encarcelados, se fue. Se fue por la casa de Winchester, y desde allí tomó una barca y se dirigió a casa de un amigo en Londres, llamado William Banks, quedándose allí una noche. A la noche siguiente fue a casa de otro amigo, y allí supo que estaba siendo intensamente buscado, por orden expresa de Gardiner. El doctor Sands se dirigió entonces de noche a casa de un hombre llamado Berty, un extraño que estuvo con él en la cárcel de Marshalsea por un tiempo. Era un buen protestante, y vivía en Maik-lane. Allí estuvo seis días, y luego se fue a casa de uno de sus conocidos en Com- hill. Hizo que este conocido, Quinton, le suministrara dos caballos, habiendo decidido irse, por la mañana, a Essex, a casa de su suegro el señor Sands, donde estaba su mujer, lo que llevó a cabo tras haber escapado con dificultad a ser apresado. No había estado allí dos horas antes que le fuera dicho al señor Sands que dos guardas arrestarían aquella noche al doctor Sands. Aquella noche el doctor Sands fue llevado a la granja de un honrado granjero, cerca del mar, donde se quedó dos días y dos noches en una estancia sin compañía alguna. Después de haber pasado a casa de un tal James Mower, patrón de barco que vivía en Milton-Shore, donde esperó un viento favorable para ir a Flandes. Mientras estaba allí, James Mower le trajo cuarenta o cincuenta marineros, a los que les dio una exhortación; le tomaron tanto aprecio, que prometieron morir antes que permitir que fuera apresado. El sexto de mayo, domingo, el viento fue favorable. Al despedirse de su hospedadora, que había estado casada ocho años sin tener ningún niño, le dio un hermoso pañuelo y un viejo real de oro, y le dijo: «Consuélate; antes que haya pasado un año entero, Dios te dará un hijo, un niño.» Y esto se cumplió, porque doce meses menos un día después, Dios le dio un hijo. Apenas si había llegado a Amberes que supo que el Rey Felipe había dado orden que fuera prendido. Huyó entonces a Augsburgo, en Cleveland, donde el doctor Sands se quedó catorce días, viajando a continuación a Estrasburgo, donde, tras haber vivido allí un año, su mujer llegó para estar con él. Estuvo enfermo de un flujo durante nueve meses, y tuvo un hijo que murió de la peste. Su amante esposa finalmente cayó enferma de una consunción, y murió en sus brazos. Cuando su mujer estuvo muerta, fue a Zurich, y estuvo en casa de Peter Martyr por espacio de cinco semanas.

Sentados un día comiendo, les llevaron de repente la noticia de que la Reina María había muerto, y el doctor Sands fue llamado por sus amigos en Estrasburgo, donde predicó. El señor Grindal y él se dirigieron a Inglaterra, y llegaron a Londres el mismo día de la coronación de la Reina Elizabet. Este fiel siervo de Cristo ascendió, bajo la reina Elizabet, a la más alta distinción en la Iglesia, siendo sucesivamente obispo de Worcester, obispo de Londres y arzobispo de York.


El trato dispensado por la Reina María a su hermana, la Princesa Elizabet


La preservación de la Princesa Elizabet puede ser considerada como un ejemplo notable de la vigilante mirada de Cristo sobre Su Iglesia. El fanatismo de Maria no tenía consideración para con los lazos de consanguinidad, de los afectos naturales ni de la sucesión nacional. Su mente, físicamente lenta, estaba bajo el dominio de hombres que no poseían bondad humana, y cuyos principios estaban sancionados y mandados por los dogmas idolátricos del romano pontífice. Si hubieran podido prever la corta duración del reinado de María; habrían teñido sus manos con la sangre protestante de Elizabet, y, como sine qua non de la salvación de la reina, la habrían ahogado a ceder el reino a algún príncipe católico. La resistencia ante tal cosa habría ido acompañada de todos horrores de una guerra civil religiosa, y se habrían sentido en Inglaterra calamidades similares a las de Francia bajo Enrique el Grande, a quien la Reina Elizabet ayudó en su oposición a sus súbditos católicos dominados por los sacerdotes. Como si la Providencia tuviera a la vista el establecimiento perpetuo de la fe protestante, debe observarse la diferencia de la duración de los dos reinados. María podría haber reinado muchos años en el curso de la naturaleza, pero el curso de la gracia lo dispuso de manera distinta. Cinco años y cuatro meses fue el tiempo dado a este débil y desgraciado reinado, mientras que el reinado de Elizabet esta entre los más duraderos de todos los que jamás haya visto el trono inglés: casi nueve veces el de su inmisericorde hermana. Antes que María llegara a la corona, trató a Elizabet con bondad fraternal, pero desde aquel momento se alteró su conducta, y se estableció la distancia más imperiosa. Aunque Elizabet no tuvo parte alguna en la rebelión de Sir Thomas Wyat, fue sin embargo prendida y tratada como culpable de aquella rebelión. La forma en que tuvo lugar su arresto fue semejante a la mente que la había dictado; los tres ministros del gabinete a los que ella designó para que tuvieran cuidado del arresto entraron descortésmente en su dormitorio a las diez de la noche, y, aunque estaba sumamente enferma, a duras penas se les pudo convencer para que la dejaran descansar hasta la siguiente mañana. Su debilitado estado la permitió ser llevada sólo en cortas etapas en su largo viaje a Londres, pero la princesa, aunque afligida en su persona, tuvo un consuelo que su hermana jamás podría comprar: las gentes por en medio de las que pasaba por el camino se compadecían de ella, y oraban por su preservación. Al llegar a la corte, fue constituida presa durante dos semanas, vigilada estrechamente, sin saber quién era su acusador, ni ver a nadie que pudiera consolarla o aconsejarla. Sin embargo, la acusación fue finalmente desvelada por Gardiner, que, con diecinueve miembros del Consejo, la acusó de instigar la conspiración de Wyat, lo que ella afirmó religiosamente ser falso. Al fracasar en esto, presentaron contra ella sus tratos con Sir Peter Carew en el oeste, en lo que tampoco tuvieron éxito. La reina intervino ahora manifestando que era su voluntad que fuera encerrada en la Torre, paso éste que abrumó a la princesa con el mayor temor e inquietud. En vano abrigó la esperanza de que su majestad la reina no la enviara a tal lugar; pero no podía esperar indulgencia alguna; el número de sus asistentes sus asistentes quedó limitado, y se designaron cien soldados norteños para guardarla día y noche.

El Domingo de Ramos fue llevada a la Torre. Cuando llegó al jardín del palacio, miró arriba hacia las ventanas, esperando ver los de la reina, pero se vio desengañada. Se dio estricta orden en Londres de que todos fueran a la iglesia y llevaran palmas, para que pudiera ser conducida a su prisión sin protestas ni muestras dc compasión. Al pasar bajo el Puente de Londres, la bajada de la marea hizo muy peligrosa la travesía, y la barcaza se trabo durante un tiempo con un espolón del puente. Para mortificaría aún más, la hicieron desembarcar en la Escalera de los Traidores. Como llovía intensamente, y se veía obligada a poner los pies en el agua para llegar a la ribera, vaciló; pero ello no suscitó ninguna cortesía en el caballero que la atendía. Cuando puso sus pies en los escalones, exclamó: «Aquí, aunque presa, desembarco como la más leal súbdita que jamás llegó a estos escalones; ¡y lo digo ante Ti, oh Dios, no teniendo otro amigo que Tú!. Un gran número de guardianes y siervos de la Torre fueron dispuestos en orden, para que la princesa pasara entre ellos. Al preguntar para qué era aquella parada, se le informó que era la costumbre. Ella dijo: «Si están aquí por mí, os ruego que sean excusados.» Al oír esto, los pobres hombres se arrodillaron, y oraron que Dios preservara a su Gracia, por lo cual fueron al día siguiente expulsados de sus cargos. Esta trágica escena debe haber sido profundamente interesante: ver una princesa amable e irreprochable enviada como un cordero, para languidecer en la expectativa de crueles tratos y muerte, y contra la que no había otros motivos que su superioridad en virtudes Cristianas y capacidades adquiridas. Sus acompañantes lloraban abiertamente mientras ella se dirigía con un andar digno hacia las trágicas almenas de su destino. «¿Qué queréis decir con estas lágrimas?», dijo Elizabet: «Os he traído para consolarme, no para desalentarme; porque mi verdad es tal que nadie tendrá motivos para llorar por mi.» El siguiente paso de sus enemigos fue procurarse evidencias por medios que en nuestros días se consideran execrables. Muchos pobres presos fueron sometidos al potro de tormento para extraerles, si fuera posible, cualquier tipo de acusación que pudiera ser susceptible de condenarla a muerte, y con ello satisfacer la sanguinaria disposición de Gardiner. Él mismo fue a interrogarla, acerca de su mudanza desde su casa en Ashbridge al castillo de Dunnington hacia ya mucho tiempo. La princesa había olvidado totalmente este insignificante acontecimiento, y Lord Arundel, después del interrogatorio, arrodillándose, se excusó por haberla molestado en cuestión tan trivial. «Me ponéis estrechamente a prueba», contestó la princesa, «pero de esto estoy segura: que Dios ha puesto límite a vuestros procedimientos; que Dios os perdone a todos.» Sus propios caballeros, que debieran haber sido sus administradores y haberla provisto de sus cosas necesarias, fueron obligados a ceder sus puestos a los soldados comunes, a las órdenes del alcalde de la Torre, que era en todos los respectos un servil instrumento de Gardiner; sin embargo, los amigos de su Gracia obtuvieron una orden dcl Consejo que reguló esta mczquina tiranía más a satisfacción dc clla. Después de haber pasado un mes entero en prisión estricta, envió una comunicación al lord chambelán y a Lord Chandois, a quienes les informó del mal estado de su salud por falta de aire libre y de ejercicio. Hecha la solicitud el Consejo se le permitió a regañadientes a Elizabet poder pasearse por las estancias dc la reina, y luego en cl jardín, momento en el que los prisioneros cn aquel lado eran acompañados por sus guardas, sin permitírseles contemplarla. También se excitaron sus celos por un niño de cuatro años, que a diario le llevaba flores a la princesa. El niño fue amenazado con recibir azotes, y se ordenó al padre que lo tuviera alejado de las estancias de la princesa. El día cinco de mayo, el alcalde fue depuesto de su cargo, y Sir Henry Benifield fue designado en su lugar, acompañado de cien soldados vestidos de azul, de torva apariencia. Esta

medida suscitó gran alarma en la mente de la princesa, que se imaginó que estos eran preparativos conducentes a sufrir la misma suerte que Lady Jane Gray y en el mismo tajo. Recibiendo seguridades dc que no había tal proyecto en marcha, le vino a la mente el pensamiento de que el nuevo alcalde de la Torre estaba encargado de acabar con ella secretamente, por cuanto su carácter equivoco armonizaba con la feroz inclinación dc aquellos por los que había sido designado. Luego se rumoreó que su Gracia iba a ser llevada fuera de allí por el alcalde y sus soldados, lo que finalmente resultó cierto. Vino una orden del Consejo para que fuera trasladada a la casa señorial Woodstock, lo que tuvo lugar el domingo dc Trinidad, 13 de mayo, bajo la autoridad de Sir Henn' Benificld y dc Lord Tame. La causa ostensible de su traslado fue dar lugar a otros presos. Richmond fue el primer lugar donde se detuvieron, y aquí durmió la princesa, aunque no sin mucho temor al principio, porque sus propios criados fueron sustituidos por los soldados, que fueron puestos como guardas a la puerta de su estancia. Por las quejas presentadas, Lord Tame anuló este indecoroso abuso de autoridad, y le concedió perfecta seguridad mientras estuvo bajo su custodia. Al pasar por Windsor vio a varios de sus pobres y abatidos siervos que esperaban verla. «Ve a ellos,» le dijo a uno de sus asistentes, «y diles de mi parte estas palabras: tanquim ovis, esto es, como oveja al matadero.» A la mañana siguiente, su Gracia se alojó en casa de un hombre llamado Mr. Dormer, y encaminándose a ella, la gente le hizo tales muestras de leal afecto que Sir Henry se sintió indignado, y los trató abiertamente de rebeldes y traidores. En algunos pueblos lanzaban las campanas al vuelo, imaginando que la llegada de la princesa entre ellos era por causas muy distintas; pero esta inocente demostración de alegría fue suficiente para que el perseguidor Benifield ordenara a sus soldados que apresaran a estas gentes humildes y las pusieran en el cepo. Al día siguiente, su Gracia llegó a casa de Lord Tame, donde se quedó toda la noche, y fue muy noblemente agasajada. Esto excitó la indignación de Sir Henry, y le llevó a advertir a Lord Tame que considerara bien su manera de actuar; pero la humanidad de Lord Tame no era de las que se dejaban atemorizar, y le dio una réplica adecuada. En otra ocasión, este oficial pródigo, para mostrar su mala catadura y su menosprecio de la cortesía, fue a una estancia que había sido preparada para su Gracia con una silla, dos cojines y una alfombra, sentándose allí presuntuosamente, y llamando a uno de sus hombres para que le quitara las botas. Tan pronto como lo supieron las damas y los caballeros de la princesa, lo ridiculizaron escarneciéndole. Cuando terminó la cena, él llamó al señor de la casa, y ordenó que todos los caballeros y las damas se fueran a sus casas, asombrándose mucho de que permitiera una tan gran compañía, considerando el grave encargo que le había sido encomendado. «Sir Henry,» dijo su señoría, «daos por satisfecho; evitaremos tanta compañía, incluyendo la de vuestros hombres.» «No,» dijo Sir Henry, «sino que mis soldados vigilarán toda la noche.» Lord Tame replicó: «No hay necesidad.» «Bueno,» dijo el otro, «haya necesidad o no, lo harán.» Al siguiente día, su Gracia emprendió viaje desde allí a Woodstock, donde fue encerrada, como antes en la Torre de Londres, guardándola los soldados dentro y fuera de las murallas, cada día, en número de sesenta; y durante las noches hubo cuarenta durante todo el tiempo de su encarcelamiento. Al final se le permitió pasear por los jardines, pero bajo las más severas restricciones, guardando las llaves el mismo Sir Henry, guardándola siempre bajo muchas cerraduras y cerrojos, lo que la indujo a llamarlo su carcelero, a lo que se sintió él ofendido, y le rogó que

usara la palabra oficial. Después de muchos ruegos al Consejo, obtuvo permiso para escribir a la reina; pero el carcelero que le trajo pluma, tinta y papel se quedó junto a ella mientras escribía, y, al irse, se volvió a llevar estos artículos hasta que volvieran a ser necesarios. También insistió en llevar la carta él mismo a la reina, pero Elizabet no admitió que él fuera el portador, y fue presentada por uno de sus caballeros. Después de la carta, los doctores Owen y Wendy visitaron a la princesa, porque su estado de salud hacia precisa la asistencia médica. Se quedaron con ella cinco o seis días, tiempo en el que ella mejoró mucho; luego volvieron a la reina, y hablaron aduladoramente de la sumisión y humildad de la princesa, ante lo que la reina pareció conmoverse; pero los obispos exigían una admisión de que había ofendido a su majestad. Elizabet rechazó esta forma indirecta de reconocerse culpable. «Si he delinquido,» dijo ella, «y soy culpable, no pido misericordia, sino la ley, que estoy segura que ya habría sufrido hace tiempo si se hubiera podido probar nada contra mi; desearía estar igual de libre del peligro de mis enemigos; entonces no estaría encerrada y encerrojada tras murallas y puertas.». En aquel tiempo se habló mucho de la idoneidad de unir la princesa con algún extranjero, para que pudiera irse del reino con una porción apropiada. Uno de los del Consejo tuvo la brutalidad de proponer la necesidad de decapitarla si es que el rey Felipe quería tener el reino en paz; pero los españoles, aborreciendo una idea tan mezquina, contestaron: «¡Dios no quiera que nuestro rey y señor consienta a tan infame proceder!» Estimulados por un principio de nobleza, los españoles apremiaron desde entonces al rey en el sentido de que sería para más honra suya liberar a Lady Elizabet, y el rey no fue insensible a tal petición. La sacó de prisión, y poco después fue enviada a Hampton Court. Se puede observar aquí, de pasada, que la falacia de los razonamientos humanos se hace evidente a cada paso. El bárbaro que propuso la acción política de decapitar a Elizabet poco se esperaba el cambio de condición que sus palabras iban a propiciar. En su viaje desde Woodstock, Benifieid la trató con la misma dureza que antes, haciéndola viajar un día de tempestad, y no permitiendo que su vieja criada, que había venido a Colnbrook, donde durmió una noche, pudiera hablar con ella. Quedó guardada y vigilada durante dos semanas de manera estricta antes que nadie osara hablar con ella; al final, el vil Gardiner acudió, con tres más del Consejo, con gran sumisión. Elizabet lo saludó con la observación de que había estado mantenida durante mucho tiempo en prisión incomunicada, y le rogó que intercediera delante del rey y de la reina para que la libraran de este encierro. La visita de Gardiner tenía el propósito de obtener de la princesa una confesión de culpabilidad; pero ella se guardó contra sus sutilezas, añadiendo que antes de admitir haber hecho nada malo se quedaría en prisión el resto de su vida. Al día siguiente, Gardiner volvió a verla, y arrodillándose, declaró que la reina se sentía atónita de que persistiera en afirmar que era sin culpa, de lo que se inferiría que la reina había encarcelado injustamente a su Gracia. Gardiner la informó además de que la reina había declarado que debería hablar de manera diferente antes de poder ser dejada en libertad. «Entonces,» replicó la noble Elizabet, «prefiero estar en prisión con honor y verdad antes que tener mi libertad y estar bajo las sospechas de su majestad. Y me mantendré en lo que he dicho; ¡no voy a mentir! » Entonces, el obispo y sus amigos partieron, dejándola encerrada como antes. Siete días después la reina envió a buscar a Elizabet a las diez de la noche; dos años habían pasado desde que se habían visto por última vez. Esto creó terror en la mente de la princesa, que, al salir, pidió a sus caballeros y damas que oraran por ella, porque no era seguro que fuera a volver a ellos.

Llevada al dormitorio de la reina, al entrar la princesa se adornó, y habiendo rogado a Dios que guardara a su majestad, le dio seguridades de que su majestad no tenía un súbdito más leal en todo el reino, fueran cuales fueran los rumores que se hicieran circular en sentido contrario. Con un altanero desdén, la imperiosa reina contestó: «No vas a confesar tu delito, sino que te mantienes férrea en tu verdad. Pido a Dios que así sea. «Si no es así,» dijo Elizabet, «no pido ni favor ni perdón de manos de vuestra majestad.» «Bueno,» dijo la reina, «sigues perseverando terca en tu verdad. Además, no quieres confesar que no has sido castigada injustamente.» «No debo decíroslo, si así le place a vuestra majestad. «Entonces se lo dirás a otros,» dijo la reina. «No, si su majestad no quiere; he llevado la carga, y debo llevarla. Ruego humildemente a vuestra majestad que tenga buena opinión de mí y que me considere su súbdita, no sólo desde el comienzo hasta ahora, sino para siempre, mientras haya vida.» Se despidieron sin ninguna satisfacción cordial por parte de ninguna; y no podemos decir que la conducta de Elizabet exhibiera aquella independencia y fortaleza que acompaña a la perfecta inocencia. La admisión de Elizabet de que no iba a decir, ni a la reina ni a otros, que había sido castigada injustamente, estaba en total contradicción con lo que le había dicho a Gardiner, y debe haber surgido de algún motivo por ahora inexplicable. Se supone que el Rey Felipe estaba escondido durante la entrevista, y que se había mostrado favorable a la princesa. Al cabo de siete días del regreso de la princesa a su encarcelamiento, su severo carcelero y sus hombres fueron despedidos, y fue dejada en libertad, bajo la limitación de estar siempre acompañada y vigilada por alguien del Consejo de la reina. Cuatro de sus caballeros fueron enviados a la Tone sin otra acusación contra ellos de haber sido celosos siervos de su señora. Este acontecimiento fue pronto seguido por la feliz noticia de la muerte de Gardiner, por la que todos los hombres buenos y clementes glorificaron a Dios, por haber sacado al principal tigre de la guarida, y haber asegurado más la vida de la sucesora protestante de María. Este infame, mientras la princesa estaba encarcelada en la Torre, envió un documento secreto, firmado por algunos del Consejo, ordenando su ejecución privada, y si el señor Bridges, teniente de la Tone, hubiera sido tan poco escrupuloso ante un tenebroso asesinato como este impío prelado, hubiera sido muerta. Al no haber la firma de la reina en el documento, el señor Bridges se dirigió apresuradamente a su majestad para informarla y para saber su parecer. Ésta había sido una treta de Gardiner, que intentando demostrarla culpable de actividades traicioneras había hecho torturar a varios presos. También ofreció grandes sumas en soborno al señor Edmund Tremaine y Smithwicke para que acusaran a la inocente princesa. Su vida estuvo varias veces en peligro. Mientras estaba en Woodstock, se prendió fuego, aparentemente de manera intencionada, entre las vigas y el techo bajo el cual dormía. También corre el intenso rumor de que un tal Paul Penny, guarda de Woodstock, y notorio bandido, fue designado para asesinarla, pero, fuera como fuera, Dios contrarrestó en este punto los designios de los enemigos de la Reforma. James Basset fue otro designado para ejecutar la misma acción; era un peculiar favorito de Gardiner, y había llegado a una milla de Woodstock, queriendo hablar con Benifield acerca de esto. Quiso Dios en su bondad que mientras Basset se dirigía a Woodstock, Benifield, por orden del Consejo, se dirigía a Londres; debido a esto, dejó orden firme a su hermano de que nadie fuera admitido en presencia de la princesa durante su ausencia, ni siquiera si llevaba una nota de la reina. Su hermano vio al asesino, pero la intención de este quedó frustrada, porque no pudo conseguir ser admitido en presencia de la princesa.

Cuando Elizabet salió de Woodstock, dejó estas líneas escritas con un diamante en la ventana: Muchas sospechas puede haber, Nada demostrado puede ser. Dijo Elizabet, presa. Al acabar la vida de Winchester, acabó el extremado peligro de la princesa, porque muchos de sus secretos enemigos pronto le siguieron, y, finalmente, su cruel hermana, que sobrevivió a Gardiner sólo tres años. La muerte de María ha sido adscrita a varias causas. Los miembros del Consejo trataron de consolarla en sus últimos momentos, pensando que era la ausencia de su marido lo que tanto le pesaba en el corazón, pero aunque esto tuvo una cierta influencia, la verdadera razón de su dolor era la pérdida de Calais, la última fortaleza poseída por los ingleses en Francia. «Abrid mi corazón,» dijo María, «cuando esté muerta, y encontraréis allí escrita la palabra Calais.» La religión no le causaba temores; los sacerdotes hablan adormecido en ella toda inquietud de conciencia que pudiera haber existido por causa de los espíritus acusadores de los mártires asesinados. No era la sangre que había derramado, sino la pérdida de una ciudad, lo que movió sus emociones al morir, y este golpe último pareció ser infligido para que sus fanáticas persecuciones pudieran ser puestas en paralelo con su insensatez política. ¡Rogamos fervorosamente que ningunos anales de ningún país, católico o pagano, vuelvan a ser jamás manchados con tal repetición de sacrificios humanos al poder papal, y que el aborrecimiento que se tiene contra el carácter de María pueda ser un faro para los posteriores monarcas para que eviten los arrecifes del fanatismo!


El castigo de Dios contra algunos de los perseguidores de Su pueblo en el reinado de María


Después de la muerte de aquel archiperseguidor, Gardiner, otros siguieron, entre los que debe destacarse al doctor Morgan, obispo de St. David's, que había sucedido al Obispo Farrar. No mucho tiempo después que fuera designado para este obispado, cayó bajo la visitación de Dios: sus alimentos, una vez hablan descendido por la garganta, retrocedían con gran violeñcia. De esta manera acabó su existencia, literalmente muerto de hambre. El Obispo Thomton, sufragáneo de Dover, fue un infatigable perseguidor de la verdadera Iglesia. Un día, después de haber ejercido su cruel tiranía sobre un número de piadosas personas en Canterbury, se dirigió de la casa capitular a Borne, donde, mientras estaba un domingo contemplando a sus hombres jugando a los bolos, cayó bajo un ataque de parálisis, y no sobrevivió durante mucho tiempo. Después le sucedió otro obispo o sufragáneo, ordenado por Gardiner, que no mucho después de haber sido elevado a la sede de Dover, cayó por unas escaleras en la estancia del cardenal en Greenwich, rompiéndose el cuello. Acababa de recibir la bendición del cardenal: no había podido recibir nada peor. John Cooper, de Watsam, Suffolk, sufrió a causa de un perjurio; por malignidad privada fue perseguido por un tal Fenning, que sobornó a otros dos que juraran que habían oído decir a Cooper: «Si Dios no sacara de aquí a la Reina María, lo haría el diablo.» Cooper negó haber dicho tal cosa, pero Cooper era protestante y hereje, por lo que fue colgado, arrastrado y descuartizado, sus bienes fueron confiscados, y su mujer y nueve hijos reducidos a la mendicidad. Pero durante la siguiente cosecha, Grimwood de Hitcham, uno de los testigos antes mencionado, fue visitado por su infamia; mientras trabajaba, apilando trigo, sus entrañas reventaron repentinamente, y murió antes de poder conseguir ayuda alguna. ¡Así fue retribuido un perjurio deliberado con una muerte súbita!

Ya hemos observado la dureza del alguacil mayor Woodroffe en el caso del mártir señor Bradford. Se regocijaba aquel alguacil en la muerte de los santos, y en la ejecución del señor Roger le partió la cabeza al arriero, porque detuvo el carro para permitir que los hijos del mártir le dieran un último adiós. Apenas si hacía una semana que el señor Wocdroffe había dejado de ser alguacil mayor que fue azotado por una parálisis, y languideció varios días en una condición de lo más lastimosa e impotente, presentando un gran contraste con su anterior actividad en aquella sanguinaria causa. Se cree que Ralph Lardyn, que entregó al mártir George Eagles, fue posteriormente juzgado y colgado como consecuencia de una auto acusación. Ante el tribunal, se acusó con estas palabras: «Esto me ha sobrevenido con toda justicia por entregar sangre inocente dc aqucl hombre justo y bueno, George Eagle, que fue aquí condenado en tiempos de la Reina María por mi acción, cuando vendí su sangre por un poco de dinero.» Mientras James Abbcs se dirigía a su ejecución, exhortando a los apenados espectadores a que se mantuvieran firmes en la verdad, y que como él sellaran la causa de Cristo con su sangre, un siervo del alguacil mayor lo interrumpió, llamando blasfemamente herejía a su religión, y al buen hombre lunático. Pero apenas si las llamas habían alcanzado al mártir que el terrible golpe de Dios cayó sobre aquel endurecido miserable, en presencia de aquel a quien había ridiculizado tan cruelmente. Aquel hombre se vio repentinamente atacado de locura, y, lunático perdido, se despojó de sus ropas y se quitó los zapatos delante de todos (como Abbes había acabado de hacer, para distribuirlo entre algunas personas pobres), gritando al mismo tiempo: «¡Así ha hecho James Abbes, el verdadero siervo de Dios, que está salvo, pero yo condenado!» Repitiendo esto varias veces, el alguacil le hizo asegurar y mandó que le vistieran de su ropa, pero tan pronto volvió a estar solo volvió a arrancárselas, gritando como antes. Atado a un carro, fue llevado a casa de su amo, y al cabo de medio año murió. Justo antes de ello, vino a asistirle un sacerdote con un crucifijo, etc., pero el desgraciado hombre le dijo que se fuera con sus engaños, y que él y otros sacerdotes eran la causa de su condenación, pero que Abbes estaba salvado. Un tal Clark, enemigo jurado de los protestantes en el reinado del Rey Eduardo, se colgó en la Torre de Londres. Froling, sacerdote de mucha celebridad, cayó en la calle y murió en el acto. Dale, un infatigable informador, murió comido por gusanos, constituyendo un horrendo espectáculo. Alexander, el severo guarda de Newgate, murió miserablemente, hinchándose hasta un tamaño prodigioso, y se pudrió de tal manera por dentro que nadie se le quería acercar. Este cruel ministro de la ley solía acudir a Bormer, a Story y a otros pidiéndoles que vaciaran su prisión, ¡se sentía demasiado acosado por los herejes! El hijo de este guarda, tres años después de la muerte de su padre, disipó sus grandes propiedades, y murió repentinamente en el mercado de Newgate. «Los pecados del padre,» dice el decálogo, «serán visitados sobre los hijos.» John Peter, yerno de Alexander, un horroroso blasfemador y perseguidor, murió miserablemente. Cuando afirmaba cualquier cosa, decía: «Si no es cierto, que me pudra antes de morir.» Y esta terrible condición le visitó en todo su horror. Sir Ralph Ellerker había estado anhelantemente deseoso de que a Adam Damlip, ejecutado tan injustamente, le fuera arrancado el corazón. Poco después, Sir Ralph fue muerto por los franceses, que lo mutilaron cruelmente, le cortaron los miembros, y le arrancaron el corazón.

Cuando Gardiner supo del mísero fin del Juez Hales, llamó a la profesión del Evangelio una doctrina de desesperación, pero olvidó que la desesperación del juez surgió después de haber asentido al papismo. Con más razón se puede decir esto de los principios católicos, si consideramos el mísero fin del doctor Pcndleton, de Gardiner y de la mayoría de los perseguidores principales. Un obispo le recordó a Gardiner, cuando éste estaba en su lecho de muerte, a Pedro negando a su maestro. «¡Ah!» dijo Gardiner, «he negado como Pedro, pero nunca me he arrepentido como Pedro.» Tras la accesión de Elizabet, la mayoría de los prelados católicos fueron encarcelados en la Torre o en Fleet. Bonner fue encerrado en Marshalsea. De los blasfemadores de la Palabra de Dios, detallaremos, entre muchos otros, el siguiente suceso. Un tal William Maldon, que vivía en Greenwich como criado, estaba un anochecer instruyéndose provechosamente leyendo un libro de lectura elemental. Otro criado, llamado John Powell, estaba sentado cerca, y ridiculizaba todo lo que decía Maldon, que le advirtió que no hiciera escarnios con la Palabra de Dios. Pero Powell prosiguió, hasta que Maldon llegó a ciertas oraciones inglesas, y leyó en voz alta: «Señor, ten piedad de nosotros, Cristo ten piedad de nosotros,» etc. De repente, el escarnecedor se sobresaltó y exclamó: ¡Señor, ten misericordia dc nosotros! Se sintió sobrecogido el más atroz terror en su mente, dijo que el espíritu malo no podía permitir que Cristo tuviera misericordia alguna de él, y se hundió en la locura. Fue enviado a Bedlam, y se convirtió en un terrible ejemplo de que Dios no siempre será ultrajado impunemente. Henry Smith, estudiante de leyes, tenía un piadoso padre protestante, de Camden, en Gloucestershire, y fue piadosamente educado por él. Mientras estudiaba leyes en el Temple, fue inducido a profesar el catolicismo, y dirigiéndose a Lovaina, en Francia, volvió cargado de eprdones., crucifijos y otros juguetes papistas. No satisfecho con esto, empezó a injuriar públicamente la religión evangélica en la que había sido criado, pero una noche la conciencia lo reprendió con tal violencia que en un arrebato de desesperación se colgó con sus propias ligas. Fue sepultado en un camino, sin que fuera leído el servicio cristiano. El doctor Story, cuyo nombre ha sido mencionado tantas veces en las páginas anteriores fue reservado para ser cortado mediante ejecución pública, práctica en la que tanto se había deleitado cuando estaba en el poder. Sc supone que intervino en la mayoría de las acciones de los tiempos de María, y que desplegó su ingenio inventando nuevas formas de infligir torturas. Cuando Elizabet accedió al trono, fue encarcelado, pero inexplicablemente huyó al continente, para llevar el fuego y la espada allí contra los hermanos protestantes. Del Duque de Alba recibió en Amberes una especial comisión para registrar todos los barcos en busca de contrabando, especialmente de libros heréticos ingleses. El doctor Story se gloriaba en un encargo que fue ordenado por la Providencia para obrar su ruina, y para preservar a los fieles de su sanguinaria crueldad. Se decidió que un mercader llamado Parker navegara a Amberes, y que se le diera información al doctor Story de que tenía una cantidad de libros heréticos a bordo. Apenas oyó esto, éste se apresuró a ir al barco, buscó por todas partes en cubierta, y luego bajo a la bodega, y le cerraron las escotillas. Una oportuna galerna llevó la nave a Inglaterra, y este traidor y perseguidor rebelde fue enviado a prisión, donde estuvo un tiempo considerable, negándose obstinadamente a renunciar a su espíritu anticristiano, y a admitir la supremacía de la Reina Elizabet. Aducía que era súbdito jurado del rey de España, a cuyo servicio estaba el famoso Duque de Alba, aunque de nacimiento y por educación era inglés. Condenado, el doctor fue puesto sobre un remolque de emparrillado y

arrastrado desde la Torre a Tyburn, donde después de haber estado colgado durante media hora, fue cortado, despedazado, y el verdugo exhibió el corazón de un traidor. Así terminó la existencia de este Nimrod de Inglaterra.